El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

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La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

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Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

María Rosa Crespo: Estudios Literarios y Culturales

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María Rosa Crespo (Cuenca, 1942) es un nombre que evoca imágenes y recuerdos en cientos de personas en Cuenca y el Azuay. Formadora y forjadora de varias generaciones a través de la docencia tanto secundaria como universitaria, su vida ha transcurrido entre libros, historias, estudiantes, responsabilidades públicas en los ámbitos cultural y académico, a la par que una especial condición de pionera en áreas que, por lo menos a nivel de la capital azuaya, habían estado tradicional e indolentemente reservadas a los hombres.

Así, en medio de una serie de dificultades, obstáculos y celosas resistencias machistas, al finalizar la década de los setentas será la primera mujer en obtener el grado de Doctora en Filología por la Universidad de Cuenca, y, una veintena de años después, será también históricamente la primera y hasta el momento única mujer electa Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Estudios Culturales y Literarios, sin apartarse del rigor académico y la seriedad de sus investigaciones, es al mismo tiempo el reflejo de las inquietudes múltiples de un ser apasionado por la humanidad y sus producciones intelectuales, culturales.

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Desde San Juan de la Cruz y la intensidad de su cántico espiritual, salta en el tiempo hasta Miguel Hernández, sus elegías y la tragedia épica y sentimental de su vida y su muerte; acto seguido se traslada a la geografía de la Cuenca andina para enfrentarse a los mundos poéticos de Alfonso Moreno Mora, César Dávila Andrade y Efraín Jara Idrovo, los tres más altos nombres de la lírica cuencana durante el siglo XX y lo que va de la centuria actual.

Lírica, Narrativa, Literatura Popular y Ensayos Literarios componen la primera mitad del libro, en la que aborda con una visión peculiar, casi de disección, a figuras icónicas de la literatura latinoamericana y ecuatoriana: Manuel J. Calle, Carlos Fuentes, José de la Cuadra, Gabriel García Márquez, Eliécer Cárdenas, Jorge Dávila.

En la segunda, es la cultura vista a través de un caleidoscopio el eje central en torno al cual giran los ensayos de una de las intelectuales cuencanas de mayor valía, prestigio e interés en la Cuenca de los Andes de las últimas décadas.

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La obra es publicada por el Encuentro Sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, que con una periodicidad bienal organiza la Escuela de Lengua y Literatura, adscrita a la Facultad de Filosofía, con ocasión de la decimotercera edición que se viene desarrollando en la capital azuaya, y está prevista su presentación para este jueves 23 de noviembre, en el Aula Magna “Mario Vintimilla” de la Universidad Estatal.

 

 

Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

Emmanuel Honorato Vazquez FOTOGRAFO

Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

Mujer

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Cuando diversas entidades y organismos de todo tipo llevan adelante la celebración del Día Internacional de la Mujer, se multiplican los clásicos discursos por medio de los cuales se le intenta rendir homenaje. La tradicional práctica machista en la que se han desenvuelto muchas de las sociedades humanas es el factor responsable de que, por siglos, fuesen los hombres quienes tomaron para sí la responsabilidad de dirigir sus destinos.

Eso implicó también una serie de privilegios y supuestos derechos para el elemento masculino, como el acceso a la educación, por ejemplo. Y para que las mujeres hayan podido acceder a ese derecho humano se tuvieron que llevar adelante luchas decisivas. Lo que emprendió la Revolución Liberal liderada por hombres como Eloy Alfaro y Luis Vargas Torres, en Ecuador, es una clara muestra de aquello.

Lamentable es que, a consecuencia del machismo reinante, todavía hoy se tenga que hablar de reivindicaciones y derechos, cuando el solo hecho de mencionar esos temas debería ser ya un recuerdo del pasado. La mujer ha tenido que considerarse parte de un grupo proscrito, tal como lo han sido a lo largo de la Historia los indígenas, los negros, los obreros. Aunque parezca ridículo mencionarlo, que la mitad de la sociedad tenga que reconocer los derechos de la otra mitad es simplemente un anacronismo y una muestra de lo mucho que aún le falta por evolucionar a la raza humana.

No creo en aquellos estipulados que afirman que la sociedad estaría mejor conducida si fuesen las mujeres quienes la gobiernan. Aquel, el de gobernar, es un derecho y también un deber que les asiste tanto a hombres como a mujeres. Ambos grupos son susceptibles de cometer errores e incurrir en vicios que atentan contra el ejercicio democrático, tal como lo entendemos en esta sociedad de innegable influjo occidental.

En este día habrá discursos de todo tipo e inclinación. Se hablará desde  posturas feministas y también desde aquellas machistas, dos extremos que al final no resultan saludables. Se dirá que la mujer es madre, esposa, hija y hermana, y cosas por el estilo. Pero, ¿acaso todo aquello no resulta obvio? La mujer es, simplemente, nuestra compañera, tal como nosotros somos sus compañeros. Caminamos juntos por la vida, tomados o no de la mano, y juntos debemos decidir cómo vivirla. No hay más. El resto es solo egoísmo, primitivismo, estrechez mental.

ARTImañas en la galería Illescas

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En el marco de la XIII Bienal de Cuenca, los espacios de la Galería de Arte Illescas (Calle Larga 1-209, a 100 m del Museo Pumapungo) acogen la exposición ARTImañas, curada por Eduardo Albert, con la participación de Madeleine Hollaender como Gestora cultural. La muestra presenta a los ojos del público obras de los jóvenes creadores Lisbeth Carvajal, Pedro Gavilanes, Javier Gavilanes, Joshua Jurado, Jimmy Lara, Patricio Ponce, Chay Velasco, Roger Pincay, y Raymundo Valdez.

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“Nueve jóvenes artistas aceptaron el reto de mostrasr sus obras más recientes en Cuenca, con motivo de la XIII edición de la Bienal. Son todos de diversas procedencias y cuenta con diversas experiencias personales, pero en su mayoría estudian en la Universidad de las Artes en Guayaquil, o culminaron su carrera en el célebre ITAE. Como puede suponerse, en tal heterogeneidad de trayectorias personales, exponen piezas realizadas en un amplio espectro de medios, soportes y materiales, pero toda la producción puede consignarse bajo el rubro de arte pensado y facturado con habilidad, ironía y astucia.Ponen a consideración de las audiencias, ni más ni menos que artimañas…

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Y es que en cada obra, estos creadores manifiestan sus mañas, sus oficios respectivos, su habilidad para articular formas variadas con ciertos aires de provocación a la recepción activa o al deleite inteligente.

Desde pinturas hasta objetos e instalaciones, la muestra pasa revista a buena parte del ya dilatado campo de la visualidad artística y, en correspondencia, al expandido universo de sus lenguajes y recursos morfológicos.

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Es, al mismo tiempo, un registro de los alcances logrados en itinerarios individuales de investigación y realización, en esa “emergencia y confrontación de modos muy distintos de hacer” que, según Terry Smith, cualifican al arte contemporáneo.” (Eduardo Albert)

FIL QUITO 2016: Manual de anti-gestión y autoayuda cultural

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Por: GERMÁN GACIO BAQUIOLA

En un noviembre atípico para Quito y Ecuador, donde en medio de sequías en Azuay, incendios en varios sitios del país, casi cero precipitaciones en Quito, una tormenta de festivales culturales y artísticos en distintas ciudades del país al unísono, lo que si verdaderamente llovieron fueron críticas y defensas a la organización y desarrollo de la 9na Feria Internacional del Libro de Quito. Con más de 9 meses de supuesto trabajo entre el Ministerio de Cultura y Patrimonio (su principal organizador y patrocinador) y la Cámara del Libro de Ecuador (que, dicho sea de paso, nada tiene de “cámara”-“libro”-“Ecuador”) no fue suficiente para ejecutar los casi 600mil usd destinados a la realización de dicho evento de modo que satisfaga a los distintos actores de la cadena del libro, empezando por los lectores, los editores, los libreros, los “distribuidores”, los grandes grupos y consorcios editoriales, y los mismos escritores. Todos, de algún u otro modo presentaron quejas o, al menos, se las guardaron entre dientes.

En lo personal, tras 7 años consecutivos de participación con el grupo de editores independientes de Sudamérica y con librería Corredor Sur (logro que debía haber merecido, por lo menos, una placa en honor a la constancia, sacrificio y estupidez de su director empecinado) podemos decir que la FIL Quito no avanza ni retrocede, se mantiene en el tiempo, casi por inercia, amenazada año tras año con la falta de decisión y voluntad política y por la baja y mal planificada ejecución de los fondos públicos para este evento. Allí está, congelada, sin grandes novedades editoriales, sin grandes figuras que visiten el país, sin publicidad, sin un público significativo cautivo e interesado, sin una amplitud real a las nuevas tendencias y mercados, sin una autocrítica necesaria, sin un valor agregado cultural. Allí está, inerte, con las misma cantidad de promesas incumplidas de siempre, con los mismos expositores, con la misma productora organizadora que gana la subasta inversa realizada por SERCOP, con la casi nula publicidad del evento y de su programación, con la misma baja calidad literaria y de curaduría editorial, con el amiguismo cotidiano y repetido hasta el cansancio, con los mismos colegios que llegan para no aprender ni participar realmente de nada sino simplemente para dar una vuelta y saltarse horas de clase, con las mismas caras largas de todos y quejas que llueven y llueven. Está y seguirá estando y la lluvia de críticas se repiten año a año, intentando ejecutar cabezas de mando, pero esas mismas críticas, año a año, entran por un oído para salir por el otro y terminar siquiera sin archivarse en algún cajón u armario de oficina (sea del Ministerio o de la “Cámara”).

De todos modos, me parece importante resaltar unas 3 realidades/cualidades de esa crítica:

1.- La queja en el mundo editorial es una costumbre embestida de jurisprudencia y hábito, que engaña al solicitante haciéndole creer que sus daños sufridos son merecedores  del  derecho  a la crítica destructiva, para luego naufragar en el cierre de año y olvidarse por siempre, hasta 12 meses y una edición después. ¿No sería acaso más práctico reunirse entre los ruidosos y hartos y elaborar un panfleto-carta para que sea presentada formalmente y reúna las sugerencias pensadas y los cambios ideales?

2.- La crítica por la crítica, esa crítica desde fuera, sin haber siquiera participado de la actividad ni por una hora, es más calumniable que cualquiera de las demandas, exigencias, planteamientos brillantemente embadurnados de teorías que se enredan en la lengua misma del opinólogo de turno.

3.- Siempre es más conveniente esperar, juntar fuerzas y realizar el acto de protesta (sea en el formato que fuera) de modo conjunto que desperdiciar fuerzas día a día en los rumores, chismes, opiniones, conversaciones sobre el problema a resolver. Sin embargo, la pasividad y no toma de posición siempre será considerado más retrógrado que el mismo sistema opresor.

De todos modos, me parece importante resaltar 3 realidades/cualidades de la FIL Quito:

1.- Es uno de los pocos (no el único, claro) espacios y programas a nivel nacional que por casi 10 años consecutivos se ha dedicado a intentar, al menos rozar, el problema fundamental de este país que, a mi entender, radica en la falta de conciencia, falta de entusiasmo, falta de costumbre de leer.

2.- Es un evento que es necesario mantener vivo, para que algún día personas con las aptitudes y actitudes necesarias puedan tomar las riendas de él y convertirlo en la verdadera fiesta de la cultura nacional.

3.- Pese a todos los problemas, críticas, quejas, blablablás; durante la edición de esta feria sucedieron ciertas cosas (encuentros, firmas, actos, diálogos, conflictos, etc.) que sin duda alguna fortalecerán al sector editorial y potenciarán, algún día, la lectura.

¿Cuáles fueron estos benditos sucesos?, se preguntarán. Pues bien, en esta ocasión no los diré, porque así como prefiero guardarme mis quejas, tanto para mi bien como para el bien de los demás, he aprendido también a guardarme ciertas reflexiones que madurando pueden resultar un arma mucha más letal que la mera palabrería periodística. Además, Pessoa me espera en mi mesita de luz.