Desfile de Ataudes: ritos afroesmeraldeños ante la Muerte

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A pesar de lo reducido de su territorio, Ecuador como país es depositario de una diversidad cultural sorprendente y abundante, al extremo de que en él subsisten al mismo tiempo expresiones tan heterogéneas y diferentes como la andina y sus peculiaridades, sean indígenas o mestizas, que a lo largo de las provincias del callejón interandino van adquiriendo detalles propios y en ocasiones harto distintos de una a otra; o las que persisten aún en las provincias de la región litoral, muy diferentes también entre sí; además de ese mundo de selva, cultura ancestral y mestizaje formado a fuerza de la presencia de colonos procedente de todo el país, que es la Amazonia.

Hoy puede hablarse de una tendencia hacia la homogeneización tanto de los ritos funerarios como de la misma conmemoración del Día de Difuntos, el 02 de noviembre, a nivel nacional, como consecuencia de la transformación de las formas de vida y la consecuente desaparición progresiva de ciertos rituales, así como la acelerada urbanización operada en el Ecuador desde mediados del siglo anterior, y, por supuesto, los alcances de la globalización en la que no solo los medios tradicionales y modernos han jugado un rol, sino también los miles y millones de emigrantes e inmigrantes.

Podemos identificar, por ello, la concurrencia masiva a los cementerios en torno a este día, la rigurosa costumbre de ornamentar las tumbas con flores y tarjetas, junto con la elaboración y consumo de una gastronomía tradicional o típica como la colada morada, incluida la adopción de las guaguas o niñas de pan, que desde la Sierra norte se ha ido extendiendo lentamente hasta formar parte de las costumbres de todo el país, por lo menos en lo que a la población mestiza y urbana se refiere.

Esa estandarización, si cabe el término, varía y presenta matices y signos identitarios únicos según la región y la provincia a la que miremos, y según predominen más las culturas indígenas andinas, amazónicas o costeñas, incluidas por supuesto las culturas afroecuatorianas como en las provincias de Imbabura y Esmeraldas.

Hacia mediados de los años ochenta, el investigador Marcelo Naranjo resaltaba como aspecto central del sincretismo afroesmeraldeño, de su cosmovisión y centralidad de la muerte, «en primer lugar, la presencia permanente de una serie de dicotomías: bien-mal, alegría-tristeza, placer-dolor, confianza-temor, que se sintetizan en el dualismo vida-muerte y que tienen referentes simbólicos concretos en la divinidad y en los santos, por una parte, y en los demonios y los malos espíritus, por otra. Este conjunto de pares es fundamental para comprender todo el universo religioso del negro esmeraldeño, y nos remite a lo más profundo de su cosmovisión». (Naranjo et al. 1986)

Los Mulatos de Esmeraldas, de Andrés Sánchez Gallque (1599)

Cuando aún se es un niño, las imágenes excepcionales que surgen de los ritos de los adultos ante el evento de la muerte, suelen impregnarse en la pátina fresca y limpia de la memoria. A través de la neblina que el tiempo forja, me parece evocar el año aquel en que una de mis tías había fallecido, víctima de una enfermedad harto dolorosa de la que entonces ni su nombre sabía. Apenas recuerdo, en los meses inmediatos a su deceso, el rictus amargo que se había apoderado, ya para siempre, de su rostro, como reflejo y evidencia de los estertores de su infinito dolor. Luego la multitudinaria presencia de familiares, amigos, conocidos, seguida de la multitud que acompañaba el féretro hasta el cementerio. Hasta ese momento nada me había impresionado más.

Fue tres años más tarde, en 1980, cuando esa imagen resultó reemplazada por otra aún más indeleble: una extraña procesión de dolientes sobre los cuales parecían flotar seis ataúdes. Seis pescadores esmeraldeños, uno de ellos mi tío materno, habían sido asesinados a bordo de su propio barco. Las hipótesis iban desde un asalto en altamar, a cargo de piratas, pasando por un ajuste de cuentas entre contrabandistas, hasta la hoy en día no del todo descabellada de que fue alguno de los carteles colombianos del tráfico de cocaína. Aunque acostumbrados a manejar considerables sumas de dinero por la magnitud de la pesca que solían conseguir, se trataba de pescadores de origen humilde que por alguna desconocida circunstancia se vieron involucrados con las mafias colombianas del contrabando. Al menos de manera pública nunca se llegó a saber quiénes fueron los responsables, si fue un asalto de piratas o un trabajo de sicarios ordenado por quién sabe quién. ¡Crimen impune!

Pescador afroesmeraldeño en uno de los ríos del norte de Esmeraldas (foto: F. Valdez)

Nadie se puso de acuerdo jamás sobre el número exacto de personas que se sumaron ese gris día de 1980 al entierro. Cientos, miles quizá. La indignada y dolida multitud avanzaba a lo largo de cuadras enteras de los barrios esmeraldeños: desde el balneario Las Palmas, en cuya pequeña capilla de barrio semi-burgués fueron velados los féretros, pasando por cada una de las «paradas» de buses que más o menos identificaban sectores de esa calurosa urbe afroecuatoriana, hasta el viejo y congestionado cementerio. En medio de la caravana, los ataúdes semejaban pequeñas canoas aparentemente a la deriva de esa marea humana que los despedía. Esa sería la penúltima de las mareas sobre las que flotarían aquellos seis marineros curtidos por sol y el viento del Pacífico, antes de zarpar al otro viaje, a lomo de las olas de la nada, del todo o de la eternidad.

Esos dos decesos familiares, demasiado cercanos como para que pasasen inadvertidos dentro de la burbuja de protección materna, me enfrentaron también por primera vez con la contundencia de unos ritos que, para mi visión de niño, por más precoz que haya sido, parecían estar impregnados de aspectos rayanos en lo macabro, o, por lo menos, en lo inexplicable.

El ecuatoriano, matizado por su diversidad cultural, es un pueblo de creencias religiosas profundamente arraigadas. En el caso de lo afroesmeraldeño, la muerte y la cosmovisión que se tiene de ella están ligadas a lo religioso, y a la creencia de un más allá al que irán las almas de quienes fallecen; de ahí la importancia de estos ritos que antes de transformarse en la actual práctica común de velar a los muertos en salas específicamente destinadas a ese fin, se llevaban a cabo en los domicilios de la familia que había perdido a un ser querido, en el hogar donde éste había vivido. El apego a estos rituales, traspasados desde lo afro hacia lo mestizo, determina dentro de esas creencias cuál será el destino de quien ha dejado este mundo: el cielo, el purgatorio, o, ¡nadie lo quiera ni espere!, el infierno.

La casa donde se había velado al difunto (y no pocas veces la calle adyacente, cerrada al tránsito en las respectivas intersecciones), era también el mismo lugar en el que se llevaba a cabo la así denominada Novena, consistente en nueve noches consecutivas de rezos que culminaban con una dramática y desgarradora ceremonia en la noche final, el Novenario, de la que recuerdo no solo los cantos tristes conocidos como Alabaos, sino también llantos, gritos, desmayos, carreras, luces apagadas a propósito, muebles arrastrados de sus lugares, y ventanas y puertas abriéndose con estrépito aterrador vistos desde la óptica de un niño de diez años. Esas escenas vividas en la ciudad capital de provincia, se volvían mucho más intensas y dramáticas conforme se alejaban hacia las zonas rurales de Esmeraldas, donde se cree que los ritos conservaban, o conservan quizá aún, su pureza ancestral afroamericana.

Niña vendedora de cocos
(Foto: C. Franco/B- Franco- Ecuador del Pacífico: BCE-Dinediciones)

Tales evocaciones se fueron escondiendo en mi memoria, y con el pasar indetenible de los lustros y décadas vividos en Cuenca, en algún momento parecieron haber sido soñadas por lo increíbles que sonaban cuando ciertos detalles retornaban y trataba de relatarlos a algún estupefacto amigo cuencano. Fue así hasta que encontré las investigaciones del antropólogo Marcelo Naranjo, pero especialmente los trabajos de la antropóloga alemana Sabine Speiser, quien describió la ceremonia con un impresionante lujo de detalles:

Se apaga la luz de la sala y, una tras otra, se apagan las velas del altar, rezando, y después de haber apagado la última se desbarata toda la tumba, se llevan afuera las plantas, mesas, tablas, telas, dejando un callejón entre tumba y puerta por el cual el alma del muerto se va sin que nadie lo pueda detener… lo que más caracteriza la atmósfera son los gritos y llantos y las privaciones de las mujeres… (en el argot popular esmeraldeño, «privarse» equivale a desmayarse)

Años más tarde, caminaba cierta noche por alguno de los barrios apartados de la capital esmeraldeña, en los que es mayoritaria la población afro, cuando llamó mi atención un canto peculiar acompañado del ritmo producido por la conjunción entre bombos, cununos y guasá, que provenía de una vivienda en donde todo parecía indicar que en su interior se estaba velando a un difunto. Me resultaba extraña esa simbiosis de música no muy triste al parecer, tratándose de la muerte de alguien, sin percatarme de que estaba siendo testigo precisamente de un sincretismo entre lo afro y lo español: los llamados arrullos y chigualos, que son parte central de una especie de rito funerario nocturno, en el que resalta como eje central la presencia de los músicos encargados de interpretarlos. Su finalidad es facilitar el viaje del bebé o niño fallecido, conocido como angelito o morito, especialmente si no ha recibido el bautismo católico. Eso explica la expresión de cierto regocijo entre quienes velan al menor a través del canto: lo que se está haciendo y logrando, se tiene la certeza, es asegurar la llegada de su alma al cielo cristiano.

Petita Palma (der.) junto a la investigadora jamaiquina Brenda J. Peart.

Una de las pocas personas a quien aún es posible encargar la realización de esta ceremonia es la folclorista esmeraldeña Petita Palma. Los Chigualeros, la orquesta esmeraldeña de música afroecuatoriana y caribeña de mayor proyección fuera del país, debe su nombre al término chigualo, género que interpretaba en sus inicios como agrupación de música autóctona.

Cuando el difunto es un adulto, a diferencia del chigualo que conserva matices prácticamente festivos, la ritualidad se centra en los Alabaos, particularmente tristes, y en la presencia protagónica de personajes como las «rezanderas», cuya labor consiste en cantar, rezar y aun llorar. Por lo general se trataba de mujeres, aunque personalmente vi destacarse en esta actividad a un escuálido homosexual, conocido como La Malisa, que aparecía en todo velorio, le llamasen o no, ataviado todo él de blanco, incluido un sempiterno pañolón del mismo color a manera de turbante.

La Espera, San Lorenzo, Esmeraldas
(foto: Bolo Franco/Ecuador del Pacífico: BCE-Dinediciones)

Todo lo anterior estaba matizado por creencias como la disposición final del cadáver, mirando hacia el Este o hacia el río más cercano al sitio de velación, en el caso de los adultos, y en la dirección contraria si se trataba de niños; la colocación de una cruz a los pies del difunto, de tal manera que cuando éste se levante, en «el día de la resurrección», no vaya a golpearse la cabeza; la prohibición de que mujeres embarazadas ingresen al cementerio, bajo peligro de que pierdan a la criatura si osan cometer semejante desaguisado, al igual que mujeres menstruando, que si lo hacían podían nunca quedar embarazadas; y, en las zonas rurales sobre todo, recitar décimas cuyos versos tienen finalidades aleccionadoras tanto como de entretenimiento colectivo.

(Foto principal: Fondo Documental Afro-Andino)