América del Sur en un mapa de 1489

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El derroche de ensayos, artículos, comentarios, declaraciones y entrevistas pretenciosamente esgrimidos en torno al Quinto Centenario, que hace casi un cuarto de siglo inundó sobre todo al mundo hispano, no logró superar el plano meramente político del debate histórico. Se estancó en discusiones y polémicas que intentaban, lejos de ceder posiciones, dilucidar y establecer lo que en realidad se celebraba o conmemoraba, sin aportar en mayor medida a un aspecto hasta hoy relegado que, sin embargo, no ha dejado de tener singular importancia: el análisis de los documentos geo-cartográficos de los siglos XV y XVI.

En medio del luto de unos y la euforia de otros, hubo alguien que perseveró indagando aquí y allá, en archivos y periódicos de distintos países: Gustavo Vargas Martínez (1934-2006), prestigioso catedrático colombiano de la Escuela Nacional de Antropología e Historia ENAH de México, de la UNAM, de la UIS de Bucaramanga (Colombia) y del Instituto de Idiomas de Beijing.

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Gustavo Vargas fue uno de los ponentes que mayor interés y controversia generaron durante el VIII Encuentro sobre Realidad Económica y Social del Ecuador y América Latina, celebrado en noviembre de 1996 en Cuenca. Defensor a ultranza de la integración latinoamericana, provocó más de una voz disonante al anteponer la integración de los países latinoamericanos mediante el fortalecimiento de sus distintas identidades nacionales, precisamente al actual proceso de globalización que vive la humanidad.

Recuerdo su búsqueda difícil, un tanto discreta y aparentemente extraña, de un devaluado e insignificante billete de cien sucres, de esos que en los buses recibiamos por entonces con algo de escrúpulos, que le permitiera coleccionar el rostro del Libertador. Y es que nuestro investigador era también un seguidor incansable de las ideas bolivarianas. De ahí su posición respecto de la identidad latinoamericana: “Hay que inspirarnos en la vieja idea de Bolívar”.

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A comienzos de los años ochenta, Vargas se hallaba en China preparando un libro sobre Fusang, oriental país del que hablan los chinos, que había sido visitado en el siglo V de nuestra era por monjes budistas, al mando de Hui Shen. La idea expuesta en realidad no es nueva, pues como el propio investigador afirma, “ya estaba imbuido de las ideas de Henri Vignaud, Adolf Nordenskiold, Cortesao y de Juan Manzano y Manzano…” Sí lo es, en cambio, el proyecto de escribir un libro que pudiese corroborar con argumentos tales ideas. “América en un mapa de 1489” es el resultado de tal empresa: “En este libro se estudia el problema de la identificación del llamado Sinus Magnus o Megas Kolpos con el Océano Pacífico. Con ese propósito se estudian las antiguas fuentes cartográficas donde por su ubicación al oriente de Asia, sus litorales, su orografía e hidrografía, se concluye que el Sinus Magnus u Océano Pacífico ya estaba representado en las obras tanto de Marino de Tiro y Ptolomeo como de Martellus  Walseemuller, esto es, en la cartografía anterior a Colón. Por tanto, la “cuarta península asiática” advertida por el conocido geógrafo Amagiá, es, en realidad, América del Sur, con el anterior nombre de India Oriental o península Cattigara, entre otros”.

La importancia de la obra, como afirmaba el escritor Germán Arciniegas, radicaba en que si se demuestra que ya para el año 1489 se conocía “el Amazonas, el Orinoco, el Plata, la costa de Chile, prueba escrita del conocimiento que se tenía en Asia del continente americano antes de que los europeos lo reconocieran”, todo lo dicho hasta el día de hoy en torno a la historia de este continente tendría que ser replanteado, objeto de nuevos estudios e interpretaciones. Sería como volver a escribir la historia, a semejanza de lo que ocurrió en Rusia y los países que conformaban la URSS en los últimos años del siglo XX.

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Vargas era tajante a la hora de advertirnos y aun reconvenirnos en la reconsideración de los aportes europeo y asiático en América: “Tradicionalmente acostumbrados a considerar el descubrimiento de América sólo como una exploración náutica desde Europa, se ha descuidado el conocimiento de lo explorado y recorrido por los pueblos orientales en nuestra América, desde Asia, con quienes nos unen valores permanentes de tipo étnico, cultural y lingüístico que los introducidos por la cultura occidental en 500 años.”

El cartógrafo comparaba la hidrografía y orografía de América del Sur con las que constan en el mapa, lo que le llevó a descubrir que la mayoría de los accidentes de éste no corresponden en modo alguno a China, sino más bien a los sudamericanos. Por otro lado, “en 1980 Dick Edgar Ibarra Grasso sostuvo que el Sinus Magnus ptolemaico era en realidad el océano Pacífico, y que por lo tanto la costa oriental donde se asentaba Cattigara era la costa peruana, y que Ambastos (presente en el martellus) correspondía a la provincia de Esmeraldas.”

 Monólogo de un Desgajado, Rodrigo Aguilar Orejuela, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2016

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