Opciones y Lecciones

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Los caminos de la vida, aunque esta introducción suene a una alegoría vallenata, suelen estar caracterizados por múltiples encrucijadas que en cada tramo se nos presentan, como para probarnos que lo que acontezca depende, ante todo, de nuestra decisión.

Las decisiones que tomamos a cada paso no son más que una corroboración de la categoría del libre albedrío de la que se habla en los libros que sustentan la mitología religiosa judía. Avanzar por una calle y no otra, tomar un bus o un taxi, elegir tal o cual comida, éste o aquel ropaje, una u otra palabra, ésta y no aquella pareja, son decisiones, pequeñas algunas, grandes y trascendentes otras, gracias a las cuales el curso de nuestras existencias puede llegar a tener un giro sorprendente, no siempre bueno, no siempre malo, unas veces perjudicial y otras más bien conveniente.

Hay elecciones como la de tomar la decisión de con quién vivir juntos, en pareja, que se supone será algo de por vida. Pero es una de las que más equivocaciones acarrean a los seres humanos, por el hecho de que convivir con otra persona es una de las tareas más difíciles a las que nos enfrentamos. Se trata de una opción de vida para lo cual hay que meditar lo suficiente, pues de ello depende mucho del bienestar que podamos o no tener en adelante. Es obvio que lo ideal debería ser que quienes decidan unir sus existencias lo hagan enamorados uno del otro. Es una especie de condición lógica y natural. Pero además de ello, lo recomendable es que ambos se conozcan y se respeten lo suficiente como para emprender el reto que tienen por delante. Los demás elementos son importantes, pero podría catalogárselos como accesorios y básicos.

Cuando no existe esta condición o se carece de una de sus vertientes, amor, respeto y conocimiento, es como emprender un vuelo sin el suficiente combustible. Y ya sabemos lo que acontece con una nave cuando aquello le falta: la catástrofe. Es más, los tres elementos se resumen solo en uno, del que tanto se habla hasta llegar al mismo hastío, pero en fin de cuentas real: amor. Y unir mi vida, tu vida, la suya, la de ustedes, la de él y la de ella, la de ellos por otro motivo que no sea aquél, es simplemente una necedad de los sentidos perturbados, confundidos.

Bondad, cariño, admiración, agradecimiento no pasan de pretextos con los que se cubre una dolorosa falta de amor a la que se quiere disfrazar. Con el tiempo, como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces éste resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones y opciones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones.

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Reflexiones sobre Vida y Muerte

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A mediados de los setentas, en las aulas escolares nos embutían la fórmula aquella de que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, en torno a la cual lo que había que hacer era aprenderla de memoria antes que meditar sobre su sentido. Cada uno de los educandos, cuyos nombres sería capaz de recordar perfectamente ahora si viese sus retratos de entonces (no así los de los compañeros de colegio y universidad), debería luego enfrentarse con la contundencia de la realidad del último de aquellos asertos, el de la muerte.

Hacia su verdad, es decir su presencia, caminaríamos con sorpresa y dolor, con incertidumbre, incomprensión y decepción. De modo que sí, existía la muerte, pensaríamos entonces al asistir a la partida de un ser querido. Y luego, una, dos, tres, algunas veces más según el sino de cada existencia, de cada familia.

Siempre termina la muerte de un ser humano por afligir la mente de los demás, por muy habituados o experimentados que nos creamos a verla y sentirla. Para su llegada casi nunca nos encontramos preparados. Sabemos que es irremediable, que ninguno de nosotros escapará a su cita, y al mismo tiempo nos duele cuando ocurre, cuando toca las puertas de nuestros hogares y decide que no se irá sin cumplir el cometido para el cual decidió presentarse.

En el caso del deceso de nuestros ancianos (un padre, un suegro, una madre, una abuela) quizá sea más comprensible, porque se trata de seres que tuvieron ya un camino recorrido, porque muchas veces se han cansado ya de lidiar con las carcajadas de la existencia. A pesar de ello, a pesar de la conciencia y la certeza de que eso es así, no deja de doler el hecho de enfrentarse a su partida física ahora, en este momento.

Duele sobre todo la propia imposibilidad de estar en el momento postrero de un ser querido, de escuchar sus palabras, de decir las necesarias, estrechar las manos o extender el último abrazo, el último beso, el consuelo final. Para muchos, amparados bajo la magnificencia prometedora de sus creencias, es solo una breve despedida hasta el momento en que, dicen, nos encontraremos. Para otros, en cambio, la muerte es el final de cada individuo, quien solo vivirá en el recuerdo evocador de quienes lo conocieron, admiraron y amaron.

Serán eternos mientras haya quien los recuerde. Después, con el pasar de las horas, los días, semanas y meses, todo va volviendo a la rutina cotidiana, como si nada hubiese acontecido, porque la realidad es esa, que la vida continúa su curso y nosotros con ella, hasta el momento en que también debamos rendir cuentas de lo que hicimos con ese soplo de energía.

   De Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016