Gustavo Landívar entre los Maestros de la Fotografía cuencana

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Hacia el año 1985, con la venia y el respaldo de quien entonces regía los destinos de la lglesia Católica cuencana desde su arzobispado, Luis Alberto Luna Tobar, el fotógrafo Gustavo Landívar ingresaba a uno de los recintos reservados más antiguos de la capital azuaya, a la par que uno de los más desconocidos para el común de los vecinos morlacos.

Las religiosas del Monasterio de las Conceptas habían decidido por entonces abrir y donar una parte del claustro, flanqueado por blancas y altas paredes blancas de una manzana entera en el Centro Histórico de Cuenca, entre las calles Antonio Borrero y Juan Jaramillo, Hermano Miguel y Presidente Córdova. La sección correspondiente a la enfermería se destinaría a la instalación de un museo en el que los visitantes podrían ser testigos de una parte trascendental de la historia de la urbe, indefectiblemente ligada a la mayoritaria e incuestionable inclinación religiosa de sus moradores.

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Con lo que el joven fotógrafo no contaba era con la reacción que las monjas tendrían ante la presencia de un visitante del exterior, extraño al recinto, y mucho menos con cámara en mano intentando fotografiarlas. Su misión consistía en registrar la vida cotidiana de las religiosas dentro del claustro, derrotero que por poco no logra porque ante su presencia se cubrían los rostros con velos, o simplemente optaban por esconderse de él.

Landívar ha estado ligado durante medio siglo al registro fotográfico de la vida cuencana en sus más diversas facetas, pero sobre todo en el rico espectro cultural que la caracteriza. Esa inclinación por la imagen no fue espontánea ni antojadiza, sino que, por lo contrario, tiene antecedentes que datan de los mismos comienzos del siglo XX: su abuelo paterno, Agustín Landívar Vintimilla (1891-1929) formó parte de lo que podría llamarse la primera generación de fotógrafos de la ciudad, y a su padre, Manuel Agustín Landívar (1920-1980), se le deben muchos de los registros fotográficos (y también sonoros) de la cultura popular azuaya.

En ese contexto familiar, Gustavo creció rodeado de las imágenes captadas por ambos personajes, así como de las cientos, miles de fotografías coleccionadas por la suya y por otras familias cuencanas, con lo cual resulta fácil imaginar que su mayor pasión sería precisamente la captura luminosa elevada a la categoría de arte y al nivel de documentación histórica y cultural.

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En lo cultural es donde más se explayó su actividad, lo cual implica que la gran mayoría de las imágenes que habremos visto en Cuenca durante las últimas cinco décadas es de su autoría. Proyectos editoriales de trascendencia para la ciudad, como los dos tomos de fotografía antigua titulados Cuenca Tradicional, que el Banco Central publicó hacia mediados de los ochenta y comienzos de los años noventa, o el libro Ecuador, Hombre y Cultura, que recopila entrevistas del escritor Jorge Dávila a una veintena de personajes de la cultura local, tienen el sello Landívar, genuino e insaciable coleccionista de las fotos capturadas desde el siglo XIX, es decir la vida cotidiana y sus expresiones más disímiles: lo religioso, lo cultural, lo elitista, lo popular, el paisaje natural y el arquitectónico, las transformaciones urbanas, las diferencias sociales y raciales, la vestimenta, las costumbres, la gastronomía, etc.

Desde su domicilio y estudio emergieron, hacia finales de 2018, no solo una gran parte de esas colecciones, sino también cámaras de todos los tipos, tamaños, formas y épocas, adquiridas minuciosamente con la misma pasión con que desde hace medio siglo se ha dedicado a la fotografía y al estudio e investigación del movimiento fotográfico cuencano.

La Casa-Museo Remigio Crespo Toral, en realidad el museo de la ciudad, proyectó organizar bajo la égida de su director, René Cardoso Segarra, el Salón de los Maestros de la Fotografía Cuencana del siglo XX, para lo cual se decidió invitar a Landívar.

Esta iniciativa coincidió con la conmemoración del quincuagésimo aniversario de Gustavo como fotógrafo, y también con su jubilación como economista, su otra profesión. Gracias a la subsecuente disponibilidad de tiempo se dedicó a preparar la exposición con suficiente antelación, catalogando y clasificando un archivo gigantesco de fotografía analógica.

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En el proceso, los representantes del museo Pumapungo decidieron sumarse al proyecto, puesto que en la época en que éste pertenecía al Banco Central Landívar hizo mucha fotografía de sus actividades, exposiciones, acervos y proyectos, entre los años 1980 y 2005. Con el mismo criterio se unieron el Museo Municipal de Arte Moderno, la Casa de la Cultura a través del Salón del Pueblo y el museo Manuel Agustín Landívar, y el Museo de las Conceptas.

El resultado fue la muestra temporal titulada Gustavo Landívar: las colecciones, correspondiente a la serie Maestros de la Fotografía, que la Casa-Museo Remigio Crespo Toral (Calle Larga y Borrero) exhibe hasta finales de marzo de 2019. “Esta exposición temporal es parte de la serie Maestros de la Fotografía que tiene como propósito indagar los aportes de fotógrafos cuencanos que en diversas épocas registraron escenas y acontecimientos de la ciudad, desde composiciones muy intimistas llenas de nostalgia y romanticismo hasta capturas del esplendoroso paisaje de las campiñas azuayas; fotógrafos que con sus registros visuales se constituyeron en verdaderos cronistas de la historia cuencana”, expresa René Cardoso.

Las próximas exposiciones de esta serie incluirán obras de José Salvador Sánchez (1891-1963), José Antonio Alvarado (1886-1988), Manuel Jesús Serrano (1882-1957), Emmanuel Honorato Vázquez (1893-1924), Rafael Sojos Jaramillo (1888-1987), Víctor Coello Noritz (1890-1967), Agustín Landívar (1891-1929), Gabriel Carrasco (1890-1975).

Personajes y entidades

En el lapso de un cuarto de siglo, en una de las épocas de mayor dinamismo y transformación cultural operada en Cuenca, Gustavo trabajó con algunas de las principales entidades dedicadas a la promoción y la actividad cultural. Una de ellas fue también la Bienal de Pintura de Cuenca (hoy convertida en Bienal de Arte), en torno a la cual se gestó un gigantesco movimiento cultural que transformó a la ciudad, y cuya incidencia es aún palpable en la capital azuaya próxima a entrar ya a la tercera década de este siglo.

Quienes se contaron y se cuentan entre los principales protagonistas del arte y la cultura, la política, la religión, la educación, el periodismo, aparecen retratados y registrados en las imágenes captadas por Landívar, muchos por entonces muy jóvenes incluido el mismo fotógrafo que hoy conmemora media centuria de permanente trabajo detrás de las lentes de sus cámaras.

GL18Lo que el público ha podido apreciar de esta muestra incluye registros gráficos de comienzos del siglo XX, con alrededor de unos veinte nombres de fotógrafos que el museo incluye en el proyecto. La muestra da cuenta de una enorme cantidad de escenas de la vida en Cuenca, de sus personajes influyentes y clave en diferentes épocas, áreas del quehacer humano y aspectos, muchos de ellos ausentes ya pero que tuvimos la fortuna de conocer y tratar: Alberto Luna, Edgar Rodas, Antonio Lloret, Dora Canelos, Carlos Cueva Tamariz, Patricio Muñoz, Jacinto Cordero, Roberto Senese, José Luis Espinoza, Efraín Jara Idrovo, Juan Cueva Jaramillo, Eugenio Moreno, Oswaldo Moreno, Ricardo Muñoz, Ricardo León, René Cardoso, Jorge Dávila, Edmundo “el Loco” Maldonado, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Claudio Malo, Osmara de León, Lauro Ordóñez, Rubén Villavicencio, Juan Cordero, Jaime Idrovo, Gerardo Martínez, y un extenso e inagotable etcétera.

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Las colecciones de Landívar cuentan con material de archivo abundantemente respaldado de unos ocho fotógrafos, entre los cuales también hay cultores de la fotografía cuyos trabajos tuvo él la fortuna de hallar en los archivos empolvados de diferentes instituciones públicas y privadas, o de familias cuencanas, como resultado de sus investigaciones. Tal es el caso de José Salvador Sánchez (1891-1963), fondo cuyo hallazgo data del año 1977.

Tres años más tarde comenzó a trabajar con el fondo gráfico de su abuelo, Agustín Landívar, y una veintena de años después, gracias a su iniciativa, los descendientes de Emmanuel Honorato Vázquez dan a conocer de forma pública su archivo de imágenes, así como los trabajos de Manuel Jesús Serrano, Víctor Coello Noritz y José Antonio Alvarado, que formaron parte de la muestra Precursores de la Fotografía Cuencana, organizada por el Banco Central.

GL19Merced a un arduo y permanente trabajo investigativo pudo hallar también los archivos de Rafael Sojos Jaramillo y Gabriel Carrasco: “En los casos de Vázquez, Landívar, Carrasco, Sojos y Coello, ellos fueron compañeros de aula en la universidad, además de coetáneos de Serrano y Sánchez. Alvarado calza en este grupo porque era un importador cuya actividad le permitía viajar de manera constante al extranjero. Entre los productos que importaba constaban también cámaras fotográficas, circunstancia que le convirtió en proveedor de los cultores del arte gráfico, además de él mismo haber sido autor de fotografías en verdad exquisitas, dadas más a la temática familiar pero al mismo tiempo extraordinarias.”

Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista

Estas investigaciones y hallazgos le han permitido teorizar sobre la actividad fotográfica de la ciudad en aquellos tiempos, y plantear que el movimiento constituyó lo que él denomina la Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista. Por su sentido estético, señala, del Romanticismo que entonces vivía Cuenca este movimiento salta al Modernismo, a una nueva forma de plantear y tratar la imagen y el uso de la luz, que no se da en otra parte del país. “En torno a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca se creará un grupo de intelectuales jovénes que harán fotografía, al centro del cual estaba Emmanuel Honorato Vázquez: Gabriel Carrasco, Agustín Landívar Vintimilla, Rafael Sojos, Víctor Coello Noritz. Había también fotógrafos como Federico Malo Andrade, Bolívar Malo. El que no era fotógrafo no estaba en nada por aquel tiempo”, afirma Gustavo.

Al mismo tiempo se aventura a dar otra interpretación a la firma que Emmanuel H. Vázquez solía plasmar en sus obras, Tarfe, que de acuerdo con Landívar podría leerse también como Earte (Emmanuel Arte).

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Museo de la Fotografía Cuencana

Otro de sus planteamientos se da en torno a la necesidad de crear para la ciudad el Museo de la Fotografía Cuencana, que partiría precisamente de sus colecciones no solo de imágenes sino también de cámaras fotográficas. Además de los archivos mencionados, la mayoría de ellos respaldados en negativos, el proyecto incluiría el rescate de los trabajos de fotógrafos posteriores, cuyas obras se conocen en positivo, tales los casos de Alejandro Ortiz Cobos o de Serpa. Es decir, cultores de la imagen cuyas obras deben ser rescatadas porque constituyen el acervo de la ciudad, su historia, su memoria gráfica.

El traspaso de lo analógico a lo digital ha representado fenómenos en los que no se suele reparar en esta era dominada por lo digital. “Hasta finales del siglo XX -recuerda-, mucho de lo que aconteció en la ciudad, tanto en la esfera privada como en la pública, se registró en cámaras de video de betamax y vhs, de lo cual muy poco o casi nada ha quedado o ha sido posible traspasar al formato digital.”

Esto significa en realidad la pérdida de una buena parte de la memoria social cuencana, a lo cual se suma la condición volátil, etérea y en permanente riesgo de los registros digitales, que a menudo se han perdido en discos duros borrados como consecuencia de virus o fallas de estos aparatos.

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Curiosamente, están seguras las imágenes fotográficas de los primeros treinta años del siglo XX cuencano, pero en la práctica están perdidas las correspondientes a finales de esa centuria y comienzos de la actual, como consecuencia de este fenómeno relacionado con los avances tecnológicos y la aparición de nuevos soportes. “Cuenca tiene un archivo fotográfico excepcional. Hay los archivos, hay los elementos suficientes que pueden dar forma y vida a este proyecto, y hablo solo de lo analógico. De lo digital ni siquiera me he atrevido a auscultarlo, pero podría también hacerse en su momento un buen trabajo de rescate”, señala con vehemencia este fotógrafo, también él un Maestro de la Fotografía Cuencana.

¡Ya vuelta vuelven las monjas!

La segunda parte de un extenso periodo de homenaje a Gustavo Landívar, su obra y su contribución al mantenimiento de la memoria gráfica cuencana, se exhibe ya en el Museo de las Conceptas, y las subsiguientes irán dándose en los espacios señalados, en las que se podrá apreciar otras facetas del fotógrafo.

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Como señalaba al comienzo de este texto, hace más de treinta años el artista cuencano tenía como misión registrar la vida cotidiana de las monjas en el claustro. Cuando finalmente pudieron ellas relajarse y permitirle captarlas en su rutina diaria en los jardines, la panadería, la cocina, la lavandería, la enfermería o los pasillos, el resultado fue un registro de alrededor de 600 imágenes en las que por primera vez se revelaba al público cómo vivían las conceptas dentro de uno de los dos claustros más antiguos de la ciudad (el otro es el Monasterio del Carmen), casi tan antiguos como su historia de urbe hispanoamericana.

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En su condición de miembro del Patronato del Museo, Gustavo ha impulsado una suerte de regreso de las monjas a esa parte del claustro que es ahora el museo, a partir de una expresión coloquial muy morlaca: “¡Ya vuelta vuelven las monjas! ¡Aquisito nomás estaban!”, que define a la perfección de qué va la muestra: ampliaciones a tamaño natural de una buena parte de esa serie, aparecen ante los ojos del visitante al recorrer la exhibición, en ocasiones como si lo hicieran de manera subrepticia, plasmadas precisamente en los sitios donde fueran tomadas esas imágenes hace más de treinta años.

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En medio de todo ese trajinar ocasionado por las diferentes muestras que el año 2019 presentará al público amante de la imagen fotográfica, nuestro fotógrafo planifica también la edición y publicación de un libro que plasme aquel medio siglo de actividad, sus vivencias y evocaciones, sus descubrimientos y conclusiones, su pasión indomable por todo aquello que tiene que ver con la historia de Cuenca reflejada en miles de imágenes atesoradas como lo que son: registro y testimonio fehaciente de la transformación de la más bella ciudad del Ecuador durante las últimas tres centurias.

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Cuenca recupera el Museo de la Ciudad

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Cuenca de los Andes, llamada así en recuerdo de la Concha romana de España, de la que se dice era oriundo el Virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza, acaba de conmemorar cuatrocientos sesenta años del acto fundacional acontecido en la semana santa de abril de 1557.

Da la casualidad que sobre el lugar donde se fundaba la planificada y soñada ciudad española en tierras del Nuevo Mundo, un espléndido valle interandino, habían asentado ya sus bártulos, edificios, costumbres y armamento de por medio, los incas procedentes de Cuzco, que bautizaban la zona con nombres como Tomebamba, Paucarbamba, Pumapungo, y hasta había nacido allí quien luego fuera uno de sus emperadores, Huayna-Cápac, padre del último rey de la dinastía, Atahualpa o Atabalipa, y también de su medio-hermano, Huáscar.

Mas tanta casualidad histórica pretendía pasar por alto que, muy por debajo de la así llamada Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y también de Tomebamba, una cultura mucho más antigua había permanecido allí durante siglos con su propia cosmovisión del entorno y del mundo, con su propia cultura e idioma. Estamos hablando de la cultura cañari. Reconocida hoy en día como la base aborigen más antigua y de más profundo influjo en la cultura cuencana del momento presente.

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Fachada del Museo Municipal “Remigio Crespo Toral”, por la Calle Larga.

Los años que tiene de vida Cuenca como ciudad fundada, son los mismos que le ha tomado comprender a su sociedad que no es una urbe española, por más que haya sido fundada como tal hace casi medio milenio, pero tampoco una ciudad indígena inca o cañari, sino una ciudad rebosada de mestizaje en todos los órdenes de su cultura, que la tonalidad peculiarmente esdrújula de su acento evidencia con llamativa musicalidad: castellano mestizo de cañari, inca y español, hablado además con un acento característico que, de acuerdo con la tesis del investigador Oswaldo Encalada, representa la persistencia de la forma en que los antiguos habitantes de la región, los cañaris históricos hoy desaparecidos, hablaban su idioma: “ (…) podemos decir que si bien el cañari ha muerto, su espíritu tonal todavía se mantiene vivo, aunque para manifestarse tenga que usar como ropaje el español de la zona azuaya.” (La Lengua Morlaca, Oswaldo Encalada Vásquez, Alcaldía de Cuenca, 2016)

Esa cantidad de años y centurias es también el lapso que a la Cuenca andina le ha tocado contar con un museo digno de ella, cincuenta años después de haber concebido la idea de que la casa del humanista cuencano Remigio Crespo Toral albergase el acervo de semejante legado, el de toda una ciudad, el de toda una región.
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La ciudad empezó a construir, y a recopilar, su memoria histórica desde el momento mismo de la fundación hispana, como registro permanente de los acontecimientos de su vida urbana. Por ello una de las piezas que con mayor celo están custodiadas en el museo municipal “Remigio Crespo Toral” [cuya reapertura e inicio de un nuevo capítulo en el trajinar cultural cuencano, comenzaron la noche del viernes 28 de abril de 2017, cuando el alcalde Marcelo Cabrera entregó a la ciudad, de forma oficial, esta casa y las más de 30.000 piezas que posee], es el Primer Libro de Cabildos de Cuenca.

En este ejemplar único, que hoy reposa dentro de una vitrina de vidrio blindado, acompañado por dos piezas cerámicas Cazhaloma y una punta de flecha de obsidiana que data de hace 12.000 años, consta el Acta de Fundación de la Ciudad y también el acta de la primera sesión del Cabildo cuencano, el 4 de agosto de 1557, presidida por el alcalde Gonzalo de las Peñas.

Con el trabajo incansable de René Cardoso Segarra como Director del Museo, el apoyo permanente de la Alcaldía de Cuenca, y los recursos proporcionados por el Banco de Desarrollo del Ecuador por 1.865.000 dólares, más la contraparte municipal por medio millón, se logró llevar adelante el proyecto de restauración que hoy permite a Cuenca contar con el Museo de la Ciudad, el registro de su memoria histórica y cultural, “el ADN” del pueblo cuencano, como señala el Director. Es decir los más antiguos registros, de incalculable valor, de los orígenes de la cultura cuencana, mediante 18.000 piezas por primera vez expuestas a los ojos del público.

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La calle Tarqui, captada desde la iglesia del Santo Cenáculo.

Larga es la historia de la institución. Hace setenta años el entonces alcalde Luis Moreno, decreta su creación, y se encarga la dirección a quien llegó a ser Cronista Vitalicio de la Ciudad, Víctor Manuel Albornoz. Será solamente dos décadas después, en 1967, luego de haber ocupado diferentes locales, que pasa el Museo a funcionar en la casa de Remigio Crespo Toral, una de las figuras cuencanas más destacadas de la época de transición entre los siglos XIX y XX, sobre todo en los primeros años de la nueva centuria.

En su parte central, el edificio de estilo neo-clásico francés fue construido entre los años 1910 y 1915. Había sido obsequiada a doña Elvira Vega por su padre, Manuel Vega Dávila, cuando ésta contrajo matrimonio con Remigio Crespo, y se constituyó durante muchos años en el centro de la actividad intelectual de la burguesía cuencana. Ricardo  Muñoz Chávez, Alcalde en 1966, inició los trámites para que la Junta Militar apoyase el proceso de adquisición del inmueble para la ciudad, tras el deceso de la viuda acaecido un año antes. La primera exposición del Museo en la casa data del 25 de mayo de 1967. Ese mismo año fueron develados los retratos de los poetas cuencanos César Dávila Andrade y Remigio Romero y Cordero, fallecidos pocas semanas antes. Finalmente, en 1982, se adquiere definitivamente el edificio a los herederos de Crespo Toral.

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La casa Toral, en la Bajada del Centenario, donde hoy confluye también la Bajada del Padrón, junto al Puente del Centenario, en una foto de Serrano del año 1929.

Ubicada en el sector de La Merced, en la Calle Larga y Borrero, esta casa mira al Centro Histórico y es parte de él, en su fachada principal, y en la parte posterior, enclavada en el legendario Barranco cuencano, mira hacia El Ejido (zona alguna vez llamada Jamaica debido a la abundancia de huertas y frutales), el lugar donde a partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó a construirse y expandirse la nueva ciudad, a la vez que muchas edificaciones resultaron agredidas y eliminadas del patrimonio por influencia del arquitecto uruguayo Gilberto Gatto Sobral, quien había elaborado para la ciudad el primer Plan de Ordenamiento Territorial, en 1947.

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El Salón Amarillo, luego de la restauración

René Cardoso proporciona detalles del acervo institucional: “Calculamos que cerca de 30.000 piezas conforman los acervos del Museo, una de las más valiosas colecciones documentales, históricas y de arte del país. Se destaca su Archivo Histórico que guarda los libros de cabildo, que conforman verdaderos tesoros documentales que registran los diversos momentos históricos de la ciudad de Cuenca, desde su primer día de fundación española hasta la primera década del siglo XX. Su gran colección arqueológica con cerca de 18.000 piezas que corresponden a miles de años de la historia aborigen del Ecuador; centenares de obras pictóricas y escultóricas de los períodos colonial, republicano y del siglo XX, entre las que merece destacarse la colección de cristos tallados por el gran escultor cuencano Miguel Vélez, uno de los más altos representantes del arte ecuatoriano. Las colecciones de arte (pintura y escultura), numismática, mobiliario, documental (Archivo Histórico), misceláneos, se encuentran debidamente inventariadas e ingresadas, por primera vez en la historia del Museo, al patrimonio de activos fijos de la Municipalidad de Cuenca. La última colección en inventariarse será la de arqueología, trabajo documental que estará concluido en el primer trimestre de 2017.”

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Emmanuel Honorato Vázquez Espinosa

La noche de la inauguración, el Alcalde reconoció de manera pública que el pasado está lleno también de realidades, muchas veces lacerantes, que deben servir a las generaciones presentes y futuras como lecciones de vida, como aprendizajes provenientes de la historia y su procesamiento a la luz de los tiempos actuales y también de la evolución del pensamiento humano y de las sociedades. Por ello se evocó la memoria de los guandos o guanderos, personas de origen indígena y extracción humilde que desempeñaron un rol decisivo en la transformación de la ciudad, “esos cuencanos que con su esfuerzo físico, su salud y su vida permitieron que Cuenca se convierta en la urbe que llegó a ser”.

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Fachada del antiguo palacio municipal de Cuenca, en las calles Sucre y Benigno Malo. Fue derrocado y reemplazado por el actual edificio en una época de “renovación” de la ciudad.

Esa es también parte de la historia y la memoria de la ciudad, reflejo de sus realidades y sus contradicciones a lo largo de su proceso de urbanización y evolución. La casa-museo “Remigio Crespo” guarda esos registros fotográficos en los que es posible conocer la llegada de un piano procedente de Europa, cargado desde el puerto hasta la casa hace prácticamente un siglo, a hombros de estas personas, tal como se trajo muchos de los lujos de la clase alta cuencana en su afán por europeizarse y modernizarse, incluidos los automóviles. Un detalle terrible, lastimero, podemos observar en la foto ampliada de esta escena. En su extremo inferior está un pequeño cuyo pie se observa vendado, herido, sangrado, y de ello colegimos que debe haber acompañado a su padre a lo largo del insufrible y diezmador trayecto.

Hay espacios dedicados también a quienes sacudieron la conciencia de la sociedad cuencana en sus épocas de mayor oscurantismo e intolerancia, como Dolores Vintimilla de Galindo, la joven poeta enamorada de su esposo que encolerizó al clero y a la clase conservadora por sus maneras, sus amistades y, sobre todo, sus escritos reflejando intimidades que para entonces resultaban inadmisibles en una mujer, además del mismo hecho de que “escribiera”, precisamente en momentos en que la instrucción y la educación eran solo para hombres.

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María Vázquez Espinosa, hija de Honorato Vázquez, fallecida en 1929.

Perseguida desde los púlpitos y los balcones, los portones y callejones por los sermones de censura del cura Fray Vicente Solano y sus incondicionales seguidores, terminaría por suicidarse un terrible día de 1857, incapaz de hallar reposo aun después de muerta, pues se impidió la sepultura de su cadáver en el cementerio de las gentes cristianas. Como los de ella, treinta años después, en marzo de 1887, los restos del joven liberal esmeraldeño Luis Vargas Torres tampoco pudieron ser sepultados junto a donde yacían los despojos de todos los mortales cobijados por la Santa Madre Iglesia, y fueron arrojados en la parte posterior, en el supay-huayco, en un mísero hueco reservado para lo más execrable de la sociedad…

En otra sala, el ruido del avión pilotado por el héroe italiano de guerra, Elia Liut, es reproducido a través de un video que intenta dar una idea de cómo fue el primer vuelo entre Guayaquil y Cuenca, el 4 de noviembre de 1920. En el Museo se conserva la hélice del aparato, y también la chaqueta o casaca usada por el aviador que Cuenca recibió aquel día de forma apoteósica, como se recibe a un héroe, luego del aterrizaje efectuado sobre la pista que Emmanuel  Honorato Vázquez, el inquieto y multifacético hijo de Honorato Vázquez, preparase para el efecto. Casado con una de las hijas de Remigio Crespo Toral, Emmanuel Honorato representa un episodio peculiar y decisivo en el devenir cultural cuencano de las primeras décadas del siglo XX. Había acompañado a su padre, Honorato, durante la misión a él encomendada como representante del Ecuador ante la corte del Rey España, entonces mediador y árbitro en el sempiterno conflicto que manteníamos con los vecinos sureños.

De allá, el joven cuencano volvería con otra forma de ver el mundo, imbuido de inquietudes como la fotografía artística, aparatos, costumbres, modas, vicios, y una intensa y hedonista forma de vivir la vida que contagiaría a otros jóvenes de la capital morlaca, y revolucionaría además de escandalizar, de vez en cuando, a la Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

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René Cardoso Segarra, Director del Museo

El proyecto de restauración arquitectónica de la Casa-Museo Remigio Crespo, excelentemente coordinado con la parte museológica, es obra de los arquitectos Lourdes Abad Rodas y Fabián Orellana Serrano.

“Dentro de poco iniciaremos también la tan esperada recuperación y restauración de la plaza de San Francisco, con la cual se iniciará un nuevo capítulo, igual al que hemos iniciado hoy con la restauración del Museo Remigio Crespo Toral, en la historia de Santa Ana de los Ríos de Cuenca”, anunció esa misma noche el burgomaestre de la capital azuaya, en referencia al que quizá sea el espacio público que con mayor anhelo a la vez que frustración se espera desde hace décadas recuperar por parte de los residentes morlacos.

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El Salón Rojo de la Casa-Museo “Remigio Crespo Toral”

Recorrer los cinco niveles de los que está constituida la casa es impresionante a la vez que reconfortante. Una sensación de ver la evidencia del trabajo bien hecho va quedando en el visitante. Resulta imposible no evocar, no imaginar a los seres que habrán habitado el lugar, sus voces y sus gestos, sus hábitos, su visión de las cosas en la Cuenca de otra época. Ahí está para sacudirnos cada evidencia, cada objeto, cada imagen. Ahí la fotografía ampliada de un grupo de jóvenes cuencanas, justo ante el lugar en el que fuera tomada una centuria atrás.

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Hace poco, me confiaba el Director, durante el proceso de restauración apareció un día, procedente de Guayaquil, un anciano de 90 años de edad, al que René gustosamente guió por las partes del Museo que estaban más o menos disponibles. Ante la fotografía en mención se detuvo largo rato, y de pronto comenzaron a resbalar lágrimas desde sus ojos, fijos en una sola de las seis hermosas jóvenes morlacas que posaban en la antiquísima imagen. Preocupado, le preguntó al venerable visitante qué le sucedía, y él, señalando, le respondió entre sollozos y con voz inconteniblemente temblorosa: “¡Ella era mi madre!”

(Fotos: Franco Salinas, Archivo Museo Remigio Crespo, Archivo Ministerio de Cultura)

Aquellas Cosas Antiguas: memoria, realidad y nuevos tiempos en Cuenca de los Andes

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Por alguna razón la conversación que mantenía hace poco con una amiga a la que le llevo alrededor de quince años de diferencia, derivó en la división bipolar que rigió hasta 1989, cuando Berlín y el mundo fueron testigos de la destrucción del símbolo de esa bifurcación. Usted me está hablando de aquellas cosas antiguas, me dijo con desparpajo absoluto y desafiante pero sin atreverse a tutearme. En ese momento me percaté de que tenía 38 años; que mis referentes no eran los mismos que los de esta chiquilla a la que le importaba un bledo quiénes eran y qué hicieron Reagan y Gorbachov, el Che Guevara, Fidel, Víctor Jara, Mercedes Sosa, el Partido Comunista, la onda corta o ese fenómeno sociológico comercial al que coincidimos en llamar rock latino.

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Vista en retrospectiva, modificada por el olvido que van dejando los años, aquella parece una época de inocencia, de ensueño inclusive. Íbamos al colegio, no teníamos celulares, no imaginábamos internet, los discos que escuchábamos aún eran de polivinilo, aunque en Holanda ya se había inventado el disco compacto. Nuestros bordes musicales iban desde los clásicos hasta Michael Jackson, Kiss, ACDC, Men at Work, Journey, Foreigner o Madonna; el grito lastimero de Franco de Vita cantando Un buen perdedor en un pequeño disco de 45 revoluciones por minuto, y con el brazo de la aguja abierto para volver a escucharla una y otra vez; las delicias intelectuales del rock latino, con Soda Stereo a la cabeza, más tarde reforzado por obras maestras como El Nervio del Volcán, de los mexicanos Caifanes; o ese mundo de romántico idealismo de izquierda musicalizado por Silvio, Pablo, Vicente, Piero, Pueblo Nuevo, Mercedes, que hasta la primera mitad de los noventa podíamos oír a través de las ondas de la extinta radio Bolívar.

Escarabajos en la calle Sucre

Estábamos habituados a ser parte de una generación caracterizada por la envidia. Sí, envidia generacional. La caracterización hecha de la generación X nos dejaba mal parados, casi clasificándonos y confundiéndonos con los yuppies. Olvidábamos, empero, que el encasillamiento aquel no incluía las particularidades culturales de nuestros países. Si cronológicamente equivalíamos a esa generación, desde la óptica cultural los elementos y factores comunes no encontraban asidero porque no existían. Había desfases cronológicos derivados del desarrollo de las sociedades del primer mundo y las nuestras, y por ello también de la lenta incorporación a la globalización que comenzó a gestarse décadas atrás.

Los cambios culturales operados en el mundo se siguieron en nuestros países como una moda, aplicados a las realidades locales. En el Ecuador, la moda de los sesentas exigía estar a tono con el twist, el rock, los Beatles [la primera gran expresión popular mediática de la globalización], el pelo largo, quizá algo de marihuana entre los más audaces y atrevidos. Pero no eran la mayoría. No había una aceptación masiva del género y todo lo que éste implicaba. Eran los estratos de clase media alta los que optaban por la oferta en mención, sobre todo aquella del rock cantado en inglés. El que se hacía en español, en cambio, solía estar definido por su carácter comercial y por un nivel cualitativo menor al que producían conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones, los Who o el mismo Carlos Santana. Eran Sandro, Alberto Vázquez, Los Iracundos [los primeros Beatles sudamericanos, mucho antes de que Soda Stereo tuviera en los ochentas condiciones de fenómeno musical], Enrique Guzmán, o un montón de llorones más, quienes hacían de puente entre la música aquella como ritmo de moda y el idioma en el que en su país de origen, y en el mundo entero, se cantaba. En Cuenca de los Andes, los Beatles y los Rolling Stones no llegarían de forma directa, sino a través de covers y adaptaciones de una banda colombiana, Los Speakers, que hizo historia en Sudamérica, precisamente por haber acercado a los jóvenes al pop británico.

El ecuatoriano promedio, en cambio, aunque no era indiferente al rock seguía siendo pasillero. Se identificaba con el pasillo, y al mismo tiempo prefería el bolero y los ritmos que junto a él llegaban desde países como Cuba y México, que luego confluirían en ese fenómeno comercial socio-cultural llamado salsa. Los hijos de esa generación, aquellos que en el mundo se han conocido como miembros de la generación X, desde la aparición del libro de Douglas Coupland, compartíamos algunos signos distintivos con la anterior, con la nuestra y aun con los miembros más jóvenes de ella, los nacidos hacia 1980. Pocos resultamos impactados por la visión que tenían Da, Andy y Claire en la obra del canadiense. No era nuestro mundo aunque había rasgos en común. La diferencia fundamental estribaba aún en el grado de consumismo. Factores como la televisión, internet, la emigración, terminarían por proporcionar el peso necesario para ir inclinando la balanza.

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Habituados a sentirnos los hijos de aquella gente, de la que fumaba hierba, oía rock, usaba ropas extravagantes y coloridas, y practicaba y pregonaba el amor libre y otras utopías como la paz, o simplemente pasilleros y boleristas, soneros y cumbiancheros como nuestros padres ecuatorianos, parece que padecimos el fenómeno ese de la envidia generacional. Envidiamos haber nacido y crecido en los sesentas, porque al parecer fue una era ideal, idílica. La nuestra, en cambio, estaba llena del desencanto que quedó de los setentas, y el desastre que fue perfilándose y consumándose en los ochentas, hasta desembocar en la caída del Muro de Berlín como símbolo del fin de una era. Nuestra generación vivía su época pero también padecía cierto grado de nostalgia: los Beatles no atravesaron Abbey Road para fotografiar la portada de su último disco; en realidad cruzaron la calle Sucre, con rumbo al parque Calderón, la Catedral Nueva al fondo, cada uno de ellos llevando un banano en la mano, dejado por una chola cuencana que segundos antes pasaba por allí; y, más allá, casi en la esquina de la calle Benigno Malo, como mirando hacia el Salón del Pueblo, el escarabajo blanco parqueado, el pichirilo aguardando desde hace cuarenta años a que alguien lo saque del Camino de la Abadía o de la calle Mariscal Sucre. Al menos así lo vio Julio Álvarez, pintor coetáneo cuencano que supo comprender ese sentimiento.

 Desde la izquierda radical

Muchos militamos en la izquierda radical, que pecaba de teórica en el caso de los cabezones, alineados con los dictámenes del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). Otros prefirieron seguir a China, y luego a Albania, a Cuba, a Corea del Norte. Crear una célula comunista, lo recuerdo bien, era todo un reto cuando estudiabas en un colegio católico; cuando durante la misa y en medio del cuaderno de religión lo que en verdad se leía era el manual de Politzer o una de esas copias amarillentas del Manifiesto del Partido Comunista de Marx, que publicaba la editorial Claridad en Rusia. Unos se convirtieron en médicos y artistas, profesores y agentes de viaje, políticos o ecologistas, abogados o amas de casa tradicionales. Conocí a un ex miembro de Alfaro Vive Carajo, que ostentaba los horrores de los años ochenta con una cicatriz enorme, una oquedad siniestra que era imposible dejar de ver mientras charlabas con él.

La ciudad estuvo siempre llena de iglesias y calles con nombres de curas, pero en esas mismas arterias crecieron y lucharon también hombres de izquierda repudiados por las beatas, o por psicópatas aprendices de sodomitas que entre pretenciosos y estériles latinajos, se convirtieron luego en delincuentes contumaces, y hoy como entonces siguen apolillando a la sociedad.

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Cuenca, que sobre todo desde comienzos del siglo XX se vanaglorió con creciente orgullo de su autosuficiencia y de la evidencia numérica de algunos de sus mitos, pero en especial aquel de Atenas del Ecuador, tuvo también sus héroes rebeldes, iconoclastas y críticos, aun siendo algunos de ellos conservadores. Generaciones diferentes se encontraron en los sesentas, en la ebullición febril que salpicó también, de alguna manera, a la ciudad conventual, dominada por el clero y el qué dirán. G.h. Mata se enemistaba a muerte, vía insultos no solo memorables sino también desmedidos, desbordados, con el poeta Rubén Astudillo, cuencano pero en aquel tiempo visto como un fuereño, procedente de un pueblo distante que no era sino una parroquia rural más de Cuenca: El Valle. Enrique Malo prometía en la pintura, Efraín Jara era ya hace rato un poeta consagrado, Paco Estrella comenzaba a ser leyenda; Hugo Ordóñez, Estuardo Cisneros convergían en torno a la contundencia de La Escoba, la segunda, quizá la más terrible y deliciosa publicación que de su tipo se haya dado en la tierra morlaca.

 Remezón en la Cuenca mariana

Los hijos de clase media y alta que podían permitirse viajar al extranjero, eran quienes estaban al tanto de lo que sucedía en el mundo a nivel de las expresiones artísticas. Por eso eran ellos quienes más comulgaban con los postulados internacionales de los jóvenes de esa generación. Pero constituían una minoría, por lo menos en Cuenca, en el Ecuador, vanguardista quizá, pero minoría al fin, como la que décadas atrás, en los comienzos del siglo XX, había sacudido las así consideradas buenas conciencias de la sociedad cuencana.

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En su mayoría estudiantes de Derecho, porque todo hijo de familia tenía como opciones eso o la Medicina. Y como todo estudiante de leyes, se sentían atraídos por la intelectualidad, por la literatura, la pintura, la música, las artes en sí, y particularmente la fotografía. Bebedores, morfinómanos, protagonistas de reyertas y al mismo tiempo lúcidos importadores y creadores de otras formas de ser y hacer. En el centro de esa suerte de movimiento generacional, una figura especial, imbuida de la visión cultural de avanzada de la que había sido testigo en Europa, cuando acompañó a su padre para la defensa del Ecuador ante el Rey de España: Emmanuel Honorato Vázquez.

Hoy, en otro siglo y en otro milenio, para el cuencano común el nombre de Emmanuel Honorato no representa nada; Juan de Tarfe, uno de sus pseudónimos, tampoco. A lo mucho se evocará el nombre de su padre, porque es el de una calle en la que se liba tanto como lo hacía la jorga del hijo, y donde las nuevas generaciones no solo cuencanas sino ecuatorianas y de los más distantes puntos del planeta festejan el intercambio cultural y genético de la globalización con entusiasmo digno de la Roma imperial y decadente, cual si en ella estuviésemos viviendo, como parecen creer algunos psicópatas pseudo-intelectuales que reptan por los vericuetos atropellados de la web aquejados de verborrea latinoide, a estas alturas.

Tampoco se dirá, porque se desconoce o porque se prefiere callar, que el monumento a la memoria del progenitor, taita Vázquez, amaneció un día luciendo un enorme falo erecto, con el que permaneció por horas en la avenida Solano, para regocijo de unos y escándalo de otros, y la total indiferencia de los medios de prensa ante las travesuras de algún beodo o de algún adolescente majadero. Pero esa es otra historia. También Bolívar, mirando con testaruda persistencia hacia la Gran Colombia, suele amanecer portando en sus manos algunas de las prendas íntimas que, dicen, gustaba quitar a cada una de las damas que frecuentaba y con quienes se deleitaba por los caminos de nuestra América.

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En el orbe intelectual morlaco, en el mundo de la cultura Emmanuel Honorato Vázquez es como un héroe latente, persistente, fascinante, que con lentitud comienza a despertar no solo simpatías sino verdaderas pasiones, investigaciones, descubrimientos y redescubrimientos, libros, tesis, artículos. El tabú de su muerte, en cambio, persiste aún entre sus descendientes, mientras quienes se refieren a ese hecho en la ciudad continúan especulando, tal como se lo hacía y se lo viene haciendo desde hace 84 años en Cuenca de los Andes.

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La sociedad cuencana le debe un reconocimiento póstumo público, que implique la difusión de su vida y de su obra fotográfica, que es un legado de Cuenca, otro de los motivos por los que la urbe lleva más de una década ostentando el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado a su Centro Histórico. He ahí, una de las muchas tareas que pueden emprender instituciones culturales sólidas e insertas en el mundo globalizado como la Bienal.

 Un alto para la reflexión

El siglo y el milenio, por lo menos para nuestra concepción occidental, se acabaron, pasaron los años y nos sorprendimos casados, divorciados, enviudados, solteros empedernidos o resignados, barrigones, adaptados a la sociedad a la que criticábamos y queríamos cambiar en los ochentas, cuando aún éramos ingenuos, y hasta criando descendientes. El fondo musical de nuestra película fue variando: se sumaron Nirvana, Green Day, Molotov, los mismos Beatles regresaron con su antología y hasta resucitaron a Lennon. Aparecieron otros nombres en la música no comercial: Alejandro Filio, Diego Sojo, Frank Delgado, Francisco Barrios. Muchos fueron quedando en el camino, aferrados a sus ideales, que también eran nuestros, o sorprendidos por una bala perdida cuando curioseaban cerca de una protesta estudiantil. Otros quedaron atrapados con deleite en las satisfacciones materiales del mercado, de los dólares que acabaron con los sucres, y relegaron al olvido ideales e ideología.

Pasados de los treinta, rumbo a los cuarenta o ya entrados en ellos, los miembros de nuestra generación comenzamos a hacer un alto para resumir un poco; detenernos para meditar y reflexionar, evaluar, sopesar, enrumbar, levantarse, continuar. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas, de nuestros sueños y anhelos? Acabamos de llegar, por si nadie se dio cuenta, al poder. Ahora estamos en Carondelet. Rafael Correa, nos sintamos representados o no, es casi un miembro de nuestra generación, aunque a veces más parezca un yuppie si nos remitimos a clasificaciones como la de Coupland.

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Crecimos con la Bienal de Cuenca, creada a mediados de los ochentas. Esa década extraña en la que con timidez intentábamos ocupar nuestro lugar en la sociedad; esa década que vio circular por las calles los pequeños camiones azules de la Policía represora, que vio llegar al Papa a la Catedral; que vio asesinar a sus hijos acusados de terrorismo, o a centenares de morlacos sacar sus pertenencias mínimas a la calle para esperar por un terremoto anunciado…

Pasamos a los noventas algo desubicados, sin piso y con la sensación de haber llegado últimos a la historia. ¿Qué pasó con la utopía? Se desmoronó. Simplemente. En el camino también se fueron quedando muchas otras ilusiones y pasiones. La música de fondo fue variando, mas, lo realmente bueno persistió: Bob Marley sigue cantando, como si no hubiera muerto el 11 de mayo de 1981, a los 36 años; los Beatles cantan cada vez con mayor fuerza y creatividad, y sus fanáticos se cuentan por millones, con edades que van desde los 3 años hasta los 90. En medio de ese impulso creador de los ochentas, cuyo punto de partida más firme y fuerte fue la Bienal, se fueron formando y evolucionando artistas como Pablo Cardoso, Tomás Ochoa, Julio Mosquera, Hernán Illescas, Patricio Palomeque, Julio Alvarez, Josefina Flándoli, Patricio Ucho, Miguel Illescas, Marcelo Güiracocha, Pablo Moscoso, Francisco Delgado, Adrián Washco, Kattya Cazar, Juana Córdova, Juan Pablo Ordóñez, Ariel Dawi, Shamil Baibulatov. Es decir, creadores a los que se ha considerado de post-vanguardia tanto como los novísimos de la plástica y el arte de factura morlaca.

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La Bienal de Cuenca ha comprendido el papel que le corresponde en la sociedad no solo cuencana sino ecuatoriana. Porque es la Bienal del Ecuador, y por esa misma razón no han faltado entidades, es decir individuos, que han pretendido hacerse con ella y trasladarla, secuestrarla, arrancarla de la capital azuaya para implantarla en Quito o Guayaquil, donde los recursos no resultan escatimados porque son los centros de este país bipolar y bicéfalo, el político y el económico. ¿El cultural? Es una falacia. Como solía decir Enrique Malo, dos veces presidente de la Bienal, no es mayor motivo de vanagloria aquella proclama de ser la tercera ciudad del país más diminuto de la región. Somos y hacemos simplemente Cuenca. Cuenca de los Andes. No nos hace falta en absoluto el mito aquel de la Atenas, enseñado en las escuelas generación tras generación sin mayor reflexión ni indagación. A Santa Fe de Bogotá se la llamó también, alguna vez, la Atenas de Sudamérica. De los tantos nombres que contribuyeron a erigir ese espectro persistente, pocos dieron obra para la posteridad. Serán, por el contrario, sus más iconoclastas y críticos quienes se perennicen en el legado cultural morlaco: César Dávila Andrade, Efraín Jara Idrovo, Rubén Astudillo y Astudillo. El mismo Efraín, dicen, sería quien, claro, lúcido, ácido y reflexivo, acuñaría esa otra frase lapidaria, admirada y repudiada por muchos: No somos Atenas sino apenas del Ecuador.

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La Bienal es una de las entidades llamadas a contribuir a que Cuenca, hoy cosmopolita y cada vez menos mariana, se inserte con firmeza en el mundo como lo que es, con su grandeza y sus limitaciones. La reflexión no se circunscribe al ámbito artístico sino a la globalidad de la sociedad: la realidad de lo que acontece, las limitaciones materiales y culturales, el juego del poder político y económico; las posturas retrógradas y recalcitrantes, hipócritas; la manipulación de la prensa por parte de sus propietarios, en función de intereses materiales; la incineración de todo el tiraje del suplemento dominical de un popular diario local, por contener fotografías de Tina Modotti desnuda, en una era en la que el problema central hace rato dejó de ser ético y pasó al terreno de lo estético; la pululación de pseudo escritores y críticos, de pseudo artistas, de falsos profetas; la influencia del reggaetón y su variante más tóxica, el perreo, en niños y adolescentes; de internet, del black metal, del bombardeo visual mundial en las nuevas generaciones; el exceso de vehículos y la contaminación; el auge de la delincuencia; las nuevas corrientes migratorias, etc.

Para su décima edición, escrita con X, como la generación a la que al menos en teoría pertenecemos, se convocó a la reflexión y la evocación. Tiempo para reflexionar, para resumir. Diez ediciones, tres décadas diferentes de la historia cuencana atravesadas por el hecho Bienal. Se ha logrado bastante, pero no lo suficiente. Aún se le debe al público, al mayoritario, un acercamiento real, una invitación a participar y apropiarse. Pero ese público no puede apropiarse, empoderarse como dicen los corifeos de las ONGs, si primero no ha comprendido lo que está viendo.

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Aquellas cosas antiguas no deben borrarse, no pueden olvidarse. Hay que registrarlas, guardarlas y desempolvarlas cuando amerite, escribirlas contra el olvido, para no perder el norte en esta realidad del nuevo milenio, que nos conduce hacia la Bienal del mañana, hacia la Cuenca de los Andes del futuro. Mientras todo eso se plantea, ocurre y cae por su propio peso, como dice el lugar común, las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos menores y de nuestros hijos, vienen pugnando por su sitio con una fuerza inusitada, aunque con una indiferencia rebelde y cuestionadora, pero sobre todo saludable.

BIENALARTE, Revista Informativa de la Bienal de Cuenca, Año 3, No. 6, Marzo de 2009, pgs. 30-37