Héctor Lavoe: el Cantante de los Cantantes

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En 1946 nacía en la ciudad sureña de Ponce, en Puerto Rico, el pequeño Héctor Pérez Martínez, él solo todo un capítulo en la historia de la música latinoamericana del siglo XX. En la adolescencia desarrolló una prodigiosa voz con la que se lucía en reuniones de amigos, hasta que decide formar un pequeño grupo de diez músicos, con el que llegó a ganar, según cuentan, hasta 18 dólares por noche. Pero el joven Héctor sintió el impulso indomable de hacer algo con su vida y decide partir a Nueva York, sin el apoyo de su padre: uno de los hermanos, que había hecho lo mismo antes que él, terminó adicto a las drogas y asesinado.

Cuenta la casi mítica historia que no llevaba ni dos semanas en la capital del mundo cuando fue invitado al ensayo de un grupo en formación, al que sorprendió con la fuerza y la claridad de su voz. Se une a ellos y luego a varias agrupaciones más, hasta el momento decisivo en que lo encuentra Johnny Pacheco, el músico dominicano que se convertirá también en leyenda e influirá en tantos otros. A través de él conoce a Willie Colón, y ambos forman una de las parejas musicales más importantes de la Salsa. El cantante de los cantantes, como pronto se lo llamaría, comienza a utilizar el nombre de Héctor Lavoe (apócope de la voz), con el que escribiría algunos de los más grandes episodios de este género musical.

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El éxito lo marearía a tal punto que, siete años más tarde, Willie Colón decide desintegrar la banda, por los problemas de drogas y vida desordenada de Lavoe. Aparecía en las presentaciones retrasado, sobre-estimulado, y a veces ni siquiera llegaba, pese a lo cual su público continuaba adorándolo. “El Rey de la Puntualidad” inmortalizaría, con humor e ironía, estas situaciones.

Cada nuevo disco suyo se convertía en rotundo éxito, y memorables son sus presentaciones, algunas de ellas verdaderamente apoteósicas y multitudinarias, como cuando en 1986 logró reunir, en el estadio de Lima, a más de cien mil personas.

Su vida estuvo signada siempre por la tragedia: la muerte de su madre, la de su hermano; el asesinato de su suegra y el de su hijo de 17 años (hecho del que nunca se recuperaría), su caída del noveno piso del hotel Regency en San Juan de Puerto Rico (no se sabrá nunca si voluntaria, accidental o provocada por alguien más); además de su fatal adicción a las drogas que, según algunas versiones, le llevó al mundo del SIDA luego de una dosis intravenosa. Esta última versión, la del sida, es todavía negada por muchos de sus fanáticos.

En marzo de 1993, un maltratado Héctor hemipléjico del lado izquierdo de su rostro, cojeando de la pierna izquierda, hace su reaparición en el escenario del club Las Vegas, en Manhattan. El esfuerzo del cantante se pudo apenas apreciar en las pocas canciones que pudo cantar debido a su parálisis facial. Pero no era El Cantante; eran rezagos de él. El final del hombre no tardaría en llegar meses después de esta presentación, un martes 9 de junio de 1993. Héctor tenía 46 años. Los médicos del hospital Saint Claire de Nueva York certificaron su deceso. Entre el Terence Hospital y el Saint Claire transcurrieron sus últimos días, casi ya sin dinero y ayudado económicamente por sus amigos.lavoe

Miles de seguidores fueron a darle el último adiós hasta la funeraria. Hasta allí llegaron también Johnny Pacheco, Andy Montañez, Gilberto Santa Rosa, Rubén Blades y Celia Cruz. Willie Colón llegaría para el entierro. La gente escuchaba sus canciones y le daba vivas y palmas en las calles. Casi una década después de su deceso, en el año 2002, los restos del Cantante de los Cantantes, fueron finalmente sepultados en  Ponce, Puerto Rico, donde su gente le daría el adiós definitivo. Este viernes, 30 de septiembre, La Voz habría cumplido 70 años.

Neruda Universal

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El 23 de septiembre de 1973, agobiado por un cáncer implacable y por el amargo y terrible golpe anímico que significaron para él los acontecimientos de doce días atrás, muere don Pablo Neruda, uno de los grandes poetas latinoamericanos que han dado Chile y Latinoamérica en este siglo.

El inmortal chileno fue un hombre profundamente arraigado a su tiempo, inserto en él, y como tal vivió con intensidad cada uno de sus días. Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basualdo, mejor conocido, no solo en el mundo de las letras sino en casi todas las instancias de su existencia, por el seudónimo que utiliza a partir de los 16 años, en homenaje al escritor checo Jan Neruda, emergió muy temprano de su medio natal para dirigirse a la capital chilena a concluir sus estudios.

Con un talento lírico bastante precoz, publica a los veintiún años su primer libro, Crepusculario, aunque ya mucho antes poemas suyos habían aparecido en diferentes revistas. Uno de sus libros de mayor fama, y quizá el preferido por la mayoría de la juventud enamorada de todo el mundo, se llamó Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

A partir de su nombramiento como cónsul en Rangoon (Birmania), una serie de experiencias vitales por varios lugares del “exótico” continente marcarían su juventud: Ceilán, India, Java, Singapur, hasta su retorno a Chile, cinco años después. Pero de carácter fundamental sería su viaje a Barcelona, en 1934, con el fin de asumir el cargo de cónsul, circunstancia que le permitiría conocer y hacer amistad con la mayoría de los intelectuales españoles y americanos que descollaban en esa convulsa época de la historia de España: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, escritores que conformarían la discutida “generación del 27”; así como a su compatriota Huidobro y al peruano César Vallejo. Aquellos contactos serían decisivos en su vida y en sus convicciones, al punto que seis años después de la derrota de la República y la llegada de Francisco Franco al poder, el poeta se afilia al Partido Comunista de Chile, y, al final de la década, publica su enorme Canto General.

Neruda conocería la satisfacción de obtener el reconocimiento del público lector de casi todo el mundo, pero también recibiría las decepciones causadas por la envidia humana, y la incomprensión de muchos seres aun de su propia patria. No olvidemos que aquellos años del siglo XX estarían intensamente signados por los antagonismos ideológicos, por la utopía marxista, por las distintas cacerías de brujas, etc. Neruda no haría más que reflejar, en su existencia y en sus escritos, esas realidades de su tiempo. A casi un cuarto de siglo de su muerte, se ha convertido en todo un mito de carácter universal. Y no podría ser de otro modo, pues, quiérase o no, la suya fue una de las más influyentes figuras de la centuria pasada.

Francisco Álvarez González: Filosofía en una Cuenca bucólica

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Por entonces resultaba fácil recorrer la pequeña urbe que era Cuenca, desde la perspectiva del peatón. Su condición de bucólica, aun presente dentro del área urbana, era evidente al traspasar cualquiera de sus límites. Fue a esa ciudad a la que llegó, en enero de 1952, uno de los brillantes discípulos del autor de La Rebelión de las Masas, don José Ortega y Gasset: Francisco Álvarez González.[1] Apenas una veintena de días después, aquél sería el eje, junto a un grupo de españoles y cuencanos, en torno al cual convergería la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, de la cual sería su primer decano.

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José Ortega y Gasset

De la mano de esa responsabilidad asumiría también la tarea de escribir, de manera incansable, textos filosóficos de los cuales carecía la incipiente Facultad. La revista Anales de la Universidad de Cuenca será uno de los mayores recipientes de sus escritos, y es también memorable entre quienes tuvieron el privilegio de contarlo como maestro, su libro Historia de la Filosofía, escrito en esta ciudad sin contar para ello con un buen fondo bibliográfico que, para entonces, era inexistente en Cuenca: “Ya el hecho de que una de mis primeras preocupaciones fuera escribir una relativamente extensa historia de la filosofía, se debió no a ningún interés personal de momento por el tema, sino al deseo, que casi era un deber, de que los alumnos pudieran contar con un libro de texto sobre esa materia.” De igual manera recomendaba la lectura directa de obras y autores, para lo cual se valía de una antología preparada por su célebre condiscípulo, también pupilo de Ortega y Gasset, Julián Marías (padre del más célebre novelista español contemporáneo, Javier Marías).

De Marías recuerda: “Fue condiscípulo mío. Terminamos en 1936 la licenciatura juntos, un par de meses antes de que estallara la Guerra Civil. No mantuvimos mucha correspondencia pero sí manteníamos una relación de amistad a lo largo de tantos años. Por ejemplo, hace unos diez años fue a Costa Rica a dictar conferencias y llegó a mi casa. Y hace unos dos o tres años estuve yo en el homenaje que le hicieron en España”.

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Francisco Álvarez, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, fue condiscípulo y amigo del filósofo español Julián Marías, padre del escritor Javier Marías.

Si Álvarez llegó a América fue precisamente como consecuencia de la Guerra Civil, al hallarse perseguido por Francisco Franco, el Generalísimo, bajo cuya dictadura permaneció dos años encarcelado. Antes de la guerra había ganado una cátedra, que sin embargo el gobierno franquista le arrebató como represalia por su postura de izquierda. “Fue por la Guerra Civil Española y por la cosa autoritaria de la dictadura de Franco, por la forma como éste persiguió a sus enemigos políticos, que como tantos otros intelectuales tuve que optar por buscar otros rumbos y abandonar España.”

Desde el punto de vista del desarrollo, la España en que transcurrió la juventud de Francisco Álvarez daba la impresión de un país subdesarrollado, recuerda, pero se siente orgulloso de que el mundo entero haya progresado de una manera extraordinaria, y que hoy en día su país no tenga nada que envidiar a otras naciones europeas.

Para el nonagenario filósofo, el fenómeno migratorio es un hecho necesario en países como España, donde los trabajos que ciudadanos de otros lugares llevan a cabo son labores que los españoles ya no quieren efectuar, y, en consecuencia, habrá siempre fuentes de trabajo para los inmigrantes.

A través de un diálogo muy rico mantenido con este interlocutor, Álvarez se confiesa eminentemente orteguiano. Conserva intacta su lucidez y aparenta menos edad de la que tiene. Su conversación abarca tanto los catorce años que vivió en Cuenca como sus posteriores residencias en Chile y Costa Rica. En todo ese tiempo dejó huellas intelectuales y físicas, además de lazos familiares en cada uno de esos países.

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El pasado 31 de enero, exactamente cincuenta años después de haber fundado la Facultad de Filosofía, estuvo una vez más en Cuenca. Diez años atrás, para la celebración del cuadragésimo aniversario, había reconocido su contribución a lo que llamó un hito en la vida cultural cuencana: “Creo, sinceramente, cuando ahora recuerdo aquellos años, que la obra que llevamos a cabo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, un al principio muy corto grupo de profesores cuencanos y españoles, señala un hito importante en la historia cultural de esta amada ciudad de Cuenca.”

Febrero de 2002

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, Cuenca, 2016

[1] Francisco Álvarez González (Madrid, 1912Heredia, Costa Rica, 2013),  filósofo español, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, entre otros, y condiscípulo de Julián Marías, Antonio Rodríguez Huescar y Manuel Granell. Fue profesor de Literatura y Griego en el Liceo Francés de Madrid y de Filosofía y Economía Política en otros centros educativos. En 1952 viajó a Cuenca (Ecuador), donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, siendo su primer decano. Fue profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción hasta 1971. En 1973 se radicó en Heredia, Costa Rica y fue profesor de filosofía en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Nacional de Costa Rica. También en Costa Rica fue profesor de la Universidad Autónoma de Centro América. (http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_%C3%81lvarez_Gonz%C3%A1lez)

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El Ensayo como vínculo entre Periodismo y Literatura

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No suele considerarse a las notas informativas que aparecen en los diarios para las antologías periodísticas. No, al menos, aquellas con las cuales se informa de un hecho al lector. Por lo general, la práctica común ha sido, a la hora de editar una antología de este tipo, seleccionar los artículos de opinión que tal o cual autor publicó en las páginas de un diario, revista o periódico.

Desde luego, no todo artículo de opinión puede considerarse un ensayo o microensayo, ni todo ensayo puede ser catalogado como pieza literaria. Los criterios con los que se juzga aquello los proporcionan los académicos y críticos, pero es casi siempre el gran público el que determina si un escrito se salva del olvido.

Tampoco se recurre a argumentaciones como la calidad para ese proceso, pues a menudo son otros elementos los que intervienen. Así, en el caso que a continuación expongo, han sido la nostalgia, la emotividad, la vergüenza general que encuentra alivio y pronta disculpa cuando el sentimiento es de muchos, la curiosidad y la aceptación de un momento de ingenuidad colectiva, las consideraciones dominantes.

Un texto que jamás tuvo pretensiones literarias, pero que está lleno de jocosidad, ironía y mofa, ha transitado un buen trecho ya por los caminos que conducen a considerarlo un clásico del periodismo de opinión de factura morlaca. Dudo mucho que nuestro querido, admirado y recordado Edmundo Maldonado El Loco, hubiese coincidido en clasificar a La Noche de los Giles como el mejor de sus artículos de Pedro Páramo o Mauricio Babilonia, dos de sus más memorables seudónimos, pero el texto es todo un referente no solo de un capítulo de la historia local del que muchos preferirían no acordarse,  sino también del periodismo cuencano.

En la actualidad, parece haber un divorcio mayúsculo entre el mundo del periodismo y el de la literatura, por lo menos entre sus cultores. Los escritores suelen ver con desdén a los periodistas y sus escritos, y sabido es que los periodistas, o comunicadores como hoy prefieren llamarse, imbuidos de una profunda vanidad ven también por encima del hombro a los escritores, salvo que estos se llamen García Márquez, Vargas Llosa, Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Jorge Dávila o Eliécer Cárdenas.

Tiempo hubo en que escritor y periodista eran el mismo individuo, porque el periódico era, como hemos dicho, la mejor y más rápida manera de llegar al lector. La dicotomía actual se fue cocinando en las escuelas de comunicación, cuando la sociedad exigió periodistas a tiempo completo, que se ocupen de informar, y que en lo posible se eximieran de emitir opinión, criterio o comentario alguno, según era la corriente imperante. Para eso existían y continúan existiendo las páginas de opinión, en las que comparten columnas, codo a codo, periodistas, escritores y opinadores de las más diversas profesiones y procedencias.

Sobra decir que la calidad de la página editorial tiene, en consecuencia, desniveles abisales, como fácilmente puede constatarlo cualquier lector común de periódicos, al revisar los espacios de opinión de la prensa local.

Esa disparidad es un fenómeno que delata más bien cierto provincianismo en el manejo que de sus medios hacen los propietarios. Ellos deciden qué y quién publica en sus páginas, pues bien sabido es, entre los articulistas de opinión cuencanos, que aún se censura los artículos que por algún motivo no concuerdan con los principios del medio, es decir la ideología y los intereses de sus dueños. En otras palabras, no importa si tal persona escribe con la mínima decencia y dominio del idioma que debe tener para que sus textos merezcan publicarse, y ser presentados ante los lectores. Lo que importa es que diga las cosas medianamente bien, y, a menudo, que de esa manera se conserva la amistad entre articulista y propietario.

En 1828, poco antes de comenzar la era republicana, el periodismo arranca tardíamente en Cuenca, pero con fuerza y como una epidemia, con la llegada de la primera imprenta y la publicación de El Eco del Asuay por parte de Fray Vicente Solano. Como si hubiera que descontar el tiempo perdido por la tardía llegada de la imprenta, asumen una actitud periodística de inusitadas proporciones en relación con el tamaño de la urbe. Toda organización, liceo, academia y cofradía establece entre sus actividades prioritarias la construcción de un mausoleo y la publicación de un periódico, rememoraba Claudio Malo hace tres décadas en su ya célebre Antología de La Escoba.

Gran parte del siglo XIX cuencano, a nivel periodístico, estuvo signado por la presencia de Solano y su obra. El cura morlaco, dueño de una aguda inteligencia y una erudición envidiable, que no dudaba en utilizar como armas en sus frecuentes polémicas, disparaba dardos poderosos y auténticos proyectiles en que se convertían los epítetos e insultos que publicaba.

Tiempo después, en la época de transición entre los dos siglos, será Manuel J. Calle la nueva figura del periodismo azuayo, que se caracterizó en aquella época por haber sido combativo y polémico, como lo exigían las circunstancias políticas y sociales por las que el Ecuador atravesaba. No menos duro que el religioso a la hora de insultar también a sus enemigos. Así, tan preponderante e influyente parece haber sido la presencia de este escritor y su “periodismo de epítetos”, como lo calificara el historiador y catedrático cuencano Gabriel Cevallos García, que incluso reparó en la responsabilidad de sus escritos como leña que alimentó la hoguera bárbara en que perecieron los Alfaro: “Su pluma no estuvo al servicio de nadie, pero como periodista, quizá sin pensarlo o quererlo, estuvo aliado contra Alfaro con sus propios enemigos: el clero y el partido conservador”, dirá Cevallos. Para Elías Muñoz Vicuña, fue Calle quien creó el periodismo moderno en el Ecuador, y le dio sus características democráticas y combativas.

Antes de que la información desnuda comenzase a ganar espacio en las páginas de las distintas publicaciones, eran los artículos de opinión los que determinaban la calidad del periodista. Según ha señalado el maestro y vate Efraín Jara, antes que tierra de poetas Cuenca lo ha sido de periodistas. Junto con la proliferación de periódicos, diarios, libelos y panfletos de diversa índole, creados por cualquier motivo, se reprodujeron también los cultores de la profesión: hombres de letras, es decir escritores; artistas, abogados, obreros, maestros, estudiantes y diletantes de una gran cantidad de ocupaciones, escribientes que firmaban sus columnas fijas o eventuales con algún seudónimo.

Con las transformaciones urbanas y la llegada de avances tecnológicos como la radio y la televisión, Cuenca acrecienta su necesidad de información, y lentamente, casi sin ser advertida, verá disminuir la presencia de escritores en los periódicos. Ante las nuevas demandas de información, el acelerado crecimiento de la urbe y la exigente competencia de los medios nacionales, el periodista cuencano empieza a profesionalizarse y a formarse académicamente.

Las figuras vocacionales, aquellas que le dieran renombre nacional al periodismo local, pasan a formar parte del pasado, de una época superada. El nuevo periodista no es ya sinónimo de articulista, sino que va siendo identificado como el reportero de grabadora en mano, muchas veces anónimo para los lectores, o como el presentador de noticias por televisión.

Si establecemos una comparación con las épocas en que nombres como Fray Vicente Solano, Manuel J. Calle, Federico Proaño, José Peralta, Terán Zenteno, Saúl Tiberio Mora, Miguel Merchán Ochoa, Rubén Astudillo, César Andrade y Cordero, el mismo Edmundo Maldonado y tantos otros revistieran de gloria al periodismo de opinión cuencano, puede aseverarse que las últimas décadas han sido, salvo contadas excepciones, de crisis en ese género.

Desde una visión muy personal, este antiguo admirador de las crónicas y artículos del español Mariano José de Larra, del mexicano Marco Almazán y del guayaquileño Xavier Benedetti, si tuviese que salvar nombres para una antología del periodismo de opinión cuencano en este nuevo milenio, con una enorme dosis de subjetividad y arbitrariedad seleccionaría los microensayos de José Serrano González. Desde luego, esa es solo mi opinión.

En esencia, creo que la posteridad guardará páginas gloriosas del periodismo local, pero gran parte de aquel material serán los artículos y ensayos de algunas de las plumas mencionadas. El periodismo informativo no se salvará del paso del tiempo y su destrucción, salvo en casos memorables de crónicas y reportajes de periodistas formados bajo corrientes como el Nuevo Periodismo Iberoamericano, caracterizado por otra forma de abordar la información y narrarla. En este sentido ha sido un buen aporte el trabajo presentado por diferentes periodistas de Diario El Tiempo, sobre todo en la última década, pero sería necesario que esos trabajos se rescaten en alguna antología.

El artículo como ensayo

Escribir fue siempre un acto de desafío y rebeldía, de inconformidad con lo estatuido, con lo establecido; escribir, más allá de aquella etapa en la que todo adolescente suele hacerlo, movido por el anhelo de convertirse en poeta, escritor o periodista, con la reiteración dada por el ejercicio y la práctica deviene una suerte de puerta de ingreso hacia otra dimensión, hacia otra realidad, hacia universos poblados por demonios de todo tipo, reales o inventados, pero siempre alterados por la percepción y el tratamiento personal de quien ejerce la escritura.

Escribir, ya desde los años en que los adolescentes facturan versos de una manera tan prolífica que todo parece traducido al lenguaje peculiar del poema, o por lo menos de la versificación, hoy como entonces sigue siendo una catarsis por la que optan muy pocos al final. Es una suerte de competencia atlética en la que, con cada nueva generación, se inician miles, y a cuya meta suele llegar una ínfima cantidad de aquellos o aquellas.

Una minoría de seres extraños, hombres y mujeres, por lo general idealistas, soñadores, atraídos por expresiones humanas que resultan de profundo aburrimiento para el común de los jóvenes de siempre, se va definiendo y resaltando entre los demás, aunque en ocasiones también parezca irse aislando.

En momentos como los actuales, signados por la paradoja surgida de una sobreabundancia de información y una galopante ignorancia colectiva, sobre todo en los jóvenes, ese ejercicio solitario es reivindicación de inconformidad. El libro, la revista, el diario, como extensiones del pensamiento, según dijera ese gran argentino universal que fue y continuará siendo por los siglos Jorge Luis Borges [cima y paradigma del escritor que nuestra generación X aprendió a leer y reverenciar en la adolescencia, agridulcemente a raíz de su deceso], deben mantener esa condición de vehículos de la palabra y las ideas humanas, deben servir de medios de difusión de aquellas ideas entre todas las culturas, pues solo así podremos avanzar en este viaje cósmico sin perder el rumbo, sin extraviarnos ni quedar sepultados bajo la avalancha incontenible de la información y las imágenes.

Bibliófagos, devoradores insaciables de libros de poesía, relatos y novelas, aquellos seres suelen avanzar por la vida como abstraídos de ella, como si fuera lo más simple saltar los portones que flanquean el paso entre el mundo de la realidad, más sorprendente que la ficción, según reza el lugar común, y los mundos otros inventados, soñados, mejorados o alterados por esa condición de dioses creadores que confiere el uso de la palabra.

De ahí a la elección de cuál será el modus vivendi que defina el rumbo de su vida, y también la calidad de ésta, suele haber un paso pequeño pero decisivo y contundente. Alguno se convertirá en poeta, otro en narrador, o en ambas cosas; y no faltará quien opte por el periodismo, aunque navegar entre las aguas de cada uno de estos océanos puede llegar a ser habitual. Raro es el periodista que no lleva un escritor dentro de sí, y también lo es viceversa, aunque no todo texto publicado en un periódico puede llegar a ser asumido como literatura.

Lo importante es la búsqueda constante del dominio sobre la palabra como medio de expresión, potestad que no es alcanzada por todos ni por muchos, sino por una reducida minoría, pese a que en urbes donde el inconsciente colectivo asume que ver la luz en su suelo implica haber nacido poeta, periodista o escritor, todo mundo pretende y cree que semejantes oficios no solamente los domina sino que, por extensión, resultan demasiado fáciles.

Una de las consecuencias es que aquellas ocupaciones no suelen asumirse como tales en la sociedad, sino, por el contrario, como tareas gratuitas de gente desocupada. A partir de esa óptica, tampoco son ocupaciones o profesiones altamente remuneradas como sí lo son las de médico, abogado o mecánico, para hablar de las más comunes, sin referirnos a otras de innegables réditos de opulencia y poder, como las de banqueros o dueños de medios de información, que por fortuna para la sociedad ecuatoriana hoy están siendo cuestionadas, revisadas y reguladas desde la perspectiva ciudadana.

Antes de contar con ese nuevo medio de información y comunicación que es internet,  entre el libro, la revista y el periódico, solía ser este último uno de los espacios predilectos para la difusión del pensamiento. El ensayo, al saltar de las páginas de los libros a las de los periódicos, encontró un medio más rápido y masivo de llegar a los lectores, aunque en sus orígenes aquella pretensión sólo podría implicar que se llegase a quienes tenían la posibilidad de leer, es decir contarse entre los letrados, que eran también una minoría.

El espacio reducido será, sin embargo, una de sus limitaciones, y por lo tanto definirá también el contenido, el estilo y la extensión de lo que a partir de entonces podría considerarse el ensayo periodístico.

Si pudiera definirse al ensayo con un sinónimo, aquel sería la palabra libertad; si pudiera dársele un solo calificativo, aquel sería el de libre. Eso es, sobre todo, el ensayo: un discurrir del pensamiento en libertad, que el autor adapta a su muy particular modo de expresión, a su muy peculiar cosmovisión, a su interpretación del mundo y cuanto en él acontece.

Mas resulta que de él se han dado tantas definiciones y concepciones, que sería una tarea vana la de darse a unificarlas en una sola. En esencia, ensayo es libertad. Esa condición, no obstante, sobra decir que debe estar respaldada por la rigurosidad con la que se maneje el lenguaje, lo que a su vez definirá las fronteras entre periodismo y literatura, su vigencia o su rápido difuminarse en los anaqueles polvorientos del olvido.