Del Amor al Padre

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Fechas como la que hoy celebra la gran mayoría de personas, se han ido convirtiendo de manera paulatina en fenomenal festín de firmas comerciales. El amor y el agradecimiento hacia un padre, antes que con el respeto y la consideración, con el cariño y la presencia, se demuestran ahora mediante la compra de costosos, deslumbrantes y suntuosos regalos, actitudes con las cuales, aunque no sea fácilmente advertible, se abona de manera agresiva el camino del desamor y la disgregación familiar.

Aunque en ocasiones deambulamos por allí ciertos individuos que nos resistimos a hacerle el juego al absorbente consumismo, tarde o temprano cedemos, por lo menos una vez, y también festejamos la fecha, pese a que, como todos los momentos en los que de brindar homenaje a nuestros seres queridos se trata, en realidad la expresión del amor y el respeto debe ser cotidiana, sin interrupciones, sin pretextos, todos los días del año.

¿Quién es realmente este ser al que la sociedad ha coincidido en dedicarle un día? Por lo general, al pensar en el padre, lo hacemos teniendo como referente al hombre más o menos cuarentón o cincuentón que nos engendró. El padre biológico, por lo tanto, tiene la posta en el asunto, aunque no siempre es él quien ha cumplido con tan gigantesca responsabilidad.

Duro y difícil de reconocer, con bastante frecuencia el rol de padre le ha correspondido a otras personas, a las que no suele reconocérseles su esfuerzo y dedicación: la propia madre, por ejemplo: esa mujer que viuda, soltera o abandonada por el marido, debió duplicar su tarea, convertirse también en padre de sus hijos. O aquel otro ser, a menudo mal visto por los hijos, al que generalmente se le denomina «padrastro», con una cierta carga despectiva. El pasar de los años, los golpes de la existencia y la madurez, harán a más de un desagradecido reconocer esa agridulce lucha de quien debió convertirse, por amor, en padre de los hijos de otro hombre.

Por esas extrañas circunstancias que los vericuetos de la vida humana obligan a atravesar, padre a veces es el abuelo, aquel viejo canoso que en algún difícil momento de la cruel niñez comparamos con los padres de otros niños. O el tío; o el viejo solitario que vive en alguna choza alejada, acompañado por la mascota desdentada y cansada de sus recuerdos; o el viejo guardián de la escuela, de apellido Segura, que pese a la alarma y suspicacias maternas la soledad de un niño hoy dormido anhelaba encontrar en las tardes marinas. Padre es, no pocas veces, el ceñudo maestro de la primaria o el atareado profesor de ciclo básico que le roba unos minutos a su lucha por sobrevivir a cuestas con un sueldo de miseria.

Padre… papá… palabras que se dicen con amor, con ilusión, con alegría y confianza. Palabras que el niño aprende a decir mientras crece en la expresión de un amor diferente al que se siente por mamá. Palabras que, simplemente –pero también trágicamente-, a veces no hemos pronunciado más que en lo profundo de nosotros, de labios para adentro; que jamás nos fue dado decirlas, saborearlas; pero que aprendimos, ya adultos, a escucharlas con deleite, dulzura y enternecedor cariño de labios de nuestros hijos.

                  Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016

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Catalina Sojos

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Cuando el hombre llegó me ofreció un ramo de rosas, yo/deseaba un espejo; me negué a aceptarlas. / Sonrió y se marchó en silencio. / Pasaron seis meses hasta que apareció con un violín, / yo deseaba entonces una esfera; me negué a aceptarlo. / Sonrió nuevamente y se marchó en silencio. / Anoche volvió, me entregó una espina. / La acepté silenciosamente, entonces el hombre se deshizo / delante de mis ojos atónitos. / Ahora cargo mi espejo, mi espacio y mi espina / pero sigo deseando la arena de su cuerpo / que desapareció con la última ofrenda.

Arena

«Catalina Sojos está escribiendo un capítulo inédito dentro de la lírica azuaya», sentenció alguna vez el poeta que, como un lobo ansioso por devorar las aves de corral de enmohecidas plumas que por entonces ostentaba la cultura local, emergió de un valle circundante para desde Cuenca remozar y revolucionar estéticas, y, sobre todo, remover conciencias.

El poeta aquél era Rubén Astudillo, uno de los más interesantes personajes del ámbito cultural, del periodismo y la poesía de factura cuencana. Hacia finales de los años sesenta, la artífice de lo que décadas después sería ese capítulo inédito al que se refería Astudillo, se destacaba no solo por su inocultable belleza sino por la intensidad de su labor como actriz de teatro, además de una vigorosa promesa de producción lírica que con el paso de los años devino paciente espera por parte de sus amigos y múltiples admiradores, hasta el definitivo instante en que empezó a brillar también como poeta.

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Dentro de un ambicioso proyecto de registro de los más destacados e interesantes personajes del movimiento cultural contemporáneo de Cuenca e Iberoamérica, del cual forma parte este blog, acudo a encontrarme en una tarde de invierno andino ecuatorial con la poeta cuencana Catalina Sojos (1951), para dialogar en torno a su carrera literaria y su vida misma en la ciudad de los Cantos de Piedra y Agua, a propósito de su más reciente poemario, Runas, en el que comparte espacio con el poeta uruguayo Rafael Courtoisie.

Sus primeros contactos con la poesía, rememora, se dan hacia los seis años de edad dentro del mismo entorno familiar: «A mi madre le gustaba mucho la poesía». Fue para ella todo un aprendizaje inédito e interior.

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Pasa el tiempo y esa experiencia queda atrás. Tras un breve lapso como conductora adolescente de televisión en el programa infantil de un canal local, ahora lo que le interesa es la actuación teatral. Sus compañeros de actuación son personajes que darán que hablar en la movida cultural cuencana durante las décadas posteriores.

El movimiento convergerá luego en la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca ATEC. Se escenificaron entonces obras como Esperando al Zurdo, de Clifford Odets; Mañana de Sol, de Álvarez Quintero; ¿Dónde está la señal de la cruz?, de Eugene O”Neill; y Un trágico a pesar suyo, de Chéjov. Pero sería Y así… fue Troya la pieza con la que más se recuerda a la agrupación, debido a su elevada carga de humor, bajo la dirección de Estuardo Cisneros Semería. La obra fue una adaptación de Helena’s husband, de Philip Moeller, que había sido traducida por el hoy mítico Paco Estrella, «personaje que marcó una época en el teatro cuencano, caracterizada por el florecer de la creatividad». Después, la disgregación seguida de un silencio total en el teatro cuencano que solo se retomaría hacia finales de los años ochenta.

Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega.

Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega.

El corolario de su faceta como actriz será La Última Erranza, película dirigida por Carlos Pérez Agusti y producida por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca hacia finales de los años ochenta.

La poesía y los poemarios

Cata ha sido siempre reticente a publicar, lo que ha repercutido en sus propias exigencias como creadora: «Publicar un libro de poesía es desnudarse. He sido muy estricta conmigo misma», señala.

En 1989 se hace el lanzamiento de Hojas de Poesía, recopilación antológica que precede a Fuego. Su trabajo con el texto es duro, intenso, implacable, lo que al mismo tiempo lubrica el camino evolutivo por el que transitará su creación lírica.

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La Espera, poema que integra Fuego, fue premiado en la ciudad de Quito en el Primer Concurso Nacional de Poesía Gabriela Mistral 1989, lo que representará para Catalina un fuerte incentivo, en ese momento de su vida y su carrera poética. «Los premios pueden marcar también», reflexiona en torno a un tema que siempre genera controversia entre los escritores, porque nadie se pone de acuerdo sobre su condición de convenientes o perniciosos para la creatividad de un autor:

Escucha como brota mi silencio

en el musgo enmarañado de tu ausencia

mira como se queda el pensamiento

agazapado en la esquina

de tu aliento

 Mi corazón es una sombra oblicua

anegada de pena

Mientras en algún sitio

se derrama la noche

 Regálame las hebras de tu luz

para tejer la espera.

Hacia comienzos de los años noventa, Catalina Sojos es una de las más destacadas poetas del momento, lo que se demostrará de forma rotunda al ser la primera mujer que gana en el Ecuador el Premio Nacional de Poesía «Jorge Carrera Andrade».

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Después de Fetiches, de 1995, incursiona en el mundo de la literatura para niños, con su especial Brujillo, obra que tiene una veintena de ediciones, y en el año 2014 fue producida para la televisión pública del Ecuador.

portada-brujilloAsí se hace una mamá, otra de sus publicaciones en el ámbito de las lecturas para niños y adolescentes, en la que aborda el tema de la adopción desde una postura humana inclusiva, es hoy un libro de texto seleccionado por la Secretaría de Educación Pública de México SEP.

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Una mamá se hace como un rompecabezas. Hay muchas formas de hacer una mamá. La más usada es cuando esperas nueve meses en su vientre y luego sales a este mundo. La otra manera es cuando una mujer decide tener un hijo y empieza a buscarlo por toda la tierra para entregarle su corazón.

Cantos de Piedra y Agua, del año 1999, es un libro que rompe el lenguaje. Irreverente y cuestionadora, la poeta ha sabido ver no solo la evidente belleza de la urbe sino también sus defectos: «Una ciudad llena de lacras, que se hizo adulta sin pasar por la adolescencia; que tiene un desfase, porque no adquirió su nueva fisonomía de forma paulatina, sino como consecuencia de la globalización».

Ciudad invicta

exhibes tu memoria

en la avenida de los monumentos

lo profano de ti nadie conoce

como aves cansadas tus mujeres

avanzan

con un sueño en la mano

¿quién sino tú

aguarda por su nombre?

Casi una década después, el poema dedicado a Cuenca de los Andes, a Santa Ana de los Ríos de Cuenca, se vuelve a publicar pero esta vez en una lujosa edición bilingüe, ilustrada con fotografías de María Teresa García, que se agota con inusitada brevedad.

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En el epílogo de un diálogo sin límites ni tiempo, tan interminable como interesante, la poeta cuencana resume en unas pocas frases lo que ha sido una vida dedicada a la poesía, al trabajo exhaustivo con la palabra, como expresión de su ser sensitivo y sensible, de su pasión y vocación, y del inextinguible amor por una ciudad bella y encantadora como Cuenca, a la vez que rígida, implacable y hermética en sus más recónditos prejuicios: «No he encontrado lo que buscaba. Vivo en busca de la palabra perfecta, aquella que no existe… Creo que encontré mi estilo y mi voz; de alguna manera, la metáfora es lo que me define.»

 Cuenca de los Andes

Junio de 2015

Ecuador a 122 años de la Revolución Liberal

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En el año 1912 el Ecuador era una joven nación de la América austral, que contaba apenas 82 años de vida republicana. Su realidad social y política era convulsa, conflictiva y caótica, y estaba signada aún por fuertes rezagos de la era colonial, que había durado prácticamente cuatro siglos.

Los ecuatorianos de entonces eran una amalgama de seres polarizados entre el fanatismo religioso y la lucha por conquistar derechos sociales que, hasta 1895, cuando se proclamó la Revolución Liberal liderada por Eloy Alfaro Delgado, habían estado siempre relegados para las grandes mayorías.

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Aunque esa gesta transformó las bases del Estado y trastocó las formas de dominación social que imperaban hasta entonces, quienes usufructuaban de aquel status quo se resistían, por todos los medios posibles, e inclusive más allá de lo humana y civilizadamente aceptable, a perder tales canonjías.

Era una sociedad dividida entre unos pocos privilegiados, que heredaban aquellas prerrogativas algunos desde los primeros años de la invasión europea, en medio de profundos prejuicios raciales también transmitidos a través de los siglos por el orden de cosas impuesto en la Colonia.

Entre aquellas fuerzas estaban los terratenientes, que veían amenazada la posesión de enormes latifundios, algunos tan vastos como los territorios de actuales provincias andinas, y se agrupaban políticamente en torno al Partido Conservador. La misma Iglesia Católica, digamos que su fuerza espiritual, libraba una lucha feroz desde los púlpitos y aun a través de religiosos involucrados en la lucha armada, para defender al país de los herejes liberales y de las monstruosidades [léase conquistas sociales como el laicismo o la educación de la mujer] que la Revolución había implantado. Y, por supuesto, la prensa de entonces, cuyos propietarios se negaban también a perder los privilegios que el orden de cosas imperante les representaba.

Entre todos estos sectores se armó la conjura, se instigó e incitó durante años al odio y la venganza, a través de la mentira y la manipulación, la calumnia y la traición, hasta desembocar en uno de los más vergonzosos hechos que registra la historia de un país llamado Ecuador: la Hoguera Bárbara del 28 de enero de 1912, cuando luego de haber sido conducido hasta Quito, ironías de la vida, en el mismo ferrocarril que su gobierno construyó para unir al país, fuera asesinado y arrastrado por las calles, y después incinerado en El Ejido por una turba irracional que los representantes de estos poderes azuzaron.

 

II

Cada 28 de enero, desde que supe que era la fecha en que se rememoraba un crimen colectivo que avergonzaba a los ecuatorianos, me ha sido difícil deslindar la evocación de ese hecho, su implicación histórica, de la figura de mi abuelo materno; me es imposible pensar en ese crimen sin recordar también cómo la aceptación de mi identidad de ecuatoriano está ligada de forma íntima a la comprensión de mi identidad familiar.

Una de las pocas cosas que recuerdo de él, cuyos últimos 27 años de vida debió pasarlos postrado sobre una cama, aquejado de una parálisis progresiva que le impedía valerse por sí mismo y gesticular palabras, era el asombroso parecido que le encontraba yo con aquel hombre que, en las aulas escolares, nos contaron había sido el líder de una revolución.

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¿Una revolución? En la época de niñez, sin abarcar de una forma clara su significado, aquella era lo que se dice una mala palabra. Las malas palabras, según lo veo ahora, fueron cosa de nuestra generación. La de aquellos hombres y mujeres que nacimos durante las décadas de los sesentas y setentas, y que hoy rondamos más o menos los cuarenta, algunos ya acercándonos a los cincuenta años de edad.

Las malas palabras eran por lo general obscenas. Implicaban obscenidades que no estaban permitidas a menores de edad, y que en boca de los mayores eran más o menos toleradas, de acuerdo con el contexto. Recuerdo que alguna vez, jugando con los amigos de la infancia, caminaban dos policías y decidimos acercarnos todos, en grupo, para darles la mano. Uno de ellos nos extendió su mano. El otro, hosco, profirió una de esas palabrotas que estaban tan cargadas de semántica negativa, que nos sentimos atemorizados, tanto por lo que había dicho como por el tono, prácticamente un grito, que usó.

Ignoro si mis amigos de infancia recuerdan aquel suceso. A mí no se me olvidó jamás. Implicaba muchas cosas, además de la enorme carga que puede haber en algo aparentemente tan simple como una palabra. Por ejemplo, la escasa educación de un agente de la ley y el orden, para haberse atrevido a tratar así a un grupo de niños; implicaba, también, asumir que los policías eran personas a las que no se podía acercar uno, inabordables detrás de sus uniformes y sus armas.

Carajo era también una palabra muy fuerte. Su connotación era tal que bastaba para que cualquier menor de aquella época se quedara quieto o hiciera lo que se le pedía por parte de un adulto. Hablo en pretérito porque hoy en día ya ni siquiera se la escucha, y si se la profiere ha perdido tanto su carga semántica que ningún niño o niña de esta era se inmutaría al escucharla. Y ni hablar de los términos .soeces, relacionados casi siempre con los órganos genitales, que son hoy parte del vocabulario de niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos, y se profieren más como muletillas que como las obscenidades y vulgaridades que usarlos representó alguna vez.

Las palabras obscenas y las conminativas, por llamarlas de algún modo, no eran, sin embargo, los únicos términos considerados por entonces malas palabras. Habían otras expresiones, otros sustantivos, que a menudo se convertían en adjetivos pero que, por lo general, cada vez que se decían se lo hacía en voz baja.

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Revolución, como palabra, se hallaba en una suerte de término medio. Los revolucionarios eran seres proscritos, anónimos, clandestinos, casi siempre militantes o activistas de partidos y movimientos de izquierda. El problema era que la derecha también, a través de los militares, se proclamaba revolucionaria, y nacionalista por añadidura.

Comunista, en cambio, era un término bastante fuerte. Decirlo era en verdad temerario, por lo menos en el barrio donde crecí, pues al frente de donde vivía estaba instalado un cuartel de la Policía Militar Aduanera, y a media cuadra uno de la IV Zona Naval de Esmeraldas, en donde a menudo se escuchaban los lamentos de aquellos pobres desgraciados a los que se torturaba en sus calabozos. Aunque sus significados no tuviesen nada en común, recuerdo que tan duro y reprobable como llamar a alguien comunista, era también calificarle de marihuanero. Eran, en suma, dos palabrotas que en boca de un niño evidenciaban que aquel pequeño tenía padres que no velaban de manera correcta por su educación, o que tenía amistades indeseables.

Recuerdo también que los cuadernos en los que anotábamos nuestros deberes y lecciones, las materias que recibíamos en la escuela, tenían en la parte final una leyenda que se me quedó grabada en la memoria, quizá por haberla visto tantas veces durante tantos días de mis primeros años de niñez: El Gobierno Nacionalista Revolucionario del General Guillermo Rodríguez Lara, a su Majestad, el Niño. Estaba ilustrada con un niño vestido de soldado, que al parecer custodiaba una refinería o un oleoducto, sobre un mapa del Ecuador, de ese Ecuador que pese a haber sido mutilado como cuarenta años antes e incorporado al Perú, nos decían que así debía dibujarse, con la mitad incluida del territorio que reclamábamos y reivindicábamos.

Entre las escasas palabras que alcancé a escuchar a mi abuelo, «Liberal», «Alfaro», «Carlos Concha», «Vargas Torres», son algunas de las que recuerdo. Las lecciones de historia de la escuela católica en la que estudiábamos por entonces, no recuerdo si sesgadas o no, harían poco a poco ir descubriendo su significado, lo que cada una de ellas implicaba.

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Eloy Alfaro con sus compañeros de armas y lucha, entre ellos el coronel esmeraldeño Luis Vargas Torres (segundo, sentado, desde la derecha), fusilado en Cuenca en 1887.

Debe haber sido hacia quinto grado, luego de estudiar la Revolución Liberal, cuando le confesé a uno de mis compañeros, a quien consideraba mi amigo, que mi abuelo era muy parecido a Eloy Alfaro. Insistió tanto en que lo lleve a conocerlo, que una tarde le permití ir a mi casa. Le dije que era necesario hacer silencio, porque el abuelo estaba enfermo y no había que perturbarlo. Subimos las gradas con mucho sigilo y cautela, tratando de hacer el menor ruido posible. Mi compañero se quedó un buen momento contemplando a mi abuelo, que tenía la mirada perdida, con dirección a la ventana, y se hallaba entretenido dándose palmadas en un lado de su cara, algo que luego comprendí no era una manía sino su manera de recuperar las sensaciones que la parálisis le robaba.

Al día siguiente comentó que, en efecto, mi abuelo se parecía mucho al viejo cuyo retrato teníamos en el libro de historia, al Viejo Luchador. Pero dijo también que mi abuelo estaba loco. Y creo que jamás le perdoné ese comentario. Lo juzgaba una traición inadmisible. Sí, es verdad, una persona paralizada de la mitad de su cuerpo, puede dar la impresión de estar loca, pero eso no significa que lo esté. Después, poco a poco, uniendo cabos y versiones de diferentes personas, de mi abuela y mi madre, de mis tíos y primos, de los parientes lejanos, fui tejiendo no solo la historia de mi abuelo, sino la historia del pequeño gran territorio al que llamamos Ecuador.

El abuelo tenía doce años cuando acaeció aquel desgraciado acontecimiento que llenó de ignominia al Ecuador. Esmeraldas, donde vivió toda su vida, había sido uno de los bastiones de Alfaro, junto con Manabí, desde mucho antes del triunfo de la Revolución Liberal. Un mes antes del crimen de El Ejido, en diciembre de 1911, la provincia entera decidió proclamar al general Flavio Alfaro, sobrino de don Eloy, como Jefe Supremo de la República, sin pensar que también él sería una de las víctimas incineradas apenas cuatro semanas después, en la hoguera bárbara que marcó para siempre la historia del país. Y en esa proclama está la rúbrica de don Samuel Orejuela, tío de mi abuelo.

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Toda Esmeraldas, que había perdido muchas vidas durante las últimas décadas de luchas fratricidas, se vio sacudida por la noticia del arrastre de los Alfaro en Quito. Carlos Concha Torres, hermano materno de Luis Vargas Torres, dedicaría energías y recursos para vengar esas muertes, haciéndole la guerra al gobierno desde las tupidas selvas esmeraldeñas, durante más de cuatro años.

La lucha de Eloy Alfaro, desde la radicalidad que lo caracterizó y que fue también el signo distintivo de quienes lo acompañaron y secundaron, data por lo menos de mediados de los años sesenta del siglo XIX, en su natal Manabí. Ya en 1864, próximo a cumplir los 22 años, lo vemos como líder de uno de los grupos armados que se enfrentarían al gobierno de Gabriel García Moreno, y desde entonces su lucha se radicalizaría y se volvería más compleja, hasta desembocar en el triunfo de la Revolución Liberal, el 5 de junio de 1895.


III

Durante los casi dos siglos que hemos vivido como república, el proceso de formación de la identidad ecuatoriana se vio inmerso en una lenta evolución. El principal escollo para la aceptación de la identidad estuvo siempre representado por la diversidad cultural que constituye el Ecuador. Esa condición impidió, por mucho tiempo, que la ecuatorianidad se asuma a plena conciencia. El lento proceso se vio vertiginosamente acelerado por hechos históricos como la Revolución Liberal de 1895, o la frustrada “Gloriosa” del 28 de Mayo de 1944; la exportación de productos como cacao, caucho, banano y petróleo; el retorno a la práctica democrática electoral, en 1979; el triunfo de Jefferson Pérez en Atlanta, en julio de 1996, y su hasta hoy única medalla olímpica obtenida por el país; la clasificación de la selección ecuatoriana de fútbol a un torneo mundial, por primera vez; o los derrocamientos, prácticamente habituales, de tres presidentes en menos de una década.

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La gran ironía y la gran paradoja fueron haber sido conducido detenido a Quito, en el mismo ferrocarril que Alfaro culminó de construir para unir la Sierra y la Costa, esos dos mundos bipolares que se complementan para formar el Ecuador.

Desde el triunfo de aquella revolución que transformó y trastocó para siempre a la sociedad ecuatoriana, a lo largo del nuevo siglo muchos se proclamaron revolucionarios, liberales radicales, alfaristas. Muchos pretendieron liderar procesos similares, hacer la revolución, desde la palestra política o desde las bayonetas militares. Hacia 1944, por ejemplo, estuvimos lo más cerca posible de una. Eran las condiciones más propicias que pudimos tener jamás, después de la Revolución Liberal, para llevar adelante un proyecto transformador profundo. Inusitadamente, curas y comunistas, conservadores y liberales convergieron en torno a un solo derrotero: la caída del régimen de Carlos Alberto Arroyo del Río.

Fue una oportunidad única en la Historia, que resultaría desaprovechada para dar paso al protagonismo de una apabullante figura: la del Gran Ausente, José María Velasco Ibarra. Juzgar la marcha de los acontecimientos de aquellos días no es tan simple. Era una época en la que el Ecuador aún no se recuperaba de una herida casi mortal, la del desmembramiento territorial acaecido tras la invasión peruana de 1941, cuyas causas el pueblo terminó por atribuir a su presidente. Era una época en la que todavía se hacía esfuerzos por desarrollar proyectos políticos, culturales, que pudiesen dar sentido claro al objetivo de formar la nación ecuatoriana. Ecuador era un país, es cierto, pero carecía de una unidad concreta, firme. Carecía de una definición propia como nación.

A pesar de que las corrientes en boga quisieran que el polvo del olvido se acumule sobre ciertos nombres inocultables, no puede negarse la enorme influencia ejercida por las figuras de izquierda de entonces: Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Pedro Saad, Ricardo Paredes, Nela Martínez, etc.

La patria de Benjamín Carrión no tuvo una revolución socialista, no conoció de comités centrales, secretarios generales ni camaradas enredados en la burocracia en que el socialismo devino en otros países. Mas, muchos de sus líderes, durante una buena parte de este siglo, fueron hombres de izquierda, forjados en otro tiempo, bajo otras premisas, valores y circunstancias. Sin su presencia, aún tendríamos un país anquilosado en estadios feudales y en relaciones de producción casi esclavistas.

La Gloriosa significó ese fracaso recurrente que pareció definir al Ecuador del siglo XX, que fue también consecuencia de la Hoguera Bárbara, entre el permanecer atado al anacronismo o subir al siempre en marcha carro de la Historia. Nos demostró también que aunque las masas, intuyendo el hedor escatológico del uso y abuso del poder empujan a la transformación, por tanto tiempo resultaron arrebatadas de su esperanzado resurgir por la verborrea infame de unos cuantos astutos.

Durante el siglo XX fueron varios los intentos por lograr cambios radicales en el país, pero carecieron sobre todo de un ingrediente fundamental: el apoyo del pueblo, de ese pueblo por el que juraban y se desgarraban las vestiduras afirmando que pretendían reivindicar y defender.

El cambio que Alfaro lideró tenía como motor la realidad de opresión, retraso, explotación e ignorancia en que estaba sumida la población ecuatoriana. Esas grandes mayorías comenzaron a emerger hacia la luz, después de siglos de oscuridad. La proclamación de la República no significó, en la práctica, un cambio de la situación en que vivían los miles de oprimidos habitantes de las diferentes regiones del país. Por el contrario, continuó la explotación inmisericorde de los indígenas y campesinos, de los proletarios, de la clase trabajadora, y la segregación racial y social era el resultado evidente de más de tres siglos de colonialismo.

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Sesenta y cinco años contaba apenas la República cuando se vio sacudida por la contundencia de una transformación profunda y radical. Ese Ecuador caótico y oscurantista que pocas décadas atrás había sido fundado como un estado teocrático, entregado a curas y monjas, a la Iglesia, así como a los caprichos e intereses de las clases privilegiadas, y todo ello en nombre de Dios, en el breve lapso que medió entre 1895 y el crimen de El Ejido vio con espanto pero también con esperanza, la separación entre la Iglesia y el Estado, que dio paso a la necesidad de construir en el país una institucionalidad nueva y diferente.

Fue a partir de ese momento que se le dio un giro total a la educación, hasta entonces en manos de la Iglesia, desde la óptica del laicismo y la gratuidad, sin privilegios ni discriminaciones, una educación pública y para todos,o por lo menos eran esas la aspiración y las intenciones; y se formó a los maestros normalistas, que representaron un cambio sustancial en la educación de calidad, para tantas generaciones de ecuatorianos.

Si el Ecuador de esta primera mitad del siglo XXI ha cambiado en gran parte de sus prejuicios y prácticas discriminatorias heredadas de la Colonia, es gracias a la obra de la Revolución Liberal. Alfaro fue quien propició las condiciones para que las mujeres ejerzan sus derechos públicos y políticos, entre ellos el derecho a la educación, y, sobre todo, a desempeñar su rol histórico en la formación de la sociedad ecuatoriana, en la toma de decisiones de los destinos de la sociedad. Fue también el punto de partida para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y campesinos, hasta entonces condenados a permanecer como ecuatorianos de tercera, sin siquiera aspirar a ser considerados ciudadanos.

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Todo un pueblo, constituido por mujeres y hombres sencillos, mestizos, afro-ecuatorianos, indígenas, campesinos, empleados y obreros, aguarda por que el vil asesinato y los acontecimientos inmediatos que culminaron en la hoguera bárbara, no queden en la impunidad a pesar del tiempo transcurrido.

Aunque para muchos resulte odiosa o pretenciosa la comparación entre dos épocas distintas, separadas en el tiempo por más de un siglo de trajinar del pueblo ecuatoriano, lo cierto es que muchas circunstancias se repiten. Las clases poderosas siguen instigando, a través de todas las formas posibles, en contra de las transformaciones que impulsa y lidera el presidente Rafael Correa, líder inédito en los anales de la historia política nacional. Y lo hacen, precisamente, a través del poder que ha representado siempre la prensa, que han representado y tienen, en la práctica, los medios de comunicación, es decir, sus propietarios.

Hoy, como entonces, la plutocracia es una amalgama amorfa de banqueros, religiosos fundamentalistas, políticos desubicados, industriales y dueños de medios, que casi siempre son los mismos, férreamente unidos en pos de la negación. Niegan todo lo que se está construyendo y reconstruyendo en la nación; niegan los aciertos, las transformaciones, las conquistas sociales, la participación ciudadana. Y además de negar, mentir y calumniar usando el poder de los medios, instigan a la sedición, a la rebelión, al magnicidio. La única diferencia es que no pueden luchar, pese a tanta maledicencia, contra el apoyo popular expresado por millones de ecuatorianos llenos de esperanza, y eso, mientras dure, es lo que le sostiene, lo único que le sostendrá.

Hace tres años, en enero de 2012, el pueblo ecuatoriano recordaba, evocaba, rememoraba, recorriendo las calles por donde se condujo a su líder. La celda número 13 del ex penal García Moreno, donde estuvo encerrado aguardando por la ignominia, se volvió casi un lugar de peregrinación, y desde allí se dirigieron cientos de personas, siguiendo el mismo recorrido que un siglo atrás tuvieron, arrastrados, los cuerpos de Eloy Alfaro y sus más leales colaboradores, que dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva del pueblo ecuatoriano, hasta desembocar en El Ejido, en la hoguera vergonzante, símbolo de un crimen provocado por el odio y la irracionalidad, que por siempre quedó en la conciencia de América.

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El despertar del pueblo ecuatoriano, por tantas décadas aletargado en el olvido, en la demagogia de tantos gobernantes de turno, y en la manipulación de sus mentes y conciencias a través de los medios de información, conlleva, necesariamente, la recuperación del legado de un hombre visionario y revolucionario como Eloy Alfaro, a partir de la conciencia política, a partir del conocimiento del pasado, a partir de la reflexión.

Las grandes mayorías siguen viendo al «mejor ecuatoriano de todos los tiempos» como al gestor de uno de los acontecimientos históricos de mayor repercusión en la vida del país. Saben que si no hubiese sido por el crimen de El Ejido, consecuencia directa de esa campaña de difamación y calumnia, de odio y venganza, emprendida por los enemigos de la Revolución, con la prensa como estandarte más visible, la gran obra liberal habría profundizado aún más los cambios que la Nación aguardaba y requería.

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El proyecto alfarista quedó inacabado, inconcluso tras la tragedia y el orden de cosas, o más bien el desorden que siguió, y que prácticamente se perpetuaría por más de noventa años. Era necesario que esa interrupción, adaptada a los cambios de era, al paso del tiempo, fuera subsanada enarbolando la bandera de la dignidad de los pueblos, la antorcha de la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad; el estandarte de la soberanía, la autonomía y la independencia; el puño en alto contra el abuso y la prepotencia.

Un país que progresa en todos los órdenes, que ve mejorar radicalmente su infraestructura, sus vías de comunicación, sus sistemas de transporte; que ve a la justicia social y la participación ciudadana convertirse en realidades para los millones de seres por tanto tiempo proscritos y discriminados, es un país que continúa así la gran obra de Eloy Alfaro, que recupera su memoria, que redime su enorme legado social.

Hoy se habla de la recuperación del derecho a la esperanza, el respeto y la dignidad; de la necesidad de reescribir la historia patria, pero ya no desde la óptica de los poderosos que se perpetuaron a través de las décadas y los siglos, sino desde la visión de quienes han sido sus auténticos protagonistas: los ciudadanos hombres y mujeres que la construyen día tras día.