Neruda Universal

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El 23 de septiembre de 1973, agobiado por un cáncer implacable y por el amargo y terrible golpe anímico que significaron para él los acontecimientos de doce días atrás, muere don Pablo Neruda, uno de los grandes poetas latinoamericanos que han dado Chile y Latinoamérica en este siglo.

El inmortal chileno fue un hombre profundamente arraigado a su tiempo, inserto en él, y como tal vivió con intensidad cada uno de sus días. Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basualdo, mejor conocido, no solo en el mundo de las letras sino en casi todas las instancias de su existencia, por el seudónimo que utiliza a partir de los 16 años, en homenaje al escritor checo Jan Neruda, emergió muy temprano de su medio natal para dirigirse a la capital chilena a concluir sus estudios.

Con un talento lírico bastante precoz, publica a los veintiún años su primer libro, Crepusculario, aunque ya mucho antes poemas suyos habían aparecido en diferentes revistas. Uno de sus libros de mayor fama, y quizá el preferido por la mayoría de la juventud enamorada de todo el mundo, se llamó Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

A partir de su nombramiento como cónsul en Rangoon (Birmania), una serie de experiencias vitales por varios lugares del “exótico” continente marcarían su juventud: Ceilán, India, Java, Singapur, hasta su retorno a Chile, cinco años después. Pero de carácter fundamental sería su viaje a Barcelona, en 1934, con el fin de asumir el cargo de cónsul, circunstancia que le permitiría conocer y hacer amistad con la mayoría de los intelectuales españoles y americanos que descollaban en esa convulsa época de la historia de España: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, escritores que conformarían la discutida “generación del 27”; así como a su compatriota Huidobro y al peruano César Vallejo. Aquellos contactos serían decisivos en su vida y en sus convicciones, al punto que seis años después de la derrota de la República y la llegada de Francisco Franco al poder, el poeta se afilia al Partido Comunista de Chile, y, al final de la década, publica su enorme Canto General.

Neruda conocería la satisfacción de obtener el reconocimiento del público lector de casi todo el mundo, pero también recibiría las decepciones causadas por la envidia humana, y la incomprensión de muchos seres aun de su propia patria. No olvidemos que aquellos años del siglo XX estarían intensamente signados por los antagonismos ideológicos, por la utopía marxista, por las distintas cacerías de brujas, etc. Neruda no haría más que reflejar, en su existencia y en sus escritos, esas realidades de su tiempo. A casi un cuarto de siglo de su muerte, se ha convertido en todo un mito de carácter universal. Y no podría ser de otro modo, pues, quiérase o no, la suya fue una de las más influyentes figuras de la centuria pasada.

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Francisco Álvarez González: Filosofía en una Cuenca bucólica

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Por entonces resultaba fácil recorrer la pequeña urbe que era Cuenca, desde la perspectiva del peatón. Su condición de bucólica, aun presente dentro del área urbana, era evidente al traspasar cualquiera de sus límites. Fue a esa ciudad a la que llegó, en enero de 1952, uno de los brillantes discípulos del autor de La Rebelión de las Masas, don José Ortega y Gasset: Francisco Álvarez González.[1] Apenas una veintena de días después, aquél sería el eje, junto a un grupo de españoles y cuencanos, en torno al cual convergería la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, de la cual sería su primer decano.

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José Ortega y Gasset

De la mano de esa responsabilidad asumiría también la tarea de escribir, de manera incansable, textos filosóficos de los cuales carecía la incipiente Facultad. La revista Anales de la Universidad de Cuenca será uno de los mayores recipientes de sus escritos, y es también memorable entre quienes tuvieron el privilegio de contarlo como maestro, su libro Historia de la Filosofía, escrito en esta ciudad sin contar para ello con un buen fondo bibliográfico que, para entonces, era inexistente en Cuenca: “Ya el hecho de que una de mis primeras preocupaciones fuera escribir una relativamente extensa historia de la filosofía, se debió no a ningún interés personal de momento por el tema, sino al deseo, que casi era un deber, de que los alumnos pudieran contar con un libro de texto sobre esa materia.” De igual manera recomendaba la lectura directa de obras y autores, para lo cual se valía de una antología preparada por su célebre condiscípulo, también pupilo de Ortega y Gasset, Julián Marías (padre del más célebre novelista español contemporáneo, Javier Marías).

De Marías recuerda: “Fue condiscípulo mío. Terminamos en 1936 la licenciatura juntos, un par de meses antes de que estallara la Guerra Civil. No mantuvimos mucha correspondencia pero sí manteníamos una relación de amistad a lo largo de tantos años. Por ejemplo, hace unos diez años fue a Costa Rica a dictar conferencias y llegó a mi casa. Y hace unos dos o tres años estuve yo en el homenaje que le hicieron en España”.

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Francisco Álvarez, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, fue condiscípulo y amigo del filósofo español Julián Marías, padre del escritor Javier Marías.

Si Álvarez llegó a América fue precisamente como consecuencia de la Guerra Civil, al hallarse perseguido por Francisco Franco, el Generalísimo, bajo cuya dictadura permaneció dos años encarcelado. Antes de la guerra había ganado una cátedra, que sin embargo el gobierno franquista le arrebató como represalia por su postura de izquierda. “Fue por la Guerra Civil Española y por la cosa autoritaria de la dictadura de Franco, por la forma como éste persiguió a sus enemigos políticos, que como tantos otros intelectuales tuve que optar por buscar otros rumbos y abandonar España.”

Desde el punto de vista del desarrollo, la España en que transcurrió la juventud de Francisco Álvarez daba la impresión de un país subdesarrollado, recuerda, pero se siente orgulloso de que el mundo entero haya progresado de una manera extraordinaria, y que hoy en día su país no tenga nada que envidiar a otras naciones europeas.

Para el nonagenario filósofo, el fenómeno migratorio es un hecho necesario en países como España, donde los trabajos que ciudadanos de otros lugares llevan a cabo son labores que los españoles ya no quieren efectuar, y, en consecuencia, habrá siempre fuentes de trabajo para los inmigrantes.

A través de un diálogo muy rico mantenido con este interlocutor, Álvarez se confiesa eminentemente orteguiano. Conserva intacta su lucidez y aparenta menos edad de la que tiene. Su conversación abarca tanto los catorce años que vivió en Cuenca como sus posteriores residencias en Chile y Costa Rica. En todo ese tiempo dejó huellas intelectuales y físicas, además de lazos familiares en cada uno de esos países.

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El pasado 31 de enero, exactamente cincuenta años después de haber fundado la Facultad de Filosofía, estuvo una vez más en Cuenca. Diez años atrás, para la celebración del cuadragésimo aniversario, había reconocido su contribución a lo que llamó un hito en la vida cultural cuencana: “Creo, sinceramente, cuando ahora recuerdo aquellos años, que la obra que llevamos a cabo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, un al principio muy corto grupo de profesores cuencanos y españoles, señala un hito importante en la historia cultural de esta amada ciudad de Cuenca.”

Febrero de 2002

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, Cuenca, 2016

[1] Francisco Álvarez González (Madrid, 1912Heredia, Costa Rica, 2013),  filósofo español, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, entre otros, y condiscípulo de Julián Marías, Antonio Rodríguez Huescar y Manuel Granell. Fue profesor de Literatura y Griego en el Liceo Francés de Madrid y de Filosofía y Economía Política en otros centros educativos. En 1952 viajó a Cuenca (Ecuador), donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, siendo su primer decano. Fue profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción hasta 1971. En 1973 se radicó en Heredia, Costa Rica y fue profesor de filosofía en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Nacional de Costa Rica. También en Costa Rica fue profesor de la Universidad Autónoma de Centro América. (http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_%C3%81lvarez_Gonz%C3%A1lez)

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Edgar Vivar: cuando Ñoño se despidió de Latinoamérica

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“Alguna vez dijo un filósofo nada de la actividad humana me es ajeno, y sobre eso es lo que va a versar la plática. Yo no soy conferencista, va a ser una plática nomás, y voy a hablar de lo único que sé, que es mi vida, en la que he tratado de dominar tres aspectos del quehacer humano: medicina, humor y humanismo”. Así se refería el actor mexicano Edgar Vivar a la charla que se preparaba a compartir con los alumnos de la Universidad del Azuay, a su paso por Cuenca, durante las festividades de independencia de la ciudad.

Conocido por haber interpretado durante 25 años a varios de los más populares personajes de la televisión mexicana, y por extensión latinoamericana, Edgar Vivar llegó a Cuenca para presentar una vez más al querido Ñoño, al cual despidió precisamente en esta ciudad. Dueño de una fuerte personalidad, Vivar es mucho más que el actor cómico que acompañara al inmortal Chespirito en la televisión. Su amplia cultura humanística lo convierte en una figura muy interesante a la hora de charlar con él en una entrevista exclusiva para Qué Nota. Por ello, él mismo todo un personaje, no dejó de sentir cierta indignación al haber sido interpelado, antes que entrevistado, por la periodista de algún importante medio local que, a decir de este admirador de Buñuel y Spielberg, de Los Beatles y de Ravel, “tenía un coeficiente intelectual inferior a la suela de un zapato.”

La vida y la carrera de Edgar Vivar, huelga decirlo, están signadas por lo que fue su trabajo junto a Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, cuyos programas son un clásico latinoamericano inclusive en países no hispanos como Brasil.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Rodrigo Aguilar: ¿Cómo explicas la vigencia de ese fenómeno sociológico, que es todo un clásico televisivo?

Edgar Vivar: Yo creo que es muy universal en su contenido. En todas partes siempre habrá un niño que no es muy brillante intelectualmente porque está mal alimentado, o habrá una mujer que esté echando a perder a su hijo porque lo sobreprotege, y habrá un señor que no pague el arriendo, sobre todo en nuestra América Latina. Pero no solamente en América, porque si tú bien mencionabas que en Brasil ha sido traducido al portugués, el programa está en cerca de 43 países. Ha sido traducido al tagalo, al marroquí, al italiano, y en todos lados ha tenido éxito, porque yo creo que apela a situaciones y a personajes muy universales.

R.A.O. A ello podría agregarse que sus personajes infantiles son totalmente verosímiles. La gente cree que son niños y eso es algo que no cualquier actor logra. Esa conjunción de talentos fue también muy especial, histórica inclusive.

E.V. Concuerdo contigo. Fue una serie de circunstancias muy afortunadas. Tener un magnífico libreto, que es la verdadera estrella del programa. Siempre lo señalo porque esa es la verdad. Había un balance entre todos los personajes, y es lo que admiro yo en Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, que pudiendo haber escrito lo mejor para él, lo repartió generosamente entre todos sus personajes. Una prueba fue Kiko (Carlos Villagrán), quien duró ocho años en el programa, nada más, y se separó por decisión propia cuando más se lucía su personaje. Eso fue porque Chespirito lo escribía, porque el programa lo demandaba. Y cuando él salió del programa nunca tuvo el mismo éxito. Repitió el mismo personaje, estuvo en Venezuela, Chile y Argentina, y jamás igualó el éxito y la penetración que tuvo con todo el equipo del Chavo.

Pero ya hacia el final de los 25 años que duró el programa, era visible cierta decadencia…

Eso es lógico después de 25 años, aunque también depende de lo que tengas tú por decadencia. Hay que renovarse. Yo hablo de lo general a lo particular. En mi caso, estoy despidiendo el personaje de Ñoño porque ya no me siento a gusto haciéndolo. Adoro mi personaje, lo quiero mucho pero también soy realista: ya tengo más de 50 años y no puedo estar haciendo un personaje de un niño de nueve años, por respeto al público, por respeto a mí mismo y, sobre todo, por respeto al personaje. Y estar haciéndome competencia a mí mismo, a los ojos de algunas personas podría llamarse decadencia.

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Entre tus personajes, Ñoño, el señor Barriga, el Botijas, ¿cuál es el que preferías o aquél con el que más te identificabas?

¿Tú tienes hijos?

Sí.

¿A cuál quieres más…? El señor Barriga me dio la oportunidad de proyectarme, de ser conocido. Ñoño es un personaje al que amo entrañablemente porque es tocar mi niño interior y ponerme como los niños. Y Botija es un personaje muy libre, que me permite jugar también con una serie de situaciones.

Aunque el Botijas luce más cándido que el anterior, el Peterete, que era interpretado por Ramón Valdez…

Sí, bueno, es todo un caso. Los caquitos son un tema de análisis, no quiero decir profundo pero sí muy concienzudo. En ese entorno nunca fueron realmente ladrones. Eran ladrones frustrados, que hacían el bien sin proponérselo.

¿Te costó más el personaje de Ñoño, porque había que hacerlo verosímil, en tanto niño, ante los ojos del público?

Nunca me he detenido a pensar en eso. Yo soy un actor de vivencias, un actor vivencial. Creo en lo que estoy haciendo, y realmente en el momento que me desprenda y vea yo si estoy haciendo el ridículo o no, dejaría de tener veracidad.

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Pero el programa también debió haber tenido críticas en México.

Como todo. Yo te puedo decir que nadie es profeta en su tierra. El fenómeno del Chavo comenzó en México y se fue extendiendo como las ondas de agua cuando dejas caer una piedra en un lago. Empezó a expandirse en toda América, y a pesar de las críticas y todo hoy se sigue transmitiendo en México, lo mismo que en Guatemala, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Panamá… y hemos recorrido toda América, puede decirse que desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

¿Qué hacías tú, como actor, antes del Chavo del 8?

Hacía comerciales para la televisión. Para mí hacer comerciales era, valga la redundancia, comercializar algo que hacía yo por gusto. Yo empecé haciendo teatro en la universidad. Fui parte de la compañía de teatro universitario, cosa que hacía por placer. Empecé haciendo teatro cuando estaba en la preparatoria, porque tenía que llevar una actividad estética a fuerza, y nunca lo hice. Entonces, en el último año, el director me insistió en hacerlo porque, si no, no iba a poder graduarme. Y en el único grupo donde había lugar todavía, pues ya estaban copados fotografía, canto y modelado, era en teatro. Bueno, sí me gustaba el teatro, pero como espectador jamás pensé que iba a subir. Yo no quería darme la oportunidad. Estaba muy acomplejado por muchas cosas. Para subir al escenario me insistieron tanto, tanto, tanto, que ya nunca me bajé. Es decir, seguí haciendo teatro en la preparatoria y después en la universidad. Estudiaba la carrera de medicina y estudiaba la carrera de licenciado en arte dramático, de la que no me desligué.

¿Y cómo se origina tu paso a la televisión?

Un día, un cazatalentos me vio para hacer un casting para un comercial. Me insistió, pero el hecho realmente se dio porque andaba yo con una muchacha que sí quería ser actriz. Ella fue la que me llevó al casting, y no se quedó en el comercial sino que me dieron el papel a mí. Estamos hablando de 1970. Me escogieron para ese y luego no fue uno sino muchísimos los que hice, y para mí era como un aliciente económico muy importante, porque en esa época estaba haciendo el internado y me pagaban 900 pesos por un mes de trabajo, mientras que por un día de trabajo haciendo comerciales me empezaron pagando 2000 pesos. Entonces no había que pensarlo mucho.

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¿Cuándo y cómo aparece Roberto Gómez Bolaños?

A raíz de todos estos comerciales, un conocido mutuo nos contactó. Fui a verlo, me dijo que me había visto en los comerciales, que le parecía yo buen actor, y me preguntó si me gustaría trabajar en la televisión. Además me preguntó si sabía usar el apuntador electrónico. Y yo, ¿qué es eso? Ah, bueno, perfecto– dijo-, vente que aquí no usamos apuntador electrónico. Tú eres gente de teatro.

¿Y en qué edad estaban ambos por entonces?

Él es 21 años más grande [mayor] que yo, y yo tenía 20 años en aquella época.

¿Cuál fue el primer personaje, el del señor Barriga?

El primer personaje fue un re-make en un pequeño sketch del doctor Chapatín, donde tenía que decir únicamente un par de frases, pero tenía que llevar cierto ritmo. El ritmo de comedia es muy difícil, hay que sentirlo. Por eso no usamos el apuntador electrónico.

¿Cómo fue la relación entre todos los actores?

Como la de una familia. Y eso quiere decir que también había diferencias, pero la mayor parte del tiempo nos llevábamos bien. No hubo ninguna diferencia que la razón o el diálogo no pudieran salvar, no pudieran limar.

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Siempre se me ha antojado que las cachetadas de doña Florinda fueron las que mataron a don Ramón…

(ríe a carcajadas)… No lo dudo, esa es la impresión. Mucha gente escribía diciéndole a don Ramón que se vengara, y eso demuestra que siempre la víctima tiene más fuerza. Eso lo podemos ver en las telenovelas: la protagonista siempre es desvalida, débil y tonta; y la mala es fuerte, más inteligente. El programa, inconscientemente, no tiene personajes polarizados: ni somos totalmente buenos ni totalmente malos. Todo mundo tiene un viso de oscuridad y un viso de luz. Uno se vuelve victimario y víctima, como en la vida. Y eso se daba inconscientemente. Esto que te estoy diciendo es una conclusión que he sacado a través de los años. Por ejemplo, si tú te metes en internet, y ves la gran cantidad de material escrito sobre el Chavo. En Brasil es impresionante la cantidad de páginas que existen en idioma portugués.

Creo que se ha llegado al nivel de estudios sociológicos…

Desde luego, a eso iba: estudios sociológicos y psicológicos. Ahora que estuve en São Paulo, el 11 de septiembre precisamente, se acercó a mí un grupo de muchachos que están haciendo su tesis profesional sobre eso, sobre el Chavo como fenómeno, para tratar de explicar qué es lo que tiene que ha llamado la atención en más de 300 millones de personas.

¿Te consideras un ser privilegiado al haber tenido la oportunidad de compartir con ese grupo de personas?

No me gusta contestar a una pregunta con otra pregunta, pero ¿tú que crees? […] Muy privilegiado. Es un regalo de la vida que lo estoy disfrutando aún hoy en día.

¿Por qué tomaste la decisión de trabajar en un circo?

Porque es un reto para mí.

¿Sabes que no todo el mundo lo ha visto bien?

Me basta y me sobra con que yo lo vea bien. No puedes darle gusto a toda la gente. Considero que la gente que no lo vea bien no irá al circo. Y te puedo decir que la gente que lo ve bien abarrota el circo. Porque hay muchas personas que no tienen oportunidad de ir a un teatro. Hay mucha gente que piensa que la televisión es algo mágico. Me refiero a los niños, a quienes en un momento dado se les cumple un sueño. ¡Los sueños se hacen realidad! Y para mí como actor es un reto tener a la gente tan cerca, estar trabajando en un lugar que no es un teatro y hacerles creer que están creyendo que yo soy un niño.

¿Te dejó mucho dinero el trabajo junto al elenco de Chespirito?

Mira, gané mucho más dinero del que pensaba yo ganar en esto, pero infinidad de veces mucho menos de lo que la gente piensa. Realmente la gente no paga (y tú me podrás dar la razón, o tus lectores) por ir a ver a un actor. Paga por ir a ver y escuchar a un cantante, y me estoy refiriendo a las grandes cantidades de dinero. Paga por un grupo de rock que se presenta en grandes estadios. A esos sí se les pagan sumas millonarias. Yo vivo bien, holgadamente. Me pienso retirar en dos años. Pero el dinero viene por sí solo, cuando realmente no lo buscas. Esa es mi filosofía. Te repito, gané mucho más de lo que pensé que iba a ganar en esto, pero miles de veces menos de lo que la gente piensa.

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¿Encuentras muchas diferencias entre la niñez de los setentas y la actual?

El mundo es distinto, y también creo que se ha abusado de la manipulación, por la misma televisión. Haciendo una pequeña abstracción de esto, la televisión parece ser el invento que más marcó a la humanidad. No estoy en contra de ella sino del uso que se le ha dado. A través de ella a los niños de este siglo se les da mucha información, y como que se les obliga a madurar muy pronto. Se promueve en ellos actitudes de gente adulta. Se descuida mucho el aspecto lúdico del ser humano.

Sé que estás trabajando en una producción.

Quiero lanzarme a otros planes de la actuación, del medio artístico. Si bien ya había dirigido teatro y algunos cortos, estoy ahora incursionando en la co-producción de una serie para la televisión. Están muy interesadas HBO y Olé, y la vamos a vender a Telemundo. Es una miniserie de 24 capítulos, cada uno de los cuales tiene un final insólito e imprevisto. La serie se llama Postdata, y se está haciendo en Buenos Aires.

¿Vuelves a actuar en esta producción?

Sí, me di el lujo de actuar en un capítulo.

Imagino que a estas alturas te deben resultar muy diferentes a los de hace treinta años, los recursos, técnicas y efectos televisivos.

Cómo no. Yo veo los programas de televisión que hacíamos nosotros y eran totalmente rudimentarios, y se veía bien. Se utilizaba el chroma key por primera vez en México, para incrustar imágenes, algo que ahora se hace con la mayor facilidad del mundo. Cuando hicimos Blanca Nieves y los Siete Churichurinfunflais, que aquí lo acabo de volver a ver, estuvimos 15 días trabajando, aunque la duración de ese programa fue de una hora. Teníamos problemas de iluminación por los que a veces debíamos pasar hasta tres horas de pie para que se terminara de iluminar una escena que duraba solo dos o tres minutos. Ahora es un poquito más fácil.

¿Cuáles son, para ti, los más grandes actores cómicos mexicanos?

Cantinflas era muy buen actor cómico, y tenía a un humorista de cabecera, que era Carlos León. Él era quien le escribía todos sus diálogos. Cantinflas era un cómico verbal. Tintán era muy espontáneo. Me quedo con las primeras épocas de ambos. Hay otro actor que no es muy conocido en el Ecuador; se llamaba Joaquín Pardavé. Era un excelente actor, que tocaba el humor y tocaba el melodrama. Era compositor y fue director de cine y teatro. Y Roberto Gómez Bolaños, que es una persona a quien yo admiro mucho. Ha incursionado en varios géneros literarios. Lo que más se ha conocido de él ha sido la comedia, pero ha escrito teatro y acaba de escribir un libro de sonetos.

¿Se mantienen ustedes en contacto?

Sí, constantemente.

Más allá de tus pasiones como médico y actor, ¿qué otras cosas te apasionan?

La lectura, por ejemplo. Soy muy ecléctico pero me apasionan las biografías. Me gusta mucho leer acerca de personajes famosos y no tan famosos.

¿A quién admiras?

A mucha gente. Te podría mencionar a Henry Ford, Albert Einstein (a quien me hubiese gustado conocer).

¿Y has llegado a conocer alguno de los personajes que admiras?

Sí, conocí a León Felipe, un poeta español refugiado en México, que escribió Este viejo y destrozado violín. Un tipo con una poesía muy hermosa, que para mí fue muy emotivo conocer, porque él ya estaba muy grande [mayor]. Y, bueno, la sensación que te puede dar la ilusión de una persona que conoces a través de su trabajo literario. Me remito a lo que te dije hace un momento: los sueños se cumplen. Otra persona a la que admiraba, y con quien tuve la oportunidad de conversar, fue Libertad Lamarque. La admiraba no tanto por lo que cantaba sino por su valor en el aspecto político, su abandono de la Argentina, todo eso. Me interesaba mucho conocerla.

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León Felipe, poeta español exiliado en México, a quien Edgar Vivar admira y llegó a conocer.

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

Una faceta algo desconocida de tu vida fue la periodística. Cuéntame al respecto…

Pues sí, una de las partes que más disfruté de mi vida fue el periodismo, en el que también incursioné. Durante algunos años estuve trabajando en la gaceta universitaria, en un suplemento cultural que se llamaba La Cobra, y yo hacía entrevistas. Así pude entrevistar a Dolores del Río, a otra señora que se llamaba Tamara Garina, a mucha gente.

¿Qué tipo de música escuchas?

Me gustan mucho los impresionistas:  Claude Debussy, Ravel. Y también en la pintura me gustan los impresionistas. El impresionismo lo revolucionó todo: influyó en la pintura, la música, la literatura. Era una manera diferente de ver la realidad, y no por eso deja de ser válida.

¿Y la música popular?

No soy muy afecto a la música popular. Me gusta la música new age. Y, en mi juventud, básicamente Los Beatles.

¿A nivel de cine?

Mucha gente. Uno de los directores que más admiro ha sido Luis Buñuel.

¿Llegaste a conocerlo?

No. Conozco a su hijo. No, no tuve la oportunidad. Pero tengo muchos compañeros actores que trabajaron con él: Silvia Pinal, Joaquín Andere, a quienes siempre pregunto cómo era Luis Buñuel. Admiro también mucho a Hitchcock. Me gusta el cine de Steven Spielberg. Me gusta todo el cine de Hollywood de los años cincuenta, desde el cine negro hasta las comedias musicales. El cine francés de la nueva ola; el cine argentino actual; el cine que se está haciendo en México creo que va por muy buen camino.

¿Crees que México tuvo su época de oro del cine?

Sí, fue una oportunidad dorada, porque durante los años cuarenta, cuando estaba la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos dejaron de hacer películas en grandes cantidades para hacer material de guerra. Entonces México supo explotar esa oportunidad. Un hombre, Emilio “Indio” Fernández, junto al fotógrafo Gabriel Figueroa, empezó a hacer tomas costumbristas, muy mexicanas, con magueyes y cielos con nubes. Era un cine muy pictórico y poético, que empezó a interesar fuera de México, hasta entonces un país desconocido. Fue una oportunidad dorada, y se le puede llamar de oro porque sí entró mucho oro a México, y les dio proyección a muchos actores. Realmente creó estrellas de cine que, curiosamente, siguen todavía vigentes gracias a la televisión. Ese ha sido el vehículo para hacer permanentes esas imágenes.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

¿Tus sentimientos al despedir a Ñoño, precisamente en Cuenca?

No dejo de derramar una lágrima, pero no de tristeza sino de nostalgia. Es como decirle hasta siempre, y es la manera como lo despido durante el espectáculo: ¡Hasta siempre Ñoño!

Revista Qué Nota, No. 13. Pgs. 19-22.

Cuenca, Ecuador, noviembre de 2003