El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

artista Patricio Palomeque

La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

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Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

Diáspora Tropical: Artistas cubanos en Cuenca

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Por Carlos Vásconez

Mark Twain afirmó: “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.”

Un viajante carga a sus espaldas una valija. También el anhelo de nuevos días, de colores maravillosos que justifiquen, su emigración. Hay aves que vuelan miles de millas para arrojarse a una playa peruana a morir. Hay peces como el salmón que nada contracorriente con el objetivo de hallar el amor, y morir. El caso cubano aparte de enternecernos, ha sido un ejemplo latente de lo que una idiosincrasia puede obtener: hijos desarraigados a quienes se los espera de vuelta como al hijo pródigo. No saben a veces quienes esperan que el hombre y la mujer que viajan por otros parajes llevan en la boca el nombre sagrado de su patria pues no hay cubano por excelencia que no pondere a La Habana o a las costas de su nación. Que no se le humedezcan los ojos al escuchar cómo galopan sobre las cuerdas de la guitarra los acordes ingeniados por Silvio, que no sepa que volver es una misión, respirar su aire caribeño y ver a sus mulatas y así acordarse de los barroquismos de Lezama y vuelven en un vídeo cuya banda sonora la compuso Compay Segundo o en la que un balsero jura ser propietario del bote en que salía a pescar Hemingway borracho; volver en un cuadro, en un libro, en un abrazo, en un canto.

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Una diáspora no es solamente la dispersión de un pueblo por el resto del orbe. Una diáspora no implica en exclusiva la identificación de este pueblo entre sus integrantes. Una diáspora es la posibilidad de que ese lugar se traslade, de que sus costumbres se vuelvan enriquecedoras para otras gentes de otras latitudes. Gracias a estos movimientos traslaticios, a este nomadismo, sea o no sea voluntario, hoy gozamos con la muestra expositiva (que también puede llamarse amistad) “Diáspora tropical” que comprende una minuciosa selección de piezas de seis artistas cubanos que han caminado (que bien puede traducirse por cambiado) el mundo: Aisar Jalil Martínez, Alexis Linares Pérez, Eduardo Cerviño Alzugaray y Lanner Díaz Rodríguez, Noydal Conde González, Nelson García Miranda. Artistas que viven en constante movimiento.

Las inteligencias de esta exposición son variadas y múltiples. Primero, con coherencia, la han coincidido en forma periferal, con la Bienal de Cuenca, evento crucial dentro del ámbito artístico y plástico del país. A esto podríamos tildar de sentido del tiempo. La han pensado, en segundo lugar, con una mirada minimalista, aunque los cuadros y las esculturas no provengan de ese derrotero ya que se trata de obras contundentes, claras, en algunos casos casi voluminosas, pero que son expuestas con cautela. A esto bien podría llamársele sentido del tacto. Y el tercer aspecto a rescatar es que son voces dispares, variopintas, que, en algunos casos, sobre todo en las brevedades en las que nos detienen sus obras (en sus detalles), resultan, incluso, contradictorias.

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Aisar Jalil (Camagüey, 1953)

Aisar Jalil, Camagüey, 1953, nos trae tres obras impactantes de su serie “Antes de que anochezca”. Sí, antes de que se ponga el sol los colores se rompen, se reinventan y Aisar los amasa con una mano sabia y un pincel esplendoroso. Claro, encarar esos momentos del día en que las cosas parecen desencajar no es nada sencillo. Eso lo saben bien los artistas. Y por ese magma de inquietudes que es la creación de colores, la vista se engaña, la vista se conmueve (se mueve y se mueve) inventándonos para nuestra velada monstruos fantásticos, que siempre poseen fragmentos de nosotros mismos. En esta como en las otras piezas aquí expuestas, Aisar deja constancia de un bestiario a la luz de sus ojos.

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Alexis Linares

La obra de Alexis Linares además de tratarse de un collage de historias, es de una calidad envidiable. Cuando una obra funciona, ella sola lo demuestra, no urge ni depende de comendadores. Alexis nació en La Habana y trae consigo toda la memoria de su hogar, que en mucho parecería la memoria de cualquier hogar de nuestras infancias. Hay palabras, como las que garrapateábamos en las paredes, planchas, ollas, utensilios de urdimbre y de cocina recostadas en sus telas. Parecen estar listas para que las tomemos y les demos su utilidad. La utilidad que Alexis les imprime es la de excitar nuestra mente, la de retrotraernos a esos aromas de cocinas donde el pan se amasaba y la artesa ardía. Hay en sus cuadros, en suma, magia. Hay nostalgia evidente en sus telas. Hay fuerza que fecunda la memoria.

Eduardo Cerviño, habanero de sangre, arena y corazón, nos enseña la parte psicodélica y más radical de “Diásporas tropicales”. Me es imposible no remontarme a vídeos de los años setenta protagonizados por los Roger Waters o Lou Reed. Parecen proclamar mudamente: “Aquí se maquina el futuro. Aquí se forja tu desaparición”. Como constante de su obra, emerge la parte contestataria, la que le hace gritar a pulso (recordemos que la muñeca la manejan mejor que nadie los carteristas, los jugadores de billar, el pintor y aquel que lucha a pulso) su sufrimiento y su desarraigo. ¿Cómo se desarraiga la tierra de sí misma? Cerviño nos lo indica con sus trazos firmes y concretos.

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Eduardo Cerviño

Lanner Díaz, cubano a morir y ecuatoriano recién nacido, proveniente de La Habana desde 1966, nos retrotrae a las pasiones primigenias con sus series vegetales y animales. Hay aire en sus espacios. Ese aire nos deja, un aire de ensueños en las profundidades del cuadro. Nos deja una sensación que puede erizar la piel. El gran artista sabe que lo que ve el rabillo del ojo es lo que marca la diferencia. Díaz se maneja, en el mundo de los juegos y los engaños. Como Magritte que decía esto no es una pipa y nos enseñaba una pipa, Lanner no dice esto no causa temor, ni anhelo, ni deseo, aunque cause más temor, anhelo y deseo que nada. Detrás de la orquídea, detrás de la araña, hay un paisaje que está borroneado y que nuestra mirada difiere para otro instante. Quizá los fondos de los cuadros de Díaz sean la expresión real de lo que queremos ver. Trasvasar así al objeto figurado figurándonos a nosotros mismos en el fondo, en lo que sostiene, como si lo levitara al hacerlo, a la flor y al insecto. Hay artistas que saben poner en esos supuestos restos del cuadro el alma. Lanner Díaz sabe de ello. Parecería no pintarlos sino darnos permisos para aguantar el aliento y dejarlos que floten en absoluta paz. Sus trazos son definitivos. Así se traza el porvenir.

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Lanner Díaz

Noydán Conde, nacido en la capital cubana en 1966, nos atrae al siluetismo animal que tanto reposa en el cuerpo y en el alma de los hombres. Porque las siluetas, como las ondulaciones que marca el humo de un cigarro, asemejan en demasía al cuerpo del deseo. Estas esculturas crecen apuntando a las estrellas, dan ganas de tocarlas, abrazarlas, de alguna manera, cortejarlas. Gran virtud del artista es que un veedor anhele al objeto de su creación.

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Nelson García, oriundo de Holguín, es un pintor y grabador que asegura que su arte es un proceso constante, que desemboca en su actual estética y colorido. A él le agrada el sentido acuático de la existencia. Venimos de un vientre húmedo. Nos humedecemos en vida y los fluidos vitales, leche, sangre y agua nos son consustanciales. En sus piezas uno se sumerge entre otros múltiples nadadores. El agua se expresa o permite que el mundo se exprese mediante sus colores y sus formas. Estos “Mundos perdidos” de Nelson García están llenos de una arquitectura sinuosa y que de inmediato nos remontan a los vitrales (otra clase de agua aquietada) de una capilla, en donde las almas toman sus descansos respectivos, pero paralizadas por un instante. Quietas en el acto.

En esta muestra además hay espacio para que haya tiempo, para mantenernos inermes, quietos ante la estupefacción propia. Cunden en estas obras, y por lo tanto en la plástica cubana, la práctica de la contemplación, de saber esperar, porque en el camino está la evolución.

Una exposición colectiva para que sea proba depende que los elementos, aparentemente dispersos, creen un corpus integral. No solamente como en este caso la nacionalidad, que no es poca cosa, sino aspectos poéticos. El lenguaje y la gramática del rasgo pictórico o escultórico. La medida en la cual sus creadores para representar sus sueños o la realidad, aprovechan las capacidades físicas inmediatas que la memoria les brinda para sustituir las formas rígidas del arte por formas vivientes y amenazadoras. Con las cuales el sentido de la vieja magia, santera, religiosa, cultural, ceremonial del teatro de la vida adopta como nuevo afluente nuestro humor vítreo, donde descansa como aquellas bellas e inolvidables escenas de amor que hemos vivido de una vez y para siempre. Es entonces cuando un país que nos puede parecer ajeno es también nuestro y es asimismo amado.

En estas salas apreciamos el tan ansiado Mundo Mujer al que aludía Roland Barthes. Cuba es una mujer maravillosa que viste aún de encaje y enagua. Por eso estos artistas tienden a la gracia, a lo divino, a la elegía de la madre y la amada.

Estos artistas parecerían decirnos que nuestro destino, igual que el suyo, no es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.

Es un detalle, inaprensible, la dadivosidad de un pueblo. Hoy Cuba y sus mujeres y hombres de bien se representan en esta exposición, en la manera de entregarse a los otros, a quienes los vemos, con alegría, como su son, con ojos soñadores, como quien mira desde sus puertos el horizonte y se imagina viajar para querer siempre volver. Porque volver, sí, es la mejor forma del viaje, que solo se consigue cuando alguien parte con el corazón anudado y el pie firme. En estas pinturas resuena la voz de quien sabe extrañar con ansias, con energía, con talento, con la gracia para flotar en un mar de luces y coloreados pensamientos.