El País de la Mitad, una lectura necesaria

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Por: Camila Corral Escudero*

Superado ya el tiempo en el que se creía que del periodismo es el dominio de la objetividad y que esta es sinónimo de honestidad; que se puede dar cuenta de los hechos o procesos históricos eludiendo el tamiz personal, sabemos ya que a los seres humanos, y aún más a esos actores sociales y políticos llamados periodistas, «la realidad no nos pasa delante de los ojos como una naturaleza muerta sino como un relato, en el que hay diálogos, enfermedades, amores, además de estadísticas y discursos», como diría el escritor argentino Tomás Eloy Martínez.

Para Rodrigo Aguilar y sus lectores, la realidad e historia de este pequeño gran país que nos contiene y nos ha hecho existir se ha presentado, más que como un relato mágicorrealista, como un culebrón político que angustia más de lo que entretiene y que gira siempre en torno, parafraseando a Rodrigo, a «la enfermedad crónica» que aqueja al Ecuador: la del engaño, el olvido, el desencanto endémico y la desidia popular.

Los entramados narrativos, líneas argumentales, puntos de giro, clímax y aparentes desenlaces de los capítulos entre los años de 1995 y 2008 fueron capturados, al mismo tiempo que sucedían, con responsabilidad, estilo y humor por Aguilar en diferentes medios de la prensa local como el diario El Mercurio, las revistas CántaroEl Observador, Qué Nota de Cuenca y el diario Portada de Azogues.

Hoy, ese recorrido desde la historia hacia los medios y ahora en forma de libro se ofrece a los lectores de El País de la Mitad como una alternativa para entrar al archivo de la memoria, de la historia del Ecuador, y como un material necesario para desvelar los hilos y las narrativas del poder que operaron y aún hoy operan en nuestra vida diaria, y que son el comienzo y el final de los procesos de transformación que tanto nos urgen como sociedad. 

En agosto de 1995, Rodrigo escribía en su artículo «Telenovelas y apagones»:

«Ciento setenta y cinco años de turbulenta vida republicana, de periódicas disminuciones territoriales acontecidas bajo presiones militares o tentaciones económicas, de revoluciones no consumadas o atrevidamente bautizadas con ese apelativo, y de constante propensión al caos gubernamental y social, no han logrado proporcionarnos una estabilidad democrática plena y confiable. Existimos y, muy de vez en cuando, hasta vivimos, en el país de las utopías; mas no de aquellas utopías formadas por ideales y teorías con los que pueblos enteros se han visto predispuestos al sacrificio y al riesgo de desaparecer de los mapas, sino de esas que navegan la incertidumbre bajo la bandera en hilachas de la esperanza. Esperamos, aunque casi siempre desesperamos, porque el lodo sigue reproduciéndose, sigue invadiéndonos y un día de estos, entre tanta inmundicia, ya no nos será posible salir de nuestros hogares o covachas en busca del alimento cotidiano».

Existimos y, muy de vez en cuando, hasta vivimos, en el país de las utopías. Esperamos, aunque casi siempre desesperamos, porque el lodo sigue reproduciéndose, sigue invadiéndonos y un día de estos, entre tanta inmundicia, ya no nos será posible salir en busca del alimento cotidiano.

Aunque hoy tendríamos que actualizar la cifra, 25 años han pasado desde la publicación de esas letras, en las nuevas temporadas de la «telenovela de producción nacional», que podría fácilmente titularse con nuestro leit-motif por excelencia: «Último día de despotismo, y primero de lo mismo» poco han cambiado nuestras circunstancias y los rasgos, mañas, matices psicológicos, incluso los nombres de sus protagonistas: personajes como Bucaram nos siguen «arrancando la vida» con sus espectaculares actuaciones, que parecerían salidas de la desesperación de algún guionista a quien han obligado a extender la vida de alguna «otrora estrella» para no perder el rating —cómo más si no podríamos explicarnos la última aparición de Dahik en la política nacional, por ejemplo—…

Son ellos de quienes se ocupan los textos potentes y breves con los que Aguilar va enlazando las claves para desmontar las estrategias de dominación que se enredan tras la cortina del poder en el Ecuador: del terrorismo de estado de los años 80, pasando por el periodo de mayor inestabilidad política del país (3 presidentes depuestos en menos de 10 años con sus respectivas puñaladas traperas en Carondelet); del presidente que entonando las canciones de los Iracundos se burló de todos y sacó nuestro dinero en bolsas de basura, hasta llegar al escenario de hoy — que podemos conectar gracias a la relectura de los ensayos a propósito de la edición de este libro— en el que un candidato cantante ha dejado precisamente iracundo al sector cultural del país tras su paso como ministro de uno de los gobiernos más nefastos de la línea imaginaria que pisamos.

Intrusionismo extranjero, atentados a la soberanía, fondos reservados, dolarización, migración forzada, xenofobia, promesas esperanzadoras de transformación que hoy parecen sepultadas bajo escándalos de corrupción y traiciones, entre otros episodios tragicómicos, aparecen en este compendio de los trabajos de Aguilar que mediante sesudas, entretenidas y pedagógicas analogías que han superado perfectamente las distancias culturales y cronológicas, nos invitan a aprender las lecciones de la historia.

Pero no solo los tejes y manejes de la política han preocupado al comprometido defensor de la democracia, ese ideal siempre frágil y bajo sospecha, que no es alcanzable sino con la construcción colectiva y el combate perenne por una vida más digna y menos injusta para todas y todos. Asuntos cruciales para la cultura e identidad de los ecuatorianos también pueblan las páginas del País de la Mitad, ejemplo de ellos son las líneas que dedica a la lucha social por los derechos de la población LGTBIQ que encabezó Cuenca y devino en la despenalización de la homosexualidad en 1997; a la figura de Nela Martínez y su enorme aporte a la educación y militancia de izquierdas de nuestro país; al papel de la mujer en la sociedad, a la migración y sus terribles consecuencias sociales, entre otras cuestiones tratadas con una profunda capacidad reflexiva y crítica.

El tiempo ha pasado y aunque los protagonistas y el estado del país siguen siendo más o menos los mismos, lo que sí ha cambiado, y Rodrigo Aguilar supo anticipar, es la forma en la que percibimos la realidad y consumimos la información.

El tiempo ha pasado y aunque, como señalamos, los protagonistas y el estado del país siguen siendo más o menos los mismos, lo que sí ha cambiado, y Rodrigo Aguilar supo anticipar, es la forma en la que percibimos la realidad y consumimos la información. En la era de la posverdad, la ética periodística, la contrastación de los hechos y el rigor yacen como reliquias olvidadas

Por eso, el presente que nos toca vivir pide a gritos materiales como el que nos convoca hoy para contener los debates que podrían iluminar un poco la incertidumbre de habitar este áspero y cambiante mundo y servir como una suerte de hoja de ruta de los errores a evadir; enhorabuena a Rodrigo y a la editorial La Caída por este País de la mitad, un afortunado ejercicio de pensamiento independiente, lúcido y revelador con el que ha logrado capturar el espíritu de la cultura, política e identidad del Ecuador de hasta hace unos años.

(Tomado del portal digital Voces Azuayas: https://vocesazuayas.com/el-pais-de-la-mitad-una-lectura-necesaria/)

* Editora, redactora y correctora especializada en cultura.

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