Enrique León Delgado: Memorias de un médico cuencano

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Las personas de mayor edad evocan aún relatos acerca del modo en que, ya bien entrado el siglo XX, solía la población cuencana acudir hasta los “hondos” del río Matadero, como El Vado y El Otorongo, para bañarse en días de sol, por lo general cada domingo o cada día de asueto por feriado. En el caso de las personas más acaudaladas y de mejor posición social, constituía todo un acontecimiento el baño que, cada trimestre, recibía el abuelo, en el patio de la casa y ante la mirada de todos los miembros de la familia. Una opción intermedia eran los que llamaríamos baños públicos de entonces, destinados de manera exclusiva a eliminar la mugre de sus usuarios. Eran pequeñas casetas atravesadas por molinos de agua, por cuyo uso se pagaba unos cinco centavos de sucre. Junto al puente del Centenario estaban ubicados los baños del cura Piedra Baca, y muy cerca del puente de El Vado los baños de la familia Tinoco.

Más prolijos y asiduos en el aseo, según relataba el historiador Octavio Sarmiento, eran los militares encargados de custodiar la plaza de Cuenca, quienes cada dos semanas acudían al río para el consabido baño de soldados y oficiales, anunciado por las notas marciales de su propia banda de música, que le daba a la asepsia castrense cierto aire de solemnidad pública.

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Enrique León Delgado en sus años de juventud

Hacia 1916 se cuenta ya con alumbrado eléctrico, y en 1918 se ofrecía el servicio de energía eléctrica a nivel particular. Es así como llegamos a los años veinte, que comienzan con la celebración especial del primer Centenario de la Independencia de Cuenca, y la llegada del primer avión a suelo cuencano, piloteado por el héroe italiano de la Primera Guerra Mundial, Elia Liut.

Una Cuenca optimista, que encaraba su presente y su futuro con renovados bríos, rememoraba así su ya centenaria declaración de Independencia, con una serie de actos especiales, entre ellos la construcción de un nuevo puente, llamado del Centenario, que reemplazaba al antiguo “Juana de Oro”.

Ciertas peculiaridades de la vida morlaca, heredadas de la larga época colonial, persistían en la urbe como reflejo de su complicada estructura social, compuesta por la alta aristocracia y sus apellidos, que era una suerte de casta de nobles, por debajo de quienes estaban mestizos e indígenas a los que se llamaba, con absolutos desdén y discriminación, longos, chazos, runas, mitayos, cholos o indios.

Algunos hitos a lo largo de esa década, dan cuenta de la transformación que se está operando. En 1927 se da inicio a los trabajos para que la ciudad cuente con agua potable, y un año antes se había creado la Dirección de Salud de la Zona Austral, que representó un avance significativo en esta materia.

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Recuerdo de la entrega de la sala “Víctor M. Delgado” (tío de Enrique León D.) al hospital San Vicente de Paúl.

Hacia 1924 se habían dado evidencias ya de la construcción de otro tipo de obras, diferentes a las carreteras, puentes e iluminación eléctrica, que eran los trabajos favoritos de las autoridades de turno. Así comenzará la distribución de agua mediante tuberías, que reemplazará de forma paulatina a los pozos y las acequias, y dejará en el pasado el pesado acarreo del líquido vital. Citada por Galo Crespo en su estudio De la Bacinilla a la Alcantarilla, en la revista Tres de Noviembre No. 31, fechada en 1922, encontramos la siguiente referencia de Antonio Borrero Vega, acerca de las condiciones ventajosas de la ciudad para dar inicio a estas obras:

Cuenca cuenta con el privilegio de poseer abundantes manantiales para satisfacción de una u otra necesidad. Y respecto del agua potable, está constituido el canal abierto desde el río Sayausí hasta la colina de Cullca. Además, las calles tienen canalización desde remota fecha, desde occidente a oriente y sería de costo relativamente exiguo completar la canalización en el resto de la ciudad. Dado el gran precio de la cañería de conducción del agua y de la imposibilidad de su transporte por falta de ferrocarril que nos comunique con la costa; por ahora debemos prescindir de la tubería de hierro, limitándonos a conservar el acueducto abierto…

Es en ese contexto, mientras en otras partes del mundo se viven los alocados años veinte, en el que ve la luz el autor de este libro, Enrique León Delgado, un martes 11 de septiembre de 1923, pocos meses antes de que se diera inicio a la construcción de las obras de infraestructura en la ciudad, que cambiarían para siempre las condiciones en que se desenvolvía la vida cotidiana de los habitantes cuencanos. Al año siguiente, se funda el que será desde entonces el primer diario de Cuenca, hasta nuestros días, El Mercurio, y, al finalizar la década, la urbe contará ya con los respectivos planos de canalización y pavimentación, así como de la Red de Distribución de Agua Potable, aprobados en Quito por la Dirección General de Obras Públicas.

Memorias de un médico cuencano

La suya será una niñez relativamente feliz, rememora el autor “El Camino de un Médico; una cautivante aventura”, hasta que la sombra inesperada de la muerte llega al hogar de la familia León Delgado, y arrebata la vida de su padre. Será la madre quien, fuerte y abnegada, logre enrumbarlo por el camino de la rectitud y el esfuerzo para conseguir sus metas, para alejarlo así de esos años de desconcierto y frustración que siguieron al deceso de su progenitor.

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Los “Doctores Gringos”: Eduardo Vázquez, Enrique León, Nicanor Corral.

Cuenca es el escenario principal en el que transcurre la apasionante existencia de Enrique León, quien al describir el inicio de sus estudios de Medicina, hacia 1941, va pintando también en la mente del lector la fisonomía de la pequeña ciudad de esos años, que con paso pausado se irá transformando y evolucionando hacia la urbe que es hoy en día, tanto en el campo médico como en otros ámbitos del desarrollo. Llama la atención el deficiente grado de salubridad, que era la causa principal de contagios e infecciones parasitarias, tifoidea, desnutrición, tuberculosis, infecciones periodontales, etc. La Facultad de Medicina, en medio de esa situación, se daba modos de formar médicos que irán contribuyendo a cambiar tal orden de cosas, y a mejorar de manera significativa la calidad de vida de los ciudadanos.

Inicia así nuestro autor el primer año de sus estudios, relatando detalles de la vida estudiantil, entre ellos las prácticas en el anfiteatro que revelaban, con toda su descarnada realidad, lo que llegó a denominar la fragilidad del ser humano… que al final se convierte tan sólo en un despojo; impresionante y dura prueba para quienes habíamos escogido ser médicos para el resto de la vida.

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Médicos de la promoción 1949: Enrique Peña, Efrén Cobos, Renato Correa, Leonidas Celi, Julio Vega. Sentados: Enrique León, Arturo Farfán, Homero Castanier, Vicente Valencia.

De esos años evoca a profesores como Miguel Alberto Toral, Julio Enrique Toral, Víctor Barrera, Leopoldo Dávila, José Carrasco, Julio Malo, Francisco Sojos, entre otros médicos que influirían en su carrera y en sus estudios, bajo cuya orientación logró convertirse en el estudiante más distinguido, lejos ya de la mediocridad en que había caído hacia la época del colegio, como consecuencia del inesperado y doloroso deceso paterno.

Ante el lector aparecen, de forma inevitable, las imágenes que el Dr. León ha logrado pintar acerca de este tiempo de su vida, que fue a la vez una época de la ciudad de Cuenca. Así, al hacerse cargo de la Sala de Tuberculosos de esa institución, nos da una idea del grado de miseria y aislamiento en que vivían los pacientes aquejados por tal enfermedad. Tan sólo una monja, recuerda, lo acompañaba en la tarea de darles medicamentos a los enfermos, quienes, en realidad, de lo que más necesitaban era de consuelo. No me explico cómo tantos médicos apóstoles y sabios nunca pasaron por este lugar, donde estaban precisamente los seres que por su miseria y enfermedad más los necesitaban, señala, incisivo e irónico, sin ocultar la indignación que sintiera entonces, y, también, muchos años después, al evocar lejanas pero vívidas imágenes del pasado, con el propósito de escribir este libro.

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Leoncio Cordero, Rubén Cazorla, Enrique León, Juan Manuel Moscoso

Vendrá luego el viaje hasta la capital peruana, toda una peripecia para un grupo de jóvenes de provincia, llenos de vida, sueños y entusiasmo, pues por entonces un desplazamiento hasta Lima requería de varios días de traslado a través de montañas, ríos, mar y aire.

Una vez culminados los siete meses de internado, asiste a diferentes cursos en otras ciudades, uno de los cuales le inclinará definitivamente por la radiología: la conferencia dictada por el médico argentino José Antonio Pérez, para la cual se ayudaba de placas radiográficas que llamaron su atención. Poco después se le confiere la medalla “Benigno
Malo”, por ser el mejor graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca, en el año 1948.

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Enrique Sánchez y Enrique León, compartiendo su pasión en común por el bandoneón

Llegarán internados y residencias en Estados Unidos y Chile, tiempo del cual destaca su traslado al Truesdale Hospital de Fall River, en Massachussets, en cuyo departamento de Radiología pasó varios meses de rotación, lo que definió el camino de su vida profesional como radiólogo. En 1951 obtendrá una beca para especializarse en Tisiología y Radiología, en Santiago, y tiempo después, cumplidos ya los 30 años, viajará a Estados Unidos para completar los estudios de Radiología.

portadaLo que sigue va formando en el lector la idea de cuánto aconteció en Cuenca a lo largo del siglo XX, no solo en lo concerniente al desarrollo médico sino también al avance social y urbano de la capital azuaya.

En el epílogo de su vida, y también de esta obra, Enrique León sintetiza bajo una breve frase la enseñanza principal que el ejercicio de su profesión le dejaría, y que los galenos no suelen aprender en las aulas
universitarias: la calidad humana que debe acompañar a un médico, en su trato cotidiano con la vida y la muerte entre las cuales se debaten los pacientes. Y no hay ningún instrumento, por preciso que sea, que pueda reemplazar la calidad humana que lo maneja, concluye mientras revela, como resultado de su dilatada experiencia, que es eso precisamente lo que necesitan las personas: una atención pletórica de calidez y humanidad.

Cuenca de los Andes, marzo de 2016

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