Mañana en el Parque

Estándar

La quietud y la oscuridad van alejándose con imperceptible lentitud, en torno a lo que alguna vez fuera apenas una intención de Plaza Mayor. Poco a poco convergen al sitio uno que otro apresurado, ansiosos por ganarle la cotidiana competencia al sol; o se aleja algún trasnochado, sorprendido por el reflejo matinal, que no sabe aún si regresar a la casa de mamá o de la paciente -a veces no tanto- esposa; los vendedores de periódicos llegan más tarde, defendiéndose de las mordidas de una mañana cuencana, y los encargados de adherir el brillo solar a cientos de zapatos van emergiendo a cuestas con sus pequeños cajones o con los pesados asientos sobre los que, por breves minutos, se posará la indiferencia piadosa de los hombres de negocios y los políticos – también de negocios.

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El ruido de cientos, miles de automotores, comienza su tarea cotidiana de apoderarse de cada cuadrícula, de cada portal, de cada edificio. Los funcionarios van polémico llegando, uno tras otro, maquillados con las ojeras de una larga noche, sonrientes al contacto de chequeras obesas, derrochando asfixiantes perfumes, con la prisa del empleado habituado al retraso, o con la arrogancia del jefe que se sabe dueño del destino de sus subalternos. Por aquí transitan los propietarios de almacenes, de restaurantes, los gerentes de banco, los políticos, los empleados públicos y privados -eternamente separados por la diferencia que hacen un sueldo de miseria y otro que va abriendo el camino próximo, si no a la opulencia por lo menos a la estabilidad.

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La burocracia vuelve a rendir -sin mayores variaciones, aunque sí con dilaciones- su culto diario a la rutina, a la displicencia frente a los semejantes que le permiten subsistir. A las nueve de la mañana, siguiendo una costumbre con ansias de convertirse en ley, en los bajos de la Gobernación, los reporteros más bisoños – la mayoría – y algunos otros más bien en camino a abandonar su “madurez”, empiezan a saludar y a congregarse en torno a las últimas del día (siempre las hay, por triviales que sean) o a los rumores más frescos. Luego, cada cual decidirá si acudir a la reiteración del representante estatal o en busca de un cafecito con boletín de prensa en el despacho de la joven y guapa vocera del Cabildo.

La cofradía de decanos ocupa sus bancas habituales, y en ellas van saltando, tras cada turno de palabras masculladas, el comentario de la política nacional más los pormenores de la local, sin alcanzar a quedar atrapados por la malla de recuerdos que uno y otro han tejido durante sus largos decenios. De vez en cuando, el sabroso entremés de jóvenes mujeres hará acelerar los latidos de sus corazones cansados…

Las mujeres del campo, casi siempre indígenas; los fotógrafos del parque, cada uno ubicado en su estratégico sitio, tejiendo la telaraña en la que tal vez caiga algún transeúnte decidido a perpetuar su imagen. Los turistas “gringos”, rodeados de niños betuneros.

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Catedral de Cuenca y glorieta del Parque Calderón

Casi al final de la mañana, la “bolsa de trabajo” de San Francisco decide enviar al parque Calderón unos pocos clientes cansados de esperar el “camello” del día, igual que ayer y la semana pasada. Y, a mediodía, muchos van buscando la sombra de los guardianes vegetales, otros se camuflan a medias para almorzar, mientras un servidor oculta en su bolsillo el cincel que daría forma a este artículo.

 

Tomado de Monólogo de un Desgajado,  Rodrigo Aguilar O., Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2016

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