Álex García: el ecuatoriano que se fue por el mundo

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La caricatura fue mi primer amor, dice convencido el pintor guayaquileño Álex García al evocar los tiempos en que empezaba a incursionar en el mundo del arte, hace más de cincuenta años. Fue precisamente de la mano de ese primer amor que empezó a recorrer primero las calles de su pequeño país, y luego del mundo. Ahí está para corroborarlo, por ejemplo, la anécdota de aquella ocasión en que fue encerrado en una cárcel cuencana, en 1963, por haberse atrevido a exhibir una caricatura de Fidel Castro y Nikita Kruschev, en plena dictadura militar y cuando hablar de Cuba y la Unión Soviética era el camino más seguro a ganarse un anatema, por lo menos, cuando no algo mucho peor: «Al salir de la prisión, luego de ocho días, en vez de salir de la ciudad como habíamos sido conminados, montamos una exposición en el Centro Ecuatoriano Norteamericano Abraham Lincoln, a la que no acudieron más personas que el presidente y la secretaria de esa institución».

Europa

Ese primer amor, que lo prendería ya desde los trece años, no se conformaría con caminar por el Ecuador o andar por los países vecinos, y más bien intentaría hacerlo cruzar el Atlántico con rumbo a Europa. En pleno vuelo no bastó más que una chispa para encender el fuego de su talento, con decenas de pasajeros como combustible: tras agradecer las atenciones de una azafata con una caricatura, minutos después el piloto de la nave, la tripulación y casi todos los pasajeros caían hechizados ante su talento, y lo harían llegar a Madrid con una buena cantidad de dólares en los bolsillos.

 El traslado

Mientras se dispone a plasmar su visión de mi persona en una caricatura (aquella que identifica a este blog), me relata que, como les ha sucedido a muchos ecuatorianos, Álex García nació en Guayaquil y creció en Quito, y más de la mitad de su vida la viviría intensamente en la capital venezolana. A Caracas llegó luego de haber pasado dos años en Colombia, tras un fallido intento de trasladarse a Nueva York. En la capital venezolana estudiaría en la Escuela de Bellas Artes, y una vez ya conocido en el ámbito artístico de esa nación, ganaría reconocimientos como el Premio Nacional de Paisaje «Fernando Valero», en 1983; el Salón de Aragua, en 1985; y el Premio Tejerías, en el año 1986.

Las primeras exposiciones datan de 1963, cuando su amigo Alfonso Palacios Borja (hoy Dimitri Borja) lo invita a exponer en Quito, en la galería Siglo XX, luego en Ambato, Cuenca, Guayaquil y Loja.

Esa incursión en el mundo de la pintura, su otro amor, al que continúa ligado aún (sus cuadros se expusieron durante años en el hotel El Dorado) no significaría el abandono del primero: «Quien no tenga una caricatura mía en Caracas, o no sale de noche o solo se pasa en misa», dice sonriendo.

Pese a todo el tiempo transcurrido en Caracas, y ligado a esa ciudad, con hijos y esposa venezolanos, nunca ha querido nacionalizarse como tal. Ya en su época de madurez incursionó en Derecho y se graduó de abogado en la prestigiosa Universidad Santa María. Sus hijos son todos adultos y profesionales exitosos. Será por la nostalgia de los años o por ese secreto llamado de la tierra, que a comienzos del nuevo siglo anunciaba que había decidido radicarse en su país y en la ciudad que lo vio crecer. Pocos años después, caricaturas suyas aparecían y desaparecían en las manos de cientos de mexicanos que caminaban por el Zócalo.

Con tantos años en Venezuela, recordaba haver visto también cómo el gentilicio ecuatoriano fue pasando de un prestigio bien ganado a una reputación por la cual en los años en que retornó a Cuenca, hacia la época de la peor crisis del país, se nos veía como ciudadanos de tercera: «En Caracas hay un barrio llamado Guayaquilito, en el que viven en su mayoría ecuatorianos que se dedican a la delincuencia. Es un sector donde hasta a la propia policía le cuesta ingresar», rememoraba argumentando que esa sería una de las causas por las que los ecuatorianos han sido mal vistos en Venezuela, «porque esta gente ha sentado un mal precedentes para el resto de compatriotas a quienes sí les interesa trabajar honradamente».

Personajes

Algunos de los personajes dibujados por García, han sido el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el ex presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, el torero Antonio Ordóñez, el actor Pierce Brosnan, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, el pintor también colombiano Fernando Botero, la legendaria y despampanante bailarina Yolanda Montez, mejor conocida como Tongolele, el cantante Marco Antonio Muñiz, el popular actor mexicano Chabelo, o el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, a quien admira este pintor criollo con una mezcla de acentos, entre quiteño y caraqueño, que se precia de haber conocido también a figuras tan populares como el Faraón de la Salsa Óscar de León.

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Rodrigo Aguilar Orejuela, a los 31 años, en una caricatura de Álex García.

A mediados de 2001 expone en Cuenca y otras ciudades obra creada en el país, compuesta de paisajes urbanos y rurales, retratos y bodegones “que por lo general suelen venderse bien”. En una etapa anterior, en Venezuela, hizo también pintura abstracta, pero ha preferido mostrar en Ecuador la primera, porque, sobre todo en los nuevos círculos y generaciones, ha sido un desconocido, como consecuencia de su largo extrañamiento.

En la conmemoración de su medio siglo de vida artística, su natal Guayaquil lo acogió con honores y le permitió exponer en el Museo Municipal, hacia finales de 2014, con una exposición en torno a Don Quijote de la Mancha, titulada Don Quijote a la Carta, que al mismo tiempo se presentaba reproducida en mazos de naipe o cartas. Lo último que se ha sabido del inquieto e incansable Álex, el ecuatoriano que se fue por el mundo, hoy ya todo un setentón, es que se lo vio bajando a toda velocidad, subido en un trineo, a comienzos de 2016, en el centro de esquí de Valdescaray de La Rioja, en España.

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(fotografía: Ángel Aguirre – El Universo)

 

Jorge Dávila Vázquez: Francia, el teatro y la cuarentona María Joaquina

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En el año 2016 el Gobierno del Ecuador le confirió el Premio Nacional Eugenio Espejo al escritor cuencano Jorge Dávila Vázquez, decisión a través de la cual se reconoció, por parte del Estado ecuatoriano, el aporte enorme y significativo que ha sido para las letras nacionales la prolífica a la vez que extensa producción literaria de este creador.

La bibliografía de Dávila, en efecto, es de por sí copiosa y abarca diferentes géneros, desde la poesía y el relato, pasando por el teatro, el periodismo y el cuento infantil, hasta la narrativa, la crítica y el ensayo. A medio siglo de sus primeras actuaciones y pinitos en la dramaturgia, Jorge Dávila es todo un referente no solo en relato, narrativa y poesía, sino también en el teatro, desde el que ha aportado tanto en la faceta de actor y asistente de dirección, como en la de dramaturgo, con obras tan célebres como Con gusto a muerte o Espejo Roto.

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Con 22 años, en 1968 había ganado el Premio Nacional de Teatro por su obra El Caudillo Anochece, y a los 23 tuvo la fortuna de ganar una beca del gobierno francés, la última que se confirió a un cuencano, para estudiar asistencia de dirección teatral en tres ciudades, merced a las gestiones de Juan Cueva, personaje de enorme influencia en la vida cultural del país, desde siempre vinculado a Francia, además de miembro del iconoclasta grupo cultural Syrma.

En Marsella estuvo con Antoine Bourseiller; y, en Lyon, con el que está considerado el más grande director de teatro de Francia, Roger Planchon; por último, en Estrasburgo, en la Escuela Nacional de Teatro: “Para mí fue una experiencia extraordinaria. Fui y entré en contacto directamente con el mundo de la cultura francesa en vivo, que era el mundo del teatro, con gente muy importante,  porque era parte del programa de Descentralización del Teatro en Francia, y trabajaba en el Teatro Nacional, con una beca del gobierno”, rememora el escritor casi medio siglo después.

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Al tener que trabajar en asistencia de Dirección, necesariamente debía releer obras que él ya conocía, pero que al abordarlas desde una lectura crítica para la escena permitieron que su cultura más o menos amplia se intensificara. La generación de Dávila creció bajo el influjo tanto de la cultura francesa como de la norteamericana, cuyo auge apabullante es inevitable. Al mismo tiempo puede afirmarse que la suya fue, de hecho, la última generación que se entregó de lleno al estudio de la literatura francesa. Sus lecturas de mayor predilección van desde autores como Chauteaubriand y Marcel Proust, hasta los escritores que en sus años de juventud influían en el panorama cultural y político mundial, como Jean Paul Sartre, François Mauriac y Albert Camus.

Con Planchon estuvo en el remontaje del Tartufo, que era su obra maestra, y en la puesta de una obra del director galo que se llamaba Azules, Blancos, Rojos, sobre la Revolución Francesa. Jorge iba haciendo anotaciones, pasaba a los ensayos, discutían un poco. Recuerda que era muy abierto, simpático, agradable, y todo era un ceñirse maravilloso al texto de Molière. “Tenían muchísimo dinero estos proyectos nacionales, por lo que la pieza de Molière, el Tartufo, era una obra maestra de la representación: perfectamente actuada, con Planchon como protagonista, en ciertas representaciones; el oficial, sin embargo, era Michel Auclair, que llegó a ser pareja de Audrey Hepburn; y un derroche de artistas invitados, gente muy conocida. Era algo que emocionaba al público.”

En Marsella se dedicaba a buscar obras y libros de teatro, asistir a todo lo que podía, volverse habitué de la ópera, donde trabajaba una persona que después fue director del Ballet de Cuba, Pedro Consuegra, quien le facilitaba las entradas al lugar.

Con Boussieu, en cambio, la experiencia de aprendizaje no resultó igual. En una ocasión, recuerda, en que se remontaba una pieza de Genet, “me dio dos libros y me dijo toma, recorta esto. Yo me imaginé, muy ingenuamente, que quería que vaya viendo qué partes de la obra podían suprimirse en la representación. Me dijo: En el un tomo está señalado todo lo que tienes que recortar. Y me dio una tijera. Efectivamente… (ríe a carcajadas) tenía que ir recortando (sigue riendo) y armando, con los dos tomos, la pieza tal como él la iba a representar. Dicen que era muy brillante… realmente yo nunca le percibí el brillo.”

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Más de un lustro antes de viajar a Francia, Jorge había estado vinculado ya al mundo del teatro. En 1964 hace Los Justos, y al año siguiente empezaba a trabajar en ATEC, la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca, a la que poco a poco se van integrando una serie de personajes interesantes del mundo cultural cuencano, como Rubén Villavicencio, Edmundo Maldonado, Paco Estrella, Catalina Sojos. “Éramos simplemente la prolongación de un grupo de colegio dirigido por el doctor Guillermo Ramírez. Estuardo Cisneros se convierte en director de comedia, y hacemos con él una comedia norteamericana realmente fabulosa, llamada El Marido de Helena, que le cambiamos de nombre y terminó llamándose Así fue Troya.”

El estreno de su primera obra, Donde comienza el Mañana, audazmente tuvo lugar la noche que se representa en Cuenca A puerta cerrada de Sartre: “Yo fui el complemento del programa, con una obrita que había anticipado era muy malhablada, que se llamaba Donde comienza el Mañana, porque se le ocurre al director de esa época que colabore con una representación. Era una pieza para dos personajes, en la que actuaron Rubén Villavicencio y Gustavo López”. Los textos eran tan inusuales para una pieza teatral en la Cuenca de aquellos años, que el mismo Edmundo Maldonado se rehusó a que la obra fuera escenificada. La gente que asistió a la representación resultó muy escandalizada, porque la pieza era bastante fuerte. No faltaron quienes se acercaron al autor para reclamarle e inquirirle qué era lo que le sucedía para presentar semejante afrenta a Cuenca. Tiempo después la obra participó en el festival nacional de teatro, en Guayaquil, pero en esta oportunidad Gustavo López no había podido viajar, por lo que su papel tuvo que representarlo el mismo Jorge. El resultado fue que Rubén Villavicencio ganó el premio de teatro en esa oportunidad. De esta obra ha dicho el escritor Raúl Vallejo que debe ser una de la más representadas en el teatro ecuatoriano, aunque para Felipe Aguilar la obra que tiene ese privilegio debe ser Con gusto a Muerte, también de Dávila.

Syrma era el nombre de una agrupación iconoclasta que tenía al poeta Rubén Astudillo a la cabeza, y cuyo epicentro era el café Raymipamba, hoy convertido en un icono cultural y patrimonial de la capital azuaya. En torno a este grupo y a su revista homónima, dirigida por el autor de Canción para Lobos y Oración para ser dicha aullando, convergía gente como Patricio Muñoz, Enrique Malo, Lastenia Torres, Vicky Carrasco, Jorge Arce, Olga Jaramillo, Catalina Sojos, Juan Valdano, Rómulo Vázquez, Lupe Chimbo, Guillermo Ramírez, Paco Estrella, Enrique Balarezo. Es tras su desintegración que algunos de sus miembros desembocarán en el grupo de teatro formado por Guillermo Ramírez Aguilar, profesor del colegio nocturno “Antonio Ávila”.

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Jorge regresa de Francia a Cuenca en julio de 1971, y para entonces ya tenía un hijo, y lo único que consigue es un pequeño trabajo como profesor de historia del teatro en el Conservatorio, que se lo da su director, el sacerdote José Castellví Queralt, pero la paga era tan poco representativa que resultaba imposible vivir con esos ingresos, por lo que decide volver al entonces Banco del Azuay, en calidad de hacelotodo, a veces como pagador, otras como anotador,

A mediados de los setentas actúa en una obra de teatro del absurdo, llamada El Convidado, que será prácticamente su última actuación, antes de dedicarse a culminar los estudios universitarios. Se publica entonces, con mucha posterioridad, su poemario La Nueva Canción de Eurídice y Orfeo (1975), que había sido escrito antes de 1970. A partir del año 1974 toda su fuerza creativa se centrará en el relato, primero con Los Tiempos del Olvido, que pese a haber sido escrito tres años antes comienza a circular en 1977; y, a continuación, con la novela María Joaquina en la Vida y en la Muerte, de cuya publicación y premiación se conmemora el cuadragésimo aniversario.

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Esta novela corta, que ambienta los días y noches de derroche y esplendor del poder en el Ecuador de las últimas décadas del siglo XIX, reeditada en diferentes colecciones dentro y fuera del país, continúa siendo uno de sus títulos de mayor éxito, incluido en el top ten de los libros más vendidos del Ecuador en las últimas décadas, a decir del siempre incisivo a la par que certero catedrático, crítico y escritor cuencano Felipe Aguilar Aguilar. Su febril escritura tuvo como fondo musical las piezas que por aquellos años eran de la predilección de gente como Marieta Vintimilla, la sobrina del dictador Ignacio de Vintimilla, en quien se inspira la obra de corte histórico. Alrededor de un mes fue el tiempo que le tomó a su autor redactar y concluir el primer borrador, lapso que aprovechó a raíz de su largo internamiento en una casa de salud.

La novela fue rápidamente aceptada por la crítica y el público lector, y la mejor prueba de su éxito fue haber ganado el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit. La notificación de este hecho inolvidable tiene para Jorge ribetes agridulces, que también son indelebles. Estando a mitad de sus estudios universitarios, hace cuarenta años, recuerda Jorge que por coincidencia se hallaba asistiendo a una clase del doctor Efraín Jara Idrovo, que alguien interrumpió para pedir que saliera del aula el estudiante Dávila Vázquez Jorge. Tras recibir la noticia, asustado, atónito, feliz a la par que ingenuo, retornó al salón para comunicarla al maestro y a los condiscípulos: “Me acuerdo tanto que me llaman afuera y me dicen, con cierta duda, incredulidad y asombro, parece que has ganado el Premio Aurelio Espinosa... Entré y pedí permiso al Efraín, y le dije: ¿puedo decir algo?… Me parece que he ganado el Aurelio Espinosa por mi novela María Joaquina … “¡Ah… ya, ya!” -fue lo que dijo el gran maestro y poeta cuencano-, “y siguió la clase como si tal cosa…”

Francisco Álvarez González: Filosofía en una Cuenca bucólica

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Por entonces resultaba fácil recorrer la pequeña urbe que era Cuenca, desde la perspectiva del peatón. Su condición de bucólica, aun presente dentro del área urbana, era evidente al traspasar cualquiera de sus límites. Fue a esa ciudad a la que llegó, en enero de 1952, uno de los brillantes discípulos del autor de La Rebelión de las Masas, don José Ortega y Gasset: Francisco Álvarez González.[1] Apenas una veintena de días después, aquél sería el eje, junto a un grupo de españoles y cuencanos, en torno al cual convergería la fundación de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, de la cual sería su primer decano.

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José Ortega y Gasset

De la mano de esa responsabilidad asumiría también la tarea de escribir, de manera incansable, textos filosóficos de los cuales carecía la incipiente Facultad. La revista Anales de la Universidad de Cuenca será uno de los mayores recipientes de sus escritos, y es también memorable entre quienes tuvieron el privilegio de contarlo como maestro, su libro Historia de la Filosofía, escrito en esta ciudad sin contar para ello con un buen fondo bibliográfico que, para entonces, era inexistente en Cuenca: “Ya el hecho de que una de mis primeras preocupaciones fuera escribir una relativamente extensa historia de la filosofía, se debió no a ningún interés personal de momento por el tema, sino al deseo, que casi era un deber, de que los alumnos pudieran contar con un libro de texto sobre esa materia.” De igual manera recomendaba la lectura directa de obras y autores, para lo cual se valía de una antología preparada por su célebre condiscípulo, también pupilo de Ortega y Gasset, Julián Marías (padre del más célebre novelista español contemporáneo, Javier Marías).

De Marías recuerda: “Fue condiscípulo mío. Terminamos en 1936 la licenciatura juntos, un par de meses antes de que estallara la Guerra Civil. No mantuvimos mucha correspondencia pero sí manteníamos una relación de amistad a lo largo de tantos años. Por ejemplo, hace unos diez años fue a Costa Rica a dictar conferencias y llegó a mi casa. Y hace unos dos o tres años estuve yo en el homenaje que le hicieron en España”.

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Francisco Álvarez, fundador de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca, fue condiscípulo y amigo del filósofo español Julián Marías, padre del escritor Javier Marías.

Si Álvarez llegó a América fue precisamente como consecuencia de la Guerra Civil, al hallarse perseguido por Francisco Franco, el Generalísimo, bajo cuya dictadura permaneció dos años encarcelado. Antes de la guerra había ganado una cátedra, que sin embargo el gobierno franquista le arrebató como represalia por su postura de izquierda. “Fue por la Guerra Civil Española y por la cosa autoritaria de la dictadura de Franco, por la forma como éste persiguió a sus enemigos políticos, que como tantos otros intelectuales tuve que optar por buscar otros rumbos y abandonar España.”

Desde el punto de vista del desarrollo, la España en que transcurrió la juventud de Francisco Álvarez daba la impresión de un país subdesarrollado, recuerda, pero se siente orgulloso de que el mundo entero haya progresado de una manera extraordinaria, y que hoy en día su país no tenga nada que envidiar a otras naciones europeas.

Para el nonagenario filósofo, el fenómeno migratorio es un hecho necesario en países como España, donde los trabajos que ciudadanos de otros lugares llevan a cabo son labores que los españoles ya no quieren efectuar, y, en consecuencia, habrá siempre fuentes de trabajo para los inmigrantes.

A través de un diálogo muy rico mantenido con este interlocutor, Álvarez se confiesa eminentemente orteguiano. Conserva intacta su lucidez y aparenta menos edad de la que tiene. Su conversación abarca tanto los catorce años que vivió en Cuenca como sus posteriores residencias en Chile y Costa Rica. En todo ese tiempo dejó huellas intelectuales y físicas, además de lazos familiares en cada uno de esos países.

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El pasado 31 de enero, exactamente cincuenta años después de haber fundado la Facultad de Filosofía, estuvo una vez más en Cuenca. Diez años atrás, para la celebración del cuadragésimo aniversario, había reconocido su contribución a lo que llamó un hito en la vida cultural cuencana: “Creo, sinceramente, cuando ahora recuerdo aquellos años, que la obra que llevamos a cabo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, un al principio muy corto grupo de profesores cuencanos y españoles, señala un hito importante en la historia cultural de esta amada ciudad de Cuenca.”

Febrero de 2002

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, Cuenca, 2016

[1] Francisco Álvarez González (Madrid, 1912Heredia, Costa Rica, 2013),  filósofo español, discípulo de José Ortega y Gasset, Manuel García Morente y José Gaos, entre otros, y condiscípulo de Julián Marías, Antonio Rodríguez Huescar y Manuel Granell. Fue profesor de Literatura y Griego en el Liceo Francés de Madrid y de Filosofía y Economía Política en otros centros educativos. En 1952 viajó a Cuenca (Ecuador), donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, siendo su primer decano. Fue profesor y director del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción hasta 1971. En 1973 se radicó en Heredia, Costa Rica y fue profesor de filosofía en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad Nacional de Costa Rica. También en Costa Rica fue profesor de la Universidad Autónoma de Centro América. (http://es.wikipedia.org/wiki/Francisco_%C3%81lvarez_Gonz%C3%A1lez)

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“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

Carlos Pérez Agusti: el cuencano que nació en Madrid

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Con su juventud a cuestas, en octubre del año 1966 llega a Cuenca de los Andes, procedente de la capital española, atraído por unos cuantos libros que había leído de la literatura ecuatoriana, y cargando ciertas ideas de lo que sería vivir en un país llamado Ecuador. Por entones funcionaba en España una organización llamada CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que proporcionaba profesionales europeos a América Latina: “Mi ilusión era conocer América Latina y estudiar su literatura, su arte, su cine. Yo estaba dispuesto a viajar al primer país que necesitara un profesor de literatura para las universidades”, dice Carlos Pérez Agustí, madrileño radicado en Cuenca por media centuria, y nacionalizado ecuatoriano desde hace una veintena de años.

CONTRATO INDEFINIDO

La propuesta laboral le había sido enviada desde la Universidad de Cuenca. En aquel tiempo el Decano de la Facultad de Filosofía era el Dr. Alejandro Serrano Aguilar, quien lo contrató por el lapso de un año. Al cabo de ese plazo, ya adaptado a la ciudad y habiendo dejado satisfechas a las autoridades universitarias cuencanas, firma por tres años más, que se convirtieron en un contrato indefinido.

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Carlos Pérez es más que alguien que llegó al país y al cabo del tiempo decidió quedarse: “Yo he considerado siempre al Ecuador y a América Latina como una prolongación de España. He encontrado muchas cosas en Cuenca y mi estadía a lo largo de 50 años ha sido muy satisfactoria”, afirma convencido.

AQUELLOS ESTUDIANTES

Quienes nos formamos en el Ecuador de los años setenta y ochenta, sobre todo en instituciones de carácter fisco-misional y religioso, recordamos el nombre de Carlos Pérez Agusti, no solo relacionado con ámbitos como el cine cuencano, del que es uno de sus pioneros, sino también con las primeras lecturas que tuvimos, a través de los libros de la editorial Don Bosco y la Librería Nacional Salesiana LNS, que era precisamente recopilados y editados por este personaje. Es decir, varias generaciones de ecuatorianos, miles y miles de personas, se educaron leyendo los textos de gente como Felipe Aguilar y Carlos Pérez.

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Entre la enseñanza literaria y las cátedras de cine, incluida la actividad del Taller de Cine de la Facultad de Filosofía, tuvo la oportunidad de haber compartido aventuras fílmicas con sus alumnos y colegas, es decir, sus antiguos estudiantes, a muchos de los cuales califica de gente extraordinaria: “Cuando yo llegué tuve de alumno a Mario Jaramillo; casi todos mis colegas de la Escuela de Lengua y Literatura: María Eugenia Moscoso, Alejandro Mendoza, Jorge Villavicencio, Felipe Aguilar, Jorge Dávila”, además del hoy legendario periodista y catedrático Edmundo Maldonado, y la poeta y actriz cuencana Catalina Sojos.

PIONERO DEL CINE CUENCANO

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Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega, junto con Edmndo Maldonado, Rubén Villavicencio, Pepe Neira y Jorge Dávila.

“Arcilla Indócil”, del escritor cuencano Arturo Montesinos, así como “La Última Erranza”, del guayaquileño Joaquín Gallegos Lara, se recuerdan como dos de los más célebres títulos que Pérez adaptó y llevó al cine, al incipiente cine cuencano del que puede decirse es pionero, y que tiempo después se intentó continuar con trabajos como “Mea Culpa”, de Patricio Montaleza, hacia finales de los años noventa, sin que luego de aquello pueda hablarse de un cine cuencano como se viene haciendo en otras urbes del país. El efímero festival de cine La Orquídea, a través de sus organizadores tuvo a bien rendirle un homenaje público, como reconocimiento a esa labor pionera en la producción fílmica de corte morlaco.

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Hoy, jubilado ya, este cuencano de origen español departe de forma habitual con sus amigos y familiares, y se le ve participando en citas literarias y presentaciones de nuevas obras, como si no hubiese transcurrido ese medio siglo de intensa y fecunda labor cultural, educativa e intelectual en su amada Cuenca, no la europea sino la de los Andes.

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“Económicamente quien quiera hacer dinero de la cultura elige el peor camino”, dice al preguntarle sobre las ganancias que pudiera haber logrado. No obstante, esas ganancias se han dado en otros órdenes, permitiéndole realizarse, como él mismo afirma, y proporcionándole gratificaciones: “Considero una obligación revertir y retribuir, a los que venimos, con lo que tengamos al alcance”. En otras palabras, el saber que ha hecho algo en Cuenca y el Ecuador ha sido una de sus mayores satisfacciones.

 

1999-2016

Aquellas Cosas Antiguas: memoria, realidad y nuevos tiempos en Cuenca de los Andes

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Por alguna razón la conversación que mantenía hace poco con una amiga a la que le llevo alrededor de quince años de diferencia, derivó en la división bipolar que rigió hasta 1989, cuando Berlín y el mundo fueron testigos de la destrucción del símbolo de esa bifurcación. Usted me está hablando de aquellas cosas antiguas, me dijo con desparpajo absoluto y desafiante pero sin atreverse a tutearme. En ese momento me percaté de que tenía 38 años; que mis referentes no eran los mismos que los de esta chiquilla a la que le importaba un bledo quiénes eran y qué hicieron Reagan y Gorbachov, el Che Guevara, Fidel, Víctor Jara, Mercedes Sosa, el Partido Comunista, la onda corta o ese fenómeno sociológico comercial al que coincidimos en llamar rock latino.

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Vista en retrospectiva, modificada por el olvido que van dejando los años, aquella parece una época de inocencia, de ensueño inclusive. Íbamos al colegio, no teníamos celulares, no imaginábamos internet, los discos que escuchábamos aún eran de polivinilo, aunque en Holanda ya se había inventado el disco compacto. Nuestros bordes musicales iban desde los clásicos hasta Michael Jackson, Kiss, ACDC, Men at Work, Journey, Foreigner o Madonna; el grito lastimero de Franco de Vita cantando Un buen perdedor en un pequeño disco de 45 revoluciones por minuto, y con el brazo de la aguja abierto para volver a escucharla una y otra vez; las delicias intelectuales del rock latino, con Soda Stereo a la cabeza, más tarde reforzado por obras maestras como El Nervio del Volcán, de los mexicanos Caifanes; o ese mundo de romántico idealismo de izquierda musicalizado por Silvio, Pablo, Vicente, Piero, Pueblo Nuevo, Mercedes, que hasta la primera mitad de los noventa podíamos oír a través de las ondas de la extinta radio Bolívar.

Escarabajos en la calle Sucre

Estábamos habituados a ser parte de una generación caracterizada por la envidia. Sí, envidia generacional. La caracterización hecha de la generación X nos dejaba mal parados, casi clasificándonos y confundiéndonos con los yuppies. Olvidábamos, empero, que el encasillamiento aquel no incluía las particularidades culturales de nuestros países. Si cronológicamente equivalíamos a esa generación, desde la óptica cultural los elementos y factores comunes no encontraban asidero porque no existían. Había desfases cronológicos derivados del desarrollo de las sociedades del primer mundo y las nuestras, y por ello también de la lenta incorporación a la globalización que comenzó a gestarse décadas atrás.

Los cambios culturales operados en el mundo se siguieron en nuestros países como una moda, aplicados a las realidades locales. En el Ecuador, la moda de los sesentas exigía estar a tono con el twist, el rock, los Beatles [la primera gran expresión popular mediática de la globalización], el pelo largo, quizá algo de marihuana entre los más audaces y atrevidos. Pero no eran la mayoría. No había una aceptación masiva del género y todo lo que éste implicaba. Eran los estratos de clase media alta los que optaban por la oferta en mención, sobre todo aquella del rock cantado en inglés. El que se hacía en español, en cambio, solía estar definido por su carácter comercial y por un nivel cualitativo menor al que producían conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones, los Who o el mismo Carlos Santana. Eran Sandro, Alberto Vázquez, Los Iracundos [los primeros Beatles sudamericanos, mucho antes de que Soda Stereo tuviera en los ochentas condiciones de fenómeno musical], Enrique Guzmán, o un montón de llorones más, quienes hacían de puente entre la música aquella como ritmo de moda y el idioma en el que en su país de origen, y en el mundo entero, se cantaba. En Cuenca de los Andes, los Beatles y los Rolling Stones no llegarían de forma directa, sino a través de covers y adaptaciones de una banda colombiana, Los Speakers, que hizo historia en Sudamérica, precisamente por haber acercado a los jóvenes al pop británico.

El ecuatoriano promedio, en cambio, aunque no era indiferente al rock seguía siendo pasillero. Se identificaba con el pasillo, y al mismo tiempo prefería el bolero y los ritmos que junto a él llegaban desde países como Cuba y México, que luego confluirían en ese fenómeno comercial socio-cultural llamado salsa. Los hijos de esa generación, aquellos que en el mundo se han conocido como miembros de la generación X, desde la aparición del libro de Douglas Coupland, compartíamos algunos signos distintivos con la anterior, con la nuestra y aun con los miembros más jóvenes de ella, los nacidos hacia 1980. Pocos resultamos impactados por la visión que tenían Da, Andy y Claire en la obra del canadiense. No era nuestro mundo aunque había rasgos en común. La diferencia fundamental estribaba aún en el grado de consumismo. Factores como la televisión, internet, la emigración, terminarían por proporcionar el peso necesario para ir inclinando la balanza.

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Habituados a sentirnos los hijos de aquella gente, de la que fumaba hierba, oía rock, usaba ropas extravagantes y coloridas, y practicaba y pregonaba el amor libre y otras utopías como la paz, o simplemente pasilleros y boleristas, soneros y cumbiancheros como nuestros padres ecuatorianos, parece que padecimos el fenómeno ese de la envidia generacional. Envidiamos haber nacido y crecido en los sesentas, porque al parecer fue una era ideal, idílica. La nuestra, en cambio, estaba llena del desencanto que quedó de los setentas, y el desastre que fue perfilándose y consumándose en los ochentas, hasta desembocar en la caída del Muro de Berlín como símbolo del fin de una era. Nuestra generación vivía su época pero también padecía cierto grado de nostalgia: los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón, la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, casi en la esquina de la calle Benigno Malo, como mirando hacia el Salón del Pueblo, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cuarenta años a que alguien lo saque del Camino de la Abadía o de la calle Mariscal Sucre. Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento.

 Desde la izquierda radical

Muchos militamos en la izquierda radical, que pecaba de teórica en el caso de los cabezones, alineados con los dictámenes del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). Otros prefirieron seguir a China, y luego a Albania, a Cuba, a Corea del Norte. Crear una célula comunista, lo recuerdo bien, era todo un reto cuando estudiabas en un colegio católico; cuando durante la misa y en medio del cuaderno de religión lo que en verdad se leía era el manual de Politzer o una de esas copias amarillentas del Manifiesto del Partido Comunista de Marx, que publicaba la editorial Claridad en Rusia. Unos se convirtieron en médicos y artistas, profesores y agentes de viaje, políticos o ecologistas, abogados o amas de casa tradicionales. Conocí a un ex miembro de Alfaro Vive Carajo, que ostentaba los horrores de los años ochenta con una cicatriz enorme, una oquedad siniestra que era imposible dejar de ver mientras charlabas con él.

La ciudad estuvo siempre llena de iglesias y calles con nombres de curas, pero en esas mismas arterias crecieron y lucharon también hombres de izquierda repudiados por las beatas, o por psicópatas aprendices de sodomitas que entre pretenciosos y estériles latinajos, se convirtieron luego en delincuentes contumaces, y hoy como entonces siguen apolillando a la sociedad.

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Cuenca, que sobre todo desde comienzos del siglo XX se vanaglorió con creciente orgullo de su autosuficiencia y de la evidencia numérica de algunos de sus mitos, pero en especial aquel de Atenas del Ecuador, tuvo también sus héroes rebeldes, iconoclastas y críticos, aun siendo algunos de ellos conservadores. Generaciones diferentes se encontraron en los sesentas, en la ebullición febril que salpicó también, de alguna manera, a la ciudad conventual, dominada por el clero y el qué dirán. G.h. Mata se enemistaba a muerte, vía insultos no solo memorables sino también desmedidos, desbordados, con el poeta Rubén Astudillo, cuencano pero en aquel tiempo visto como un fuereño, procedente de un pueblo distante que no era sino una parroquia rural más de Cuenca: El Valle. Enrique Malo prometía en la pintura, Efraín Jara era ya hace rato un poeta consagrado, Paco Estrella comenzaba a ser leyenda; Hugo Ordóñez, Estuardo Cisneros convergían en torno a la contundencia de La Escoba, la segunda, quizá la más terrible y deliciosa publicación que de su tipo se haya dado en la tierra morlaca.

 Remezón en la Cuenca mariana

Los hijos de clase media y alta que podían permitirse viajar al extranjero, eran quienes estaban al tanto de lo que sucedía en el mundo a nivel de las expresiones artísticas. Por eso eran ellos quienes más comulgaban con los postulados internacionales de los jóvenes de esa generación. Pero constituían una minoría, por lo menos en Cuenca, en el Ecuador, vanguardista quizá, pero minoría al fin, como la que décadas atrás, en los comienzos del siglo XX, había sacudido las así consideradas buenas conciencias de la sociedad cuencana.

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En su mayoría estudiantes de Derecho, porque todo hijo de familia tenía como opciones eso o la Medicina. Y como todo estudiante de leyes, se sentían atraídos por la intelectualidad, por la literatura, la pintura, la música, las artes en sí, y particularmente la fotografía. Bebedores, morfinómanos, protagonistas de reyertas y al mismo tiempo lúcidos importadores y creadores de otras formas de ser y hacer. En el centro de esa suerte de movimiento generacional, una figura especial, imbuida de la visión cultural de avanzada de la que había sido testigo en Europa, cuando acompañó a su padre para la defensa del Ecuador ante el Rey de España: Emmanuel Honorato Vázquez.

Hoy, en otro siglo y en otro milenio, para el cuencano común el nombre de Emmanuel Honorato no representa nada; Juan de Tarfe, uno de sus pseudónimos, tampoco. A lo mucho se evocará el nombre de su padre, porque es el de una calle en la que se liba tanto como lo hacía la jorga del hijo, y donde las nuevas generaciones no solo cuencanas sino ecuatorianas y de los más distantes puntos del planeta festejan el intercambio cultural y genético de la globalización con entusiasmo digno de la Roma imperial y decadente, cual si en ella estuviésemos viviendo, como parecen creer algunos psicópatas pseudo-intelectuales que reptan por los vericuetos atropellados de la web aquejados de verborrea latinoide, a estas alturas.

Tampoco se dirá, porque se desconoce o porque se prefiere callar, que el monumento a la memoria del progenitor, taita Vázquez, amaneció un día luciendo un enorme falo erecto, con el que permaneció por horas en la avenida Solano, para regocijo de unos y escándalo de otros, y la total indiferencia de los medios de prensa ante las travesuras de algún beodo o de algún adolescente majadero. Pero esa es otra historia. También Bolívar, mirando con testaruda persistencia hacia la Gran Colombia, suele amanecer portando en sus manos algunas de las prendas íntimas que, dicen, gustaba quitar a cada una de las damas que frecuentaba y con quienes se deleitaba por los caminos de nuestra América.

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En el orbe intelectual morlaco, en el mundo de la cultura Emmanuel Honorato Vázquez es como un héroe latente, persistente, fascinante, que con lentitud comienza a despertar no solo simpatías sino verdaderas pasiones, investigaciones, descubrimientos y redescubrimientos, libros, tesis, artículos. El tabú de su muerte, en cambio, persiste aún entre sus descendientes, mientras quienes se refieren a ese hecho en la ciudad continúan especulando, tal como se lo hacía y se lo viene haciendo desde hace 84 años en Cuenca de los Andes.

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La sociedad cuencana le debe un reconocimiento póstumo público, que implique la difusión de su vida y de su obra fotográfica, que es un legado de Cuenca, otro de los motivos por los que la urbe lleva más de una década ostentando el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado a su Centro Histórico. He ahí, una de las muchas tareas que pueden emprender instituciones culturales sólidas e insertas en el mundo globalizado como la Bienal.

 Un alto para la reflexión

El siglo y el milenio, por lo menos para nuestra concepción occidental, se acabaron, pasaron los años y nos sorprendimos casados, divorciados, enviudados, solteros empedernidos o resignados, barrigones, adaptados a la sociedad a la que criticábamos y queríamos cambiar en los ochentas, cuando aún éramos ingenuos, y hasta criando descendientes. El fondo musical de nuestra película fue variando: se sumaron Nirvana, Green Day, Molotov, los mismos Beatles regresaron con su antología y hasta resucitaron a Lennon. Aparecieron otros nombres en la música no comercial: Alejandro Filio, Diego Sojo, Frank Delgado, Francisco Barrios. Muchos fueron quedando en el camino, aferrados a sus ideales, que también eran nuestros, o sorprendidos por una bala perdida cuando curioseaban cerca de una protesta estudiantil. Otros quedaron atrapados con deleite en las satisfacciones materiales del mercado, de los dólares que acabaron con los sucres, y relegaron al olvido ideales e ideología.

Pasados de los treinta, rumbo a los cuarenta o ya entrados en ellos, los miembros de nuestra generación comenzamos a hacer un alto para resumir un poco; detenernos para meditar y reflexionar, evaluar, sopesar, enrumbar, levantarse, continuar. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas, de nuestros sueños y anhelos? Acabamos de llegar, por si nadie se dio cuenta, al poder. Ahora estamos en Carondelet. Rafael Correa, nos sintamos representados o no, es casi un miembro de nuestra generación, aunque a veces más parezca un yuppie si nos remitimos a clasificaciones como la de Coupland.

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Crecimos con la Bienal de Cuenca, creada a mediados de los ochentas. Esa década extraña en la que con timidez intentábamos ocupar nuestro lugar en la sociedad; esa década que vio circular por las calles los pequeños camiones azules de la Policía represora, que vio llegar al Papa a la Catedral; que vio asesinar a sus hijos acusados de terrorismo, o a centenares de morlacos sacar sus pertenencias mínimas a la calle para esperar por un terremoto anunciado…

Pasamos a los noventas algo desubicados, sin piso y con la sensación de haber llegado últimos a la historia. ¿Qué pasó con la utopía? Se desmoronó. Simplemente. En el camino también se fueron quedando muchas otras ilusiones y pasiones. La música de fondo fue variando, mas, lo realmente bueno persistió: Bob Marley sigue cantando, como si no hubiera muerto el 11 de mayo de 1981, a los 36 años; los Beatles cantan cada vez con mayor fuerza y creatividad, y sus fanáticos se cuentan por millones, con edades que van desde los 3 años hasta los 90. En medio de ese impulso creador de los ochentas, cuyo punto de partida más firme y fuerte fue la Bienal, se fueron formando y evolucionando artistas como Pablo Cardoso, Tomás Ochoa, Julio Mosquera, Hernán Illescas, Patricio Palomeque, Julio Alvarez, Josefina Flándoli, Patricio Ucho, Miguel Illescas, Marcelo Güiracocha, Pablo Moscoso, Francisco Delgado, Adrián Washco, Kattya Cazar, Juana Córdova, Juan Pablo Ordóñez, Ariel Dawi, Shamil Baibulatov. Es decir, creadores a los que se ha considerado de post-vanguardia tanto como los novísimos de la plástica y el arte de factura morlaca.

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La Bienal de Cuenca ha comprendido el papel que le corresponde en la sociedad no solo cuencana sino ecuatoriana. Porque es la Bienal del Ecuador, y por esa misma razón no han faltado entidades, es decir individuos, que han pretendido hacerse con ella y trasladarla, secuestrarla, arrancarla de la capital azuaya para implantarla en Quito o Guayaquil, donde los recursos no resultan escatimados porque son los centros de este país bipolar y bicéfalo, el político y el económico. ¿El cultural? Es una falacia. Como solía decir Enrique Malo, dos veces presidente de la Bienal, no es mayor motivo de vanagloria aquella proclama de ser la tercera ciudad del país más diminuto de la región. Somos y hacemos simplemente Cuenca. Cuenca de los Andes. No nos hace falta en absoluto el mito aquel de la Atenas, enseñado en las escuelas generación tras generación sin mayor reflexión ni indagación. A Santa Fe de Bogotá se la llamó también, alguna vez, la Atenas de Sudamérica. De los tantos nombres que contribuyeron a erigir ese espectro persistente, pocos dieron obra para la posteridad. Serán, por el contrario, sus más iconoclastas y críticos quienes se perennicen en el legado cultural morlaco: César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Rubén Astudillo y Astudillo. El mismo Efraín, dicen, sería quien, claro, lúcido, ácido y reflexivo, acuñaría esa otra frase lapidaria, admirada y repudiada por muchos: No somos Atenas sino apenas del Ecuador.

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La Bienal es una de las entidades llamadas a contribuir a que Cuenca, hoy cosmopolita y cada vez menos mariana, se inserte con firmeza en el mundo como lo que es, con su grandeza y sus limitaciones. La reflexión no se circunscribe al ámbito artístico sino a la globalidad de la sociedad: la realidad de lo que acontece, las limitaciones materiales y culturales, el juego del poder político y económico; las posturas retrógradas y recalcitrantes, hipócritas; la manipulación de la prensa por parte de sus propietarios, en función de intereses materiales; la incineración de todo el tiraje del suplemento dominical de un popular diario local, por contener fotografías de Tina Modotti desnuda, en una era en la que el problema central hace rato dejó de ser ético y pasó al terreno de lo estético; la pululación de pseudo escritores y críticos, de pseudo artistas, de falsos profetas; la influencia del reggaetón y su variante más tóxica, el perreo, en niños y adolescentes; de internet, del black metal, del bombardeo visual mundial en las nuevas generaciones; el exceso de vehículos y la contaminación; el auge de la delincuencia; las nuevas corrientes migratorias, etc.

Para su décima edición, escrita con X, como la generación a la que al menos en teoría pertenecemos, se convocó a la reflexión y la evocación. Tiempo para reflexionar, para resumir. Diez ediciones, tres décadas diferentes de la historia cuencana atravesadas por el hecho Bienal. Se ha logrado bastante, pero no lo suficiente. Aún se le debe al público, al mayoritario, un acercamiento real, una invitación a participar y apropiarse. Pero ese público no puede apropiarse, empoderarse como dicen los corifeos de las ONGs, si primero no ha comprendido lo que está viendo.

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Aquellas cosas antiguas no deben borrarse, no pueden olvidarse. Hay que registrarlas, guardarlas y desempolvarlas cuando amerite, escribirlas contra el olvido, para no perder el norte en esta realidad del nuevo milenio, que nos conduce hacia la Bienal del mañana, hacia la Cuenca de los Andes del futuro. Mientras todo eso se plantea, ocurre y cae por su propio peso, como dice el lugar común, las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos menores y de nuestros hijos, vienen pugnando por su sitio con una fuerza inusitada, aunque con una indiferencia rebelde y cuestionadora, pero sobre todo saludable.

BIENALARTE, Revista Informativa de la Bienal de Cuenca, Año 3, No. 6, Marzo de 2009, pgs. 30-37

Monólogo de un Desgajado

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Monólogo de un Desgajado: micro-ensayos sobre cultura contemporánea”, de Rodrigo Aguilar, es una selección de textos de opinión, originalmente publicados en las páginas editoriales de algunos de los principales medios impresos de la región centro-sur del Ecuador, entre los años 1991 y 2008. Diferentes hechos y acontecimientos operados en Cuenca, en el país y en el planeta, son registrados a lo largo de las páginas de este libro, cuya lectura se va convirtiendo así en un recorrido por la cotidianidad de la capital azuaya durante un periodo de dos décadas, precisamente el lapso en que más aceleradamente se transformó su fisonomía y su ritmo de vida.

Decenas de personajes van mostrando, a través de estos escritos de Rodrigo Aguilar Orejuela, las huellas que a su paso han dejado en la ciudad, o la forma en que ésta les fue influyendo. Cuenca y su mundo cultural, y los cambios que a través del tiempo inevitablemente se han ido dando, son minuciosamente retratados en los diferentes micro-ensayos seleccionados. Es, en definitiva, Cuenca la gran protagonista, al mismo tiempo que el gran escenario y el tema principal en torno al cual giran los textos que integran esta antología, que fue prologada antes de su deceso por el intelectual cuencano José Serrano González.

Publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, el libro es el sexto título de la colección Los Apus, en la que antes se ha lanzado ya obras de Galo Alfredo Torres, Sebastián Endara, Iván Petroff y Patricia Pauta.

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El autor

Rodrigo Aguilar Orejuela (Esmeraldas, 1970) es escritor, negro literario, periodista, editor, articulista. Ha ejercido el periodismo de opinión e información durante un cuarto de siglo en diferentes medios impresos del Ecuador. Fue editor de la Agenda Cultural de Cuenca (2008-2010), y de la revista Tres de Noviembre, órgano del Concejo Cantonal de Cuenca (2008), así como asesor editorial de la Alcaldía de Cuenca entre los años 2010 y 2015. Fue editor del libro Cuenca de los Andes (Municipalidad de Cuenca-CCE, 1998), uno de los documentos presentados por el ex alcalde Fernando Cordero para sustentar la candidatura del Centro Histórico de Cuenca a Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la UNESCO, finalmente inscrito en la Lista Mundial el 1 de Diciembre de 1999.

Por su trabajo titulado A Vivir una Cultura Diferente, sobre el modus vivendi de los ecuatorianos inmigrantes en Estados Unidos, publicado en la prensa cuencana, resultó finalista en el V Concurso Nacional de Periodismo Símbolos de Libertad (1997), cuyo jurado estuvo conformado por el escritor mexicano Carlos Monsiváis, y los periodistas colombianos Plinio Apuleyo Mendoza y Jaime Abello Banfi, este último director general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por el escritor Gabriel García Márquez.

En el año 2004 fue triunfador absoluto en el Primer Concurso Nacional de Ensayo convocado por la Universidad del Azuay. Ha publicado los títulos Colombia-Ecuador: un Ejemplo de Convivencia (Universidad del Azuay, 2004), El Encanto de Cuenca de los Andes (ediciones en español, inglés, francés y alemán, Fundación Municipal Turismo para Cuenca, 2005), Mercado, Barrio y Ciudad: Historia de la Nueve (Municipalidad de Cuenca, 2009), El Vuelo del Colibrí (2011), Como el Cardo: Retrato hablado de Eudoxia Estrella (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2013), Monólogo de un Desgajado (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2016).

Comentarios acerca del libro

José Serrano González: “He aquí la imperfecta, irritante, corrosiva serie de micro-ensayos de Rodrigo Aguilar Orejuela, abriendo el amplio espectro del idioma, con frecuencia, a las realidades más exteriores de nuestra circunstancia humana. A su libertad creadora se debe ese fervoroso sentimiento que impregna su lenguaje: con la conciencia de su honestidad insoslayable que le permite decir y definir a las cosas por su propio nombre.”

Andrés Abad Merchán: “Rodrigo Aguilar asume el reto de ahondar fundamentalmente la historia y la contemporaneidad de Cuenca y de nuestra nación, a partir de la promoción de su literatura, o desde el análisis de retazos de la vida cotidiana. Los textos hablan sobre los momentos buenos o agonizantes por los que ha atravesado el quehacer literario en el austro ecuatoriano, del mismo modo que abordan los temas de la cultura local y nacional, utilizando una nueva forma de expresión, para entregarnos algo distinto, novedoso y actual. Su prosa periodística está provista de un sarcasmo, a veces despiadado, para elaborar el concepto de la sociedad actual en sus múltiples complejidades. Lo mejor de esta colección de artículos radica en lo que denuncian e insinúan. En esos intersticios, el lenguaje se ilumina como si hubiera captado la síntesis de lo visto, lo pensado y lo intuido. Ahí prevalece precisamente el oficio de escritor.”

Oswaldo Encalada Vásquez: Estos trabajos de opinión, que muestran una alta calidad en el plano periodístico, constituyen una visión del mundo contemporáneo así como de la vida particular del país y de la ciudad, ya sea en sus aspectos sociales, como en los políticos y culturales. Escritos con total dominio del español como lengua de comunicación en el mundo actual, algunos de estos artículos podrían estar en cualquier antología del periodismo ecuatoriano.”