Flor María Salazar de Tenorio

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Confieso que su aparente seriedad y mirada adusta me confundieron más de una vez antes de conocerla, hasta el extremo de creerla otro de esos seres amargados que andan por la vida perturbando la paz de los demás. Claro que esa impresión no fue más que un prejuicio. Cuando se dialoga con ella, por el contrario, es como cuando se llega a un valle iluminado por la luz solar. Eso es Flor María Salazar: una fuente de luz que se refleja y contagia en su interlocutor, y que irradia jovialidad, energía y entusiasmo.

Llegó a Cuenca, procedente de su natal Guayaquil, en 1940, cuando aún no cumplía los ocho años de edad. La capital azuaya, rememora, era por entonces una urbe muy pequeña, dominada no solo por las montañas que la custodiaban sino también por los prejuicios que caracterizaban a su sociedad. Así, por ejemplo, a la escuela Tres de Noviembre, donde estudió, asistían también niñas que usaban pollera, es decir de origen indígena, que no podían sentarse junto con las demás pequeñas por su condición racial y social, y debían hacerlo en la parte posterior del salón de clases. Fue precisamente el vestuario de las cholas cuencanas lo que le llamó la atención, pero también la segregación racial. En aquella época, afirma, quienes hacían algún trabajo eran mirados por encima del hombro. Recuerda que la enviaban al mercado con la canasta, y sus primas se avergonzaban de eso. En la escuela hasta afirmaban que sí, que la querían mucho, pero que no tenían parentesco alguno con ella.

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Era así su vida en Cuenca, mientras ella se sentía como en un punto intermedio entre las cholas y las niñas bien. En su familia, sin embargo, las costumbres eran distintas a las del resto de familias de la ciudad andina, a las de los parientes. Si alguien prestaba algún servicio en su casa, no había reparo a que comiese con ellos en la mesa familiar, algo que por entonces (y aun hoy en día) se veía muy mal. Evoca inclusive un episodio del que fue testigo como miembro de la Asociación de Empleados del Azuay, primera asociación laica y libérrima, que en el año 1927 había recibido a mujeres entre sus agremiados. A la hora de tomar el café, luego de que el conserje sirviera las tazas ella le invitó a sentarse a la mesa con ellos, tras lo cual un amigo de apellido Ugalde la reprendió por haber tomado el café junto con la servidumbre.

Su padre, de apellidos Salazar Fernández de Córdova, era un cuencano que había prosperado en Guayaquil dedicado a las actividades comerciales. En esa ciudad la familia tenía una fábrica de golosinas que se llamaba AS, hacia los años treinta. Al enfermarse el padre de un enfisema pulmonar, como consecuencia de su hábito de fumar, se creía por entonces que lo que padecía era tuberculosis, tras lo cual debió cerrar la fábrica y despedir a los trabajadores. En esa situación, decide volver a Cuenca, con la confianza de que recibiría ayuda de su familia ahora que pasaban a ser los parientes pobres.

Desde entonces, con un breve lapso de estudios secundarios en Riobamba, Flor María es uno de los personajes más queridos y admirados de Cuenca de los Andes. Aquí creció, estudió, se formó, se enamoró, se casó y tuvo a sus hijos. Aquí, junto con su esposo, daría fama a una de las boticas más antiguas de la ciudad, la Olmedo. Todas las vivencias que ha atesorado a lo largo de su vida, comenzó a trasladarlas al papel hace unos pocos años, o más bien al disco duro de la computadora, que utiliza sin problema alguno, en relatos que dan cuenta de la transformación operada en la capital azuaya durante gran parte del siglo XX: En Cuenca las cholas son muy valientes; en general, aquí la gente no tiene miedo, afirma con el convencimiento de quien ha visto y oído de todo en esta ciudad, para añadir que los suyos son relatos que hablan de las cosas que, por fortuna, han cambiado ya.

Viviendo en Cuenca, la familia debió dedicarse a la elaboración y venta de cigarrillos de chocolate y caramelos que se entregaban en bolsas de papel celofán. Gran parte de ese mundo está plasmado en aquellos relatos, que a veces parecen más crónicas de la metamorfosis generada en una urbe que lentamente fue dejando atrás ataduras y prejuicios religiosos de estricta vigencia social.

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Junto al poeta cuencano Efraín Jara Idrovo.

Caracterizada por un buen humor del que hace gala cuando se siente a gusto con su interlocutor, es célebre por su frontalidad ante lo que simplemente no está bien. Esta cualidad la tenía ya en la adolescencia, cuando al vivir en Riobamba y estudiar en una institución femenina denunció el acoso sexual del que una compañera suya había sido víctima por parte de un profesor. Aunque era la mejor estudiante, al año siguiente le negaron la matrícula. Antes había estado dos años en el Benigno Malo, en Cuenca.

Regresó para estudiar Medicina, y poco después se casó, tras lo cual retornó también su familia desde Riobamba. El médico Gabriel Tenorio, 26 años mayor a ella, será su esposo. Era propietario de la botica Olmedo No. 2, establecida en 1932, que estaba ubicada en la calle Presidente Córdova, entre General Torres y Padre Aguirre. En el año 2006, es decir a los 73 años, les subieron el arriendo, motivo por el cual debió buscar un nuevo local y trasladarla a su nueva dirección, en la calle Juan Jaramillo.

El matrimonio tendrá cuatro hijos: Gabriel Edmundo (médico), Juan Manuel (médico intensivista, que vive en Bogotá), María Cayetana (doctora en Bioquímica y Farmacia), y María Goretti (licenciada en Filosofía y Letras). Mis hijos no nos dieron trabajo nunca. Fue fácil cuidarlos en la botica, donde pasaban con nosotros, y había el pasaje León, que era seguro en esa época. Los nietos, por cierto, la llaman “mami”…

Desde el año 1952, cuando se casó, no ha dejado de trabajar en la botica Olmedo. Además fue profesora de la Facultad de Química de la Universidad de Cuenca por espacio de 25 años, y del colegio Benigno Malo por 17, etapa que considera la mejor de su vida. Su obligación, creyó siempre, era que los alumnos aprendieran, no que perdiesen el año. Así, de los 150 estudiantes que tenía por año lectivo, apenas llegarían a tres quienes lo perdieron. Rememora también una época en la que había alumnos con problemas de aprendizaje, que pedían ir a su casa los sábados para reforzar las lecciones. A las 9 de la mañana, el doctor Tenorio les brindaba, religiosamente, el copioso desayuno que llegó a congregar hasta una veintena de estos estudiantes en una misma mañana.

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Entre sus alumnos recuerda al propio alcalde Marcelo Cabrera Palacios, al ex concejal Rolando Arpi, Tarquino Orellana, los hermanos Ochoa Andrade, Jorge Villavicencio, la ministra Doris Solís, profesores actuales de la Universidad, del colegio Benigno Malo. También impartiría la docencia en instituciones particulares, hasta que dejó de enseñar luego de jubilarse, tras lo cual se dedicó por entero a la botica, que su esposo no podía atender ya debido a lo avanzado de su edad.

En la botica Olmedo, ahora ubicada en las calles Juan Jaramillo y Luis Cordero, junto a una casa en la que vivió el polémico historiador y religioso Federico González Suárez (sus ideas, por cierto, no son precisamente las de una mujer conservadora), es posible observar un Altar de la Patria, en el que están representados elementos de las Fuerzas Armadas, la Policía y el Cuerpo de Bomberos, además de una virgen. Pienso que el uniformado ya dio la vida por la Patria. Se trata de héroes vivos, más valiosos que los muertos, que salen de su casa cada día sabiendo que podrían no regresar. Admiro al policía, al militar, al bombero; es admirable el trabajo del bombero, que es el servidor número uno.

Aunque su anhelo era estudiar Medicina, resultaba más conveniente para el matrimonio que estudiase Farmacia, área en la que, afirma, también se puede servir y ayudar a la gente de manera gratuita: El farmacéutico cura enfermedades que no se consultan al médico, como la presencia de piojos o la sarna, y el paciente va a la botica porque no le cobran y le dan buena atención, no tiene que formar cola, le escuchan, le proporcionan el medicamente, y además lo orientan hacia qué tipo de médico debería consultar, expresa con la convicción de quien sabe su oficio a la perfección.

La actual Olmedo no tiene que ver con una botica común y corriente. El mobiliario que posee para el almacenamiento de las oficinas está diseñado por ellos mismos, con el propósito de que sirva para mantener los medicamentos en las mejores condiciones posibles, aislados de elementos como la luz, la humedad o los cambios de temperatura. Al preguntarle por qué sigue llamando botica a su local, cuando los demás hace rato usan la palabra farmacia, dice que es un término mal utilizado, pues se refiere farmacia a la profesión, además de que se ha copiado de los colombianos: Botica, que viene de bodega, es el término adecuado. El boticario es un ciudadano especializado en dispensar medicamentos, no en vender, pues pone por delante el interés del usuario. El boticario, que es una especie de especialista en contraindicaciones, busca la manera de orientarle hacia el médico. Y ahí mismo la gente puede obtener medicamentos preparados para alguna dolencia específica, solicitados por ellos mismos o por algún médico. De eso da cuenta la vitrina que en vez de una serie de artículos actuales lo que exhibe, como si fuera un museo de la farmacia, son recipientes que contienen diferentes sustancias y productos químicos.

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Concejal de Cuenca

Pero hay una faceta que ocupó prácticamente una década en la vida de Flor María Salazar: la política. Siempre estuvo atenta a lo que acontecía en la ciudad y el mundo. Solía escribir cartas al Concejo Cantonal, sobre temas como la contaminación ambiental generada por el ruido. Desde ese punto de vista, dice, estuvo siempre involucrada en la política. Su esposo también lo estaba, pese a que nunca aceptó cargo alguno.

En el año 2000, el arquitecto Fernando Cordero le propuso ser candidata. Se sintió tan abrumada con la propuesta, recuerda, que no aceptó de inmediato. El Alcalde le dio un plazo de tres días para considerar la propuesta. Ella aceptó, convencida de que, estando en el cuarto lugar de la lista, no ganaría. Los candidatos de los tres primeros puestos, sin embargo, no entrarían a falta de los votos suficientes, y ella sería un nuevo miembro del Concejo Cantonal de Cuenca. A mí y a mis hijos el servicio a la sociedad nos parece una obligación y nada más. No nos interesa figurar sino cumplir con el deber, dice orgullosa.

Una vez culminado su periodo como concejal, pensaba retirarse del espacio público pues contaba ya con 73 años de edad. Se lanzó junto con Fernando Cordero, quien aspiraba llegar a un tercer periodo como burgomaestre de Cuenca. Nuevamente entró ella como concejal, aunque el ex Alcalde perdería su tercera postulación. Lo mejor de estos años en la concejalía ha sido conocer a la gente, sobre todo a la gente campesina y humilde, a los discapacitados, las personas que se superan a sí mismas y por sí mismas. Cuando ellos hacen un reclamo lo hacen con sinceridad y sencillez, y lo que reclaman es sobre todo dignidad.

A pocas semanas de dejar el cargo de edil, luego de una década de haber asumido esa responsabilidad ciudadana, Flor María Salazar cree que ha sido muy grato ser concejal: Nunca he callado, y me han tolerado. Agradezco a los directores departamentales, a los funcionarios, a los alcaldes. A veces he perdido la paciencia, y he querido ser sarcástica, porque en ocasiones el sarcasmo es un arma muy poderosa.

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La pobreza no impidió que creciera en un hogar lleno de libros e inquietudes culturales. Todos esos años de lectura se han ido simplificando con el tiempo en selecciones propias de poemas, salmos, frases tomadas de obras literarias, por ejemplo el salmo 23, que recita de memoria en una curiosa traducción del Inglés hecha por Juan Montalvo. Lee desde muy pequeña, lee todo, y todos los días algún pasaje de la Biblia. Inclusive recuerda que a veces aguantaba castigos por leer, pues por dedicarse a la lectura no hacía sus tareas. No obstante, era un hogar en el que se decía que si se tiene que leer y comer lo demás no importa. Aunque trabajaban, evoca, eran muy buenos alumnos, y aun tenían tiempo para leer. En los libros de texto está el conocimiento, pero en la literatura está la sabiduría. El que no lee la Biblia ha perdido mucho de su tiempo, y de sabiduría no sabe ni la mitad”, expresa. Añade que de la Biblia uno de sus libros por excelencia es el Cantar de los Cantares: “La Biblia es el libro más explícito que hay, no miente. Dios nos hizo con sexo para amarnos y respetarnos, no para ser objeto de burla. El pecado de Adán y Eva no es carnal sino de soberbia y de gran desobediencia, añade con su eterna sonrisa reveladora de bondad y sabiduría, mientras se vuelve sumamente difícil culminar esta deliciosa conversación.

2009-2014

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4 comentarios en “Flor María Salazar de Tenorio

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