Escarabajos en la calle Sucre

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Los Escarabajos de Liverpool nunca estuvieron en Cuenca de los Andes. En la época en que sus acordes y melenas conmocionaban hasta la histeria a los jóvenes de gran parte del mundo occidental, la capital azuaya era aún una pequeña urbe perdida en la cordillera andina, repleta de iglesias y calles con nombres de curas por todas partes, y temerosa de que el fantasma que según Marx recorría el mundo desde 1848, apareciera para destruir el cosmos de tradición y marianismo, de enclaustramiento e intolerancia que muchas veces caracterizó el ambiente social reinante.

Tampoco dieron concierto alguno al sur del Río Grande. Que se sepa, España fue el único lugar de habla hispana en el que Los Beatles se presentaron (no cuenta Manila, la capital filipina, porque en ese país el español hace mucho que dejó de hablarse), en Madrid y Barcelona, cuando Franco era la única y la última palabra, y los jóvenes ni siquiera podían usar melena porque corrían el peligro de que algún ciudadano de bien, rezago de la era intolerante en que la Iglesia Católica y la Inquisición regían y atormentaban las vidas de los seres humanos con el pretexto de la fe, los detuviera en la calle para conminarlos, con la aprobación de los transeúntes, a cortarse el cabello.

Pero estuvieron siempre en Cuenca. Por ejemplo, de la mano de personajes como Claudio Malo o Rubén Astudillo, por entonces jóvenes promesas de la investigación, el periodismo y la creación literaria, los cuatro escarabajos comenzaron a pasearse por las calles morlacas llamando la atención de cuanto hijo de vecino se sintiera amenazado por semejante presencia.

Dos parecen haber sido las formas en que se conoció la música de los Escarbajos en Cuenca, de acuerdo con testimonios de personajes que por entonces eran adolescentes a la vez que testigos privilegiados de aquello: René Cardoso, cuyo padre era propietario de un almacén de música, que fue quien por obra y gracia de sus contactos con casas disqueras extranjeras, cometió el acto de magia de hacer aparecer en la capital morlaca el primer disco de Los Beatles, en el año 1965. El escritor Ernesto Arias, con unos pocos años más que Cardoso, corrobora esa remembranza, aunque nadie ha logrado ponerse de acuerdo en torno a de cuál de los discos del cuarteto se trataba. Para entonces pudieron haber sido Help! o cualquiera de los álbumes anteriores como A Hard Day´s Night, Beatles for Sale, Please Please Me, o With the Beatles. Existe, desde luego, la remota posibilidad de que el disco en mención fuese Rubber Soul, que se publicó a comienzos de diciembre de ese año, pero más de media centuria después de aquel acontecimiento, por entonces no percibido como tal, no resulta fácil para sus privilegiados testigos evocarlo con detalle y precisión.

La otra forma puede haber tenido visos de masiva, pues al parecer fue un grupo colombiano de rock, llamado The Speakers, todo un capítulo en la historia del género en el país norteño, el que con sus covers, traducciones y adaptaciones de los temas de Los Beatles y Los Rolling Stones, permitieron a miles, quizá millones, de jóvenes sudamericanos, conocer la música del milagroso boom británico que como un huracán sopló sin misericordia sobre medio planeta y a lo largo de la década de los sesenta del siglo XX.

El pintor que testimonió para la posteridad la caminata en fila india de los cuatro melenudos, en pos de una chola cuencana, era en realidad muy niño cuando se dio aquel acontecimiento, pero se cree que muchos años después a su taller concurrieron serios testigos, llenos de canas ya, que relataron paso a paso aquella visita inesperada e inusitada a la tierra morlaca, jamás recogida sin embargo por ninguno de los biógrafos e historiadores del fenómeno beatle.

Nuestra generación, la de los hijos de los hippies, que desde su aparición en este planeta viene adoleciendo del mal de la envidia generacional, vivía su época pero también  padecía cierto grado de nostalgia: Los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiarse con el fin de ilustrar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón; la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos, llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, en la esquina del parque, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cincuenta años a que alguien lo saque de Abbey Road o de la calle Mariscal Sucre.

Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento, beatlemaniaco él mismo, incapaz de resistirse a la tentación de aparecer también como inmortalizado testigo en la imagen con que representó  la hipotética y utópica visita, aunque segundos más tarde tendría que forzosamente caer, boquiabierto e hipnotizado, y cargando también un enorme racimo de bananos, a la destapada alcantarilla que jamás habría podido ver. Como él, como Julio, cientos, miles de cuencanos han aprendido inglés o se han visto influenciados, marcados por la música beatle, por la contundencia de sus acordes y letras, por la magia de sus mil canciones, por la leyenda, el fenómeno y el mito más grande del siglo XX. Ante su música nadie puede quedar indiferente: o gusta y fascina o simplemente se aborrece. Si hasta los metaleros gustan de ella, aunque en público prefieran repudiarla porque para ellos no hay otra opción en medio de su radicalidad marginal, hoy también con visos de clásica.

De Lennon a Cobain

La fascinación masiva que Los Beatles han ejercido en Cuenca se demostró hace unos años, creo que fue en 2004, cuando bajo la iniciativa de beatlemaniacos como el «flaco» Edgardo Neira se emprendió el ya también legendario Tributo al conjunto británico, bajo el nombre de Get Back y con la famosa foto del último de sus álbumes impresa al revés, como una forma de iniciar el regreso (hoy sabemos que la sesión de fotografía de aquel dia en Abbey Road, incluía capturas del grupo caminando en sentido contrario a la ya legendaria imagen de portada).

Decenas de músicos subieron al escenario del teatro universitario Carlos Cueva Tamariz, y ante cientos de espectadores que rebosaban el lugar interpretaron los más bellos temas de Lennon-McCartney y de Harrison. Poco tiempo atrás, en el año 2000, se habían llevado a cabo actos especiales para evocar la memoria de John Lennon, al conmemorarse el vigésimo aniversario de su asesinato a manos de un desquiciado que aún purga cadena perpetua, cometido el 8 de diciembre de 1980 frente al portal de la casa Dakota, en Nueva York.

Alejado por voluntad propia de los estudios de grabación y los escenarios, más de diez años después de la separación del mítico conjunto, Lennon sorprendió al mundo ese año con el lanzamiento del formidable Double Fantasy, disco cuya portada en blanco y negro mostraba al líder inglés besando al amor de su vida, la japonesa Yoko Ono. Pocas semanas después, los millones de fanáticos desperdigados por el planeta se enteraron conmocionados de la noticia. Nadie lopodía creer. El abanderado de la paz, el luchador por los derechos humanos, el pacifista, había muerto absurdamente a manos de un psicópata ensimismado en su propio cretinismo.

La década recién empezada pudo haber sido el lapso en el que Lennon aportaría con su genialidad recién vuelta a despertar del letargo de los últimos años. Muy probable hubiese sido verlo apoyando causas como Live Africa,cantando quizá We are the world, we are the children (probablemente no, pues para la grabación de este disco  vídeo, si no me falla la memoria, en el año 1984, solo participaron intérpretes gringos, porque se trataba de USA for Africa), o colaborando después con líderes de las nuevas generaciones, como el mismísimo Kurt Cobain. Muchos creen que poco o nada en común puede hallarse entre esos dos iconos del pop mundial. Poco es, al parecer, lo que puede identificar la creatividad musical de Lennon durante y después de Los Beatles, con la del también desaparecido vocalista del hoy ya legendario grupo de rock grunge Nirvana. Pocos son los que reparan, en cambio, en la admiración que éste sentía por Lennon, o en el hecho de que In my life, ese himno existencialista presente en Rubber Soul, el primero de los discos de Los Beatles compuesto y grabado bajo el aroma dulzón del humo del cannabis que pocos meses atrás el también legendario Bob Dylan les había enseñado a fumar, fuera uno de sus temas favoritos: «Existen lugares que recordaré durante toda mi vida, aunque algunos hayan cambiado ya; unos por siempre, para bien o para mal, algunos han desaparecido y otros quedan aún».

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 Esa fascinación innegable por Lennon y Los Beatles que persiste en tantos cuencanos deberá alguna vez canalizarse en un homenaje más perenne. En La Habana se lo hizo en el año 2000, al inaugurar el propio Fidel, acompañado por Silvio Rodríguez, el monumento en el que aparece Lennon sentado en una banca. Fidel Castro logró comprender, treinta años después de la separación dolorosa del cuarteto inglés, la magnitud de su contribución socio-musical a la humanidad. Y lo destacable es que lo comprendió después de que Los Beatles estuvieron proscritos de las emisoras oficiales por lo menos hasta los ochentas, prohibidos por la Revolución debido al hecho de que sus temas estaban grabados en inglés, el idioma del enemigo ideológico y político situado a ciento cincuenta kilómetros de la capital cubana. Hace un tiempo se supo, además, que el Papa alemán había perdonado a Lennon por sus declaraciones de medio siglo atrás en contra del cristianismo.

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