Desnudos melódicos (a propósito de Las músicas secretas)

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      Por:  Carlos Vásconez*

Bien, me preguntan por «Las músicas secretas». Lo han hecho estas últimas semanas varios periodistas. Es común, un sitio de encuentro, el pensamiento, ciertamente prejuicioso, de que los cuentos que componen este libro tienen relación directa con el campo musical. Quizá que poseen epígrafes de canciones, que cantantes o diferente tipo de músicos son los personajes que recorren este libro. Acaso músicos despechados, perdedores empedernidos, cantantes obsesionados con un tema que los acosa hasta devorarlos o melómanos o grupies caprichosos que persiguen incansables a un compositor popular. La imaginación sin tregua del periodista propende a interpretar de antemano un título. Pero «Las músicas secretas» es un libro integrado por doce cuentos disímiles, tanto en su estructura, cuanto en su origen y en su mismísimo estilo. Cuentos que, como suelo practicar, buscan su propia voz, su propio sendero y esa melodía que los caracterice, que los individualice. La factura de cada uno depende de lo que cada uno me demandó en su debido momento, cuando empecé a esbozarlos o cuando definitivamente los escribí a punta de distracción, concentración y ardor. Son cuentos, como en todos mis libros de cuentos, no escritos mediante un leitmotiv o argumento congregacional; más bien, que surgen de un ánimo que tal o cual momento me brinda, o que tal o cual momento me mueve, me tienta, me conmociona. Muy al contrario, se trata de cuentos que han sido creados merced a diferentes impulsos. Es cierto que el escritor tiene que aprender a reposar, a poner la cabeza y las ideas que esta carga encima en remojo, para luego pasar a colgarlas del tendedero hasta que se sequen y puedan ser revisadas y reutilizadas. En este sentido, yo siempre me he jactado, vanidosamente, por supuesto, de ser más un corrector que un escritor. Quizá sea esta una mentira autoinfligida para no sentirme un ser apurado que cree, como creo, que la paciencia está sobrevalorada. Sin embargo, sí corrijo, y lo hago mucho, al punto de perder de vista, en ocasiones, el asunto central. Por eso también he preferido, con cierta inconsciencia característica, que un texto fluya por su propia cuenta y dejarlo descansar, no ya con el objetivo de corregirlo luego, sino para leerlo después y confirmar por mis propios medios que me había adelantado a mis propias expectativas. Y es que con estos cuentos, como con algunos otros de otros libros de mi autoría, y con algunas novelas, al acabar de escribirlos me he sentido vacío, desasosegado, acabado, finiquitado, como si no hubiese hecho nada. Luego, y casi siempre por motivaciones exteriores, lo que quiere decir, casi siempre luego de brindarlo para la lectura de algún sesudo personaje cuya excepción a la regla de ser perfecto ha sido encontrar mi amistad, he descubierto, para mi pasmo, que ese cuento, que ese pasaje, que esa novela vale la pena. Es una constante en mí que las cosas descansen para adquirir lo que no les di, experiencia, experimentación y ex cátedra. Entonces, esos cuentos que están dispersos por mi aventura escritural, adquieren una condición de imanes que hacen que se atraigan unos a otros, por más extraños que entre ellos parezcan.

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Foto: Diario El Mercurio

Puedo decir que varios cuentos que pueblan estas hojas fueron escritos bajo pedido. Por ejemplo, «Clases de botánica» es un cuento que se publicó en el número 82 de la revista BG Magazine, bajo solicitud expresa de su entonces editor creativo, Juan Francisco Vinueza. Es un cuento que luego supe que había sido plagiado a un tal Carlos Vásconez, pues es idéntico, aunque no puede ser más opuesto, al cuento que da título a mi anterior colección de cuentos, «Jardines Lewis Carroll». «La caminata al revés» se publicó el año 2018 en la revista argentina Tránsitos y en la «Antología del Cuento Ecuatoriano» que preparó el escritor ibarreño Huilo Ruales y que este año ha publicado la editorial quiteña Eskeletra. Caso similar sucede con «Sonidos de biblioteca». Este relato, más que cuento, fue la respuesta a una solicitud de Rafael Montenegro, de la Casa de la Cultura azuaya, quien me pidió, como a otros escritores de la ciudad, un texto para homenajear a Paúl Solano, gran y común amigo nuestro.

Así, se han creado varios cuentos con intenciones muy distintas y alejadas entre ellas. Dígase, el cuento «Ovejas» apareció en la antología de cuento y poesía que realicé bajo el auspicio de la Unidad Educativa Las Pencas, de la que me enorgullezco de ser profesor y en la que aspiro algún día merecer llamado maestro, bajo un seudónimo. No ha sido falso: varias veces he otorgado a otros mis palabras, por un temor remoto y ciertamente torpe a que estas no sean consideradas válidas. Quizá ha sido un engaño, pero un engaño que me ha devuelto las ínfulas para escribir y ser más yo. Recuerden lo que dijo acertadamente Bob Dylan, el bardo estadounidense: solo con una máscara, la gente es verdaderamente lo que es.

De entre todo lo que implica la publicación de un libro, le he dado mayor relevancia para la composición de estos cuentos al ambiente, que siempre es una extensión del personaje y a la manera de escribirlos. Me refiero en estricto al lugar en el que los he redactado, a la comodidad o la nulidad de esta para hacerlo, usando qué recursos.

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Portada de la revista Rocinante.

Casi siempre fui un confeso seguidor de las teorías borgeanas respecto a que el cuento debe tratar siempre de una historia y, a diferencia de la novela que trata de un personaje, marcar distancias con esta en el hecho de lo sorprendente (había olvidado que luego de leer al gran autor argentino leería a escritores de la talla de John Banville o Joseph Conrad o Juan Carlos Onetti, quienes me enseñarían que el aspecto de la sorpresa reposa más en el estilo que en la mórbida concepción de un final, morbo, evidentemente, que nos agrada a todos). No obstante, la lectura en estos últimos años de autores cuya contundencia narrativa aun así los hace múltiplemente poéticos –permítaseme la desmesura de mi posición–, como John Fante o Raymond Carver o Richard Brautigan o incluso el macabro Robert Bloch, todos ellos cuentistas estadounidenses, sumado a la perfección psicológica de Chéjov, me demostró que se puede profundizar, a partir del cuento, en un personaje y no obstante mantener el sentido del relato, hacerlo concentración y perfección en estado puro. Es el caso de «Los caminos», el cuento que abre el libro, y en el que también se reúne la segunda parte de mi anotación actual. Debo confesar que este cuento es el último que escribí (se lo envié a Germán Gacio cuando él estaba en Turquía, hace pocos meses), ni bien lo acabé de escribir. Pero, ¿en serio lo escribí recostado en la cama de mi hijo mayor, acunándolo, oyendo su respiración mientras el sueño lo hacía posesión suya? Así fue. ¿En verdad lo escribí en el teléfono celular, y esto pudo darle un ámbito curioso, ya que estuve rodeado de oscuridad, y a su vez le otorgó al relato un sentido sintáctico? ¿Debo decir que «Los caminos» al igual que «El arte de tomar café» y «Animalitos de sombra» surgieron del ánimo de escribir una novela o novela breve? Sucede que sí. El problema que tuve es que ellos me detuvieron de pronto, a raya, haciéndome asustar de a dónde había llegado, como si eso fuera el final del camino, un precipicio que proponía el limbo, de arriesgarme a saltarlo. Pues sí, cada cuento tiene su historia. Cada cuento fue escrito en un tiempo diferente. Casi todos de un tirón, como una nota de iras, no como una carta de amor, que luego se corrige y se revisa y a veces se cancela la autorización de su existencia. No. Fueron cuentos que surgieron bajo distintas motivaciones, pero todos ellos seguros de que debían existir.

Lo he mencionado antes y vuelvo a decirlo ahora. Considero a este como mi libro más personal, sobre todo porque en algunos cuentos estoy yo como protagonista, aunque sea un protagonista sesgado, que ve hacia otro lado cuando conversa y no a los ojos, como si evadiera la charla o como si estuviera inventándose la historia en cuestión. En más de un cuento hay reflejados episodios de mi vida, pero atravesados, como siempre, por una fuerte dosis de ficción. No es que estoy donde no quiero estar, es, más bien, como si quisiera estar en un lugar al que se me tiene prohibido el ingreso, tal vez porque se reservan el derecho de admisión. Quizá porque concuerdo en que la tarea de los seres humanos es crear y crearse, solución, que fue un bálsamo tremendo cuando la escuché hace apenas 10 días, a la temeraria y cruenta paradoja kafkiana. Aquella de que hay que encontrar lo que tenemos de indestructibles y que está en algún rincón, muy en lo profundo de cada uno de nosotros, pero que, mientras la buscamos, precisamente nos destruimos. Y es que no, la única forma no es encontrarnos, ya que efectivamente eso causa demolición, marchitamiento. Es crearnos. En el camino, para rejuvenecer y enniñecer por fin hasta un estado de pureza total, es fundamental que nos creemos. Y qué mejor si lo hacemos tarareando una melodía bellísima que a su vez inventamos en el esfuerzo de tararearla.

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No sé cuál es mi música favorita. No sé si me decante por el rock, representado por los Rolling Stones o ACDC, o si escoja la balada romántica y kararokera de Camilo Sesto, el Puma Rodríguez o Nino Bravo, o tal vez me incline por las voluptuosidades de Bach y la precisión aritmética de Michael Gibbs. No sé si será Dylan o Bowie o Leonard Cohen. Lo cierto es que esa música mía está inscrita en la voz de mis dos hijos y en el canturreo de su mamita cuando los acuna o juega con ellos.

En toda creación hay nudos que deben desatarse. Existen antes de empezar a crear, pero se manifiestan solo en el acto creativo. La creatividad es -sin que quepa duda alguna- una forma del conocimiento, la más intrigante y la más sincera. Por eso hay que desnudarse al crear, caminar en medio de todos y que todos piensen que las prendas que uno lleva son las indicadas. Es la tarea más compleja, menos que cambiar el pasado. Pero si al pasado lo podemos enrocar por momentos por venir, estar desnudos y nunca antes mejor arropados, es juego  de niños.

Para la escolástica, los seres humanos estamos compuestos de tierra o barro, fuego, roce o fragor, agua y leche, y una fracción de aire, que debería ser el silbido de Dios, su canto creacional. En ese caso, todos los humanos, y tal vez todos los seres vivos en general, somos una melodía ambulatoria, que vagabundea en busca del oído que nos reciba, capte y, de tanto apreciarnos, nos aprese para nuestro propio confort.

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Pienso en los hombres y mujeres cuando creamos. Cuando nos disponemos a hacer magia verdadera, a extraer de la nada eso que ya está ahí, buscándonos. Me resulta encantador (y el encantamiento tiene su parte fundamental en el canto) descubrir que la alegría se sitúa entre el canturreo y sus pausas, que nos dejan apreciar ese canturreo. Cuando Sherlock Holmes piensa, lo hace inspirado por su violín. Cuando lo hace el Padre Brown, es sentado en una capilla oyendo al coro ensayar. Cuando se edifican catedrales, los hombres nos entregamos a una melodía, encendemos una radio o imaginamos qué cantaríamos cuando acabemos nuestra labor. Cuando las abejas trabajan, el sonido de sus alas enturbia la razón, la vuelve inaudible, y por eso liban de mejor manera, entregadas a la causa.

Al escribir los cuentos que componen «Las músicas secretas», descubrí, con notable admiración, como cuando uno se percata, y mejor si sucede por un descuido, que alguien lo está mirando a hurtadillas, cuidándolo de esta manera fisgona, que casi siempre estaba pensando en algo que todavía no ocurría. El proceso de creación siempre estaba por venir, y ese pensamiento disperso o difuso, me ayudaba a darle una consonancia especial a un cuento dado. Es decir, si algo extraje de mi distracción, fue la realidad. Si algo surgía del sueño del futuro, era un presente rotundo, más cercano a mí que ese sueño que era el verdadero escritor de mis cuentos. El sueño de quien sería si en lugar de escribir, lo cantara.

Todos estamos integrados por moléculas y átomos, pero entre ellos y su funcionamiento hay una atracción que muchos catalogan como amor. Cuando alguien es íntegro, es porque fue amado y amó con intensidad y autenticidad. Ese amor, ese nexo o pegamento que evita que nos disgreguemos como partículas solitarias y errabundas, es una música, afín a la atonalidad que resquebraja las nociones temporales de Stockhausen pero con la alquimia que alcanza soberbiamente Bob Dylan cuando, en un escenario abarrotado de personas a las que ha dejado sin aliento, toma aliento. (No imagino momento más exultante que a Nabokov oyendo “Zefiro torna” de Monteverdi, dedos engarrotados de la emoción, mientras piensa en el calcetín de Lolita.)

Todos tenemos una música secreta enredada en los labios. Está a punto de salir, como la primera palabra de mis bebés, como el aullido que todo hombre lobo se reserva para la noche de cacería, como la contención, rabiosa y poética, del “te amo” de mi esposa, como ese bramido de mar que hace que su lengua lama nuestros pies en la playa, y que equivocamos al suponer de que se trata de una invitación para conocer sus profundidades cuando en realidad nos usa como sus cuerdas vocales.

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Hay tres cuentos en este libro en los que yo mismo tengo participación como pseudo personaje. Falseo al auténtico. Tomo de él lo que él no tiene. Estoy seguro que no se me identificará, como no se sabe, al levantar la vista al cielo nocturno, qué estrella brilla todavía con su verdadera refulgencia y no con el eco de esta.

John Banville describe en El mar el sonido de las aguas. Dice que ese sonido está casi extinto, que es el verdadero cántico de sirena. «Las estelas sobre el agua son cuerdas que las toca el viento».

En un episodio escrito con su fineza, una mujer se turba con las melodías marítimas y quiere conocer lo que hay en las profundidades de las aguas. Por eso deja que se sumerja en ella un mozalbete de nombre Max Morden. Ni siquiera le gusta, porque no le atraen los hombres que sueñan en motocicletas sino quienes tienen una, lo que ha llegado a descubrir que no es lo mismo. Los ojos sorprendidos de su amante son su periscopio invertido.

Este episodio me recuerda a otro, en este caso de un libro del británico Ian McEwan, «Amsterdam», en el cual el personaje principal es un músico connotado que ha perdido a la inspiración de su vida. Se trataba de una mujer que alguna vez fue su pareja pero que al abandonarlo por otro hombre, le dio todas las herramientas para crear su melodía. Cuando ella tenía vida, compuso grandes obras. Ya muerta, decide hacerle su obra magna, pero fracasa constante y perfectamente. Se desespera paulatinamente. Descubre que lo que le falta ahora es su capacidad de distracción, que le brindaba el hecho de sospechar que ella estaría feliz con alguien más. Ahora ella no podía estar con nadie más, no podía estar feliz, según sus conceptos nihilistas. Un día de esos, paseando por un parque, entona una música mágica, algo que lo arrasa. En eso, descubre lo mágico, descubre otras cosas en tanto su cuerpo está dedicado a la música, una música que ni él mismo entiende o que ni siquiera quiere interpretar pero que surge de espontáneo y que es el impulso que necesita para sospechar que esa mujer está feliz, sea donde fuere que se hallase, porque siempre lo fue. Y es entonces que pierde el control de sus acciones al saber que para ella él no era nadie, no significaba mayor cosa, lo que en su caso era todo lo contrario. Con rabia, decepcionado, compone una melodía de orden celestial, incomparable, lo hace a expensas suyo. Es decir, la distracción se vuelve fundamental para la creación eficaz.

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No sé cuánto esto es verídico en mi caso. Solo sé que al silbar, uno se pierde en el silbido, y que este sirve como contraste de la realidad, como campo de fuerza que nos protege de ataques infundados y maliciosos de la realidad. La música es una herramienta de defensa, como una vacuna o un cuento de hadas, para que nuestro ser no se acuerde siempre que la vida es solo la vida, y en ese olvido descubra los caminos que no ha percibido con antelación.

Así, se han construido algunos de estos cuentos. Cuentos diversos, ciertamente, y que surgen de necesidades y apetencias tan disímiles como es la de satisfacer a otros. Y es que también se puede crear a partir de la noción de complacer. La literatura no es solo intelecto, también es gozo. Y esto creo que se ha notado en mi proceder literario de los últimos años (o quizá de siempre). En la presentación de este mismo libro en Quito, el escritor Salvador Izquierdo apuntó este detalle, que no es menor: a mí me gusta escribir, y creo, como decía Thomas Carlyle refiriéndose a Mahoma, que lo que prima de «El Corán» es esa sensación que abruma y conmueve de que el profeta estaba siendo sincero, plástico, se sentía moldeado así como doblegado por el designio del Señor. En otras palabras, que si uno es sincero en lo que hace, los demás lo podrán percibir con esa misma cualidad, con la honestidad, y quizá lo que yo pueda transmitir, más que cualquier otra cosa, sea mi gana de escribir, y de hacerlo bien, y mi voluntad de entregarme a la palabra, como uno se entrega al amor.

(Las Músicas Secretas, Carlos Vásconez, La Caída Editorial, Cuenca, 2019, 166pp.)

  • (Cuenca, Ecuador, 1977). Narrador y ensayista. Ha publicado las novelas El violín de Ingres (2005), La raza extinta (2007), Los días a tu nombre (2009-2013), La vida exterior (2016), Paruso (2018); los libros de cuentos, entre otros, Mención a un extraviado (2002), Trabajos de dominio público (2004), Versiones heroicas (2006), Lo que los ciegos ven (2011), Libro del pequeño esplendor (2014), Jardines Lewis Carroll (2017). Además ha participado en antologías de cuento como Nadie nos quita lo bailado (2003), Moderato contable (2012), Cuerpo adentro (2013), Insomnio (2016), Fútbol de antología (2018), Ritornello, vol. 1 (2019).

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