ARTImañas en la galería Illescas

Estándar

En el marco de la XIII Bienal de Cuenca, los espacios de la Galería de Arte Illescas (Calle Larga 1-209, a 100 m del Museo Pumapungo) acogen la exposición ARTImañas, curada por Eduardo Albert, con la participación de Madeleine Hollaender como Gestora cultural. La muestra presenta a los ojos del público obras de los jóvenes creadores Lisbeth Carvajal, Pedro Gavilanes, Javier Gavilanes, Joshua Jurado, Jimmy Lara, Patricio Ponce, Chay Velasco, Roger Pincay, y Raymundo Valdez.

img_0267

“Nueve jóvenes artistas aceptaron el reto de mostrasr sus obras más recientes en Cuenca, con motivo de la XIII edición de la Bienal. Son todos de diversas procedencias y cuenta con diversas experiencias personales, pero en su mayoría estudian en la Universidad de las Artes en Guayaquil, o culminaron su carrera en el célebre ITAE. Como puede suponerse, en tal heterogeneidad de trayectorias personales, exponen piezas realizadas en un amplio espectro de medios, soportes y materiales, pero toda la producción puede consignarse bajo el rubro de arte pensado y facturado con habilidad, ironía y astucia.Ponen a consideración de las audiencias, ni más ni menos que artimañas…

img_0266

Y es que en cada obra, estos creadores manifiestan sus mañas, sus oficios respectivos, su habilidad para articular formas variadas con ciertos aires de provocación a la recepción activa o al deleite inteligente.

Desde pinturas hasta objetos e instalaciones, la muestra pasa revista a buena parte del ya dilatado campo de la visualidad artística y, en correspondencia, al expandido universo de sus lenguajes y recursos morfológicos.

img_0264

Es, al mismo tiempo, un registro de los alcances logrados en itinerarios individuales de investigación y realización, en esa “emergencia y confrontación de modos muy distintos de hacer” que, según Terry Smith, cualifican al arte contemporáneo.” (Eduardo Albert)

Aquí es Guapdondélig: otras visiones de Cuenca de los Andes

Estándar

Era el sueño de todo adolescente católico de cualquier provincia ecuatoriana, en el año 1985, llegar hasta la hermosa y mítica Cuenca para ver al Papa Juan Pablo II durante su visita a la capital azuaya. Cuenca era la ciudad que todos queríamos conocer entonces, después de Quito y Guayaquil, si no habías nacido en ninguna de esas tres urbes. Muchos lo lograron, vaya a saber gracias a qué circunstancias, y pudieron ser testigos y hasta protagonistas, de alguna manera, de aquel hito histórico para la comunidad en gran parte católica que es la población ecuatoriana, y, concretamente, la cuencana y azuaya.

Cuenca, como tercera ciudad de esta nación llamada Ecuador, ha sido siempre célebre entre el resto de los ecuatorianos. Por aquellos años convulsos de la década perdida, dos habían sido para la mayoría de nosotros las referencias más conocidas sobre la ciudad: la creencia oficial, transmitida en las aulas escolares, de que en Tomebamba nació el emperador Huayna-Cápac; y la visita a sus calles, parques e iglesia catedral, por parte del antiguo obrero polaco Karol Wojtyla, admirado personaje de mi era pre marxista-leninista y pre silviorodrigueciana, a los 15 años de edad.

El primero de los personajes, padre del último emperador inca, asesinado por las fuerzas españolas, fue perdiendo interés con el paso del tiempo, al crecer en admiración e importancia la cultura cañari. El segundo, desdibujándose hasta no ser más que el símbolo de una historia de horror y perversión que ha estado oculta a lo largo de una práctica religiosa que,  más que en la fe como tal, se ha basado en realidades paralelas como la superstición, la ignorancia, el poder, la opulencia y el capital, la doble moral, por no hablar de acciones vomitivas como la pedofilia, y todos los crímenes, abusos, felonías e ignominias que en su nombre se han cometido durante más de dos milenios ya.

Pero fue imposible, pese a todas las gestiones efectuadas para ello, viajar a Cuenca, y hubo que contentarse con lo que transmitían los canales de televisión, y los periódicos que todavía eran medios admirados, creíbles y respetados, en especial uno, con el que creció nuestra generación, por su posición ecologista y por su forma diferente de hacer periodismo: el capitalino y hoy extinto Hoy.

DSC09792

Poco tiempo después, un día de aquel año de acontecimientos extraños y fundamentales, como la caída del Muro de Berlín o la sangrienta invasión a Panamá por parte de miles de marines gringos, me vi dentro de un bus con rumbo a Guayaquil, en cuya terminal terrestre, aquella bautizada con el nombre de otro héroe de la infancia y la adolescencia (aquel que siendo el mandatario más joven en la historia del país, se atrevería por primera vez a pronunciar palabras quichuas en un discurso de asunción presidencial), tomaría luego otro con rumbo a Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

Por aquella época no había otra manera de llegar a Cuenca, desde la costa norte del Ecuador, que pasando por La Troncal. Esta ciudad, que de aspecto andino no tiene nada, es sin embargo jurisdicción de una de las tres provincias azuayas, la que hoy se conoce como del Cañar, y así como las poblaciones de Azogues y Cañar tienen cierta rivalidad por la reivindicación del derecho a ser la capital de esa provincia, de igual manera los troncaleños creen también tener derecho a serlo, por lo pujante de su economía y de su población, en buena medida de origen azuayo-cañarense pero con un acento ya fuertemente costeño.

Es solo al comenzar a subir la cordillera, cuando empieza a notarse lo andino y a sentir que se adentra uno por los confines del antiguo Azuay. De Cochancay en adelante, cualquier visitante atento y despierto tendrá la sensación de hallarse en una misma región, tanto en lo cultural como en lo concerniente a su naturaleza, aunque se halle en tierras de tres provincias hoy políticamente divididas, pese a haber conformado, desde épocas inmemoriales, un solo pueblo: Azuay, Cañar y Morona Santiago, las provincias azuayas, el antiguo Azuay.

Aunque en estos tiempos de excelentes vías nacionales parece increíble que no siempre fue así, de vieja data fue también el habitual mal estado de la carretera, agravado por las numerosas fallas geológicas por las que pasa el trazado, pero sobre todo por la indolencia y la falta de gestión de las autoridades locales y regionales. En el recorrido no solo va cambiando el paisaje, que se hace menos agreste, más irregular y montañoso, y, en algunos tramos, totalmente luminoso, mientras en otros angustiosamente neblinoso, como si se avanzase por en medio de las nubes. Cambia también el tipo de personas que se observa a lo largo del camino, sus rostros y tonos de piel, sus vestimentas llamativas de tonos rojizos, así como las formas y aspectos de sus viviendas, que de pronto ya no tienen hojas de zinc como techos, sino auténticas tejas rojizas, además de las paredes de adobe o bahareque, que en adelante serán la tónica de la mayoría de las casas de esta región, poco antes de que el influjo migratorio de miles de personas contribuya a cambiar de manera drástica el paisaje arquitectónico de toda una importante zona del país.

El bus solía detenerse a recoger en la vía a quien así lo pidiera, para trasladarse a Suscal, Zhud, El Tambo o Cañar, a Ingapirca, Biblián o Azogues, o a cualquiera de los numerosos puntos intermedios. Era una fascinación mayúscula la que atrapaba al viajero costeño, por primera vez a punto de experimentar por dentro la fascinación por una auténtica cultura andina, que habitaba y reinventaba cada día la vida con toda la fuerza de su proverbial peculiaridad humano-espacial.

Muchos de estos habitantes, llamados cañaris, subían y bajaban durante el trayecto, que luego repetiría en varias ocasiones, en las idas y venidas flanqueando las puertas (alguna vez existentes entre todas las provincias del Ecuador) de dos mundos prácticamente opuestos y, a la vez, complementarios. Tan radicalmente diferentes en el tipo de territorio sobre los que se asientan sus moradores y el clima correspondiente, como en la forma de hablar y vivir, de ver el entorno mismo y el horizonte formado por la visión del tiempo conjugándose sobre las infinitas formas del espacio.

Parte fundamental de la cultura, lo gastronómico aparecía de forma brusca en diferentes orillas del camino, en la enormidad de los cerdos muertos que se exhibían en diferentes puntos, dentro y fuera de los centros urbanos. Una práctica habitual de los viajeros es detenerse ante estos locales, y bajar a devorar, a veces en grandes grupos, partes del animal cuya lenta desaparición comienza a gestarse conforme aumenta el número de hambrientos viajeros, a quienes su visión despierta profundas sensaciones de antiquísima necesidad de supervivencia.

La otra práctica culinaria de masiva aceptación social, la de criar conejillos de indias para sacrificarlos y comerlos, es vista por las sociedades de la región litoral con gran interés, con muestras frecuentes y repetitivas, sobre todo de quienes viajan de visita a las provincias referidas y a la mayoría del territorio interandino ecuatoriano, de asombro, curiosidad, atrevimiento, y no pocas veces también de repulsión, porque algunos costeños creen que no se trata de cuyes sino de ratas. Extranjeros, en cambio, mejor conocidos en el entorno latinoamericano como gringos, muestran reacciones de reprobación, resignación y tristeza, porque en su cultura el cuy es un animal adoptado como mascota de las familias; es decir, jamás pensarían en ingerir la carne de un amigo, y mucho menos de un miembro de la familia.

En suma, una simple cuestión de postura frente a nuestra innegable condición de zoófagos con preferencias diferentes: mientras en las sociedades andinas son ingeridos cada día cadáveres de reses, cerdos, pollos, cuyes o conejillos de indias, conejos, borregos y truchas, y en algunos casos hasta compañeros equinos y caninos, en las de los territorios “bajos” y “calientes” en las yungas, también se ingiere la carne de las reses y los cochinos, de las cabras y los pollos, de los patos y los pavos, de los pescados y mariscos, además de ciertas otras especies como las guantas y tatabras, las serpientes y las iguanas.

En la parte final del recorrido sinuoso, y a veces tortuoso, mientras los jóvenes alemanes destruyen por ambos lados el muro de Berlín, a miles de kilómetros de distancia, en una plaza adoquinada y polvorienta, donde están estacionados muchos buses viejos y destartalados, se sube una joven mestiza, de mejillas sonrosadas y voz melodiosa y graciosa, a ofrecer “¡úuuvas, péeeras, máaaanzaanas…!”. Azogues marcaba lo último del viaje, antes de llegar a la capital del territorio, a la antigua y siempre joven Cuenca de los Andes, atravesando la vieja, sinuosa y maltratada carretera Panamericana.

 

***

En 1989 la terminal terrestre servía a la ciudad, y por entonces también eran ya, sus alrededores, lugares peligrosos donde no resultaba difícil ser asaltado. Alguna vez, mucho tiempo después, murió apuñalado un adolescente del colegio “Manuel J. Calle”, por resistirse a que le roben el teléfono, y en años sucesivos han ido aumentando en frecuencia las muertes violentas, incluidas prácticas hasta hace poco aún consideradas como propias de otras realidades, como la del sicariato.

En aquella época en que nadie tenía idea de lo que era un teléfono celular, y cualquiera que pudiese hablar ya de internet podría haber sido considerado como un excéntrico soñador, el viajero llega a Cuenca y simplemente no sabe a dónde dirigirse. Guiado por algún instinto de orientación urbana llega hasta el sector conocido como la Chola Cuencana, llamado así porque en ese lugar de intercambio de vías compartían una extraña vecindad dos estatuas: la de una chola cuencana con rasgos medio europeos, y la de un conquistador español en rígida postura. Parece que de vez en cuando alguno que otro beodo creyó ser testigo de que por las noches el Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, mirando hacia la avenida España, dejaba la rigidez que lo caracterizaba por el día, y raudo se colocaba junto a la Chola que le daba la espalda, para continuar hasta el infinito el ardoroso mestizaje iniciado en el siglo XVI.

Algunas cuadras más allá, por la avenida Huayna Cápac, el visitante toma la calle Presidente Córdova, atraído por una suerte de pasaje colgante que se observa desde lejos, donde tiempo después sabría que funcionaba la biblioteca de la Casa de la Cultura del Azuay, sin imaginar que media vida más tarde será el escenario en que presente uno de sus libros, precisamente la recopilación testimonial de más de un cuarto de siglo de romance interminable, más de una vez renovado, con la mágica, bella e intensa Cuenca de los Andes.

Una de las calles que llaman su atención, la Vargas Machuca, milagrosamente le conduce a la residencia universitaria, regida por monjas, donde a la sazón está alojada la musa de sus poemas, la Dulcinea del Toboso de sus sueños de adolescente. Y, poco después, a buscar alojamiento en un hotel.

DSC00755

La prensa local de aquellos años estaba representada por El Mercurio, matutino de larga tradición y preferencia entre los cuencanos; El Tiempo, vespertino tabloide también tradicional ya para entonces; y Austral, un matutino de reciente circulación que no tuvo mayor vida como periódico. A nivel de televisión, un canal católico, más aburrido que conferencia después de una farra nocturna; y, en cuestión de radio, algunas emisoras interesantes, entre ellas Tomebamba como la más popular y escuchada, y radio Bolívar, esta última por el tipo de música que ofrecía: andina, protesta, nueva canción latinoamericana. Pocos años más tarde aparecería Telerama, inicialmente anunciado como canal cultural, y poco a poco convertido en medio comercial; y, tiempo después, Unsión Televisión, cuyos contenidos varían entre lo cultural y lo religioso.

Lo primero: buscar un alojamiento más o menos permanente, barato y seguro. Para ello nada mejor que los anuncios clasificados de El Mercurio, que le llevarían a una casa de la calle Juan Jaramillo, en donde al parecer, según reza una placa que aún sigue colocada en su parte frontal, vivió el polémico sacerdote e historiador ecuatoriano Federico González Suárez.

Aparecer por entonces en Cuenca, con otro tono de piel y hablando con acento de “mono”, es decir costeño, era como llegar de ilegal a otro país. No importaba que fueras ecuatoriano, sino que no hablabas igual y, para colmo, con acento que delataba ya cualquiera de tus crímenes. “Así que de la ciudad de Esmeraldas… mmm… ¿pero no es negrito, no? Jiji jiji… Bueno, bueno… el cuarto está disponible, sí, pero usted sabe, se trata de una casa de familia… las buenas costumbres, la seguridad… Yo se lo arriendo pero necesito una carta de referencia…”

A buscar entonces una carta de referencia en la españolísima Santa Ana de los Ríos de Cuenca. Con tantos amigos, conocidos y familiares que debe creer la dichosa señora que el recién llegado, o sea yo, tenía en la ciudad, tendría para llenar una carpeta de referencias y recomendaciones. Había oído o leído que el presidente de la Casa de la Cultura en el Azuay era Eliécer Cárdenas, el autor de “Polvo y Ceniza”, militante además del Partido Comunista, es decir, camarada. Así que esa sería la solución.

Rumbo al centro de la cultura azuaya para solicitar, sin más ni más, una carta de referencia. El Presidente de la institución no estaba, pero una joven muy delgada, haciendo uso y gala de ese acento cantado cuya melodía aprendería con el paso del tiempo a distinguir en sus tonos y flexiones, con suma amabilidad extendió un salvoconducto, es decir un certificado en papel membretado de la institución, pidiendo a quien lo leyera que no se desconfiare de estos jóvenes esmeraldeños, miembros de una familia honorable de aquella costeña y lejana provincia hermana, pues también forma parte de la República. Se refería a los “jóvenes” porque a la sazón también un hermano del autor de estas líneas intentaba secundarle en esto de buscar residencia en tierras altas y frías. Pero más pudieron los fríos y otros factores sensoriales, que terminaron actuando como repelentes y lo afincaron en la cálida, populosa y voluminosa Guayaquil.

Con el salvoconducto en la mano, que por entonces era más importante que lo que llegó a ser, años después, la visa estadounidense pegada en el pasaporte, sentía como si me estuviera dirigiendo a la oficina de extranjería de esa ciudad tan extraña que era Cuenca. Al golpear las puertas de la casa de Monseñor don Federico, la señora dueña de casa esta vez ni siquiera salió, sino que envió a una niña de trenzas y follón a decir, en un español mucho más sesgado, que yastárrshendado el cuarto.

Al pasar el tiempo aprendería a sortear esas muestras de cariño xenofóbico. Es más, con el paso de los años fue llegando tanta gente procedente de otras latitudes, que los cuencanos se volvieron menos quisquillosos y desconfiados a la hora de arrendar. Por el contrario, fue aumentando en forma considerable la oferta de cuartos, departamentos y casas de arriendo, hasta ser la expresión de un nuevo proceso de repoblamiento de la ciudad, además de fuente de ingresos de numerosas familias cuencanas, y con precios cada vez más altos. Las preferencias, desde luego, se mantienen a favor de los extranjeros, siempre que no sean ni colombianos ni peruanos, a quienes se toma no como tales sino como incómodos vecinos.

DSC00333

Iglesia de Santo Domingo

En cierta época, se sabe, las familias cuencanas tradicionales habitaban el Centro Histórico, y los alrededores de la ciudad eran los espacios de esparcimiento, el campo, donde estaban las fincas y haciendas. La expansión urbana fue haciendo que otras zonas fueran ocupadas como residencia, con lo que aparecieron nuevos barrios y ciudadelas, cada vez más alejados del Centro. Las viejas casas comenzaron a servir como tiendas, almacenes y bodegas, y como viviendas de familias menos pudientes, muchas en verdad pobres y procedentes de las zonas rurales o de otras provincias, y, desde que comenzó la dolarización decretada por Jamil Mahuad al comenzar el nuevo milenio, también de países vecinos.

Conseguí una fría habitación en una vetusta casa de la calle Benigno Malo, que me llamó la atención por las columnas romanas que flanqueaban su puerta, y que la diferenciaban del resto de casas de la zona. Pese a ello más de una vez, en mi despiste, tuve que regresar desde la esquina para buscar el ingreso, pues por entonces la mayoría de las residencias del Centro Histórico me parecían iguales, como forjadas bajo un concepto unificador, sin diferencias. Pero era solo una impresión inicial, breve, derivada con seguridad de haber vivido en otras realidades espacio-temporales, y, por ende, también culturales y arquitectónicas.

El trayecto entre la universidad y la residencia tenía un desvío, hacia la casa de una familia cuencana más bien de escasos recursos, cuyo trato era muy amable y cariñoso, y que intentaba ayudarse dándole de comer a estudiantes universitarios venidos de otras provincias. Entre esos dos lugares mediaba obligadamente un colegio de ninfas que parecían haber salido de algún paraje paradisiaco, reunidas todas como en convite de himeneos. Calculando más o menos la hora de salida, terminaba de comer y emprendía la ruta de retorno al dormitorio, caminando lentamente y cautivado e idiotizado por tanta morlaca hermosa, cada una más divina que la otra, y más pretensiosa que la otra. Pero eso no importaba. La dicha era abrirse paso entre ellas, mirar de cerca sus bellos rostros, oír ese canto esdrújulo de su castellano mestizo de cañari, quichua e inglés, que era una música auténtica para los oídos. Recuerdo particularmente a una niña de cabello rojo y muchas pecas, de una belleza peculiar, diferente, que descollaba entre el resto de ninfas. Hoy debe ser alguna señora de la clase alta local, bien casada con alguien del mismo círculo, cumplidora de los preceptos religiosos, familiares y sociales entre los que creció y vivió, o residente privilegiada de algún país europeo.

En ese mismo colegio, lo sabía porque fue todo un acontecimiento nacional, unos pocos años atrás otra de esas lindas niñas de clase alta cuencana amaneció un día diciendo que la Virgen se le había aparecido, y la había elegido como medio  para expresar su mensaje a la humanidad…

***

Al comienzo cuesta un poco adaptarse a la forma de hablar de los compañeros de aula, pero sobre todo a la de algunos profesores. Los tonos del canto cuencano tienen matices diferentes según la clase social a la que se pertenece, el lugar en el que se ha estudiado, y hasta el sector donde se ha vivido, sea éste urbano o rural. A la vez, a algunos les cuesta también entender al “mono”, por lo que es necesario ceder un poco en el ritmo de articulación de las palabras, para dejarse entender, o recurrir de vez en cuando, para ganar simpatía, a alguna compañera lojana que hiciese de traductora, convencida ella de que su dicción y vocabulario eran mejores que los de sus equivocados interlocutores.

Es necesario aprender algunos términos y expresiones que forman parte del vocabulario cotidiano de la población, y que son a veces arcaísmos, pero sobre todo quichuismos y remotos ecos de la primera lengua que se habló sobre este territorio, la lengua cañari: “mucha”, por beso, que aprendí cuando se me dijo que el premio de una buena acción sería eso, y nadie quiso decirme qué era hasta que recibí, vaya sorpresa, el beso que me estampó una hermosa compañera universitaria; “amarcar”, por cargar; “guagcharito”, por huérfano; “china” y “maría”, por empleada doméstica; “taroso”, por demasiado joven e inexperto; “chispo” y “chispín”, por borracho y beodo; “suco” y “suquita”, por rubio y rubia (con cariño); “cuzni”, más bien con desprecio, a todo aquel cuya piel es morena, sin ser de origen afro; “ñuto” y “piti”, por pequeño; y hasta neologismos como “chendo”, que tiene cerca de tres décadas usándose por parte de las generaciones más jóvenes, como forma de decir que alguna afirmación es falsa. Al parecer es un apócope que proviene de la expresión “diciendo nomás”; “diciendo” fue convirtiéndose en “dichiendo”, “dichendo”, “de chendo”, hasta llegar a “cheeeendo”, con la “e” alargada por un par de segundos, que inclusive los extranjeros no hispanos aprenden en sus conversaciones de español cuando llegan a Cuenca. He oído decir la palabra a franceses, ingleses, alemanes, suizos, gringos y hasta coreanos, y a una buena cantidad de hispanos, como colombianos, argentinos, chilenos, cubanos, costarricenses, peruanos y mexicanos.

Así como a lo largo de estas décadas se fue disgregando la sociedad azuaya, hasta volverse la primera región del Ecuador exportadora de capital humano, ya no únicamente a la región litoral del país, sino cada vez en mayor número, por miles, hacia los Estados Unidos, del mismo modo durante todo ese lapso fueron arribando a la ciudad miles de extranjeros, de las más diversas nacionalidades.

Muchos vinieron por unos días, por unas semanas o meses, por algunos años inclusive, y otra gran cantidad de ellos también decidió establecerse aquí, inclusive antes de que la ciudad adquiriese, a través de su centro histórico, la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 1999.

Después de aquel acontecimiento, y también después de las dos participaciones consecutivas de la selección nacional de fútbol del Ecuador en sendos campeonatos mundiales, el número de visitantes ha crecido, así como el de extranjeros que deciden radicarse en Cuenca.

Hacia comienzos de los años noventa, sin embargo, no es mayor el número de turistas extranjeros. La ciudad conserva aún mucho del ambiente que la caracterizó durante los años ochentas. Es más provinciana, es inclusive bucólica a poquísimos minutos del centro histórico, pues no resulta raro encontrarse con alguna chola cuencana tirando de una soga a la que va atada una tremenda vaca, además de que proliferan aún las cholas lavando ropa a orillas del río Tomebamba.

El sistema de transporte urbano es caótico, con diferentes tipos de automotores, desde pequeñas busetas hasta enormes buses, la mayoría viejísimos, en los que durante las horas pico se aglomeran como sardinas en lata decenas de pasajeros, desesperados por no quedarse sin transporte para ir a las diferentes parroquias cuencanas, que desde hace mucho son los pueblos dormitorios que rodean la ciudad.

DSC07038

Por entonces eran acontecimientos de resonancia el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, organizado por la Facultad  de Filosofía de la Universidad de Cuenca, y la Bienal Internacional de Pintura, organizada por la Municipalidad y un comité elegido para el efecto. Ambas fiestas culturales de periodicidad bienal, tenían en verdad una resonancia local y nacional de gran magnitud. Recuerdo que aquel año estuvo caminando entre el público el entonces Presidente de la República, Rodrigo Borja Cevallos, en plena casa del Museo Municipal de Arte Moderno.

La Bienal catapultó a muchos de los entonces jóvenes pintores cuencanos y azuayos, que de otra manera hubiesen tenido que recorrer un camino aún más arduo del que les tocó transitar bajo su égida. Pese a las críticas de siempre, sobre todo procedentes de centros urbanos donde se continúa pensando que deben ser las ciudades sede del certamen, fue a lo largo del tiempo un importante punto de apoyo para los artistas cuencanos y ecuatorianos, y permitió que una buena parte de público tuviese acceso a las corrientes artísticas contemporáneas que se sucedían en el continente.

Entendiese o no el gran público cuencano el arte que se exhibía ante sus ojos, creo que ayudó a crear espectadores más exigentes con el tipo de arte que se les mostraba. Y aunque aún en este año 2016 posterior al del fin del mundo es posible ver, incluso en galerías pertenecientes a la ciudad, exposiciones de cuadros con paisajes, bodegones y retratos, creo que hubo también un público que se formó con la Bienal y fue madurando con ella, y que es cada vez más numeroso.

Hoy, desde luego, la Bienal ya no es ni de pintura ni es americana, y, aunque sigue siendo cuencana, el tipo de arte que ha optado por premiar y mostrar es bastante diferente a las obras bidimensionales que llegaban procedentes de numerosas naciones. Hoy el arte ha dejado de estar en los lienzos y ha pasado a verse y producirse en computadoras, proyecciones, instalaciones, happenings, arte conceptual en general que tampoco es que sea nuevo, pero que le ha permitido de alguna forma permanecer en el medio internacional como certamen artístico, y ganarse la adhesión de las nuevas generaciones

El Encuentro sobre Literatura ha sido también importante, pero su público se fue circunscribiendo a creadores, es decir escritores y poetas, y críticos y estudiantes de literatura, profesores y amantes de la escritura. En algún momento llegó a convertirse en una cita demasiado académica, con ponencias que no estaban al alcance del gran público lector, o del mediano lector ecuatoriano. Con el tiempo fue dejando unas memorias valiosas, que forman parte de la evolución de los estudios sobre literatura ecuatoriana y latinoamericana durante las últimas décadas, además de la oportunidad de que los lectores conocieran a iconos auténticos de la literatura regional como Roberto Fernández Retamar, Tomás Borge, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrovo.

Se dice que Gabriel García Márquez, viejo sueño de los hoy también viejos organizadores del Encuentro, pudo venir alguna vez, y hasta hubo un rector de la Universidad de Cuenca que le hizo, de manera personal, la invitación a participar en el Encuentro Nacional sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, con sede en la españolísima ciudad Santa Ana de los Ríos de Cuenca del Ecuador. Invitación a la que, según se afirma, el deificado autor de “Cien Años de Soledad”, en gracioso y pretencioso acento colombiano le respondió con la frase lapidaria de que él no asistía a encuentros de pueblitos…

***

El orgullo de los ciudadanos cuencanos, sus actitudes etnocentristas (eufemismo por racistas), cierto aire de superioridad, cierta sensación de que se procede de antepasados españoles, esa serie de prejuicios que forman parte importante de su cultura, no son fácilmente asimilados por quienes llegan desde otras partes del país y del mundo. Es como un rezago de la era colonial. Alguna vez escuché a un chileno decir que “esto más parece un pueblo que una ciudad”.

Bueno, sí, hay aspectos de la Cuenca provinciana que la hacen parecer un pueblo, como esas casas de la avenida Loja, con aspecto rural, que parecen haberse quedado atrapadas en otro tiempo, completamente invariables ante el paso de la modernidad, y a la vez que contrastan también complementan el paisaje urbano. Una de las actitudes que llaman la atención de los visitantes, es que en los espacios públicos se mira con evidente interés y total descaro a las demás personas, a los recién llegados, a los que lucen diferente, a todo aquel que parezca tener algo fuera de lo común.

Una amiga procedente de Corea del Sur, no lograba comprender cómo es que la gente de una ciudad pequeña como Cuenca, enclavada entre las montañas de un país pequeñito del tercer mundo con nombre de línea imaginaria, podía ser tan arrogantemente orgullosa y antipática.

Al parecer hay también en torno a este elemento muchos prejuicios. No son pocos los que creen que se es poeta por haber nacido en Cuenca. Lo cual es una suerte de secuela del pretencioso mito de la Atenas del Ecuador, tan atacado por unos como defendido y reivindicado por otros. Se cree que el poeta Efraín Jara Idrovo, intelectual y catedrático cuencano de enorme prestigio a nivel nacional, dijo alguna vez que no era “Atenas” sino “apenas” del Ecuador, frase con la que irritó las conciencias de buena cantidad de atenienses.

Con todo, durante la misma época en que el Papa visitaba Cuenca, los cuencanos protagonizaban uno de esos episodios de la historia local que preferirían no registrar jamás, conocido para la posteridad como “La Noche de los Giles”, gracias a la pluma de un personaje salido de Macondo para escribir en uno de los periódicos locales su acostumbrada columna cotidiana: Mauricio Babilonia. La noche en referencia, miles de personas habían terminado por creer que la catástrofe se avecinaba cuando se diera el terremoto anunciado ese día de boca en boca.

En un país de tan reducido territorio como el Ecuador, y con una diversidad cultural y regional tan marcada, no es extraño que los mitos, prejuicios y estigmas tengan una presencia fuerte en el imaginario popular. De los costeños se dice que son vagos y ladrones, mientras que de los serranos que son hipócritas y traicioneros, y quienes representan esta última creencia por antonomasia son los cuencanos. Entre la propia gente nacida en la ciudad se dice, sin embargo, que un cuencano no puede ver con felicidad el éxito de otro; o que en cuando alguien intente subir peldaños en la vida, llegará un momento en que no pueda subir más, y al ver hacia arriba qué se lo impide, verá a un cuencano sosteniéndole por los hombros.

Lo cierto es que, en ocasiones, la ciudad asume el espíritu de cuerpo, y no tolera críticas de ningún tipo, como ocurrió cuando una periodista enviada por “El Mercurio” de Chile, se atrevió a proferir aseveraciones poco agradables luego de su estadía en la ciudad. Paola Raffo visitó Cuenca con el fin de hacerse una idea periodística, que luego contaría a sus compatriotas, sobre la flamante ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuando al fin apareció la publicación, el reportaje llegó a manos del alcalde Cordero y sus asesores, en su versión electrónica. El burgomaestre salió en defensa de la agraviada urbe dirigiendo una carta al director del medio chileno, y participando la indignación que sentía a través de los medios cuencanos. Tras el episodio hubo algunas réplicas interesantes, unas mesuradas y otras, realmente desmedidas. Alguno, iracundo, hasta llegó a apostar en público que la periodista lo había “hecho posiblemente enajenada por el alcohol o alguna otra sustancia estimulante”.

El balance general del texto, pese a los bemoles que causaron la indignación y la polémica, era positivo. Cuenca, que por lo demás no necesita detractores ni defensores, salía airosa y quizá hasta habiendo ganado el curioso deseo de muchos paisanos de Camila Vallejo por conocerla. La ciudad no es ni tan poco como una rápida lectura de ciertas frases ambiguas del reportaje podría haber hecho creer, ni tan Atenas del Ecuador como muchos maestros morlacos continúan enseñando en las escuelas a miles de pequeños futuros atenienses. Es simplemente Cuenca de los Andes, un sitio especial y único con la grandeza del trabajo de su gente, y también con los escollos superables que cualquier urbe en desarrollo afronta.

 En las alturas de Cuenca, Ecuador, como se tituló al texto de la discordia, no era más que el resultado obvio de que la urbe morlaca, o por lo menos su centro histórico, dejó de pertenecerles exclusivamente a los cuencanos el 1 de diciembre de 1999. Desde entonces, aunque suene ya a pomposo pero desgastado lugar común, es Patrimonio de la Humanidad. Ello implica no solo el afán de conocerla que atrae a muchísimos extranjeros y nacionales que la visitan cada día, sino también su derecho justificado a reclamar, en boca de sus representantes, ante cualquier acción, postura o circunstancia que afecte ese patrimonio. En ese empeño pueden y deben aparecer quienes, lejos de continuar la tradicional retahíla de adulones superficiales de dentro y fuera de casa, reparen en defectos que quizá sean imperceptibles entre sus habitantes, v.g. ese inexplicable y horroroso hábito callejero de hacer tiro al blanco con las poderosas glándulas salivares, señalado por la casi non grata Paola Raffo.

Despertar un día con la noticia de que se ha sido objeto de reconocimiento por parte de la memoria colectiva mundial, del patrimonio cultural de la humanidad, sí es como para embriagar a cualquiera, individuo o colectividad. Lo importante, luego de superar la resaca, es despertarse con buen talante y aprender a vivir con esa responsabilidad. Asumirla no es solo creer bajo sospecha que la arquitectura cuencana es colonial, y que por eso y por su condición de ingenuo clon literario de la Atenas verdadera se la incluyó en la lista de la Unesco. Dos falacias que no acaban de desmentirse. En eso falta mucho, demasiado por hacer.

***

Un cuarto de siglo después, Cuenca de los Andes ha crecido de manera vertiginosa, al punto de que la ciudad empezó a invadir las zonas rurales, aquellas dedicadas a la agricultura, como la parroquia San Joaquín, y también las lomas y cerros con imparable agresividad. Un cuarto de siglo después Cuenca está llena de seres procedentes no solo de las diferentes provincias ecuatorianas, sino de todos los puntos del planeta, atraídos por ese prestigio de ciudad para vivir, y por esa condición de urbe que custodia un centro cultural que es patrimonio cultural de la humanidad, y que por ese motivo se ve invadido de tal manera, porque todos, en especial los extranjeros con suficientes recursos como para permitírselo, un pedazo de ese patrimonio para vivir entre él, con él o sobre él.

De manera lenta los extranjeros comienzan a mimetizarse entre la población local, y a influir en ella no solo en el incremento inflacionario de alimentos y vivienda, sino también a nivel cultural, con la presencia de sus costumbres y culturas, de sus hábitos y formas de vida.

A lo largo de un cuarto de siglo se fue transformando en otra la ciudad aún franciscana del año 1989, la que veía transitar los carros azules de la policía por sus calles, la de Patricia Tálbot y el diario Austral, de Rosalía Arteaga, el Moncho Luis Alberto Luna Tobar, la del paso a desnivel por la avenida Huayna Cápac que solo usaban delincuentes y transeúntes necesitados de baños higiénicos; la del alcalde Piedra y radio Tomebamba; la del Corcho Cordero y el cambio rotundo en la fisonomía del Centro Histórico; la de Jefferson Pérez y tantos excelentes deportistas; la del Parque de la Madre antes de que también fuese cambiado, incluido su antiguo y vetusto planetario; la del edificio de la Cámara de Industrias que enorgulleció a algunos y fastidió a otros, sobre todo aquellos que desde el Centro Histórico veían la parte moderna de la ciudad, y de pronto solo tenían ante sí una construcción de ladrillo, cemento y vidrio; la de los jóvenes gays del Manzanito que fueron arrestados y ultrajados en una cárcel cuencana bajo instigación policial; la de aquellos jóvenes que bajaban en canoa por el Tomebamba sin esperar que de un rato a otro éste se convirtiera en Julián Matadero, y los arrastrase a la muerte, igual que hizo años más tarde con Emmanuel el locutor, y con cientos, quizá miles de personas a lo largo de su historia milenaria; la Cuenca del zhumir pecho amarillo, que corre tanto como los cuatro ríos morlacos; la de media docena de universidades, cada una mejor o peor que la otra, cada una más prestigiosa o más escolar que la otra, pero cada una formadora de nuevos profesionales, unos mejores o más mediocres que otros, que de todo da la mata; la Cuenca que un día escuchó un estruendo procedente del Cajas, que la mayoría recuerda aún pero que nadie supo nunca cuál fue su origen, y solo quedó la especulación en torno a meteoritos y objetos voladores no identificados; la Cuenca que el 1 de diciembre de 1999 celebró con júbilo y orgullo la inclusión de su centro histórico en la lista del patrimonio mundial, sin saber muy de qué iba aquello ni en qué exactamente se estaba metiendo; la Cuenca que cada año en vísperas de noviembre elige a su reina de belleza de entre las más lindas niñas blanco-mestizas de la localidad, de apellidos sonoramente hispanos y europeos, que no dejen duda alguna de la alcurnia o, por lo menos, de una ascendencia sin mayores mezclas indígenas o, peor aún, afro. La Cuenca que no se atreve a organizar un certamen en que todas las mujeres cuencanas estén representadas, pues para eso tiene cada una de sus castas un concurso especial: las cholas, las señoritas de los barrios, las quinceañeras, cada una en su nivel y sitio, por no decir en su casta.

La Cuenca que hoy pugna entre varios grupos por enfrentar su futuro mediante una manzana de la discordia llamada tranvía, en cuyo proceso de construcción se han cometido tantas falencias y metidas de mano, además de acusaciones de culpabilidad entre bandos, que hay decenas de familias perjudicas por la dilación y la torpeza.

La Cuenca que alguna vez se supo Tomebamba, pero que antes de eso tuvo un pasado orgullosamente cañari que la llamó Guapdondélig, y así lo proclamó alguna vez uno de sus hijos grafiteros, en pleno centro histórico, asumiendo un mestizaje innegable que grita por los poros y por los cuatro costados de la urbe: ¡Aquí es Guapdondélig!

Aquellas Cosas Antiguas: memoria, realidad y nuevos tiempos en Cuenca de los Andes

Estándar

Por alguna razón la conversación que mantenía hace poco con una amiga a la que le llevo alrededor de quince años de diferencia, derivó en la división bipolar que rigió hasta 1989, cuando Berlín y el mundo fueron testigos de la destrucción del símbolo de esa bifurcación. Usted me está hablando de aquellas cosas antiguas, me dijo con desparpajo absoluto y desafiante pero sin atreverse a tutearme. En ese momento me percaté de que tenía 38 años; que mis referentes no eran los mismos que los de esta chiquilla a la que le importaba un bledo quiénes eran y qué hicieron Reagan y Gorbachov, el Che Guevara, Fidel, Víctor Jara, Mercedes Sosa, el Partido Comunista, la onda corta o ese fenómeno sociológico comercial al que coincidimos en llamar rock latino.

Ricardo-León-raguilarorejuela

Vista en retrospectiva, modificada por el olvido que van dejando los años, aquella parece una época de inocencia, de ensueño inclusive. Íbamos al colegio, no teníamos celulares, no imaginábamos internet, los discos que escuchábamos aún eran de polivinilo, aunque en Holanda ya se había inventado el disco compacto. Nuestros bordes musicales iban desde los clásicos hasta Michael Jackson, Kiss, ACDC, Men at Work, Journey, Foreigner o Madonna; el grito lastimero de Franco de Vita cantando Un buen perdedor en un pequeño disco de 45 revoluciones por minuto, y con el brazo de la aguja abierto para volver a escucharla una y otra vez; las delicias intelectuales del rock latino, con Soda Stereo a la cabeza, más tarde reforzado por obras maestras como El Nervio del Volcán, de los mexicanos Caifanes; o ese mundo de romántico idealismo de izquierda musicalizado por Silvio, Pablo, Vicente, Piero, Pueblo Nuevo, Mercedes, que hasta la primera mitad de los noventa podíamos oír a través de las ondas de la extinta radio Bolívar.

Escarabajos en la calle Sucre

Estábamos habituados a ser parte de una generación caracterizada por la envidia. Sí, envidia generacional. La caracterización hecha de la generación X nos dejaba mal parados, casi clasificándonos y confundiéndonos con los yuppies. Olvidábamos, empero, que el encasillamiento aquel no incluía las particularidades culturales de nuestros países. Si cronológicamente equivalíamos a esa generación, desde la óptica cultural los elementos y factores comunes no encontraban asidero porque no existían. Había desfases cronológicos derivados del desarrollo de las sociedades del primer mundo y las nuestras, y por ello también de la lenta incorporación a la globalización que comenzó a gestarse décadas atrás.

Los cambios culturales operados en el mundo se siguieron en nuestros países como una moda, aplicados a las realidades locales. En el Ecuador, la moda de los sesentas exigía estar a tono con el twist, el rock, los Beatles [la primera gran expresión popular mediática de la globalización], el pelo largo, quizá algo de marihuana entre los más audaces y atrevidos. Pero no eran la mayoría. No había una aceptación masiva del género y todo lo que éste implicaba. Eran los estratos de clase media alta los que optaban por la oferta en mención, sobre todo aquella del rock cantado en inglés. El que se hacía en español, en cambio, solía estar definido por su carácter comercial y por un nivel cualitativo menor al que producían conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones, los Who o el mismo Carlos Santana. Eran Sandro, Alberto Vázquez, Los Iracundos [los primeros Beatles sudamericanos, mucho antes de que Soda Stereo tuviera en los ochentas condiciones de fenómeno musical], Enrique Guzmán, o un montón de llorones más, quienes hacían de puente entre la música aquella como ritmo de moda y el idioma en el que en su país de origen, y en el mundo entero, se cantaba. En Cuenca de los Andes, los Beatles y los Rolling Stones no llegarían de forma directa, sino a través de covers y adaptaciones de una banda colombiana, Los Speakers, que hizo historia en Sudamérica, precisamente por haber acercado a los jóvenes al pop británico.

El ecuatoriano promedio, en cambio, aunque no era indiferente al rock seguía siendo pasillero. Se identificaba con el pasillo, y al mismo tiempo prefería el bolero y los ritmos que junto a él llegaban desde países como Cuba y México, que luego confluirían en ese fenómeno comercial socio-cultural llamado salsa. Los hijos de esa generación, aquellos que en el mundo se han conocido como miembros de la generación X, desde la aparición del libro de Douglas Coupland, compartíamos algunos signos distintivos con la anterior, con la nuestra y aun con los miembros más jóvenes de ella, los nacidos hacia 1980. Pocos resultamos impactados por la visión que tenían Da, Andy y Claire en la obra del canadiense. No era nuestro mundo aunque había rasgos en común. La diferencia fundamental estribaba aún en el grado de consumismo. Factores como la televisión, internet, la emigración, terminarían por proporcionar el peso necesario para ir inclinando la balanza.

01

Habituados a sentirnos los hijos de aquella gente, de la que fumaba hierba, oía rock, usaba ropas extravagantes y coloridas, y practicaba y pregonaba el amor libre y otras utopías como la paz, o simplemente pasilleros y boleristas, soneros y cumbiancheros como nuestros padres ecuatorianos, parece que padecimos el fenómeno ese de la envidia generacional. Envidiamos haber nacido y crecido en los sesentas, porque al parecer fue una era ideal, idílica. La nuestra, en cambio, estaba llena del desencanto que quedó de los setentas, y el desastre que fue perfilándose y consumándose en los ochentas, hasta desembocar en la caída del Muro de Berlín como símbolo del fin de una era. Nuestra generación vivía su época pero también padecía cierto grado de nostalgia: los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón, la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, casi en la esquina de la calle Benigno Malo, como mirando hacia el Salón del Pueblo, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cuarenta años a que alguien lo saque del Camino de la Abadía o de la calle Mariscal Sucre. Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento.

 Desde la izquierda radical

Muchos militamos en la izquierda radical, que pecaba de teórica en el caso de los cabezones, alineados con los dictámenes del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). Otros prefirieron seguir a China, y luego a Albania, a Cuba, a Corea del Norte. Crear una célula comunista, lo recuerdo bien, era todo un reto cuando estudiabas en un colegio católico; cuando durante la misa y en medio del cuaderno de religión lo que en verdad se leía era el manual de Politzer o una de esas copias amarillentas del Manifiesto del Partido Comunista de Marx, que publicaba la editorial Claridad en Rusia. Unos se convirtieron en médicos y artistas, profesores y agentes de viaje, políticos o ecologistas, abogados o amas de casa tradicionales. Conocí a un ex miembro de Alfaro Vive Carajo, que ostentaba los horrores de los años ochenta con una cicatriz enorme, una oquedad siniestra que era imposible dejar de ver mientras charlabas con él.

La ciudad estuvo siempre llena de iglesias y calles con nombres de curas, pero en esas mismas arterias crecieron y lucharon también hombres de izquierda repudiados por las beatas, o por psicópatas aprendices de sodomitas que entre pretenciosos y estériles latinajos, se convirtieron luego en delincuentes contumaces, y hoy como entonces siguen apolillando a la sociedad.

juanpablo-ordoñez-raguilarorejuela

Cuenca, que sobre todo desde comienzos del siglo XX se vanaglorió con creciente orgullo de su autosuficiencia y de la evidencia numérica de algunos de sus mitos, pero en especial aquel de Atenas del Ecuador, tuvo también sus héroes rebeldes, iconoclastas y críticos, aun siendo algunos de ellos conservadores. Generaciones diferentes se encontraron en los sesentas, en la ebullición febril que salpicó también, de alguna manera, a la ciudad conventual, dominada por el clero y el qué dirán. G.h. Mata se enemistaba a muerte, vía insultos no solo memorables sino también desmedidos, desbordados, con el poeta Rubén Astudillo, cuencano pero en aquel tiempo visto como un fuereño, procedente de un pueblo distante que no era sino una parroquia rural más de Cuenca: El Valle. Enrique Malo prometía en la pintura, Efraín Jara era ya hace rato un poeta consagrado, Paco Estrella comenzaba a ser leyenda; Hugo Ordóñez, Estuardo Cisneros convergían en torno a la contundencia de La Escoba, la segunda, quizá la más terrible y deliciosa publicación que de su tipo se haya dado en la tierra morlaca.

 Remezón en la Cuenca mariana

Los hijos de clase media y alta que podían permitirse viajar al extranjero, eran quienes estaban al tanto de lo que sucedía en el mundo a nivel de las expresiones artísticas. Por eso eran ellos quienes más comulgaban con los postulados internacionales de los jóvenes de esa generación. Pero constituían una minoría, por lo menos en Cuenca, en el Ecuador, vanguardista quizá, pero minoría al fin, como la que décadas atrás, en los comienzos del siglo XX, había sacudido las así consideradas buenas conciencias de la sociedad cuencana.

AHF2766

En su mayoría estudiantes de Derecho, porque todo hijo de familia tenía como opciones eso o la Medicina. Y como todo estudiante de leyes, se sentían atraídos por la intelectualidad, por la literatura, la pintura, la música, las artes en sí, y particularmente la fotografía. Bebedores, morfinómanos, protagonistas de reyertas y al mismo tiempo lúcidos importadores y creadores de otras formas de ser y hacer. En el centro de esa suerte de movimiento generacional, una figura especial, imbuida de la visión cultural de avanzada de la que había sido testigo en Europa, cuando acompañó a su padre para la defensa del Ecuador ante el Rey de España: Emmanuel Honorato Vázquez.

Hoy, en otro siglo y en otro milenio, para el cuencano común el nombre de Emmanuel Honorato no representa nada; Juan de Tarfe, uno de sus pseudónimos, tampoco. A lo mucho se evocará el nombre de su padre, porque es el de una calle en la que se liba tanto como lo hacía la jorga del hijo, y donde las nuevas generaciones no solo cuencanas sino ecuatorianas y de los más distantes puntos del planeta festejan el intercambio cultural y genético de la globalización con entusiasmo digno de la Roma imperial y decadente, cual si en ella estuviésemos viviendo, como parecen creer algunos psicópatas pseudo-intelectuales que reptan por los vericuetos atropellados de la web aquejados de verborrea latinoide, a estas alturas.

Tampoco se dirá, porque se desconoce o porque se prefiere callar, que el monumento a la memoria del progenitor, taita Vázquez, amaneció un día luciendo un enorme falo erecto, con el que permaneció por horas en la avenida Solano, para regocijo de unos y escándalo de otros, y la total indiferencia de los medios de prensa ante las travesuras de algún beodo o de algún adolescente majadero. Pero esa es otra historia. También Bolívar, mirando con testaruda persistencia hacia la Gran Colombia, suele amanecer portando en sus manos algunas de las prendas íntimas que, dicen, gustaba quitar a cada una de las damas que frecuentaba y con quienes se deleitaba por los caminos de nuestra América.

Emmanuel Honorato Vazquez

En el orbe intelectual morlaco, en el mundo de la cultura Emmanuel Honorato Vázquez es como un héroe latente, persistente, fascinante, que con lentitud comienza a despertar no solo simpatías sino verdaderas pasiones, investigaciones, descubrimientos y redescubrimientos, libros, tesis, artículos. El tabú de su muerte, en cambio, persiste aún entre sus descendientes, mientras quienes se refieren a ese hecho en la ciudad continúan especulando, tal como se lo hacía y se lo viene haciendo desde hace 84 años en Cuenca de los Andes.

honorato-vazquez-emmanuel

La sociedad cuencana le debe un reconocimiento póstumo público, que implique la difusión de su vida y de su obra fotográfica, que es un legado de Cuenca, otro de los motivos por los que la urbe lleva más de una década ostentando el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado a su Centro Histórico. He ahí, una de las muchas tareas que pueden emprender instituciones culturales sólidas e insertas en el mundo globalizado como la Bienal.

 Un alto para la reflexión

El siglo y el milenio, por lo menos para nuestra concepción occidental, se acabaron, pasaron los años y nos sorprendimos casados, divorciados, enviudados, solteros empedernidos o resignados, barrigones, adaptados a la sociedad a la que criticábamos y queríamos cambiar en los ochentas, cuando aún éramos ingenuos, y hasta criando descendientes. El fondo musical de nuestra película fue variando: se sumaron Nirvana, Green Day, Molotov, los mismos Beatles regresaron con su antología y hasta resucitaron a Lennon. Aparecieron otros nombres en la música no comercial: Alejandro Filio, Diego Sojo, Frank Delgado, Francisco Barrios. Muchos fueron quedando en el camino, aferrados a sus ideales, que también eran nuestros, o sorprendidos por una bala perdida cuando curioseaban cerca de una protesta estudiantil. Otros quedaron atrapados con deleite en las satisfacciones materiales del mercado, de los dólares que acabaron con los sucres, y relegaron al olvido ideales e ideología.

Pasados de los treinta, rumbo a los cuarenta o ya entrados en ellos, los miembros de nuestra generación comenzamos a hacer un alto para resumir un poco; detenernos para meditar y reflexionar, evaluar, sopesar, enrumbar, levantarse, continuar. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas, de nuestros sueños y anhelos? Acabamos de llegar, por si nadie se dio cuenta, al poder. Ahora estamos en Carondelet. Rafael Correa, nos sintamos representados o no, es casi un miembro de nuestra generación, aunque a veces más parezca un yuppie si nos remitimos a clasificaciones como la de Coupland.

aquellas-cosas-antiguas-raguilarorejuela02

Crecimos con la Bienal de Cuenca, creada a mediados de los ochentas. Esa década extraña en la que con timidez intentábamos ocupar nuestro lugar en la sociedad; esa década que vio circular por las calles los pequeños camiones azules de la Policía represora, que vio llegar al Papa a la Catedral; que vio asesinar a sus hijos acusados de terrorismo, o a centenares de morlacos sacar sus pertenencias mínimas a la calle para esperar por un terremoto anunciado…

Pasamos a los noventas algo desubicados, sin piso y con la sensación de haber llegado últimos a la historia. ¿Qué pasó con la utopía? Se desmoronó. Simplemente. En el camino también se fueron quedando muchas otras ilusiones y pasiones. La música de fondo fue variando, mas, lo realmente bueno persistió: Bob Marley sigue cantando, como si no hubiera muerto el 11 de mayo de 1981, a los 36 años; los Beatles cantan cada vez con mayor fuerza y creatividad, y sus fanáticos se cuentan por millones, con edades que van desde los 3 años hasta los 90. En medio de ese impulso creador de los ochentas, cuyo punto de partida más firme y fuerte fue la Bienal, se fueron formando y evolucionando artistas como Pablo Cardoso, Tomás Ochoa, Julio Mosquera, Hernán Illescas, Patricio Palomeque, Julio Alvarez, Josefina Flándoli, Patricio Ucho, Miguel Illescas, Marcelo Güiracocha, Pablo Moscoso, Francisco Delgado, Adrián Washco, Kattya Cazar, Juana Córdova, Juan Pablo Ordóñez, Ariel Dawi, Shamil Baibulatov. Es decir, creadores a los que se ha considerado de post-vanguardia tanto como los novísimos de la plástica y el arte de factura morlaca.

marie-therese-dupoux-raguilarorejuela

La Bienal de Cuenca ha comprendido el papel que le corresponde en la sociedad no solo cuencana sino ecuatoriana. Porque es la Bienal del Ecuador, y por esa misma razón no han faltado entidades, es decir individuos, que han pretendido hacerse con ella y trasladarla, secuestrarla, arrancarla de la capital azuaya para implantarla en Quito o Guayaquil, donde los recursos no resultan escatimados porque son los centros de este país bipolar y bicéfalo, el político y el económico. ¿El cultural? Es una falacia. Como solía decir Enrique Malo, dos veces presidente de la Bienal, no es mayor motivo de vanagloria aquella proclama de ser la tercera ciudad del país más diminuto de la región. Somos y hacemos simplemente Cuenca. Cuenca de los Andes. No nos hace falta en absoluto el mito aquel de la Atenas, enseñado en las escuelas generación tras generación sin mayor reflexión ni indagación. A Santa Fe de Bogotá se la llamó también, alguna vez, la Atenas de Sudamérica. De los tantos nombres que contribuyeron a erigir ese espectro persistente, pocos dieron obra para la posteridad. Serán, por el contrario, sus más iconoclastas y críticos quienes se perennicen en el legado cultural morlaco: César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Rubén Astudillo y Astudillo. El mismo Efraín, dicen, sería quien, claro, lúcido, ácido y reflexivo, acuñaría esa otra frase lapidaria, admirada y repudiada por muchos: No somos Atenas sino apenas del Ecuador.

13900661_1340770635950672_1347088422_n

La Bienal es una de las entidades llamadas a contribuir a que Cuenca, hoy cosmopolita y cada vez menos mariana, se inserte con firmeza en el mundo como lo que es, con su grandeza y sus limitaciones. La reflexión no se circunscribe al ámbito artístico sino a la globalidad de la sociedad: la realidad de lo que acontece, las limitaciones materiales y culturales, el juego del poder político y económico; las posturas retrógradas y recalcitrantes, hipócritas; la manipulación de la prensa por parte de sus propietarios, en función de intereses materiales; la incineración de todo el tiraje del suplemento dominical de un popular diario local, por contener fotografías de Tina Modotti desnuda, en una era en la que el problema central hace rato dejó de ser ético y pasó al terreno de lo estético; la pululación de pseudo escritores y críticos, de pseudo artistas, de falsos profetas; la influencia del reggaetón y su variante más tóxica, el perreo, en niños y adolescentes; de internet, del black metal, del bombardeo visual mundial en las nuevas generaciones; el exceso de vehículos y la contaminación; el auge de la delincuencia; las nuevas corrientes migratorias, etc.

Para su décima edición, escrita con X, como la generación a la que al menos en teoría pertenecemos, se convocó a la reflexión y la evocación. Tiempo para reflexionar, para resumir. Diez ediciones, tres décadas diferentes de la historia cuencana atravesadas por el hecho Bienal. Se ha logrado bastante, pero no lo suficiente. Aún se le debe al público, al mayoritario, un acercamiento real, una invitación a participar y apropiarse. Pero ese público no puede apropiarse, empoderarse como dicen los corifeos de las ONGs, si primero no ha comprendido lo que está viendo.

aquellas-cosas-antiguas-raguilarorejuela

Aquellas cosas antiguas no deben borrarse, no pueden olvidarse. Hay que registrarlas, guardarlas y desempolvarlas cuando amerite, escribirlas contra el olvido, para no perder el norte en esta realidad del nuevo milenio, que nos conduce hacia la Bienal del mañana, hacia la Cuenca de los Andes del futuro. Mientras todo eso se plantea, ocurre y cae por su propio peso, como dice el lugar común, las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos menores y de nuestros hijos, vienen pugnando por su sitio con una fuerza inusitada, aunque con una indiferencia rebelde y cuestionadora, pero sobre todo saludable.

BIENALARTE, Revista Informativa de la Bienal de Cuenca, Año 3, No. 6, Marzo de 2009, pgs. 30-37

Eudoxia Estrella

Estándar

El siglo XX comenzó en el Ecuador en 1895, tras el triunfo de la Revolución Liberal. En Cuenca de los Andes, según afirman sus cronistas, el nuevo siglo ni siquiera arrancó a partir de la llegada del primer automóvil, en 1912, hecho que llamó la atención aunque nadie pudiera vislumbrar entonces que, un centenar de vueltas después alrededor del astro solar, hubiese aumentado la cantidad de automotores a razón de mil por cada año transcurrido, hasta hacer de las calles urbanas un caos deplorablemente moderno.

AHF2798

En la capital del Azuay, un día después de que se cumpliera el primer centenario de la Independencia, el jueves cuatro de noviembre de 1920, aparecería como enviado del cielo el siglo XX, en las alas de la modernidad, a bordo de un avión que tenía nombre de periódico guayaquileño, y pilotado por un aviador italiano, héroe de la primera guerra mundial, llamado Elia Liut. Veinte mil almas morlacas serían testigos de aquel acontecimiento, con el cual se inaugura la aviación en el Ecuador.

Cuenca era una pequeña Atenas macondiana que bullía de publicaciones, investigaciones, academias, liceos, tertulias de todo tipo, revistas literarias, revistas dedicas a la ciencia, así como aquellas centradas en la antigua tradición jurídica del hombre azuayo.

Otros signos de la modernidad aparecían de manera paulatina, como la instalación de dos plantas eléctricas, en 1914 y 1920, época en que también se da inicio a las primeras 300 líneas de servicio telefónico con aparatos de manivela, y una de agua potable cuatro años más tarde.

AHF3305

Es ese el contexto en el que, un 25 de julio de 1925, el mismo día en que estalla en el puerto de Guayaquil la llamada Revolución Juliana, en la antigua parroquia cuencana de San Sebastián, frente a la plaza que siglos atrás fue el escenario en que la muchedumbre hería de muerte a un médico francés enamorado de una mujer morlaca, nace Eudoxia Estrella, polifacética artista llamada a ocupar todo un capítulo de la plástica, la gestión y la administración cultural en Cuenca.

Quien un día llegaría a convertirse en la fundadora e iniciadora del más importante certamen de arte del Ecuador contemporáneo, tuvo una niñez como hija única en la que era mimada por quienes la rodeaban, pese a que con frecuencia sentíase incomprendida, y no le era habitualmente fácil relacionarse con sus pequeños coetáneos.

eudoxiapequenia

Desde la timidez y la introversión, esa incomprensión será lo que la lleve, sin saberlo, a iniciar a través del dibujo en ocasiones reprimido y aun castigado, una catarsis liberadora que la acompañará por el resto de su extensa y prolífera existencia de artista: “Mi visión de la infancia es muy interesante… Yo recuerdo, era una niña introvertida… y la forma de hablar con mi madre era dibujando… Siempre fui tímida, pero también rebelde. Nunca encontré gusto por las muñecas y prefería distraerme en cosas más vitales, al aire libre, junto a la naturaleza…”, confesará muchos años más tarde.

Su hada madrina, quien vino a facilitarle el carruaje y los instrumentos con los que podría viajar al país de los sueños y la fantasía, del color y los trazos libres e infinitos, no sería como en los cuentos de hadas una mujer, sino su abuelo materno, Daniel Ordóñez. Vislumbrando quizá el desborde talentoso de la pequeña Eudoxia, o para evitar más conflictos a causa de las paredes del hogar estropeadas por su impetuosa creatividad, será el personaje encargado de dotarla de alas para volar por las nubes del ensueño y la fantasía, por el horizonte infinito de sus sueños, al obsequiarle una pizarra y un manojo de lápices.

 

La Escuela de Bellas Artes

Corría 1938 cuando, a los catorce años de edad, ingresa la conflictiva Eudoxia a la Escuela de Bellas Artes, donde será alumna de Luis Toro Moreno, Manuel Moreno Serrano, Luis Pablo Alvarado, y Emilio Lozano, este último considerado por ella como el mejor profesor que tuvo. “Vi el cielo abierto”, expresará al sintetizar aquella etapa de su vida en la que, luego de abandonar el aprendizaje de la contabilidad, pasó cuatro años de estudio dedicada a pintar.

Una de las anécdotas más interesantes de esta época decisiva en la formación de la artista cuencana, ocurrió al culminar los estudios de pintura, que de repente habían transcurrido de forma tan vertiginosa que al esfumarse la tomaron por sorpresa. Esos breves meses de apasionado aprendizaje, de concreción de muchos de sus sueños, habían culminado ya, y le aterrorizaba el mundo fuera de la Escuela, por lo que prácticamente suplicó que le permitan quedarse en la institución de forma indefinida. Al culminar otros cuatro años fue obligada a graduarse, en medio de las lágrimas y la depresión que este hecho le causó. Graduada con honores en la Escuela de Bellas Artes, a los 22 años de edad, se dedicará por un tiempo a trabajar técnicas y corrientes como el cubismo y el surrealismo, semi-abstractos y hasta naif, que no lograban satisfacer sus necesidades expresivas.

 eudoxiaautorretratro

Entre la docencia y el existencialismo

Reconocida como una educadora de conducta irreprochable, no ha faltado quien afirme que hasta victoriana, por el otro lado de la moneda mantenía una interesante amistad con artistas y escritores que militaban en una agrupación de intelectuales de izquierda, considerados de vanguardia, atraída por su especial sentido del humor, además de su vasta cultura.

Los Lobos, nombre del grupo, estaban integrados por Efraín Jara Idrovo, Teodoro Vanegas Andrade, Jacinto Cordero Espinosa, Claudio Cordero Espinosa, Fausto Sánchez Valdivieso, Eugenio Moreno Heredia, Arturo Peña, entre otros. De esta agrupación, en la que Eudoxia era la única mujer admitida, nacerá aquel corrosivo e inquietante periódico morlaco, temido por muchos, degustado, esperado y admirado por no pocos, rebautizado a mediados de los años cincuenta con el nombre de La Escoba, parodiando y rememorando aquel fundado en el siglo XIX por un personaje no menos ácido, Fray Vicente Solano.

La apabullante actividad cultural de aquel tiempo la llevará también a las tablas, cuando junto a personajes como su primo Paco Estrella, Estuardo Cisneros Semería, y Atala Jaramillo, montaron la obra “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”, de Enrique Jardiel Poncela, autor de la conocida pieza “Amor se escribe sin hache”, según ha relatado el escritor Jorge Dávila a propósito de la historia del teatro en Cuenca.

Una pasión obsesiva

Si alguna cosa buena pudiera decirse de la dictadura franquista, tendría que verse desde el punto de vista de América Latina, cuyas universidades y academias se vieron largamente beneficiadas por la presencia de catedráticos españoles que vieron necesario emigrar y refugiarse en alguno de los países del continente.

Los españoles Francisco Álvarez González y Luis Fradejas Sánchez, y el catedrático e historiador cuencano Gabriel Cevallos García, impartían clases de Filosofía, Literatura e Historia del Arte en la Universidad de Cuenca. Hacia el año 1953, Eudoxia está asistiendo a estas clases en calidad de oyente. Dos años más tarde, el profesor Álvarez le presenta algunos de sus amigos españoles que recién han llegado, entre ellos el artista Guillermo Larrazábal Arzubide, especialista en vitrales.

Guillermo_Lazarrabal2

Fue el camino del arte y las inquietudes de la para entonces joven y rebelde artista cuencana, el primero por el que transitaron ambos, y el que les llevaría a sintonizar sus dos personalidades para intentar ganarle a la vida el tiempo y el espacio que les permitieran permanecer siempre juntos: Era un hombre con una sensibilidad extraordinaria. Un artista y gran compañero para mí y yo una gran compañera para él. Murió en 1983 y a pesar del tiempo transcurrido le tengo presente en todos los actos e instantes de mi vida. El mundo se derrumbó desde que está ausente, pero no dejo de sentir por él una pasión obsesiva.

La afinidad que encontraron estos dos seres, entre quienes había una diferencia de edades de 17 años, fue vasta y definitiva, y la atracción irresistible. La amistad, imbuida de una profunda pasión mutua, se fue cultivando por espacio de unos tres años, impedida de concretarse a causa de la enorme presión social que existía en la Cuenca de aquel tiempo, pues pese a que no convivía ya con ella y no persistían sentimientos entre ambos, Larrazábal estaba casado en España, y un día de aquellos la esposa llegó. En la España de Franco no estaba permitido el divorcio, así que el caso representaba un auténtico conflicto, más para la sociedad cuencana que para los dos artistas y amantes.

Hasta el obispo de entonces, Manuel de Jesús Serrano Abad, intervino en son de amigo para convencer a la peculiar pareja de que termine su relación. Ni la familia ni las amistades de Eudoxia Estrella la apoyaban, e inclusive la obligaron a permanecer durante mes y medio en el colegio de los Sagrados Corazones, en Quito, lapso que soportó como un castigo.

A su retorno debió tomar dos decisiones que marcarían por siempre su vida: renuncia a la docencia en el colegio “Manuela Garaicoa”, y se muda a convivir con Guillermo Larrazábal en un departamento ubicado en el tradicional sector del mercado Nueve de Octubre, en medio de la reprobación de una sociedad que no tuvo más remedio que ceder, más pronto que tarde, ante la impetuosidad y férrea unión de la pareja.

Cuando la artista rememora esos años, repara en que fueron muchos los que le dieron la espalda, pero sobre todo sus amigos de izquierda, quienes resultaron menos comprensivos que aquellos de posición a la derecha, es decir conservadora: Por entonces la sociedad cuencana era demasiado cerrada y muchos me voltearon las puertas, pero al fin reconocieron la nobleza de nuestros sentimientos y los respetaron, recuerda.

Durante los 22 años que permanecieron juntos fueron felices. La suya era una relación matizada por la comprensión y el amor, más allá de las convenciones y los prejuicios sociales: La unión libre es respetada y lleva a convivir libres del acto matrimonial, lo que implica más sinceridad y responsabilidad.

Guillermo_Lazarrabal

La Academia “Estrella”

Los sinsabores dejados por los maestros de infancia y adolescencia en nuestra artista, la llevarían a abrir un lugar para enseñar arte a los pequeños, tal como ella hubiera querido para sí misma en aquella lejana época de las primeras décadas del siglo XX. Por ello decide abrir un taller de arte infantil, que luego se convertirá en la “Academia Estrella”, todo un referente de la enseñanza del arte a las más nuevas generaciones. De la mano de Eudoxia Estrella, decenas, cientos de niños se formarán en el mundo de la creación artística, de los colores y su lenguaje, de las formas y sus caprichos. Fue, en definitiva, la primera academia a nivel nacional creada para la enseñanza del arte a los menores, para impulsar sobre todo su creatividad, lejos de lo que Eudoxia consideró siempre formas caducas y represivas, que aniquilaban el enorme potencial creativo de los niños.

 DSC06074

Acuarela lavada o casualismo dirigido

Largos años de oficio, inventiva y experimentación convirtieron a la artista cuencana en uno de los más importantes referentes de la acuarela a nivel del Ecuador. Ya en su madurez, hacia mediados de los setentas, llegó al perfeccionamiento de un estilo propio, el denominado casualismo dirigido o acuarela lavada.

Fueron siempre sus modelos predilectos los elementos presentes en la naturaleza, para ella el mejor maestro del arte: niños, flores, madres, indígenas, árboles, peces, todos tratados con un interés especial por la luz, por esa luz que obsesionaba a su compañero Guillermo.

El casualismo dirigido parte de lavar el papel una vez pintado, lo que le da cierta textura sobre la que es posible aplicar una nueva capa de color. Esta fusión cromática le ha permitido acercarse a la naturaleza y plasmar en sus obras las más logradas variantes sobre dos de sus temas preferidos, siempre desde el universo pictórico de la figuración: la naturaleza y los niños; cactus, zigzales, flores y arreglos florales; la delicada floración de los jardines de nuestras tradicionales casonas, y, en especial, un amplio espectro de rostros infantiles matizados por las más variadas expresiones: tristeza, alegría, dulzura, sueño, inocencia, ilusión, esperanza.

cactus-eudoxia

En 1959 expone su primera muestra individual de óleos y acuarelas, en el Ministerio de Educación, la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el Museo Nacional en 1959, y una de sus obras, La madre (1957), resultará premiada.

En 1965 se incorpora como Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, en cuyo II Salón de Pintura, un año antes, había obtenido una Mención de Honor. En esta década producirá algunas de sus obras más famosas, como Stella matutina, Madre, La planchadora, esta última con la que culmina su labor creativa con óleo e inicia un periodo de experimentación en el que se irá forjando el dominio de la acuarela.

Una serie de exposiciones colectivas e individuales se irá sucediendo, tanto en Cuenca como en otras ciudades del país, entre ellas la muestra “Seis Acuarelistas”, que fue parte de la XXVII Exposición Acuarela en la OEA.

Hacia 1980 la vemos codearse en Quito con pintores como Oswaldo Muñoz Mariño, Julio Mejía, Marco Ruales y César Tacco; y a partir de entonces participar en diferentes muestras, encuentros nacionales, salones de pintura, y en la mayoría de los más importantes espacios de exhibición pictórica que tuvieron lugar en el país a lo largo de esa y las décadas siguientes.

Consagrada ya como uno de los maestros de la pintura ecuatoriana, llegará a la que se considera su última exposición, titulada Un himno a la vida, en el año 2011, en la sala Joaquín Pinto de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Las paradojas, coincidencias e ironías de la vida, harán que éste sea el mismo sitio en el que expuso por primera vez, 52 años atrás.

 

El Museo Municipal de Arte Moderno

mmamcuenca

Los múltiples escenarios en los que la vida y obra de Eudoxia Estrella discurrieron, parecen haber confluido en dos espacios apenas separados por unos pocos metros: su casa en San Sebastián y el Museo Municipal de Arte Moderno, ubicado en el mismo sector, a uno y otro lado del parque conocido popularmente con el mismo nombre.

El local del Museo había sido construido como “Casa de Temperancia” en el siglo XIX, por orden del Obispo y con la ayuda económica de un amigo de éste, Mariano Estrella, abuelo de nuestro personaje. Su función era albergar a los beodos que escandalizaban a la sociedad de entonces, precisamente en las afueras de la pequeña ciudad que era Cuenca. Más tarde el edificio servirá como cárcel de varones, asilo de ancianos, y hasta como sitio de ayuda a las madres de escasos recursos.

Sansebastian1924

Hacia 1980 se proyecta la fundación del Museo Municipal de Arte Moderno, por iniciativa de Hernán Crespo Toral, quien dirigía los museos del Banco Central en la época en que esta institución, además de su actividad de control financiero, empezaba a invertir en el rescate y la difusión de la cultura nacional. El Museo recibiría como donación la obra del pintor Luis Crespo, y a Eudoxia le correspondería la dirección de esta entidad.

A este proyecto dedicará, sin presentirlo, la mayor parte de su tiempo y energías, a raíz de la muerte, en 1983, de su compañero Guillermo Larrazábal, hecho que la devastaría y sumiría en una profunda depresión. Bajo su dirección se consolidará el Museo como una institución de prestigio, dedicada sobre todo a exponer las obras de grandes maestros, además de muchas muestras itinerantes y actividades relacionadas con el arte.

 

La Bienal Internacional de Pintura

Otro reto en esa existencia llena de desafíos, fue para ella la organización de la primera edición de la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca, idea que le había sido comunicada por el pintor Estuardo Maldonado, y que luego sería calificada como una tarea de locos, en especial por parte de artistas y críticos del medio. Las condiciones de una ciudad aún pequeña como Cuenca, sin mayores recursos económicos, volvían impracticable el proyecto. Latente estaba aún la iniciativa del mismo Oswaldo Guayasamín, en Quito, cuya bienal no pasaría de su primera edición.

La I Bienal Internacional de Pintura tuvo lugar en Cuenca en 1987. La ciudad empezaría entonces a ser conocida, de manera paulatina, en el concierto internacional de bienales y certámenes de arte americano, y los artistas cuencanos, en especial, a beneficiarse con un creciente intercambio artístico, además de la justipreciación de sus obras por públicos, críticos y artistas de otras latitudes.

Aunque la primera edición resultó exitosa, las presiones hicieron que Eudoxia y todo el Comité organizador presenten su renuncia, y aun pretendían que renunciara a la dirección del Museo Municipal de Arte Moderno, exigencia ante la cual no estaba dispuesta a ceder:

Salió de la Bienal, y se sucedieron la segunda y tercera ediciones, que afianzarían la incursión del arte cuencano y ecuatoriano en el ámbito artístico del continente. Presionados de la misma manera los miembros del comité de la tercera edición, una vez más se propone el nombre de Eudoxia para dirigir el concurso: Pensé no aceptar. Pero me hizo cambiar de idea la convicción de que el Presidente de la Bienal debe ser siempre el Director del Museo de Arte Moderno, porque dicho evento es simplemente un acto cultural más de los que realiza el Museo. La Bienal no es un acontecimiento independiente, sino que es organizado por el Museo, que es municipal, y por tanto de la ciudad.

538005_635421859804959_1330508867_n

Flor María Salazar, Eudoxia Estrella, Rodrigo Aguilar

Con el tiempo y las nuevas ediciones, la Bienal Internacional de Pintura se convertirá en la Bienal de Cuenca, transformación que implicará según sus gestores una apertura hacia todas las formas del arte, lejos ya del encasillamiento forzoso dentro de la pintura, que respondía a la denominación anterior.

Como defensora de la pintura y del espíritu de la bienal que ella ayudó a fundar e iniciar, la artista hará públicos sus reparos desde entonces, y será sumamente crítica ante cada nueva edición, postura con la cual ganará nuevos enemigos y opositores gratuitos, no siempre a la altura de la persona objeto de sus cuestionamientos: No estoy de acuerdo con la Bienal desde que dejó de ser de pintura. Yo trabajé para organizar una bienal en Cuenca, para defender la pintura, quería dar valor a ese género que en ese momento estaba de bajada. […] No es que estoy en contra del arte conceptual, pero que muestre algo verdadero y tenga ética, estética y responsabilidad, y eso ahora en la Bienal no existe. Les he propuesto que hagan una bienal de arte conceptual y dejen el camino que el Museo abrió para la pintura y, ahora, han borrado ese camino. […]

En el año 1984, la prestigiosa galería Manzana Verde había decidido abrir una especie de sucursal o filial en Cuenca, además de las que tenía ya en Quito y Guayaquil, como respuesta a lo que se consideraba una demanda creciente de arte en la capital azuaya. El proyecto no duraría más de dos años, pero dejaría un espacio que era necesario ocupar. Será, nuevamente, Eudoxia Estrella quien se decida a ocuparlo, esta vez con la apertura de la prestigiosa galería Larrazábal, en el taller de vitrales que Guillermo ocupaba en la planta baja de su casa de San Sebastián, en memoria del hombre y el artista con el que compartió tantos años de amor y vida.

La Galería pasará a ser otra de esas pasiones en torno a las cuales girarán las energías de esta mujer incansable, junto con la Academia Estrella y la dirección del Museo Municipal de Arte Moderno, además de su propio proceso creativo en la acuarela, y el papel de madre y abuela.

En el atardecer de una larga y fructífera existencia, mira el pasado con una mezcla de nostalgia y satisfacción, por haber tenido una vida rica en lo material y en lo espiritual; por haber recibido el afecto de muchas personas sin creerse digna de recibirlo.

401907_635421929804952_1409380972_n

En el año 2011, más por cumplir con leyes y reglamentos que porque así lo sintiera o necesitara ella, debió acogerse a la jubilación y dejar la dirección del Museo, ante el beneplácito de alguna gente que veía en ella un obstáculo para la circulación de otras formas de arte, menos convencionales, más etéreas y ligeras. Durante el acto de homenaje que le brindó la ciudad, al culminar ese año, reiterará de forma pública su posición y oposición frente a la Bienal tal y como está concebida en los momentos actuales, e insiste en su propuesta de que se cree una bienal solo para arte conceptual contemporáneo, aparte de la que debe seguir siendo la Bienal Internacional de Pintura de Cuenca.

Después de una treintena de años cruzando la calle Sucre desde su casa, para acudir a las oficinas del Museo de Arte Moderno, ha debido continuar pintando como una necesidad interior, lejos de las preocupaciones por si lo que pinta es del gusto de la gente o está acorde con tal o cual moda o corriente.

DSC09792

Respetada y querida por muchos, y odiada por no pocos, reconoce que su nerviosismo la ha hecho aparentar una agresividad que en verdad no tiene, aunque sí se ha mantenido firme en la defensa de sus ideas, estén o no en lo cierto. Más allá de su producción, ha sido una eterna rebelde e inconforme, ajena a las falsedades y lisonjas que han caracterizado a muchos círculos autocalificados como culturales. Su carácter y personalidad, simplemente, jamás han estado dispuestos a ello y, como consecuencia, se ganó no pocas enemistades que, necesario es repetirlo, fueron casi siempre gratuitas.

La vida quisiera alargarla más para de esa manera cumplir otros proyectos que tiene en mente. Y mientras sigue emitiendo destellos de luz ese soplo de energía y vitalidad llamado Eudoxia Estrella, persiste en los actos sencillos y cotidianos que llenan esta etapa de su existencia, de su maravillosa, larga e interesantísima existencia: “No quiero pensar en la muerte, porque quisiera que la vida se alargue para cumplir con otros proyectos. Hasta tanto, seguiré cuidando mi jardín, alimentando a las palomas, cambiando la decoración de la casa, comiendo poco, sobre todo fruta, y teniendo rabia sólo de vez en cuando”.

eudoxia-correa

Mujer de pasiones y dedicaciones, entregada a la actividad artística durante toda una vida llena de amor y admiración por su compañero Guillermo Larrazábal, y por los niños, por varias generaciones de niños cuencanos que recibieron sus consejos e instrucciones, en torno a la nonagésima década de edad está consciente de que volvería a dedicar su vida al arte si tuviese la oportunidad de nacer otra vez.

            Extracto de Como el Cardo… Retrato Hablado de Eudoxia Estrella,

Aguilar Orejuela, Rodrigo, Colección Imaginario,

Biblioteca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2013