Francisco Álvarez González: Filosofía en una Cuenca bucólica

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Por entonces resultaba fácil recorrer la pequeña urbe que era Cuenca, desde la perspectiva del peatón. Su condición de bucólica, aun presente dentro del área urbana, era evidente al traspasar cualquiera de sus límites. Fue a esa ciudad a la que llegó, en enero de 1952, uno de los brillantes discípulos del autor de La Rebelión de las Masas, don José Ortega y Gasset: Francisco Álvarez González.[1] Apenas una veintena de días después, aquél sería el eje, junto a un grupo de españoles y cuencanos, en torno al cual convergería la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, de la cual sería su primer decano.

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José Ortega y Gasset

De la mano de esa responsabilidad asumiría también la tarea de escribir, de manera incansable, textos filosóficos de los cuales carecía la incipiente Facultad. La revista Anales de la Universidad de Cuenca será uno de los mayores recipientes de sus escritos, y es también memorable entre quienes tuvieron el privilegio de contarlo como maestro, su libro Historia de la Filosofía, escrito en esta ciudad sin contar para ello con un buen fondo bibliográfico que, para entonces, era inexistente en Cuenca: “Ya el hecho de que una de mis primeras preocupaciones fuera escribir una relativamente extensa historia de la filosofía, se debió no a ningún interés personal de momento por el tema, sino al deseo, que casi era un deber, de que los alumnos pudieran contar con un libro de texto sobre esa materia.” De igual manera recomendaba la lectura directa de obras y autores, para lo cual se valía de una antología preparada por su célebre condiscípulo, también pupilo de Ortega y Gasset, Julián Marías (padre del más célebre novelista español contemporáneo, Javier Marías).

De Marías recuerda: “Fue condiscípulo mío. Terminamos en 1936 la licenciatura juntos, un par de meses antes de que estallara la Guerra Civil. No mantuvimos mucha correspondencia pero sí manteníamos una relación de amistad a lo largo de tantos años. Por ejemplo, hace unos diez años fue a Costa Rica a dictar conferencias y llegó a mi casa. Y hace unos dos o tres años estuve yo en el homenaje que le hicieron en España”.

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Francisco Álvarez, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, fue condiscípulo y amigo del filósofo español Julián Marías, padre del escritor Javier Marías.

Si Álvarez llegó a América fue precisamente como consecuencia de la Guerra Civil, al hallarse perseguido por Francisco Franco, el Generalísimo, bajo cuya dictadura permaneció dos años encarcelado. Antes de la guerra había ganado una cátedra, que sin embargo el gobierno franquista le arrebató como represalia por su postura de izquierda. “Fue por la Guerra Civil Española y por la cosa autoritaria de la dictadura de Franco, por la forma como éste persiguió a sus enemigos políticos, que como tantos otros intelectuales tuve que optar por buscar otros rumbos y abandonar España.”

Desde el punto de vista del desarrollo, la España en que transcurrió la juventud de Francisco Álvarez daba la impresión de un país subdesarrollado, recuerda, pero se siente orgulloso de que el mundo entero haya progresado de una manera extraordinaria, y que hoy en día su país no tenga nada que envidiar a otras naciones europeas.

Para el nonagenario filósofo, el fenómeno migratorio es un hecho necesario en países como España, donde los trabajos que ciudadanos de otros lugares llevan a cabo son labores que los españoles ya no quieren efectuar, y, en consecuencia, habrá siempre fuentes de trabajo para los inmigrantes.

A través de un diálogo muy rico mantenido con este interlocutor, Álvarez se confiesa eminentemente orteguiano. Conserva intacta su lucidez y aparenta menos edad de la que tiene. Su conversación abarca tanto los catorce años que vivió en Cuenca como sus posteriores residencias en Chile y Costa Rica. En todo ese tiempo dejó huellas intelectuales y físicas, además de lazos familiares en cada uno de esos países.

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El pasado 31 de enero, exactamente cincuenta años después de haber fundado la Facultad de Filosofía, estuvo una vez más en Cuenca. Diez años atrás, para la celebración del cuadragésimo aniversario, había reconocido su contribución a lo que llamó un hito en la vida cultural cuencana: “Creo, sinceramente, cuando ahora recuerdo aquellos años, que la obra que llevamos a cabo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, un al principio muy corto grupo de profesores cuencanos y españoles, señala un hito importante en la historia cultural de esta amada ciudad de Cuenca.”

Febrero de 2002

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, Cuenca, 2016

[1] Francisco Álvarez González (Madrid, 1912Heredia, Costa Rica, 2013),  filósofo español, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, entre otros, y condiscípulo de Julián Marías, Antonio Rodríguez Huescar y Manuel Granell. Fue profesor de Literatura y Griego en el Liceo Francés de Madrid y de Filosofía y Economía Política en otros centros educativos. En 1952 viajó a Cuenca (Ecuador), donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, siendo su primer decano. Fue profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción hasta 1971. En 1973 se radicó en Heredia, Costa Rica y fue profesor de filosofía en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Nacional de Costa Rica. También en Costa Rica fue profesor de la Universidad Autónoma de Centro América. (http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_%C3%81lvarez_Gonz%C3%A1lez)

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“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

Carlos Pérez Agusti: el cuencano que nació en Madrid

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Con su juventud a cuestas, en octubre del año 1966 llega a Cuenca de los Andes, procedente de la capital española, atraído por unos cuantos libros que había leído de la literatura ecuatoriana, y cargando ciertas ideas de lo que sería vivir en un país llamado Ecuador. Por entones funcionaba en España una organización llamada CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que proporcionaba profesionales europeos a América Latina: “Mi ilusión era conocer América Latina y estudiar su literatura, su arte, su cine. Yo estaba dispuesto a viajar al primer país que necesitara un profesor de literatura para las universidades”, dice Carlos Pérez Agustí, madrileño radicado en Cuenca por media centuria, y nacionalizado ecuatoriano desde hace una veintena de años.

CONTRATO INDEFINIDO

La propuesta laboral le había sido enviada desde la Universidad de Cuenca. En aquel tiempo el Decano de la Facultad de Filosofía era el Dr. Alejandro Serrano Aguilar, quien lo contrató por el lapso de un año. Al cabo de ese plazo, ya adaptado a la ciudad y habiendo dejado satisfechas a las autoridades universitarias cuencanas, firma por tres años más, que se convirtieron en un contrato indefinido.

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Carlos Pérez es más que alguien que llegó al país y al cabo del tiempo decidió quedarse: “Yo he considerado siempre al Ecuador y a América Latina como una prolongación de España. He encontrado muchas cosas en Cuenca y mi estadía a lo largo de 50 años ha sido muy satisfactoria”, afirma convencido.

AQUELLOS ESTUDIANTES

Quienes nos formamos en el Ecuador de los años setenta y ochenta, sobre todo en instituciones de carácter fisco-misional y religioso, recordamos el nombre de Carlos Pérez Agusti, no solo relacionado con ámbitos como el cine cuencano, del que es uno de sus pioneros, sino también con las primeras lecturas que tuvimos, a través de los libros de la editorial Don Bosco y la Librería Nacional Salesiana LNS, que era precisamente recopilados y editados por este personaje. Es decir, varias generaciones de ecuatorianos, miles y miles de personas, se educaron leyendo los textos de gente como Felipe Aguilar y Carlos Pérez.

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Entre la enseñanza literaria y las cátedras de cine, incluida la actividad del Taller de Cine de la Facultad de Filosofía, tuvo la oportunidad de haber compartido aventuras fílmicas con sus alumnos y colegas, es decir, sus antiguos estudiantes, a muchos de los cuales califica de gente extraordinaria: “Cuando yo llegué tuve de alumno a Mario Jaramillo; casi todos mis colegas de la Escuela de Lengua y Literatura: María Eugenia Moscoso, Alejandro Mendoza, Jorge Villavicencio, Felipe Aguilar, Jorge Dávila”, además del hoy legendario periodista y catedrático Edmundo Maldonado, y la poeta y actriz cuencana Catalina Sojos.

PIONERO DEL CINE CUENCANO

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Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega, junto con Edmndo Maldonado, Rubén Villavicencio, Pepe Neira y Jorge Dávila.

“Arcilla Indócil”, del escritor cuencano Arturo Montesinos, así como “La Última Erranza”, del guayaquileño Joaquín Gallegos Lara, se recuerdan como dos de los más célebres títulos que Pérez adaptó y llevó al cine, al incipiente cine cuencano del que puede decirse es pionero, y que tiempo después se intentó continuar con trabajos como “Mea Culpa”, de Patricio Montaleza, hacia finales de los años noventa, sin que luego de aquello pueda hablarse de un cine cuencano como se viene haciendo en otras urbes del país. El efímero festival de cine La Orquídea, a través de sus organizadores tuvo a bien rendirle un homenaje público, como reconocimiento a esa labor pionera en la producción fílmica de corte morlaco.

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Hoy, jubilado ya, este cuencano de origen español departe de forma habitual con sus amigos y familiares, y se le ve participando en citas literarias y presentaciones de nuevas obras, como si no hubiese transcurrido ese medio siglo de intensa y fecunda labor cultural, educativa e intelectual en su amada Cuenca, no la europea sino la de los Andes.

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“Económicamente quien quiera hacer dinero de la cultura elige el peor camino”, dice al preguntarle sobre las ganancias que pudiera haber logrado. No obstante, esas ganancias se han dado en otros órdenes, permitiéndole realizarse, como él mismo afirma, y proporcionándole gratificaciones: “Considero una obligación revertir y retribuir, a los que venimos, con lo que tengamos al alcance”. En otras palabras, el saber que ha hecho algo en Cuenca y el Ecuador ha sido una de sus mayores satisfacciones.

 

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Aquellas Cosas Antiguas: memoria, realidad y nuevos tiempos en Cuenca de los Andes

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Por alguna razón la conversación que mantenía hace poco con una amiga a la que le llevo alrededor de quince años de diferencia, derivó en la división bipolar que rigió hasta 1989, cuando Berlín y el mundo fueron testigos de la destrucción del símbolo de esa bifurcación. Usted me está hablando de aquellas cosas antiguas, me dijo con desparpajo absoluto y desafiante pero sin atreverse a tutearme. En ese momento me percaté de que tenía 38 años; que mis referentes no eran los mismos que los de esta chiquilla a la que le importaba un bledo quiénes eran y qué hicieron Reagan y Gorbachov, el Che Guevara, Fidel, Víctor Jara, Mercedes Sosa, el Partido Comunista, la onda corta o ese fenómeno sociológico comercial al que coincidimos en llamar rock latino.

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Vista en retrospectiva, modificada por el olvido que van dejando los años, aquella parece una época de inocencia, de ensueño inclusive. Íbamos al colegio, no teníamos celulares, no imaginábamos internet, los discos que escuchábamos aún eran de polivinilo, aunque en Holanda ya se había inventado el disco compacto. Nuestros bordes musicales iban desde los clásicos hasta Michael Jackson, Kiss, ACDC, Men at Work, Journey, Foreigner o Madonna; el grito lastimero de Franco de Vita cantando Un buen perdedor en un pequeño disco de 45 revoluciones por minuto, y con el brazo de la aguja abierto para volver a escucharla una y otra vez; las delicias intelectuales del rock latino, con Soda Stereo a la cabeza, más tarde reforzado por obras maestras como El Nervio del Volcán, de los mexicanos Caifanes; o ese mundo de romántico idealismo de izquierda musicalizado por Silvio, Pablo, Vicente, Piero, Pueblo Nuevo, Mercedes, que hasta la primera mitad de los noventa podíamos oír a través de las ondas de la extinta radio Bolívar.

Escarabajos en la calle Sucre

Estábamos habituados a ser parte de una generación caracterizada por la envidia. Sí, envidia generacional. La caracterización hecha de la generación X nos dejaba mal parados, casi clasificándonos y confundiéndonos con los yuppies. Olvidábamos, empero, que el encasillamiento aquel no incluía las particularidades culturales de nuestros países. Si cronológicamente equivalíamos a esa generación, desde la óptica cultural los elementos y factores comunes no encontraban asidero porque no existían. Había desfases cronológicos derivados del desarrollo de las sociedades del primer mundo y las nuestras, y por ello también de la lenta incorporación a la globalización que comenzó a gestarse décadas atrás.

Los cambios culturales operados en el mundo se siguieron en nuestros países como una moda, aplicados a las realidades locales. En el Ecuador, la moda de los sesentas exigía estar a tono con el twist, el rock, los Beatles [la primera gran expresión popular mediática de la globalización], el pelo largo, quizá algo de marihuana entre los más audaces y atrevidos. Pero no eran la mayoría. No había una aceptación masiva del género y todo lo que éste implicaba. Eran los estratos de clase media alta los que optaban por la oferta en mención, sobre todo aquella del rock cantado en inglés. El que se hacía en español, en cambio, solía estar definido por su carácter comercial y por un nivel cualitativo menor al que producían conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones, los Who o el mismo Carlos Santana. Eran Sandro, Alberto Vázquez, Los Iracundos [los primeros Beatles sudamericanos, mucho antes de que Soda Stereo tuviera en los ochentas condiciones de fenómeno musical], Enrique Guzmán, o un montón de llorones más, quienes hacían de puente entre la música aquella como ritmo de moda y el idioma en el que en su país de origen, y en el mundo entero, se cantaba. En Cuenca de los Andes, los Beatles y los Rolling Stones no llegarían de forma directa, sino a través de covers y adaptaciones de una banda colombiana, Los Speakers, que hizo historia en Sudamérica, precisamente por haber acercado a los jóvenes al pop británico.

El ecuatoriano promedio, en cambio, aunque no era indiferente al rock seguía siendo pasillero. Se identificaba con el pasillo, y al mismo tiempo prefería el bolero y los ritmos que junto a él llegaban desde países como Cuba y México, que luego confluirían en ese fenómeno comercial socio-cultural llamado salsa. Los hijos de esa generación, aquellos que en el mundo se han conocido como miembros de la generación X, desde la aparición del libro de Douglas Coupland, compartíamos algunos signos distintivos con la anterior, con la nuestra y aun con los miembros más jóvenes de ella, los nacidos hacia 1980. Pocos resultamos impactados por la visión que tenían Da, Andy y Claire en la obra del canadiense. No era nuestro mundo aunque había rasgos en común. La diferencia fundamental estribaba aún en el grado de consumismo. Factores como la televisión, internet, la emigración, terminarían por proporcionar el peso necesario para ir inclinando la balanza.

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Habituados a sentirnos los hijos de aquella gente, de la que fumaba hierba, oía rock, usaba ropas extravagantes y coloridas, y practicaba y pregonaba el amor libre y otras utopías como la paz, o simplemente pasilleros y boleristas, soneros y cumbiancheros como nuestros padres ecuatorianos, parece que padecimos el fenómeno ese de la envidia generacional. Envidiamos haber nacido y crecido en los sesentas, porque al parecer fue una era ideal, idílica. La nuestra, en cambio, estaba llena del desencanto que quedó de los setentas, y el desastre que fue perfilándose y consumándose en los ochentas, hasta desembocar en la caída del Muro de Berlín como símbolo del fin de una era. Nuestra generación vivía su época pero también padecía cierto grado de nostalgia: los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón, la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, casi en la esquina de la calle Benigno Malo, como mirando hacia el Salón del Pueblo, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cuarenta años a que alguien lo saque del Camino de la Abadía o de la calle Mariscal Sucre. Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento.

 Desde la izquierda radical

Muchos militamos en la izquierda radical, que pecaba de teórica en el caso de los cabezones, alineados con los dictámenes del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). Otros prefirieron seguir a China, y luego a Albania, a Cuba, a Corea del Norte. Crear una célula comunista, lo recuerdo bien, era todo un reto cuando estudiabas en un colegio católico; cuando durante la misa y en medio del cuaderno de religión lo que en verdad se leía era el manual de Politzer o una de esas copias amarillentas del Manifiesto del Partido Comunista de Marx, que publicaba la editorial Claridad en Rusia. Unos se convirtieron en médicos y artistas, profesores y agentes de viaje, políticos o ecologistas, abogados o amas de casa tradicionales. Conocí a un ex miembro de Alfaro Vive Carajo, que ostentaba los horrores de los años ochenta con una cicatriz enorme, una oquedad siniestra que era imposible dejar de ver mientras charlabas con él.

La ciudad estuvo siempre llena de iglesias y calles con nombres de curas, pero en esas mismas arterias crecieron y lucharon también hombres de izquierda repudiados por las beatas, o por psicópatas aprendices de sodomitas que entre pretenciosos y estériles latinajos, se convirtieron luego en delincuentes contumaces, y hoy como entonces siguen apolillando a la sociedad.

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Cuenca, que sobre todo desde comienzos del siglo XX se vanaglorió con creciente orgullo de su autosuficiencia y de la evidencia numérica de algunos de sus mitos, pero en especial aquel de Atenas del Ecuador, tuvo también sus héroes rebeldes, iconoclastas y críticos, aun siendo algunos de ellos conservadores. Generaciones diferentes se encontraron en los sesentas, en la ebullición febril que salpicó también, de alguna manera, a la ciudad conventual, dominada por el clero y el qué dirán. G.h. Mata se enemistaba a muerte, vía insultos no solo memorables sino también desmedidos, desbordados, con el poeta Rubén Astudillo, cuencano pero en aquel tiempo visto como un fuereño, procedente de un pueblo distante que no era sino una parroquia rural más de Cuenca: El Valle. Enrique Malo prometía en la pintura, Efraín Jara era ya hace rato un poeta consagrado, Paco Estrella comenzaba a ser leyenda; Hugo Ordóñez, Estuardo Cisneros convergían en torno a la contundencia de La Escoba, la segunda, quizá la más terrible y deliciosa publicación que de su tipo se haya dado en la tierra morlaca.

 Remezón en la Cuenca mariana

Los hijos de clase media y alta que podían permitirse viajar al extranjero, eran quienes estaban al tanto de lo que sucedía en el mundo a nivel de las expresiones artísticas. Por eso eran ellos quienes más comulgaban con los postulados internacionales de los jóvenes de esa generación. Pero constituían una minoría, por lo menos en Cuenca, en el Ecuador, vanguardista quizá, pero minoría al fin, como la que décadas atrás, en los comienzos del siglo XX, había sacudido las así consideradas buenas conciencias de la sociedad cuencana.

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En su mayoría estudiantes de Derecho, porque todo hijo de familia tenía como opciones eso o la Medicina. Y como todo estudiante de leyes, se sentían atraídos por la intelectualidad, por la literatura, la pintura, la música, las artes en sí, y particularmente la fotografía. Bebedores, morfinómanos, protagonistas de reyertas y al mismo tiempo lúcidos importadores y creadores de otras formas de ser y hacer. En el centro de esa suerte de movimiento generacional, una figura especial, imbuida de la visión cultural de avanzada de la que había sido testigo en Europa, cuando acompañó a su padre para la defensa del Ecuador ante el Rey de España: Emmanuel Honorato Vázquez.

Hoy, en otro siglo y en otro milenio, para el cuencano común el nombre de Emmanuel Honorato no representa nada; Juan de Tarfe, uno de sus pseudónimos, tampoco. A lo mucho se evocará el nombre de su padre, porque es el de una calle en la que se liba tanto como lo hacía la jorga del hijo, y donde las nuevas generaciones no solo cuencanas sino ecuatorianas y de los más distantes puntos del planeta festejan el intercambio cultural y genético de la globalización con entusiasmo digno de la Roma imperial y decadente, cual si en ella estuviésemos viviendo, como parecen creer algunos psicópatas pseudo-intelectuales que reptan por los vericuetos atropellados de la web aquejados de verborrea latinoide, a estas alturas.

Tampoco se dirá, porque se desconoce o porque se prefiere callar, que el monumento a la memoria del progenitor, taita Vázquez, amaneció un día luciendo un enorme falo erecto, con el que permaneció por horas en la avenida Solano, para regocijo de unos y escándalo de otros, y la total indiferencia de los medios de prensa ante las travesuras de algún beodo o de algún adolescente majadero. Pero esa es otra historia. También Bolívar, mirando con testaruda persistencia hacia la Gran Colombia, suele amanecer portando en sus manos algunas de las prendas íntimas que, dicen, gustaba quitar a cada una de las damas que frecuentaba y con quienes se deleitaba por los caminos de nuestra América.

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En el orbe intelectual morlaco, en el mundo de la cultura Emmanuel Honorato Vázquez es como un héroe latente, persistente, fascinante, que con lentitud comienza a despertar no solo simpatías sino verdaderas pasiones, investigaciones, descubrimientos y redescubrimientos, libros, tesis, artículos. El tabú de su muerte, en cambio, persiste aún entre sus descendientes, mientras quienes se refieren a ese hecho en la ciudad continúan especulando, tal como se lo hacía y se lo viene haciendo desde hace 84 años en Cuenca de los Andes.

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La sociedad cuencana le debe un reconocimiento póstumo público, que implique la difusión de su vida y de su obra fotográfica, que es un legado de Cuenca, otro de los motivos por los que la urbe lleva más de una década ostentando el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado a su Centro Histórico. He ahí, una de las muchas tareas que pueden emprender instituciones culturales sólidas e insertas en el mundo globalizado como la Bienal.

 Un alto para la reflexión

El siglo y el milenio, por lo menos para nuestra concepción occidental, se acabaron, pasaron los años y nos sorprendimos casados, divorciados, enviudados, solteros empedernidos o resignados, barrigones, adaptados a la sociedad a la que criticábamos y queríamos cambiar en los ochentas, cuando aún éramos ingenuos, y hasta criando descendientes. El fondo musical de nuestra película fue variando: se sumaron Nirvana, Green Day, Molotov, los mismos Beatles regresaron con su antología y hasta resucitaron a Lennon. Aparecieron otros nombres en la música no comercial: Alejandro Filio, Diego Sojo, Frank Delgado, Francisco Barrios. Muchos fueron quedando en el camino, aferrados a sus ideales, que también eran nuestros, o sorprendidos por una bala perdida cuando curioseaban cerca de una protesta estudiantil. Otros quedaron atrapados con deleite en las satisfacciones materiales del mercado, de los dólares que acabaron con los sucres, y relegaron al olvido ideales e ideología.

Pasados de los treinta, rumbo a los cuarenta o ya entrados en ellos, los miembros de nuestra generación comenzamos a hacer un alto para resumir un poco; detenernos para meditar y reflexionar, evaluar, sopesar, enrumbar, levantarse, continuar. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas, de nuestros sueños y anhelos? Acabamos de llegar, por si nadie se dio cuenta, al poder. Ahora estamos en Carondelet. Rafael Correa, nos sintamos representados o no, es casi un miembro de nuestra generación, aunque a veces más parezca un yuppie si nos remitimos a clasificaciones como la de Coupland.

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Crecimos con la Bienal de Cuenca, creada a mediados de los ochentas. Esa década extraña en la que con timidez intentábamos ocupar nuestro lugar en la sociedad; esa década que vio circular por las calles los pequeños camiones azules de la Policía represora, que vio llegar al Papa a la Catedral; que vio asesinar a sus hijos acusados de terrorismo, o a centenares de morlacos sacar sus pertenencias mínimas a la calle para esperar por un terremoto anunciado…

Pasamos a los noventas algo desubicados, sin piso y con la sensación de haber llegado últimos a la historia. ¿Qué pasó con la utopía? Se desmoronó. Simplemente. En el camino también se fueron quedando muchas otras ilusiones y pasiones. La música de fondo fue variando, mas, lo realmente bueno persistió: Bob Marley sigue cantando, como si no hubiera muerto el 11 de mayo de 1981, a los 36 años; los Beatles cantan cada vez con mayor fuerza y creatividad, y sus fanáticos se cuentan por millones, con edades que van desde los 3 años hasta los 90. En medio de ese impulso creador de los ochentas, cuyo punto de partida más firme y fuerte fue la Bienal, se fueron formando y evolucionando artistas como Pablo Cardoso, Tomás Ochoa, Julio Mosquera, Hernán Illescas, Patricio Palomeque, Julio Alvarez, Josefina Flándoli, Patricio Ucho, Miguel Illescas, Marcelo Güiracocha, Pablo Moscoso, Francisco Delgado, Adrián Washco, Kattya Cazar, Juana Córdova, Juan Pablo Ordóñez, Ariel Dawi, Shamil Baibulatov. Es decir, creadores a los que se ha considerado de post-vanguardia tanto como los novísimos de la plástica y el arte de factura morlaca.

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La Bienal de Cuenca ha comprendido el papel que le corresponde en la sociedad no solo cuencana sino ecuatoriana. Porque es la Bienal del Ecuador, y por esa misma razón no han faltado entidades, es decir individuos, que han pretendido hacerse con ella y trasladarla, secuestrarla, arrancarla de la capital azuaya para implantarla en Quito o Guayaquil, donde los recursos no resultan escatimados porque son los centros de este país bipolar y bicéfalo, el político y el económico. ¿El cultural? Es una falacia. Como solía decir Enrique Malo, dos veces presidente de la Bienal, no es mayor motivo de vanagloria aquella proclama de ser la tercera ciudad del país más diminuto de la región. Somos y hacemos simplemente Cuenca. Cuenca de los Andes. No nos hace falta en absoluto el mito aquel de la Atenas, enseñado en las escuelas generación tras generación sin mayor reflexión ni indagación. A Santa Fe de Bogotá se la llamó también, alguna vez, la Atenas de Sudamérica. De los tantos nombres que contribuyeron a erigir ese espectro persistente, pocos dieron obra para la posteridad. Serán, por el contrario, sus más iconoclastas y críticos quienes se perennicen en el legado cultural morlaco: César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Rubén Astudillo y Astudillo. El mismo Efraín, dicen, sería quien, claro, lúcido, ácido y reflexivo, acuñaría esa otra frase lapidaria, admirada y repudiada por muchos: No somos Atenas sino apenas del Ecuador.

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La Bienal es una de las entidades llamadas a contribuir a que Cuenca, hoy cosmopolita y cada vez menos mariana, se inserte con firmeza en el mundo como lo que es, con su grandeza y sus limitaciones. La reflexión no se circunscribe al ámbito artístico sino a la globalidad de la sociedad: la realidad de lo que acontece, las limitaciones materiales y culturales, el juego del poder político y económico; las posturas retrógradas y recalcitrantes, hipócritas; la manipulación de la prensa por parte de sus propietarios, en función de intereses materiales; la incineración de todo el tiraje del suplemento dominical de un popular diario local, por contener fotografías de Tina Modotti desnuda, en una era en la que el problema central hace rato dejó de ser ético y pasó al terreno de lo estético; la pululación de pseudo escritores y críticos, de pseudo artistas, de falsos profetas; la influencia del reggaetón y su variante más tóxica, el perreo, en niños y adolescentes; de internet, del black metal, del bombardeo visual mundial en las nuevas generaciones; el exceso de vehículos y la contaminación; el auge de la delincuencia; las nuevas corrientes migratorias, etc.

Para su décima edición, escrita con X, como la generación a la que al menos en teoría pertenecemos, se convocó a la reflexión y la evocación. Tiempo para reflexionar, para resumir. Diez ediciones, tres décadas diferentes de la historia cuencana atravesadas por el hecho Bienal. Se ha logrado bastante, pero no lo suficiente. Aún se le debe al público, al mayoritario, un acercamiento real, una invitación a participar y apropiarse. Pero ese público no puede apropiarse, empoderarse como dicen los corifeos de las ONGs, si primero no ha comprendido lo que está viendo.

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Aquellas cosas antiguas no deben borrarse, no pueden olvidarse. Hay que registrarlas, guardarlas y desempolvarlas cuando amerite, escribirlas contra el olvido, para no perder el norte en esta realidad del nuevo milenio, que nos conduce hacia la Bienal del mañana, hacia la Cuenca de los Andes del futuro. Mientras todo eso se plantea, ocurre y cae por su propio peso, como dice el lugar común, las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos menores y de nuestros hijos, vienen pugnando por su sitio con una fuerza inusitada, aunque con una indiferencia rebelde y cuestionadora, pero sobre todo saludable.

BIENALARTE, Revista Informativa de la Bienal de Cuenca, Año 3, No. 6, Marzo de 2009, pgs. 30-37

Monólogo de un Desgajado

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Monólogo de un Desgajado: micro-ensayos sobre cultura contemporánea”, de Rodrigo Aguilar, es una selección de textos de opinión, originalmente publicados en las páginas editoriales de algunos de los principales medios impresos de la región centro-sur del Ecuador, entre los años 1991 y 2008. Diferentes hechos y acontecimientos operados en Cuenca, en el país y en el planeta, son registrados a lo largo de las páginas de este libro, cuya lectura se va convirtiendo así en un recorrido por la cotidianidad de la capital azuaya durante un periodo de dos décadas, precisamente el lapso en que más aceleradamente se transformó su fisonomía y su ritmo de vida.

Decenas de personajes van mostrando, a través de estos escritos de Rodrigo Aguilar Orejuela, las huellas que a su paso han dejado en la ciudad, o la forma en que ésta les fue influyendo. Cuenca y su mundo cultural, y los cambios que a través del tiempo inevitablemente se han ido dando, son minuciosamente retratados en los diferentes micro-ensayos seleccionados. Es, en definitiva, Cuenca la gran protagonista, al mismo tiempo que el gran escenario y el tema principal en torno al cual giran los textos que integran esta antología, que fue prologada antes de su deceso por el intelectual cuencano José Serrano González.

Publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, el libro es el sexto título de la colección Los Apus, en la que antes se ha lanzado ya obras de Galo Alfredo Torres, Sebastián Endara, Iván Petroff y Patricia Pauta.

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El autor

Rodrigo Aguilar Orejuela (Esmeraldas, 1970) es escritor, negro literario, periodista, editor, articulista. Ha ejercido el periodismo de opinión e información durante un cuarto de siglo en diferentes medios impresos del Ecuador. Fue editor de la Agenda Cultural de Cuenca (2008-2010), y de la revista Tres de Noviembre, órgano del Concejo Cantonal de Cuenca (2008), así como asesor editorial de la Alcaldía de Cuenca entre los años 2010 y 2015. Fue editor del libro Cuenca de los Andes (Municipalidad de Cuenca-CCE, 1998), uno de los documentos presentados por el ex alcalde Fernando Cordero para sustentar la candidatura del Centro Histórico de Cuenca a Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la UNESCO, finalmente inscrito en la Lista Mundial el 1 de Diciembre de 1999.

Por su trabajo titulado A Vivir una Cultura Diferente, sobre el modus vivendi de los ecuatorianos inmigrantes en Estados Unidos, publicado en la prensa cuencana, resultó finalista en el V Concurso Nacional de Periodismo Símbolos de Libertad (1997), cuyo jurado estuvo conformado por el escritor mexicano Carlos Monsiváis, y los periodistas colombianos Plinio Apuleyo Mendoza y Jaime Abello Banfi, este último director general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por el escritor Gabriel García Márquez.

En el año 2004 fue triunfador absoluto en el Primer Concurso Nacional de Ensayo convocado por la Universidad del Azuay. Ha publicado los títulos Colombia-Ecuador: un Ejemplo de Convivencia (Universidad del Azuay, 2004), El Encanto de Cuenca de los Andes (ediciones en español, inglés, francés y alemán, Fundación Municipal Turismo para Cuenca, 2005), Mercado, Barrio y Ciudad: Historia de la Nueve (Municipalidad de Cuenca, 2009), El Vuelo del Colibrí (2011), Como el Cardo: Retrato hablado de Eudoxia Estrella (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2013), Monólogo de un Desgajado (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2016).

Comentarios acerca del libro

José Serrano González: “He aquí la imperfecta, irritante, corrosiva serie de micro-ensayos de Rodrigo Aguilar Orejuela, abriendo el amplio espectro del idioma, con frecuencia, a las realidades más exteriores de nuestra circunstancia humana. A su libertad creadora se debe ese fervoroso sentimiento que impregna su lenguaje: con la conciencia de su honestidad insoslayable que le permite decir y definir a las cosas por su propio nombre.”

Andrés Abad Merchán: “Rodrigo Aguilar asume el reto de ahondar fundamentalmente la historia y la contemporaneidad de Cuenca y de nuestra nación, a partir de la promoción de su literatura, o desde el análisis de retazos de la vida cotidiana. Los textos hablan sobre los momentos buenos o agonizantes por los que ha atravesado el quehacer literario en el austro ecuatoriano, del mismo modo que abordan los temas de la cultura local y nacional, utilizando una nueva forma de expresión, para entregarnos algo distinto, novedoso y actual. Su prosa periodística está provista de un sarcasmo, a veces despiadado, para elaborar el concepto de la sociedad actual en sus múltiples complejidades. Lo mejor de esta colección de artículos radica en lo que denuncian e insinúan. En esos intersticios, el lenguaje se ilumina como si hubiera captado la síntesis de lo visto, lo pensado y lo intuido. Ahí prevalece precisamente el oficio de escritor.”

Oswaldo Encalada Vásquez: Estos trabajos de opinión, que muestran una alta calidad en el plano periodístico, constituyen una visión del mundo contemporáneo así como de la vida particular del país y de la ciudad, ya sea en sus aspectos sociales, como en los políticos y culturales. Escritos con total dominio del español como lengua de comunicación en el mundo actual, algunos de estos artículos podrían estar en cualquier antología del periodismo ecuatoriano.”

José Serrano González: “EL AMOR ES LO MÁS ESENCIAL DE LA VIDA”

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Conocí a José Serrano González hacia mediados de los años noventa, cuando él era ya un intelectual reconocido, catedrático de larga data, escritor riguroso, de alta calidad, aunque de pocas publicaciones, y destacado juez de lo Penal en la provincia del Azuay.

Por entonces ambos manteníamos columnas de opinión en sendos diarios de la capital morlaca, lo cual nos haría coincidir en innumerables presentaciones de libros o de exposiciones artísticas, conferencias y todo tipo de acontecimientos culturales. Nació y se fue cultivando así una amistad cada vez más afianzada por largas horas de conversación sobre los más variados temas, pero especialmente sobre libros, su más grande pasión entre las cosas producidas por los seres humanos.

Su columna de opinión en diario El Tiempo la mantuvo hasta el último de los días, literalmente, pues su último artículo, titulado “El Muro”, se publicó el viernes 05 de julio de 2013, al día siguiente de su deceso. En ese breve ensayo, consciente de la proximidad de la hora final, el doctor Serrano revela su descubrimiento de la dimensión e importancia de la palabra para la vida y para la muerte de los seres humanos: “La palabra es un don supremo que el azar evolutivo nos ha otorgado. Gracias a ella nos libramos de la estricta animalidad y podemos razonar y formular ideas. Hablar es la primera necesidad del ser humano; por eso, quien no sabe hacerlo llora o grita”, expresa con lucidez una de las más preclaras inteligencias que ha tenido el Ecuador de las últimas décadas, en un artículo que es a la vez despedida de la vida, reafirmación de una filosofía personal, y legado para las nuevas generaciones.

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Nacido en Cuenca en el año 1942, fue hijo del abogado José Luis Serrano González, y desde los cinco años de edad vivió en Azogues, debido a que su padre obtuvo el cargo de juez en esa ciudad. En Azogues estudió hasta el primer año de colegio, que lo cursó en el “Juan Bautista Vázquez”, para luego trasladarse nuevamente a Cuenca, donde el siguiente periodo lo cursará en el “Benigno Malo”. Desde entonces estuvo permanentemente ligado a Azogues y el Cañar, donde conservó grandes amistades a través de los años, tanto en el ámbito cultural como en el jurídico.

En Azogues ejerció la profesión de abogado durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura, que años después presidirá: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien Pepe Serrano afirmaba que era sabio y tímido).

Por aquellos años salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los años noventa, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a Azogues hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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La familia de José Serrano González, en el homenaje póstumo que le rindió la Casa de la Cultura, Núcleo del Cañar, del cual fue presidente.

Pese a haber tenido un sobrio y prolífico talento como escritor, publicó muy poco, la mayoría textos de opinión en páginas de diarios y revistas. Fue siempre reacio a publicar, sobre todo en Cuenca, donde afirmaba que publicar incluso en los días actuales significa permanecer inédito a nivel del país. Escribió obras de prosa, ensayo, y una novela titulada “Roca dura”, que tampoco publicó.

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Fue prologuista de una extensa lista de publicaciones, sobre las que reconocía que quizá pueda haber pecado de generoso. Pensaba que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y actual Ministro del Interior; Jorge Luis, quien ha tenido un desempeño destacado al frente del Consejo Nacional de Cine y luego como Viceministro de Cultura; Juan Antonio, comunicador social y fotógrafo independiente, asesinado en el año 2012 en un confuso incidente; y Francisco Javier, ingeniero agropecuario.

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“A través de la palabra llegamos y nos vamos de este mundo. Cuando nos acercamos al final de la existencia nos damos cuenta de la aplastante realidad e importancia de las palabras para nuestra triste especie: son la vida después de la muerte, porque lo que hayamos dicho o escrito quedará como testimonio de nuestro paso por el mundo: las palabras detrás del muro reflejan nuestro ser, nos condicionan y representan desde el más allá”, fueron las últimas frases del último de sus artículos periodísticos. Una selección de aquellos textos, algunos de los cuales, en referencia a los amargos momentos que atravesó tras la muerte de su hijo, son desgarradores, se publicó poco tiempo antes de su partida bajo el título “La Vida y las Palabras”. Un año después, a través del sello editorial de la familia Serrano Salgado, se publicó de forma póstuma una nueva antología de sus escritos o micro-ensayos, como solía llamarles en ocasiones, esta vez titulada “La Montaña y la Llanura”. Ambas publicaciones reflejan no solo lo mejor del periodismo de opinión de factura cuencana en las últimas décadas, sino toda una filosofía de vida que deberíamos leer y releer para hacernos con una guía formada por las palabras y el pensamiento del formidable ser que fue Pepe Serrano.

Hombre que vivió la vida a plenitud y con deleite, saboreó sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. El último de los dolores, el asesinato de su hijo, fue demasiado para un padre que amó tanto a su familia, y lo fue sumiendo en la depresión y minando sus fuerzas para luchar por la vida frente a la enfermedad. Hace unos años se le detectó un linfoma, enfermedad que le hizo amar todavía más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales y materiales.

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Azogues, Cuenca, el Ecuador, perdieron uno de los intelectuales de mayor valía. Quienes le conocimos y tuvimos el privilegio de contarnos entre sus amigos, sentimos ese vacío frente al sinsentido de la muerte.En lo personal, le agradezco por esa cátedra de vida que fue siempre su palabra, su conversación, sus artículos, sus bromas, su permanente sentido del humor, sus ironías y provocaciones, así como su intolerancia a la falsedad y el engaño.

Pepe Serrano estaba plenamente de acuerdo con las palabras de Dante Alighieri, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. Esa es también una de sus lecciones, la de que el amor es lo que mueve el mundo, según me confesó al entrevistarlo hace unos años: “El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones”.

Fabián “Choquilla” Durán

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Los apodos suelen ser tomados con recelo, rechazo y molestia, sobre todo porque representan una puerta de entrada al incómodo y detestable reino de la burla pública, en especial cuando somos nosotros el objeto de ella. En Cuenca de los Andes, a diferencia de otras ciudades del Ecuador y el mundo, el apodo ha sido reivindicado como un elemento cultural más, que ha llegado a identificar a través del tiempo a generaciones enteras de una misma familia. Si por alguna circunstancia llega usted a pisar las calles cuencanas, o a encontrarse en algún punto del planeta con una persona oriunda de la capital azuaya, poco será lo que pueda obtener como respuesta si pregunta quién es Fabián Durán: Durán… Durán… a ver, a ver, sí… de los Durán de Baños ha de ser… ¿suquito él…? Mas, si en medio de la indagación se acuerda usted de que al susodicho le llaman Choquilla, entonces sí que tendrá no solo las referencias sino que prácticamente recibirá la más cálida de las bienvenidas.

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Fabián Durán… el Choquilla, el Choki, el Maestro Choko… es un personaje que forma parte del patrimonio cultural cuencano, de ese patrimonio intangible revelado en el talento artístico de su gente, y que en él se expresa a través de múltiples vertientes, tantas como las inquietudes humanas y necesidades vitales de expresión tiene este cuencano nacido en 1967 con piel color de chocolate. Por esa circunstancia, y por el aspecto estrafalario que ha gustado siempre lucir, una inocultable pinta de allacense, en Cuba lo creyeron un guajiro, en Brasil pasó por bahiano, en Francia lo confundieron con un árabe de origen marroquí, y en algún control policial norteño de su propio Ecuador fue tomado por extranjero ante la cédula de identidad olvidada o extraviada. Cuenta la leyenda convertida en cuento que habiéndose negado a cantar el himno nacional, y a punto de dar con su sistema óseo en la cárcel, solamente pudo salvarse tras cantar algún tema lastimero, inocultablemente ecuatoriano aunque fuese bolero cubano o vals peruano, del inmortal JJ, del sempiterno Julio Jaramillo.

Hacia comienzos de los años ochenta del siglo XX, los nenes ecuatorianos de entonces teníamos como una de las más deliciosas debilidades una crema de chocolate, llamada Choquilla […para chiquillos y chiquillas], que llegaba dentro de vasos de vidrio reutilizables, motivo por el cual era adquirido por las familias, era parte de la canasta familiar ecuatoriana, para regocijo de los peques, y con finalidades utilitarias ulteriores.

Fabián, que había recibido al nacer ya el apodo de piti (pequeño), estudiaba por entonces en el colegio Rafael Borja, institución católica cuencana tradicionalmente ligada a las clases altas y conservadoras. A manera de juego, algún otro estudiante le colocó un poco de chocolate choquilla sobre el brazo, y el asombro de los presentes fue enorme debido a que el chocolate y el tono de la piel de Fabián eran iguales, del mismo color, por lo que empezaron a decir que él estaba hecho de choquilla. Muchos años más tarde, en Brasil, comenzaron a llamarle Choco, y, en los barrios cuencanos donde ha vivido, Choqui… Hoy el producto ya ni siquiera está en el mercado, y lo más parecido se llama nutella, lo que en algún momento llegó a originar el rumor de que Choqui estaba traicionando a la choquilla… con la nutella…

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RAO: ¿Cuál fue la actividad a la que primero te dedicaste: el teatro o la música?

FCD: Pienso que teatro, en términos de voluntad de comunicación. Estudiaba Sociología, y también asistía a talleres de teatro, pero los horarios no coincidían. Quería estudiar agronomía, quería ser minero, al tiempo que leía de todo, con gran voracidad, especialmente literatura, y ya había visto unas tres obras de teatro. Vi a Pepe Morán hacer la obra El Ambulanteatro, en que interpretaba tres personajes de diferente condición.

Luego vi a Christoph Baumann y Tamara Navas, quienes me impresionaron. Fueron para mí lo máximo de lo máximo, y la comprobación de que no existen límites. Y, en medio, más lecturas, literatura, sociología, política, economía. También estudié literatura, con profesores como María Augusta Vintimilla y Sara Vanegas.

La primera vez que hubo un concurso de performances convocado por la Bienal, ganó la obra Los sentados, un happening mal planteado porque no sabía lo que era un happening, y yo lo tomé desde lo social. Necesitaba comunicar algo, yo escogí ese lenguaje. Hicimos una obra cuya trama giraba en torno al hallazgo de petróleo en el parque Calderón.

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¿Cómo empiezas a vincularte con el mundo del teatro?

Empecé a estudiar teatro en un taller con Felipe Serrano, que es la manera de empezar teatro y estudiarlo en América Latina. Fue mi primer taller de teatro. Su grupo se llamaba Giraluna. Acababa él de venir de México. Había ya un taller anterior, del que salían los mejores actores: Juana Estrella, Pablo Aguirre, Pablo Valverde. En el segundo taller estuvimos dos personas. Hicimos con Cecilia Sempértegui La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana, con dos presentaciones. Esa obra la dirigió Felipe, en la sala Alfonso Carrasco de la Casa de la Cultura.

¿Y cuándo se da el montaje de tu primera obra?

Otra de las presencias que me influyeron de manera decisiva fue la de Guido Navarro. Fue a partir de un taller dictado por él, que decidí montar mi propia obra de payasos, y con ella recorrí el país. Puedo decir que Guido transformó mi vida. Y había conocido también a Pablo y a Pancho Aguirre. Aquel fue el momento en el que descubrí el payaso, el bufón, y el cómo hacerlo solo. Eso fue antes de dedicarme al teatro antropológico con los alumnos de Diego Carrasco.

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¿En qué momento de tu vida sientes que has descubierto la música?

Fueron importantes mis amigos del grupo Raíces, del Perú. Con ellos aprendí a cantar, a rapear, a tocar el cajón peruano, la conga, el bongó. Junto a ellos tuve la oportunidad de ver a Chocolate, el máximo percutero peruano, que tocaba el cajón, el bongó y la campana.

¿Y tú decidiste entonces integrar la percusión al teatro?

Cuando vi el cajón peruano me dije: voy a construir uno. Y lo hice, con la ayuda de un amigo cuyo papá era carpintero. Hicimos un cajón ecuatoriano. Para escenificar mi obra El Hombre a Colores, usaba una vara, un palo normal, y el cajón ecuatoriano, con el que recorrí el país. En Quito, en La Carolina, vi muchas veces a Michelena. Ahí presentábamos la obra con los peruanos. De pronto iba caminando en Quito con mi cajón, cuando veo a Lucho Sandoval, de Milenio y Kimba Fá, y él me preguntó, curioso, por el instrumento. Yo le dije que era un cajón ecuatoriano… Fue con ellos con quienes vi la integración de la música y el teatro. El instrumento es mucho más que un objeto. Los percusionistas decimos que el instrumento son las manos. En las obras que hacíamos con Felipe también incorporábamos percusión, pantomima, lenguaje de payasos, mimo, una especie de explosión de caja negra.

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En su departamento hay que quitarse los zapatos para entrar. Seguir el hilo de la conversación requiere de un gran esfuerzo de transcripción ante el torrente verbal y temático que, como laberínticas historias de Las Mil y Una Noches, emerge de Choko. La entrevista transcurre con las canciones sentidas y reflexivas del tico Diego Sojo como fondo musical, y en el aire las volutas informes del humo de inciensos con los que intentamos disimular cierta relajante combustión previa. Sobre el piso, esteras de paja toquilla hacen las veces de confortable alfombra, y por todos lados se siente uno observado, cuando no llamado, por cuadros suyos, fotografías de sus personajes, congas, instrumentos raros, guitarra, plantas, discos, estantes con libros en francés y español, biribiros, charangos, tótems.

Hubo una época intensa en la que nuestro personaje hacía teatro y música, participando en obras como la recordada Puff a la Yoni, adaptada por Juan Andrade del escatológico cuento El hombre que era una fábrica, texto del brasileño Augusto Boal que en Cuenca conocimos gracias a la traducción que hiciera Alfonso Carrasco Vintimilla, y luego publicó la Casa de la Cultura en la colección Libros para el Pueblo. Fabián tocaba por entonces un cununo y otros tambores. Su banda, en la que tenían una participación destacada Gregorio Delabre y Neide Gómez, se llamaba Disyuntiva, porque iban a tocar en el Museo Municipal de Arte Moderno y carecían de un nombre, así que estaban en la disyuntiva de elegir uno…

Viajero incansable, cuando niño vivió durante tres años en Panamá, donde vio de cerca el mundo afro, y uno de sus lejanos recuerdos lo evoca perdido durante la celebración masiva de alguno de los carnavales del istmo. Mas, de manera consciente, afirma, el primer país adonde viaja es Francia, en el año 1992. En el aeropuerto compra un diccionario que iba leyendo en el avión. La idea era fundar una banda de música en Europa, proyecto que surgió a raíz del estudio de la percusión que comienza junto con Calín Carpio. Ante el enorme proyecto que esa iniciativa supuso, Choko decide comprar una bicicleta y comienza a viajar por el sur de Francia. Durante un lapso aproximado de dos años y medio se dedicará a presentar números de payasos en la calle, animaciones en cumpleaños, y participación en festivales, a la par que experimentará lo que es vivir en el campo.

De regreso se encuentra con músicos como Renato Zamora y Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y forman La Teremenda Banda, con los músicos de Sobrepeso. La música que comienza a sonar se convierte en rock de fusión, propósito para el cual contaban también con la participación de Robin Young.

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¿Cómo se da tu acercamiento al saxofón, instrumento que, como otros de viento o percusión, han formado parte de la leyenda del músico Choquilla?

Fue en una comunidad campesina donde empecé a tocar el saxofón. Era la época de la guerra en los territorios de la ex Yugoslavia, y andaba por las calles, plazas y mercados franceses presentando mi propuesta. Muchas personas de origen árabe, creyéndome marroquí, se dirigían a mí hablándome en el idioma de Mahoma.

Mas, la música le llega también a través de la sangre: Fabián es sobrino nieto de quien fuera uno de los más importantes compositores ecuatorianos, el músico azuayo Corsino Durán (1911-1975). Estudiará trompeta en el conservatorio “José María Rodríguez”, en Cuenca, y luego tomará clases de saxo con el maestro Arturo Sacks. Al regresar de Francia, con Juan Andrade prepara la obra La Chunga. Para entonces se transforma el proyecto, y encontramos a Choco haciendo rock y salsa, y componiendo algunos de sus primeros temas. No resulta la obra, ante lo cual cambia la idea: Choko había visto funciones de teatro y música en la calle, y cosas como lo que hace el Circo del Sol, que hoy se aplican ya en el Ecuador, con auspicio oficial y objetivos sociales.

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CHOQUILLA POR EL CHOKO MISMO

  • Pide una batería en navidad, le dan una trompeta. Inicia estudios de sociología, termina de payaso en las calles del sur de Francia. A su retorno, adoptado por la percusión, crea la Tere Menda: banda de rock fusión, con Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y Renato Zamora.
  • Se refugia en Quito, donde hace la música de la obra de teatro “Pedro de Algarete” (dirección Guido Navarro)
  • En Cuenca funda La Bandada de la Madre, con Juan Andrade, Mauricio Torres, Reynel Alvarado, Freddy Sinche, Carlos Gallegos, Willy de Black, Chapico Cáceres, etc.
  • Estudia percusión en el Instituto Superior de La Habana, acolado por la Unesco.
  • Hace la música para las siguientes obras de teatro: Asudiansam, vine para preguntar, dirigida por Diego Carrasco; “Brujas empijamadas”, con Gordo Calle y Clowndestinos); Jukumari, con German Bravo, y la dirección de Jaime Garrido, de Hijos del Sur.
  • Película “Traficombo”, dirigida por Pedro Andrade.
  • Es parte de La Trova de los Cuatro Ríos, con Diego Sojo, Pablo Íñiguez y Juan Granda. Abre los conciertos de Alejandro Filio (México) y Frank Delgado (Cuba).
  • Discos: Suena Choko 1998-2003 y Batiendo el Viento 2005.
  • Libros: El Bicho Raro y Los Animalos (cuentos para niños)
  • En el año 2009 interpreta sus temas y otros con el grupo Ponte 11, integrado por Daniel Mosquera, Boris Bennet y Josué Peña. Poco a poco irá incorporando a su espectáculo elementos culturales como la marimba y las leyendas afroecuatorianas.

¿En qué momento aparece La Bandada de la Madre?

El 6 de enero de 1997, en la tradicional celebración cuencana por el Día de Santos Inocentes, salimos a la calle presentando una comparsa Felipe Serrano, Juan Andrade, Daniel Berrezueta y yo. Impresionada, mucha gente ve al grupo de disfrazados haciendo cosas locas, llamando la atención, divirtiendo a un público que no había visto algo así por estos lares hasta entonces. Un mes más tarde, el 5 de febrero, el grupo participa de forma activa durante la jornada de protesta que terminó con la caída de Abdalá Bucaram. Las presentaciones tuvieron lugar en el Parque de la Madre durante dos días. A partir de entonces La Bandada de la Madre comienza a ganar presencia y a consolidarse, mientras se iba sumando gente como Freddy Sinche, Miguel (Migas), Karina Prezioso, Willy de Black, entre otros.

¿Es verdad que participaron en el Festival OTI de la Canción?

En abril, María Rosa Crespo, presidente de la Casa de la Cultura del Azuay, nos ofrece auspicio para el vestuario, y con ese pretexto la CCE comienza a proporcionarnos apoyo y aval institucionales. Se da inicio así a una de las épocas más interesantes en la historia de la agrupación, hasta el punto de que La Bandada de la Madre es invitada a participar en el Festival OTI de la Canción. Participábamos en Navidad en el Pase del Niño Viajero, con música navideña con toques contemporáneos, y luego se suma gente como Johnny Camión Íñiguez y el ambateño Carlos Freire. Cuando ya habíamos preparado todo para la participación en el festival, nos dijeron que el cupo estaba lleno..., pero que estábamos invitados a tocar aquella canción del Sanjuanito Rap, mientras el jurado deliberaba.

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Al parecer el trabajo de La Bandada influyó mucho en los colegios y sus bandas de guerra…

Fueron unos dos años de trabajo de La Bandada que se fue deshojando en batucadas. El colegio Porvenir nos contrató para entrenar a un grupo de estudiantes, y con ello surgió un espacio de investigación y formación compartido con Willy De Black, Chapico Cáceres, Freddy Abad y Freddy Cabrera. En el Porvenir se funda La Bandada de la Paz. Desde luego, musicalmente mejora muchísimo la propuesta, de tal manera que cada grupo tiene hoy su expresión definida. Así, el Técnico Salesiano tiene una sonoridad con alto grado de pureza, mientras en el Borja es como una alternativa de deporte casa. Pero algunos colegios contaban con tambores empaquetados y nadie los usaba.

¿Cuál es tu interpretación de la fuerza y la diversión que están presentes en el elemento batucada…?

Se trata de una actividad juvenil-infantil, que básicamente es un juego. Es una batería que tocamos todos. Quien está dentro lo vive, y quien está fuera lo puede interpretar a su manera. La percusión es fuerza y ternura. Hay muchas batucadas feísimas y nada didácticas. En La Bandada de la Madre el instrumento era un rito. Por ejemplo, hay toda una historia en torno al bombo del grupo, que alguna vez fue robado y su recuperación representó una auténtica aventura con sustos y carreras incluidos, además de una travesía entre los ríos Tomebamba y Yanuncay.

Hubo sectores y grupos en Cuenca que no vieron con buenos ojos la irrupción sonora de las batucadas, que eran vistas como elementos culturales extraños…

Las batucadas contienen danza y ritmo, y cuentan una historia, un tema colectivo. Son una especie de rito inicial. Muchos piensan que es Brasil la inspiración, pero hasta los brasileños saben que todo viene de las tribus amazónicas: el sincretismo de lo indígena con lo africano y lo europeo. Desde nuestra visión, las bandas de guerra son un ejercicio monotemático que podría ser más diverso. Queríamos fusionar el personaje militar con el mestizo andante del Pase del Niño, y con lo contemporáneo y global, que puede ser cualquier lugar y cultura.

¿Y las composiciones de Choko, que La Bandada grabaría tiempo después?

La Bandada seguía ensayando en el Parque de la Madre. Nos convertimos no solo en un grupo sino en un movimiento, que estaba vinculado a otras cosas. A continuación llega Diego Sojo, como voluntario de reportero, para hacer un reportaje sobre La Bandada para una revista llamada Justicia y Paz. Diego nos entrevista, y nosotros felices, y luego hicimos con él un recital de vientos y canciones. A raíz de que Juan se hace cargo de la parte escénica, yo asumo lo concerniente a la parte musical, y empiezo a componer bastantes temas en el grupo. Además me piden que me haga cargo de una obra de teatro, cuya dirección compartimos con Diego Carrasco. Con La Bandada de la Madre inventamos algunas canciones, como Desayunando San Juan, Sopa Fría, Pedro no tiene amigos, que sale de la obra que intentamos montar con Guido Navarro, y no se hizo pero quedó la música.

La leyenda cuenta que estuviste también en Cuba aprendiendo percusión…

Lo de Cuba originalmente estaba previsto que se hiciera en tierras africanas, concretamente en Senegal, país al que me disponía a viajar para tomar una beca de la Unesco, que había ganado, con el propósito de estudiar percusión. Por alguna razón que no llegué a conocer, la sede se cambió a Cuba, donde permanecí por un lapso de cinco meses, estudiando percusión en el Instituto Superior de La Habana. Durante ese tiempo, La Bandada quedó a cargo de los árboles del parque, algunos de los cuales fueron talados tiempo después para construir un parqueadero subterráneo.

Testimoniar la vida de este juglar del siglo XXI no es tarea fácil. Más de treinta años de incansable actividad, de permanente creación y producción que no se han restringido a un mismo tipo de expresión artística. En Choquilla podemos hallar al bufón, al payaso, pero también al músico que domina diferentes instrumentos, al actor y director de teatro, al compositor de temas contagiosos, pegajosos, que al mismo tiempo mueven a la reflexión, al artista plástica que elabora máscaras con expresiones disímiles.

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Juan Andrade, Willy De Black, Rodrigo Aguilar, Fabián “Choquilla” Durán

Un día de aquella época de transición entre los dos siglos, nos agolpamos en el teatro Casa de la Cultura para escuchar el recital, por primera vez en Cuenca y el Ecuador, del cantautor mexicano Alejandro Filio. Quien hizo las veces de telonero fue, para sorpresa de algunos, el mismísimo Choquilla y su espectáculo. Indiferente era imposible quedarse. Entre la fuerza de sus letras y ritmos, y el tambalearse de su voz en medio de la afinación y el destemple, ahora teníamos también a un cantautor que además impulsaba la nueva canción en la ciudad, y, sobre todo, contaba historias a través de sus temas, es decir, tenía historias que contar de eso que llaman contenido social… y lo hacía con ritmo y melodía. Para tal despropósito comercial le acompañaron el cantautor costarricense Diego Sojo, y los morlacos Juan Granda y Pablo Íñiguez, como parte de lo que por un tiempo sería La Trova de los Cuatro Ríos.

Poco tiempo atrás, La Bandada tuvo además la oportunidad de presentarse en México, una vez terminado el compromiso con La Pastorela, que musicalizaron: “El entonces Embajador del Ecuador, Gustavo Vega-Delgado, invitó a la agrupación para presentar la obra en una de las tantas cárceles que los Estados Unidos ha construido en México para detener a los inmigrantes ecuatorianos, y así evitarse el gasto y la molestia de llevarlos a territorio yanqui, en una gira memorable llena de anécdotas de todo tipo. ¡Esto fue memorable! Pedro Andrade, que estaba allí como reportero, quiso testimoniarlo, pero su cámara se estropeó…”

Hacia 2009, Héctor Napolitano lo llamó para tocar acompañándole durante una de sus presentaciones en Cuenca, recital que, como no podría esperarse de otra manera, se llevaría a cabo en un lugar nada convencional: un prostíbulo.

Y así ha ido pasando el tiempo también para el sempiterno Choqui. Hoy la maraña de sus rizos enormes pinta ya numerosas canas, a la vez que las fronteras de sus inquietudes artísticas han ido abriéndose hasta incorporar elementos orales y musicales e instrumentos como la marimba y sus ritmos, y las historias y leyendas que, como parte de la cultura afroesmeraldeña, integran también el legado cultural ecuatoriano y latinoamericano. En las pausas breves entre conciertos y giras, viajes y estudios, Fabián ha publicado libros como “Los Animalos”, dirigido a público infantil y cuya edición está prácticamente agotada; ha incursionado en el mundo de la creación plástica, con pinturas y máscaras que llegaron a exponerse en salas de museos como el Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares CIDAP; y, también, de la mano de personas como la voluntaria francesa Magally, conocerá la grandeza del amor y quizá también la gama ancha de sus veleidades.

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Otro día de aquellos, algunos de los más cercanos a Choquilla recibimos por correo electrónico la petición de revisar el archivo adjunto, que contenía su tesis sobre música popular en la que, además, él mismo y su experiencia mágica, artística y profesional eran el eje temático. Y, pocos meses después, supimos con agradable sorpresa que Choquilla, el maestro Choko, el Choqui, acababa de convertirse, en torno a la quinta década de su vida, en el Licenciado Chokotrón.

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