Gustavo Cañizares: un poeta del pueblo

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Frente a la rada de agua de mis ojos

vi un ataúd pasar en hombros de la ciudad

con un cadáver anónimo, sin rostro

podrido de sueños, gusanos y tristezas.

Atrás, la parentela de los que en vida lo amaron:

las putas, los bohemios, los soñadores,

los caminantes, los prófugos de la vida…

¡Al tercer día la blanca

novia multiamante de los sueños

escribe sobre su tumba un soneto epitafial

testimonial de la alegría de la vida!

¡Ah la risa blanca y putañera del sueño

del día festivo y dulce de mi muerte!

El Memorial de los Sueños (57)

En el fragor de la lucha armada del pueblo nicaragüense por liberarse de la opresión sanguinaria de la dictadura somocista, bajo el innegable influjo de la Revolución Cubana, se escribió también mucha poesía, en ocasiones bastante lírica, en ocasiones harto militante y prosaica. Pero esas épocas resultan ahora impensables, arcaicas e incomprensibles para las nuevas generaciones de poetas latinoamericanos, incapaces de concebir poesía en la lucha social, en la protesta, en la toma de las armas como vía para alcanzar un sueño. Latinoamérica por lo menos vive otra era, una que no admite ese camino como forma de llegar al poder, porque además terminó decepcionándose, en medio de todos los mecanismos utilizados por las fuerzas de derecha y sus padrinos mundiales, del ejercicio abusivo y nuevamente opresor que hicieron los grupos que alcanzaron ese poder en nombre del pueblo.

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Hacia los años setenta y ochenta, la convulsión política y social del continente impedía permanecer impávidos a cuanto acontecía dentro y fuera de nuestras fronteras. Muchos fueron los poetas que hicieron de su pluma un fusil, y no pocos los que abandonaron la pluma para empuñar el fusil. Por entonces Gustavo Cañizares Betancourt (Esmeraldas, 1950) era un poeta joven que había publicado ya sus primeros poemarios bajo el influjo de la literatura universal, que enseñaba en los colegios públicos, de poetas como Gustavo Adolfo Becquer, pero también de Roque Dalton o Ernesto Cardenal. Hombre de su tiempo, fue un poeta comprometido, de metáforas claras, que podía hacer lírica de las cosas cotidianas y simples, a la vez que denunciar con frontalidad las inequidades e injusticias del sistema, fiel a sus ideas políticas y a su filosofía, radicales y sin contemplaciones.

A los 27 años aparecerá publicado su primer poemario, cuyo título no podía ser más revelador de lo que venimos afirmando: “Cantos de Protesta y de Ternura de un Itinerante Solitario” (1977). Vendrán, en los dos años siguientes, “Poemas de Gustavo Cañizares” y “Las Tergiversaciones Humanas”, antes de llegar a “La Canción de los Pájaros”, en 1981, libro en el que le cantará no solo a las golondrinas ciegas, a los pájaros también ciegos del amor, al del amor filial, al dulce y fugaz pájaro de la felicidad, sino también a los de la guerra, a los errantes pájaros del recuerdo, a los pájaros metálicos, y hasta al espantapájaro: “Bendigo el instante de lucidez y de locura / en que descifré el lenguaje de los pájaros / y de las impúberes rosas. / De los murciélagos noctámbulos, / de los búhos en vigilia, / de las sierpes voladoras, / de los anfibios volátiles. / Como canto de aurora / sollozaron en su lenguaje marinero / mil cisnes de cuellos ebúrneos / por una golondrina ciega / que chocó contra el mástil / de una góndola viajera. / Y en su aéreo viaje / las pulsátiles gaviotas / le agitaron entre sus alas / el pañuelo del adiós. / Mientras arriba / el viento cruelmente jugaba / con el alma de una golondrina ciega, / acá abajo el buitraje humano / seguía picoteando a mi tristeza. (La Golondrina Ciega)

Gustavo Cañizares dejó este mundo turbulento y trastornado el 04 de septiembre de 2018, luego de haber gastado con pasión y ternura las multisiete vidas gemelas con las que nació. Durante más de un cuarto de siglo no volví a saber de él sino hasta unas pocas semanas antes de su partida, en que me envió uno de sus últimos poemarios, el libro “Poemas sin Censura”, publicado en Manta en el año 2014. Nacido en Esmeraldas, la tierra natal no siempre le fue grata en su valoración, quizá por aquel lugar común de que nadie es profeta en su tierra. Fue Manta, la pujante ciudad portuaria de la provincia vecina, la que le acogió como a su hijo y le prodigó el reconocimiento que el lugar de natalicio no acertó a conferirle, imbuido en sus conflictos sempiternos de subdesarrollo y desigualdad social.

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Y por esa misma razón, porque otra forma de ver la creación literaria y la misma enseñanza de la literatura le permitieron establecerse como un nativo más, regresó a la urbe manabita hacia comienzos de los noventa, urgido no solo por la necesidad de crear versos sino también por dar el sustento a cada uno de los poemas humanos que creó y crió, su prole, a quienes dio su amor, su sangre y su apellido; porque además del duro oficio de la poesía, fue también un incansable cultor del duro oficio de ser padre a tiempo completo, “buscando hasta en cantinas / almuerzos desnudos, sopas de letras, / indigestiones literalcohólicas. / Rifando versos y temores. Gambeteando acreedores / con tarjetas de créditos espirituales. / Regateando luceros a la noche, / hurtando estrellitas a la mañana / para alegrar al primogénito”. Eso le evitaría volver a enfrentarse a la metáfora conyugal de sentarse a la mesa a la hora del almuerzo, y en vez de comida recibir un plato sobre el que estaba servido un libro: “Por transitar desde hace tiempo / por altos y profundos / conductos filosóficos, / yo fui el escogido / para sumergirme con mi escafandra de poeta / en profundas y genésicas aguas / de espirituales meditaciones / aunque dilapidara el corazón y la existencia / en tan temeraria, / solitaria / y dolorosa empresa. / Y por andar siempre ensimismado / en resolver teoremas / y ecuaciones / de platónicas, / socráticas / y aristotélicas hipótesis / olvidé que hoy es fin de mes / y tengo que pagar la renta / y sabed también amigos míos / que para estar de acuerdo conmigo / – filosóficamente hablando – , / esta tarde fui recibido por mi esposa / con un simbólico almuerzo: / un libro de filosofía / abierto sobre un plato. (Problemas Filosóficos)

Recuerdo que poco antes de salir ambos del puerto esmeraldeño, yo hacia la capital de la morlaquía, él hacia el puerto manabita, había sido agredido por uno de sus compañeros de militancia, de apellido bélico, en aquel partido político al que jocosa pero también trágicamente solíamos llamar Mamita Pega Duro, por sus iniciales pero también por su habitual conducta que décadas más tarde un mandatario llamaría tirapiedras representantes de la izquierda infantil, parafraseando a Vladimir Ilich Lenin. Sus militantes y dirigentes asumíanse como la única y verdadera izquierda ecuatoriana, bajo los efectos embrutecedores de su sectarismo interesado y acomodaticio. Lo curioso es que el individuo en referencia se hacía llamar a sí mismo también poeta, pero de infelices y desafortunados versos mediocres que jamás trascendieron de lugares comunes como aquello de “roja es la hierba”, frustración literaria que trató de aliviar a punta de golpes y patadas.

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Gustavo no se inmutó. Para entonces, al salir de la provincia verde, había publicado ya su Selección Poética (1984), Poema del Río (1987) y El Memorial de los Sueños (1990), libro este último que ganó el Primer Premio en el Concurso de Poesía “Arcelio Ramírez Castrillón”, convocado en 1989 por la Universidad Luis Vargas Torres de Esmeraldas, y del que el gran Antonio Preciado dijo que su autor, “siguiendo la huella de un ejercicio poético sostenido, guiándose sabiamente por los efluvios de una experiencia fermentada al calor de la gran causa del hombre y bajo los resplandores de una posición ideológica que le es consecuente, se adentra en los vericuetos de su interioridad, ahonda en la activa conciencia de su circunstancia histórica y humana, y nos entrega esta poesía de alta calidad, cuyo seguimiento abre, a quien la recorre atentamente, su latebroso esplendor.”

En aquel libro fundamental, en el poema 57, premonitorio, lúcido y claro, canta la visión onírica de lo que creyó sería, casi treinta años después, la escena de su propia partida hacia la nada, hacia la eternidad; y, en el canto 73, llega a la convicción, además, de que luego de esos sueños, esos versos, podría morir al día siguiente y renacer, triunfal: “Sé que después de estos sueños / puedo morir / mañana mismo / y renaceré, triunfalmente / en mis cantos y en mis sueños / siete veces a la vida. / Porque hoy mismo / bajo el agua inmemorial / y los rieles sin fin de los tiempos / encontré el arma perfecta / para matar la muerte / de las multisiete vidas gemelas / con las que he nacido.”

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Los poetas jóvenes parecen haber perdido la habilidad de recitar sus poemas, y los leen sumidos en las nubes del aburrimiento, cuando no de la incompatibilidad con las realidades de sus mensajes. Claro que eso no es lo que se exige de ellos, sino que escriban poemas y que estos contengan poesía, es decir calidad. Gustavo, como si evocara el entorno del norte esmeraldeño donde nació, y el sur colombiano de donde procedían sus raíces maternas, fue además de poeta un gran declamador de su poesía, algo que al parecer se cultiva aún en la tierra de Nelson Estupiñán Bass y Adalberto Ortiz. Yo mismo evoco al niño y al adolescente que alguna vez fui, tratando de recitar sus versos a todo pulmón, para martirio o quizá para regocijo de los vecinos del barrio esmeraldeño conocido como Las Palmas.

A diferencia de Esmeraldas, Manta supo reconocer su valía y lo acogió como a hijo propio, al punto de que muchos de quienes lo conocieron y supieron de su obra, siguen creyendo que era un poeta manabita, y de alguna forma lo fue porque en esa tierra se dio a conocer y publicó la mayor parte de sus libros. A comienzos de 2018, la Municipalidad de Manta le rindió un homenaje sentido además de justo, y en septiembre de este año su deceso causó conmoción en la intelectualidad manabita y en el pueblo mantense. Algo que, sin embargo, no podría afirmar de los esmeraldeños, pese a que fue miembro del Frente de Artistas Populares de Esmeraldas, coordinador del Departamento Cultural de la Unión Nacional de Educadores en la provincia, además de mentalizador y organizador del Festival de las Letras Esmeraldeñas.

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Durante el homenaje que a comienzos de 2018 le rindió la Municipalidad de Manta.

Hacia mediados de 2018, sus hijos emprenden una carrera contra el tiempo, y buscan cumplir la última voluntad del poeta: publicar su libro postrero, “Los Poetas de las Bolsas Tristes”, que con su “estilo de siempre de agriescaldadura”, conciente de la inminencia de su partida, dedicará “A la huesuda rechiflada que ya me está persiguiendo la pisada”. Libro escrito en el tiempo de resumir; libro de despedida y de reafirmación poética como compromiso de vida; libro de poemas dedicados a sus más grandes poetas, Hugo Mayo y César Dávila Andrade; a los seres que admiró, a sus amigos, a los lugares que amó, Manta, Esmeraldas, Buenaventura y Cuba la antillana; libro desesperado de reencuentro con la fe; libro descarnado, sentido, doloroso y terriblemente humano.

Prologado por Víctor Arias Aroca, éste dirá: “A Cañizares le ha ocurrido de todo en este mundo. Anduvo por el camino de los jardines que se bifurcan, anduvo errante por el río mítico de las esmeraldas prohibidas; se fue con sus cantos de protesta y de ternura y se convierte en un itinerante solitario, nos metió el cuento de que los pájaros eran una canción y era mentira porque él no pudo aprenderse el canto de los pájaros y decidió escribirlo; se fue más arriba, se hizo filósofo y entró en el vendaval de los proverbios y los amorfinos; se fue de combate con la poesía desnuda y ahora nos sale con los poetas de las bolsas tristes que parecen desterrados del gobierno y, francamente, enemigos de la democracia, ya que a ellos el mundo no ha sido capaz de llenarles sus bolsas mientras que los señores del poder se llenan las bolsas, los bolsillos, las chequeras y van por el mundo recordándonos que la desvergüenza existe y que los burros sí pueden volar y llegan al poder de rebuzno en rebuzno.”

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Tentado de decirle adiós al poeta, pero también al tío que admiré en la niñez y en la adolescencia, en la juventud y en la vida adulta, una vez más debo recurrir a la clarividente y brutal honestidad de sus versos: “Con el último puñado de tierra / me dirán: Adiós. / Con los últimos pasos que se alejan / les diré: hasta luego. / Santuario de aguas negras. / Me quedaré solo. Inmensamente solo. / Ahogado en una tacita de café. / Y su amargor sin fin / oscurana de la eternidad.” Hasta luego poeta. Hasta luego, tío Gustavo.

Cuenca, octubre de 2018

Palabras sobre el poeta y su obra

Gustavo Cañizares está en la poesía, no quiere recorrer los caminos fáciles, pues como alguien decía, sólo lo difícil es estimulante”. Por otro lado merece destacarse la originalidad de los contenidos, donde aparecen pensamientos propios de alguien que siente la poesía como un don y no como una dificultad” (Hugo Mayo)

Es tan difícil hablar de un hombre controvertido. Y Gustavo Cañizares lo es a manos llenas. Cuando lo conoció comprendí que era uno de esos ejemplares que están desapareciendo de la especie humana: el poeta puro. Gustavo es un poeta nato, un poeta en la extensión de la palabra. Un bardo que hace poesía de todo y que encuentra las causas y efectos de sus aptitudes poéticas hasta en los platos servidos a la hora del almuerzo. (Fernando Macías Pinargote)

No hay duda, Gustavo Cañizares es un poeta en toda la extensión del vocablo, tomando en consideración que todos sus poemas tienen un fuego creador donde con voz diáfana y varonil expresa su mensaje clarísimo sin entrar al cultismo intrincado de “poetizar” en que muchos versificadores contemporáneos suelen escudarse a falta de genio creador. (Arcelio Ramírez)

Un poeta seguro de que tiene la palabra para decirse entero, convencido de que con la madurez de su voz podía atreverse y salir airoso de una apasionada andadura por los contenidos profundos… Predomina la inconfundible bondad de un poeta que va convirtiéndose en una de las voces más significativas de la joven poesía ecuatoriana. (Antonio Preciado Bedoya)

Qué duda cabe, Gustavo Cañizares es un hombre signado por el tizón incandescente de la poesía. Por su persistente búsqueda, pasión, empaques y haceres de juglar de la literatura ecuatoriana. En este libro de poemas se siente la presencia del poeta y su hálito vital reafirmante de una verdad insoslayable: Gustavo Cañizares está llegando al hontanar de donde brota la poesía como una yema imperecedera.” (Euler Granda)

Siempre quise un objeto blasfemante, algo con el cual aterrorizar. Y Poemas sin Censura de Gustavo Cañizares es ese objeto, un libro-blasfemia que tiene una voz madura, colosal, cínica, ególatra, desesperadamente cómica. Un libro-blasfemia donde la voz poética (aquel alter ego ampuloso del autor) habla desde la intimidad y cuenta sus secretos descabellados. Una voz que habla desde la experiencia: años-arrugas-historias. Una voz que blasfema en nombre de un dios con el que se bebe y encara. Un libro-blasfemia capaz de revolver las entrañas de la felicidad. Cañizares con este nuevo trabajo poético deja asentada su labor como escritor, un comprometido con la palabra (cuyo respeto reside en jugar con ella a su manera), con la idea de legar a la poesía ecuatoriana un trabajo debidamente justificado.” (Alexis Cuzme)

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El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

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La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

Gustavo Landívar entre los Maestros de la Fotografía cuencana

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Hacia el año 1985, con la venia y el respaldo de quien entonces regía los destinos de la lglesia Católica cuencana desde su arzobispado, Luis Alberto Luna Tobar, el fotógrafo Gustavo Landívar ingresaba a uno de los recintos reservados más antiguos de la capital azuaya, a la par que uno de los más desconocidos para el común de los vecinos morlacos.

Las religiosas del Monasterio de las Conceptas habían decidido por entonces abrir y donar una parte del claustro, flanqueado por blancas y altas paredes blancas de una manzana entera en el Centro Histórico de Cuenca, entre las calles Antonio Borrero y Juan Jaramillo, Hermano Miguel y Presidente Córdova. La sección correspondiente a la enfermería se destinaría a la instalación de un museo en el que los visitantes podrían ser testigos de una parte trascendental de la historia de la urbe, indefectiblemente ligada a la mayoritaria e incuestionable inclinación religiosa de sus moradores.

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Con lo que el joven fotógrafo no contaba era con la reacción que las monjas tendrían ante la presencia de un visitante del exterior, extraño al recinto, y mucho menos con cámara en mano intentando fotografiarlas. Su misión consistía en registrar la vida cotidiana de las religiosas dentro del claustro, derrotero que por poco no logra porque ante su presencia se cubrían los rostros con velos, o simplemente optaban por esconderse de él.

Landívar ha estado ligado durante medio siglo al registro fotográfico de la vida cuencana en sus más diversas facetas, pero sobre todo en el rico espectro cultural que la caracteriza. Esa inclinación por la imagen no fue espontánea ni antojadiza, sino que, por lo contrario, tiene antecedentes que datan de los mismos comienzos del siglo XX: su abuelo paterno, Agustín Landívar Vintimilla (1891-1929) formó parte de lo que podría llamarse la primera generación de fotógrafos de la ciudad, y a su padre, Manuel Agustín Landívar (1920-1980), se le deben muchos de los registros fotográficos (y también sonoros) de la cultura popular azuaya.

En ese contexto familiar, Gustavo creció rodeado de las imágenes captadas por ambos personajes, así como de las cientos, miles de fotografías coleccionadas por la suya y por otras familias cuencanas, con lo cual resulta fácil imaginar que su mayor pasión sería precisamente la captura luminosa elevada a la categoría de arte y al nivel de documentación histórica y cultural.

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En lo cultural es donde más se explayó su actividad, lo cual implica que la gran mayoría de las imágenes que habremos visto en Cuenca durante las últimas cinco décadas es de su autoría. Proyectos editoriales de trascendencia para la ciudad, como los dos tomos de fotografía antigua titulados Cuenca Tradicional, que el Banco Central publicó hacia mediados de los ochenta y comienzos de los años noventa, o el libro Ecuador, Hombre y Cultura, que recopila entrevistas del escritor Jorge Dávila a una veintena de personajes de la cultura local, tienen el sello Landívar, genuino e insaciable coleccionista de las fotos capturadas desde el siglo XIX, es decir la vida cotidiana y sus expresiones más disímiles: lo religioso, lo cultural, lo elitista, lo popular, el paisaje natural y el arquitectónico, las transformaciones urbanas, las diferencias sociales y raciales, la vestimenta, las costumbres, la gastronomía, etc.

Desde su domicilio y estudio emergieron, hacia finales de 2018, no solo una gran parte de esas colecciones, sino también cámaras de todos los tipos, tamaños, formas y épocas, adquiridas minuciosamente con la misma pasión con que desde hace medio siglo se ha dedicado a la fotografía y al estudio e investigación del movimiento fotográfico cuencano.

La Casa-Museo Remigio Crespo Toral, en realidad el museo de la ciudad, proyectó organizar bajo la égida de su director, René Cardoso Segarra, el Salón de los Maestros de la Fotografía Cuencana del siglo XX, para lo cual se decidió invitar a Landívar.

Esta iniciativa coincidió con la conmemoración del quincuagésimo aniversario de Gustavo como fotógrafo, y también con su jubilación como economista, su otra profesión. Gracias a la subsecuente disponibilidad de tiempo se dedicó a preparar la exposición con suficiente antelación, catalogando y clasificando un archivo gigantesco de fotografía analógica.

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En el proceso, los representantes del museo Pumapungo decidieron sumarse al proyecto, puesto que en la época en que éste pertenecía al Banco Central Landívar hizo mucha fotografía de sus actividades, exposiciones, acervos y proyectos, entre los años 1980 y 2005. Con el mismo criterio se unieron el Museo Municipal de Arte Moderno, la Casa de la Cultura a través del Salón del Pueblo y el museo Manuel Agustín Landívar, y el Museo de las Conceptas.

El resultado fue la muestra temporal titulada Gustavo Landívar: las colecciones, correspondiente a la serie Maestros de la Fotografía, que la Casa-Museo Remigio Crespo Toral (Calle Larga y Borrero) exhibe hasta finales de marzo de 2019. “Esta exposición temporal es parte de la serie Maestros de la Fotografía que tiene como propósito indagar los aportes de fotógrafos cuencanos que en diversas épocas registraron escenas y acontecimientos de la ciudad, desde composiciones muy intimistas llenas de nostalgia y romanticismo hasta capturas del esplendoroso paisaje de las campiñas azuayas; fotógrafos que con sus registros visuales se constituyeron en verdaderos cronistas de la historia cuencana”, expresa René Cardoso.

Las próximas exposiciones de esta serie incluirán obras de José Salvador Sánchez (1891-1963), José Antonio Alvarado (1886-1988), Manuel Jesús Serrano (1882-1957), Emmanuel Honorato Vázquez (1893-1924), Rafael Sojos Jaramillo (1888-1987), Víctor Coello Noritz (1890-1967), Agustín Landívar (1891-1929), Gabriel Carrasco (1890-1975).

Personajes y entidades

En el lapso de un cuarto de siglo, en una de las épocas de mayor dinamismo y transformación cultural operada en Cuenca, Gustavo trabajó con algunas de las principales entidades dedicadas a la promoción y la actividad cultural. Una de ellas fue también la Bienal de Pintura de Cuenca (hoy convertida en Bienal de Arte), en torno a la cual se gestó un gigantesco movimiento cultural que transformó a la ciudad, y cuya incidencia es aún palpable en la capital azuaya próxima a entrar ya a la tercera década de este siglo.

Quienes se contaron y se cuentan entre los principales protagonistas del arte y la cultura, la política, la religión, la educación, el periodismo, aparecen retratados y registrados en las imágenes captadas por Landívar, muchos por entonces muy jóvenes incluido el mismo fotógrafo que hoy conmemora media centuria de permanente trabajo detrás de las lentes de sus cámaras.

GL18Lo que el público ha podido apreciar de esta muestra incluye registros gráficos de comienzos del siglo XX, con alrededor de unos veinte nombres de fotógrafos que el museo incluye en el proyecto. La muestra da cuenta de una enorme cantidad de escenas de la vida en Cuenca, de sus personajes influyentes y clave en diferentes épocas, áreas del quehacer humano y aspectos, muchos de ellos ausentes ya pero que tuvimos la fortuna de conocer y tratar: Alberto Luna, Edgar Rodas, Antonio Lloret, Dora Canelos, Carlos Cueva Tamariz, Patricio Muñoz, Jacinto Cordero, Roberto Senese, José Luis Espinoza, Efraín Jara Idrovo, Juan Cueva Jaramillo, Eugenio Moreno, Oswaldo Moreno, Ricardo Muñoz, Ricardo León, René Cardoso, Jorge Dávila, Edmundo “el Loco” Maldonado, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Claudio Malo, Osmara de León, Lauro Ordóñez, Rubén Villavicencio, Juan Cordero, Jaime Idrovo, Gerardo Martínez, y un extenso e inagotable etcétera.

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Las colecciones de Landívar cuentan con material de archivo abundantemente respaldado de unos ocho fotógrafos, entre los cuales también hay cultores de la fotografía cuyos trabajos tuvo él la fortuna de hallar en los archivos empolvados de diferentes instituciones públicas y privadas, o de familias cuencanas, como resultado de sus investigaciones. Tal es el caso de José Salvador Sánchez (1891-1963), fondo cuyo hallazgo data del año 1977.

Tres años más tarde comenzó a trabajar con el fondo gráfico de su abuelo, Agustín Landívar, y una veintena de años después, gracias a su iniciativa, los descendientes de Emmanuel Honorato Vázquez dan a conocer de forma pública su archivo de imágenes, así como los trabajos de Manuel Jesús Serrano, Víctor Coello Noritz y José Antonio Alvarado, que formaron parte de la muestra Precursores de la Fotografía Cuencana, organizada por el Banco Central.

GL19Merced a un arduo y permanente trabajo investigativo pudo hallar también los archivos de Rafael Sojos Jaramillo y Gabriel Carrasco: “En los casos de Vázquez, Landívar, Carrasco, Sojos y Coello, ellos fueron compañeros de aula en la universidad, además de coetáneos de Serrano y Sánchez. Alvarado calza en este grupo porque era un importador cuya actividad le permitía viajar de manera constante al extranjero. Entre los productos que importaba constaban también cámaras fotográficas, circunstancia que le convirtió en proveedor de los cultores del arte gráfico, además de él mismo haber sido autor de fotografías en verdad exquisitas, dadas más a la temática familiar pero al mismo tiempo extraordinarias.”

Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista

Estas investigaciones y hallazgos le han permitido teorizar sobre la actividad fotográfica de la ciudad en aquellos tiempos, y plantear que el movimiento constituyó lo que él denomina la Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista. Por su sentido estético, señala, del Romanticismo que entonces vivía Cuenca este movimiento salta al Modernismo, a una nueva forma de plantear y tratar la imagen y el uso de la luz, que no se da en otra parte del país. “En torno a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca se creará un grupo de intelectuales jovénes que harán fotografía, al centro del cual estaba Emmanuel Honorato Vázquez: Gabriel Carrasco, Agustín Landívar Vintimilla, Rafael Sojos, Víctor Coello Noritz. Había también fotógrafos como Federico Malo Andrade, Bolívar Malo. El que no era fotógrafo no estaba en nada por aquel tiempo”, afirma Gustavo.

Al mismo tiempo se aventura a dar otra interpretación a la firma que Emmanuel H. Vázquez solía plasmar en sus obras, Tarfe, que de acuerdo con Landívar podría leerse también como Earte (Emmanuel Arte).

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Museo de la Fotografía Cuencana

Otro de sus planteamientos se da en torno a la necesidad de crear para la ciudad el Museo de la Fotografía Cuencana, que partiría precisamente de sus colecciones no solo de imágenes sino también de cámaras fotográficas. Además de los archivos mencionados, la mayoría de ellos respaldados en negativos, el proyecto incluiría el rescate de los trabajos de fotógrafos posteriores, cuyas obras se conocen en positivo, tales los casos de Alejandro Ortiz Cobos o de Serpa. Es decir, cultores de la imagen cuyas obras deben ser rescatadas porque constituyen el acervo de la ciudad, su historia, su memoria gráfica.

El traspaso de lo analógico a lo digital ha representado fenómenos en los que no se suele reparar en esta era dominada por lo digital. “Hasta finales del siglo XX -recuerda-, mucho de lo que aconteció en la ciudad, tanto en la esfera privada como en la pública, se registró en cámaras de video de betamax y vhs, de lo cual muy poco o casi nada ha quedado o ha sido posible traspasar al formato digital.”

Esto significa en realidad la pérdida de una buena parte de la memoria social cuencana, a lo cual se suma la condición volátil, etérea y en permanente riesgo de los registros digitales, que a menudo se han perdido en discos duros borrados como consecuencia de virus o fallas de estos aparatos.

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Curiosamente, están seguras las imágenes fotográficas de los primeros treinta años del siglo XX cuencano, pero en la práctica están perdidas las correspondientes a finales de esa centuria y comienzos de la actual, como consecuencia de este fenómeno relacionado con los avances tecnológicos y la aparición de nuevos soportes. “Cuenca tiene un archivo fotográfico excepcional. Hay los archivos, hay los elementos suficientes que pueden dar forma y vida a este proyecto, y hablo solo de lo analógico. De lo digital ni siquiera me he atrevido a auscultarlo, pero podría también hacerse en su momento un buen trabajo de rescate”, señala con vehemencia este fotógrafo, también él un Maestro de la Fotografía Cuencana.

¡Ya vuelta vuelven las monjas!

La segunda parte de un extenso periodo de homenaje a Gustavo Landívar, su obra y su contribución al mantenimiento de la memoria gráfica cuencana, se exhibe ya en el Museo de las Conceptas, y las subsiguientes irán dándose en los espacios señalados, en las que se podrá apreciar otras facetas del fotógrafo.

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Como señalaba al comienzo de este texto, hace más de treinta años el artista cuencano tenía como misión registrar la vida cotidiana de las monjas en el claustro. Cuando finalmente pudieron ellas relajarse y permitirle captarlas en su rutina diaria en los jardines, la panadería, la cocina, la lavandería, la enfermería o los pasillos, el resultado fue un registro de alrededor de 600 imágenes en las que por primera vez se revelaba al público cómo vivían las conceptas dentro de uno de los dos claustros más antiguos de la ciudad (el otro es el Monasterio del Carmen), casi tan antiguos como su historia de urbe hispanoamericana.

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En su condición de miembro del Patronato del Museo, Gustavo ha impulsado una suerte de regreso de las monjas a esa parte del claustro que es ahora el museo, a partir de una expresión coloquial muy morlaca: “¡Ya vuelta vuelven las monjas! ¡Aquisito nomás estaban!”, que define a la perfección de qué va la muestra: ampliaciones a tamaño natural de una buena parte de esa serie, aparecen ante los ojos del visitante al recorrer la exhibición, en ocasiones como si lo hicieran de manera subrepticia, plasmadas precisamente en los sitios donde fueran tomadas esas imágenes hace más de treinta años.

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En medio de todo ese trajinar ocasionado por las diferentes muestras que el año 2019 presentará al público amante de la imagen fotográfica, nuestro fotógrafo planifica también la edición y publicación de un libro que plasme aquel medio siglo de actividad, sus vivencias y evocaciones, sus descubrimientos y conclusiones, su pasión indomable por todo aquello que tiene que ver con la historia de Cuenca reflejada en miles de imágenes atesoradas como lo que son: registro y testimonio fehaciente de la transformación de la más bella ciudad del Ecuador durante las últimas tres centurias.

Centro PEN Ecuador inaugura sus actividades en Cuenca

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Luego de muchos años sin que en el Ecuador hubiera una agrupación de escritores, lectores, personas involucradas con la sociedad y sus derechos fundamentales, como la libertad de expresión o la equidad, y gracias al apoyo irrestricto de la sede del PEN Club, ubicada en Londres, Inglaterra, y de sus máximas autoridades, su Director Ejecutivo Carles Torner y su presidenta Jennifer Clements, se funda el Centro PEN en el Ecuador.

Su consigna es promover y motivar la lectura y la escritura como base del entendimiento entre los hombres, dado que la literatura no conoce fronteras y debe mantenerse como una divisa común entre los pueblos, a pesar de las convulsiones internacionales o políticas, y la noción de que PEN aboga por el principio de la libre transmisión de pensamiento dentro de cada país y entre todos los países; y sus miembros se sienten comprometidos a oponerse a cualquier forma de supresión de la libertad de expresión.

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Para celebrar este acontecimiento de trascendencia y con el afán de dar a conocer a la sociedad de su creación y vigencia, el recientemente conformado Centro PEN Ecuador y sus miembros fundadores, han organizado un programa al que invitan al público, así como a las distintas reuniones del mismo y a hacerse eco de las manifestaciones que defienden los derechos de los creadores.

Este acto fundacional se llevará a cabo en Saladentro Espacio Multiusos, ubicado en el Paseo 3 de Noviembre y Bajada de Todos Santos, en Cuenca, Ecuador, este viernes 7 de diciembre de 2018, a las 19h00. Para este acto se contará con la participación de distinguidos escritores y artistas, en una mesa redonda cuyo tema central será la Literatura y la Libertad de Expresión, con la intervención del Ensamble Vocal Fuerte Gonela y el Grupo de Cuerdas y Viento de la Casa de la Cultura del Cañar.

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Para los miembros fundadores del PEN Ecuador, es un privilegio invitar a toda la comunidad y a los medios de comunicación a asistir y a cubrir este programa especial, que cuenta con el respaldo de las entidades antes mencionadas Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar; Saladentro, Espacio Multiusos; además de contar con el apoyo de la Universidad Andina “Simón Bolívar”, de Quito; el restaurante mexicano El Pedregal Azteca, Librería Palier; la Unidad Educativa “Las Pencas”, y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Este será el primero de muchos intercambios de opiniones y expresiones culturales que el Centro PEN Ecuador producirá, sabiendo que estos espacios lo que generan es comprensión y respeto entre los seres humanos.

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María Rosa Crespo: Estudios Literarios y Culturales

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María Rosa Crespo (Cuenca, 1942) es un nombre que evoca imágenes y recuerdos en cientos de personas en Cuenca y el Azuay. Formadora y forjadora de varias generaciones a través de la docencia tanto secundaria como universitaria, su vida ha transcurrido entre libros, historias, estudiantes, responsabilidades públicas en los ámbitos cultural y académico, a la par que una especial condición de pionera en áreas que, por lo menos a nivel de la capital azuaya, habían estado tradicional e indolentemente reservadas a los hombres.

Así, en medio de una serie de dificultades, obstáculos y celosas resistencias machistas, al finalizar la década de los setentas será la primera mujer en obtener el grado de Doctora en Filología por la Universidad de Cuenca, y, una veintena de años después, será también históricamente la primera y hasta el momento única mujer electa Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Estudios Culturales y Literarios, sin apartarse del rigor académico y la seriedad de sus investigaciones, es al mismo tiempo el reflejo de las inquietudes múltiples de un ser apasionado por la humanidad y sus producciones intelectuales, culturales.

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Desde San Juan de la Cruz y la intensidad de su cántico espiritual, salta en el tiempo hasta Miguel Hernández, sus elegías y la tragedia épica y sentimental de su vida y su muerte; acto seguido se traslada a la geografía de la Cuenca andina para enfrentarse a los mundos poéticos de Alfonso Moreno Mora, César Dávila Andrade y Efraín Jara Idrovo, los tres más altos nombres de la lírica cuencana durante el siglo XX y lo que va de la centuria actual.

Lírica, Narrativa, Literatura Popular y Ensayos Literarios componen la primera mitad del libro, en la que aborda con una visión peculiar, casi de disección, a figuras icónicas de la literatura latinoamericana y ecuatoriana: Manuel J. Calle, Carlos Fuentes, José de la Cuadra, Gabriel García Márquez, Eliécer Cárdenas, Jorge Dávila.

En la segunda, es la cultura vista a través de un caleidoscopio el eje central en torno al cual giran los ensayos de una de las intelectuales cuencanas de mayor valía, prestigio e interés en la Cuenca de los Andes de las últimas décadas.

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La obra es publicada por el Encuentro Sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, que con una periodicidad bienal organiza la Escuela de Lengua y Literatura, adscrita a la Facultad de Filosofía, con ocasión de la decimotercera edición que se viene desarrollando en la capital azuaya, y está prevista su presentación para este jueves 23 de noviembre, en el Aula Magna “Mario Vintimilla” de la Universidad Estatal.

 

 

Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

Emmanuel Honorato Vazquez FOTOGRAFO

Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)