Escarabajos en la calle Sucre

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Los Escarabajos de Liverpool nunca estuvieron en Cuenca de los Andes. En la época en que sus acordes y melenas conmocionaban hasta la histeria a los jóvenes de gran parte del mundo occidental, la capital azuaya era aún una pequeña urbe perdida en la cordillera andina, repleta de iglesias y calles con nombres de curas por todas partes, y temerosa de que el fantasma que según Marx recorría el mundo desde 1848, apareciera para destruir el cosmos de tradición y marianismo, de enclaustramiento e intolerancia que muchas veces caracterizó el ambiente social reinante.

Tampoco dieron concierto alguno al sur del Río Grande. Que se sepa, España fue el único lugar de habla hispana en el que Los Beatles se presentaron (no cuenta Manila, la capital filipina, porque en ese país el español hace mucho que dejó de hablarse), en Madrid y Barcelona, cuando Franco era la única y la última palabra, y los jóvenes ni siquiera podían usar melena porque corrían el peligro de que algún ciudadano de bien, rezago de la era intolerante en que la Iglesia Católica y la Inquisición regían y atormentaban las vidas de los seres humanos con el pretexto de la fe, los detuviera en la calle para conminarlos, con la aprobación de los transeúntes, a cortarse el cabello.

Pero estuvieron siempre en Cuenca. Por ejemplo, de la mano de personajes como Claudio Malo o Rubén Astudillo, por entonces jóvenes promesas de la investigación, el periodismo y la creación literaria, los cuatro escarabajos comenzaron a pasearse por las calles morlacas llamando la atención de cuanto hijo de vecino se sintiera amenazado por semejante presencia.

Dos parecen haber sido las formas en que se conoció la música de los Escarbajos en Cuenca, de acuerdo con testimonios de personajes que por entonces eran adolescentes a la vez que testigos privilegiados de aquello: René Cardoso, cuyo padre era propietario de un almacén de música, que fue quien por obra y gracia de sus contactos con casas disqueras extranjeras, cometió el acto de magia de hacer aparecer en la capital morlaca el primer disco de Los Beatles, en el año 1965. El escritor Ernesto Arias, con unos pocos años más que Cardoso, corrobora esa remembranza, aunque nadie ha logrado ponerse de acuerdo en torno a de cuál de los discos del cuarteto se trataba. Para entonces pudieron haber sido Help! o cualquiera de los álbumes anteriores como A Hard Day´s Night, Beatles for Sale, Please Please Me, o With the Beatles. Existe, desde luego, la remota posibilidad de que el disco en mención fuese Rubber Soul, que se publicó a comienzos de diciembre de ese año, pero más de media centuria después de aquel acontecimiento, por entonces no percibido como tal, no resulta fácil para sus privilegiados testigos evocarlo con detalle y precisión.

La otra forma puede haber tenido visos de masiva, pues al parecer fue un grupo colombiano de rock, llamado The Speakers, todo un capítulo en la historia del género en el país norteño, el que con sus covers, traducciones y adaptaciones de los temas de Los Beatles y Los Rolling Stones, permitieron a miles, quizá millones, de jóvenes sudamericanos, conocer la música del milagroso boom británico que como un huracán sopló sin misericordia sobre medio planeta y a lo largo de la década de los sesenta del siglo XX.

El pintor que testimonió para la posteridad la caminata en fila india de los cuatro melenudos, en pos de una chola cuencana, era en realidad muy niño cuando se dio aquel acontecimiento, pero se cree que muchos años después a su taller concurrieron serios testigos, llenos de canas ya, que relataron paso a paso aquella visita inesperada e inusitada a la tierra morlaca, jamás recogida sin embargo por ninguno de los biógrafos e historiadores del fenómeno beatle.

Nuestra generación, la de los hijos de los hippies, que desde su aparición en este planeta viene adoleciendo del mal de la envidia generacional, vivía su época pero también  padecía cierto grado de nostalgia: Los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiarse con el fin de ilustrar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón; la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos, llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, en la esquina del parque, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cincuenta años a que alguien lo saque de Abbey Road o de la calle Mariscal Sucre.

Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento, beatlemaniaco él mismo, incapaz de resistirse a la tentación de aparecer también como inmortalizado testigo en la imagen con que representó  la hipotética y utópica visita, aunque segundos más tarde tendría que forzosamente caer, boquiabierto e hipnotizado, y cargando también un enorme racimo de bananos, a la destapada alcantarilla que jamás habría podido ver. Como él, como Julio, cientos, miles de cuencanos han aprendido inglés o se han visto influenciados, marcados por la música beatle, por la contundencia de sus acordes y letras, por la magia de sus mil canciones, por la leyenda, el fenómeno y el mito más grande del siglo XX. Ante su música nadie puede quedar indiferente: o gusta y fascina o simplemente se aborrece. Si hasta los metaleros gustan de ella, aunque en público prefieran repudiarla porque para ellos no hay otra opción en medio de su radicalidad marginal, hoy también con visos de clásica.

De Lennon a Cobain

La fascinación masiva que Los Beatles han ejercido en Cuenca se demostró hace unos años, creo que fue en 2004, cuando bajo la iniciativa de beatlemaniacos como el «flaco» Edgardo Neira se emprendió el ya también legendario Tributo al conjunto británico, bajo el nombre de Get Back y con la famosa foto del último de sus álbumes impresa al revés, como una forma de iniciar el regreso (hoy sabemos que la sesión de fotografía de aquel dia en Abbey Road, incluía capturas del grupo caminando en sentido contrario a la ya legendaria imagen de portada).

Decenas de músicos subieron al escenario del teatro universitario Carlos Cueva Tamariz, y ante cientos de espectadores que rebosaban el lugar interpretaron los más bellos temas de Lennon-McCartney y de Harrison. Poco tiempo atrás, en el año 2000, se habían llevado a cabo actos especiales para evocar la memoria de John Lennon, al conmemorarse el vigésimo aniversario de su asesinato a manos de un desquiciado que aún purga cadena perpetua, cometido el 8 de diciembre de 1980 frente al portal de la casa Dakota, en Nueva York.

Alejado por voluntad propia de los estudios de grabación y los escenarios, más de diez años después de la separación del mítico conjunto, Lennon sorprendió al mundo ese año con el lanzamiento del formidable Double Fantasy, disco cuya portada en blanco y negro mostraba al líder inglés besando al amor de su vida, la japonesa Yoko Ono. Pocas semanas después, los millones de fanáticos desperdigados por el planeta se enteraron conmocionados de la noticia. Nadie lopodía creer. El abanderado de la paz, el luchador por los derechos humanos, el pacifista, había muerto absurdamente a manos de un psicópata ensimismado en su propio cretinismo.

La década recién empezada pudo haber sido el lapso en el que Lennon aportaría con su genialidad recién vuelta a despertar del letargo de los últimos años. Muy probable hubiese sido verlo apoyando causas como Live Africa,cantando quizá We are the world, we are the children (probablemente no, pues para la grabación de este disco  vídeo, si no me falla la memoria, en el año 1984, solo participaron intérpretes gringos, porque se trataba de USA for Africa), o colaborando después con líderes de las nuevas generaciones, como el mismísimo Kurt Cobain. Muchos creen que poco o nada en común puede hallarse entre esos dos iconos del pop mundial. Poco es, al parecer, lo que puede identificar la creatividad musical de Lennon durante y después de Los Beatles, con la del también desaparecido vocalista del hoy ya legendario grupo de rock grunge Nirvana. Pocos son los que reparan, en cambio, en la admiración que éste sentía por Lennon, o en el hecho de que In my life, ese himno existencialista presente en Rubber Soul, el primero de los discos de Los Beatles compuesto y grabado bajo el aroma dulzón del humo del cannabis que pocos meses atrás el también legendario Bob Dylan les había enseñado a fumar, fuera uno de sus temas favoritos: «Existen lugares que recordaré durante toda mi vida, aunque algunos hayan cambiado ya; unos por siempre, para bien o para mal, algunos han desaparecido y otros quedan aún».

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 Esa fascinación innegable por Lennon y Los Beatles que persiste en tantos cuencanos deberá alguna vez canalizarse en un homenaje más perenne. En La Habana se lo hizo en el año 2000, al inaugurar el propio Fidel, acompañado por Silvio Rodríguez, el monumento en el que aparece Lennon sentado en una banca. Fidel Castro logró comprender, treinta años después de la separación dolorosa del cuarteto inglés, la magnitud de su contribución socio-musical a la humanidad. Y lo destacable es que lo comprendió después de que Los Beatles estuvieron proscritos de las emisoras oficiales por lo menos hasta los ochentas, prohibidos por la Revolución debido al hecho de que sus temas estaban grabados en inglés, el idioma del enemigo ideológico y político situado a ciento cincuenta kilómetros de la capital cubana. Hace un tiempo se supo, además, que el Papa alemán había perdonado a Lennon por sus declaraciones de medio siglo atrás en contra del cristianismo.

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“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

Carlos Pérez Agusti: el cuencano que nació en Madrid

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Con su juventud a cuestas, en octubre del año 1966 llega a Cuenca de los Andes, procedente de la capital española, atraído por unos cuantos libros que había leído de la literatura ecuatoriana, y cargando ciertas ideas de lo que sería vivir en un país llamado Ecuador. Por entones funcionaba en España una organización llamada CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que proporcionaba profesionales europeos a América Latina: “Mi ilusión era conocer América Latina y estudiar su literatura, su arte, su cine. Yo estaba dispuesto a viajar al primer país que necesitara un profesor de literatura para las universidades”, dice Carlos Pérez Agustí, madrileño radicado en Cuenca por media centuria, y nacionalizado ecuatoriano desde hace una veintena de años.

CONTRATO INDEFINIDO

La propuesta laboral le había sido enviada desde la Universidad de Cuenca. En aquel tiempo el Decano de la Facultad de Filosofía era el Dr. Alejandro Serrano Aguilar, quien lo contrató por el lapso de un año. Al cabo de ese plazo, ya adaptado a la ciudad y habiendo dejado satisfechas a las autoridades universitarias cuencanas, firma por tres años más, que se convirtieron en un contrato indefinido.

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Carlos Pérez es más que alguien que llegó al país y al cabo del tiempo decidió quedarse: “Yo he considerado siempre al Ecuador y a América Latina como una prolongación de España. He encontrado muchas cosas en Cuenca y mi estadía a lo largo de 50 años ha sido muy satisfactoria”, afirma convencido.

AQUELLOS ESTUDIANTES

Quienes nos formamos en el Ecuador de los años setenta y ochenta, sobre todo en instituciones de carácter fisco-misional y religioso, recordamos el nombre de Carlos Pérez Agusti, no solo relacionado con ámbitos como el cine cuencano, del que es uno de sus pioneros, sino también con las primeras lecturas que tuvimos, a través de los libros de la editorial Don Bosco y la Librería Nacional Salesiana LNS, que era precisamente recopilados y editados por este personaje. Es decir, varias generaciones de ecuatorianos, miles y miles de personas, se educaron leyendo los textos de gente como Felipe Aguilar y Carlos Pérez.

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Entre la enseñanza literaria y las cátedras de cine, incluida la actividad del Taller de Cine de la Facultad de Filosofía, tuvo la oportunidad de haber compartido aventuras fílmicas con sus alumnos y colegas, es decir, sus antiguos estudiantes, a muchos de los cuales califica de gente extraordinaria: “Cuando yo llegué tuve de alumno a Mario Jaramillo; casi todos mis colegas de la Escuela de Lengua y Literatura: María Eugenia Moscoso, Alejandro Mendoza, Jorge Villavicencio, Felipe Aguilar, Jorge Dávila”, además del hoy legendario periodista y catedrático Edmundo Maldonado, y la poeta y actriz cuencana Catalina Sojos.

PIONERO DEL CINE CUENCANO

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Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega, junto con Edmndo Maldonado, Rubén Villavicencio, Pepe Neira y Jorge Dávila.

“Arcilla Indócil”, del escritor cuencano Arturo Montesinos, así como “La Última Erranza”, del guayaquileño Joaquín Gallegos Lara, se recuerdan como dos de los más célebres títulos que Pérez adaptó y llevó al cine, al incipiente cine cuencano del que puede decirse es pionero, y que tiempo después se intentó continuar con trabajos como “Mea Culpa”, de Patricio Montaleza, hacia finales de los años noventa, sin que luego de aquello pueda hablarse de un cine cuencano como se viene haciendo en otras urbes del país. El efímero festival de cine La Orquídea, a través de sus organizadores tuvo a bien rendirle un homenaje público, como reconocimiento a esa labor pionera en la producción fílmica de corte morlaco.

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Hoy, jubilado ya, este cuencano de origen español departe de forma habitual con sus amigos y familiares, y se le ve participando en citas literarias y presentaciones de nuevas obras, como si no hubiese transcurrido ese medio siglo de intensa y fecunda labor cultural, educativa e intelectual en su amada Cuenca, no la europea sino la de los Andes.

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“Económicamente quien quiera hacer dinero de la cultura elige el peor camino”, dice al preguntarle sobre las ganancias que pudiera haber logrado. No obstante, esas ganancias se han dado en otros órdenes, permitiéndole realizarse, como él mismo afirma, y proporcionándole gratificaciones: “Considero una obligación revertir y retribuir, a los que venimos, con lo que tengamos al alcance”. En otras palabras, el saber que ha hecho algo en Cuenca y el Ecuador ha sido una de sus mayores satisfacciones.

 

1999-2016

Aquellas Cosas Antiguas: memoria, realidad y nuevos tiempos en Cuenca de los Andes

Estándar

Por alguna razón la conversación que mantenía hace poco con una amiga a la que le llevo alrededor de quince años de diferencia, derivó en la división bipolar que rigió hasta 1989, cuando Berlín y el mundo fueron testigos de la destrucción del símbolo de esa bifurcación. Usted me está hablando de aquellas cosas antiguas, me dijo con desparpajo absoluto y desafiante pero sin atreverse a tutearme. En ese momento me percaté de que tenía 38 años; que mis referentes no eran los mismos que los de esta chiquilla a la que le importaba un bledo quiénes eran y qué hicieron Reagan y Gorbachov, el Che Guevara, Fidel, Víctor Jara, Mercedes Sosa, el Partido Comunista, la onda corta o ese fenómeno sociológico comercial al que coincidimos en llamar rock latino.

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Vista en retrospectiva, modificada por el olvido que van dejando los años, aquella parece una época de inocencia, de ensueño inclusive. Íbamos al colegio, no teníamos celulares, no imaginábamos internet, los discos que escuchábamos aún eran de polivinilo, aunque en Holanda ya se había inventado el disco compacto. Nuestros bordes musicales iban desde los clásicos hasta Michael Jackson, Kiss, ACDC, Men at Work, Journey, Foreigner o Madonna; el grito lastimero de Franco de Vita cantando Un buen perdedor en un pequeño disco de 45 revoluciones por minuto, y con el brazo de la aguja abierto para volver a escucharla una y otra vez; las delicias intelectuales del rock latino, con Soda Stereo a la cabeza, más tarde reforzado por obras maestras como El Nervio del Volcán, de los mexicanos Caifanes; o ese mundo de romántico idealismo de izquierda musicalizado por Silvio, Pablo, Vicente, Piero, Pueblo Nuevo, Mercedes, que hasta la primera mitad de los noventa podíamos oír a través de las ondas de la extinta radio Bolívar.

Escarabajos en la calle Sucre

Estábamos habituados a ser parte de una generación caracterizada por la envidia. Sí, envidia generacional. La caracterización hecha de la generación X nos dejaba mal parados, casi clasificándonos y confundiéndonos con los yuppies. Olvidábamos, empero, que el encasillamiento aquel no incluía las particularidades culturales de nuestros países. Si cronológicamente equivalíamos a esa generación, desde la óptica cultural los elementos y factores comunes no encontraban asidero porque no existían. Había desfases cronológicos derivados del desarrollo de las sociedades del primer mundo y las nuestras, y por ello también de la lenta incorporación a la globalización que comenzó a gestarse décadas atrás.

Los cambios culturales operados en el mundo se siguieron en nuestros países como una moda, aplicados a las realidades locales. En el Ecuador, la moda de los sesentas exigía estar a tono con el twist, el rock, los Beatles [la primera gran expresión popular mediática de la globalización], el pelo largo, quizá algo de marihuana entre los más audaces y atrevidos. Pero no eran la mayoría. No había una aceptación masiva del género y todo lo que éste implicaba. Eran los estratos de clase media alta los que optaban por la oferta en mención, sobre todo aquella del rock cantado en inglés. El que se hacía en español, en cambio, solía estar definido por su carácter comercial y por un nivel cualitativo menor al que producían conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones, los Who o el mismo Carlos Santana. Eran Sandro, Alberto Vázquez, Los Iracundos [los primeros Beatles sudamericanos, mucho antes de que Soda Stereo tuviera en los ochentas condiciones de fenómeno musical], Enrique Guzmán, o un montón de llorones más, quienes hacían de puente entre la música aquella como ritmo de moda y el idioma en el que en su país de origen, y en el mundo entero, se cantaba. En Cuenca de los Andes, los Beatles y los Rolling Stones no llegarían de forma directa, sino a través de covers y adaptaciones de una banda colombiana, Los Speakers, que hizo historia en Sudamérica, precisamente por haber acercado a los jóvenes al pop británico.

El ecuatoriano promedio, en cambio, aunque no era indiferente al rock seguía siendo pasillero. Se identificaba con el pasillo, y al mismo tiempo prefería el bolero y los ritmos que junto a él llegaban desde países como Cuba y México, que luego confluirían en ese fenómeno comercial socio-cultural llamado salsa. Los hijos de esa generación, aquellos que en el mundo se han conocido como miembros de la generación X, desde la aparición del libro de Douglas Coupland, compartíamos algunos signos distintivos con la anterior, con la nuestra y aun con los miembros más jóvenes de ella, los nacidos hacia 1980. Pocos resultamos impactados por la visión que tenían Da, Andy y Claire en la obra del canadiense. No era nuestro mundo aunque había rasgos en común. La diferencia fundamental estribaba aún en el grado de consumismo. Factores como la televisión, internet, la emigración, terminarían por proporcionar el peso necesario para ir inclinando la balanza.

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Habituados a sentirnos los hijos de aquella gente, de la que fumaba hierba, oía rock, usaba ropas extravagantes y coloridas, y practicaba y pregonaba el amor libre y otras utopías como la paz, o simplemente pasilleros y boleristas, soneros y cumbiancheros como nuestros padres ecuatorianos, parece que padecimos el fenómeno ese de la envidia generacional. Envidiamos haber nacido y crecido en los sesentas, porque al parecer fue una era ideal, idílica. La nuestra, en cambio, estaba llena del desencanto que quedó de los setentas, y el desastre que fue perfilándose y consumándose en los ochentas, hasta desembocar en la caída del Muro de Berlín como símbolo del fin de una era. Nuestra generación vivía su época pero también padecía cierto grado de nostalgia: los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón, la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, casi en la esquina de la calle Benigno Malo, como mirando hacia el Salón del Pueblo, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cuarenta años a que alguien lo saque del Camino de la Abadía o de la calle Mariscal Sucre. Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento.

 Desde la izquierda radical

Muchos militamos en la izquierda radical, que pecaba de teórica en el caso de los cabezones, alineados con los dictámenes del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). Otros prefirieron seguir a China, y luego a Albania, a Cuba, a Corea del Norte. Crear una célula comunista, lo recuerdo bien, era todo un reto cuando estudiabas en un colegio católico; cuando durante la misa y en medio del cuaderno de religión lo que en verdad se leía era el manual de Politzer o una de esas copias amarillentas del Manifiesto del Partido Comunista de Marx, que publicaba la editorial Claridad en Rusia. Unos se convirtieron en médicos y artistas, profesores y agentes de viaje, políticos o ecologistas, abogados o amas de casa tradicionales. Conocí a un ex miembro de Alfaro Vive Carajo, que ostentaba los horrores de los años ochenta con una cicatriz enorme, una oquedad siniestra que era imposible dejar de ver mientras charlabas con él.

La ciudad estuvo siempre llena de iglesias y calles con nombres de curas, pero en esas mismas arterias crecieron y lucharon también hombres de izquierda repudiados por las beatas, o por psicópatas aprendices de sodomitas que entre pretenciosos y estériles latinajos, se convirtieron luego en delincuentes contumaces, y hoy como entonces siguen apolillando a la sociedad.

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Cuenca, que sobre todo desde comienzos del siglo XX se vanaglorió con creciente orgullo de su autosuficiencia y de la evidencia numérica de algunos de sus mitos, pero en especial aquel de Atenas del Ecuador, tuvo también sus héroes rebeldes, iconoclastas y críticos, aun siendo algunos de ellos conservadores. Generaciones diferentes se encontraron en los sesentas, en la ebullición febril que salpicó también, de alguna manera, a la ciudad conventual, dominada por el clero y el qué dirán. G.h. Mata se enemistaba a muerte, vía insultos no solo memorables sino también desmedidos, desbordados, con el poeta Rubén Astudillo, cuencano pero en aquel tiempo visto como un fuereño, procedente de un pueblo distante que no era sino una parroquia rural más de Cuenca: El Valle. Enrique Malo prometía en la pintura, Efraín Jara era ya hace rato un poeta consagrado, Paco Estrella comenzaba a ser leyenda; Hugo Ordóñez, Estuardo Cisneros convergían en torno a la contundencia de La Escoba, la segunda, quizá la más terrible y deliciosa publicación que de su tipo se haya dado en la tierra morlaca.

 Remezón en la Cuenca mariana

Los hijos de clase media y alta que podían permitirse viajar al extranjero, eran quienes estaban al tanto de lo que sucedía en el mundo a nivel de las expresiones artísticas. Por eso eran ellos quienes más comulgaban con los postulados internacionales de los jóvenes de esa generación. Pero constituían una minoría, por lo menos en Cuenca, en el Ecuador, vanguardista quizá, pero minoría al fin, como la que décadas atrás, en los comienzos del siglo XX, había sacudido las así consideradas buenas conciencias de la sociedad cuencana.

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En su mayoría estudiantes de Derecho, porque todo hijo de familia tenía como opciones eso o la Medicina. Y como todo estudiante de leyes, se sentían atraídos por la intelectualidad, por la literatura, la pintura, la música, las artes en sí, y particularmente la fotografía. Bebedores, morfinómanos, protagonistas de reyertas y al mismo tiempo lúcidos importadores y creadores de otras formas de ser y hacer. En el centro de esa suerte de movimiento generacional, una figura especial, imbuida de la visión cultural de avanzada de la que había sido testigo en Europa, cuando acompañó a su padre para la defensa del Ecuador ante el Rey de España: Emmanuel Honorato Vázquez.

Hoy, en otro siglo y en otro milenio, para el cuencano común el nombre de Emmanuel Honorato no representa nada; Juan de Tarfe, uno de sus pseudónimos, tampoco. A lo mucho se evocará el nombre de su padre, porque es el de una calle en la que se liba tanto como lo hacía la jorga del hijo, y donde las nuevas generaciones no solo cuencanas sino ecuatorianas y de los más distantes puntos del planeta festejan el intercambio cultural y genético de la globalización con entusiasmo digno de la Roma imperial y decadente, cual si en ella estuviésemos viviendo, como parecen creer algunos psicópatas pseudo-intelectuales que reptan por los vericuetos atropellados de la web aquejados de verborrea latinoide, a estas alturas.

Tampoco se dirá, porque se desconoce o porque se prefiere callar, que el monumento a la memoria del progenitor, taita Vázquez, amaneció un día luciendo un enorme falo erecto, con el que permaneció por horas en la avenida Solano, para regocijo de unos y escándalo de otros, y la total indiferencia de los medios de prensa ante las travesuras de algún beodo o de algún adolescente majadero. Pero esa es otra historia. También Bolívar, mirando con testaruda persistencia hacia la Gran Colombia, suele amanecer portando en sus manos algunas de las prendas íntimas que, dicen, gustaba quitar a cada una de las damas que frecuentaba y con quienes se deleitaba por los caminos de nuestra América.

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En el orbe intelectual morlaco, en el mundo de la cultura Emmanuel Honorato Vázquez es como un héroe latente, persistente, fascinante, que con lentitud comienza a despertar no solo simpatías sino verdaderas pasiones, investigaciones, descubrimientos y redescubrimientos, libros, tesis, artículos. El tabú de su muerte, en cambio, persiste aún entre sus descendientes, mientras quienes se refieren a ese hecho en la ciudad continúan especulando, tal como se lo hacía y se lo viene haciendo desde hace 84 años en Cuenca de los Andes.

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La sociedad cuencana le debe un reconocimiento póstumo público, que implique la difusión de su vida y de su obra fotográfica, que es un legado de Cuenca, otro de los motivos por los que la urbe lleva más de una década ostentando el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado a su Centro Histórico. He ahí, una de las muchas tareas que pueden emprender instituciones culturales sólidas e insertas en el mundo globalizado como la Bienal.

 Un alto para la reflexión

El siglo y el milenio, por lo menos para nuestra concepción occidental, se acabaron, pasaron los años y nos sorprendimos casados, divorciados, enviudados, solteros empedernidos o resignados, barrigones, adaptados a la sociedad a la que criticábamos y queríamos cambiar en los ochentas, cuando aún éramos ingenuos, y hasta criando descendientes. El fondo musical de nuestra película fue variando: se sumaron Nirvana, Green Day, Molotov, los mismos Beatles regresaron con su antología y hasta resucitaron a Lennon. Aparecieron otros nombres en la música no comercial: Alejandro Filio, Diego Sojo, Frank Delgado, Francisco Barrios. Muchos fueron quedando en el camino, aferrados a sus ideales, que también eran nuestros, o sorprendidos por una bala perdida cuando curioseaban cerca de una protesta estudiantil. Otros quedaron atrapados con deleite en las satisfacciones materiales del mercado, de los dólares que acabaron con los sucres, y relegaron al olvido ideales e ideología.

Pasados de los treinta, rumbo a los cuarenta o ya entrados en ellos, los miembros de nuestra generación comenzamos a hacer un alto para resumir un poco; detenernos para meditar y reflexionar, evaluar, sopesar, enrumbar, levantarse, continuar. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas, de nuestros sueños y anhelos? Acabamos de llegar, por si nadie se dio cuenta, al poder. Ahora estamos en Carondelet. Rafael Correa, nos sintamos representados o no, es casi un miembro de nuestra generación, aunque a veces más parezca un yuppie si nos remitimos a clasificaciones como la de Coupland.

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Crecimos con la Bienal de Cuenca, creada a mediados de los ochentas. Esa década extraña en la que con timidez intentábamos ocupar nuestro lugar en la sociedad; esa década que vio circular por las calles los pequeños camiones azules de la Policía represora, que vio llegar al Papa a la Catedral; que vio asesinar a sus hijos acusados de terrorismo, o a centenares de morlacos sacar sus pertenencias mínimas a la calle para esperar por un terremoto anunciado…

Pasamos a los noventas algo desubicados, sin piso y con la sensación de haber llegado últimos a la historia. ¿Qué pasó con la utopía? Se desmoronó. Simplemente. En el camino también se fueron quedando muchas otras ilusiones y pasiones. La música de fondo fue variando, mas, lo realmente bueno persistió: Bob Marley sigue cantando, como si no hubiera muerto el 11 de mayo de 1981, a los 36 años; los Beatles cantan cada vez con mayor fuerza y creatividad, y sus fanáticos se cuentan por millones, con edades que van desde los 3 años hasta los 90. En medio de ese impulso creador de los ochentas, cuyo punto de partida más firme y fuerte fue la Bienal, se fueron formando y evolucionando artistas como Pablo Cardoso, Tomás Ochoa, Julio Mosquera, Hernán Illescas, Patricio Palomeque, Julio Alvarez, Josefina Flándoli, Patricio Ucho, Miguel Illescas, Marcelo Güiracocha, Pablo Moscoso, Francisco Delgado, Adrián Washco, Kattya Cazar, Juana Córdova, Juan Pablo Ordóñez, Ariel Dawi, Shamil Baibulatov. Es decir, creadores a los que se ha considerado de post-vanguardia tanto como los novísimos de la plástica y el arte de factura morlaca.

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La Bienal de Cuenca ha comprendido el papel que le corresponde en la sociedad no solo cuencana sino ecuatoriana. Porque es la Bienal del Ecuador, y por esa misma razón no han faltado entidades, es decir individuos, que han pretendido hacerse con ella y trasladarla, secuestrarla, arrancarla de la capital azuaya para implantarla en Quito o Guayaquil, donde los recursos no resultan escatimados porque son los centros de este país bipolar y bicéfalo, el político y el económico. ¿El cultural? Es una falacia. Como solía decir Enrique Malo, dos veces presidente de la Bienal, no es mayor motivo de vanagloria aquella proclama de ser la tercera ciudad del país más diminuto de la región. Somos y hacemos simplemente Cuenca. Cuenca de los Andes. No nos hace falta en absoluto el mito aquel de la Atenas, enseñado en las escuelas generación tras generación sin mayor reflexión ni indagación. A Santa Fe de Bogotá se la llamó también, alguna vez, la Atenas de Sudamérica. De los tantos nombres que contribuyeron a erigir ese espectro persistente, pocos dieron obra para la posteridad. Serán, por el contrario, sus más iconoclastas y críticos quienes se perennicen en el legado cultural morlaco: César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Rubén Astudillo y Astudillo. El mismo Efraín, dicen, sería quien, claro, lúcido, ácido y reflexivo, acuñaría esa otra frase lapidaria, admirada y repudiada por muchos: No somos Atenas sino apenas del Ecuador.

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La Bienal es una de las entidades llamadas a contribuir a que Cuenca, hoy cosmopolita y cada vez menos mariana, se inserte con firmeza en el mundo como lo que es, con su grandeza y sus limitaciones. La reflexión no se circunscribe al ámbito artístico sino a la globalidad de la sociedad: la realidad de lo que acontece, las limitaciones materiales y culturales, el juego del poder político y económico; las posturas retrógradas y recalcitrantes, hipócritas; la manipulación de la prensa por parte de sus propietarios, en función de intereses materiales; la incineración de todo el tiraje del suplemento dominical de un popular diario local, por contener fotografías de Tina Modotti desnuda, en una era en la que el problema central hace rato dejó de ser ético y pasó al terreno de lo estético; la pululación de pseudo escritores y críticos, de pseudo artistas, de falsos profetas; la influencia del reggaetón y su variante más tóxica, el perreo, en niños y adolescentes; de internet, del black metal, del bombardeo visual mundial en las nuevas generaciones; el exceso de vehículos y la contaminación; el auge de la delincuencia; las nuevas corrientes migratorias, etc.

Para su décima edición, escrita con X, como la generación a la que al menos en teoría pertenecemos, se convocó a la reflexión y la evocación. Tiempo para reflexionar, para resumir. Diez ediciones, tres décadas diferentes de la historia cuencana atravesadas por el hecho Bienal. Se ha logrado bastante, pero no lo suficiente. Aún se le debe al público, al mayoritario, un acercamiento real, una invitación a participar y apropiarse. Pero ese público no puede apropiarse, empoderarse como dicen los corifeos de las ONGs, si primero no ha comprendido lo que está viendo.

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Aquellas cosas antiguas no deben borrarse, no pueden olvidarse. Hay que registrarlas, guardarlas y desempolvarlas cuando amerite, escribirlas contra el olvido, para no perder el norte en esta realidad del nuevo milenio, que nos conduce hacia la Bienal del mañana, hacia la Cuenca de los Andes del futuro. Mientras todo eso se plantea, ocurre y cae por su propio peso, como dice el lugar común, las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos menores y de nuestros hijos, vienen pugnando por su sitio con una fuerza inusitada, aunque con una indiferencia rebelde y cuestionadora, pero sobre todo saludable.

BIENALARTE, Revista Informativa de la Bienal de Cuenca, Año 3, No. 6, Marzo de 2009, pgs. 30-37