Hugo Oquendo: un Paganini en la Guitarra

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¿Qué es para usted el periodista Diego Oquendo?, cuenta Hugo que le había preguntado el mismísimo coronel golpista, Lucio Gutiérrez, en el año 2004, durante su visita al Palacio de Carondelet. Es mi hermano, le respondió éste, y fue entonces cuando comenzó el conato de trifulca político-cultural entre ambos personajes.

Desde 1968 el guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo está radicado en la ciudad de Roma. Cada cierto tiempo, en medio de sus múltiples y lejanas giras, se concede también algún lapso para regresar al Ecuador, sobre todo a su amada Quito. Hace unos meses, antes de la vorágine política que volvió a convulsionar al país tras la casi interminable crisis que nos asoló, visitó la región para dar conciertos en Azogues, Cuenca y Loja, donde se le rindieron sendos homenajes. Producto de un diálogo, más cercano a monólogo debido a su incontenible y cálido aguacero de recuerdos, en este espacio trato de recoger sus palabras, sus frases, sus anécdotas, las remembranzas de una de las cumbres del talento musical ecuatoriano.

En su condición de símbolo viviente de la guitarra clásica y embajador cultural del Ecuador ante el mundo, en verdad una de las glorias vivientes del arte generado desde los rincones de esta gran patria pequeña, el gobierno de Gustavo Noboa tuvo el acierto de conferirle una pensión vitalicia. De esas que por lo general con afanes politiqueros cada mandatario viene concediendo, a veces con buen criterio y otras con tan mala fortuna, que a decir de algún personaje todavía bastante centrado, apenas poco más de una décima parte de aquellos las merece.

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A mediados del año 2004, el coronel que todavía tenía, para su fortuna o infortuna, según el caso, quien le escribiera, le dijo tajantemente, como intentando llevar adelante una negociación –para decirlo con un tono bonito y no herir susceptibilidades de nadie: Ese señor periodista ha sido muy duro con sus críticas al Gobierno Nacional, que prácticamente se ha ensañado en ver solamente las cosas negativas, cuando en realidad la obra gubernamental se está proyectando a largo plazo, sin afanes electoreros. En consecuencia, señor don guitarrista –suponemos que habrá dicho el todavía Presidente–, si su hermano no cambia de actitud frente al Ejecutivo, pues de eso nada limonada, nones, que no estamos para dar dinero ni reconocimientos ni pensiones, y menos vitalicias, a ningún enemigo gratuito del Gobierno.

Claro que don Hugo, quien tampoco estaba con su gigantesca trayectoria internacional para ser pisoteado por nadie, se encolerizó y empezó a cantar, o a tocar podría decirse, verdades a diestra y siniestra.

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El maestro Hugo Oquendo junto al gran Pepe Serrano (centro), y el autor de esta entrevista.

La vida de Hugo Oquendo transita así, signada por anécdotas que para el común de los ecuatorianos parecerían inverosímiles, increíbles, improbables, de no ser por la leyenda que rodea al guitarrista, el más célebre de los ejecutores de un instrumento que Andrés Segovia contribuyó a que se lo tome en serio. Fue precisamente Segovia quien, en una de sus presentaciones en la capital ecuatoriana, y en el legendario Teatro Sucre, haría la premonición de que algún día el pequeño guitarrista quiteño, quien anhelaba ser escuchado por el maestro, sería muy grande. Muchos años después, ya un conocido intérprete de la guitarra clásica, y en España, el propio Segovia reconocerá a su admirador, esta vez convertido en toda una figura, y hasta le dará algunas clases particulares.

A causa de la inestabilidad emocional y material que la peculiar relación matrimonial de sus padres representó, Hugo se vio obligado a salir del Ecuador cuando aún no cumplía la mayoría de edad, aunque por entonces se lo reconocía como una joven promesa de la música y del toreo… Con ese afán, el de llegar a convertirse en una gloria de la lidia, es que en diciembre de 1951 aborda un avión de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, que trasladaba a la delegación nacional a los primeros juegos bolivarianos de la historia. Pero no se trataba de un pasajero común sino de un polizonte.

Descubierto en pleno vuelo, cuando se había encerrado en el retrete, de inmediato despertó simpatía en el capitán y el copiloto de la nave, quienes le dieron 40 dólares para sus primeros gastos como inmigrante ilegal en Caracas. Ese dinero retornaría a Quito, en manos de un militar vecino de la familia, a quien le pidió entregárselo a su madre: «Sargento, hágame un favor: ya que conoce a mi mamá voy a confiar en usted. Déle estos cuarenta dólares, y dígale que todavía no aterrizo y ya le estoy mandando dólares… »

Al llegar a Caracas se bajó todo el mundo del avión, y él se quedó adentro sin saber de qué modo pisar el suelo del aeropuerto de Maiquetía. Estando en esas cavilaciones escucha las notas del himno nacional del Ecuador, interpretado por una banda de músicos venezolanos vestidos de azul marino, tal como él mismo iba ataviado. Fue esa la circunstancia que aprovechó para, una vez culminada la interpretación, sumarse a los músicos cargando su guitarra, gracias a lo cual salió del aeropuerto primero que la delegación, y haciéndoles el saludo militar. Era el 17 de diciembre de 1951. La fecha no podía ser más simbólica.

A continuación vivirá una serie de peripecias en la capital venezolana, que por entonces comenzaba a despertar hacia su afán de convertirse en una ciudad del primer mundo, merced a la explotación y exportación de petróleo.

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La flamante avenida Bolívar, en Caracas, hacia los años 50

Dueño no solo de un talento que cultivó desde los cinco años, sino también de un arrojo y una sed de aventura en verdad temerarios, Hugo pasará de ser prácticamente un indigente en las calles venezolanas, que dormía en los edicios en construcción y causaba tanta lástima a las enfermeras de la Cruz Roja que no se atrevían a comprarle la sangre, debido a lo flaco que estaba, a ser un niño mimado del hombre más poderoso, idolatrado y a la vez temido y odiado de Venezuela en esos años: el dictador Marcos Pérez Jiménez.

Con la misma astucia con la que resolvió y logra colarse en el avión que lo sacaría del país, y luego le permitiría entrar a Caracas, ocho días después y al borde de la desesperación, entrará a la casa del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela también como músico de una orquesta. Era la noche de navidad. Después de convencer a un ministro de que lo único que pretendía era tocar para el Presidente, éste lo presenta como un miembro de la delegación ecuatoriana, que tenía una sorpresa para el mandatario. Su ejecución de La Malagueña le arrancaría lágrimas al dictador, y en un arrebato de agradecimiento y emoción decide que las puertas de la casa estarían siempre abiertas para el joven músico, quien desde ese momento se convertirá en maestro de su hija y de su sobrina. Ex alumno de la Academia Militar «Eloy Alfaro» de Quito, Pérez Jiménez se enternece tanto al escuchar esa evocación sorpresiva de alguna chava ecuatoriana con el acento andino del Quito en el que se formó, vivió y amó en su juventud, que en un arranque de generosidad decide apadrinar a Hugo y pedirle que adopte la nacionalidad venezolana: «Le dije Señor Presidente, qué honor y qué orgullo ser venezolano, de la patria de Bolívar y de Sucre, a quienes tanto veneramos los ecuatorianos. Gracias, Señor Presidente, por ese altísimo honor que usted quiere brindarme, pero con toda humildad y respeto, yo nunca dejaré de ser ecuatoriano», rememora Hugo con evidente emoción. Pese a ello, el dictador lo enviará a estudiar guitarra clásica a España, y con el tiempo Hugo se convertirá, además de afamado guitarrista internacional, en pariente político de Pérez Jiménez, tras contraer nupcias con su sobrina Eulice.

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Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), ex Presidente de Venezuela y tío político de Hugo Oquendo

Pocos días después de tocar para el presidente, en calidad de aguinaldo navideño, el gobierno le entrega la cantidad de 10.000 bolívares. Más de la mitad de ese dinero se la envía a su madre, en Quito, quien se negaba a recibirlo porque pensaba que su hijo se había convertido en delincuente para obtenerlo. Tuvo que llamarla el mismo embajador del Ecuador para decirle que Hugo se lo había ganado, y era un regalo del Presidente de Venezuela.

Una de las anécdotas de ese primer dinero ganado en el exterior por el joven guitarrista, fue cumplir con la promesa que le había hecho a su hermano Diego, por entonces un niño que ansiaba tener una bicicleta, unos pantalones blue jean y unos zapatos mocasines, que no podía usar si no era pagando a uno de sus amigos para que se los alquile por unas horas.

En medio de esa peculiaridad que determinó que su vida se bamboleara entre el éxito y la tragedia, entre la audacia y la aventura, a raíz del derrocamiento del dictador venezolano sus enemigos raptan a la hija que Hugo y Eulice tuvieron. Este hecho trágico significará la destrucción del matrimonio, aunque la niña fue hallada dos años y ocho meses después, en un orfanato de Maracaibo, gracias a la fotografía que una periodista francesa había publicado en El Espectador de Bogotá. Intrigada por las lágrimas que derramaba en el escenario nuestro artista, cada vez que tocaba una pieza en recuerdo de su pequeña hija, relataba: “Entre los escenarios del mundo, a través de un preludio, Hugo Oquendo busca a su adorada hija, Flor Matilde”. Será el propio Embajador del Ecuador en Colombia, padre de quien después se convertirá en presidente interino del país, Fabián Alarcón, quien notifique a Hugo del hallazgo de su hija. Ese reencuentro será, sin embargo, la antesala de una nueva pérdida de Flor Matilde, quien en manos de su madre desaparecerá sin dejar rastro, hasta que veinte años después, cuando ella lo creía muerto en un accidente de aviación, él retorna a Caracas para dar un recital. Será otra vez la prensa la que permita reunirse a la joven con su padre, cuando ésta advierte una nota en la que se hablaba del regreso a Venezuela del guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo, cuya carrera comenzó precisamente en ese país.

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Una vida tan intensa y llena de episodios novelescos, no podía dejarse perder en los vericuetos y en las oquedades misteriosas de la memoria. Por eso está ahora recogiendo los recuerdos de su existencia, todos esos acontecimientos, matizados de humor y tristeza, de alegría y tragedia al mismo tiempo, en un libro que espera publicar en breve. En él narrará también cómo llegó a tocar la guitarra para el Papa, en la mismísima Capilla Sixtina, por pedido de su madre; cómo haría llorar al jefe de la Iglesia Católica con la ejecución de una pieza expresamente compuesta para él, y enjugarse las lágrimas en un pañuelo que luego le llevaría a su progenitora. Pero aquellos son otros capítulos de su larga y loca historia, y el espacio ya se nos agotó. Mejor será esperar a que se publiquen las memorias de Hugo Oquendo, el Paganini de la Guitarra.

Antonio Preciado: la Poesía no tiene Color

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La idea de entrevistar al poeta afroecuatoriano Antonio Preciado, me resultaba particularmente tentadora. Volver a mi natal Esmeraldas, bajo el pretexto de «enfrentarme» a esa especie de monstruo sacro de la poesía esmeraldeña, era como haber recibido el regalo de una venganza sutil y velada [por supuesto], casi diez años después de que mi atrevida ingenuidad adolescente, urgida por decenas de páginas de versos totalmente impúberes, apostara a perseguir al barriocalienteño jututo al extremo del cansancio y el desplante consecuente.

 

Este hombre y su planeta

Lograr que el funcionario, más que el poeta, encontrara un espacio en su agenda no fue fácil. Preciado es el máximo responsable de la actividad cultural que el Banco Central desarrolla en la provincia verde. Tuve que valerme de un amigo común. Aun así, fue preciso aguardar varios días. Programada para las nueve de la mañana de un sofocante martes de septiembre, la entrevista no comenzaría sino dos horas después, a causa de una inesperada reunión de trabajo. Su secretaria, tomándome por funcionario del Banco, fue extremadamente amable, y me permitió esperar sentado sobre una de las cuatro sillas colocadas frente al escritorio del licenciado, como le llamaban por entonces sus subalternos.

En la oficina, gruesas y pesadas cortinas impedían el paso de la agobiante luz solar esmeraldeña, aunque no del bullicio de la céntrica calle Bolívar. Escritorio grande, con muchas fotografías bajo el vidrio, recuerdos de las amistades que ha sembrado, en diferentes latitudes, este hombre y su planeta.

Después de que el poeta diese lectura a un documento extensísimo, preparado para esta entrevista [y al parecer para algunas más, conforme fui percatándome tiempo después], ya que, según dijo, a menudo su sucesivos entrevistadores distorsionaron cuanto había querido decir, tímido y casi incrédulo de por fin poder comenzar mi trabajo me atrevo a lanzarle mis primeras inquietudes, en torno al recibimiento que habían tenido De ahora en adelante y Jututo, sus dos últimas publicaciones: «En rigor, han sido bien recibidas, de acuerdo con lo que dicen los comentarios escritos, tanto de dentro como de fuera del país. Algunos de los poemas de estos dos últimos libros han sido  recogidos ya en antologías del exterior. Pero no soy una persona que se satisface a plenitud con lo que va realizando, porque esa satisfacción supondría una suerte de engolosinamiento con lo que se hace, y una pérdida de la obligación de trabajar incesantemente en nuevas empresas artísticas.»

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Ni un antes ni un después

Con la certeza de que aún no ha escrito una obra a la que pueda considerar el referente máximo de todos sus poemas y libros de poemas, para él la poesía es inmensa y le hace sentir «apabullado, verdaderamente minúsculo, pequeño al lado de los horizontes que se presentan dentro de las perspectivas de la creación literaria

Preciado no cree haber andado mucho; al contrario, considera poco lo que ha hecho y se ve obligado a esforzarse de manera constante: «No hay un antes ni un después, sino un siempre en mi creación.»

En Jututo, se da la presencia de varios poemas dedicados o escritos a partir de la evocación de personas conocidas por él en Esmeraldas y en diversos sitios del mundo, bajo el título de Algunos de los míos. Son la mayor parte amigos muy cercanos, otros no tanto, pero a todos ellos les une un vínculo humano, poético o político, en el más hondo y genuino sentido de cada término. En definitiva, gente negra a la que el poeta admira y a la que confiesa querer, lo cual me mueve a indagar por su concepto de amistad: «Para mí, es un sentimiento de extraordinario y profundo valor, porque ancla el afecto de dos o más seres. Creo en todo lo que reúne al hombre, en todo lo que le permite abrazarse, en todo lo que orienta la proa visionaria hacia el encuentro del hombre con los demás seres; estando en ese cauce, la amistad es para mí altísimamente valiosa.»

También se confiesa posesivo, pero con la inmediata aclaración de que no es en el sentido egoísta de la posesión, según sus propias palabras:«Soy posesivo en el sentido de mantener aprehendido, al alcance de mi tacto, de mis afectos, de mi querencia volcánica, del vórtice de mi cariño, de mi ser que brota por mis poros, todas las cosas entrañables, las cosas y los seres que amo… La persistencia de mi yo no se anula, no se diluye definitivamente, sino que se fortalece y realiza en un mundo de incesantes interacciones. Y ese es el asiento del carácter social de mi creación. Eso es lo que se patentiza en una convergencia entre los demás y yo, como creador, a través del instrumento maravilloso de la palabra.»

RAO: ¿No ha sentido el peligro de una exagerada consideración de lo social, de lo político, en detrimento de lo estético?

AP: El universo de mi poesía no se agota en esa primordial preocupación, ni el universo de ninguna poesía… Escribo orientándome hacia los fines que, a mi entender, dan un sentido mejor, más fructuoso desde el punto de vista de la satisfacción moral y espiritual que busco en el hacer poético. Además de la gravitante imposición que supone la lengua compartida, lo digo sin eufemismos, también intencionalmente pretendo escribir para los demás, pues mi propósito siempre es decir algo, que a la vez que se encuadre dentro de los movimientos estéticos sea recibido por ese gran otro a quien me dirijo, ese otro múltiple que es destinatario de la creación. Necesito y busco ser aprehendido, captado.

Resulta obvio que para Preciado la escritura poética es una necesidad de expresión, dentro de la cual están permanentemente presentes las preocupaciones sociales. Se concibe a sí mismo como alguien cuyo deber es no perder de vista en la creación, como ingredientes básicos de su propio sentido de lo popular, lo que denomina «la ineludible obligación de permanecer atento a los problemas del pueblo». De otro lado, la abundante utilización de metáforas en su poesía podría interpretarse como un intento catártico, de auto-purificación, a pesar de sus reiteradas intenciones de ir al encuentro con los demás.

Los medios materiales

También me intrigaba un poco, en esta época en la que no nos imaginamos escribiendo en otra cosa que no sea un teclado de computador, la forma en la que Preciado da a luz sus poemas: «Escribo a mano, y escribo acostado; no por pereza, como me decía en broma un amigo… [ríe, a propósito de ser ese otro de los estereotipos en torno a los negros]. Escribo acostado, porque así me acostumbré desde que era muchacho. Siempre leo y escribo acostado; por supuesto, cuando estoy en mi casa

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¿Su poética es vivencial, o es una literatura de la literatura?

Es vivencial. Toda creación empieza por la práctica, por el contacto vivo del ser humano, de su percepción sensorial con el mundo que lo rodea, con los demás seres; la realidad objetiva en sus dos grandes vertientes: la naturaleza y la sociedad. En ese sentido, las obras de arte también parten, aunque no se lo quiera reconocer, de esa realidad objetiva.

La abuela Francisca

Además de lo social y natural, otra de las presencias determinantes en su vida y, por ende, en su poesía, es la de las mujeres: «Desde la venerable abuela Francisca, que me inició en el conocimiento de mis esencias étnicas, que me llenó la cabeza de mitos, de fantasmas, de dioses; que aproximó a mi olfato el aroma de las hierbas curativas. Desde esa abuela Pancha, pasando por mi madre, por mi Felisa, que vive a sus ochenta y tantos años; esa mujer que, como digo por ahí, se repartía entre cinco hijos, sola, y que realizaba el milagro de hacer alcanzar un número menor para un número mayor. Dalia, mi única hermana; mis amigas, hasta llegar a las mujeres con las que he compartido parte de mi vida, por las que tengo un profundo respeto, y que han dejado su marchamo indeleble en mi espíritu.»

La poesía no tiene color

La conversación es con frecuencia interrumpida por llamadas telefónicas, por el ingreso sin previo aviso de personas que no sabían nada del asunto, y hasta por salidas del mismo Preciado. Algunos de esos momentos son aprovechados por mí para voltearme a observar, con detenimiento y fascinación, tres fotografías en blanco y negro: una hermosa negra ataviada con pañolón, casi niña, casi adolescente; un sonriente negro que sostiene entre la perfección envidiable de sus dientes una humeante cachimba [pipa]; y, finalmente, los bellos ojos grandes, sorprendidos, diríase que tristes, de un pequeño negrito.

Fuera de Esmeraldas, me atrevo a decir que aun dentro de ella, se le considera exclusivamente un poeta de la negritud, quizá su máximo exponente. Este encasillamiento parece molestarle, pues, de alguna manera, podría considerarse también un rezago de la discriminación de la que ha sido objeto el pueblo afro: «La mayor parte de mi poesía no está centrada en la negritud. Alguna vez Hernán Rodríguez decía, en un comentario, que yo había tomado poco de la inmensa cantera de la negritud, siendo un poeta negro… Mi poesía está centrada en una preocupación general por el hombre, por el ser humano amplio, genérico, universal, partiendo de la convicción de que primero soy hombre, después soy un hombre negro. Toco la realidad de la negritud como tal, pero ligada también, eslabonada, articulada, vertebrada a la realidad del hombre en general. Estoy obligado a decirle esto porque mucha gente considera que como soy un poeta negro mi poesía es negra. La poesía no tiene color; las realidades del hombre negro las puede tocar un poeta que no sea negro, que no tenga en la piel la carga que yo tengo, que no sea de mi etnia. Si se afirma que mi poesía está exclusivamente centrada en la negritud, no hay conocimiento profundo de ella.»

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¿Cree que hay racismo en Esmeraldas, la provincia con el mayor porcentaje de población negra en el Ecuador?

No creo que la mayoría de la gente en Esmeraldas sea racista. Hay manifestaciones de racismo antinegro, pero son producto de antecedentes históricos a los que me he referido siempre, como la teorización de una supuesta inferioridad del hombre negro. En esta provincia, tradicionalmente, el negro ha estado ligado a los estratos inferiores de la sociedad, al sector más pobre de ella, realizando trabajos domésticos, de carga, etc. El mestizo [el mulato], que tiene mucho de negro pero quiere blanquearse, que quiere no ser negro, arremete contra quien, ilusoriamente, considera la última rueda del coche. Mas, por lo general, Esmeraldas es un batidero de gentes de diferentes etnias, que no mantienen ese tipo de diferencias, de prejuicios.

Usted habla de esa «supuesta inferioridad», pero quizá la actitud del esmeraldeño negro de la actualidad no es tan altiva o contestataria como la del negro estadounidense, por ejemplo…

Las diferencias que se puedan advertir son de carácter publicitario. El hombre esmeraldeño tiene conciencia de que es un ser humano –sobre todo el hombre joven-, que afirma su valor y busca también la consolidación de su identidad cultural como etnia, sin perder de vista el hecho de que, fundamentalmente, es un ser humano. Esa afirmación se ha venido dando a partir del acceso que la juventud ha tenido, en las últimas décadas, a la educación. La escolaridad más alta del negro esmeraldeño va ejerciendo un influjo liberador en este sentido, haciéndole ver más amplio el horizonte, ampliando su cosmovisión.

Casi al final, me resisto a despedirme [o a ser despedido] sin tratar de hurgar un poco en las facetas más personales del Preciado humano, del Antonio Preciado que no tiene reparos a la hora de reconocer cuánto le gusta la comida esmeraldeña y sus platos típicos: los encocaos [mariscos sazonados en leche de coco], las balas [bolones de plátano verde aplanados], el masato [una especie de batido de plátano maduro con leche], o el irresistible tapao [pescado cocido y condimentado con hierbas aromáticas como la local y exquisita chillangua, y acompañado de plátano verde cocinado; del Antonio Preciado que reitera ser un esmeraldeño jututo [auténtico], que gusta de la marimba tanto como de la música formal, ligera, popular de los países latinoamericanos, la música ecuatoriana, el blues, el jazz, etcétera.

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La cultura esmeraldeña

Preciado habla con bastante rapidez. Imagino cuán difícil hubiese resultado esta entrevista sin la ayuda de una grabadora. Luego de hora y media es evidente el cansancio, pero no tanto como la prisa por despedir a su interlocutor para continuar con su intensa agenda de trabajo.

Hacia los años setentas, el poeta fue uno de los más apasionados impulsores y protagonistas de la cultura esmeraldeña. Hoy se dedica solo a las actividades culturales del Banco Central, por coincidencia y fortuna a su cargo: «En esa época contaba con un grupo de trabajadores de la cultura, de dinamizadores, muy entusiasta. Fui entonces Presidente de la Casa de la Cultura por dos periodos. La recuerdo como una época extraordinaria. Después, cuando dirigí el Centro Municipal de Cultura, se vivió también una época de intensa actividad.»

Debido, entre otras causas, a la falta de asignaciones presupuestarias suficientes, las dos instituciones perderían protagonismo. Es entonces cuando, a mediados de la década anterior, la entidad bancaria asume la tarea de rescatar, preservar y difundir la cultura de esta provincia: «El Banco Central ha venido trabajando intensamente aquí. Si se suprime su actividad (museo, archivo histórico, difusión de programas, etc.), Esmeraldas quedará huérfana de estímulos de trabajo cultural en su comunidad.»

Revista “Cultura”, Banco Central del Ecuador

Quito, Septiembre de 1998

José Serrano González: una vida entre libros

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Libros, cuadros, libros, reproducciones de caballos, discos, libros, quijotes y más libros son los elementos que parecen dominar la vista en los diferentes rincones del hogar de José Serrano González, abogado, Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia de Cuenca, y uno de los intelectuales cuencanos de mayor prestigio y lucidez de las últimas décadas.

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En su casa, ubicada en el sector de Chaguarchimbana, a pocos metros de la antigua vía férrea, están presentes los seres que ha amado a lo largo de su vida, los recuerdos, las vivencias, los canes, la señora que le ha servido a lo largo de 66 años, un Botero original, un bodegón del siglo XVII, obras de Carrasco, Ochoa, Chalco, Beltrán, Kingman, Napoleón Paredes, Julio y Ricardo Montesinos, 200 piezas representaciones de caballos (otra de sus pasiones). Brahms es uno de sus compositores favoritos, aunque su fonoteca incluye un sinnúmero de discos de jazz y boleros, que suele escuchar de vez en cuando mientras degusta un cubalibre, su bebida favorita.

Hijo del abogado José Luis Serrano González, en su niñez era algo enfermizo, delgado, quizá sobreprotegido y mimado por el abuelo paterno, también abogado. Hacia los 8 años, al ver que era indispensable la escuela, le tomaron una prueba de diagnóstico en la casa. El propio Director de Estudios, un inspector provincial y un profesor, fueron quienes hicieron el diagnóstico, y decidieron enviarlo al cuarto grado, pero debido a su edad ingresó al tercero. «Mi pasión por los libros es de toda la vida. Mi madre era una gran lectora, al igual que mi abuelo, José Luis Antonio Serrano. Él me regalaba los cuentos de Calleja, ilustrados, antes de que yo supiera leer, a los cuatro años. Siempre tuve buena memoria, y fingía leer delante de mi abuelo. Más tarde entré directamente al tercer grado», rememora.

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«Yo nací en Cuenca, de padres y abuelos cuencanos. Mi abuelo, que tenía un hijo único, mi padre, fue nombrado juez en Azogues, y mi papá también ejerció en esa ciudad, a donde me fui a los cinco años de edad. Ahí estuve hasta primer año de colegio, que lo cursé en el “Juan Bautista Vázquez”. Y ahí también me inicié como profesor». En Cuenca estudiará con los Hermanos Cristianos, y el segundo año lo hará en el colegio «Benigno Malo«».

La primera lectura que lo cautivó fue El tigre de Malasia, de Emilio Salgari, autor que, confiesa, le resultó siempre más ameno que Julio Verne, con excepción de obras como Un capitán de 15 años o Miguel Strogoff. En la adolescencia, su ídolo será Herman Hesse, de quien primero leyó Damian, antes que Lobo Estepario y Juego de Valores. La montaña mágica, de Tomas Mann, será otra de sus lecturas favoritas. En Azogues intercambiaba libros con un médico muy ilustrado, el Dr. César Molina, todo un referente de conocimiento y cultura por entonces, al extremo de que se decía de quienes ostentaban sabiduría, «¿qué va a saber más que el doctor Molina?».

«Para mí el más grande escritor de todos los tiempos es Shakespeare, quien pintó todas las pasiones humanas: en Otelo, los celos y la envidia; en Romeo y Julieta, el amor juvenil y romántico; en el Rey Lear, el amor filial y la fidelidad; en Hamlet, la duda existencial. Todas las personas humanas están pintadas por Shakespeare».

Del Quijote piensa que es una obra maestra, compendio de sabiduría popular que ha releído unas 10 veces en su vida, y en cada ocasión halla más sabiduría. Uno de los más bellos prólogos que ha tenido el Quijote, afirma, es el de Mario Vargas Llosa en la edición especial por los cuatrocientos años de la publicación.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar

José Serrano desciende de una familia de abogados: bisabuelo, abuelo y padre lo fueron, además de haber sido todos homónimos, como lo es también su hijo. «Se creía que debía estudiar ingeniería, pero era malo para el dibujo. En sexto año de colegio dije que sería abogado. El Derecho permite una lectura más filosófica de la vida, y por eso también mi vocación de profesor. Doy Filosofía del Derecho e Historia del Derecho». Comienza a estudiar Derecho en Cuenca, con Reinaldo y Rafael Chico Peñaherrera, y Carlos Cueva Tamariz, pero evoca como una verdadera eminencia, como un hombre sabio, a Agustín Cueva Tamariz, médico y profesor de medicina legal. En Quito fue alumno de Andrés F. Córdova, quien fue Presidente de la República.

En Azogues, ya como abogado, ejerció la profesión durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar, de la que años después será presidente: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien afirma era sabio y tímido). «Le tengo mucha gratitud a Azogues», dice.

Salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los noventas, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a la capital del Cañar hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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Cuando era vicepresidente de la Casa de la Cultura del Cañar, presentó ese terrible y formidable libro-mapa de la vida dibujado en su boceto con la tinta del amor filial destrozado, titulado Sollozos por Pedro Jara, de Efraín Jara Idrovo, con quien ha cultivado una gran amistad que ha logrado permanecer incólume a través de los años. De él afirma que es uno de los poetas más extraordinarios del país, al igual que Jacinto Cordero, aunque creadores de formas distintas de poesía. En Alguien dispone de su muerte, libro de Efraín, el autor menciona a José Serrano, Joaquín Zamora, Eugenio Moreno y Luis Vega como sus mejores amigos.

Un lector de sus quilates, que lee incluso cuando el resto de mortales duerme, también se ha visto atraído por la creación, lo que sin embargo no significa que haya publicado, pues siempre ha sido reacio a hacerlo, sobre todo en Cuenca, donde afirma que publicar aún hoy en día significa prácticamente permanecer inédito a nivel del país.

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Ha escrito prosa, ensayo, una novela titulada Roca dura, que tampoco ha publicado, y al momento prepara una selección de alrededor de 60 artículos periodísticos, publicados a lo largo de su 20 años como articulista. Roca dura, me atrevo a afirmar sin preguntárselo, de alguna forma tiene que ver con su segundo nombre, Ricardo, que proviene del inglés rock hard.

Hace poco se le detectó un linfoma, enfermedad que le ha hecho amar aún más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales, materiales. Al mismo tiempo le ha hecho revalorar el concepto de la amistad, pues sus amigos han sido muy generosos con él, asegura mientras añade que esta situación le ha hecho ver que la gente es más generosa de lo que uno piensa. Esas demostraciones de amistad pueden condensarse en las palabras de la poeta cuencana Catalina Sojos: «No se envanezca, pero la gente de Cuenca le quiere mucho a Ud».

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José Serrano fue una de las más extraordinarias personalidades que he conocido. Siempre me sentí y me sentiré honrado con su amistad.              R. Aguilar O.

Prologuista de una extensa lista de publicaciones, en las que quizá ha pecado de generoso con sus  apreciaciones y críticas, asegura que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.En Cuenca ha constatado la ignorancia de la gente en general, pero al mismo tiempo ha conseguido incentivar la lectura. El mito de la Atenas, afirma, surge a partir de la abundante literatura mariana existente, y por ser Cuenca una ciudad recoleta habría más dedicación a la lectura que en otras ciudades. «Remigio Crespo Toral, ensayista y poeta que tiene una de las mejores biografías sobre Bolívar (“Cuando terminaron las batallas por la independencia terminó el tiempo de la espada, y surgió el tiempo del puñal del asesino”), fue quien popularizó el calificativo de Atenas del Ecuador». Pero otros personajes la han definido quizá con mayor acierto, expresa, como el poeta Gonzalo Zaldumbide, quien dijo que es una «ciudad cargada de alma», o el anterior Cronista Vitalicio de la urbe, Antonio Lloret Bastidas, quien aseveró que «el quinto río de Cuenca es el Pase del Niño».

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y al momento se desempeña como Viceministro de Minas y Petróleos del gobierno de Rafael Correa; Jorge Luis, sociólogo y cineasta, actual director del Consejo Nacional de Cine; Juan Antonio, comunicador social, que ha preferido trabajar independientemente, como “free lance”, y ha hecho fotografías para medios como el Times de Londres, El Gato Pardo, Vanguardia; y, el menor, Francisco Javier, ingeniero agropecuario. Todos ellos (dice con orgullo este padre que posee una biblioteca de 15.000 volúmenes de literatura selecta, sin contar con las obras jurídicas), son buenos lectores.

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La vida es hermosa, asegura con plena convicción este gran hombre que es José Serrano González. Ha vivido su vida a plenitud, con deleite; ha saboreado sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. «Estoy de acuerdo con Dante, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones».

Agenda Cultural de Cuenca – Ecuador

 Abril de 2009