Fabián “Choquilla” Durán

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Los apodos suelen ser tomados con recelo, rechazo y molestia, sobre todo porque representan una puerta de entrada al incómodo y detestable reino de la burla pública, en especial cuando somos nosotros el objeto de ella. En Cuenca de los Andes, a diferencia de otras ciudades del Ecuador y el mundo, el apodo ha sido reivindicado como un elemento cultural más, que ha llegado a identificar a través del tiempo a generaciones enteras de una misma familia. Si por alguna circunstancia llega usted a pisar las calles cuencanas, o a encontrarse en algún punto del planeta con una persona oriunda de la capital azuaya, poco será lo que pueda obtener como respuesta si pregunta quién es Fabián Durán: Durán… Durán… a ver, a ver, sí… de los Durán de Baños ha de ser… ¿suquito él…? Mas, si en medio de la indagación se acuerda usted de que al susodicho le llaman Choquilla, entonces sí que tendrá no solo las referencias sino que prácticamente recibirá la más cálida de las bienvenidas.

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Fabián Durán… el Choquilla, el Choki, el Maestro Choko… es un personaje que forma parte del patrimonio cultural cuencano, de ese patrimonio intangible revelado en el talento artístico de su gente, y que en él se expresa a través de múltiples vertientes, tantas como las inquietudes humanas y necesidades vitales de expresión tiene este cuencano nacido en 1967 con piel color de chocolate. Por esa circunstancia, y por el aspecto estrafalario que ha gustado siempre lucir, una inocultable pinta de allacense, en Cuba lo creyeron un guajiro, en Brasil pasó por bahiano, en Francia lo confundieron con un árabe de origen marroquí, y en algún control policial norteño de su propio Ecuador fue tomado por extranjero ante la cédula de identidad olvidada o extraviada. Cuenta la leyenda convertida en cuento que habiéndose negado a cantar el himno nacional, y a punto de dar con su sistema óseo en la cárcel, solamente pudo salvarse tras cantar algún tema lastimero, inocultablemente ecuatoriano aunque fuese bolero cubano o vals peruano, del inmortal JJ, del sempiterno Julio Jaramillo.

Hacia comienzos de los años ochenta del siglo XX, los nenes ecuatorianos de entonces teníamos como una de las más deliciosas debilidades una crema de chocolate, llamada Choquilla […para chiquillos y chiquillas], que llegaba dentro de vasos de vidrio reutilizables, motivo por el cual era adquirido por las familias, era parte de la canasta familiar ecuatoriana, para regocijo de los peques, y con finalidades utilitarias ulteriores.

Fabián, que había recibido al nacer ya el apodo de piti (pequeño), estudiaba por entonces en el colegio Rafael Borja, institución católica cuencana tradicionalmente ligada a las clases altas y conservadoras. A manera de juego, algún otro estudiante le colocó un poco de chocolate choquilla sobre el brazo, y el asombro de los presentes fue enorme debido a que el chocolate y el tono de la piel de Fabián eran iguales, del mismo color, por lo que empezaron a decir que él estaba hecho de choquilla. Muchos años más tarde, en Brasil, comenzaron a llamarle Choco, y, en los barrios cuencanos donde ha vivido, Choqui… Hoy el producto ya ni siquiera está en el mercado, y lo más parecido se llama nutella, lo que en algún momento llegó a originar el rumor de que Choqui estaba traicionando a la choquilla… con la nutella…

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RAO: ¿Cuál fue la actividad a la que primero te dedicaste: el teatro o la música?

FCD: Pienso que teatro, en términos de voluntad de comunicación. Estudiaba Sociología, y también asistía a talleres de teatro, pero los horarios no coincidían. Quería estudiar agronomía, quería ser minero, al tiempo que leía de todo, con gran voracidad, especialmente literatura, y ya había visto unas tres obras de teatro. Vi a Pepe Morán hacer la obra El Ambulanteatro, en que interpretaba tres personajes de diferente condición.

Luego vi a Christoph Baumann y Tamara Navas, quienes me impresionaron. Fueron para mí lo máximo de lo máximo, y la comprobación de que no existen límites. Y, en medio, más lecturas, literatura, sociología, política, economía. También estudié literatura, con profesores como María Augusta Vintimilla y Sara Vanegas.

La primera vez que hubo un concurso de performances convocado por la Bienal, ganó la obra Los sentados, un happening mal planteado porque no sabía lo que era un happening, y yo lo tomé desde lo social. Necesitaba comunicar algo, yo escogí ese lenguaje. Hicimos una obra cuya trama giraba en torno al hallazgo de petróleo en el parque Calderón.

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¿Cómo empiezas a vincularte con el mundo del teatro?

Empecé a estudiar teatro en un taller con Felipe Serrano, que es la manera de empezar teatro y estudiarlo en América Latina. Fue mi primer taller de teatro. Su grupo se llamaba Giraluna. Acababa él de venir de México. Había ya un taller anterior, del que salían los mejores actores: Juana Estrella, Pablo Aguirre, Pablo Valverde. En el segundo taller estuvimos dos personas. Hicimos con Cecilia Sempértegui La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana, con dos presentaciones. Esa obra la dirigió Felipe, en la sala Alfonso Carrasco de la Casa de la Cultura.

¿Y cuándo se da el montaje de tu primera obra?

Otra de las presencias que me influyeron de manera decisiva fue la de Guido Navarro. Fue a partir de un taller dictado por él, que decidí montar mi propia obra de payasos, y con ella recorrí el país. Puedo decir que Guido transformó mi vida. Y había conocido también a Pablo y a Pancho Aguirre. Aquel fue el momento en el que descubrí el payaso, el bufón, y el cómo hacerlo solo. Eso fue antes de dedicarme al teatro antropológico con los alumnos de Diego Carrasco.

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¿En qué momento de tu vida sientes que has descubierto la música?

Fueron importantes mis amigos del grupo Raíces, del Perú. Con ellos aprendí a cantar, a rapear, a tocar el cajón peruano, la conga, el bongó. Junto a ellos tuve la oportunidad de ver a Chocolate, el máximo percutero peruano, que tocaba el cajón, el bongó y la campana.

¿Y tú decidiste entonces integrar la percusión al teatro?

Cuando vi el cajón peruano me dije: voy a construir uno. Y lo hice, con la ayuda de un amigo cuyo papá era carpintero. Hicimos un cajón ecuatoriano. Para escenificar mi obra El Hombre a Colores, usaba una vara, un palo normal, y el cajón ecuatoriano, con el que recorrí el país. En Quito, en La Carolina, vi muchas veces a Michelena. Ahí presentábamos la obra con los peruanos. De pronto iba caminando en Quito con mi cajón, cuando veo a Lucho Sandoval, de Milenio y Kimba Fá, y él me preguntó, curioso, por el instrumento. Yo le dije que era un cajón ecuatoriano… Fue con ellos con quienes vi la integración de la música y el teatro. El instrumento es mucho más que un objeto. Los percusionistas decimos que el instrumento son las manos. En las obras que hacíamos con Felipe también incorporábamos percusión, pantomima, lenguaje de payasos, mimo, una especie de explosión de caja negra.

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En su departamento hay que quitarse los zapatos para entrar. Seguir el hilo de la conversación requiere de un gran esfuerzo de transcripción ante el torrente verbal y temático que, como laberínticas historias de Las Mil y Una Noches, emerge de Choko. La entrevista transcurre con las canciones sentidas y reflexivas del tico Diego Sojo como fondo musical, y en el aire las volutas informes del humo de inciensos con los que intentamos disimular cierta relajante combustión previa. Sobre el piso, esteras de paja toquilla hacen las veces de confortable alfombra, y por todos lados se siente uno observado, cuando no llamado, por cuadros suyos, fotografías de sus personajes, congas, instrumentos raros, guitarra, plantas, discos, estantes con libros en francés y español, biribiros, charangos, tótems.

Hubo una época intensa en la que nuestro personaje hacía teatro y música, participando en obras como la recordada Puff a la Yoni, adaptada por Juan Andrade del escatológico cuento El hombre que era una fábrica, texto del brasileño Augusto Boal que en Cuenca conocimos gracias a la traducción que hiciera Alfonso Carrasco Vintimilla, y luego publicó la Casa de la Cultura en la colección Libros para el Pueblo. Fabián tocaba por entonces un cununo y otros tambores. Su banda, en la que tenían una participación destacada Gregorio Delabre y Neide Gómez, se llamaba Disyuntiva, porque iban a tocar en el Museo Municipal de Arte Moderno y carecían de un nombre, así que estaban en la disyuntiva de elegir uno…

Viajero incansable, cuando niño vivió durante tres años en Panamá, donde vio de cerca el mundo afro, y uno de sus lejanos recuerdos lo evoca perdido durante la celebración masiva de alguno de los carnavales del istmo. Mas, de manera consciente, afirma, el primer país adonde viaja es Francia, en el año 1992. En el aeropuerto compra un diccionario que iba leyendo en el avión. La idea era fundar una banda de música en Europa, proyecto que surgió a raíz del estudio de la percusión que comienza junto con Calín Carpio. Ante el enorme proyecto que esa iniciativa supuso, Choko decide comprar una bicicleta y comienza a viajar por el sur de Francia. Durante un lapso aproximado de dos años y medio se dedicará a presentar números de payasos en la calle, animaciones en cumpleaños, y participación en festivales, a la par que experimentará lo que es vivir en el campo.

De regreso se encuentra con músicos como Renato Zamora y Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y forman La Teremenda Banda, con los músicos de Sobrepeso. La música que comienza a sonar se convierte en rock de fusión, propósito para el cual contaban también con la participación de Robin Young.

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¿Cómo se da tu acercamiento al saxofón, instrumento que, como otros de viento o percusión, han formado parte de la leyenda del músico Choquilla?

Fue en una comunidad campesina donde empecé a tocar el saxofón. Era la época de la guerra en los territorios de la ex Yugoslavia, y andaba por las calles, plazas y mercados franceses presentando mi propuesta. Muchas personas de origen árabe, creyéndome marroquí, se dirigían a mí hablándome en el idioma de Mahoma.

Mas, la música le llega también a través de la sangre: Fabián es sobrino nieto de quien fuera uno de los más importantes compositores ecuatorianos, el músico azuayo Corsino Durán (1911-1975). Estudiará trompeta en el conservatorio “José María Rodríguez”, en Cuenca, y luego tomará clases de saxo con el maestro Arturo Sacks. Al regresar de Francia, con Juan Andrade prepara la obra La Chunga. Para entonces se transforma el proyecto, y encontramos a Choco haciendo rock y salsa, y componiendo algunos de sus primeros temas. No resulta la obra, ante lo cual cambia la idea: Choko había visto funciones de teatro y música en la calle, y cosas como lo que hace el Circo del Sol, que hoy se aplican ya en el Ecuador, con auspicio oficial y objetivos sociales.

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CHOQUILLA POR EL CHOKO MISMO

  • Pide una batería en navidad, le dan una trompeta. Inicia estudios de sociología, termina de payaso en las calles del sur de Francia. A su retorno, adoptado por la percusión, crea la Tere Menda: banda de rock fusión, con Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y Renato Zamora.
  • Se refugia en Quito, donde hace la música de la obra de teatro “Pedro de Algarete” (dirección Guido Navarro)
  • En Cuenca funda La Bandada de la Madre, con Juan Andrade, Mauricio Torres, Reynel Alvarado, Freddy Sinche, Carlos Gallegos, Willy de Black, Chapico Cáceres, etc.
  • Estudia percusión en el Instituto Superior de La Habana, acolado por la Unesco.
  • Hace la música para las siguientes obras de teatro: Asudiansam, vine para preguntar, dirigida por Diego Carrasco; “Brujas empijamadas”, con Gordo Calle y Clowndestinos); Jukumari, con German Bravo, y la dirección de Jaime Garrido, de Hijos del Sur.
  • Película “Traficombo”, dirigida por Pedro Andrade.
  • Es parte de La Trova de los Cuatro Ríos, con Diego Sojo, Pablo Íñiguez y Juan Granda. Abre los conciertos de Alejandro Filio (México) y Frank Delgado (Cuba).
  • Discos: Suena Choko 1998-2003 y Batiendo el Viento 2005.
  • Libros: El Bicho Raro y Los Animalos (cuentos para niños)
  • En el año 2009 interpreta sus temas y otros con el grupo Ponte 11, integrado por Daniel Mosquera, Boris Bennet y Josué Peña. Poco a poco irá incorporando a su espectáculo elementos culturales como la marimba y las leyendas afroecuatorianas.

¿En qué momento aparece La Bandada de la Madre?

El 6 de enero de 1997, en la tradicional celebración cuencana por el Día de Santos Inocentes, salimos a la calle presentando una comparsa Felipe Serrano, Juan Andrade, Daniel Berrezueta y yo. Impresionada, mucha gente ve al grupo de disfrazados haciendo cosas locas, llamando la atención, divirtiendo a un público que no había visto algo así por estos lares hasta entonces. Un mes más tarde, el 5 de febrero, el grupo participa de forma activa durante la jornada de protesta que terminó con la caída de Abdalá Bucaram. Las presentaciones tuvieron lugar en el Parque de la Madre durante dos días. A partir de entonces La Bandada de la Madre comienza a ganar presencia y a consolidarse, mientras se iba sumando gente como Freddy Sinche, Miguel (Migas), Karina Prezioso, Willy de Black, entre otros.

¿Es verdad que participaron en el Festival OTI de la Canción?

En abril, María Rosa Crespo, presidente de la Casa de la Cultura del Azuay, nos ofrece auspicio para el vestuario, y con ese pretexto la CCE comienza a proporcionarnos apoyo y aval institucionales. Se da inicio así a una de las épocas más interesantes en la historia de la agrupación, hasta el punto de que La Bandada de la Madre es invitada a participar en el Festival OTI de la Canción. Participábamos en Navidad en el Pase del Niño Viajero, con música navideña con toques contemporáneos, y luego se suma gente como Johnny Camión Íñiguez y el ambateño Carlos Freire. Cuando ya habíamos preparado todo para la participación en el festival, nos dijeron que el cupo estaba lleno..., pero que estábamos invitados a tocar aquella canción del Sanjuanito Rap, mientras el jurado deliberaba.

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Al parecer el trabajo de La Bandada influyó mucho en los colegios y sus bandas de guerra…

Fueron unos dos años de trabajo de La Bandada que se fue deshojando en batucadas. El colegio Porvenir nos contrató para entrenar a un grupo de estudiantes, y con ello surgió un espacio de investigación y formación compartido con Willy De Black, Chapico Cáceres, Freddy Abad y Freddy Cabrera. En el Porvenir se funda La Bandada de la Paz. Desde luego, musicalmente mejora muchísimo la propuesta, de tal manera que cada grupo tiene hoy su expresión definida. Así, el Técnico Salesiano tiene una sonoridad con alto grado de pureza, mientras en el Borja es como una alternativa de deporte casa. Pero algunos colegios contaban con tambores empaquetados y nadie los usaba.

¿Cuál es tu interpretación de la fuerza y la diversión que están presentes en el elemento batucada…?

Se trata de una actividad juvenil-infantil, que básicamente es un juego. Es una batería que tocamos todos. Quien está dentro lo vive, y quien está fuera lo puede interpretar a su manera. La percusión es fuerza y ternura. Hay muchas batucadas feísimas y nada didácticas. En La Bandada de la Madre el instrumento era un rito. Por ejemplo, hay toda una historia en torno al bombo del grupo, que alguna vez fue robado y su recuperación representó una auténtica aventura con sustos y carreras incluidos, además de una travesía entre los ríos Tomebamba y Yanuncay.

Hubo sectores y grupos en Cuenca que no vieron con buenos ojos la irrupción sonora de las batucadas, que eran vistas como elementos culturales extraños…

Las batucadas contienen danza y ritmo, y cuentan una historia, un tema colectivo. Son una especie de rito inicial. Muchos piensan que es Brasil la inspiración, pero hasta los brasileños saben que todo viene de las tribus amazónicas: el sincretismo de lo indígena con lo africano y lo europeo. Desde nuestra visión, las bandas de guerra son un ejercicio monotemático que podría ser más diverso. Queríamos fusionar el personaje militar con el mestizo andante del Pase del Niño, y con lo contemporáneo y global, que puede ser cualquier lugar y cultura.

¿Y las composiciones de Choko, que La Bandada grabaría tiempo después?

La Bandada seguía ensayando en el Parque de la Madre. Nos convertimos no solo en un grupo sino en un movimiento, que estaba vinculado a otras cosas. A continuación llega Diego Sojo, como voluntario de reportero, para hacer un reportaje sobre La Bandada para una revista llamada Justicia y Paz. Diego nos entrevista, y nosotros felices, y luego hicimos con él un recital de vientos y canciones. A raíz de que Juan se hace cargo de la parte escénica, yo asumo lo concerniente a la parte musical, y empiezo a componer bastantes temas en el grupo. Además me piden que me haga cargo de una obra de teatro, cuya dirección compartimos con Diego Carrasco. Con La Bandada de la Madre inventamos algunas canciones, como Desayunando San Juan, Sopa Fría, Pedro no tiene amigos, que sale de la obra que intentamos montar con Guido Navarro, y no se hizo pero quedó la música.

La leyenda cuenta que estuviste también en Cuba aprendiendo percusión…

Lo de Cuba originalmente estaba previsto que se hiciera en tierras africanas, concretamente en Senegal, país al que me disponía a viajar para tomar una beca de la Unesco, que había ganado, con el propósito de estudiar percusión. Por alguna razón que no llegué a conocer, la sede se cambió a Cuba, donde permanecí por un lapso de cinco meses, estudiando percusión en el Instituto Superior de La Habana. Durante ese tiempo, La Bandada quedó a cargo de los árboles del parque, algunos de los cuales fueron talados tiempo después para construir un parqueadero subterráneo.

Testimoniar la vida de este juglar del siglo XXI no es tarea fácil. Más de treinta años de incansable actividad, de permanente creación y producción que no se han restringido a un mismo tipo de expresión artística. En Choquilla podemos hallar al bufón, al payaso, pero también al músico que domina diferentes instrumentos, al actor y director de teatro, al compositor de temas contagiosos, pegajosos, que al mismo tiempo mueven a la reflexión, al artista plástica que elabora máscaras con expresiones disímiles.

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Juan Andrade, Willy De Black, Rodrigo Aguilar, Fabián “Choquilla” Durán

Un día de aquella época de transición entre los dos siglos, nos agolpamos en el teatro Casa de la Cultura para escuchar el recital, por primera vez en Cuenca y el Ecuador, del cantautor mexicano Alejandro Filio. Quien hizo las veces de telonero fue, para sorpresa de algunos, el mismísimo Choquilla y su espectáculo. Indiferente era imposible quedarse. Entre la fuerza de sus letras y ritmos, y el tambalearse de su voz en medio de la afinación y el destemple, ahora teníamos también a un cantautor que además impulsaba la nueva canción en la ciudad, y, sobre todo, contaba historias a través de sus temas, es decir, tenía historias que contar de eso que llaman contenido social… y lo hacía con ritmo y melodía. Para tal despropósito comercial le acompañaron el cantautor costarricense Diego Sojo, y los morlacos Juan Granda y Pablo Íñiguez, como parte de lo que por un tiempo sería La Trova de los Cuatro Ríos.

Poco tiempo atrás, La Bandada tuvo además la oportunidad de presentarse en México, una vez terminado el compromiso con La Pastorela, que musicalizaron: “El entonces Embajador del Ecuador, Gustavo Vega-Delgado, invitó a la agrupación para presentar la obra en una de las tantas cárceles que los Estados Unidos ha construido en México para detener a los inmigrantes ecuatorianos, y así evitarse el gasto y la molestia de llevarlos a territorio yanqui, en una gira memorable llena de anécdotas de todo tipo. ¡Esto fue memorable! Pedro Andrade, que estaba allí como reportero, quiso testimoniarlo, pero su cámara se estropeó…”

Hacia 2009, Héctor Napolitano lo llamó para tocar acompañándole durante una de sus presentaciones en Cuenca, recital que, como no podría esperarse de otra manera, se llevaría a cabo en un lugar nada convencional: un prostíbulo.

Y así ha ido pasando el tiempo también para el sempiterno Choqui. Hoy la maraña de sus rizos enormes pinta ya numerosas canas, a la vez que las fronteras de sus inquietudes artísticas han ido abriéndose hasta incorporar elementos orales y musicales e instrumentos como la marimba y sus ritmos, y las historias y leyendas que, como parte de la cultura afroesmeraldeña, integran también el legado cultural ecuatoriano y latinoamericano. En las pausas breves entre conciertos y giras, viajes y estudios, Fabián ha publicado libros como “Los Animalos”, dirigido a público infantil y cuya edición está prácticamente agotada; ha incursionado en el mundo de la creación plástica, con pinturas y máscaras que llegaron a exponerse en salas de museos como el Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares CIDAP; y, también, de la mano de personas como la voluntaria francesa Magally, conocerá la grandeza del amor y quizá también la gama ancha de sus veleidades.

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Otro día de aquellos, algunos de los más cercanos a Choquilla recibimos por correo electrónico la petición de revisar el archivo adjunto, que contenía su tesis sobre música popular en la que, además, él mismo y su experiencia mágica, artística y profesional eran el eje temático. Y, pocos meses después, supimos con agradable sorpresa que Choquilla, el maestro Choko, el Choqui, acababa de convertirse, en torno a la quinta década de su vida, en el Licenciado Chokotrón.

Cuenca de los Andes

Diego Sojo: un trovador consecuente con su canto

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Sin haber tenido mayores referentes de su actividad musical, imaginaba siempre que era uno de tantos trovadores centroamericanos recorriendo el mundo con can­ciones que nunca saldrían del anonimato. Hace algún tiempo me visitó para anunciar un concierto y la aparición de su nuevo material, a la vez que me daba una dirección (www.cosmovisiones.com/diegosojo) para que supiera algo más de su trabajo y hasta escuchara una de sus canciones, Brochas Gordas, que pude bajar en mp3.

Tiempo después me envió una cinta con todo el material incluido en “Brochas Gordas”, más algunos te­mas que supongo son parte del nuevo disco. A los pocos días me llama para preguntarme sobre el cassette y para anun­ciar la presentación de su nue­vo grupo. A la interrogación respondí con un inseguro “me parece interesante” para salir al paso y cambiar de tema. En realidad no había escuchado el trabajo. Lo hice la noche en que su grupo era presentado en un bar de Cuenca, pero no allí, sino frente a mi propio minicomponente y en la soledad de mi sala.

La música de Diego Sojo es en realidad el mejor ejemplo de lo que nos falta hace rato, de la calidad y la originalidad, de la frescura y el ingenio, del talen­to y la seguridad plasmados en un trabajo frente al que apela­tivos como fantástico son aún insuficientes. El espectro mu­sical de Diego es tan amplio co­mo su talento: desde el folclore latinoamericano, pasando por una suerte de rock’n’roll de los sesentas con bate­ría desenfadada, con letras en torno a lo urba­no pero matizadas con trazos de rebeldía contra la incomuni­cación de la era de la comunicación (¿de qué me sirven los besos que mandas por internet?).

Costarricense radicado en Cuenca, Diego es la perfecta conjugación de un músico y de un poeta, es decir todo un trovador de nuestros tiempos que va entregando su canto, su mensaje, su abrazo de hermano y su palabra esperanzadora de amigo por cada uno de los caminos por los que transita. Y esos caminos comenzó a recorrerlos, a trazarlos más bien, desde su natal San José hacia mediados de los años noventa, componiendo e interpretando canciones de calidad que no permiten resquicio alguno ni para la mediocridad ni para la pereza mental. Aquí la primera parte de un diálogo que no veía su fin…

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Diego Sojo es todo un personaje de la movida cultural cuencana. Sin él no se explicaría mucho de lo que ha acontecido en los últimos años en Cuenca, a nivel de lo que más o menos se conoce como canción alternativa, como los conciertos de Alejandro Filio, Frank Delgado, Vicente Feliú o María Pretiz. O, para mencionar otro ejemplo contundente, el impulso al movimiento de la “Trova de los cuatro ríos”.

Lo conocí hace algunos años ya cuando el suscrito fungía de capo del periodismo cultural de la región, por aquello de que la elevada dosis de tradición del público morlaco le hace preferir, a la hora de informarse o desinformarse, según la perspectiva, a cierto medio, aunque consideraciones más importantes como la calidad no sean precisamente tomadas en cuenta.

Más allá del personaje Diego Sojo, el artista, en torno al cual hasta parece irse construyendo una leyenda, está sobre todo el DS ser humano, el amigo, el pensador, el existencialista. En suma, el Diego que está detrás de canciones con profundos contenidos y reflexiones vitales, en las que se habla de la naturaleza, de la tierra, de la vida y la muerte, del tiempo, del amor, del no morir en vida. El flaco melenudo que un día decidió dejar su natal San José para percatarse, él mismo, de que el mundo es más grande y de que las fronteras deben ser comunicadas, contactadas, estrechadas y, por último, desechadas. Con sus cuatro maravillosas producciones, aunque no es el tipo de música que colma los escenarios, el suyo es un trabajo en realidad angelical, el de alguien que tiene una misión en la tierra y así lo está comprendiendo y asumiendo.

En realidad la amistad no siempre es un buen material conductor para una entrevista. En medio de bromas y de aparentes tensiones derivadas de no saber cómo empezar el diálogo, opto por iniciarlo con interrogantes en torno a ciertas pasiones comunes. Conversador inagotable, lo que viene a continuación es apenas un extracto de una conversación que parecía no tener fin.

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– ¿Qué piensas de la legalización de la marihuana?

– En realidad el problema seguramente nació de la prohibición que originó el mercado textil. Porque ha sido una materia prima muy buena para telas, sogas, papel; tiene mucha fibra y es un producto de alto rendimiento. En un momento dado, con la industria incipiente del nylon y el algodón, se rompió. Creo que entre menos cosas tengamos prohibidas y podamos manejarnos con un derecho penal limitado, pues mejor.

– ¿Cantarías a favor de la legalización?

– Depende de las circunstancias, porque hay que estudiarlas bastante bien.

– ¿Pero cantarías o no?

– Sí cantaría, claro, pero no en cualquier movimiento o improvisación ni en cualquier escenario, porque tiene que ser en un sitio afín a lo que uno piensa. Yo creo que inclusive en el movimiento de legalización van a colar un montón de cosas que a mí no me interesan tampoco. Uno no puede entregarse a nada porque sí.

– ¿Siempre que estás haciendo una canción te das cuenta de que estás siendo utilizado, de que eres un instrumento, o es solo en ciertas canciones?

– Hay canciones en que más y hay canciones en que menos. Hay algunas que son un telegrama totalmente, hasta instantáneo puede ser.

– ¿Como cuáles, por ejemplo?

– Como “En la mitad del mundo”, por ejemplo, que en realidad son vivencias, pero es como usar las propias vivencias de uno para construir otro tipo de historias. Es simplemente el marco teórico de la historia de fondo, que siempre es lo importante. Lo que es circunstancial es como lo que se usa para llamar tal vez la atención, pero lo importante siempre es el mensaje de fondo. El mensaje de fondo uno no lo inventa ni nada, sino que está ahí, existe, porque el amor existe. Lo que ha pasado con la música, y por lo que empecé a escribir seguramente era por el tipo de terapia que te provoca escribir lo tuyo, sacar cosas que no sacas de otra manera.

– ¿Eras tímido?

– Claro, lo soy. Por ejemplo, he asumido un personaje que es extrovertido por esencia: el artista. En lo demás soy tímido. En el escenario ya no porque es como un oficio que se aprende.

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– ¿A qué edad comenzaste a escribir canciones?

– A los catorce, que fue cuando agarré la guitarra, y antes ya había compuesto cosas así porque era integrante de los Scouts, y siempre teníamos que estar como con porras. Entonces siempre cantábamos.

– ¿Pero tenías conciencia ya de lo que es ser un trovador?

– Para nada. El trovador para mí es un ideal. Es muy difícil para mí decirte tal es un trovador, tal es por ciertas circunstancias, pero en verdad el trovador, esa palabra, es como un ideal de sujeto, que es un tipo de profeta y bastante disciplinado. Eso de caminar y cantar es lo que hacían los trovadores de la Edad Media. La música es un medio para cumplir cierto propósito, y es un propósito universal.

– Cuando entras a estudiar Derecho, ¿tenías ya las ganas de dedicarte a esto o no?

– Lo que pasa es que cuando entré en la U yo ya tocaba en grupos. En el último año de colegio ya tenía mi propio grupo, tocando canciones mías. Era un grupo que se llamaba Ruta 65, que era como se llamaba la ruta del bus que nos llevaba de Zapote al centro. El estilo era influencia Charly, Sui Generis, Miguel Mateos, Enanitos Verdes, Soda Stereo. Teníamos repertorio propio y algunos covers. Vacilamos un poco con ese grupo pero todavía era malito… (Ríe…)

– ¿Cuándo surge el cantautor?

– De forma paralela empecé a tocar solo, que fue cuando asumí un poco más el rollo de cantautor, porque antes no era Diego Sojo sino el cantante de tal grupo. Yo creo que el personaje ese del cantautor itinerante empieza cuando empieza el itinerante en el 95, y que deja de ser abogado a medio tiempo.

– Mientras estabas en la universidad también seguías cantando…

– Claro, en los festivales de la canción. Era la época de las estructuraciones filosóficas, porque es cuando vos tenés los conceptos: esto es en lo que creo y esto no. Entonces vos conoces sistemas filosóficos como es el Derecho, o como es la Historia, un montón de cosas. Conocés los sistemas y ahí aplicas tu propia reestructuración del asunto. Entonces opinas si las instituciones que existen ahora van o no con vos, con la reestructuración que tienes. A mí me decepcionaron casi todas las instituciones.

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– ¿Pero tú creías en lo que estabas estudiando y en lo que comenzaste a trabajar?

– No, yo no creo en el Derecho.

– Pero yo te hablo en pretérito imperfecto, si creías o no en aquel tiempo…

– Hay una parte que se llama el Derecho Natural, en eso se puede creer; eso está en las nubes, ¿entendés? El Derecho Positivo, que es el que nosotros usamos, el que se describe, que está en las leyes, en eso no se puede creer. Es como un laberinto, como una trampa que se aplica siempre a favor del que tiene más poder. Y de eso se trata ser abogado, de eso se trata el sistema jurídico, la seguridad jurídica: mantener el status quo. Entonces uno no puede creer en eso, porque es como encerrarnos. Y yo creo que el Derecho ha funcionado mucho también para limitar el desarrollo humano.

– ¿En cuántos casos interviniste como abogado?

– Eso es muy relativo. Porque si digo cuantos casos estaba viendo, que estaban en trámite, eran un montón, pero era como seguir expedientes nada más. Ese no es el trabajo de mucha acción. Yo no ejercí tanto como para meterme yo mismo a darme cuenta de que todo eso es una mierda. O sea ya uno sabe a lo que va. Yo creo que todos los que están trabajando ahora saben lo que yo, y están de acuerdo.

– Porque están confortables…

– Porque están confortables, obviamente, o supuestamente. Depende de cuál es tu confort. Porque por ejemplo para mí era muy incómodo estar trabajando en eso, a nivel de lo que yo pensaba que debía ser la vida, de lo que me decían las canciones que hiciera. ¿Cómo podía yo estar cantando El mayor pecado y estar ahí?

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El mayor pecado es una canción fundamental en tu vida…

– “Señales de alerta” y “El mayor pecado” son como un manifiesto, como un credo chiquito. Una de que no hay que morir en vida, y segundo de que la cosa es urgente, que no te puedes quedar ahí, que de verdad no se puede quedar uno quieto para nada, no podés. Si no te mueves para arriba te mueves para abajo, pero no te vas a quedar quieto. Si no estás poniendo fuerza para no solo sostenerte sino para seguir, te vas enterrando.

– ¿En qué momento llegó esa gotita famosa que derramó el vaso y te dijo hasta aquí?

– Bueno, yo creo que no llega ninguna gotita. O sea que a veces caen aguaceros, que a veces escampa un rato, sí. Pero creo que siempre es un proceso. De hecho desde que empecé con el último grupo yo lo tenía todo muy claro, mi meta era, pasara lo que pasara con el Derecho, que aquello de ser abogado era como un pasatiempo, era como quitarse también un peso de encima, porque había estudiado cinco años y pico.

– ¿Y también hubo presión familiar?

– Bueno, no fue necesaria. Yo ya estaba auto presionado. Lo primero que tuve claro, como dice una canción de Sabina, era que tenía que irme. En Costa Rica también es así. Los ticos no se dan cuenta porque se creen lo más grande del mundo allá adentro, pero es así. Y la gente se hace un mundo en San José. Claro que pasan un montón de cosas pero ese no es el mundo, y una ciudad se convierte siempre, para un artista, en una especie de círculo vicioso. Ya después de unos meses estaba listo para irme, e hice varios conciertos de despedida. Pero hubo un último, total. Y ya, al día siguiente estaba en Managua.

– ¿Por qué Nicaragua? Según sé los ticos no quieren a los nicas.

– Lo que pasa es que los ticos se creen superiores. Así de fácil. Porque los nicas son los que siempre llegan de refugiados, a trabajar. Ahora son un millón en Costa Rica. Y ambos son países que siempre han tenido una historia en común, y por eso Nicaragua ha influenciado en Costa Rica y viceversa. Yo lo que quería era llegar a Guatemala pasando por toda Centroamérica.

– ¿Comienzas a grabar en Nicaragua?

– Grabé un recital con Alejandro Mejía (el hijo de Luis Enrique Mejía Godoy), en vivo, y con eso armé un cassette que se llamaba “Diego Sojo: concierto en Managua”, que lo estuve moviendo así durante la gira, artesanalmente. Lo copiaba de cassette a cassete y así lo vendía. Además con él llegué hasta Cuenca, y era lo que mostraba a la gente. el tiempo.

– ¿Y de Guatemala pasas a dónde? cuenca99

– De Guatemala voy a Costa Rica y luego a Ecuador. Pero antes había pasado unos tres meses por Honduras, que fue donde conocí a Marisol [la escritora cuencana Marisol Patiño, compañera de Diego, madre de sus dos hijos, y hermana del conocido pintor ecuatoriano Agustín Patiño].

– ¿Cómo fue la onda de conocer a Marisol, y por ella al Ecuador?

– Yo diría que más bien ella me conoció a mí, y yo la conocí a ella después. La cosa es que me hago amigo de un amigo de Marisol en esa misma noche, ya después del concierto. Al final el man me dice que me podía quedar en su casa si no tenía donde quedarme. Me quedé como una semana, hasta que volvió su mamá. El 14 de febrero viene y me invita a una fiesta en casa de unas amigas, una argentina y una ecuatoriana. Y nos vamos. Llegamos a la casa de la Marisol, y ahí hubo un enganche. Y luego Honduras fue como una luna de miel, más bien. De ahí había que seguir hasta Guatemala. Marisol estaba ya esperando al Rimai. De Guatemala la idea era volver a Costa Rica y a Ecuador, y eso hicimos. En el 96 se da el aterrizaje en Quito, cuando estaban en la segunda ronda de Nebot y Bucaram, y el presidente era don Sixto Durán. Y Ecuador era para mí un país muy loco en lo político, porque imaginate el primer año que me tocó vivir aquí: elecciones, y el triunfo de Abdalá Bucaram y todo el show que hizo, la teletón. Pero en general Ecuador me encantó, aunque más que todo el hechizo fue Cuenca, que me alucinó.

– ¿Cuánto tiempo te quedaste, qué hacías?

– Como un año y medio. Cantaba en un montón de lados, en varios festivales. El primer concierto que dí en Cuenca fue en un bar que ya no existe, que se llamaba el Pecas Bar. Me presentaba mucho en cuestiones sociales, invitado por Justicia y Paz, en San Cristóbal, San Roque, en la Feria Libre, y en los bares que había entonces, como el Cafecito. Era también el primer año de la Bandada de la Madre. Ahí conocí al Choquilla [Fabián Durán]. Toqué también en el Café Vasco. También hice recitales de despedida, cuando me iba de acá. Y conocí a mucha gente, como a los integrantes de La Doble, al Tuga [Juan Carlos Astudillo], al Juancho Vinueza. Después estuvimos como cinco meses en Quito, donde hice unos dos recitales, en el Café Libro y en la Casa de al lado. Y de ahí a Costa Rica, otros cinco meses, y después a Honduras, después del huracán Mitch.

– ¿Es entonces cuando viene la grabación de Brochas gordas, tu primer disco?

– Sí, eso fue muy bonito porque los músicos que participan en “Brochas” eran gente con la que ya había estado trabajando meses. Y fue muy rico porque en realidad eran muy buenos músicos. Estuvimos trabajando en los ensayos como dos o tres sesiones, y de ahí yo lo que iba haciendo era citas con cada músico. Primero me acuerdo que trabajamos con lo más acústico, Hay en mí, y a la siguiente semana ya empecé a hacer las canciones que tenían batería, y lo que hacíamos era que el baterista tocaba en vivo y yo iba cantando con él. Después llegaba el bajista. Además tuve la suerte de contar con ese estudio, que es increíble, con tecnología de punta.

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– El sonido es en realidad muy bueno…

– Y pudo ser mejor porque yo al final los presioné bastante, pues tenía que viajar a Ecuador, y un día se trabó la máquina, lo que ocasionó que se perdieran como tres días. Y todo fue como muy a la carrera, pero yo creo que gracias a ese arranque de adrenalina fue que se hizo el disco como se hizo. Porque además juntar a toda esa gente, que en la historia de ellos como músicos, en el movimiento de Honduras, no habían hecho un disco juntos esos manes. Hay gente de tres grupos de rock que eran los más representativos de ese momento, grupos con historia.

– ¿Qué pasó con Brochas gordas en Costa Rica?

– Encontró un nido, que es radio U, donde más ha sonado. Es creo donde exclusivamente ha sonado. Y esa radio es muy importante a nivel de lo que es la música alternativa; igual que en todos los países la mayoría de las radios tienen programación de paquete, entonces con esa radio hemos trabajado mucho. Han sonado algunas piezas de ese disco como “Sube marea”, “Brochas gordas”, “Yo sigo como voy”. Lo que pasa es que uno no puede como monitorear exactamente para darte una visión de lo que ha pasado.

– Supongo que en Costa Rica, con el disco, tu imagen se consolidó más.

– En Costa Rica hay discos muy buenos y hay cantidad de gente trabajando ahí. Y salen discos a cada rato. Yo creo que eso no es tan llamativo como el hecho de abrir fronteras y conectar otro tipo de cosas. Porque eso es lo que demuestra cierta consistencia con tu mensaje, y eso nos vuelve al punto de principio: que todo esto, en realidad, es accesorio. Si yo todavía no me siento realizado es porque me siento, en realidad, mediocre. Porque uno tiene un mensaje muy profundo, y uno debería tener una consecuencia mucho más profunda. Pero es un proceso. Entonces yo me imagino que debe llegar un momento más radical. Y es que, alguna vez te decía, no es solo el hecho de pararse con una guitarrita y darle. A veces eso no es suficiente. A veces hay que hacer otro tipo de cosas. Y yo creo que hay que hacerlas porque estamos en un tiempo urgente. Y ahora no me lo imagino. Yo siempre estoy rezando para tener bien claro el asunto. Ahora no lo tengo claro. Tal vez solo tengo claro este año, lo inmediato, pero yo sé que llegará un momento más decisivo; de lo que se trata es de transmitir mensajes. Porque los mensajes están allí. Y son los mensajes de siempre, pero son las versiones de estos años, ¿me entendés? O sea, ya está escrito, está bien, pero es que la Biblia no te habla de internet; es que en el Baghavita no te dicen nada de los congestionamientos viales.

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– Pero como que no has aprovechado tus discos para una promoción más sostenida.

– Depende de qué es lo que quieras. Yo no tengo el objetivo de saturar de música de Diego Sojo a Cuenca. Yo sé cómo se consigue un número uno, pero no le veo el sentido al asunto. Yo sé que son medios para conseguir cosas pero no estoy en eso, y entonces prefiero dedicarme a otras cosas, como viajar. Eso para mí es como una prioridad, como ir construyendo tu propia leyenda, y lo demás viene por añadidura. Eso de tener un número uno es como muy artificial. Yo pienso mucho también cómo yo he consumido música a través de mi vida. Que me han llegado cassettes, la bola de discos de grupos que tal vez nunca vaya a verlos en mi vida; grupos que ya se extinguieron pero que han dejado su huella en la vida de uno. Y de eso se trata con los discos. Ya la música está ahí. Yo creo estar tranquilo con eso, y si esa música tiene que hacer algo ya está disponible. Uno no puede obsesionarse. Yo no vivo de eso.

– Sin embargo, sé que estás preparando una especie de antología…

– Lo que pasa es que eso es por motivos prácticos, hablando de ser amigable con las radios, estaba pensando en compilar en un disco lo que es radiofónicamente viable.

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– ¿Eso no es un eufemismo?

– ¿Para decir qué?

– Para decir comercial…

– Es que podría serlo, pero yo más que todo no pienso en venderlo sino en difundirlo. En primer lugar lo pensé para las radios porque me hacía falta. Porque yo llego a una radio y tengo que sacar los cuatro discos, y entonces es muy incómodo. Entonces a mí me gustaría dejarles la música que sé que van a programar. Y obviamente puede que me ayude a venderlo, pero también vender una compilación y no los cuatro discos te deja como una sensación de pérdida. No es el asunto comercial. Pero bueno, así funciona, tampoco hay que darle tantas vueltas al asunto. Yo ya me he complicado bastante con ser consecuente con lo que canto.

Revista Qué Nota, Cuenca, Ecuador, 2004