El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

artista Patricio Palomeque

La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

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Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

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Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

Diáspora Tropical: Artistas cubanos en Cuenca

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Por Carlos Vásconez

Mark Twain afirmó: “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.”

Un viajante carga a sus espaldas una valija. También el anhelo de nuevos días, de colores maravillosos que justifiquen, su emigración. Hay aves que vuelan miles de millas para arrojarse a una playa peruana a morir. Hay peces como el salmón que nada contracorriente con el objetivo de hallar el amor, y morir. El caso cubano aparte de enternecernos, ha sido un ejemplo latente de lo que una idiosincrasia puede obtener: hijos desarraigados a quienes se los espera de vuelta como al hijo pródigo. No saben a veces quienes esperan que el hombre y la mujer que viajan por otros parajes llevan en la boca el nombre sagrado de su patria pues no hay cubano por excelencia que no pondere a La Habana o a las costas de su nación. Que no se le humedezcan los ojos al escuchar cómo galopan sobre las cuerdas de la guitarra los acordes ingeniados por Silvio, que no sepa que volver es una misión, respirar su aire caribeño y ver a sus mulatas y así acordarse de los barroquismos de Lezama y vuelven en un vídeo cuya banda sonora la compuso Compay Segundo o en la que un balsero jura ser propietario del bote en que salía a pescar Hemingway borracho; volver en un cuadro, en un libro, en un abrazo, en un canto.

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Una diáspora no es solamente la dispersión de un pueblo por el resto del orbe. Una diáspora no implica en exclusiva la identificación de este pueblo entre sus integrantes. Una diáspora es la posibilidad de que ese lugar se traslade, de que sus costumbres se vuelvan enriquecedoras para otras gentes de otras latitudes. Gracias a estos movimientos traslaticios, a este nomadismo, sea o no sea voluntario, hoy gozamos con la muestra expositiva (que también puede llamarse amistad) “Diáspora tropical” que comprende una minuciosa selección de piezas de seis artistas cubanos que han caminado (que bien puede traducirse por cambiado) el mundo: Aisar Jalil Martínez, Alexis Linares Pérez, Eduardo Cerviño Alzugaray y Lanner Díaz Rodríguez, Noydal Conde González, Nelson García Miranda. Artistas que viven en constante movimiento.

Las inteligencias de esta exposición son variadas y múltiples. Primero, con coherencia, la han coincidido en forma periferal, con la Bienal de Cuenca, evento crucial dentro del ámbito artístico y plástico del país. A esto podríamos tildar de sentido del tiempo. La han pensado, en segundo lugar, con una mirada minimalista, aunque los cuadros y las esculturas no provengan de ese derrotero ya que se trata de obras contundentes, claras, en algunos casos casi voluminosas, pero que son expuestas con cautela. A esto bien podría llamársele sentido del tacto. Y el tercer aspecto a rescatar es que son voces dispares, variopintas, que, en algunos casos, sobre todo en las brevedades en las que nos detienen sus obras (en sus detalles), resultan, incluso, contradictorias.

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Aisar Jalil (Camagüey, 1953)

Aisar Jalil, Camagüey, 1953, nos trae tres obras impactantes de su serie “Antes de que anochezca”. Sí, antes de que se ponga el sol los colores se rompen, se reinventan y Aisar los amasa con una mano sabia y un pincel esplendoroso. Claro, encarar esos momentos del día en que las cosas parecen desencajar no es nada sencillo. Eso lo saben bien los artistas. Y por ese magma de inquietudes que es la creación de colores, la vista se engaña, la vista se conmueve (se mueve y se mueve) inventándonos para nuestra velada monstruos fantásticos, que siempre poseen fragmentos de nosotros mismos. En esta como en las otras piezas aquí expuestas, Aisar deja constancia de un bestiario a la luz de sus ojos.

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Alexis Linares

La obra de Alexis Linares además de tratarse de un collage de historias, es de una calidad envidiable. Cuando una obra funciona, ella sola lo demuestra, no urge ni depende de comendadores. Alexis nació en La Habana y trae consigo toda la memoria de su hogar, que en mucho parecería la memoria de cualquier hogar de nuestras infancias. Hay palabras, como las que garrapateábamos en las paredes, planchas, ollas, utensilios de urdimbre y de cocina recostadas en sus telas. Parecen estar listas para que las tomemos y les demos su utilidad. La utilidad que Alexis les imprime es la de excitar nuestra mente, la de retrotraernos a esos aromas de cocinas donde el pan se amasaba y la artesa ardía. Hay en sus cuadros, en suma, magia. Hay nostalgia evidente en sus telas. Hay fuerza que fecunda la memoria.

Eduardo Cerviño, habanero de sangre, arena y corazón, nos enseña la parte psicodélica y más radical de “Diásporas tropicales”. Me es imposible no remontarme a vídeos de los años setenta protagonizados por los Roger Waters o Lou Reed. Parecen proclamar mudamente: “Aquí se maquina el futuro. Aquí se forja tu desaparición”. Como constante de su obra, emerge la parte contestataria, la que le hace gritar a pulso (recordemos que la muñeca la manejan mejor que nadie los carteristas, los jugadores de billar, el pintor y aquel que lucha a pulso) su sufrimiento y su desarraigo. ¿Cómo se desarraiga la tierra de sí misma? Cerviño nos lo indica con sus trazos firmes y concretos.

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Eduardo Cerviño

Lanner Díaz, cubano a morir y ecuatoriano recién nacido, proveniente de La Habana desde 1966, nos retrotrae a las pasiones primigenias con sus series vegetales y animales. Hay aire en sus espacios. Ese aire nos deja, un aire de ensueños en las profundidades del cuadro. Nos deja una sensación que puede erizar la piel. El gran artista sabe que lo que ve el rabillo del ojo es lo que marca la diferencia. Díaz se maneja, en el mundo de los juegos y los engaños. Como Magritte que decía esto no es una pipa y nos enseñaba una pipa, Lanner no dice esto no causa temor, ni anhelo, ni deseo, aunque cause más temor, anhelo y deseo que nada. Detrás de la orquídea, detrás de la araña, hay un paisaje que está borroneado y que nuestra mirada difiere para otro instante. Quizá los fondos de los cuadros de Díaz sean la expresión real de lo que queremos ver. Trasvasar así al objeto figurado figurándonos a nosotros mismos en el fondo, en lo que sostiene, como si lo levitara al hacerlo, a la flor y al insecto. Hay artistas que saben poner en esos supuestos restos del cuadro el alma. Lanner Díaz sabe de ello. Parecería no pintarlos sino darnos permisos para aguantar el aliento y dejarlos que floten en absoluta paz. Sus trazos son definitivos. Así se traza el porvenir.

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Lanner Díaz

Noydán Conde, nacido en la capital cubana en 1966, nos atrae al siluetismo animal que tanto reposa en el cuerpo y en el alma de los hombres. Porque las siluetas, como las ondulaciones que marca el humo de un cigarro, asemejan en demasía al cuerpo del deseo. Estas esculturas crecen apuntando a las estrellas, dan ganas de tocarlas, abrazarlas, de alguna manera, cortejarlas. Gran virtud del artista es que un veedor anhele al objeto de su creación.

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Nelson García, oriundo de Holguín, es un pintor y grabador que asegura que su arte es un proceso constante, que desemboca en su actual estética y colorido. A él le agrada el sentido acuático de la existencia. Venimos de un vientre húmedo. Nos humedecemos en vida y los fluidos vitales, leche, sangre y agua nos son consustanciales. En sus piezas uno se sumerge entre otros múltiples nadadores. El agua se expresa o permite que el mundo se exprese mediante sus colores y sus formas. Estos “Mundos perdidos” de Nelson García están llenos de una arquitectura sinuosa y que de inmediato nos remontan a los vitrales (otra clase de agua aquietada) de una capilla, en donde las almas toman sus descansos respectivos, pero paralizadas por un instante. Quietas en el acto.

En esta muestra además hay espacio para que haya tiempo, para mantenernos inermes, quietos ante la estupefacción propia. Cunden en estas obras, y por lo tanto en la plástica cubana, la práctica de la contemplación, de saber esperar, porque en el camino está la evolución.

Una exposición colectiva para que sea proba depende que los elementos, aparentemente dispersos, creen un corpus integral. No solamente como en este caso la nacionalidad, que no es poca cosa, sino aspectos poéticos. El lenguaje y la gramática del rasgo pictórico o escultórico. La medida en la cual sus creadores para representar sus sueños o la realidad, aprovechan las capacidades físicas inmediatas que la memoria les brinda para sustituir las formas rígidas del arte por formas vivientes y amenazadoras. Con las cuales el sentido de la vieja magia, santera, religiosa, cultural, ceremonial del teatro de la vida adopta como nuevo afluente nuestro humor vítreo, donde descansa como aquellas bellas e inolvidables escenas de amor que hemos vivido de una vez y para siempre. Es entonces cuando un país que nos puede parecer ajeno es también nuestro y es asimismo amado.

En estas salas apreciamos el tan ansiado Mundo Mujer al que aludía Roland Barthes. Cuba es una mujer maravillosa que viste aún de encaje y enagua. Por eso estos artistas tienden a la gracia, a lo divino, a la elegía de la madre y la amada.

Estos artistas parecerían decirnos que nuestro destino, igual que el suyo, no es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.

Es un detalle, inaprensible, la dadivosidad de un pueblo. Hoy Cuba y sus mujeres y hombres de bien se representan en esta exposición, en la manera de entregarse a los otros, a quienes los vemos, con alegría, como su son, con ojos soñadores, como quien mira desde sus puertos el horizonte y se imagina viajar para querer siempre volver. Porque volver, sí, es la mejor forma del viaje, que solo se consigue cuando alguien parte con el corazón anudado y el pie firme. En estas pinturas resuena la voz de quien sabe extrañar con ansias, con energía, con talento, con la gracia para flotar en un mar de luces y coloreados pensamientos.

Enrique León Delgado: Memorias de un médico cuencano

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Las personas de mayor edad evocan aún relatos acerca del modo en que, ya bien entrado el siglo XX, solía la población cuencana acudir hasta los “hondos” del río Matadero, como El Vado y El Otorongo, para bañarse en días de sol, por lo general cada domingo o cada día de asueto por feriado. En el caso de las personas más acaudaladas y de mejor posición social, constituía todo un acontecimiento el baño que, cada trimestre, recibía el abuelo, en el patio de la casa y ante la mirada de todos los miembros de la familia. Una opción intermedia eran los que llamaríamos baños públicos de entonces, destinados de manera exclusiva a eliminar la mugre de sus usuarios. Eran pequeñas casetas atravesadas por molinos de agua, por cuyo uso se pagaba unos cinco centavos de sucre. Junto al puente del Centenario estaban ubicados los baños del cura Piedra Baca, y muy cerca del puente de El Vado los baños de la familia Tinoco.

Más prolijos y asiduos en el aseo, según relataba el historiador Octavio Sarmiento, eran los militares encargados de custodiar la plaza de Cuenca, quienes cada dos semanas acudían al río para el consabido baño de soldados y oficiales, anunciado por las notas marciales de su propia banda de música, que le daba a la asepsia castrense cierto aire de solemnidad pública.

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Enrique León Delgado en sus años de juventud

Hacia 1916 se cuenta ya con alumbrado eléctrico, y en 1918 se ofrecía el servicio de energía eléctrica a nivel particular. Es así como llegamos a los años veinte, que comienzan con la celebración especial del primer Centenario de la Independencia de Cuenca, y la llegada del primer avión a suelo cuencano, piloteado por el héroe italiano de la Primera Guerra Mundial, Elia Liut.

Una Cuenca optimista, que encaraba su presente y su futuro con renovados bríos, rememoraba así su ya centenaria declaración de Independencia, con una serie de actos especiales, entre ellos la construcción de un nuevo puente, llamado del Centenario, que reemplazaba al antiguo “Juana de Oro”.

Ciertas peculiaridades de la vida morlaca, heredadas de la larga época colonial, persistían en la urbe como reflejo de su complicada estructura social, compuesta por la alta aristocracia y sus apellidos, que era una suerte de casta de nobles, por debajo de quienes estaban mestizos e indígenas a los que se llamaba, con absolutos desdén y discriminación, longos, chazos, runas, mitayos, cholos o indios.

Algunos hitos a lo largo de esa década, dan cuenta de la transformación que se está operando. En 1927 se da inicio a los trabajos para que la ciudad cuente con agua potable, y un año antes se había creado la Dirección de Salud de la Zona Austral, que representó un avance significativo en esta materia.

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Recuerdo de la entrega de la sala “Víctor M. Delgado” (tío de Enrique León D.) al hospital San Vicente de Paúl.

Hacia 1924 se habían dado evidencias ya de la construcción de otro tipo de obras, diferentes a las carreteras, puentes e iluminación eléctrica, que eran los trabajos favoritos de las autoridades de turno. Así comenzará la distribución de agua mediante tuberías, que reemplazará de forma paulatina a los pozos y las acequias, y dejará en el pasado el pesado acarreo del líquido vital. Citada por Galo Crespo en su estudio De la Bacinilla a la Alcantarilla, en la revista Tres de Noviembre No. 31, fechada en 1922, encontramos la siguiente referencia de Antonio Borrero Vega, acerca de las condiciones ventajosas de la ciudad para dar inicio a estas obras:

Cuenca cuenta con el privilegio de poseer abundantes manantiales para satisfacción de una u otra necesidad. Y respecto del agua potable, está constituido el canal abierto desde el río Sayausí hasta la colina de Cullca. Además, las calles tienen canalización desde remota fecha, desde occidente a oriente y sería de costo relativamente exiguo completar la canalización en el resto de la ciudad. Dado el gran precio de la cañería de conducción del agua y de la imposibilidad de su transporte por falta de ferrocarril que nos comunique con la costa; por ahora debemos prescindir de la tubería de hierro, limitándonos a conservar el acueducto abierto…

Es en ese contexto, mientras en otras partes del mundo se viven los alocados años veinte, en el que ve la luz el autor de este libro, Enrique León Delgado, un martes 11 de septiembre de 1923, pocos meses antes de que se diera inicio a la construcción de las obras de infraestructura en la ciudad, que cambiarían para siempre las condiciones en que se desenvolvía la vida cotidiana de los habitantes cuencanos. Al año siguiente, se funda el que será desde entonces el primer diario de Cuenca, hasta nuestros días, El Mercurio, y, al finalizar la década, la urbe contará ya con los respectivos planos de canalización y pavimentación, así como de la Red de Distribución de Agua Potable, aprobados en Quito por la Dirección General de Obras Públicas.

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La suya será una niñez relativamente feliz, rememora el autor “El Camino de un Médico; una cautivante aventura”, hasta que la sombra inesperada de la muerte llega al hogar de la familia León Delgado, y arrebata la vida de su padre. Será la madre quien, fuerte y abnegada, logre enrumbarlo por el camino de la rectitud y el esfuerzo para conseguir sus metas, para alejarlo así de esos años de desconcierto y frustración que siguieron al deceso de su progenitor.

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Los “Doctores Gringos”: Eduardo Vázquez, Enrique León, Nicanor Corral.

Cuenca es el escenario principal en el que transcurre la apasionante existencia de Enrique León, quien al describir el inicio de sus estudios de Medicina, hacia 1941, va pintando también en la mente del lector la fisonomía de la pequeña ciudad de esos años, que con paso pausado se irá transformando y evolucionando hacia la urbe que es hoy en día, tanto en el campo médico como en otros ámbitos del desarrollo. Llama la atención el deficiente grado de salubridad, que era la causa principal de contagios e infecciones parasitarias, tifoidea, desnutrición, tuberculosis, infecciones periodontales, etc. La Facultad de Medicina, en medio de esa situación, se daba modos de formar médicos que irán contribuyendo a cambiar tal orden de cosas, y a mejorar de manera significativa la calidad de vida de los ciudadanos.

Inicia así nuestro autor el primer año de sus estudios, relatando detalles de la vida estudiantil, entre ellos las prácticas en el anfiteatro que revelaban, con toda su descarnada realidad, lo que llegó a denominar la fragilidad del ser humano… que al final se convierte tan sólo en un despojo; impresionante y dura prueba para quienes habíamos escogido ser médicos para el resto de la vida.

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Médicos de la promoción 1949: Enrique Peña, Efrén Cobos, Renato Correa, Leonidas Celi, Julio Vega. Sentados: Enrique León, Arturo Farfán, Homero Castanier, Vicente Valencia.

De esos años evoca a profesores como Miguel Alberto Toral, Julio Enrique Toral, Víctor Barrera, Leopoldo Dávila, José Carrasco, Julio Malo, Francisco Sojos, entre otros médicos que influirían en su carrera y en sus estudios, bajo cuya orientación logró convertirse en el estudiante más distinguido, lejos ya de la mediocridad en que había caído hacia la época del colegio, como consecuencia del inesperado y doloroso deceso paterno.

Ante el lector aparecen, de forma inevitable, las imágenes que el Dr. León ha logrado pintar acerca de este tiempo de su vida, que fue a la vez una época de la ciudad de Cuenca. Así, al hacerse cargo de la Sala de Tuberculosos de esa institución, nos da una idea del grado de miseria y aislamiento en que vivían los pacientes aquejados por tal enfermedad. Tan sólo una monja, recuerda, lo acompañaba en la tarea de darles medicamentos a los enfermos, quienes, en realidad, de lo que más necesitaban era de consuelo. No me explico cómo tantos médicos apóstoles y sabios nunca pasaron por este lugar, donde estaban precisamente los seres que por su miseria y enfermedad más los necesitaban, señala, incisivo e irónico, sin ocultar la indignación que sintiera entonces, y, también, muchos años después, al evocar lejanas pero vívidas imágenes del pasado, con el propósito de escribir este libro.

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Leoncio Cordero, Rubén Cazorla, Enrique León, Juan Manuel Moscoso

Vendrá luego el viaje hasta la capital peruana, toda una peripecia para un grupo de jóvenes de provincia, llenos de vida, sueños y entusiasmo, pues por entonces un desplazamiento hasta Lima requería de varios días de traslado a través de montañas, ríos, mar y aire.

Una vez culminados los siete meses de internado, asiste a diferentes cursos en otras ciudades, uno de los cuales le inclinará definitivamente por la radiología: la conferencia dictada por el médico argentino José Antonio Pérez, para la cual se ayudaba de placas radiográficas que llamaron su atención. Poco después se le confiere la medalla “Benigno
Malo”, por ser el mejor graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca, en el año 1948.

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Enrique Sánchez y Enrique León, compartiendo su pasión en común por el bandoneón

Llegarán internados y residencias en Estados Unidos y Chile, tiempo del cual destaca su traslado al Truesdale Hospital de Fall River, en Massachussets, en cuyo departamento de Radiología pasó varios meses de rotación, lo que definió el camino de su vida profesional como radiólogo. En 1951 obtendrá una beca para especializarse en Tisiología y Radiología, en Santiago, y tiempo después, cumplidos ya los 30 años, viajará a Estados Unidos para completar los estudios de Radiología.

portadaLo que sigue va formando en el lector la idea de cuánto aconteció en Cuenca a lo largo del siglo XX, no solo en lo concerniente al desarrollo médico sino también al avance social y urbano de la capital azuaya.

En el epílogo de su vida, y también de esta obra, Enrique León sintetiza bajo una breve frase la enseñanza principal que el ejercicio de su profesión le dejaría, y que los galenos no suelen aprender en las aulas
universitarias: la calidad humana que debe acompañar a un médico, en su trato cotidiano con la vida y la muerte entre las cuales se debaten los pacientes. Y no hay ningún instrumento, por preciso que sea, que pueda reemplazar la calidad humana que lo maneja, concluye mientras revela, como resultado de su dilatada experiencia, que es eso precisamente lo que necesitan las personas: una atención pletórica de calidez y humanidad.

Cuenca de los Andes, marzo de 2016

Aquí es Guapdondélig: otras visiones de Cuenca de los Andes

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Era el sueño de todo adolescente católico de cualquier provincia ecuatoriana, en el año 1985, llegar hasta la hermosa y mítica Cuenca para ver al Papa Juan Pablo II durante su visita a la capital azuaya. Cuenca era la ciudad que todos queríamos conocer entonces, después de Quito y Guayaquil, si no habías nacido en ninguna de esas tres urbes. Muchos lo lograron, vaya a saber gracias a qué circunstancias, y pudieron ser testigos y hasta protagonistas, de alguna manera, de aquel hito histórico para la comunidad en gran parte católica que es la población ecuatoriana, y, concretamente, la cuencana y azuaya.

Cuenca, como tercera ciudad de esta nación llamada Ecuador, ha sido siempre célebre entre el resto de los ecuatorianos. Por aquellos años convulsos de la década perdida, dos habían sido para la mayoría de nosotros las referencias más conocidas sobre la ciudad: la creencia oficial, transmitida en las aulas escolares, de que en Tomebamba nació el emperador Huayna-Cápac; y la visita a sus calles, parques e iglesia catedral, por parte del antiguo obrero polaco Karol Wojtyla, admirado personaje de mi era pre marxista-leninista y pre silviorodrigueciana, a los 15 años de edad.

El primero de los personajes, padre del último emperador inca, asesinado por las fuerzas españolas, fue perdiendo interés con el paso del tiempo, al crecer en admiración e importancia la cultura cañari. El segundo, desdibujándose hasta no ser más que el símbolo de una historia de horror y perversión que ha estado oculta a lo largo de una práctica religiosa que,  más que en la fe como tal, se ha basado en realidades paralelas como la superstición, la ignorancia, el poder, la opulencia y el capital, la doble moral, por no hablar de acciones vomitivas como la pedofilia, y todos los crímenes, abusos, felonías e ignominias que en su nombre se han cometido durante más de dos milenios ya.

Pero fue imposible, pese a todas las gestiones efectuadas para ello, viajar a Cuenca, y hubo que contentarse con lo que transmitían los canales de televisión, y los periódicos que todavía eran medios admirados, creíbles y respetados, en especial uno, con el que creció nuestra generación, por su posición ecologista y por su forma diferente de hacer periodismo: el capitalino y hoy extinto Hoy.

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Poco tiempo después, un día de aquel año de acontecimientos extraños y fundamentales, como la caída del Muro de Berlín o la sangrienta invasión a Panamá por parte de miles de marines gringos, me vi dentro de un bus con rumbo a Guayaquil, en cuya terminal terrestre, aquella bautizada con el nombre de otro héroe de la infancia y la adolescencia (aquel que siendo el mandatario más joven en la historia del país, se atrevería por primera vez a pronunciar palabras quichuas en un discurso de asunción presidencial), tomaría luego otro con rumbo a Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

Por aquella época no había otra manera de llegar a Cuenca, desde la costa norte del Ecuador, que pasando por La Troncal. Esta ciudad, que de aspecto andino no tiene nada, es sin embargo jurisdicción de una de las tres provincias azuayas, la que hoy se conoce como del Cañar, y así como las poblaciones de Azogues y Cañar tienen cierta rivalidad por la reivindicación del derecho a ser la capital de esa provincia, de igual manera los troncaleños creen también tener derecho a serlo, por lo pujante de su economía y de su población, en buena medida de origen azuayo-cañarense pero con un acento ya fuertemente costeño.

Es solo al comenzar a subir la cordillera, cuando empieza a notarse lo andino y a sentir que se adentra uno por los confines del antiguo Azuay. De Cochancay en adelante, cualquier visitante atento y despierto tendrá la sensación de hallarse en una misma región, tanto en lo cultural como en lo concerniente a su naturaleza, aunque se halle en tierras de tres provincias hoy políticamente divididas, pese a haber conformado, desde épocas inmemoriales, un solo pueblo: Azuay, Cañar y Morona Santiago, las provincias azuayas, el antiguo Azuay.

Aunque en estos tiempos de excelentes vías nacionales parece increíble que no siempre fue así, de vieja data fue también el habitual mal estado de la carretera, agravado por las numerosas fallas geológicas por las que pasa el trazado, pero sobre todo por la indolencia y la falta de gestión de las autoridades locales y regionales. En el recorrido no solo va cambiando el paisaje, que se hace menos agreste, más irregular y montañoso, y, en algunos tramos, totalmente luminoso, mientras en otros angustiosamente neblinoso, como si se avanzase por en medio de las nubes. Cambia también el tipo de personas que se observa a lo largo del camino, sus rostros y tonos de piel, sus vestimentas llamativas de tonos rojizos, así como las formas y aspectos de sus viviendas, que de pronto ya no tienen hojas de zinc como techos, sino auténticas tejas rojizas, además de las paredes de adobe o bahareque, que en adelante serán la tónica de la mayoría de las casas de esta región, poco antes de que el influjo migratorio de miles de personas contribuya a cambiar de manera drástica el paisaje arquitectónico de toda una importante zona del país.

El bus solía detenerse a recoger en la vía a quien así lo pidiera, para trasladarse a Suscal, Zhud, El Tambo o Cañar, a Ingapirca, Biblián o Azogues, o a cualquiera de los numerosos puntos intermedios. Era una fascinación mayúscula la que atrapaba al viajero costeño, por primera vez a punto de experimentar por dentro la fascinación por una auténtica cultura andina, que habitaba y reinventaba cada día la vida con toda la fuerza de su proverbial peculiaridad humano-espacial.

Muchos de estos habitantes, llamados cañaris, subían y bajaban durante el trayecto, que luego repetiría en varias ocasiones, en las idas y venidas flanqueando las puertas (alguna vez existentes entre todas las provincias del Ecuador) de dos mundos prácticamente opuestos y, a la vez, complementarios. Tan radicalmente diferentes en el tipo de territorio sobre los que se asientan sus moradores y el clima correspondiente, como en la forma de hablar y vivir, de ver el entorno mismo y el horizonte formado por la visión del tiempo conjugándose sobre las infinitas formas del espacio.

Parte fundamental de la cultura, lo gastronómico aparecía de forma brusca en diferentes orillas del camino, en la enormidad de los cerdos muertos que se exhibían en diferentes puntos, dentro y fuera de los centros urbanos. Una práctica habitual de los viajeros es detenerse ante estos locales, y bajar a devorar, a veces en grandes grupos, partes del animal cuya lenta desaparición comienza a gestarse conforme aumenta el número de hambrientos viajeros, a quienes su visión despierta profundas sensaciones de antiquísima necesidad de supervivencia.

La otra práctica culinaria de masiva aceptación social, la de criar conejillos de indias para sacrificarlos y comerlos, es vista por las sociedades de la región litoral con gran interés, con muestras frecuentes y repetitivas, sobre todo de quienes viajan de visita a las provincias referidas y a la mayoría del territorio interandino ecuatoriano, de asombro, curiosidad, atrevimiento, y no pocas veces también de repulsión, porque algunos costeños creen que no se trata de cuyes sino de ratas. Extranjeros, en cambio, mejor conocidos en el entorno latinoamericano como gringos, muestran reacciones de reprobación, resignación y tristeza, porque en su cultura el cuy es un animal adoptado como mascota de las familias; es decir, jamás pensarían en ingerir la carne de un amigo, y mucho menos de un miembro de la familia.

En suma, una simple cuestión de postura frente a nuestra innegable condición de zoófagos con preferencias diferentes: mientras en las sociedades andinas son ingeridos cada día cadáveres de reses, cerdos, pollos, cuyes o conejillos de indias, conejos, borregos y truchas, y en algunos casos hasta compañeros equinos y caninos, en las de los territorios “bajos” y “calientes” en las yungas, también se ingiere la carne de las reses y los cochinos, de las cabras y los pollos, de los patos y los pavos, de los pescados y mariscos, además de ciertas otras especies como las guantas y tatabras, las serpientes y las iguanas.

En la parte final del recorrido sinuoso, y a veces tortuoso, mientras los jóvenes alemanes destruyen por ambos lados el muro de Berlín, a miles de kilómetros de distancia, en una plaza adoquinada y polvorienta, donde están estacionados muchos buses viejos y destartalados, se sube una joven mestiza, de mejillas sonrosadas y voz melodiosa y graciosa, a ofrecer “¡úuuvas, péeeras, máaaanzaanas…!”. Azogues marcaba lo último del viaje, antes de llegar a la capital del territorio, a la antigua y siempre joven Cuenca de los Andes, atravesando la vieja, sinuosa y maltratada carretera Panamericana.

 

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En 1989 la terminal terrestre servía a la ciudad, y por entonces también eran ya, sus alrededores, lugares peligrosos donde no resultaba difícil ser asaltado. Alguna vez, mucho tiempo después, murió apuñalado un adolescente del colegio “Manuel J. Calle”, por resistirse a que le roben el teléfono, y en años sucesivos han ido aumentando en frecuencia las muertes violentas, incluidas prácticas hasta hace poco aún consideradas como propias de otras realidades, como la del sicariato.

En aquella época en que nadie tenía idea de lo que era un teléfono celular, y cualquiera que pudiese hablar ya de internet podría haber sido considerado como un excéntrico soñador, el viajero llega a Cuenca y simplemente no sabe a dónde dirigirse. Guiado por algún instinto de orientación urbana llega hasta el sector conocido como la Chola Cuencana, llamado así porque en ese lugar de intercambio de vías compartían una extraña vecindad dos estatuas: la de una chola cuencana con rasgos medio europeos, y la de un conquistador español en rígida postura. Parece que de vez en cuando alguno que otro beodo creyó ser testigo de que por las noches el Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, mirando hacia la avenida España, dejaba la rigidez que lo caracterizaba por el día, y raudo se colocaba junto a la Chola que le daba la espalda, para continuar hasta el infinito el ardoroso mestizaje iniciado en el siglo XVI.

Algunas cuadras más allá, por la avenida Huayna Cápac, el visitante toma la calle Presidente Córdova, atraído por una suerte de pasaje colgante que se observa desde lejos, donde tiempo después sabría que funcionaba la biblioteca de la Casa de la Cultura del Azuay, sin imaginar que media vida más tarde será el escenario en que presente uno de sus libros, precisamente la recopilación testimonial de más de un cuarto de siglo de romance interminable, más de una vez renovado, con la mágica, bella e intensa Cuenca de los Andes.

Una de las calles que llaman su atención, la Vargas Machuca, milagrosamente le conduce a la residencia universitaria, regida por monjas, donde a la sazón está alojada la musa de sus poemas, la Dulcinea del Toboso de sus sueños de adolescente. Y, poco después, a buscar alojamiento en un hotel.

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La prensa local de aquellos años estaba representada por El Mercurio, matutino de larga tradición y preferencia entre los cuencanos; El Tiempo, vespertino tabloide también tradicional ya para entonces; y Austral, un matutino de reciente circulación que no tuvo mayor vida como periódico. A nivel de televisión, un canal católico, más aburrido que conferencia después de una farra nocturna; y, en cuestión de radio, algunas emisoras interesantes, entre ellas Tomebamba como la más popular y escuchada, y radio Bolívar, esta última por el tipo de música que ofrecía: andina, protesta, nueva canción latinoamericana. Pocos años más tarde aparecería Telerama, inicialmente anunciado como canal cultural, y poco a poco convertido en medio comercial; y, tiempo después, Unsión Televisión, cuyos contenidos varían entre lo cultural y lo religioso.

Lo primero: buscar un alojamiento más o menos permanente, barato y seguro. Para ello nada mejor que los anuncios clasificados de El Mercurio, que le llevarían a una casa de la calle Juan Jaramillo, en donde al parecer, según reza una placa que aún sigue colocada en su parte frontal, vivió el polémico sacerdote e historiador ecuatoriano Federico González Suárez.

Aparecer por entonces en Cuenca, con otro tono de piel y hablando con acento de “mono”, es decir costeño, era como llegar de ilegal a otro país. No importaba que fueras ecuatoriano, sino que no hablabas igual y, para colmo, con acento que delataba ya cualquiera de tus crímenes. “Así que de la ciudad de Esmeraldas… mmm… ¿pero no es negrito, no? Jiji jiji… Bueno, bueno… el cuarto está disponible, sí, pero usted sabe, se trata de una casa de familia… las buenas costumbres, la seguridad… Yo se lo arriendo pero necesito una carta de referencia…”

A buscar entonces una carta de referencia en la españolísima Santa Ana de los Ríos de Cuenca. Con tantos amigos, conocidos y familiares que debe creer la dichosa señora que el recién llegado, o sea yo, tenía en la ciudad, tendría para llenar una carpeta de referencias y recomendaciones. Había oído o leído que el presidente de la Casa de la Cultura en el Azuay era Eliécer Cárdenas, el autor de “Polvo y Ceniza”, militante además del Partido Comunista, es decir, camarada. Así que esa sería la solución.

Rumbo al centro de la cultura azuaya para solicitar, sin más ni más, una carta de referencia. El Presidente de la institución no estaba, pero una joven muy delgada, haciendo uso y gala de ese acento cantado cuya melodía aprendería con el paso del tiempo a distinguir en sus tonos y flexiones, con suma amabilidad extendió un salvoconducto, es decir un certificado en papel membretado de la institución, pidiendo a quien lo leyera que no se desconfiare de estos jóvenes esmeraldeños, miembros de una familia honorable de aquella costeña y lejana provincia hermana, pues también forma parte de la República. Se refería a los “jóvenes” porque a la sazón también un hermano del autor de estas líneas intentaba secundarle en esto de buscar residencia en tierras altas y frías. Pero más pudieron los fríos y otros factores sensoriales, que terminaron actuando como repelentes y lo afincaron en la cálida, populosa y voluminosa Guayaquil.

Con el salvoconducto en la mano, que por entonces era más importante que lo que llegó a ser, años después, la visa estadounidense pegada en el pasaporte, sentía como si me estuviera dirigiendo a la oficina de extranjería de esa ciudad tan extraña que era Cuenca. Al golpear las puertas de la casa de Monseñor don Federico, la señora dueña de casa esta vez ni siquiera salió, sino que envió a una niña de trenzas y follón a decir, en un español mucho más sesgado, que yastárrshendado el cuarto.

Al pasar el tiempo aprendería a sortear esas muestras de cariño xenofóbico. Es más, con el paso de los años fue llegando tanta gente procedente de otras latitudes, que los cuencanos se volvieron menos quisquillosos y desconfiados a la hora de arrendar. Por el contrario, fue aumentando en forma considerable la oferta de cuartos, departamentos y casas de arriendo, hasta ser la expresión de un nuevo proceso de repoblamiento de la ciudad, además de fuente de ingresos de numerosas familias cuencanas, y con precios cada vez más altos. Las preferencias, desde luego, se mantienen a favor de los extranjeros, siempre que no sean ni colombianos ni peruanos, a quienes se toma no como tales sino como incómodos vecinos.

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Iglesia de Santo Domingo

En cierta época, se sabe, las familias cuencanas tradicionales habitaban el Centro Histórico, y los alrededores de la ciudad eran los espacios de esparcimiento, el campo, donde estaban las fincas y haciendas. La expansión urbana fue haciendo que otras zonas fueran ocupadas como residencia, con lo que aparecieron nuevos barrios y ciudadelas, cada vez más alejados del Centro. Las viejas casas comenzaron a servir como tiendas, almacenes y bodegas, y como viviendas de familias menos pudientes, muchas en verdad pobres y procedentes de las zonas rurales o de otras provincias, y, desde que comenzó la dolarización decretada por Jamil Mahuad al comenzar el nuevo milenio, también de países vecinos.

Conseguí una fría habitación en una vetusta casa de la calle Benigno Malo, que me llamó la atención por las columnas romanas que flanqueaban su puerta, y que la diferenciaban del resto de casas de la zona. Pese a ello más de una vez, en mi despiste, tuve que regresar desde la esquina para buscar el ingreso, pues por entonces la mayoría de las residencias del Centro Histórico me parecían iguales, como forjadas bajo un concepto unificador, sin diferencias. Pero era solo una impresión inicial, breve, derivada con seguridad de haber vivido en otras realidades espacio-temporales, y, por ende, también culturales y arquitectónicas.

El trayecto entre la universidad y la residencia tenía un desvío, hacia la casa de una familia cuencana más bien de escasos recursos, cuyo trato era muy amable y cariñoso, y que intentaba ayudarse dándole de comer a estudiantes universitarios venidos de otras provincias. Entre esos dos lugares mediaba obligadamente un colegio de ninfas que parecían haber salido de algún paraje paradisiaco, reunidas todas como en convite de himeneos. Calculando más o menos la hora de salida, terminaba de comer y emprendía la ruta de retorno al dormitorio, caminando lentamente y cautivado e idiotizado por tanta morlaca hermosa, cada una más divina que la otra, y más pretensiosa que la otra. Pero eso no importaba. La dicha era abrirse paso entre ellas, mirar de cerca sus bellos rostros, oír ese canto esdrújulo de su castellano mestizo de cañari, quichua e inglés, que era una música auténtica para los oídos. Recuerdo particularmente a una niña de cabello rojo y muchas pecas, de una belleza peculiar, diferente, que descollaba entre el resto de ninfas. Hoy debe ser alguna señora de la clase alta local, bien casada con alguien del mismo círculo, cumplidora de los preceptos religiosos, familiares y sociales entre los que creció y vivió, o residente privilegiada de algún país europeo.

En ese mismo colegio, lo sabía porque fue todo un acontecimiento nacional, unos pocos años atrás otra de esas lindas niñas de clase alta cuencana amaneció un día diciendo que la Virgen se le había aparecido, y la había elegido como medio  para expresar su mensaje a la humanidad…

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Al comienzo cuesta un poco adaptarse a la forma de hablar de los compañeros de aula, pero sobre todo a la de algunos profesores. Los tonos del canto cuencano tienen matices diferentes según la clase social a la que se pertenece, el lugar en el que se ha estudiado, y hasta el sector donde se ha vivido, sea éste urbano o rural. A la vez, a algunos les cuesta también entender al “mono”, por lo que es necesario ceder un poco en el ritmo de articulación de las palabras, para dejarse entender, o recurrir de vez en cuando, para ganar simpatía, a alguna compañera lojana que hiciese de traductora, convencida ella de que su dicción y vocabulario eran mejores que los de sus equivocados interlocutores.

Es necesario aprender algunos términos y expresiones que forman parte del vocabulario cotidiano de la población, y que son a veces arcaísmos, pero sobre todo quichuismos y remotos ecos de la primera lengua que se habló sobre este territorio, la lengua cañari: “mucha”, por beso, que aprendí cuando se me dijo que el premio de una buena acción sería eso, y nadie quiso decirme qué era hasta que recibí, vaya sorpresa, el beso que me estampó una hermosa compañera universitaria; “amarcar”, por cargar; “guagcharito”, por huérfano; “china” y “maría”, por empleada doméstica; “taroso”, por demasiado joven e inexperto; “chispo” y “chispín”, por borracho y beodo; “suco” y “suquita”, por rubio y rubia (con cariño); “cuzni”, más bien con desprecio, a todo aquel cuya piel es morena, sin ser de origen afro; “ñuto” y “piti”, por pequeño; y hasta neologismos como “chendo”, que tiene cerca de tres décadas usándose por parte de las generaciones más jóvenes, como forma de decir que alguna afirmación es falsa. Al parecer es un apócope que proviene de la expresión “diciendo nomás”; “diciendo” fue convirtiéndose en “dichiendo”, “dichendo”, “de chendo”, hasta llegar a “cheeeendo”, con la “e” alargada por un par de segundos, que inclusive los extranjeros no hispanos aprenden en sus conversaciones de español cuando llegan a Cuenca. He oído decir la palabra a franceses, ingleses, alemanes, suizos, gringos y hasta coreanos, y a una buena cantidad de hispanos, como colombianos, argentinos, chilenos, cubanos, costarricenses, peruanos y mexicanos.

Así como a lo largo de estas décadas se fue disgregando la sociedad azuaya, hasta volverse la primera región del Ecuador exportadora de capital humano, ya no únicamente a la región litoral del país, sino cada vez en mayor número, por miles, hacia los Estados Unidos, del mismo modo durante todo ese lapso fueron arribando a la ciudad miles de extranjeros, de las más diversas nacionalidades.

Muchos vinieron por unos días, por unas semanas o meses, por algunos años inclusive, y otra gran cantidad de ellos también decidió establecerse aquí, inclusive antes de que la ciudad adquiriese, a través de su centro histórico, la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 1999.

Después de aquel acontecimiento, y también después de las dos participaciones consecutivas de la selección nacional de fútbol del Ecuador en sendos campeonatos mundiales, el número de visitantes ha crecido, así como el de extranjeros que deciden radicarse en Cuenca.

Hacia comienzos de los años noventa, sin embargo, no es mayor el número de turistas extranjeros. La ciudad conserva aún mucho del ambiente que la caracterizó durante los años ochentas. Es más provinciana, es inclusive bucólica a poquísimos minutos del centro histórico, pues no resulta raro encontrarse con alguna chola cuencana tirando de una soga a la que va atada una tremenda vaca, además de que proliferan aún las cholas lavando ropa a orillas del río Tomebamba.

El sistema de transporte urbano es caótico, con diferentes tipos de automotores, desde pequeñas busetas hasta enormes buses, la mayoría viejísimos, en los que durante las horas pico se aglomeran como sardinas en lata decenas de pasajeros, desesperados por no quedarse sin transporte para ir a las diferentes parroquias cuencanas, que desde hace mucho son los pueblos dormitorios que rodean la ciudad.

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Por entonces eran acontecimientos de resonancia el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, organizado por la Facultad  de Filosofía de la Universidad de Cuenca, y la Bienal Internacional de Pintura, organizada por la Municipalidad y un comité elegido para el efecto. Ambas fiestas culturales de periodicidad bienal, tenían en verdad una resonancia local y nacional de gran magnitud. Recuerdo que aquel año estuvo caminando entre el público el entonces Presidente de la República, Rodrigo Borja Cevallos, en plena casa del Museo Municipal de Arte Moderno.

La Bienal catapultó a muchos de los entonces jóvenes pintores cuencanos y azuayos, que de otra manera hubiesen tenido que recorrer un camino aún más arduo del que les tocó transitar bajo su égida. Pese a las críticas de siempre, sobre todo procedentes de centros urbanos donde se continúa pensando que deben ser las ciudades sede del certamen, fue a lo largo del tiempo un importante punto de apoyo para los artistas cuencanos y ecuatorianos, y permitió que una buena parte de público tuviese acceso a las corrientes artísticas contemporáneas que se sucedían en el continente.

Entendiese o no el gran público cuencano el arte que se exhibía ante sus ojos, creo que ayudó a crear espectadores más exigentes con el tipo de arte que se les mostraba. Y aunque aún en este año 2016 posterior al del fin del mundo es posible ver, incluso en galerías pertenecientes a la ciudad, exposiciones de cuadros con paisajes, bodegones y retratos, creo que hubo también un público que se formó con la Bienal y fue madurando con ella, y que es cada vez más numeroso.

Hoy, desde luego, la Bienal ya no es ni de pintura ni es americana, y, aunque sigue siendo cuencana, el tipo de arte que ha optado por premiar y mostrar es bastante diferente a las obras bidimensionales que llegaban procedentes de numerosas naciones. Hoy el arte ha dejado de estar en los lienzos y ha pasado a verse y producirse en computadoras, proyecciones, instalaciones, happenings, arte conceptual en general que tampoco es que sea nuevo, pero que le ha permitido de alguna forma permanecer en el medio internacional como certamen artístico, y ganarse la adhesión de las nuevas generaciones

El Encuentro sobre Literatura ha sido también importante, pero su público se fue circunscribiendo a creadores, es decir escritores y poetas, y críticos y estudiantes de literatura, profesores y amantes de la escritura. En algún momento llegó a convertirse en una cita demasiado académica, con ponencias que no estaban al alcance del gran público lector, o del mediano lector ecuatoriano. Con el tiempo fue dejando unas memorias valiosas, que forman parte de la evolución de los estudios sobre literatura ecuatoriana y latinoamericana durante las últimas décadas, además de la oportunidad de que los lectores conocieran a iconos auténticos de la literatura regional como Roberto Fernández Retamar, Tomás Borge, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrovo.

Se dice que Gabriel García Márquez, viejo sueño de los hoy también viejos organizadores del Encuentro, pudo venir alguna vez, y hasta hubo un rector de la Universidad de Cuenca que le hizo, de manera personal, la invitación a participar en el Encuentro Nacional sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, con sede en la españolísima ciudad Santa Ana de los Ríos de Cuenca del Ecuador. Invitación a la que, según se afirma, el deificado autor de “Cien Años de Soledad”, en gracioso y pretencioso acento colombiano le respondió con la frase lapidaria de que él no asistía a encuentros de pueblitos…

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El orgullo de los ciudadanos cuencanos, sus actitudes etnocentristas (eufemismo por racistas), cierto aire de superioridad, cierta sensación de que se procede de antepasados españoles, esa serie de prejuicios que forman parte importante de su cultura, no son fácilmente asimilados por quienes llegan desde otras partes del país y del mundo. Es como un rezago de la era colonial. Alguna vez escuché a un chileno decir que “esto más parece un pueblo que una ciudad”.

Bueno, sí, hay aspectos de la Cuenca provinciana que la hacen parecer un pueblo, como esas casas de la avenida Loja, con aspecto rural, que parecen haberse quedado atrapadas en otro tiempo, completamente invariables ante el paso de la modernidad, y a la vez que contrastan también complementan el paisaje urbano. Una de las actitudes que llaman la atención de los visitantes, es que en los espacios públicos se mira con evidente interés y total descaro a las demás personas, a los recién llegados, a los que lucen diferente, a todo aquel que parezca tener algo fuera de lo común.

Una amiga procedente de Corea del Sur, no lograba comprender cómo es que la gente de una ciudad pequeña como Cuenca, enclavada entre las montañas de un país pequeñito del tercer mundo con nombre de línea imaginaria, podía ser tan arrogantemente orgullosa y antipática.

Al parecer hay también en torno a este elemento muchos prejuicios. No son pocos los que creen que se es poeta por haber nacido en Cuenca. Lo cual es una suerte de secuela del pretencioso mito de la Atenas del Ecuador, tan atacado por unos como defendido y reivindicado por otros. Se cree que el poeta Efraín Jara Idrovo, intelectual y catedrático cuencano de enorme prestigio a nivel nacional, dijo alguna vez que no era “Atenas” sino “apenas” del Ecuador, frase con la que irritó las conciencias de buena cantidad de atenienses.

Con todo, durante la misma época en que el Papa visitaba Cuenca, los cuencanos protagonizaban uno de esos episodios de la historia local que preferirían no registrar jamás, conocido para la posteridad como “La Noche de los Giles”, gracias a la pluma de un personaje salido de Macondo para escribir en uno de los periódicos locales su acostumbrada columna cotidiana: Mauricio Babilonia. La noche en referencia, miles de personas habían terminado por creer que la catástrofe se avecinaba cuando se diera el terremoto anunciado ese día de boca en boca.

En un país de tan reducido territorio como el Ecuador, y con una diversidad cultural y regional tan marcada, no es extraño que los mitos, prejuicios y estigmas tengan una presencia fuerte en el imaginario popular. De los costeños se dice que son vagos y ladrones, mientras que de los serranos que son hipócritas y traicioneros, y quienes representan esta última creencia por antonomasia son los cuencanos. Entre la propia gente nacida en la ciudad se dice, sin embargo, que un cuencano no puede ver con felicidad el éxito de otro; o que en cuando alguien intente subir peldaños en la vida, llegará un momento en que no pueda subir más, y al ver hacia arriba qué se lo impide, verá a un cuencano sosteniéndole por los hombros.

Lo cierto es que, en ocasiones, la ciudad asume el espíritu de cuerpo, y no tolera críticas de ningún tipo, como ocurrió cuando una periodista enviada por “El Mercurio” de Chile, se atrevió a proferir aseveraciones poco agradables luego de su estadía en la ciudad. Paola Raffo visitó Cuenca con el fin de hacerse una idea periodística, que luego contaría a sus compatriotas, sobre la flamante ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuando al fin apareció la publicación, el reportaje llegó a manos del alcalde Cordero y sus asesores, en su versión electrónica. El burgomaestre salió en defensa de la agraviada urbe dirigiendo una carta al director del medio chileno, y participando la indignación que sentía a través de los medios cuencanos. Tras el episodio hubo algunas réplicas interesantes, unas mesuradas y otras, realmente desmedidas. Alguno, iracundo, hasta llegó a apostar en público que la periodista lo había “hecho posiblemente enajenada por el alcohol o alguna otra sustancia estimulante”.

El balance general del texto, pese a los bemoles que causaron la indignación y la polémica, era positivo. Cuenca, que por lo demás no necesita detractores ni defensores, salía airosa y quizá hasta habiendo ganado el curioso deseo de muchos paisanos de Camila Vallejo por conocerla. La ciudad no es ni tan poco como una rápida lectura de ciertas frases ambiguas del reportaje podría haber hecho creer, ni tan Atenas del Ecuador como muchos maestros morlacos continúan enseñando en las escuelas a miles de pequeños futuros atenienses. Es simplemente Cuenca de los Andes, un sitio especial y único con la grandeza del trabajo de su gente, y también con los escollos superables que cualquier urbe en desarrollo afronta.

 En las alturas de Cuenca, Ecuador, como se tituló al texto de la discordia, no era más que el resultado obvio de que la urbe morlaca, o por lo menos su centro histórico, dejó de pertenecerles exclusivamente a los cuencanos el 1 de diciembre de 1999. Desde entonces, aunque suene ya a pomposo pero desgastado lugar común, es Patrimonio de la Humanidad. Ello implica no solo el afán de conocerla que atrae a muchísimos extranjeros y nacionales que la visitan cada día, sino también su derecho justificado a reclamar, en boca de sus representantes, ante cualquier acción, postura o circunstancia que afecte ese patrimonio. En ese empeño pueden y deben aparecer quienes, lejos de continuar la tradicional retahíla de adulones superficiales de dentro y fuera de casa, reparen en defectos que quizá sean imperceptibles entre sus habitantes, v.g. ese inexplicable y horroroso hábito callejero de hacer tiro al blanco con las poderosas glándulas salivares, señalado por la casi non grata Paola Raffo.

Despertar un día con la noticia de que se ha sido objeto de reconocimiento por parte de la memoria colectiva mundial, del patrimonio cultural de la humanidad, sí es como para embriagar a cualquiera, individuo o colectividad. Lo importante, luego de superar la resaca, es despertarse con buen talante y aprender a vivir con esa responsabilidad. Asumirla no es solo creer bajo sospecha que la arquitectura cuencana es colonial, y que por eso y por su condición de ingenuo clon literario de la Atenas verdadera se la incluyó en la lista de la Unesco. Dos falacias que no acaban de desmentirse. En eso falta mucho, demasiado por hacer.

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Un cuarto de siglo después, Cuenca de los Andes ha crecido de manera vertiginosa, al punto de que la ciudad empezó a invadir las zonas rurales, aquellas dedicadas a la agricultura, como la parroquia San Joaquín, y también las lomas y cerros con imparable agresividad. Un cuarto de siglo después Cuenca está llena de seres procedentes no solo de las diferentes provincias ecuatorianas, sino de todos los puntos del planeta, atraídos por ese prestigio de ciudad para vivir, y por esa condición de urbe que custodia un centro cultural que es patrimonio cultural de la humanidad, y que por ese motivo se ve invadido de tal manera, porque todos, en especial los extranjeros con suficientes recursos como para permitírselo, un pedazo de ese patrimonio para vivir entre él, con él o sobre él.

De manera lenta los extranjeros comienzan a mimetizarse entre la población local, y a influir en ella no solo en el incremento inflacionario de alimentos y vivienda, sino también a nivel cultural, con la presencia de sus costumbres y culturas, de sus hábitos y formas de vida.

A lo largo de un cuarto de siglo se fue transformando en otra la ciudad aún franciscana del año 1989, la que veía transitar los carros azules de la policía por sus calles, la de Patricia Tálbot y el diario Austral, de Rosalía Arteaga, el Moncho Luis Alberto Luna Tobar, la del paso a desnivel por la avenida Huayna Cápac que solo usaban delincuentes y transeúntes necesitados de baños higiénicos; la del alcalde Piedra y radio Tomebamba; la del Corcho Cordero y el cambio rotundo en la fisonomía del Centro Histórico; la de Jefferson Pérez y tantos excelentes deportistas; la del Parque de la Madre antes de que también fuese cambiado, incluido su antiguo y vetusto planetario; la del edificio de la Cámara de Industrias que enorgulleció a algunos y fastidió a otros, sobre todo aquellos que desde el Centro Histórico veían la parte moderna de la ciudad, y de pronto solo tenían ante sí una construcción de ladrillo, cemento y vidrio; la de los jóvenes gays del Manzanito que fueron arrestados y ultrajados en una cárcel cuencana bajo instigación policial; la de aquellos jóvenes que bajaban en canoa por el Tomebamba sin esperar que de un rato a otro éste se convirtiera en Julián Matadero, y los arrastrase a la muerte, igual que hizo años más tarde con Emmanuel el locutor, y con cientos, quizá miles de personas a lo largo de su historia milenaria; la Cuenca del zhumir pecho amarillo, que corre tanto como los cuatro ríos morlacos; la de media docena de universidades, cada una mejor o peor que la otra, cada una más prestigiosa o más escolar que la otra, pero cada una formadora de nuevos profesionales, unos mejores o más mediocres que otros, que de todo da la mata; la Cuenca que un día escuchó un estruendo procedente del Cajas, que la mayoría recuerda aún pero que nadie supo nunca cuál fue su origen, y solo quedó la especulación en torno a meteoritos y objetos voladores no identificados; la Cuenca que el 1 de diciembre de 1999 celebró con júbilo y orgullo la inclusión de su centro histórico en la lista del patrimonio mundial, sin saber muy de qué iba aquello ni en qué exactamente se estaba metiendo; la Cuenca que cada año en vísperas de noviembre elige a su reina de belleza de entre las más lindas niñas blanco-mestizas de la localidad, de apellidos sonoramente hispanos y europeos, que no dejen duda alguna de la alcurnia o, por lo menos, de una ascendencia sin mayores mezclas indígenas o, peor aún, afro. La Cuenca que no se atreve a organizar un certamen en que todas las mujeres cuencanas estén representadas, pues para eso tiene cada una de sus castas un concurso especial: las cholas, las señoritas de los barrios, las quinceañeras, cada una en su nivel y sitio, por no decir en su casta.

La Cuenca que hoy pugna entre varios grupos por enfrentar su futuro mediante una manzana de la discordia llamada tranvía, en cuyo proceso de construcción se han cometido tantas falencias y metidas de mano, además de acusaciones de culpabilidad entre bandos, que hay decenas de familias perjudicas por la dilación y la torpeza.

La Cuenca que alguna vez se supo Tomebamba, pero que antes de eso tuvo un pasado orgullosamente cañari que la llamó Guapdondélig, y así lo proclamó alguna vez uno de sus hijos grafiteros, en pleno centro histórico, asumiendo un mestizaje innegable que grita por los poros y por los cuatro costados de la urbe: ¡Aquí es Guapdondélig!

Álex García: el ecuatoriano que se fue por el mundo

Estándar

La caricatura fue mi primer amor, dice convencido el pintor guayaquileño Álex García al evocar los tiempos en que empezaba a incursionar en el mundo del arte, hace más de cincuenta años. Fue precisamente de la mano de ese primer amor que empezó a recorrer primero las calles de su pequeño país, y luego del mundo. Ahí está para corroborarlo, por ejemplo, la anécdota de aquella ocasión en que fue encerrado en una cárcel cuencana, en 1963, por haberse atrevido a exhibir una caricatura de Fidel Castro y Nikita Kruschev, en plena dictadura militar y cuando hablar de Cuba y la Unión Soviética era el camino más seguro a ganarse un anatema, por lo menos, cuando no algo mucho peor: «Al salir de la prisión, luego de ocho días, en vez de salir de la ciudad como habíamos sido conminados, montamos una exposición en el Centro Ecuatoriano Norteamericano Abraham Lincoln, a la que no acudieron más personas que el presidente y la secretaria de esa institución».

Europa

Ese primer amor, que lo prendería ya desde los trece años, no se conformaría con caminar por el Ecuador o andar por los países vecinos, y más bien intentaría hacerlo cruzar el Atlántico con rumbo a Europa. En pleno vuelo no bastó más que una chispa para encender el fuego de su talento, con decenas de pasajeros como combustible: tras agradecer las atenciones de una azafata con una caricatura, minutos después el piloto de la nave, la tripulación y casi todos los pasajeros caían hechizados ante su talento, y lo harían llegar a Madrid con una buena cantidad de dólares en los bolsillos.

 El traslado

Mientras se dispone a plasmar su visión de mi persona en una caricatura (aquella que identifica a este blog), me relata que, como les ha sucedido a muchos ecuatorianos, Álex García nació en Guayaquil y creció en Quito, y más de la mitad de su vida la viviría intensamente en la capital venezolana. A Caracas llegó luego de haber pasado dos años en Colombia, tras un fallido intento de trasladarse a Nueva York. En la capital venezolana estudiaría en la Escuela de Bellas Artes, y una vez ya conocido en el ámbito artístico de esa nación, ganaría reconocimientos como el Premio Nacional de Paisaje «Fernando Valero», en 1983; el Salón de Aragua, en 1985; y el Premio Tejerías, en el año 1986.

Las primeras exposiciones datan de 1963, cuando su amigo Alfonso Palacios Borja (hoy Dimitri Borja) lo invita a exponer en Quito, en la galería Siglo XX, luego en Ambato, Cuenca, Guayaquil y Loja.

Esa incursión en el mundo de la pintura, su otro amor, al que continúa ligado aún (sus cuadros se expusieron durante años en el hotel El Dorado) no significaría el abandono del primero: «Quien no tenga una caricatura mía en Caracas, o no sale de noche o solo se pasa en misa», dice sonriendo.

Pese a todo el tiempo transcurrido en Caracas, y ligado a esa ciudad, con hijos y esposa venezolanos, nunca ha querido nacionalizarse como tal. Ya en su época de madurez incursionó en Derecho y se graduó de abogado en la prestigiosa Universidad Santa María. Sus hijos son todos adultos y profesionales exitosos. Será por la nostalgia de los años o por ese secreto llamado de la tierra, que a comienzos del nuevo siglo anunciaba que había decidido radicarse en su país y en la ciudad que lo vio crecer. Pocos años después, caricaturas suyas aparecían y desaparecían en las manos de cientos de mexicanos que caminaban por el Zócalo.

Con tantos años en Venezuela, recordaba haver visto también cómo el gentilicio ecuatoriano fue pasando de un prestigio bien ganado a una reputación por la cual en los años en que retornó a Cuenca, hacia la época de la peor crisis del país, se nos veía como ciudadanos de tercera: «En Caracas hay un barrio llamado Guayaquilito, en el que viven en su mayoría ecuatorianos que se dedican a la delincuencia. Es un sector donde hasta a la propia policía le cuesta ingresar», rememoraba argumentando que esa sería una de las causas por las que los ecuatorianos han sido mal vistos en Venezuela, «porque esta gente ha sentado un mal precedentes para el resto de compatriotas a quienes sí les interesa trabajar honradamente».

Personajes

Algunos de los personajes dibujados por García, han sido el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el ex presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, el torero Antonio Ordóñez, el actor Pierce Brosnan, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, el pintor también colombiano Fernando Botero, la legendaria y despampanante bailarina Yolanda Montez, mejor conocida como Tongolele, el cantante Marco Antonio Muñiz, el popular actor mexicano Chabelo, o el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, a quien admira este pintor criollo con una mezcla de acentos, entre quiteño y caraqueño, que se precia de haber conocido también a figuras tan populares como el Faraón de la Salsa Óscar de León.

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Rodrigo Aguilar Orejuela, a los 31 años, en una caricatura de Álex García.

A mediados de 2001 expone en Cuenca y otras ciudades obra creada en el país, compuesta de paisajes urbanos y rurales, retratos y bodegones “que por lo general suelen venderse bien”. En una etapa anterior, en Venezuela, hizo también pintura abstracta, pero ha preferido mostrar en Ecuador la primera, porque, sobre todo en los nuevos círculos y generaciones, ha sido un desconocido, como consecuencia de su largo extrañamiento.

En la conmemoración de su medio siglo de vida artística, su natal Guayaquil lo acogió con honores y le permitió exponer en el Museo Municipal, hacia finales de 2014, con una exposición en torno a Don Quijote de la Mancha, titulada Don Quijote a la Carta, que al mismo tiempo se presentaba reproducida en mazos de naipe o cartas. Lo último que se ha sabido del inquieto e incansable Álex, el ecuatoriano que se fue por el mundo, hoy ya todo un setentón, es que se lo vio bajando a toda velocidad, subido en un trineo, a comienzos de 2016, en el centro de esquí de Valdescaray de La Rioja, en España.

2001-2016

(fotografía: Ángel Aguirre – El Universo)