Eudoxia Estrella

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El siglo XX comenzó en el Ecuador en 1895, tras el triunfo de la Revolución Liberal. En Cuenca de los Andes, según afirman sus cronistas, el nuevo siglo ni siquiera arrancó a partir de la llegada del primer automóvil, en 1912, hecho que llamó la atención aunque nadie pudiera vislumbrar entonces que, un centenar de vueltas después alrededor del astro solar, hubiese aumentado la cantidad de automotores a razón de mil por cada año transcurrido, hasta hacer de las calles urbanas un caos deplorablemente moderno.

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En la capital del Azuay, un día después de que se cumpliera el primer centenario de la Independencia, el jueves cuatro de noviembre de 1920, aparecería como enviado del cielo el siglo XX, en las alas de la modernidad, a bordo de un avión que tenía nombre de periódico guayaquileño, y pilotado por un aviador italiano, héroe de la primera guerra mundial, llamado Elia Liut. Veinte mil almas morlacas serían testigos de aquel acontecimiento, con el cual se inaugura la aviación en el Ecuador.

Cuenca era una pequeña Atenas macondiana que bullía de publicaciones, investigaciones, academias, liceos, tertulias de todo tipo, revistas literarias, revistas dedicas a la ciencia, así como aquellas centradas en la antigua tradición jurídica del hombre azuayo.

Otros signos de la modernidad aparecían de manera paulatina, como la instalación de dos plantas eléctricas, en 1914 y 1920, época en que también se da inicio a las primeras 300 líneas de servicio telefónico con aparatos de manivela, y una de agua potable cuatro años más tarde.

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Es ese el contexto en el que, un 25 de julio de 1925, el mismo día en que estalla en el puerto de Guayaquil la llamada Revolución Juliana, en la antigua parroquia cuencana de San Sebastián, frente a la plaza que siglos atrás fue el escenario en que la muchedumbre hería de muerte a un médico francés enamorado de una mujer morlaca, nace Eudoxia Estrella, polifacética artista llamada a ocupar todo un capítulo de la plástica, la gestión y la administración cultural en Cuenca.

Quien un día llegaría a convertirse en la fundadora e iniciadora del más importante certamen de arte del Ecuador contemporáneo, tuvo una niñez como hija única en la que era mimada por quienes la rodeaban, pese a que con frecuencia sentíase incomprendida, y no le era habitualmente fácil relacionarse con sus pequeños coetáneos.

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Desde la timidez y la introversión, esa incomprensión será lo que la lleve, sin saberlo, a iniciar a través del dibujo en ocasiones reprimido y aun castigado, una catarsis liberadora que la acompañará por el resto de su extensa y prolífera existencia de artista: “Mi visión de la infancia es muy interesante… Yo recuerdo, era una niña introvertida… y la forma de hablar con mi madre era dibujando… Siempre fui tímida, pero también rebelde. Nunca encontré gusto por las muñecas y prefería distraerme en cosas más vitales, al aire libre, junto a la naturaleza…”, confesará muchos años más tarde.

Su hada madrina, quien vino a facilitarle el carruaje y los instrumentos con los que podría viajar al país de los sueños y la fantasía, del color y los trazos libres e infinitos, no sería como en los cuentos de hadas una mujer, sino su abuelo materno, Daniel Ordóñez. Vislumbrando quizá el desborde talentoso de la pequeña Eudoxia, o para evitar más conflictos a causa de las paredes del hogar estropeadas por su impetuosa creatividad, será el personaje encargado de dotarla de alas para volar por las nubes del ensueño y la fantasía, por el horizonte infinito de sus sueños, al obsequiarle una pizarra y un manojo de lápices.

 

La Escuela de Bellas Artes

Corría 1938 cuando, a los catorce años de edad, ingresa la conflictiva Eudoxia a la Escuela de Bellas Artes, donde será alumna de Luis Toro Moreno, Manuel Moreno Serrano, Luis Pablo Alvarado, y Emilio Lozano, este último considerado por ella como el mejor profesor que tuvo. “Vi el cielo abierto”, expresará al sintetizar aquella etapa de su vida en la que, luego de abandonar el aprendizaje de la contabilidad, pasó cuatro años de estudio dedicada a pintar.

Una de las anécdotas más interesantes de esta época decisiva en la formación de la artista cuencana, ocurrió al culminar los estudios de pintura, que de repente habían transcurrido de forma tan vertiginosa que al esfumarse la tomaron por sorpresa. Esos breves meses de apasionado aprendizaje, de concreción de muchos de sus sueños, habían culminado ya, y le aterrorizaba el mundo fuera de la Escuela, por lo que prácticamente suplicó que le permitan quedarse en la institución de forma indefinida. Al culminar otros cuatro años fue obligada a graduarse, en medio de las lágrimas y la depresión que este hecho le causó. Graduada con honores en la Escuela de Bellas Artes, a los 22 años de edad, se dedicará por un tiempo a trabajar técnicas y corrientes como el cubismo y el surrealismo, semi-abstractos y hasta naif, que no lograban satisfacer sus necesidades expresivas.

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Entre la docencia y el existencialismo

Reconocida como una educadora de conducta irreprochable, no ha faltado quien afirme que hasta victoriana, por el otro lado de la moneda mantenía una interesante amistad con artistas y escritores que militaban en una agrupación de intelectuales de izquierda, considerados de vanguardia, atraída por su especial sentido del humor, además de su vasta cultura.

Los Lobos, nombre del grupo, estaban integrados por Efraín Jara Idrovo, Teodoro Vanegas Andrade, Jacinto Cordero Espinosa, Claudio Cordero Espinosa, Fausto Sánchez Valdivieso, Eugenio Moreno Heredia, Arturo Peña, entre otros. De esta agrupación, en la que Eudoxia era la única mujer admitida, nacerá aquel corrosivo e inquietante periódico morlaco, temido por muchos, degustado, esperado y admirado por no pocos, rebautizado a mediados de los años cincuenta con el nombre de La Escoba, parodiando y rememorando aquel fundado en el siglo XIX por un personaje no menos ácido, Fray Vicente Solano.

La apabullante actividad cultural de aquel tiempo la llevará también a las tablas, cuando junto a personajes como su primo Paco Estrella, Estuardo Cisneros Semería, y Atala Jaramillo, montaron la obra “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, de Enrique Jardiel Poncela, autor de la conocida pieza “Amor se escribe sin hache”, según ha relatado el escritor Jorge Dávila a propósito de la historia del teatro en Cuenca.

Una pasión obsesiva

Si alguna cosa buena pudiera decirse de la dictadura franquista, tendría que verse desde el punto de vista de América Latina, cuyas universidades y academias se vieron largamente beneficiadas por la presencia de catedráticos españoles que vieron necesario emigrar y refugiarse en alguno de los países del continente.

Los españoles Francisco Álvarez González y Luis Fradejas Sánchez, y el catedrático e historiador cuencano Gabriel Cevallos García, impartían clases de Filosofía, Literatura e Historia del Arte en la Universidad de Cuenca. Hacia el año 1953, Eudoxia está asistiendo a estas clases en calidad de oyente. Dos años más tarde, el profesor Álvarez le presenta algunos de sus amigos españoles que recién han llegado, entre ellos el artista Guillermo Larrazábal Arzubide, especialista en vitrales.

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Fue el camino del arte y las inquietudes de la para entonces joven y rebelde artista cuencana, el primero por el que transitaron ambos, y el que les llevaría a sintonizar sus dos personalidades para intentar ganarle a la vida el tiempo y el espacio que les permitieran permanecer siempre juntos: Era un hombre con una sensibilidad extraordinaria. Un artista y gran compañero para mí y yo una gran compañera para él. Murió en 1983 y a pesar del tiempo transcurrido le tengo presente en todos los actos e instantes de mi vida. El mundo se derrumbó desde que está ausente, pero no dejo de sentir por él una pasión obsesiva.

La afinidad que encontraron estos dos seres, entre quienes había una diferencia de edades de 17 años, fue vasta y definitiva, y la atracción irresistible. La amistad, imbuida de una profunda pasión mutua, se fue cultivando por espacio de unos tres años, impedida de concretarse a causa de la enorme presión social que existía en la Cuenca de aquel tiempo, pues pese a que no convivía ya con ella y no persistían sentimientos entre ambos, Larrazábal estaba casado en España, y un día de aquellos la esposa llegó. En la España de Franco no estaba permitido el divorcio, así que el caso representaba un auténtico conflicto, más para la sociedad cuencana que para los dos artistas y amantes.

Hasta el obispo de entonces, Manuel de Jesús Serrano Abad, intervino en son de amigo para convencer a la peculiar pareja de que termine su relación. Ni la familia ni las amistades de Eudoxia Estrella la apoyaban, e inclusive la obligaron a permanecer durante mes y medio en el colegio de los Sagrados Corazones, en Quito, lapso que soportó como un castigo.

A su retorno debió tomar dos decisiones que marcarían por siempre su vida: renuncia a la docencia en el colegio “Manuela Garaicoa”, y se muda a convivir con Guillermo Larrazábal en un departamento ubicado en el tradicional sector del mercado Nueve de Octubre, en medio de la reprobación de una sociedad que no tuvo más remedio que ceder, más pronto que tarde, ante la impetuosidad y férrea unión de la pareja.

Cuando la artista rememora esos años, repara en que fueron muchos los que le dieron la espalda, pero sobre todo sus amigos de izquierda, quienes resultaron menos comprensivos que aquellos de posición a la derecha, es decir conservadora: Por entonces la sociedad cuencana era demasiado cerrada y muchos me voltearon las puertas, pero al fin reconocieron la nobleza de nuestros sentimientos y los respetaron, recuerda.

Durante los 22 años que permanecieron juntos fueron felices. La suya era una relación matizada por la comprensión y el amor, más allá de las convenciones y los prejuicios sociales: La unión libre es respetada y lleva a convivir libres del acto matrimonial, lo que implica más sinceridad y responsabilidad.

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La Academia “Estrella”

Los sinsabores dejados por los maestros de infancia y adolescencia en nuestra artista, la llevarían a abrir un lugar para enseñar arte a los pequeños, tal como ella hubiera querido para sí misma en aquella lejana época de las primeras décadas del siglo XX. Por ello decide abrir un taller de arte infantil, que luego se convertirá en la “Academia Estrella”, todo un referente de la enseñanza del arte a las más nuevas generaciones. De la mano de Eudoxia Estrella, decenas, cientos de niños se formarán en el mundo de la creación artística, de los colores y su lenguaje, de las formas y sus caprichos. Fue, en definitiva, la primera academia a nivel nacional creada para la enseñanza del arte a los menores, para impulsar sobre todo su creatividad, lejos de lo que Eudoxia consideró siempre formas caducas y represivas, que aniquilaban el enorme potencial creativo de los niños.

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Acuarela lavada o casualismo dirigido

Largos años de oficio, inventiva y experimentación convirtieron a la artista cuencana en uno de los más importantes referentes de la acuarela a nivel del Ecuador. Ya en su madurez, hacia mediados de los setentas, llegó al perfeccionamiento de un estilo propio, el denominado casualismo dirigido o acuarela lavada.

Fueron siempre sus modelos predilectos los elementos presentes en la naturaleza, para ella el mejor maestro del arte: niños, flores, madres, indígenas, árboles, peces, todos tratados con un interés especial por la luz, por esa luz que obsesionaba a su compañero Guillermo.

El casualismo dirigido parte de lavar el papel una vez pintado, lo que le da cierta textura sobre la que es posible aplicar una nueva capa de color. Esta fusión cromática le ha permitido acercarse a la naturaleza y plasmar en sus obras las más logradas variantes sobre dos de sus temas preferidos, siempre desde el universo pictórico de la figuración: la naturaleza y los niños; cactus, zigzales, flores y arreglos florales; la delicada floración de los jardines de nuestras tradicionales casonas, y, en especial, un amplio espectro de rostros infantiles matizados por las más variadas expresiones: tristeza, alegría, dulzura, sueño, inocencia, ilusión, esperanza.

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En 1959 expone su primera muestra individual de óleos y acuarelas, en el Ministerio de Educación, la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el Museo Nacional en 1959, y una de sus obras, La madre (1957), resultará premiada.

En 1965 se incorpora como Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, en cuyo II Salón de Pintura, un año antes, había obtenido una Mención de Honor. En esta década producirá algunas de sus obras más famosas, como Stella matutina, Madre, La planchadora, esta última con la que culmina su labor creativa con óleo e inicia un periodo de experimentación en el que se irá forjando el dominio de la acuarela.

Una serie de exposiciones colectivas e individuales se irá sucediendo, tanto en Cuenca como en otras ciudades del país, entre ellas la muestra “Seis Acuarelistas”, que fue parte de la XXVII Exposición Acuarela en la OEA.

Hacia 1980 la vemos codearse en Quito con pintores como Oswaldo Muñoz Mariño, Julio Mejía, Marco Ruales y César Tacco; y a partir de entonces participar en diferentes muestras, encuentros nacionales, salones de pintura, y en la mayoría de los más importantes espacios de exhibición pictórica que tuvieron lugar en el país a lo largo de esa y las décadas siguientes.

Consagrada ya como uno de los maestros de la pintura ecuatoriana, llegará a la que se considera su última exposición, titulada Un himno a la vida, en el año 2011, en la sala Joaquín Pinto de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Las paradojas, coincidencias e ironías de la vida, harán que éste sea el mismo sitio en el que expuso por primera vez, 52 años atrás.

 

El Museo Municipal de Arte Moderno

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Los múltiples escenarios en los que la vida y obra de Eudoxia Estrella discurrieron, parecen haber confluido en dos espacios apenas separados por unos pocos metros: su casa en San Sebastián y el Museo Municipal de Arte Moderno, ubicado en el mismo sector, a uno y otro lado del parque conocido popularmente con el mismo nombre.

El local del Museo había sido construido como “Casa de Temperancia” en el siglo XIX, por orden del Obispo y con la ayuda económica de un amigo de éste, Mariano Estrella, abuelo de nuestro personaje. Su función era albergar a los beodos que escandalizaban a la sociedad de entonces, precisamente en las afueras de la pequeña ciudad que era Cuenca. Más tarde el edificio servirá como cárcel de varones, asilo de ancianos, y hasta como sitio de ayuda a las madres de escasos recursos.

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Hacia 1980 se proyecta la fundación del Museo Municipal de Arte Moderno, por iniciativa de Hernán Crespo Toral, quien dirigía los museos del Banco Central en la época en que esta institución, además de su actividad de control financiero, empezaba a invertir en el rescate y la difusión de la cultura nacional. El Museo recibiría como donación la obra del pintor Luis Crespo, y a Eudoxia le correspondería la dirección de esta entidad.

A este proyecto dedicará, sin presentirlo, la mayor parte de su tiempo y energías, a raíz de la muerte, en 1983, de su compañero Guillermo Larrazábal, hecho que la devastaría y sumiría en una profunda depresión. Bajo su dirección se consolidará el Museo como una institución de prestigio, dedicada sobre todo a exponer las obras de grandes maestros, además de muchas muestras itinerantes y actividades relacionadas con el arte.

 

La Bienal Internacional de Pintura

Otro reto en esa existencia llena de desafíos, fue para ella la organización de la primera edición de la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca, idea que le había sido comunicada por el pintor Estuardo Maldonado, y que luego sería calificada como una tarea de locos, en especial por parte de artistas y críticos del medio. Las condiciones de una ciudad aún pequeña como Cuenca, sin mayores recursos económicos, volvían impracticable el proyecto. Latente estaba aún la iniciativa del mismo Oswaldo Guayasamín, en Quito, cuya bienal no pasaría de su primera edición.

La I Bienal Internacional de Pintura tuvo lugar en Cuenca en 1987. La ciudad empezaría entonces a ser conocida, de manera paulatina, en el concierto internacional de bienales y certámenes de arte americano, y los artistas cuencanos, en especial, a beneficiarse con un creciente intercambio artístico, además de la justipreciación de sus obras por públicos, críticos y artistas de otras latitudes.

Aunque la primera edición resultó exitosa, las presiones hicieron que Eudoxia y todo el Comité organizador presenten su renuncia, y aun pretendían que renunciara a la dirección del Museo Municipal de Arte Moderno, exigencia ante la cual no estaba dispuesta a ceder:

Salió de la Bienal, y se sucedieron la segunda y tercera ediciones, que afianzarían la incursión del arte cuencano y ecuatoriano en el ámbito artístico del continente. Presionados de la misma manera los miembros del comité de la tercera edición, una vez más se propone el nombre de Eudoxia para dirigir el concurso: Pensé no aceptar. Pero me hizo cambiar de idea la convicción de que el Presidente de la Bienal debe ser siempre el Director del Museo de Arte Moderno, porque dicho evento es simplemente un acto cultural más de los que realiza el Museo. La Bienal no es un acontecimiento independiente, sino que es organizado por el Museo, que es municipal, y por tanto de la ciudad.

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Flor María Salazar, Eudoxia Estrella, Rodrigo Aguilar

Con el tiempo y las nuevas ediciones, la Bienal Internacional de Pintura se convertirá en la Bienal de Cuenca, transformación que implicará según sus gestores una apertura hacia todas las formas del arte, lejos ya del encasillamiento forzoso dentro de la pintura, que respondía a la denominación anterior.

Como defensora de la pintura y del espíritu de la bienal que ella ayudó a fundar e iniciar, la artista hará públicos sus reparos desde entonces, y será sumamente crítica ante cada nueva edición, postura con la cual ganará nuevos enemigos y opositores gratuitos, no siempre a la altura de la persona objeto de sus cuestionamientos: No estoy de acuerdo con la Bienal desde que dejó de ser de pintura. Yo trabajé para organizar una bienal en Cuenca, para defender la pintura, quería dar valor a ese género que en ese momento estaba de bajada. […] No es que estoy en contra del arte conceptual, pero que muestre algo verdadero y tenga ética, estética y responsabilidad, y eso ahora en la Bienal no existe. Les he propuesto que hagan una bienal de arte conceptual y dejen el camino que el Museo abrió para la pintura y, ahora, han borrado ese camino. […]

En el año 1984, la prestigiosa galería Manzana Verde había decidido abrir una especie de sucursal o filial en Cuenca, además de las que tenía ya en Quito y Guayaquil, como respuesta a lo que se consideraba una demanda creciente de arte en la capital azuaya. El proyecto no duraría más de dos años, pero dejaría un espacio que era necesario ocupar. Será, nuevamente, Eudoxia Estrella quien se decida a ocuparlo, esta vez con la apertura de la prestigiosa galería Larrazábal, en el taller de vitrales que Guillermo ocupaba en la planta baja de su casa de San Sebastián, en memoria del hombre y el artista con el que compartió tantos años de amor y vida.

La Galería pasará a ser otra de esas pasiones en torno a las cuales girarán las energías de esta mujer incansable, junto con la Academia Estrella y la dirección del Museo Municipal de Arte Moderno, además de su propio proceso creativo en la acuarela, y el papel de madre y abuela.

En el atardecer de una larga y fructífera existencia, mira el pasado con una mezcla de nostalgia y satisfacción, por haber tenido una vida rica en lo material y en lo espiritual; por haber recibido el afecto de muchas personas sin creerse digna de recibirlo.

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En el año 2011, más por cumplir con leyes y reglamentos que porque así lo sintiera o necesitara ella, debió acogerse a la jubilación y dejar la dirección del Museo, ante el beneplácito de alguna gente que veía en ella un obstáculo para la circulación de otras formas de arte, menos convencionales, más etéreas y ligeras. Durante el acto de homenaje que le brindó la ciudad, al culminar ese año, reiterará de forma pública su posición y oposición frente a la Bienal tal y como está concebida en los momentos actuales, e insiste en su propuesta de que se cree una bienal solo para arte conceptual contemporáneo, aparte de la que debe seguir siendo la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca.

Después de una treintena de años cruzando la calle Sucre desde su casa, para acudir a las oficinas del Museo de Arte Moderno, ha debido continuar pintando como una necesidad interior, lejos de las preocupaciones por si lo que pinta es del gusto de la gente o está acorde con tal o cual moda o corriente.

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Respetada y querida por muchos, y odiada por no pocos, reconoce que su nerviosismo la ha hecho aparentar una agresividad que en verdad no tiene, aunque sí se ha mantenido firme en la defensa de sus ideas, estén o no en lo cierto. Más allá de su producción, ha sido una eterna rebelde e inconforme, ajena a las falsedades y lisonjas que han caracterizado a muchos círculos autocalificados como culturales. Su carácter y personalidad, simplemente, jamás han estado dispuestos a ello y, como consecuencia, se ganó no pocas enemistades que, necesario es repetirlo, fueron casi siempre gratuitas.

La vida quisiera alargarla más para de esa manera cumplir otros proyectos que tiene en mente. Y mientras sigue emitiendo destellos de luz ese soplo de energía y vitalidad llamado Eudoxia Estrella, persiste en los actos sencillos y cotidianos que llenan esta etapa de su existencia, de su maravillosa, larga e interesantísima existencia: “No quiero pensar en la muerte, porque quisiera que la vida se alargue para cumplir con otros proyectos. Hasta tanto, seguiré cuidando mi jardín, alimentando a las palomas, cambiando la decoración de la casa, comiendo poco, sobre todo fruta, y teniendo rabia sólo de vez en cuando”.

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Mujer de pasiones y dedicaciones, entregada a la actividad artística durante toda una vida llena de amor y admiración por su compañero Guillermo Larrazábal, y por los niños, por varias generaciones de niños cuencanos que recibieron sus consejos e instrucciones, en torno a la nonagésima década de edad está consciente de que volvería a dedicar su vida al arte si tuviese la oportunidad de nacer otra vez.

            Extracto de Como el Cardo… Retrato Hablado de Eudoxia Estrella,

Aguilar Orejuela, Rodrigo, Colección Imaginario,

Biblioteca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2013

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