El día en que Celia Cruz llegó a Esmeraldas

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Corría 1979, el último de los años de esa década que a los miembros de la generación X ecuatoriana nos parece algo borrosa. Es probable que tras haber superado la etapa de transición del militarismo dictatorial hacia el referéndum y las elecciones, estuviera ya en el poder el más joven de los mandatarios ecuatorianos, Jaime Roldós Aguilera.

Las Palmas, una suerte de barrio semi-burgués de la Esmeraldas de entonces, ubicado a orillas del mar, era una combinación de extranjeros de todo tipo [chilenos que huían de la dictadura de Pinochet, libaneses (a quienes la gente llamaba turcos), coreanos y chinos, colombianos, y marineros que a bordo de los buques petroleros llegaban procedentes de diversas latitudes] y su descendencia, las personas de ancestros manabitas y los vecinos quiteños, y unas pocas familias afroesmeraldeñas (muy pocas, ahora que lo recuerdo).

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Una bulliciosa caravana de negros y blancos, mulatos y mestizos, atravesaba la avenida Ángelo Barbissotti (obispo italiano de Esmeraldas) gritando uno de los nombres más populares del contexto cultural esmeraldeño del siglo XX: Celia.

¡Sí señores! Era la llegada apoteósica de una diosa negra a la tierra de la negritud, a la sucursal de Cuba en Ecuador, a la capital del ritmo. Doña Celia Cruz iba a ser la atracción más grande de ese año, y para que todo fluyese de manera perfecta en torno a la presentación de aquel singular número, las autoridades de la ciudad tomaron la decisión de declarar ese día como feriado.

Lo más probable es que se presentara en el recinto ferial de La Propicia, lugar en el que año tras año aparecían las principales figuras de la música tropical latinoamericana: la Sonora Matancera, Cuco Valoy, Daniel Santos, Henry Fiol, El Gran Combo de Puerto Rico, Óscar de León, las estrellas de la Fania.

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El hotel Cayapas era el sitio obligado para que pernoctase todo tipo de personajes, y allí se hospedó la Guarachera de Cuba. La gente del barrio se fue agolpando poco a poco en torno al lugar en que se suponía estaba ubicada la habitación de Celia. Todos, niños, adolescentes, adultos, viejos, comenzamos a corear su nombre con la esperanza de que saliese. Y la intérprete de Burundanga no se hizo rogar. Con su despampanante sonrisa, con la vitalidad de su voz, y con ese carisma que contribuyó a convertirla en leyenda viviente, se asomó al balcón del hotel.

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Fue un momento de verdadera magia, una suerte de rito africano entre una sacerdotisa orisha y los seguidores de sus tambores y su canto. Durante esos breves minutos la reina habló de lo bien que se sentía en Esmeraldas, de lo mucho que le recordaba a su Cuba natal, de la fama bien ganada de ciudad del ritmo… De pronto alguien comenzó a pedirle que cante, mientras los demás le iban secundando. ¡Que cante, que cante, que cante!, era la petición general. Pero la negra de la bemba colorá se hallaba demasiado fatigada por el viaje. Los espero a todos esta noche en el recinto ferial, fue su amable invitación. Y con amables y cariñosas palabras, mientras extendía su mirada sobre la inusitada multitud, se fue despidiendo de nosotros.

Cuenta la leyenda urbana, desde entonces alimentada y recreada por las 5.000 almas esmeraldeñas que esa noche asistieron a su concierto, que ni el aguacero diluviano que cayó al final de la tarde ni la ropa empapada lograron que aquella multitud desistiese de admirar la actuación de su ídolo.

Al pueblo esmeraldeño, en la costa norte del Ecuador, a la gente de esa ciudad, nunca le importó cuál fuera la posición política de Celia frente a Fidel Castro y la Revolución cubana. Y por eso escuchaban y bailaban su música, con igual devoción, tanto los izquierdistas del FADI y el Partido Comunista como los sacerdotes y alumnos católicos de los colegios religiosos Sagrado Corazón y La Inmaculada.

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Aquél fue nuestro contacto más cercano con la leyenda. Por entonces, yo no acertaba a comprender lo que había sucedido de manera cabal. Después, con los años y con la reiteración omnipresente de su música en las calles y casas esmeraldeñas, ella fue cada vez más Celia, la voz, la figura, la magia, lo inexplicable; el son, la guaracha, la rumba, el bolero, la conga, el omelenko, el guaguancó, el son montuno, la guajira, el mambo, el bembé, el merengue y la salsa, amalgama semántica con que se intentó resumir la exótica y contundente versatilidad de los más de treinta ritmos inventados por el pueblo cubano.

Siempre será Celia, siempre será el símbolo de la cultura latinoamericana. Lástima por todos aquellos que no pueden disfrutar de su legado musical de más de cincuenta años, a causa de la posición política que tuvo. No tienen idea de lo que se pierden. Lástima también (de verdad) por ese montón informe de cretinos que al atreverse a hablar de Celia siguen mencionando con pasmoso y vomitivo desdén que era una mujer fea, como si el talento y la calidad artística algo tuvieran que ver con las fachadas.

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A Celia, más que llorarla, hay que cantarla y bailarla. Hágalo usted ahora, que hay Celia para todos los gustos. Viva como ella quería que lo hiciéramos. ¡No se tome tan en serio, disfrute, aproveche sus años y aplíquese la medicina cubana, la rumba, porque la vida es un carnaval!