Hugo Oquendo: un Paganini en la Guitarra

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¿Qué es para usted el periodista Diego Oquendo?, cuenta Hugo que le había preguntado el mismísimo coronel golpista, Lucio Gutiérrez, en el año 2004, durante su visita al Palacio de Carondelet. Es mi hermano, le respondió éste, y fue entonces cuando comenzó el conato de trifulca político-cultural entre ambos personajes.

Desde 1968 el guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo está radicado en la ciudad de Roma. Cada cierto tiempo, en medio de sus múltiples y lejanas giras, se concede también algún lapso para regresar al Ecuador, sobre todo a su amada Quito. Hace unos meses, antes de la vorágine política que volvió a convulsionar al país tras la casi interminable crisis que nos asoló, visitó la región para dar conciertos en Azogues, Cuenca y Loja, donde se le rindieron sendos homenajes. Producto de un diálogo, más cercano a monólogo debido a su incontenible y cálido aguacero de recuerdos, en este espacio trato de recoger sus palabras, sus frases, sus anécdotas, las remembranzas de una de las cumbres del talento musical ecuatoriano.

En su condición de símbolo viviente de la guitarra clásica y embajador cultural del Ecuador ante el mundo, en verdad una de las glorias vivientes del arte generado desde los rincones de esta gran patria pequeña, el gobierno de Gustavo Noboa tuvo el acierto de conferirle una pensión vitalicia. De esas que por lo general con afanes politiqueros cada mandatario viene concediendo, a veces con buen criterio y otras con tan mala fortuna, que a decir de algún personaje todavía bastante centrado, apenas poco más de una décima parte de aquellos las merece.

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A mediados del año 2004, el coronel que todavía tenía, para su fortuna o infortuna, según el caso, quien le escribiera, le dijo tajantemente, como intentando llevar adelante una negociación –para decirlo con un tono bonito y no herir susceptibilidades de nadie: Ese señor periodista ha sido muy duro con sus críticas al Gobierno Nacional, que prácticamente se ha ensañado en ver solamente las cosas negativas, cuando en realidad la obra gubernamental se está proyectando a largo plazo, sin afanes electoreros. En consecuencia, señor don guitarrista –suponemos que habrá dicho el todavía Presidente–, si su hermano no cambia de actitud frente al Ejecutivo, pues de eso nada limonada, nones, que no estamos para dar dinero ni reconocimientos ni pensiones, y menos vitalicias, a ningún enemigo gratuito del Gobierno.

Claro que don Hugo, quien tampoco estaba con su gigantesca trayectoria internacional para ser pisoteado por nadie, se encolerizó y empezó a cantar, o a tocar podría decirse, verdades a diestra y siniestra.

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El maestro Hugo Oquendo junto al gran Pepe Serrano (centro), y el autor de esta entrevista.

La vida de Hugo Oquendo transita así, signada por anécdotas que para el común de los ecuatorianos parecerían inverosímiles, increíbles, improbables, de no ser por la leyenda que rodea al guitarrista, el más célebre de los ejecutores de un instrumento que Andrés Segovia contribuyó a que se lo tome en serio. Fue precisamente Segovia quien, en una de sus presentaciones en la capital ecuatoriana, y en el legendario Teatro Sucre, haría la premonición de que algún día el pequeño guitarrista quiteño, quien anhelaba ser escuchado por el maestro, sería muy grande. Muchos años después, ya un conocido intérprete de la guitarra clásica, y en España, el propio Segovia reconocerá a su admirador, esta vez convertido en toda una figura, y hasta le dará algunas clases particulares.

A causa de la inestabilidad emocional y material que la peculiar relación matrimonial de sus padres representó, Hugo se vio obligado a salir del Ecuador cuando aún no cumplía la mayoría de edad, aunque por entonces se lo reconocía como una joven promesa de la música y del toreo… Con ese afán, el de llegar a convertirse en una gloria de la lidia, es que en diciembre de 1951 aborda un avión de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, que trasladaba a la delegación nacional a los primeros juegos bolivarianos de la historia. Pero no se trataba de un pasajero común sino de un polizonte.

Descubierto en pleno vuelo, cuando se había encerrado en el retrete, de inmediato despertó simpatía en el capitán y el copiloto de la nave, quienes le dieron 40 dólares para sus primeros gastos como inmigrante ilegal en Caracas. Ese dinero retornaría a Quito, en manos de un militar vecino de la familia, a quien le pidió entregárselo a su madre: «Sargento, hágame un favor: ya que conoce a mi mamá voy a confiar en usted. Déle estos cuarenta dólares, y dígale que todavía no aterrizo y ya le estoy mandando dólares… »

Al llegar a Caracas se bajó todo el mundo del avión, y él se quedó adentro sin saber de qué modo pisar el suelo del aeropuerto de Maiquetía. Estando en esas cavilaciones escucha las notas del himno nacional del Ecuador, interpretado por una banda de músicos venezolanos vestidos de azul marino, tal como él mismo iba ataviado. Fue esa la circunstancia que aprovechó para, una vez culminada la interpretación, sumarse a los músicos cargando su guitarra, gracias a lo cual salió del aeropuerto primero que la delegación, y haciéndoles el saludo militar. Era el 17 de diciembre de 1951. La fecha no podía ser más simbólica.

A continuación vivirá una serie de peripecias en la capital venezolana, que por entonces comenzaba a despertar hacia su afán de convertirse en una ciudad del primer mundo, merced a la explotación y exportación de petróleo.

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La flamante avenida Bolívar, en Caracas, hacia los años 50

Dueño no solo de un talento que cultivó desde los cinco años, sino también de un arrojo y una sed de aventura en verdad temerarios, Hugo pasará de ser prácticamente un indigente en las calles venezolanas, que dormía en los edicios en construcción y causaba tanta lástima a las enfermeras de la Cruz Roja que no se atrevían a comprarle la sangre, debido a lo flaco que estaba, a ser un niño mimado del hombre más poderoso, idolatrado y a la vez temido y odiado de Venezuela en esos años: el dictador Marcos Pérez Jiménez.

Con la misma astucia con la que resolvió y logra colarse en el avión que lo sacaría del país, y luego le permitiría entrar a Caracas, ocho días después y al borde de la desesperación, entrará a la casa del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela también como músico de una orquesta. Era la noche de navidad. Después de convencer a un ministro de que lo único que pretendía era tocar para el Presidente, éste lo presenta como un miembro de la delegación ecuatoriana, que tenía una sorpresa para el mandatario. Su ejecución de La Malagueña le arrancaría lágrimas al dictador, y en un arrebato de agradecimiento y emoción decide que las puertas de la casa estarían siempre abiertas para el joven músico, quien desde ese momento se convertirá en maestro de su hija y de su sobrina. Ex alumno de la Academia Militar «Eloy Alfaro» de Quito, Pérez Jiménez se enternece tanto al escuchar esa evocación sorpresiva de alguna chava ecuatoriana con el acento andino del Quito en el que se formó, vivió y amó en su juventud, que en un arranque de generosidad decide apadrinar a Hugo y pedirle que adopte la nacionalidad venezolana: «Le dije Señor Presidente, qué honor y qué orgullo ser venezolano, de la patria de Bolívar y de Sucre, a quienes tanto veneramos los ecuatorianos. Gracias, Señor Presidente, por ese altísimo honor que usted quiere brindarme, pero con toda humildad y respeto, yo nunca dejaré de ser ecuatoriano», rememora Hugo con evidente emoción. Pese a ello, el dictador lo enviará a estudiar guitarra clásica a España, y con el tiempo Hugo se convertirá, además de afamado guitarrista internacional, en pariente político de Pérez Jiménez, tras contraer nupcias con su sobrina Eulice.

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Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), ex Presidente de Venezuela y tío político de Hugo Oquendo

Pocos días después de tocar para el presidente, en calidad de aguinaldo navideño, el gobierno le entrega la cantidad de 10.000 bolívares. Más de la mitad de ese dinero se la envía a su madre, en Quito, quien se negaba a recibirlo porque pensaba que su hijo se había convertido en delincuente para obtenerlo. Tuvo que llamarla el mismo embajador del Ecuador para decirle que Hugo se lo había ganado, y era un regalo del Presidente de Venezuela.

Una de las anécdotas de ese primer dinero ganado en el exterior por el joven guitarrista, fue cumplir con la promesa que le había hecho a su hermano Diego, por entonces un niño que ansiaba tener una bicicleta, unos pantalones blue jean y unos zapatos mocasines, que no podía usar si no era pagando a uno de sus amigos para que se los alquile por unas horas.

En medio de esa peculiaridad que determinó que su vida se bamboleara entre el éxito y la tragedia, entre la audacia y la aventura, a raíz del derrocamiento del dictador venezolano sus enemigos raptan a la hija que Hugo y Eulice tuvieron. Este hecho trágico significará la destrucción del matrimonio, aunque la niña fue hallada dos años y ocho meses después, en un orfanato de Maracaibo, gracias a la fotografía que una periodista francesa había publicado en El Espectador de Bogotá. Intrigada por las lágrimas que derramaba en el escenario nuestro artista, cada vez que tocaba una pieza en recuerdo de su pequeña hija, relataba: “Entre los escenarios del mundo, a través de un preludio, Hugo Oquendo busca a su adorada hija, Flor Matilde”. Será el propio Embajador del Ecuador en Colombia, padre de quien después se convertirá en presidente interino del país, Fabián Alarcón, quien notifique a Hugo del hallazgo de su hija. Ese reencuentro será, sin embargo, la antesala de una nueva pérdida de Flor Matilde, quien en manos de su madre desaparecerá sin dejar rastro, hasta que veinte años después, cuando ella lo creía muerto en un accidente de aviación, él retorna a Caracas para dar un recital. Será otra vez la prensa la que permita reunirse a la joven con su padre, cuando ésta advierte una nota en la que se hablaba del regreso a Venezuela del guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo, cuya carrera comenzó precisamente en ese país.

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Una vida tan intensa y llena de episodios novelescos, no podía dejarse perder en los vericuetos y en las oquedades misteriosas de la memoria. Por eso está ahora recogiendo los recuerdos de su existencia, todos esos acontecimientos, matizados de humor y tristeza, de alegría y tragedia al mismo tiempo, en un libro que espera publicar en breve. En él narrará también cómo llegó a tocar la guitarra para el Papa, en la mismísima Capilla Sixtina, por pedido de su madre; cómo haría llorar al jefe de la Iglesia Católica con la ejecución de una pieza expresamente compuesta para él, y enjugarse las lágrimas en un pañuelo que luego le llevaría a su progenitora. Pero aquellos son otros capítulos de su larga y loca historia, y el espacio ya se nos agotó. Mejor será esperar a que se publiquen las memorias de Hugo Oquendo, el Paganini de la Guitarra.

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