Del Amor al Padre

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Fechas como la que hoy celebra la gran mayoría de personas, se han ido convirtiendo de manera paulatina en fenomenal festín de firmas comerciales. El amor y el agradecimiento hacia un padre, antes que con el respeto y la consideración, con el cariño y la presencia, se demuestran ahora mediante la compra de costosos, deslumbrantes y suntuosos regalos, actitudes con las cuales, aunque no sea fácilmente advertible, se abona de manera agresiva el camino del desamor y la disgregación familiar.

Aunque en ocasiones deambulamos por allí ciertos individuos que nos resistimos a hacerle el juego al absorbente consumismo, tarde o temprano cedemos, por lo menos una vez, y también festejamos la fecha, pese a que, como todos los momentos en los que de brindar homenaje a nuestros seres queridos se trata, en realidad la expresión del amor y el respeto debe ser cotidiana, sin interrupciones, sin pretextos, todos los días del año.

¿Quién es realmente este ser al que la sociedad ha coincidido en dedicarle un día? Por lo general, al pensar en el padre, lo hacemos teniendo como referente al hombre más o menos cuarentón o cincuentón que nos engendró. El padre biológico, por lo tanto, tiene la posta en el asunto, aunque no siempre es él quien ha cumplido con tan gigantesca responsabilidad.

Duro y difícil de reconocer, con bastante frecuencia el rol de padre le ha correspondido a otras personas, a las que no suele reconocérseles su esfuerzo y dedicación: la propia madre, por ejemplo: esa mujer que viuda, soltera o abandonada por el marido, debió duplicar su tarea, convertirse también en padre de sus hijos. O aquel otro ser, a menudo mal visto por los hijos, al que generalmente se le denomina «padrastro», con una cierta carga despectiva. El pasar de los años, los golpes de la existencia y la madurez, harán a más de un desagradecido reconocer esa agridulce lucha de quien debió convertirse, por amor, en padre de los hijos de otro hombre.

Por esas extrañas circunstancias que los vericuetos de la vida humana obligan a atravesar, padre a veces es el abuelo, aquel viejo canoso que en algún difícil momento de la cruel niñez comparamos con los padres de otros niños. O el tío; o el viejo solitario que vive en alguna choza alejada, acompañado por la mascota desdentada y cansada de sus recuerdos; o el viejo guardián de la escuela, de apellido Segura, que pese a la alarma y suspicacias maternas la soledad de un niño hoy dormido anhelaba encontrar en las tardes marinas. Padre es, no pocas veces, el ceñudo maestro de la primaria o el atareado profesor de ciclo básico que le roba unos minutos a su lucha por sobrevivir a cuestas con un sueldo de miseria.

Padre… papá… palabras que se dicen con amor, con ilusión, con alegría y confianza. Palabras que el niño aprende a decir mientras crece en la expresión de un amor diferente al que se siente por mamá. Palabras que, simplemente –pero también trágicamente-, a veces no hemos pronunciado más que en lo profundo de nosotros, de labios para adentro; que jamás nos fue dado decirlas, saborearlas; pero que aprendimos, ya adultos, a escucharlas con deleite, dulzura y enternecedor cariño de labios de nuestros hijos.

                  Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016

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