“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

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