Jaime Roldós Aguilera

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Ese 24 de mayo aún no cumplía los 11 años de edad. Los niños del barrio esmeraldeño conocido como Las Palmas, un sitio más o menos privilegiado en comparación con el resto de la realidad local, jugábamos un modesto partido de béisbol callejero, ajenos al transcurso de la historia que el Ecuador estaba viviendo en esos momentos. El discurso presidencial era lo único que se veía en los televisores. El joven presidente, pese a las rechiflas que recibiera en el estadio, continuaba siendo popular.

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Joven (38 años cuando asumió la Presidencia de la República), quizá demasiado para ciertos sectores de “patriarcas” acostumbrados a mandar y desmandar en esta nación, viviría un breve pero intenso periodo al frente de un país que renacía a la democracia. Aún retumba en mi oído ese estremecedor epílogo de un discurso que quiso ser de reconciliación con su pueblo, luego de las condolencias y condecoraciones post mortem entregadas a las madres de los soldados ecuatorianos caídos en Paquisha: “Este Ecuador amazónico, desde siempre y hasta siempre! ¡Viva la Patria!”. Después, su vuelo sin retorno hacia la muerte.

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Sobre un álbum de fotografías recuerdo que había recortado y pegado diferentes imágenes del que entonces era líder indiscutible, además de ídolo de muchos jóvenes, y también de los niños que abríamos los ojos a la perturbada realidad social y política ecuatoriana. Una de aquellas imágenes, recortada quizá de un periódico o de una revista, se ha quedado por siempre grabada en mi remembranza: aquella en la que, preocupado y silencioso, con un brazo cruzado sobre el pecho y el otro doblado para sostener el rostro con la mano, miraba el Presidente los restos de un avión siniestrado en el que había perecido uno de sus ministros. La imagen ostentaba algo de ironía, quizá también de premonición. ¿En qué estaría pensando Jaime Roldós en aquel momento? ¿Intuyó acaso el giro trágico que a pocos meses de aquel siniestro tendría su propia existencia?

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La llegada al poder de Jaime Roldós y Osvaldo Hurtado, el 10 de agosto de 1979, significaba el arribo de una nueva generación de políticos a la conducción de los destinos del país. Tras el mareo de los petrodólares, el despilfarro y la represión militar, Ecuador saludaba el inicio de una era nueva; intentaba dejar atrás un pasado de componendas y golpes de estado, de irrespeto a las libertades del hombre, y privilegios de clases sociales enquistadas mucho antes de 1830.

No solo eran la figura y el aspecto de los nuevos mandatarios. Era también el discurso político, un poco romántico, ensoñador quizá, que hablaba de lo que podría ser, por fin, la oportunidad de todo un pueblo de acceder al bienestar que otros solo prometían. Y era también el sonrojo y el estremecimiento que un fragmento del discurso televisado de aquel 10 de Agosto de 1979 causaría en mucha gente, fragmento que medio Ecuador no entendió: Runan punchaka, mana iankalla ñaupa uata shina pushaita japinchik. Kunanka, tukui runakuna pashaita japinchikmi. Uakin millai runakunamanta pushaita japishpa, tukui makipura imatapish rurashpa kausakrinckimi: “Este día no tomamos el poder como en otros años. Ahora, tomamos el poder todo el pueblo. Tomando el poder de una dictadura formada por poca gente, todos unidos haremos nuestras vidas.”

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Roldós fue un líder popular, posiblemente también un caso sui generis de populista, o, como él mismo se calificara, un “progresista social”. Fue insuficiente el tiempo que la vida le dio para ejercer el mandato. Sus discursos provocativos y desafiantes, quizá más que sus obras, lo volvieron peligroso a los ojos de un mundo que aún vivía las sangrientas tragedias provocadas por la Guerra Fría, y una Latinoamérica arrasada por los gorilas que protagonizaron el cuarto de hora nazi castrense vivido y padecido en la mayoría de nuestros países.

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Aquel fue, aquel es su legado, y aunque un grupo de incalificables poco después tomó su nombre para crear un partido político populista y arribista que hipnotizaría a millones de ilusos, además de avergonzar a toda una nación, la Historia le ha reservado un lugar digno ya.

(Imágenes: archivojaimeroldos.com, ecuavisa.com, andes.info.ec)

Bob Marley: el león de Jamaica

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En mayo de 1981, hace 35 años, dejó de cantar su mensaje el León de Jamaica, Robert Nesta Marley, para convertirse en el símbolo de todo un pueblo, en una leyenda viviente que ha hecho de sus canciones auténticos himnos de los oprimidos del Tercer Mundo, de la reivindicación por los derechos del hombre negro.

 

Hijo de un inglés de raza blanca y de una jamaiquina negra, Bob Marley se dio a conocer al mundo con el álbum Catch a fire, aunque por entonces se promocionaba simplemente como Los Wailers, el nombre de la agrupación con la que difundiría por el planeta la fusión afro-antillana conocida más tarde como reggae. Ese primer disco sería no solo una revelación musical para el orbe, sino también el símbolo de toda una filosofía religiosa y reivindicativa. Al mismo tiempo, su portada representará una forma provocativa de asumir el consumo de marihuana, que trascendía inclusive los postulados de la generación beat y hippy, para revestirse de un aura mística: Bob Marley, aún sin las rastas que se convertirían en sinónimo de su música y su religión, aparece con un porro de hierba de proporciones hiperbólicas.

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Se trata de un tipo de música mágica, enriquecida por los aportes ancestrales que la cultura afro de Jamaica ha ido transmitiendo de generación en generación, a lo cual se agrega el componente idiomático inglés, y la innegable presencia del rock con sus obvias dosis de fusión. Si a todo ello se le agregan elementos como la religiosidad de los temas, en honor a Jah, una especie de deidad de la marihuana o cannabis, y la existencia de toda una cultura hoy ya mundial en torno a ello, nos toparemos con uno de los movimientos culturales más sólidos de las últimas décadas.

Con el transcurso de los breves años que duró su carrera, cada disco irá marcando nuevas fronteras evolutivas del reggae como ritmo internacional, hasta crear verdaderos temas clásicos que más de un cuarto de siglo después siguen sonando en las emisoras de radio y en los walkmans o discmans de hombres y mujeres de todos los confines. Su música influirá y marcará a intérpretes del pop como Eric Clapton y el propio Sting, quien a la cabeza de The Police creará cantos con visos clásicos resultado de la fusión entre reggae, rock y jazz.

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A treinta y cinco años de su muerte, acaecida como resultado del cáncer cuando el músico pisaba la cima de su carrera y apenas contaba 36 años de edad, la leyenda del rey del reggae continúa más viva y fuerte que nunca. Sus discos se reeditan y se copian como si el mulato de Kingston aún estuviese vivo, y año tras año suma nuevas generaciones a sus millones de admiradores y seguidores de uno de los productos culturales más genuinos de la modernidad.

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016