José Serrano González: “EL AMOR ES LO MÁS ESENCIAL DE LA VIDA”

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Conocí a José Serrano González hacia mediados de los años noventa, cuando él era ya un intelectual reconocido, catedrático de larga data, escritor riguroso, de alta calidad, aunque de pocas publicaciones, y destacado juez de lo Penal en la provincia del Azuay.

Por entonces ambos manteníamos columnas de opinión en sendos diarios de la capital morlaca, lo cual nos haría coincidir en innumerables presentaciones de libros o de exposiciones artísticas, conferencias y todo tipo de acontecimientos culturales. Nació y se fue cultivando así una amistad cada vez más afianzada por largas horas de conversación sobre los más variados temas, pero especialmente sobre libros, su más grande pasión entre las cosas producidas por los seres humanos.

Su columna de opinión en diario El Tiempo la mantuvo hasta el último de los días, literalmente, pues su último artículo, titulado “El Muro”, se publicó el viernes 05 de julio de 2013, al día siguiente de su deceso. En ese breve ensayo, consciente de la proximidad de la hora final, el doctor Serrano revela su descubrimiento de la dimensión e importancia de la palabra para la vida y para la muerte de los seres humanos: “La palabra es un don supremo que el azar evolutivo nos ha otorgado. Gracias a ella nos libramos de la estricta animalidad y podemos razonar y formular ideas. Hablar es la primera necesidad del ser humano; por eso, quien no sabe hacerlo llora o grita”, expresa con lucidez una de las más preclaras inteligencias que ha tenido el Ecuador de las últimas décadas, en un artículo que es a la vez despedida de la vida, reafirmación de una filosofía personal, y legado para las nuevas generaciones.

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Nacido en Cuenca en el año 1942, fue hijo del abogado José Luis Serrano González, y desde los cinco años de edad vivió en Azogues, debido a que su padre obtuvo el cargo de juez en esa ciudad. En Azogues estudió hasta el primer año de colegio, que lo cursó en el “Juan Bautista Vázquez”, para luego trasladarse nuevamente a Cuenca, donde el siguiente periodo lo cursará en el “Benigno Malo”. Desde entonces estuvo permanentemente ligado a Azogues y el Cañar, donde conservó grandes amistades a través de los años, tanto en el ámbito cultural como en el jurídico.

En Azogues ejerció la profesión de abogado durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura, que años después presidirá: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien Pepe Serrano afirmaba que era sabio y tímido).

Por aquellos años salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los años noventa, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a Azogues hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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La familia de José Serrano González, en el homenaje póstumo que le rindió la Casa de la Cultura, Núcleo del Cañar, del cual fue presidente.

Pese a haber tenido un sobrio y prolífico talento como escritor, publicó muy poco, la mayoría textos de opinión en páginas de diarios y revistas. Fue siempre reacio a publicar, sobre todo en Cuenca, donde afirmaba que publicar incluso en los días actuales significa permanecer inédito a nivel del país. Escribió obras de prosa, ensayo, y una novela titulada “Roca dura”, que tampoco publicó.

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Fue prologuista de una extensa lista de publicaciones, sobre las que reconocía que quizá pueda haber pecado de generoso. Pensaba que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y actual Ministro del Interior; Jorge Luis, quien ha tenido un desempeño destacado al frente del Consejo Nacional de Cine y luego como Viceministro de Cultura; Juan Antonio, comunicador social y fotógrafo independiente, asesinado en el año 2012 en un confuso incidente; y Francisco Javier, ingeniero agropecuario.

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“A través de la palabra llegamos y nos vamos de este mundo. Cuando nos acercamos al final de la existencia nos damos cuenta de la aplastante realidad e importancia de las palabras para nuestra triste especie: son la vida después de la muerte, porque lo que hayamos dicho o escrito quedará como testimonio de nuestro paso por el mundo: las palabras detrás del muro reflejan nuestro ser, nos condicionan y representan desde el más allá”, fueron las últimas frases del último de sus artículos periodísticos. Una selección de aquellos textos, algunos de los cuales, en referencia a los amargos momentos que atravesó tras la muerte de su hijo, son desgarradores, se publicó poco tiempo antes de su partida bajo el título “La Vida y las Palabras”. Un año después, a través del sello editorial de la familia Serrano Salgado, se publicó de forma póstuma una nueva antología de sus escritos o micro-ensayos, como solía llamarles en ocasiones, esta vez titulada “La Montaña y la Llanura”. Ambas publicaciones reflejan no solo lo mejor del periodismo de opinión de factura cuencana en las últimas décadas, sino toda una filosofía de vida que deberíamos leer y releer para hacernos con una guía formada por las palabras y el pensamiento del formidable ser que fue Pepe Serrano.

Hombre que vivió la vida a plenitud y con deleite, saboreó sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. El último de los dolores, el asesinato de su hijo, fue demasiado para un padre que amó tanto a su familia, y lo fue sumiendo en la depresión y minando sus fuerzas para luchar por la vida frente a la enfermedad. Hace unos años se le detectó un linfoma, enfermedad que le hizo amar todavía más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales y materiales.

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Azogues, Cuenca, el Ecuador, perdieron uno de los intelectuales de mayor valía. Quienes le conocimos y tuvimos el privilegio de contarnos entre sus amigos, sentimos ese vacío frente al sinsentido de la muerte.En lo personal, le agradezco por esa cátedra de vida que fue siempre su palabra, su conversación, sus artículos, sus bromas, su permanente sentido del humor, sus ironías y provocaciones, así como su intolerancia a la falsedad y el engaño.

Pepe Serrano estaba plenamente de acuerdo con las palabras de Dante Alighieri, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. Esa es también una de sus lecciones, la de que el amor es lo que mueve el mundo, según me confesó al entrevistarlo hace unos años: “El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones”.

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