Remembranza y nostalgia de Borges

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Hace treinta años nadie usaba aún en Latinoamérica los términos internet, correo electrónico ni teléfono celular. Lo más adelantado de la tecnología al servicio del consumo popular suntuoso era por entonces el disco compacto, que por supuesto resultaba aún demasiado oneroso para las grandes mayorías.

La noche del 14 de junio de 1986, atrapado por la manía apasionante del diexismo, hoy tan extraña y antiquísima, tan del siglo pasado y para la mayoría de los jóvenes completamente antediluviana, escuchaba por esas casualidades del dial Radio Suiza Internacional, que transmitía desde Berna. La noticia fue contundente: Borges, el gran Jorge Luis Borges, aquél que nunca recibió el Premio Nobel aunque lo merecía mucho más que la gran mayoría de quienes lo obtuvieron, acababa de fallecer en Ginebra.

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El hecho nos marcó para siempre, pues no se hablaría de otro tema en la materia de Literatura Especial. A partir del día siguiente, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo sería, para la gran mayoría de quienes conformábamos la especialidad de Ciencias Sociales, la gran tortura o la gran pasión, según las características de cada uno de esos espíritus quinceañeros que poco o nada sabían del autor de El Aleph. Trabajos, monografías, exposiciones, investigaciones, ensayos, lecturas obligadas (y por ese motivo no tan placenteras como aquellas surgidas de la propia necesidad alimenticia de un bibliófago) dejaron en nosotros algo de Borges: en el caso del autor de estas líneas fueron su marca, sus ruinas circulares que de cuando en cuando vuelven a erigirse para envolvernos e involucrarnos en mundos oníricos de los que nunca se sabe cómo emerger, o de los que se emerge, como en La Flor de Coleridge, para siempre turbados y portando pruebas materiales traídas desde aquellos orbes, para siempre tentados a retornar y desaparecer en la mágica contundencia de su idealismo complaciente.

Por supuesto que fuimos pocos, muy pocos, quienes quedamos tan marcados por el hecho, que desde entonces jamás abandonaríamos el mundo borgiano, porque además descubriríamos luego, con el entusiasmo de quien hace un descubrimiento por sí solo aunque ya otros lo hayan hecho antes: la condición kafkiana de la literatura de Borges, y años después la condición borgiana de la literatura de Eco.

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Fue de él, cima y paradigma del escritor, de quien aprendimos que es el libro una extensión del pensamiento y la mente del ser humano. El libro, la revista, el diario, como extensiones del pensamiento, deben por ende mantener esa condición de vehículos de la palabra y las ideas humanas, deben servir de medios de difusión de aquellas ideas entre todas las culturas, pues solo así podremos avanzar en este viaje cósmico sin perder el rumbo, sin extraviarnos ni quedar sepultados bajo la avalancha incontenible de la información y las imágenes.

A treinta años de su deceso, el tigre argentino, el gaucho más universal, aún descansa en Ginebra, pero su obra y su nombre siguen más inmortales que nunca. Para mí, aunque Borges no vivió para verlo, el mundo actual está lleno de su ficción. Si alguien quiere conocer el aleph, por ejemplo, puede leer y releer ese relato borgiano, pero también puede conectarse desde una computadora o un teléfono celular a internet, y en ese mismo momento tener en un solo punto todos los puntos del mundo.

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