Gustavo Landívar entre los Maestros de la Fotografía cuencana

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Hacia el año 1985, con la venia y el respaldo de quien entonces regía los destinos de la lglesia Católica cuencana desde su arzobispado, Luis Alberto Luna Tobar, el fotógrafo Gustavo Landívar ingresaba a uno de los recintos reservados más antiguos de la capital azuaya, a la par que uno de los más desconocidos para el común de los vecinos morlacos.

Las religiosas del Monasterio de las Conceptas habían decidido por entonces abrir y donar una parte del claustro, flanqueado por blancas y altas paredes blancas de una manzana entera en el Centro Histórico de Cuenca, entre las calles Antonio Borrero y Juan Jaramillo, Hermano Miguel y Presidente Córdova. La sección correspondiente a la enfermería se destinaría a la instalación de un museo en el que los visitantes podrían ser testigos de una parte trascendental de la historia de la urbe, indefectiblemente ligada a la mayoritaria e incuestionable inclinación religiosa de sus moradores.

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Con lo que el joven fotógrafo no contaba era con la reacción que las monjas tendrían ante la presencia de un visitante del exterior, extraño al recinto, y mucho menos con cámara en mano intentando fotografiarlas. Su misión consistía en registrar la vida cotidiana de las religiosas dentro del claustro, derrotero que por poco no logra porque ante su presencia se cubrían los rostros con velos, o simplemente optaban por esconderse de él.

Landívar ha estado ligado durante medio siglo al registro fotográfico de la vida cuencana en sus más diversas facetas, pero sobre todo en el rico espectro cultural que la caracteriza. Esa inclinación por la imagen no fue espontánea ni antojadiza, sino que, por lo contrario, tiene antecedentes que datan de los mismos comienzos del siglo XX: su abuelo paterno, Agustín Landívar Vintimilla (1891-1929) formó parte de lo que podría llamarse la primera generación de fotógrafos de la ciudad, y a su padre, Manuel Agustín Landívar (1920-1980), se le deben muchos de los registros fotográficos (y también sonoros) de la cultura popular azuaya.

En ese contexto familiar, Gustavo creció rodeado de las imágenes captadas por ambos personajes, así como de las cientos, miles de fotografías coleccionadas por la suya y por otras familias cuencanas, con lo cual resulta fácil imaginar que su mayor pasión sería precisamente la captura luminosa elevada a la categoría de arte y al nivel de documentación histórica y cultural.

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En lo cultural es donde más se explayó su actividad, lo cual implica que la gran mayoría de las imágenes que habremos visto en Cuenca durante las últimas cinco décadas es de su autoría. Proyectos editoriales de trascendencia para la ciudad, como los dos tomos de fotografía antigua titulados Cuenca Tradicional, que el Banco Central publicó hacia mediados de los ochenta y comienzos de los años noventa, o el libro Ecuador, Hombre y Cultura, que recopila entrevistas del escritor Jorge Dávila a una veintena de personajes de la cultura local, tienen el sello Landívar, genuino e insaciable coleccionista de las fotos capturadas desde el siglo XIX, es decir la vida cotidiana y sus expresiones más disímiles: lo religioso, lo cultural, lo elitista, lo popular, el paisaje natural y el arquitectónico, las transformaciones urbanas, las diferencias sociales y raciales, la vestimenta, las costumbres, la gastronomía, etc.

Desde su domicilio y estudio emergieron, hacia finales de 2018, no solo una gran parte de esas colecciones, sino también cámaras de todos los tipos, tamaños, formas y épocas, adquiridas minuciosamente con la misma pasión con que desde hace medio siglo se ha dedicado a la fotografía y al estudio e investigación del movimiento fotográfico cuencano.

La Casa-Museo Remigio Crespo Toral, en realidad el museo de la ciudad, proyectó organizar bajo la égida de su director, René Cardoso Segarra, el Salón de los Maestros de la Fotografía Cuencana del siglo XX, para lo cual se decidió invitar a Landívar.

Esta iniciativa coincidió con la conmemoración del quincuagésimo aniversario de Gustavo como fotógrafo, y también con su jubilación como economista, su otra profesión. Gracias a la subsecuente disponibilidad de tiempo se dedicó a preparar la exposición con suficiente antelación, catalogando y clasificando un archivo gigantesco de fotografía analógica.

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En el proceso, los representantes del museo Pumapungo decidieron sumarse al proyecto, puesto que en la época en que éste pertenecía al Banco Central Landívar hizo mucha fotografía de sus actividades, exposiciones, acervos y proyectos, entre los años 1980 y 2005. Con el mismo criterio se unieron el Museo Municipal de Arte Moderno, la Casa de la Cultura a través del Salón del Pueblo y el museo Manuel Agustín Landívar, y el Museo de las Conceptas.

El resultado fue la muestra temporal titulada Gustavo Landívar: las colecciones, correspondiente a la serie Maestros de la Fotografía, que la Casa-Museo Remigio Crespo Toral (Calle Larga y Borrero) exhibe hasta finales de marzo de 2019. “Esta exposición temporal es parte de la serie Maestros de la Fotografía que tiene como propósito indagar los aportes de fotógrafos cuencanos que en diversas épocas registraron escenas y acontecimientos de la ciudad, desde composiciones muy intimistas llenas de nostalgia y romanticismo hasta capturas del esplendoroso paisaje de las campiñas azuayas; fotógrafos que con sus registros visuales se constituyeron en verdaderos cronistas de la historia cuencana”, expresa René Cardoso.

Las próximas exposiciones de esta serie incluirán obras de José Salvador Sánchez (1891-1963), José Antonio Alvarado (1886-1988), Manuel Jesús Serrano (1882-1957), Emmanuel Honorato Vázquez (1893-1924), Rafael Sojos Jaramillo (1888-1987), Víctor Coello Noritz (1890-1967), Agustín Landívar (1891-1929), Gabriel Carrasco (1890-1975).

Personajes y entidades

En el lapso de un cuarto de siglo, en una de las épocas de mayor dinamismo y transformación cultural operada en Cuenca, Gustavo trabajó con algunas de las principales entidades dedicadas a la promoción y la actividad cultural. Una de ellas fue también la Bienal de Pintura de Cuenca (hoy convertida en Bienal de Arte), en torno a la cual se gestó un gigantesco movimiento cultural que transformó a la ciudad, y cuya incidencia es aún palpable en la capital azuaya próxima a entrar ya a la tercera década de este siglo.

Quienes se contaron y se cuentan entre los principales protagonistas del arte y la cultura, la política, la religión, la educación, el periodismo, aparecen retratados y registrados en las imágenes captadas por Landívar, muchos por entonces muy jóvenes incluido el mismo fotógrafo que hoy conmemora media centuria de permanente trabajo detrás de las lentes de sus cámaras.

GL18Lo que el público ha podido apreciar de esta muestra incluye registros gráficos de comienzos del siglo XX, con alrededor de unos veinte nombres de fotógrafos que el museo incluye en el proyecto. La muestra da cuenta de una enorme cantidad de escenas de la vida en Cuenca, de sus personajes influyentes y clave en diferentes épocas, áreas del quehacer humano y aspectos, muchos de ellos ausentes ya pero que tuvimos la fortuna de conocer y tratar: Alberto Luna, Edgar Rodas, Antonio Lloret, Dora Canelos, Carlos Cueva Tamariz, Patricio Muñoz, Jacinto Cordero, Roberto Senese, José Luis Espinoza, Efraín Jara Idrovo, Juan Cueva Jaramillo, Eugenio Moreno, Oswaldo Moreno, Ricardo Muñoz, Ricardo León, René Cardoso, Jorge Dávila, Edmundo “el Loco” Maldonado, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Claudio Malo, Osmara de León, Lauro Ordóñez, Rubén Villavicencio, Juan Cordero, Jaime Idrovo, Gerardo Martínez, y un extenso e inagotable etcétera.

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Las colecciones de Landívar cuentan con material de archivo abundantemente respaldado de unos ocho fotógrafos, entre los cuales también hay cultores de la fotografía cuyos trabajos tuvo él la fortuna de hallar en los archivos empolvados de diferentes instituciones públicas y privadas, o de familias cuencanas, como resultado de sus investigaciones. Tal es el caso de José Salvador Sánchez (1891-1963), fondo cuyo hallazgo data del año 1977.

Tres años más tarde comenzó a trabajar con el fondo gráfico de su abuelo, Agustín Landívar, y una veintena de años después, gracias a su iniciativa, los descendientes de Emmanuel Honorato Vázquez dan a conocer de forma pública su archivo de imágenes, así como los trabajos de Manuel Jesús Serrano, Víctor Coello Noritz y José Antonio Alvarado, que formaron parte de la muestra Precursores de la Fotografía Cuencana, organizada por el Banco Central.

GL19Merced a un arduo y permanente trabajo investigativo pudo hallar también los archivos de Rafael Sojos Jaramillo y Gabriel Carrasco: “En los casos de Vázquez, Landívar, Carrasco, Sojos y Coello, ellos fueron compañeros de aula en la universidad, además de coetáneos de Serrano y Sánchez. Alvarado calza en este grupo porque era un importador cuya actividad le permitía viajar de manera constante al extranjero. Entre los productos que importaba constaban también cámaras fotográficas, circunstancia que le convirtió en proveedor de los cultores del arte gráfico, además de él mismo haber sido autor de fotografías en verdad exquisitas, dadas más a la temática familiar pero al mismo tiempo extraordinarias.”

Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista

Estas investigaciones y hallazgos le han permitido teorizar sobre la actividad fotográfica de la ciudad en aquellos tiempos, y plantear que el movimiento constituyó lo que él denomina la Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista. Por su sentido estético, señala, del Romanticismo que entonces vivía Cuenca este movimiento salta al Modernismo, a una nueva forma de plantear y tratar la imagen y el uso de la luz, que no se da en otra parte del país. “En torno a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca se creará un grupo de intelectuales jovénes que harán fotografía, al centro del cual estaba Emmanuel Honorato Vázquez: Gabriel Carrasco, Agustín Landívar Vintimilla, Rafael Sojos, Víctor Coello Noritz. Había también fotógrafos como Federico Malo Andrade, Bolívar Malo. El que no era fotógrafo no estaba en nada por aquel tiempo”, afirma Gustavo.

Al mismo tiempo se aventura a dar otra interpretación a la firma que Emmanuel H. Vázquez solía plasmar en sus obras, Tarfe, que de acuerdo con Landívar podría leerse también como Earte (Emmanuel Arte).

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Museo de la Fotografía Cuencana

Otro de sus planteamientos se da en torno a la necesidad de crear para la ciudad el Museo de la Fotografía Cuencana, que partiría precisamente de sus colecciones no solo de imágenes sino también de cámaras fotográficas. Además de los archivos mencionados, la mayoría de ellos respaldados en negativos, el proyecto incluiría el rescate de los trabajos de fotógrafos posteriores, cuyas obras se conocen en positivo, tales los casos de Alejandro Ortiz Cobos o de Serpa. Es decir, cultores de la imagen cuyas obras deben ser rescatadas porque constituyen el acervo de la ciudad, su historia, su memoria gráfica.

El traspaso de lo analógico a lo digital ha representado fenómenos en los que no se suele reparar en esta era dominada por lo digital. “Hasta finales del siglo XX -recuerda-, mucho de lo que aconteció en la ciudad, tanto en la esfera privada como en la pública, se registró en cámaras de video de betamax y vhs, de lo cual muy poco o casi nada ha quedado o ha sido posible traspasar al formato digital.”

Esto significa en realidad la pérdida de una buena parte de la memoria social cuencana, a lo cual se suma la condición volátil, etérea y en permanente riesgo de los registros digitales, que a menudo se han perdido en discos duros borrados como consecuencia de virus o fallas de estos aparatos.

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Curiosamente, están seguras las imágenes fotográficas de los primeros treinta años del siglo XX cuencano, pero en la práctica están perdidas las correspondientes a finales de esa centuria y comienzos de la actual, como consecuencia de este fenómeno relacionado con los avances tecnológicos y la aparición de nuevos soportes. “Cuenca tiene un archivo fotográfico excepcional. Hay los archivos, hay los elementos suficientes que pueden dar forma y vida a este proyecto, y hablo solo de lo analógico. De lo digital ni siquiera me he atrevido a auscultarlo, pero podría también hacerse en su momento un buen trabajo de rescate”, señala con vehemencia este fotógrafo, también él un Maestro de la Fotografía Cuencana.

¡Ya vuelta vuelven las monjas!

La segunda parte de un extenso periodo de homenaje a Gustavo Landívar, su obra y su contribución al mantenimiento de la memoria gráfica cuencana, se exhibe ya en el Museo de las Conceptas, y las subsiguientes irán dándose en los espacios señalados, en las que se podrá apreciar otras facetas del fotógrafo.

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Como señalaba al comienzo de este texto, hace más de treinta años el artista cuencano tenía como misión registrar la vida cotidiana de las monjas en el claustro. Cuando finalmente pudieron ellas relajarse y permitirle captarlas en su rutina diaria en los jardines, la panadería, la cocina, la lavandería, la enfermería o los pasillos, el resultado fue un registro de alrededor de 600 imágenes en las que por primera vez se revelaba al público cómo vivían las conceptas dentro de uno de los dos claustros más antiguos de la ciudad (el otro es el Monasterio del Carmen), casi tan antiguos como su historia de urbe hispanoamericana.

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En su condición de miembro del Patronato del Museo, Gustavo ha impulsado una suerte de regreso de las monjas a esa parte del claustro que es ahora el museo, a partir de una expresión coloquial muy morlaca: “¡Ya vuelta vuelven las monjas! ¡Aquisito nomás estaban!”, que define a la perfección de qué va la muestra: ampliaciones a tamaño natural de una buena parte de esa serie, aparecen ante los ojos del visitante al recorrer la exhibición, en ocasiones como si lo hicieran de manera subrepticia, plasmadas precisamente en los sitios donde fueran tomadas esas imágenes hace más de treinta años.

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En medio de todo ese trajinar ocasionado por las diferentes muestras que el año 2019 presentará al público amante de la imagen fotográfica, nuestro fotógrafo planifica también la edición y publicación de un libro que plasme aquel medio siglo de actividad, sus vivencias y evocaciones, sus descubrimientos y conclusiones, su pasión indomable por todo aquello que tiene que ver con la historia de Cuenca reflejada en miles de imágenes atesoradas como lo que son: registro y testimonio fehaciente de la transformación de la más bella ciudad del Ecuador durante las últimas tres centurias.

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Centro PEN Ecuador inaugura sus actividades en Cuenca

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Luego de muchos años sin que en el Ecuador hubiera una agrupación de escritores, lectores, personas involucradas con la sociedad y sus derechos fundamentales, como la libertad de expresión o la equidad, y gracias al apoyo irrestricto de la sede del PEN Club, ubicada en Londres, Inglaterra, y de sus máximas autoridades, su Director Ejecutivo Carles Torner y su presidenta Jennifer Clements, se funda el Centro PEN en el Ecuador.

Su consigna es promover y motivar la lectura y la escritura como base del entendimiento entre los hombres, dado que la literatura no conoce fronteras y debe mantenerse como una divisa común entre los pueblos, a pesar de las convulsiones internacionales o políticas, y la noción de que PEN aboga por el principio de la libre transmisión de pensamiento dentro de cada país y entre todos los países; y sus miembros se sienten comprometidos a oponerse a cualquier forma de supresión de la libertad de expresión.

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Para celebrar este acontecimiento de trascendencia y con el afán de dar a conocer a la sociedad de su creación y vigencia, el recientemente conformado Centro PEN Ecuador y sus miembros fundadores, han organizado un programa al que invitan al público, así como a las distintas reuniones del mismo y a hacerse eco de las manifestaciones que defienden los derechos de los creadores.

Este acto fundacional se llevará a cabo en Saladentro Espacio Multiusos, ubicado en el Paseo 3 de Noviembre y Bajada de Todos Santos, en Cuenca, Ecuador, este viernes 7 de diciembre de 2018, a las 19h00. Para este acto se contará con la participación de distinguidos escritores y artistas, en una mesa redonda cuyo tema central será la Literatura y la Libertad de Expresión, con la intervención del Ensamble Vocal Fuerte Gonela y el Grupo de Cuerdas y Viento de la Casa de la Cultura del Cañar.

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Para los miembros fundadores del PEN Ecuador, es un privilegio invitar a toda la comunidad y a los medios de comunicación a asistir y a cubrir este programa especial, que cuenta con el respaldo de las entidades antes mencionadas Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar; Saladentro, Espacio Multiusos; además de contar con el apoyo de la Universidad Andina “Simón Bolívar”, de Quito; el restaurante mexicano El Pedregal Azteca, Librería Palier; la Unidad Educativa “Las Pencas”, y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Este será el primero de muchos intercambios de opiniones y expresiones culturales que el Centro PEN Ecuador producirá, sabiendo que estos espacios lo que generan es comprensión y respeto entre los seres humanos.

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El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

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La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

Emmanuel Honorato Vazquez FOTOGRAFO

Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

Diáspora Tropical: Artistas cubanos en Cuenca

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Por Carlos Vásconez

Mark Twain afirmó: “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.”

Un viajante carga a sus espaldas una valija. También el anhelo de nuevos días, de colores maravillosos que justifiquen, su emigración. Hay aves que vuelan miles de millas para arrojarse a una playa peruana a morir. Hay peces como el salmón que nada contracorriente con el objetivo de hallar el amor, y morir. El caso cubano aparte de enternecernos, ha sido un ejemplo latente de lo que una idiosincrasia puede obtener: hijos desarraigados a quienes se los espera de vuelta como al hijo pródigo. No saben a veces quienes esperan que el hombre y la mujer que viajan por otros parajes llevan en la boca el nombre sagrado de su patria pues no hay cubano por excelencia que no pondere a La Habana o a las costas de su nación. Que no se le humedezcan los ojos al escuchar cómo galopan sobre las cuerdas de la guitarra los acordes ingeniados por Silvio, que no sepa que volver es una misión, respirar su aire caribeño y ver a sus mulatas y así acordarse de los barroquismos de Lezama y vuelven en un vídeo cuya banda sonora la compuso Compay Segundo o en la que un balsero jura ser propietario del bote en que salía a pescar Hemingway borracho; volver en un cuadro, en un libro, en un abrazo, en un canto.

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Una diáspora no es solamente la dispersión de un pueblo por el resto del orbe. Una diáspora no implica en exclusiva la identificación de este pueblo entre sus integrantes. Una diáspora es la posibilidad de que ese lugar se traslade, de que sus costumbres se vuelvan enriquecedoras para otras gentes de otras latitudes. Gracias a estos movimientos traslaticios, a este nomadismo, sea o no sea voluntario, hoy gozamos con la muestra expositiva (que también puede llamarse amistad) “Diáspora tropical” que comprende una minuciosa selección de piezas de seis artistas cubanos que han caminado (que bien puede traducirse por cambiado) el mundo: Aisar Jalil Martínez, Alexis Linares Pérez, Eduardo Cerviño Alzugaray y Lanner Díaz Rodríguez, Noydal Conde González, Nelson García Miranda. Artistas que viven en constante movimiento.

Las inteligencias de esta exposición son variadas y múltiples. Primero, con coherencia, la han coincidido en forma periferal, con la Bienal de Cuenca, evento crucial dentro del ámbito artístico y plástico del país. A esto podríamos tildar de sentido del tiempo. La han pensado, en segundo lugar, con una mirada minimalista, aunque los cuadros y las esculturas no provengan de ese derrotero ya que se trata de obras contundentes, claras, en algunos casos casi voluminosas, pero que son expuestas con cautela. A esto bien podría llamársele sentido del tacto. Y el tercer aspecto a rescatar es que son voces dispares, variopintas, que, en algunos casos, sobre todo en las brevedades en las que nos detienen sus obras (en sus detalles), resultan, incluso, contradictorias.

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Aisar Jalil (Camagüey, 1953)

Aisar Jalil, Camagüey, 1953, nos trae tres obras impactantes de su serie “Antes de que anochezca”. Sí, antes de que se ponga el sol los colores se rompen, se reinventan y Aisar los amasa con una mano sabia y un pincel esplendoroso. Claro, encarar esos momentos del día en que las cosas parecen desencajar no es nada sencillo. Eso lo saben bien los artistas. Y por ese magma de inquietudes que es la creación de colores, la vista se engaña, la vista se conmueve (se mueve y se mueve) inventándonos para nuestra velada monstruos fantásticos, que siempre poseen fragmentos de nosotros mismos. En esta como en las otras piezas aquí expuestas, Aisar deja constancia de un bestiario a la luz de sus ojos.

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Alexis Linares

La obra de Alexis Linares además de tratarse de un collage de historias, es de una calidad envidiable. Cuando una obra funciona, ella sola lo demuestra, no urge ni depende de comendadores. Alexis nació en La Habana y trae consigo toda la memoria de su hogar, que en mucho parecería la memoria de cualquier hogar de nuestras infancias. Hay palabras, como las que garrapateábamos en las paredes, planchas, ollas, utensilios de urdimbre y de cocina recostadas en sus telas. Parecen estar listas para que las tomemos y les demos su utilidad. La utilidad que Alexis les imprime es la de excitar nuestra mente, la de retrotraernos a esos aromas de cocinas donde el pan se amasaba y la artesa ardía. Hay en sus cuadros, en suma, magia. Hay nostalgia evidente en sus telas. Hay fuerza que fecunda la memoria.

Eduardo Cerviño, habanero de sangre, arena y corazón, nos enseña la parte psicodélica y más radical de “Diásporas tropicales”. Me es imposible no remontarme a vídeos de los años setenta protagonizados por los Roger Waters o Lou Reed. Parecen proclamar mudamente: “Aquí se maquina el futuro. Aquí se forja tu desaparición”. Como constante de su obra, emerge la parte contestataria, la que le hace gritar a pulso (recordemos que la muñeca la manejan mejor que nadie los carteristas, los jugadores de billar, el pintor y aquel que lucha a pulso) su sufrimiento y su desarraigo. ¿Cómo se desarraiga la tierra de sí misma? Cerviño nos lo indica con sus trazos firmes y concretos.

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Eduardo Cerviño

Lanner Díaz, cubano a morir y ecuatoriano recién nacido, proveniente de La Habana desde 1966, nos retrotrae a las pasiones primigenias con sus series vegetales y animales. Hay aire en sus espacios. Ese aire nos deja, un aire de ensueños en las profundidades del cuadro. Nos deja una sensación que puede erizar la piel. El gran artista sabe que lo que ve el rabillo del ojo es lo que marca la diferencia. Díaz se maneja, en el mundo de los juegos y los engaños. Como Magritte que decía esto no es una pipa y nos enseñaba una pipa, Lanner no dice esto no causa temor, ni anhelo, ni deseo, aunque cause más temor, anhelo y deseo que nada. Detrás de la orquídea, detrás de la araña, hay un paisaje que está borroneado y que nuestra mirada difiere para otro instante. Quizá los fondos de los cuadros de Díaz sean la expresión real de lo que queremos ver. Trasvasar así al objeto figurado figurándonos a nosotros mismos en el fondo, en lo que sostiene, como si lo levitara al hacerlo, a la flor y al insecto. Hay artistas que saben poner en esos supuestos restos del cuadro el alma. Lanner Díaz sabe de ello. Parecería no pintarlos sino darnos permisos para aguantar el aliento y dejarlos que floten en absoluta paz. Sus trazos son definitivos. Así se traza el porvenir.

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Lanner Díaz

Noydán Conde, nacido en la capital cubana en 1966, nos atrae al siluetismo animal que tanto reposa en el cuerpo y en el alma de los hombres. Porque las siluetas, como las ondulaciones que marca el humo de un cigarro, asemejan en demasía al cuerpo del deseo. Estas esculturas crecen apuntando a las estrellas, dan ganas de tocarlas, abrazarlas, de alguna manera, cortejarlas. Gran virtud del artista es que un veedor anhele al objeto de su creación.

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Nelson García, oriundo de Holguín, es un pintor y grabador que asegura que su arte es un proceso constante, que desemboca en su actual estética y colorido. A él le agrada el sentido acuático de la existencia. Venimos de un vientre húmedo. Nos humedecemos en vida y los fluidos vitales, leche, sangre y agua nos son consustanciales. En sus piezas uno se sumerge entre otros múltiples nadadores. El agua se expresa o permite que el mundo se exprese mediante sus colores y sus formas. Estos “Mundos perdidos” de Nelson García están llenos de una arquitectura sinuosa y que de inmediato nos remontan a los vitrales (otra clase de agua aquietada) de una capilla, en donde las almas toman sus descansos respectivos, pero paralizadas por un instante. Quietas en el acto.

En esta muestra además hay espacio para que haya tiempo, para mantenernos inermes, quietos ante la estupefacción propia. Cunden en estas obras, y por lo tanto en la plástica cubana, la práctica de la contemplación, de saber esperar, porque en el camino está la evolución.

Una exposición colectiva para que sea proba depende que los elementos, aparentemente dispersos, creen un corpus integral. No solamente como en este caso la nacionalidad, que no es poca cosa, sino aspectos poéticos. El lenguaje y la gramática del rasgo pictórico o escultórico. La medida en la cual sus creadores para representar sus sueños o la realidad, aprovechan las capacidades físicas inmediatas que la memoria les brinda para sustituir las formas rígidas del arte por formas vivientes y amenazadoras. Con las cuales el sentido de la vieja magia, santera, religiosa, cultural, ceremonial del teatro de la vida adopta como nuevo afluente nuestro humor vítreo, donde descansa como aquellas bellas e inolvidables escenas de amor que hemos vivido de una vez y para siempre. Es entonces cuando un país que nos puede parecer ajeno es también nuestro y es asimismo amado.

En estas salas apreciamos el tan ansiado Mundo Mujer al que aludía Roland Barthes. Cuba es una mujer maravillosa que viste aún de encaje y enagua. Por eso estos artistas tienden a la gracia, a lo divino, a la elegía de la madre y la amada.

Estos artistas parecerían decirnos que nuestro destino, igual que el suyo, no es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.

Es un detalle, inaprensible, la dadivosidad de un pueblo. Hoy Cuba y sus mujeres y hombres de bien se representan en esta exposición, en la manera de entregarse a los otros, a quienes los vemos, con alegría, como su son, con ojos soñadores, como quien mira desde sus puertos el horizonte y se imagina viajar para querer siempre volver. Porque volver, sí, es la mejor forma del viaje, que solo se consigue cuando alguien parte con el corazón anudado y el pie firme. En estas pinturas resuena la voz de quien sabe extrañar con ansias, con energía, con talento, con la gracia para flotar en un mar de luces y coloreados pensamientos.

Enrique León Delgado: Memorias de un médico cuencano

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Las personas de mayor edad evocan aún relatos acerca del modo en que, ya bien entrado el siglo XX, solía la población cuencana acudir hasta los “hondos” del río Matadero, como El Vado y El Otorongo, para bañarse en días de sol, por lo general cada domingo o cada día de asueto por feriado. En el caso de las personas más acaudaladas y de mejor posición social, constituía todo un acontecimiento el baño que, cada trimestre, recibía el abuelo, en el patio de la casa y ante la mirada de todos los miembros de la familia. Una opción intermedia eran los que llamaríamos baños públicos de entonces, destinados de manera exclusiva a eliminar la mugre de sus usuarios. Eran pequeñas casetas atravesadas por molinos de agua, por cuyo uso se pagaba unos cinco centavos de sucre. Junto al puente del Centenario estaban ubicados los baños del cura Piedra Baca, y muy cerca del puente de El Vado los baños de la familia Tinoco.

Más prolijos y asiduos en el aseo, según relataba el historiador Octavio Sarmiento, eran los militares encargados de custodiar la plaza de Cuenca, quienes cada dos semanas acudían al río para el consabido baño de soldados y oficiales, anunciado por las notas marciales de su propia banda de música, que le daba a la asepsia castrense cierto aire de solemnidad pública.

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Enrique León Delgado en sus años de juventud

Hacia 1916 se cuenta ya con alumbrado eléctrico, y en 1918 se ofrecía el servicio de energía eléctrica a nivel particular. Es así como llegamos a los años veinte, que comienzan con la celebración especial del primer Centenario de la Independencia de Cuenca, y la llegada del primer avión a suelo cuencano, piloteado por el héroe italiano de la Primera Guerra Mundial, Elia Liut.

Una Cuenca optimista, que encaraba su presente y su futuro con renovados bríos, rememoraba así su ya centenaria declaración de Independencia, con una serie de actos especiales, entre ellos la construcción de un nuevo puente, llamado del Centenario, que reemplazaba al antiguo “Juana de Oro”.

Ciertas peculiaridades de la vida morlaca, heredadas de la larga época colonial, persistían en la urbe como reflejo de su complicada estructura social, compuesta por la alta aristocracia y sus apellidos, que era una suerte de casta de nobles, por debajo de quienes estaban mestizos e indígenas a los que se llamaba, con absolutos desdén y discriminación, longos, chazos, runas, mitayos, cholos o indios.

Algunos hitos a lo largo de esa década, dan cuenta de la transformación que se está operando. En 1927 se da inicio a los trabajos para que la ciudad cuente con agua potable, y un año antes se había creado la Dirección de Salud de la Zona Austral, que representó un avance significativo en esta materia.

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Recuerdo de la entrega de la sala “Víctor M. Delgado” (tío de Enrique León D.) al hospital San Vicente de Paúl.

Hacia 1924 se habían dado evidencias ya de la construcción de otro tipo de obras, diferentes a las carreteras, puentes e iluminación eléctrica, que eran los trabajos favoritos de las autoridades de turno. Así comenzará la distribución de agua mediante tuberías, que reemplazará de forma paulatina a los pozos y las acequias, y dejará en el pasado el pesado acarreo del líquido vital. Citada por Galo Crespo en su estudio De la Bacinilla a la Alcantarilla, en la revista Tres de Noviembre No. 31, fechada en 1922, encontramos la siguiente referencia de Antonio Borrero Vega, acerca de las condiciones ventajosas de la ciudad para dar inicio a estas obras:

Cuenca cuenta con el privilegio de poseer abundantes manantiales para satisfacción de una u otra necesidad. Y respecto del agua potable, está constituido el canal abierto desde el río Sayausí hasta la colina de Cullca. Además, las calles tienen canalización desde remota fecha, desde occidente a oriente y sería de costo relativamente exiguo completar la canalización en el resto de la ciudad. Dado el gran precio de la cañería de conducción del agua y de la imposibilidad de su transporte por falta de ferrocarril que nos comunique con la costa; por ahora debemos prescindir de la tubería de hierro, limitándonos a conservar el acueducto abierto…

Es en ese contexto, mientras en otras partes del mundo se viven los alocados años veinte, en el que ve la luz el autor de este libro, Enrique León Delgado, un martes 11 de septiembre de 1923, pocos meses antes de que se diera inicio a la construcción de las obras de infraestructura en la ciudad, que cambiarían para siempre las condiciones en que se desenvolvía la vida cotidiana de los habitantes cuencanos. Al año siguiente, se funda el que será desde entonces el primer diario de Cuenca, hasta nuestros días, El Mercurio, y, al finalizar la década, la urbe contará ya con los respectivos planos de canalización y pavimentación, así como de la Red de Distribución de Agua Potable, aprobados en Quito por la Dirección General de Obras Públicas.

Memorias de un médico cuencano

La suya será una niñez relativamente feliz, rememora el autor “El Camino de un Médico; una cautivante aventura”, hasta que la sombra inesperada de la muerte llega al hogar de la familia León Delgado, y arrebata la vida de su padre. Será la madre quien, fuerte y abnegada, logre enrumbarlo por el camino de la rectitud y el esfuerzo para conseguir sus metas, para alejarlo así de esos años de desconcierto y frustración que siguieron al deceso de su progenitor.

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Los “Doctores Gringos”: Eduardo Vázquez, Enrique León, Nicanor Corral.

Cuenca es el escenario principal en el que transcurre la apasionante existencia de Enrique León, quien al describir el inicio de sus estudios de Medicina, hacia 1941, va pintando también en la mente del lector la fisonomía de la pequeña ciudad de esos años, que con paso pausado se irá transformando y evolucionando hacia la urbe que es hoy en día, tanto en el campo médico como en otros ámbitos del desarrollo. Llama la atención el deficiente grado de salubridad, que era la causa principal de contagios e infecciones parasitarias, tifoidea, desnutrición, tuberculosis, infecciones periodontales, etc. La Facultad de Medicina, en medio de esa situación, se daba modos de formar médicos que irán contribuyendo a cambiar tal orden de cosas, y a mejorar de manera significativa la calidad de vida de los ciudadanos.

Inicia así nuestro autor el primer año de sus estudios, relatando detalles de la vida estudiantil, entre ellos las prácticas en el anfiteatro que revelaban, con toda su descarnada realidad, lo que llegó a denominar la fragilidad del ser humano… que al final se convierte tan sólo en un despojo; impresionante y dura prueba para quienes habíamos escogido ser médicos para el resto de la vida.

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Médicos de la promoción 1949: Enrique Peña, Efrén Cobos, Renato Correa, Leonidas Celi, Julio Vega. Sentados: Enrique León, Arturo Farfán, Homero Castanier, Vicente Valencia.

De esos años evoca a profesores como Miguel Alberto Toral, Julio Enrique Toral, Víctor Barrera, Leopoldo Dávila, José Carrasco, Julio Malo, Francisco Sojos, entre otros médicos que influirían en su carrera y en sus estudios, bajo cuya orientación logró convertirse en el estudiante más distinguido, lejos ya de la mediocridad en que había caído hacia la época del colegio, como consecuencia del inesperado y doloroso deceso paterno.

Ante el lector aparecen, de forma inevitable, las imágenes que el Dr. León ha logrado pintar acerca de este tiempo de su vida, que fue a la vez una época de la ciudad de Cuenca. Así, al hacerse cargo de la Sala de Tuberculosos de esa institución, nos da una idea del grado de miseria y aislamiento en que vivían los pacientes aquejados por tal enfermedad. Tan sólo una monja, recuerda, lo acompañaba en la tarea de darles medicamentos a los enfermos, quienes, en realidad, de lo que más necesitaban era de consuelo. No me explico cómo tantos médicos apóstoles y sabios nunca pasaron por este lugar, donde estaban precisamente los seres que por su miseria y enfermedad más los necesitaban, señala, incisivo e irónico, sin ocultar la indignación que sintiera entonces, y, también, muchos años después, al evocar lejanas pero vívidas imágenes del pasado, con el propósito de escribir este libro.

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Leoncio Cordero, Rubén Cazorla, Enrique León, Juan Manuel Moscoso

Vendrá luego el viaje hasta la capital peruana, toda una peripecia para un grupo de jóvenes de provincia, llenos de vida, sueños y entusiasmo, pues por entonces un desplazamiento hasta Lima requería de varios días de traslado a través de montañas, ríos, mar y aire.

Una vez culminados los siete meses de internado, asiste a diferentes cursos en otras ciudades, uno de los cuales le inclinará definitivamente por la radiología: la conferencia dictada por el médico argentino José Antonio Pérez, para la cual se ayudaba de placas radiográficas que llamaron su atención. Poco después se le confiere la medalla “Benigno
Malo”, por ser el mejor graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca, en el año 1948.

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Enrique Sánchez y Enrique León, compartiendo su pasión en común por el bandoneón

Llegarán internados y residencias en Estados Unidos y Chile, tiempo del cual destaca su traslado al Truesdale Hospital de Fall River, en Massachussets, en cuyo departamento de Radiología pasó varios meses de rotación, lo que definió el camino de su vida profesional como radiólogo. En 1951 obtendrá una beca para especializarse en Tisiología y Radiología, en Santiago, y tiempo después, cumplidos ya los 30 años, viajará a Estados Unidos para completar los estudios de Radiología.

portadaLo que sigue va formando en el lector la idea de cuánto aconteció en Cuenca a lo largo del siglo XX, no solo en lo concerniente al desarrollo médico sino también al avance social y urbano de la capital azuaya.

En el epílogo de su vida, y también de esta obra, Enrique León sintetiza bajo una breve frase la enseñanza principal que el ejercicio de su profesión le dejaría, y que los galenos no suelen aprender en las aulas
universitarias: la calidad humana que debe acompañar a un médico, en su trato cotidiano con la vida y la muerte entre las cuales se debaten los pacientes. Y no hay ningún instrumento, por preciso que sea, que pueda reemplazar la calidad humana que lo maneja, concluye mientras revela, como resultado de su dilatada experiencia, que es eso precisamente lo que necesitan las personas: una atención pletórica de calidez y humanidad.

Cuenca de los Andes, marzo de 2016