Desnudos melódicos (a propósito de Las músicas secretas)

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      Por:  Carlos Vásconez*

Bien, me preguntan por «Las músicas secretas». Lo han hecho estas últimas semanas varios periodistas. Es común, un sitio de encuentro, el pensamiento, ciertamente prejuicioso, de que los cuentos que componen este libro tienen relación directa con el campo musical. Quizá que poseen epígrafes de canciones, que cantantes o diferente tipo de músicos son los personajes que recorren este libro. Acaso músicos despechados, perdedores empedernidos, cantantes obsesionados con un tema que los acosa hasta devorarlos o melómanos o grupies caprichosos que persiguen incansables a un compositor popular. La imaginación sin tregua del periodista propende a interpretar de antemano un título. Pero «Las músicas secretas» es un libro integrado por doce cuentos disímiles, tanto en su estructura, cuanto en su origen y en su mismísimo estilo. Cuentos que, como suelo practicar, buscan su propia voz, su propio sendero y esa melodía que los caracterice, que los individualice. La factura de cada uno depende de lo que cada uno me demandó en su debido momento, cuando empecé a esbozarlos o cuando definitivamente los escribí a punta de distracción, concentración y ardor. Son cuentos, como en todos mis libros de cuentos, no escritos mediante un leitmotiv o argumento congregacional; más bien, que surgen de un ánimo que tal o cual momento me brinda, o que tal o cual momento me mueve, me tienta, me conmociona. Muy al contrario, se trata de cuentos que han sido creados merced a diferentes impulsos. Es cierto que el escritor tiene que aprender a reposar, a poner la cabeza y las ideas que esta carga encima en remojo, para luego pasar a colgarlas del tendedero hasta que se sequen y puedan ser revisadas y reutilizadas. En este sentido, yo siempre me he jactado, vanidosamente, por supuesto, de ser más un corrector que un escritor. Quizá sea esta una mentira autoinfligida para no sentirme un ser apurado que cree, como creo, que la paciencia está sobrevalorada. Sin embargo, sí corrijo, y lo hago mucho, al punto de perder de vista, en ocasiones, el asunto central. Por eso también he preferido, con cierta inconsciencia característica, que un texto fluya por su propia cuenta y dejarlo descansar, no ya con el objetivo de corregirlo luego, sino para leerlo después y confirmar por mis propios medios que me había adelantado a mis propias expectativas. Y es que con estos cuentos, como con algunos otros de otros libros de mi autoría, y con algunas novelas, al acabar de escribirlos me he sentido vacío, desasosegado, acabado, finiquitado, como si no hubiese hecho nada. Luego, y casi siempre por motivaciones exteriores, lo que quiere decir, casi siempre luego de brindarlo para la lectura de algún sesudo personaje cuya excepción a la regla de ser perfecto ha sido encontrar mi amistad, he descubierto, para mi pasmo, que ese cuento, que ese pasaje, que esa novela vale la pena. Es una constante en mí que las cosas descansen para adquirir lo que no les di, experiencia, experimentación y ex cátedra. Entonces, esos cuentos que están dispersos por mi aventura escritural, adquieren una condición de imanes que hacen que se atraigan unos a otros, por más extraños que entre ellos parezcan.

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Foto: Diario El Mercurio

Puedo decir que varios cuentos que pueblan estas hojas fueron escritos bajo pedido. Por ejemplo, «Clases de botánica» es un cuento que se publicó en el número 82 de la revista BG Magazine, bajo solicitud expresa de su entonces editor creativo, Juan Francisco Vinueza. Es un cuento que luego supe que había sido plagiado a un tal Carlos Vásconez, pues es idéntico, aunque no puede ser más opuesto, al cuento que da título a mi anterior colección de cuentos, «Jardines Lewis Carroll». «La caminata al revés» se publicó el año 2018 en la revista argentina Tránsitos y en la «Antología del Cuento Ecuatoriano» que preparó el escritor ibarreño Huilo Ruales y que este año ha publicado la editorial quiteña Eskeletra. Caso similar sucede con «Sonidos de biblioteca». Este relato, más que cuento, fue la respuesta a una solicitud de Rafael Montenegro, de la Casa de la Cultura azuaya, quien me pidió, como a otros escritores de la ciudad, un texto para homenajear a Paúl Solano, gran y común amigo nuestro.

Así, se han creado varios cuentos con intenciones muy distintas y alejadas entre ellas. Dígase, el cuento «Ovejas» apareció en la antología de cuento y poesía que realicé bajo el auspicio de la Unidad Educativa Las Pencas, de la que me enorgullezco de ser profesor y en la que aspiro algún día merecer llamado maestro, bajo un seudónimo. No ha sido falso: varias veces he otorgado a otros mis palabras, por un temor remoto y ciertamente torpe a que estas no sean consideradas válidas. Quizá ha sido un engaño, pero un engaño que me ha devuelto las ínfulas para escribir y ser más yo. Recuerden lo que dijo acertadamente Bob Dylan, el bardo estadounidense: solo con una máscara, la gente es verdaderamente lo que es.

De entre todo lo que implica la publicación de un libro, le he dado mayor relevancia para la composición de estos cuentos al ambiente, que siempre es una extensión del personaje y a la manera de escribirlos. Me refiero en estricto al lugar en el que los he redactado, a la comodidad o la nulidad de esta para hacerlo, usando qué recursos.

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Portada de la revista Rocinante.

Casi siempre fui un confeso seguidor de las teorías borgeanas respecto a que el cuento debe tratar siempre de una historia y, a diferencia de la novela que trata de un personaje, marcar distancias con esta en el hecho de lo sorprendente (había olvidado que luego de leer al gran autor argentino leería a escritores de la talla de John Banville o Joseph Conrad o Juan Carlos Onetti, quienes me enseñarían que el aspecto de la sorpresa reposa más en el estilo que en la mórbida concepción de un final, morbo, evidentemente, que nos agrada a todos). No obstante, la lectura en estos últimos años de autores cuya contundencia narrativa aun así los hace múltiplemente poéticos –permítaseme la desmesura de mi posición–, como John Fante o Raymond Carver o Richard Brautigan o incluso el macabro Robert Bloch, todos ellos cuentistas estadounidenses, sumado a la perfección psicológica de Chéjov, me demostró que se puede profundizar, a partir del cuento, en un personaje y no obstante mantener el sentido del relato, hacerlo concentración y perfección en estado puro. Es el caso de «Los caminos», el cuento que abre el libro, y en el que también se reúne la segunda parte de mi anotación actual. Debo confesar que este cuento es el último que escribí (se lo envié a Germán Gacio cuando él estaba en Turquía, hace pocos meses), ni bien lo acabé de escribir. Pero, ¿en serio lo escribí recostado en la cama de mi hijo mayor, acunándolo, oyendo su respiración mientras el sueño lo hacía posesión suya? Así fue. ¿En verdad lo escribí en el teléfono celular, y esto pudo darle un ámbito curioso, ya que estuve rodeado de oscuridad, y a su vez le otorgó al relato un sentido sintáctico? ¿Debo decir que «Los caminos» al igual que «El arte de tomar café» y «Animalitos de sombra» surgieron del ánimo de escribir una novela o novela breve? Sucede que sí. El problema que tuve es que ellos me detuvieron de pronto, a raya, haciéndome asustar de a dónde había llegado, como si eso fuera el final del camino, un precipicio que proponía el limbo, de arriesgarme a saltarlo. Pues sí, cada cuento tiene su historia. Cada cuento fue escrito en un tiempo diferente. Casi todos de un tirón, como una nota de iras, no como una carta de amor, que luego se corrige y se revisa y a veces se cancela la autorización de su existencia. No. Fueron cuentos que surgieron bajo distintas motivaciones, pero todos ellos seguros de que debían existir.

Lo he mencionado antes y vuelvo a decirlo ahora. Considero a este como mi libro más personal, sobre todo porque en algunos cuentos estoy yo como protagonista, aunque sea un protagonista sesgado, que ve hacia otro lado cuando conversa y no a los ojos, como si evadiera la charla o como si estuviera inventándose la historia en cuestión. En más de un cuento hay reflejados episodios de mi vida, pero atravesados, como siempre, por una fuerte dosis de ficción. No es que estoy donde no quiero estar, es, más bien, como si quisiera estar en un lugar al que se me tiene prohibido el ingreso, tal vez porque se reservan el derecho de admisión. Quizá porque concuerdo en que la tarea de los seres humanos es crear y crearse, solución, que fue un bálsamo tremendo cuando la escuché hace apenas 10 días, a la temeraria y cruenta paradoja kafkiana. Aquella de que hay que encontrar lo que tenemos de indestructibles y que está en algún rincón, muy en lo profundo de cada uno de nosotros, pero que, mientras la buscamos, precisamente nos destruimos. Y es que no, la única forma no es encontrarnos, ya que efectivamente eso causa demolición, marchitamiento. Es crearnos. En el camino, para rejuvenecer y enniñecer por fin hasta un estado de pureza total, es fundamental que nos creemos. Y qué mejor si lo hacemos tarareando una melodía bellísima que a su vez inventamos en el esfuerzo de tararearla.

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No sé cuál es mi música favorita. No sé si me decante por el rock, representado por los Rolling Stones o ACDC, o si escoja la balada romántica y kararokera de Camilo Sesto, el Puma Rodríguez o Nino Bravo, o tal vez me incline por las voluptuosidades de Bach y la precisión aritmética de Michael Gibbs. No sé si será Dylan o Bowie o Leonard Cohen. Lo cierto es que esa música mía está inscrita en la voz de mis dos hijos y en el canturreo de su mamita cuando los acuna o juega con ellos.

En toda creación hay nudos que deben desatarse. Existen antes de empezar a crear, pero se manifiestan solo en el acto creativo. La creatividad es -sin que quepa duda alguna- una forma del conocimiento, la más intrigante y la más sincera. Por eso hay que desnudarse al crear, caminar en medio de todos y que todos piensen que las prendas que uno lleva son las indicadas. Es la tarea más compleja, menos que cambiar el pasado. Pero si al pasado lo podemos enrocar por momentos por venir, estar desnudos y nunca antes mejor arropados, es juego  de niños.

Para la escolástica, los seres humanos estamos compuestos de tierra o barro, fuego, roce o fragor, agua y leche, y una fracción de aire, que debería ser el silbido de Dios, su canto creacional. En ese caso, todos los humanos, y tal vez todos los seres vivos en general, somos una melodía ambulatoria, que vagabundea en busca del oído que nos reciba, capte y, de tanto apreciarnos, nos aprese para nuestro propio confort.

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Pienso en los hombres y mujeres cuando creamos. Cuando nos disponemos a hacer magia verdadera, a extraer de la nada eso que ya está ahí, buscándonos. Me resulta encantador (y el encantamiento tiene su parte fundamental en el canto) descubrir que la alegría se sitúa entre el canturreo y sus pausas, que nos dejan apreciar ese canturreo. Cuando Sherlock Holmes piensa, lo hace inspirado por su violín. Cuando lo hace el Padre Brown, es sentado en una capilla oyendo al coro ensayar. Cuando se edifican catedrales, los hombres nos entregamos a una melodía, encendemos una radio o imaginamos qué cantaríamos cuando acabemos nuestra labor. Cuando las abejas trabajan, el sonido de sus alas enturbia la razón, la vuelve inaudible, y por eso liban de mejor manera, entregadas a la causa.

Al escribir los cuentos que componen «Las músicas secretas», descubrí, con notable admiración, como cuando uno se percata, y mejor si sucede por un descuido, que alguien lo está mirando a hurtadillas, cuidándolo de esta manera fisgona, que casi siempre estaba pensando en algo que todavía no ocurría. El proceso de creación siempre estaba por venir, y ese pensamiento disperso o difuso, me ayudaba a darle una consonancia especial a un cuento dado. Es decir, si algo extraje de mi distracción, fue la realidad. Si algo surgía del sueño del futuro, era un presente rotundo, más cercano a mí que ese sueño que era el verdadero escritor de mis cuentos. El sueño de quien sería si en lugar de escribir, lo cantara.

Todos estamos integrados por moléculas y átomos, pero entre ellos y su funcionamiento hay una atracción que muchos catalogan como amor. Cuando alguien es íntegro, es porque fue amado y amó con intensidad y autenticidad. Ese amor, ese nexo o pegamento que evita que nos disgreguemos como partículas solitarias y errabundas, es una música, afín a la atonalidad que resquebraja las nociones temporales de Stockhausen pero con la alquimia que alcanza soberbiamente Bob Dylan cuando, en un escenario abarrotado de personas a las que ha dejado sin aliento, toma aliento. (No imagino momento más exultante que a Nabokov oyendo “Zefiro torna” de Monteverdi, dedos engarrotados de la emoción, mientras piensa en el calcetín de Lolita.)

Todos tenemos una música secreta enredada en los labios. Está a punto de salir, como la primera palabra de mis bebés, como el aullido que todo hombre lobo se reserva para la noche de cacería, como la contención, rabiosa y poética, del “te amo” de mi esposa, como ese bramido de mar que hace que su lengua lama nuestros pies en la playa, y que equivocamos al suponer de que se trata de una invitación para conocer sus profundidades cuando en realidad nos usa como sus cuerdas vocales.

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Hay tres cuentos en este libro en los que yo mismo tengo participación como pseudo personaje. Falseo al auténtico. Tomo de él lo que él no tiene. Estoy seguro que no se me identificará, como no se sabe, al levantar la vista al cielo nocturno, qué estrella brilla todavía con su verdadera refulgencia y no con el eco de esta.

John Banville describe en El mar el sonido de las aguas. Dice que ese sonido está casi extinto, que es el verdadero cántico de sirena. «Las estelas sobre el agua son cuerdas que las toca el viento».

En un episodio escrito con su fineza, una mujer se turba con las melodías marítimas y quiere conocer lo que hay en las profundidades de las aguas. Por eso deja que se sumerja en ella un mozalbete de nombre Max Morden. Ni siquiera le gusta, porque no le atraen los hombres que sueñan en motocicletas sino quienes tienen una, lo que ha llegado a descubrir que no es lo mismo. Los ojos sorprendidos de su amante son su periscopio invertido.

Este episodio me recuerda a otro, en este caso de un libro del británico Ian McEwan, «Amsterdam», en el cual el personaje principal es un músico connotado que ha perdido a la inspiración de su vida. Se trataba de una mujer que alguna vez fue su pareja pero que al abandonarlo por otro hombre, le dio todas las herramientas para crear su melodía. Cuando ella tenía vida, compuso grandes obras. Ya muerta, decide hacerle su obra magna, pero fracasa constante y perfectamente. Se desespera paulatinamente. Descubre que lo que le falta ahora es su capacidad de distracción, que le brindaba el hecho de sospechar que ella estaría feliz con alguien más. Ahora ella no podía estar con nadie más, no podía estar feliz, según sus conceptos nihilistas. Un día de esos, paseando por un parque, entona una música mágica, algo que lo arrasa. En eso, descubre lo mágico, descubre otras cosas en tanto su cuerpo está dedicado a la música, una música que ni él mismo entiende o que ni siquiera quiere interpretar pero que surge de espontáneo y que es el impulso que necesita para sospechar que esa mujer está feliz, sea donde fuere que se hallase, porque siempre lo fue. Y es entonces que pierde el control de sus acciones al saber que para ella él no era nadie, no significaba mayor cosa, lo que en su caso era todo lo contrario. Con rabia, decepcionado, compone una melodía de orden celestial, incomparable, lo hace a expensas suyo. Es decir, la distracción se vuelve fundamental para la creación eficaz.

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No sé cuánto esto es verídico en mi caso. Solo sé que al silbar, uno se pierde en el silbido, y que este sirve como contraste de la realidad, como campo de fuerza que nos protege de ataques infundados y maliciosos de la realidad. La música es una herramienta de defensa, como una vacuna o un cuento de hadas, para que nuestro ser no se acuerde siempre que la vida es solo la vida, y en ese olvido descubra los caminos que no ha percibido con antelación.

Así, se han construido algunos de estos cuentos. Cuentos diversos, ciertamente, y que surgen de necesidades y apetencias tan disímiles como es la de satisfacer a otros. Y es que también se puede crear a partir de la noción de complacer. La literatura no es solo intelecto, también es gozo. Y esto creo que se ha notado en mi proceder literario de los últimos años (o quizá de siempre). En la presentación de este mismo libro en Quito, el escritor Salvador Izquierdo apuntó este detalle, que no es menor: a mí me gusta escribir, y creo, como decía Thomas Carlyle refiriéndose a Mahoma, que lo que prima de «El Corán» es esa sensación que abruma y conmueve de que el profeta estaba siendo sincero, plástico, se sentía moldeado así como doblegado por el designio del Señor. En otras palabras, que si uno es sincero en lo que hace, los demás lo podrán percibir con esa misma cualidad, con la honestidad, y quizá lo que yo pueda transmitir, más que cualquier otra cosa, sea mi gana de escribir, y de hacerlo bien, y mi voluntad de entregarme a la palabra, como uno se entrega al amor.

(Las Músicas Secretas, Carlos Vásconez, La Caída Editorial, Cuenca, 2019, 166pp.)

  • (Cuenca, Ecuador, 1977). Narrador y ensayista. Ha publicado las novelas El violín de Ingres (2005), La raza extinta (2007), Los días a tu nombre (2009-2013), La vida exterior (2016), Paruso (2018); los libros de cuentos, entre otros, Mención a un extraviado (2002), Trabajos de dominio público (2004), Versiones heroicas (2006), Lo que los ciegos ven (2011), Libro del pequeño esplendor (2014), Jardines Lewis Carroll (2017). Además ha participado en antologías de cuento como Nadie nos quita lo bailado (2003), Moderato contable (2012), Cuerpo adentro (2013), Insomnio (2016), Fútbol de antología (2018), Ritornello, vol. 1 (2019).

Centro PEN Ecuador inaugura sus actividades en Cuenca

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Luego de muchos años sin que en el Ecuador hubiera una agrupación de escritores, lectores, personas involucradas con la sociedad y sus derechos fundamentales, como la libertad de expresión o la equidad, y gracias al apoyo irrestricto de la sede del PEN Club, ubicada en Londres, Inglaterra, y de sus máximas autoridades, su Director Ejecutivo Carles Torner y su presidenta Jennifer Clements, se funda el Centro PEN en el Ecuador.

Su consigna es promover y motivar la lectura y la escritura como base del entendimiento entre los hombres, dado que la literatura no conoce fronteras y debe mantenerse como una divisa común entre los pueblos, a pesar de las convulsiones internacionales o políticas, y la noción de que PEN aboga por el principio de la libre transmisión de pensamiento dentro de cada país y entre todos los países; y sus miembros se sienten comprometidos a oponerse a cualquier forma de supresión de la libertad de expresión.

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Para celebrar este acontecimiento de trascendencia y con el afán de dar a conocer a la sociedad de su creación y vigencia, el recientemente conformado Centro PEN Ecuador y sus miembros fundadores, han organizado un programa al que invitan al público, así como a las distintas reuniones del mismo y a hacerse eco de las manifestaciones que defienden los derechos de los creadores.

Este acto fundacional se llevará a cabo en Saladentro Espacio Multiusos, ubicado en el Paseo 3 de Noviembre y Bajada de Todos Santos, en Cuenca, Ecuador, este viernes 7 de diciembre de 2018, a las 19h00. Para este acto se contará con la participación de distinguidos escritores y artistas, en una mesa redonda cuyo tema central será la Literatura y la Libertad de Expresión, con la intervención del Ensamble Vocal Fuerte Gonela y el Grupo de Cuerdas y Viento de la Casa de la Cultura del Cañar.

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Para los miembros fundadores del PEN Ecuador, es un privilegio invitar a toda la comunidad y a los medios de comunicación a asistir y a cubrir este programa especial, que cuenta con el respaldo de las entidades antes mencionadas Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar; Saladentro, Espacio Multiusos; además de contar con el apoyo de la Universidad Andina “Simón Bolívar”, de Quito; el restaurante mexicano El Pedregal Azteca, Librería Palier; la Unidad Educativa “Las Pencas”, y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Este será el primero de muchos intercambios de opiniones y expresiones culturales que el Centro PEN Ecuador producirá, sabiendo que estos espacios lo que generan es comprensión y respeto entre los seres humanos.

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Gustavo Cañizares: un poeta del pueblo

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Frente a la rada de agua de mis ojos

vi un ataúd pasar en hombros de la ciudad

con un cadáver anónimo, sin rostro

podrido de sueños, gusanos y tristezas.

Atrás, la parentela de los que en vida lo amaron:

las putas, los bohemios, los soñadores,

los caminantes, los prófugos de la vida…

¡Al tercer día la blanca

novia multiamante de los sueños

escribe sobre su tumba un soneto epitafial

testimonial de la alegría de la vida!

¡Ah la risa blanca y putañera del sueño

del día festivo y dulce de mi muerte!

El Memorial de los Sueños (57)

En el fragor de la lucha armada del pueblo nicaragüense por liberarse de la opresión sanguinaria de la dictadura somocista, bajo el innegable influjo de la Revolución Cubana, se escribió también mucha poesía, en ocasiones bastante lírica, en ocasiones harto militante y prosaica. Pero esas épocas resultan ahora impensables, arcaicas e incomprensibles para las nuevas generaciones de poetas latinoamericanos, incapaces de concebir poesía en la lucha social, en la protesta, en la toma de las armas como vía para alcanzar un sueño. Latinoamérica por lo menos vive otra era, una que no admite ese camino como forma de llegar al poder, porque además terminó decepcionándose, en medio de todos los mecanismos utilizados por las fuerzas de derecha y sus padrinos mundiales, del ejercicio abusivo y nuevamente opresor que hicieron los grupos que alcanzaron ese poder en nombre del pueblo.

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Hacia los años setenta y ochenta, la convulsión política y social del continente impedía permanecer impávidos a cuanto acontecía dentro y fuera de nuestras fronteras. Muchos fueron los poetas que hicieron de su pluma un fusil, y no pocos los que abandonaron la pluma para empuñar el fusil. Por entonces Gustavo Cañizares Betancourt (Esmeraldas-Ecuador, 1950) era un poeta joven que había publicado ya sus primeros poemarios bajo el influjo de la literatura universal, que enseñaba en los colegios públicos, de poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, pero también de Roque Dalton o Ernesto Cardenal. Hombre de su tiempo, fue un poeta comprometido, de metáforas claras, que podía hacer lírica de las cosas cotidianas y simples, a la vez que denunciar con frontalidad las inequidades e injusticias del sistema, fiel a sus ideas políticas y a su filosofía, radicales y sin contemplaciones.

A los 27 años aparecerá publicado su primer poemario, cuyo título no podía ser más revelador de lo que venimos afirmando: Cantos de Protesta y de Ternura de un Itinerante Solitario (1977). Vendrán, en los dos años siguientes, Poemas de Gustavo Cañizares y Las Tergiversaciones Humanas, antes de llegar a La Canción de los Pájaros, en 1981, libro en el que le cantará no solo a las golondrinas ciegas, a los pájaros ciegos del amor, al del amor filial, al dulce y fugaz pájaro de la felicidad, sino también a los de la guerra, a los errantes pájaros del recuerdo, a los pájaros metálicos, y hasta al espantapájaro: Bendigo el instante de lucidez y de locura / en que descifré el lenguaje de los pájaros / y de las impúberes rosas. / De los murciélagos noctámbulos, / de los búhos en vigilia, / de las sierpes voladoras, / de los anfibios volátiles. / Como canto de aurora / sollozaron en su lenguaje marinero / mil cisnes de cuellos ebúrneos / por una golondrina ciega / que chocó contra el mástil / de una góndola viajera. / Y en su aéreo viaje / las pulsátiles gaviotas / le agitaron entre sus alas / el pañuelo del adiós. / Mientras arriba / el viento cruelmente jugaba / con el alma de una golondrina ciega, / acá abajo el buitraje humano / seguía picoteando a mi tristeza. (La Golondrina Ciega)

Gustavo Cañizares dejó este mundo turbulento y trastornado el 04 de septiembre de 2018, luego de haber gastado con pasión y ternura las multisiete vidas gemelas con las que nació. Durante más de un cuarto de siglo no volví a saber de él sino hasta unas pocas semanas antes de su partida, en que me envió uno de sus últimos poemarios, el libro Poemas sin Censura, publicado en Manta en el año 2014. Nacido en Esmeraldas, la tierra natal no siempre le fue grata en su valoración, quizá por aquel lugar común de que nadie es profeta en su tierra. Fue Manta, la pujante ciudad portuaria de la provincia vecina, la que le acogió como a su hijo y le prodigó el reconocimiento que el lugar de natalicio no acertó a conferirle, imbuido en sus conflictos sempiternos de subdesarrollo y desigualdad social.

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Y por esa misma razón, porque otra forma de ver la creación literaria y la misma enseñanza de la literatura le permitieron establecerse como un nativo más, regresó a la urbe manabita hacia comienzos de los noventa, urgido no solo por la necesidad de crear versos sino también por dar el sustento a cada uno de los poemas humanos que creó y crió, su prole, a quienes dio su amor, su sangre y su apellido; porque además del duro oficio de la poesía, fue también un incansable cultor del duro oficio de ser padre a tiempo completo, buscando hasta en cantinas / almuerzos desnudos, sopas de letras, / indigestiones literalcohólicas. / Rifando versos y temores. Gambeteando acreedores / con tarjetas de créditos espirituales. / Regateando luceros a la noche, / hurtando estrellitas a la mañana / para alegrar al primogénito.

Aquello le evitaría volver a enfrentarse a la metáfora conyugal de sentarse a la mesa a la hora del almuerzo, y en vez de comida recibir un plato sobre el que estaba servido un libro: Por transitar desde hace tiempo / por altos y profundos / conductos filosóficos, / yo fui el escogido / para sumergirme con mi escafandra de poeta / en profundas y genésicas aguas / de espirituales meditaciones / aunque dilapidara el corazón y la existencia / en tan temeraria, / solitaria / y dolorosa empresa. / Y por andar siempre ensimismado / en resolver teoremas / y ecuaciones / de platónicas, / socráticas / y aristotélicas hipótesis / olvidé que hoy es fin de mes / y tengo que pagar la renta / y sabed también amigos míos / que para estar de acuerdo conmigo / – filosóficamente hablando – , / esta tarde fui recibido por mi esposa / con un simbólico almuerzo: / un libro de filosofía / abierto sobre un plato. (Problemas Filosóficos)

Recuerdo que poco antes de salir ambos del puerto esmeraldeño, yo hacia la capital de la morlaquía, él hacia el puerto manabita, había sido agredido por uno de sus compañeros de militancia, de apellido bélico, en aquel partido político al que jocosa pero también trágicamente solíamos llamar Mamita Pega Duro, por sus iniciales pero también por la habitual conducta de muchos de sus militantes, a quienes décadas más tarde un mandatario llamaría tirapiedras representantes de la izquierda infantil, parafraseando a Vladimir Ilich Lenin. Sus militantes y dirigentes asumíanse como la única y verdadera izquierda ecuatoriana, bajo los efectos embrutecedores de su sectarismo interesado y acomodaticio. Lo curioso es que el individuo en referencia se hacía llamar a sí mismo también poeta, pero de infelices y desafortunados versos mediocres que jamás trascendieron de lugares comunes como aquello de «roja es la hierba», frustración literaria que trató de aliviar a punta de golpes y patadas.

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Gustavo no se inmutó. Para entonces, al salir de la provincia verde, había publicado ya su Selección Poética (1984), Poema del Río (1987) y El Memorial de los Sueños (1990), libro este último que ganó el Primer Premio en el Concurso de Poesía «Arcelio Ramírez Castrillón», convocado en 1989 por la Universidad Luis Vargas Torres de Esmeraldas, y del que el gran Antonio Preciado dijo que su autor, «siguiendo la huella de un ejercicio poético sostenido, guiándose sabiamente por los efluvios de una experiencia fermentada al calor de la gran causa del hombre y bajo los resplandores de una posición ideológica que le es consecuente, se adentra en los vericuetos de su interioridad, ahonda en la activa conciencia de su circunstancia histórica y humana, y nos entrega esta poesía de alta calidad, cuyo seguimiento abre, a quien la recorre atentamente, su latebroso esplendor».

En aquel libro fundamental, en el poema 57, premonitorio, lúcido y claro, canta la visión onírica de lo que creyó sería, casi treinta años después, la escena de su propia partida hacia la nada, hacia la eternidad; y, en el canto 73, llega a la convicción, además, de que luego de esos sueños, esos versos, podría morir al día siguiente y renacer, triunfal: Sé que después de estos sueños / puedo morir / mañana mismo / y renaceré, triunfalmente / en mis cantos y en mis sueños / siete veces a la vida. / Porque hoy mismo / bajo el agua inmemorial / y los rieles sin fin de los tiempos / encontré el arma perfecta / para matar la muerte / de las multisiete vidas gemelas / con las que he nacido.

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Los poetas jóvenes parecen haber perdido la habilidad de recitar sus poemas, y los leen sumidos en las nubes del aburrimiento, cuando no de la incompatibilidad con las realidades de sus mensajes. Claro que eso no es lo que se exige de ellos, sino que escriban poemas y que estos contengan poesía, es decir calidad. Gustavo, como si evocara el entorno del norte esmeraldeño donde nació, y el sur colombiano de donde procedían sus raíces maternas, fue además de poeta un gran declamador de su poesía, algo que al parecer se cultiva aún en la tierra de Nelson Estupiñán Bass. Adalberto Ortiz, Antonio Preciado, Orlando Tenorio y José Sosa. Yo mismo evoco al niño y al adolescente que alguna vez fui, tratando de recitar sus versos a todo pulmón, para martirio o quizá para regocijo de los vecinos del barrio esmeraldeño conocido como Las Palmas.

A diferencia de Esmeraldas, Manta supo reconocer su valía y lo acogió como a hijo propio, al punto de que muchos de quienes lo conocieron y supieron de su obra siguen creyendo que era un poeta manabita, y de alguna forma lo fue porque en esa tierra se dio a conocer y publicó la mayor parte de sus libros. A comienzos de 2018, la Municipalidad de Manta le rindió un homenaje sentido además de justo, y en septiembre de ese mismo año su deceso causó conmoción en la intelectualidad manabita y en el pueblo mantense. Algo que, sin embargo, no podría afirmar de los esmeraldeños, pese a que fue miembro del Frente de Artistas Populares de Esmeraldas, coordinador del Departamento Cultural de la Unión Nacional de Educadores en la provincia, además de mentalizador y organizador del Festival de las Letras Esmeraldeñas.

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Durante el homenaje que a comienzos de 2018 le rindió la Municipalidad de Manta.

Hacia mediados de 2018, sus hijos emprenden una carrera contra el tiempo, y buscan cumplir la última voluntad del poeta: publicar su libro postrero, Los Poetas de las Bolsas Tristes, que con su “estilo de siempre, de agriescaldadura” (como reconoce en la dedicatoria generosa y rebosante de afecto que me escribió), consciente de la inminencia de su partida, dedicará A la huesuda rechiflada que ya me está persiguiendo la pisada. Libro escrito en el tiempo de resumir; libro de despedida y de reafirmación poética como compromiso de vida; libro de poemas dedicados a sus más grandes poetas: Hugo Mayo y César Dávila Andrade; a los seres que admiró, a sus amigos, a los lugares que amó: Manta, Esmeraldas, Buenaventura y Cuba la antillana; libro desesperado de reencuentro con la fe; libro descarnado, sentido, doloroso y terriblemente humano.

Prologado por Víctor Arias Aroca, éste dirá: «A Cañizares le ha ocurrido de todo en este mundo. Anduvo por el camino de los jardines que se bifurcan, anduvo errante por el río mítico de las esmeraldas prohibidas; se fue con sus cantos de protesta y de ternura y se convierte en un itinerante solitario, nos metió el cuento de que los pájaros eran una canción y era mentira porque él no pudo aprenderse el canto de los pájaros y decidió escribirlo; se fue más arriba, se hizo filósofo y entró en el vendaval de los proverbios y los amorfinos; se fue de combate con la poesía desnuda y ahora nos sale con los poetas de las bolsas tristes que parecen desterrados del gobierno y, francamente, enemigos de la democracia, ya que a ellos el mundo no ha sido capaz de llenarles sus bolsas mientras que los señores del poder se llenan las bolsas, los bolsillos, las chequeras y van por el mundo recordándonos que la desvergüenza existe y que los burros sí pueden volar y llegan al poder de rebuzno en rebuzno».

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Tentado de decirle adiós al poeta, pero también al tío que admiré en la niñez y en la adolescencia, en la juventud y en la vida adulta, una vez más debo recurrir a la clarividente y brutal honestidad de sus versos: Con el último puñado de tierra / me dirán: Adiós. / Con los últimos pasos que se alejan / les diré: hasta luego. / Santuario de aguas negras. / Me quedaré solo. Inmensamente solo. / Ahogado en una tacita de café. / Y su amargor sin fin / oscurana de la eternidad.

¡Hasta luego poeta! ¡Hasta luego, tío Gustavo!

Cuenca, octubre de 2018

Palabras sobre el poeta y su obra

«Gustavo Cañizares está en la poesía, no quiere recorrer los caminos fáciles, pues como alguien decía, sólo lo difícil es estimulante”. Por otro lado merece destacarse la originalidad de los contenidos, donde aparecen pensamientos propios de alguien que siente la poesía como un don y no como una dificultad». (Hugo Mayo)

«Es tan difícil hablar de un hombre controvertido. Y Gustavo Cañizares lo es a manos llenas. Cuando lo conocí comprendí que era uno de esos ejemplares que están desapareciendo de la especie humana: el poeta puro. Gustavo es un poeta nato, un poeta en la extensión de la palabra. Un bardo que hace poesía de todo y que encuentra las causas y efectos de sus aptitudes poéticas hasta en los platos servidos a la hora del almuerzo». (Fernando Macías Pinargote)

«No hay duda, Gustavo Cañizares es un poeta en toda la extensión del vocablo, tomando en consideración que todos sus poemas tienen un fuego creador donde con voz diáfana y varonil expresa su mensaje clarísimo sin entrar al cultismo intrincado de “poetizar” en que muchos versificadores contemporáneos suelen escudarse a falta de genio creador». (Arcelio Ramírez)

«Un poeta seguro de que tiene la palabra para decirse entero, convencido de que con la madurez de su voz podía atreverse y salir airoso de una apasionada andadura por los contenidos profundos… Predomina la inconfundible bondad de un poeta que va convirtiéndose en una de las voces más significativas de la joven poesía ecuatoriana». (Antonio Preciado Bedoya)

«Qué duda cabe, Gustavo Cañizares es un hombre signado por el tizón incandescente de la poesía. Por su persistente búsqueda, pasión, empaques y haceres de juglar de la literatura ecuatoriana. En este libro de poemas se siente la presencia del poeta y su hálito vital reafirmante de una verdad insoslayable: Gustavo Cañizares está llegando al hontanar de donde brota la poesía como una yema imperecedera». (Euler Granda)

«Siempre quise un objeto blasfemante, algo con el cual aterrorizar. Y Poemas sin Censura de Gustavo Cañizares es ese objeto, un libro-blasfemia que tiene una voz madura, colosal, cínica, ególatra, desesperadamente cómica. Un libro-blasfemia donde la voz poética (aquel alter ego ampuloso del autor) habla desde la intimidad y cuenta sus secretos descabellados. Una voz que habla desde la experiencia: años-arrugas-historias. Una voz que blasfema en nombre de un dios con el que se bebe y encara. Un libro-blasfemia capaz de revolver las entrañas de la felicidad. Cañizares con este nuevo trabajo poético deja asentada su labor como escritor, un comprometido con la palabra (cuyo respeto reside en jugar con ella a su manera), con la idea de legar a la poesía ecuatoriana un trabajo debidamente justificado». (Alexis Cuzme)

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María Rosa Crespo: Estudios Literarios y Culturales

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María Rosa Crespo (Cuenca, 1942) es un nombre que evoca imágenes y recuerdos en cientos de personas en Cuenca y el Azuay. Formadora y forjadora de varias generaciones a través de la docencia tanto secundaria como universitaria, su vida ha transcurrido entre libros, historias, estudiantes, responsabilidades públicas en los ámbitos cultural y académico, a la par que una especial condición de pionera en áreas que, por lo menos a nivel de la capital azuaya, habían estado tradicional e indolentemente reservadas a los hombres.

Así, en medio de una serie de dificultades, obstáculos y celosas resistencias machistas, al finalizar la década de los setentas será la primera mujer en obtener el grado de Doctora en Filología por la Universidad de Cuenca, y, una veintena de años después, será también históricamente la primera y hasta el momento única mujer electa Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay.

Estudios Culturales y Literarios, sin apartarse del rigor académico y la seriedad de sus investigaciones, es al mismo tiempo el reflejo de las inquietudes múltiples de un ser apasionado por la humanidad y sus producciones intelectuales, culturales.

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Desde San Juan de la Cruz y la intensidad de su cántico espiritual, salta en el tiempo hasta Miguel Hernández, sus elegías y la tragedia épica y sentimental de su vida y su muerte; acto seguido se traslada a la geografía de la Cuenca andina para enfrentarse a los mundos poéticos de Alfonso Moreno Mora, César Dávila Andrade y Efraín Jara Idrovo, los tres más altos nombres de la lírica cuencana durante el siglo XX y lo que va de la centuria actual.

Lírica, Narrativa, Literatura Popular y Ensayos Literarios componen la primera mitad del libro, en la que aborda con una visión peculiar, casi de disección, a figuras icónicas de la literatura latinoamericana y ecuatoriana: Manuel J. Calle, Carlos Fuentes, José de la Cuadra, Gabriel García Márquez, Eliécer Cárdenas, Jorge Dávila.

En la segunda, es la cultura vista a través de un caleidoscopio el eje central en torno al cual giran los ensayos de una de las intelectuales cuencanas de mayor valía, prestigio e interés en la Cuenca de los Andes de las últimas décadas.

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La obra es publicada por el Encuentro Sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, que con una periodicidad bienal organiza la Escuela de Lengua y Literatura, adscrita a la Facultad de Filosofía, con ocasión de la decimotercera edición que se viene desarrollando en la capital azuaya, y está prevista su presentación para este jueves 23 de noviembre, en el Aula Magna “Mario Vintimilla” de la Universidad Estatal.

 

 

Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se fusiló a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque cuencano pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribió el presidente Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra.

La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (según dicen, aún hoy admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, otro tiranuelo resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avizorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con incitación recurrente, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, en una imagen de los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

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Cuando diversas entidades y organismos de todo tipo llevan adelante la celebración del Día Internacional de la Mujer, se multiplican los clásicos discursos por medio de los cuales se le intenta rendir homenaje. La tradicional práctica machista en la que se han desenvuelto muchas de las sociedades humanas es el factor responsable de que, por siglos, fuesen los hombres quienes tomaron para sí la responsabilidad de dirigir sus destinos.

Eso implicó también una serie de privilegios y supuestos derechos para el elemento masculino, como el acceso a la educación, por ejemplo. Y para que las mujeres hayan podido acceder a ese derecho humano se tuvieron que llevar adelante luchas decisivas. Lo que emprendió la Revolución Liberal liderada por hombres como Eloy Alfaro y Luis Vargas Torres, en Ecuador, es una clara muestra de aquello.

Lamentable es que, a consecuencia del machismo reinante, todavía hoy se tenga que hablar de reivindicaciones y derechos, cuando el solo hecho de mencionar esos temas debería ser ya un recuerdo del pasado. La mujer ha tenido que considerarse parte de un grupo proscrito, tal como lo han sido a lo largo de la Historia los indígenas, los negros, los obreros. Aunque parezca ridículo mencionarlo, que la mitad de la sociedad tenga que reconocer los derechos de la otra mitad es simplemente un anacronismo y una muestra de lo mucho que aún le falta por evolucionar a la raza humana.

No creo en aquellos estipulados que afirman que la sociedad estaría mejor conducida si fuesen las mujeres quienes la gobiernan. Aquel, el de gobernar, es un derecho y también un deber que les asiste tanto a hombres como a mujeres. Ambos grupos son susceptibles de cometer errores e incurrir en vicios que atentan contra el ejercicio democrático, tal como lo entendemos en esta sociedad de innegable influjo occidental.

En este día habrá discursos de todo tipo e inclinación. Se hablará desde  posturas feministas y también desde aquellas machistas, dos extremos que al final no resultan saludables. Se dirá que la mujer es madre, esposa, hija y hermana, y cosas por el estilo. Pero, ¿acaso todo aquello no resulta obvio? La mujer es, simplemente, nuestra compañera, tal como nosotros somos sus compañeros. Caminamos juntos por la vida, tomados o no de la mano, y juntos debemos decidir cómo vivirla. No hay más. El resto es solo egoísmo, primitivismo, estrechez mental.

Diáspora Tropical: Artistas cubanos en Cuenca

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Por Carlos Vásconez

Mark Twain afirmó: “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente.”

Un viajante carga a sus espaldas una valija. También el anhelo de nuevos días, de colores maravillosos que justifiquen, su emigración. Hay aves que vuelan miles de millas para arrojarse a una playa peruana a morir. Hay peces como el salmón que nada contracorriente con el objetivo de hallar el amor, y morir. El caso cubano aparte de enternecernos, ha sido un ejemplo latente de lo que una idiosincrasia puede obtener: hijos desarraigados a quienes se los espera de vuelta como al hijo pródigo. No saben a veces quienes esperan que el hombre y la mujer que viajan por otros parajes llevan en la boca el nombre sagrado de su patria pues no hay cubano por excelencia que no pondere a La Habana o a las costas de su nación. Que no se le humedezcan los ojos al escuchar cómo galopan sobre las cuerdas de la guitarra los acordes ingeniados por Silvio, que no sepa que volver es una misión, respirar su aire caribeño y ver a sus mulatas y así acordarse de los barroquismos de Lezama y vuelven en un vídeo cuya banda sonora la compuso Compay Segundo o en la que un balsero jura ser propietario del bote en que salía a pescar Hemingway borracho; volver en un cuadro, en un libro, en un abrazo, en un canto.

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Una diáspora no es solamente la dispersión de un pueblo por el resto del orbe. Una diáspora no implica en exclusiva la identificación de este pueblo entre sus integrantes. Una diáspora es la posibilidad de que ese lugar se traslade, de que sus costumbres se vuelvan enriquecedoras para otras gentes de otras latitudes. Gracias a estos movimientos traslaticios, a este nomadismo, sea o no sea voluntario, hoy gozamos con la muestra expositiva (que también puede llamarse amistad) “Diáspora tropical” que comprende una minuciosa selección de piezas de seis artistas cubanos que han caminado (que bien puede traducirse por cambiado) el mundo: Aisar Jalil Martínez, Alexis Linares Pérez, Eduardo Cerviño Alzugaray y Lanner Díaz Rodríguez, Noydal Conde González, Nelson García Miranda. Artistas que viven en constante movimiento.

Las inteligencias de esta exposición son variadas y múltiples. Primero, con coherencia, la han coincidido en forma periferal, con la Bienal de Cuenca, evento crucial dentro del ámbito artístico y plástico del país. A esto podríamos tildar de sentido del tiempo. La han pensado, en segundo lugar, con una mirada minimalista, aunque los cuadros y las esculturas no provengan de ese derrotero ya que se trata de obras contundentes, claras, en algunos casos casi voluminosas, pero que son expuestas con cautela. A esto bien podría llamársele sentido del tacto. Y el tercer aspecto a rescatar es que son voces dispares, variopintas, que, en algunos casos, sobre todo en las brevedades en las que nos detienen sus obras (en sus detalles), resultan, incluso, contradictorias.

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Aisar Jalil (Camagüey, 1953)

Aisar Jalil, Camagüey, 1953, nos trae tres obras impactantes de su serie “Antes de que anochezca”. Sí, antes de que se ponga el sol los colores se rompen, se reinventan y Aisar los amasa con una mano sabia y un pincel esplendoroso. Claro, encarar esos momentos del día en que las cosas parecen desencajar no es nada sencillo. Eso lo saben bien los artistas. Y por ese magma de inquietudes que es la creación de colores, la vista se engaña, la vista se conmueve (se mueve y se mueve) inventándonos para nuestra velada monstruos fantásticos, que siempre poseen fragmentos de nosotros mismos. En esta como en las otras piezas aquí expuestas, Aisar deja constancia de un bestiario a la luz de sus ojos.

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Alexis Linares

La obra de Alexis Linares además de tratarse de un collage de historias, es de una calidad envidiable. Cuando una obra funciona, ella sola lo demuestra, no urge ni depende de comendadores. Alexis nació en La Habana y trae consigo toda la memoria de su hogar, que en mucho parecería la memoria de cualquier hogar de nuestras infancias. Hay palabras, como las que garrapateábamos en las paredes, planchas, ollas, utensilios de urdimbre y de cocina recostadas en sus telas. Parecen estar listas para que las tomemos y les demos su utilidad. La utilidad que Alexis les imprime es la de excitar nuestra mente, la de retrotraernos a esos aromas de cocinas donde el pan se amasaba y la artesa ardía. Hay en sus cuadros, en suma, magia. Hay nostalgia evidente en sus telas. Hay fuerza que fecunda la memoria.

Eduardo Cerviño, habanero de sangre, arena y corazón, nos enseña la parte psicodélica y más radical de “Diásporas tropicales”. Me es imposible no remontarme a vídeos de los años setenta protagonizados por los Roger Waters o Lou Reed. Parecen proclamar mudamente: “Aquí se maquina el futuro. Aquí se forja tu desaparición”. Como constante de su obra, emerge la parte contestataria, la que le hace gritar a pulso (recordemos que la muñeca la manejan mejor que nadie los carteristas, los jugadores de billar, el pintor y aquel que lucha a pulso) su sufrimiento y su desarraigo. ¿Cómo se desarraiga la tierra de sí misma? Cerviño nos lo indica con sus trazos firmes y concretos.

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Eduardo Cerviño

Lanner Díaz, cubano a morir y ecuatoriano recién nacido, proveniente de La Habana desde 1966, nos retrotrae a las pasiones primigenias con sus series vegetales y animales. Hay aire en sus espacios. Ese aire nos deja, un aire de ensueños en las profundidades del cuadro. Nos deja una sensación que puede erizar la piel. El gran artista sabe que lo que ve el rabillo del ojo es lo que marca la diferencia. Díaz se maneja, en el mundo de los juegos y los engaños. Como Magritte que decía esto no es una pipa y nos enseñaba una pipa, Lanner no dice esto no causa temor, ni anhelo, ni deseo, aunque cause más temor, anhelo y deseo que nada. Detrás de la orquídea, detrás de la araña, hay un paisaje que está borroneado y que nuestra mirada difiere para otro instante. Quizá los fondos de los cuadros de Díaz sean la expresión real de lo que queremos ver. Trasvasar así al objeto figurado figurándonos a nosotros mismos en el fondo, en lo que sostiene, como si lo levitara al hacerlo, a la flor y al insecto. Hay artistas que saben poner en esos supuestos restos del cuadro el alma. Lanner Díaz sabe de ello. Parecería no pintarlos sino darnos permisos para aguantar el aliento y dejarlos que floten en absoluta paz. Sus trazos son definitivos. Así se traza el porvenir.

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Lanner Díaz

Noydán Conde, nacido en la capital cubana en 1966, nos atrae al siluetismo animal que tanto reposa en el cuerpo y en el alma de los hombres. Porque las siluetas, como las ondulaciones que marca el humo de un cigarro, asemejan en demasía al cuerpo del deseo. Estas esculturas crecen apuntando a las estrellas, dan ganas de tocarlas, abrazarlas, de alguna manera, cortejarlas. Gran virtud del artista es que un veedor anhele al objeto de su creación.

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Nelson García, oriundo de Holguín, es un pintor y grabador que asegura que su arte es un proceso constante, que desemboca en su actual estética y colorido. A él le agrada el sentido acuático de la existencia. Venimos de un vientre húmedo. Nos humedecemos en vida y los fluidos vitales, leche, sangre y agua nos son consustanciales. En sus piezas uno se sumerge entre otros múltiples nadadores. El agua se expresa o permite que el mundo se exprese mediante sus colores y sus formas. Estos “Mundos perdidos” de Nelson García están llenos de una arquitectura sinuosa y que de inmediato nos remontan a los vitrales (otra clase de agua aquietada) de una capilla, en donde las almas toman sus descansos respectivos, pero paralizadas por un instante. Quietas en el acto.

En esta muestra además hay espacio para que haya tiempo, para mantenernos inermes, quietos ante la estupefacción propia. Cunden en estas obras, y por lo tanto en la plástica cubana, la práctica de la contemplación, de saber esperar, porque en el camino está la evolución.

Una exposición colectiva para que sea proba depende que los elementos, aparentemente dispersos, creen un corpus integral. No solamente como en este caso la nacionalidad, que no es poca cosa, sino aspectos poéticos. El lenguaje y la gramática del rasgo pictórico o escultórico. La medida en la cual sus creadores para representar sus sueños o la realidad, aprovechan las capacidades físicas inmediatas que la memoria les brinda para sustituir las formas rígidas del arte por formas vivientes y amenazadoras. Con las cuales el sentido de la vieja magia, santera, religiosa, cultural, ceremonial del teatro de la vida adopta como nuevo afluente nuestro humor vítreo, donde descansa como aquellas bellas e inolvidables escenas de amor que hemos vivido de una vez y para siempre. Es entonces cuando un país que nos puede parecer ajeno es también nuestro y es asimismo amado.

En estas salas apreciamos el tan ansiado Mundo Mujer al que aludía Roland Barthes. Cuba es una mujer maravillosa que viste aún de encaje y enagua. Por eso estos artistas tienden a la gracia, a lo divino, a la elegía de la madre y la amada.

Estos artistas parecerían decirnos que nuestro destino, igual que el suyo, no es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas.

Es un detalle, inaprensible, la dadivosidad de un pueblo. Hoy Cuba y sus mujeres y hombres de bien se representan en esta exposición, en la manera de entregarse a los otros, a quienes los vemos, con alegría, como su son, con ojos soñadores, como quien mira desde sus puertos el horizonte y se imagina viajar para querer siempre volver. Porque volver, sí, es la mejor forma del viaje, que solo se consigue cuando alguien parte con el corazón anudado y el pie firme. En estas pinturas resuena la voz de quien sabe extrañar con ansias, con energía, con talento, con la gracia para flotar en un mar de luces y coloreados pensamientos.