Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

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En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

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La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

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Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

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Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

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Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

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Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

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EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

Jaime Roldós Aguilera

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Ese 24 de mayo aún no cumplía los 11 años de edad. Los niños del barrio esmeraldeño conocido como Las Palmas, un sitio más o menos privilegiado en comparación con el resto de la realidad local, jugábamos un modesto partido de béisbol callejero, ajenos al transcurso de la historia que el Ecuador estaba viviendo en esos momentos. El discurso presidencial era lo único que se veía en los televisores. El joven presidente, pese a las rechiflas que recibiera en el estadio, continuaba siendo popular.

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Joven (38 años cuando asumió la Presidencia de la República), quizá demasiado para ciertos sectores de “patriarcas” acostumbrados a mandar y desmandar en esta nación, viviría un breve pero intenso periodo al frente de un país que renacía a la democracia. Aún retumba en mi oído ese estremecedor epílogo de un discurso que quiso ser de reconciliación con su pueblo, luego de las condolencias y condecoraciones post mortem entregadas a las madres de los soldados ecuatorianos caídos en Paquisha: “Este Ecuador amazónico, desde siempre y hasta siempre! ¡Viva la Patria!”. Después, su vuelo sin retorno hacia la muerte.

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Sobre un álbum de fotografías recuerdo que había recortado y pegado diferentes imágenes del que entonces era líder indiscutible, además de ídolo de muchos jóvenes, y también de los niños que abríamos los ojos a la perturbada realidad social y política ecuatoriana. Una de aquellas imágenes, recortada quizá de un periódico o de una revista, se ha quedado por siempre grabada en mi remembranza: aquella en la que, preocupado y silencioso, con un brazo cruzado sobre el pecho y el otro doblado para sostener el rostro con la mano, miraba el Presidente los restos de un avión siniestrado en el que había perecido uno de sus ministros. La imagen ostentaba algo de ironía, quizá también de premonición. ¿En qué estaría pensando Jaime Roldós en aquel momento? ¿Intuyó acaso el giro trágico que a pocos meses de aquel siniestro tendría su propia existencia?

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La llegada al poder de Jaime Roldós y Osvaldo Hurtado, el 10 de agosto de 1979, significaba el arribo de una nueva generación de políticos a la conducción de los destinos del país. Tras el mareo de los petrodólares, el despilfarro y la represión militar, Ecuador saludaba el inicio de una era nueva; intentaba dejar atrás un pasado de componendas y golpes de estado, de irrespeto a las libertades del hombre, y privilegios de clases sociales enquistadas mucho antes de 1830.

No solo eran la figura y el aspecto de los nuevos mandatarios. Era también el discurso político, un poco romántico, ensoñador quizá, que hablaba de lo que podría ser, por fin, la oportunidad de todo un pueblo de acceder al bienestar que otros solo prometían. Y era también el sonrojo y el estremecimiento que un fragmento del discurso televisado de aquel 10 de Agosto de 1979 causaría en mucha gente, fragmento que medio Ecuador no entendió: Runan punchaka, mana iankalla ñaupa uata shina pushaita japinchik. Kunanka, tukui runakuna pashaita japinchikmi. Uakin millai runakunamanta pushaita japishpa, tukui makipura imatapish rurashpa kausakrinckimi: “Este día no tomamos el poder como en otros años. Ahora, tomamos el poder todo el pueblo. Tomando el poder de una dictadura formada por poca gente, todos unidos haremos nuestras vidas.”

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Roldós fue un líder popular, posiblemente también un caso sui generis de populista, o, como él mismo se calificara, un “progresista social”. Fue insuficiente el tiempo que la vida le dio para ejercer el mandato. Sus discursos provocativos y desafiantes, quizá más que sus obras, lo volvieron peligroso a los ojos de un mundo que aún vivía las sangrientas tragedias provocadas por la Guerra Fría, y una Latinoamérica arrasada por los gorilas que protagonizaron el cuarto de hora nazi castrense vivido y padecido en la mayoría de nuestros países.

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Aquel fue, aquel es su legado, y aunque un grupo de incalificables poco después tomó su nombre para crear un partido político populista y arribista que hipnotizaría a millones de ilusos, además de avergonzar a toda una nación, la Historia le ha reservado un lugar digno ya.

(Imágenes: archivojaimeroldos.com, ecuavisa.com, andes.info.ec)

Cuando Celia Cruz llegó a Esmeraldas

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Corrían los últimos años de esa década que a los miembros de la generación X ecuatoriana nos parece algo borrosa, la de los años setentas. Es probable que estuviera cerca la etapa de transición del militarismo dictatorial hacia el referéndum y las elecciones que catapultarían a Jaime Roldós Aguilera al poder. Las Palmas, una suerte de barrio semi-burgués de la ciudad de Esmeraldas ubicado a orillas del mar, era una combinación de extranjeros de todo tipo [chilenos que huían de la dictadura de Pinochet, libaneses, coreanos, colombianos, y marineros que abordo de los buques petroleros llegaban procedentes de diversas latitudes] y su descendencia, las personas de ancestros manabitas y los vecinos quiteños, y unas cuantas familias afro-esmeraldeñas.

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Una bulliciosa caravana de negros y blancos, mulatos y mestizos, atravesaba la avenida Ángelo Barbissotti (obispo italiano de Esmeraldas) gritando uno de los nombres más populares del contexto cultural esmeraldeño del siglo XX: Celia. Sí señores, era la llegada apoteósica de una diosa negra a la tierra de la negritud, a la sucursal de Cuba en Ecuador, a la capital del ritmo. Doña Celia Cruz iba a ser la atracción más grande de ese año. Lo más probable es que se presentara en el recinto ferial de La Propicia, lugar en el que año tras año aparecían las principales figuras de la música tropical latinoamericana: la Sonora Matancera, Cuco Valoy, Daniel Santos, Henry Fiol, El Gran Combo de Puerto Rico, Oscar de León y prácticamente todas las estrellas de la Fania.

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El hotel Cayapas era el sitio obligado para que pernoctase todo tipo de personajes, y allí se hospedó la Guarachera de Cuba. La gente del barrio, no exactamente los ricachones, se fue agolpando poco a poco en torno al lugar en que se suponía estaba ubicada la habitación de Celia. Todos, niños, adolescentes, adultos, viejos, comenzamos a corear su nombre con la esperanza de que saliese. Y la intérprete de Burundanga no se hizo rogar. Con su despampanante sonrisa, con la vitalidad de su voz, y con ese carisma que contribuyó a convertirla en leyenda viviente, se asomó al balcón del hotel.

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Fue un momento de verdadera magia, una suerte de rito africano entre una sacerdotisa orisha y los seguidores de sus tambores y su canto. Durante esos breves minutos la reina habló de lo bien que se sentía en Esmeraldas, de lo mucho que le recordaba a su Cuba natal, de la fama bien ganada de ciudad del ritmo… De pronto alguien comenzó a pedirle que cante, mientras los demás le iban secundando. ¡Que cante, que cante, que cante!, era la petición general. Pero la negra de la bemba colorá se hallaba demasiado fatigada por el viaje. Los espero a todos esta noche en el recinto ferial, fue su amable invitación. Y con amables y cariñosas palabras, mientras extendía su mirada sobre la inusitada multitud, se fue despidiendo de nosotros.

Aquél fue nuestro contacto más cercano con la leyenda. Por entonces yo no acertaba a comprenderlo en su cabalidad. Después, con los años y con la reiteración omnipresente de su música en las calles y casas esmeraldeñas, ella fue cada vez más Celia, la voz, la figura, la magia, lo inexplicable, el son, la guaracha, la rumba, el bolero, la conga, el omelenko, el guaguancó, el son montuno, la guajira, el mambo, el bembé, el merengue y la salsa.

Al pueblo esmeraldeño, a la gente de esa ciudad, nunca le importó cuál fuera la posición política de Celia frente a Fidel. Y por eso escuchaban y bailaban su música, con igual devoción, tanto los izquierdistas del FADI y el Partido Comunista como los padres y alumnos católicos de los colegios religiosos Sagrado Corazón y La Inmaculada.

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Siempre será Celia, siempre será el símbolo de la cultura latinoamericana. Lástima por todos aquellos que no pueden disfrutar de su legado musical de más de cincuenta años, a causa de la posición política que tuvo. No tienen idea de lo que se pierden. Lástima también (de verdad) por ese montón informe de cretinos que al atreverse a hablar de Celia mencionan con desdén que era una mujer fea, como si el talento y la calidad artística algo tuvieran que ver con las fachadas.

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A Celia, más que llorarla, hay que cantarla y bailarla. Hágalo usted ahora, que hay Celia para todos los gustos. Viva como ella quería que lo hiciéramos, no se tome tan en serio, disfrute, aproveche sus años y aplíquesela medicina cubana, la rumba, porque la vida es un carnaval.

Cuenca de los Andes, 2003-2015

Ecuador a 122 años de la Revolución Liberal

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En el año 1912 el Ecuador era una joven nación de la América austral, que contaba apenas 82 años de vida republicana. Su realidad social y política era convulsa, conflictiva y caótica, y estaba signada aún por fuertes rezagos de la era colonial, que había durado prácticamente cuatro siglos.

Los ecuatorianos de entonces eran una amalgama de seres polarizados entre el fanatismo religioso y la lucha por conquistar derechos sociales que, hasta 1895, cuando se proclamó la Revolución Liberal liderada por Eloy Alfaro Delgado, habían estado siempre relegados para las grandes mayorías.

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Aunque esa gesta transformó las bases del Estado y trastocó las formas de dominación social que imperaban hasta entonces, quienes usufructuaban de aquel status quo se resistían, por todos los medios posibles, e inclusive más allá de lo humana y civilizadamente aceptable, a perder tales canonjías.

Era una sociedad dividida entre unos pocos privilegiados, que heredaban aquellas prerrogativas algunos desde los primeros años de la invasión europea, en medio de profundos prejuicios raciales también transmitidos a través de los siglos por el orden de cosas impuesto en la Colonia.

Entre aquellas fuerzas estaban los terratenientes, que veían amenazada la posesión de enormes latifundios, algunos tan vastos como los territorios de actuales provincias andinas, y se agrupaban políticamente en torno al Partido Conservador. La misma Iglesia Católica, digamos que su fuerza espiritual, libraba una lucha feroz desde los púlpitos y aun a través de religiosos involucrados en la lucha armada, para defender al país de los herejes liberales y de las monstruosidades [léase conquistas sociales como el laicismo o la educación de la mujer] que la Revolución había implantado. Y, por supuesto, la prensa de entonces, cuyos propietarios se negaban también a perder los privilegios que el orden de cosas imperante les representaba.

Entre todos estos sectores se armó la conjura, se instigó e incitó durante años al odio y la venganza, a través de la mentira y la manipulación, la calumnia y la traición, hasta desembocar en uno de los más vergonzosos hechos que registra la historia de un país llamado Ecuador: la Hoguera Bárbara del 28 de enero de 1912, cuando luego de haber sido conducido hasta Quito, ironías de la vida, en el mismo ferrocarril que su gobierno construyó para unir al país, fuera asesinado y arrastrado por las calles, y después incinerado en El Ejido por una turba irracional que los representantes de estos poderes azuzaron.

 

II

Cada 28 de enero, desde que supe que era la fecha en que se rememoraba un crimen colectivo que avergonzaba a los ecuatorianos, me ha sido difícil deslindar la evocación de ese hecho, su implicación histórica, de la figura de mi abuelo materno; me es imposible pensar en ese crimen sin recordar también cómo la aceptación de mi identidad de ecuatoriano está ligada de forma íntima a la comprensión de mi identidad familiar.

Una de las pocas cosas que recuerdo de él, cuyos últimos 27 años de vida debió pasarlos postrado sobre una cama, aquejado de una parálisis progresiva que le impedía valerse por sí mismo y gesticular palabras, era el asombroso parecido que le encontraba yo con aquel hombre que, en las aulas escolares, nos contaron había sido el líder de una revolución.

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¿Una revolución? En la época de niñez, sin abarcar de una forma clara su significado, aquella era lo que se dice una mala palabra. Las malas palabras, según lo veo ahora, fueron cosa de nuestra generación. La de aquellos hombres y mujeres que nacimos durante las décadas de los sesentas y setentas, y que hoy rondamos más o menos los cuarenta, algunos ya acercándonos a los cincuenta años de edad.

Las malas palabras eran por lo general obscenas. Implicaban obscenidades que no estaban permitidas a menores de edad, y que en boca de los mayores eran más o menos toleradas, de acuerdo con el contexto. Recuerdo que alguna vez, jugando con los amigos de la infancia, caminaban dos policías y decidimos acercarnos todos, en grupo, para darles la mano. Uno de ellos nos extendió su mano. El otro, hosco, profirió una de esas palabrotas que estaban tan cargadas de semántica negativa, que nos sentimos atemorizados, tanto por lo que había dicho como por el tono, prácticamente un grito, que usó.

Ignoro si mis amigos de infancia recuerdan aquel suceso. A mí no se me olvidó jamás. Implicaba muchas cosas, además de la enorme carga que puede haber en algo aparentemente tan simple como una palabra. Por ejemplo, la escasa educación de un agente de la ley y el orden, para haberse atrevido a tratar así a un grupo de niños; implicaba, también, asumir que los policías eran personas a las que no se podía acercar uno, inabordables detrás de sus uniformes y sus armas.

Carajo era también una palabra muy fuerte. Su connotación era tal que bastaba para que cualquier menor de aquella época se quedara quieto o hiciera lo que se le pedía por parte de un adulto. Hablo en pretérito porque hoy en día ya ni siquiera se la escucha, y si se la profiere ha perdido tanto su carga semántica que ningún niño o niña de esta era se inmutaría al escucharla. Y ni hablar de los términos .soeces, relacionados casi siempre con los órganos genitales, que son hoy parte del vocabulario de niños, adolescentes y jóvenes de ambos sexos, y se profieren más como muletillas que como las obscenidades y vulgaridades que usarlos representó alguna vez.

Las palabras obscenas y las conminativas, por llamarlas de algún modo, no eran, sin embargo, los únicos términos considerados por entonces malas palabras. Habían otras expresiones, otros sustantivos, que a menudo se convertían en adjetivos pero que, por lo general, cada vez que se decían se lo hacía en voz baja.

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Revolución, como palabra, se hallaba en una suerte de término medio. Los revolucionarios eran seres proscritos, anónimos, clandestinos, casi siempre militantes o activistas de partidos y movimientos de izquierda. El problema era que la derecha también, a través de los militares, se proclamaba revolucionaria, y nacionalista por añadidura.

Comunista, en cambio, era un término bastante fuerte. Decirlo era en verdad temerario, por lo menos en el barrio donde crecí, pues al frente de donde vivía estaba instalado un cuartel de la Policía Militar Aduanera, y a media cuadra uno de la IV Zona Naval de Esmeraldas, en donde a menudo se escuchaban los lamentos de aquellos pobres desgraciados a los que se torturaba en sus calabozos. Aunque sus significados no tuviesen nada en común, recuerdo que tan duro y reprobable como llamar a alguien comunista, era también calificarle de marihuanero. Eran, en suma, dos palabrotas que en boca de un niño evidenciaban que aquel pequeño tenía padres que no velaban de manera correcta por su educación, o que tenía amistades indeseables.

Recuerdo también que los cuadernos en los que anotábamos nuestros deberes y lecciones, las materias que recibíamos en la escuela, tenían en la parte final una leyenda que se me quedó grabada en la memoria, quizá por haberla visto tantas veces durante tantos días de mis primeros años de niñez: El Gobierno Nacionalista Revolucionario del General Guillermo Rodríguez Lara, a su Majestad, el Niño. Estaba ilustrada con un niño vestido de soldado, que al parecer custodiaba una refinería o un oleoducto, sobre un mapa del Ecuador, de ese Ecuador que pese a haber sido mutilado como cuarenta años antes e incorporado al Perú, nos decían que así debía dibujarse, con la mitad incluida del territorio que reclamábamos y reivindicábamos.

Entre las escasas palabras que alcancé a escuchar a mi abuelo, «Liberal», «Alfaro», «Carlos Concha», «Vargas Torres», son algunas de las que recuerdo. Las lecciones de historia de la escuela católica en la que estudiábamos por entonces, no recuerdo si sesgadas o no, harían poco a poco ir descubriendo su significado, lo que cada una de ellas implicaba.

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Eloy Alfaro con sus compañeros de armas y lucha, entre ellos el coronel esmeraldeño Luis Vargas Torres (segundo, sentado, desde la derecha), fusilado en Cuenca en 1887.

Debe haber sido hacia quinto grado, luego de estudiar la Revolución Liberal, cuando le confesé a uno de mis compañeros, a quien consideraba mi amigo, que mi abuelo era muy parecido a Eloy Alfaro. Insistió tanto en que lo lleve a conocerlo, que una tarde le permití ir a mi casa. Le dije que era necesario hacer silencio, porque el abuelo estaba enfermo y no había que perturbarlo. Subimos las gradas con mucho sigilo y cautela, tratando de hacer el menor ruido posible. Mi compañero se quedó un buen momento contemplando a mi abuelo, que tenía la mirada perdida, con dirección a la ventana, y se hallaba entretenido dándose palmadas en un lado de su cara, algo que luego comprendí no era una manía sino su manera de recuperar las sensaciones que la parálisis le robaba.

Al día siguiente comentó que, en efecto, mi abuelo se parecía mucho al viejo cuyo retrato teníamos en el libro de historia, al Viejo Luchador. Pero dijo también que mi abuelo estaba loco. Y creo que jamás le perdoné ese comentario. Lo juzgaba una traición inadmisible. Sí, es verdad, una persona paralizada de la mitad de su cuerpo, puede dar la impresión de estar loca, pero eso no significa que lo esté. Después, poco a poco, uniendo cabos y versiones de diferentes personas, de mi abuela y mi madre, de mis tíos y primos, de los parientes lejanos, fui tejiendo no solo la historia de mi abuelo, sino la historia del pequeño gran territorio al que llamamos Ecuador.

El abuelo tenía doce años cuando acaeció aquel desgraciado acontecimiento que llenó de ignominia al Ecuador. Esmeraldas, donde vivió toda su vida, había sido uno de los bastiones de Alfaro, junto con Manabí, desde mucho antes del triunfo de la Revolución Liberal. Un mes antes del crimen de El Ejido, en diciembre de 1911, la provincia entera decidió proclamar al general Flavio Alfaro, sobrino de don Eloy, como Jefe Supremo de la República, sin pensar que también él sería una de las víctimas incineradas apenas cuatro semanas después, en la hoguera bárbara que marcó para siempre la historia del país. Y en esa proclama está la rúbrica de don Samuel Orejuela, tío de mi abuelo.

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Toda Esmeraldas, que había perdido muchas vidas durante las últimas décadas de luchas fratricidas, se vio sacudida por la noticia del arrastre de los Alfaro en Quito. Carlos Concha Torres, hermano materno de Luis Vargas Torres, dedicaría energías y recursos para vengar esas muertes, haciéndole la guerra al gobierno desde las tupidas selvas esmeraldeñas, durante más de cuatro años.

La lucha de Eloy Alfaro, desde la radicalidad que lo caracterizó y que fue también el signo distintivo de quienes lo acompañaron y secundaron, data por lo menos de mediados de los años sesenta del siglo XIX, en su natal Manabí. Ya en 1864, próximo a cumplir los 22 años, lo vemos como líder de uno de los grupos armados que se enfrentarían al gobierno de Gabriel García Moreno, y desde entonces su lucha se radicalizaría y se volvería más compleja, hasta desembocar en el triunfo de la Revolución Liberal, el 5 de junio de 1895.


III

Durante los casi dos siglos que hemos vivido como república, el proceso de formación de la identidad ecuatoriana se vio inmerso en una lenta evolución. El principal escollo para la aceptación de la identidad estuvo siempre representado por la diversidad cultural que constituye el Ecuador. Esa condición impidió, por mucho tiempo, que la ecuatorianidad se asuma a plena conciencia. El lento proceso se vio vertiginosamente acelerado por hechos históricos como la Revolución Liberal de 1895, o la frustrada “Gloriosa” del 28 de Mayo de 1944; la exportación de productos como cacao, caucho, banano y petróleo; el retorno a la práctica democrática electoral, en 1979; el triunfo de Jefferson Pérez en Atlanta, en julio de 1996, y su hasta hoy única medalla olímpica obtenida por el país; la clasificación de la selección ecuatoriana de fútbol a un torneo mundial, por primera vez; o los derrocamientos, prácticamente habituales, de tres presidentes en menos de una década.

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La gran ironía y la gran paradoja fueron haber sido conducido detenido a Quito, en el mismo ferrocarril que Alfaro culminó de construir para unir la Sierra y la Costa, esos dos mundos bipolares que se complementan para formar el Ecuador.

Desde el triunfo de aquella revolución que transformó y trastocó para siempre a la sociedad ecuatoriana, a lo largo del nuevo siglo muchos se proclamaron revolucionarios, liberales radicales, alfaristas. Muchos pretendieron liderar procesos similares, hacer la revolución, desde la palestra política o desde las bayonetas militares. Hacia 1944, por ejemplo, estuvimos lo más cerca posible de una. Eran las condiciones más propicias que pudimos tener jamás, después de la Revolución Liberal, para llevar adelante un proyecto transformador profundo. Inusitadamente, curas y comunistas, conservadores y liberales convergieron en torno a un solo derrotero: la caída del régimen de Carlos Alberto Arroyo del Río.

Fue una oportunidad única en la Historia, que resultaría desaprovechada para dar paso al protagonismo de una apabullante figura: la del Gran Ausente, José María Velasco Ibarra. Juzgar la marcha de los acontecimientos de aquellos días no es tan simple. Era una época en la que el Ecuador aún no se recuperaba de una herida casi mortal, la del desmembramiento territorial acaecido tras la invasión peruana de 1941, cuyas causas el pueblo terminó por atribuir a su presidente. Era una época en la que todavía se hacía esfuerzos por desarrollar proyectos políticos, culturales, que pudiesen dar sentido claro al objetivo de formar la nación ecuatoriana. Ecuador era un país, es cierto, pero carecía de una unidad concreta, firme. Carecía de una definición propia como nación.

A pesar de que las corrientes en boga quisieran que el polvo del olvido se acumule sobre ciertos nombres inocultables, no puede negarse la enorme influencia ejercida por las figuras de izquierda de entonces: Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, Pedro Saad, Ricardo Paredes, Nela Martínez, etc.

La patria de Benjamín Carrión no tuvo una revolución socialista, no conoció de comités centrales, secretarios generales ni camaradas enredados en la burocracia en que el socialismo devino en otros países. Mas, muchos de sus líderes, durante una buena parte de este siglo, fueron hombres de izquierda, forjados en otro tiempo, bajo otras premisas, valores y circunstancias. Sin su presencia, aún tendríamos un país anquilosado en estadios feudales y en relaciones de producción casi esclavistas.

La Gloriosa significó ese fracaso recurrente que pareció definir al Ecuador del siglo XX, que fue también consecuencia de la Hoguera Bárbara, entre el permanecer atado al anacronismo o subir al siempre en marcha carro de la Historia. Nos demostró también que aunque las masas, intuyendo el hedor escatológico del uso y abuso del poder empujan a la transformación, por tanto tiempo resultaron arrebatadas de su esperanzado resurgir por la verborrea infame de unos cuantos astutos.

Durante el siglo XX fueron varios los intentos por lograr cambios radicales en el país, pero carecieron sobre todo de un ingrediente fundamental: el apoyo del pueblo, de ese pueblo por el que juraban y se desgarraban las vestiduras afirmando que pretendían reivindicar y defender.

El cambio que Alfaro lideró tenía como motor la realidad de opresión, retraso, explotación e ignorancia en que estaba sumida la población ecuatoriana. Esas grandes mayorías comenzaron a emerger hacia la luz, después de siglos de oscuridad. La proclamación de la República no significó, en la práctica, un cambio de la situación en que vivían los miles de oprimidos habitantes de las diferentes regiones del país. Por el contrario, continuó la explotación inmisericorde de los indígenas y campesinos, de los proletarios, de la clase trabajadora, y la segregación racial y social era el resultado evidente de más de tres siglos de colonialismo.

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Sesenta y cinco años contaba apenas la República cuando se vio sacudida por la contundencia de una transformación profunda y radical. Ese Ecuador caótico y oscurantista que pocas décadas atrás había sido fundado como un estado teocrático, entregado a curas y monjas, a la Iglesia, así como a los caprichos e intereses de las clases privilegiadas, y todo ello en nombre de Dios, en el breve lapso que medió entre 1895 y el crimen de El Ejido vio con espanto pero también con esperanza, la separación entre la Iglesia y el Estado, que dio paso a la necesidad de construir en el país una institucionalidad nueva y diferente.

Fue a partir de ese momento que se le dio un giro total a la educación, hasta entonces en manos de la Iglesia, desde la óptica del laicismo y la gratuidad, sin privilegios ni discriminaciones, una educación pública y para todos,o por lo menos eran esas la aspiración y las intenciones; y se formó a los maestros normalistas, que representaron un cambio sustancial en la educación de calidad, para tantas generaciones de ecuatorianos.

Si el Ecuador de esta primera mitad del siglo XXI ha cambiado en gran parte de sus prejuicios y prácticas discriminatorias heredadas de la Colonia, es gracias a la obra de la Revolución Liberal. Alfaro fue quien propició las condiciones para que las mujeres ejerzan sus derechos públicos y políticos, entre ellos el derecho a la educación, y, sobre todo, a desempeñar su rol histórico en la formación de la sociedad ecuatoriana, en la toma de decisiones de los destinos de la sociedad. Fue también el punto de partida para el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas y campesinos, hasta entonces condenados a permanecer como ecuatorianos de tercera, sin siquiera aspirar a ser considerados ciudadanos.

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Todo un pueblo, constituido por mujeres y hombres sencillos, mestizos, afro-ecuatorianos, indígenas, campesinos, empleados y obreros, aguarda por que el vil asesinato y los acontecimientos inmediatos que culminaron en la hoguera bárbara, no queden en la impunidad a pesar del tiempo transcurrido.

Aunque para muchos resulte odiosa o pretenciosa la comparación entre dos épocas distintas, separadas en el tiempo por más de un siglo de trajinar del pueblo ecuatoriano, lo cierto es que muchas circunstancias se repiten. Las clases poderosas siguen instigando, a través de todas las formas posibles, en contra de las transformaciones que impulsa y lidera el presidente Rafael Correa, líder inédito en los anales de la historia política nacional. Y lo hacen, precisamente, a través del poder que ha representado siempre la prensa, que han representado y tienen, en la práctica, los medios de comunicación, es decir, sus propietarios.

Hoy, como entonces, la plutocracia es una amalgama amorfa de banqueros, religiosos fundamentalistas, políticos desubicados, industriales y dueños de medios, que casi siempre son los mismos, férreamente unidos en pos de la negación. Niegan todo lo que se está construyendo y reconstruyendo en la nación; niegan los aciertos, las transformaciones, las conquistas sociales, la participación ciudadana. Y además de negar, mentir y calumniar usando el poder de los medios, instigan a la sedición, a la rebelión, al magnicidio. La única diferencia es que no pueden luchar, pese a tanta maledicencia, contra el apoyo popular expresado por millones de ecuatorianos llenos de esperanza, y eso, mientras dure, es lo que le sostiene, lo único que le sostendrá.

Hace tres años, en enero de 2012, el pueblo ecuatoriano recordaba, evocaba, rememoraba, recorriendo las calles por donde se condujo a su líder. La celda número 13 del ex penal García Moreno, donde estuvo encerrado aguardando por la ignominia, se volvió casi un lugar de peregrinación, y desde allí se dirigieron cientos de personas, siguiendo el mismo recorrido que un siglo atrás tuvieron, arrastrados, los cuerpos de Eloy Alfaro y sus más leales colaboradores, que dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva del pueblo ecuatoriano, hasta desembocar en El Ejido, en la hoguera vergonzante, símbolo de un crimen provocado por el odio y la irracionalidad, que por siempre quedó en la conciencia de América.

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El despertar del pueblo ecuatoriano, por tantas décadas aletargado en el olvido, en la demagogia de tantos gobernantes de turno, y en la manipulación de sus mentes y conciencias a través de los medios de información, conlleva, necesariamente, la recuperación del legado de un hombre visionario y revolucionario como Eloy Alfaro, a partir de la conciencia política, a partir del conocimiento del pasado, a partir de la reflexión.

Las grandes mayorías siguen viendo al «mejor ecuatoriano de todos los tiempos» como al gestor de uno de los acontecimientos históricos de mayor repercusión en la vida del país. Saben que si no hubiese sido por el crimen de El Ejido, consecuencia directa de esa campaña de difamación y calumnia, de odio y venganza, emprendida por los enemigos de la Revolución, con la prensa como estandarte más visible, la gran obra liberal habría profundizado aún más los cambios que la Nación aguardaba y requería.

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El proyecto alfarista quedó inacabado, inconcluso tras la tragedia y el orden de cosas, o más bien el desorden que siguió, y que prácticamente se perpetuaría por más de noventa años. Era necesario que esa interrupción, adaptada a los cambios de era, al paso del tiempo, fuera subsanada enarbolando la bandera de la dignidad de los pueblos, la antorcha de la libertad, la justicia, la igualdad y la solidaridad; el estandarte de la soberanía, la autonomía y la independencia; el puño en alto contra el abuso y la prepotencia.

Un país que progresa en todos los órdenes, que ve mejorar radicalmente su infraestructura, sus vías de comunicación, sus sistemas de transporte; que ve a la justicia social y la participación ciudadana convertirse en realidades para los millones de seres por tanto tiempo proscritos y discriminados, es un país que continúa así la gran obra de Eloy Alfaro, que recupera su memoria, que redime su enorme legado social.

Hoy se habla de la recuperación del derecho a la esperanza, el respeto y la dignidad; de la necesidad de reescribir la historia patria, pero ya no desde la óptica de los poderosos que se perpetuaron a través de las décadas y los siglos, sino desde la visión de quienes han sido sus auténticos protagonistas: los ciudadanos hombres y mujeres que la construyen día tras día.

Antonio Preciado: la Poesía no tiene Color

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La idea de entrevistar al poeta afroecuatoriano Antonio Preciado, me resultaba particularmente tentadora. Volver a mi natal Esmeraldas, bajo el pretexto de «enfrentarme» a esa especie de monstruo sacro de la poesía esmeraldeña, era como haber recibido el regalo de una venganza sutil y velada [por supuesto], casi diez años después de que mi atrevida ingenuidad adolescente, urgida por decenas de páginas de versos totalmente impúberes, apostara a perseguir al barriocalienteño jututo al extremo del cansancio y el desplante consecuente.

 

Este hombre y su planeta

Lograr que el funcionario, más que el poeta, encontrara un espacio en su agenda no fue fácil. Preciado es el máximo responsable de la actividad cultural que el Banco Central desarrolla en la provincia verde. Tuve que valerme de un amigo común. Aun así, fue preciso aguardar varios días. Programada para las nueve de la mañana de un sofocante martes de septiembre, la entrevista no comenzaría sino dos horas después, a causa de una inesperada reunión de trabajo. Su secretaria, tomándome por funcionario del Banco, fue extremadamente amable, y me permitió esperar sentado sobre una de las cuatro sillas colocadas frente al escritorio del licenciado, como le llamaban por entonces sus subalternos.

En la oficina, gruesas y pesadas cortinas impedían el paso de la agobiante luz solar esmeraldeña, aunque no del bullicio de la céntrica calle Bolívar. Escritorio grande, con muchas fotografías bajo el vidrio, recuerdos de las amistades que ha sembrado, en diferentes latitudes, este hombre y su planeta.

Después de que el poeta diese lectura a un documento extensísimo, preparado para esta entrevista [y al parecer para algunas más, conforme fui percatándome tiempo después], ya que, según dijo, a menudo su sucesivos entrevistadores distorsionaron cuanto había querido decir, tímido y casi incrédulo de por fin poder comenzar mi trabajo me atrevo a lanzarle mis primeras inquietudes, en torno al recibimiento que habían tenido De ahora en adelante y Jututo, sus dos últimas publicaciones: «En rigor, han sido bien recibidas, de acuerdo con lo que dicen los comentarios escritos, tanto de dentro como de fuera del país. Algunos de los poemas de estos dos últimos libros han sido  recogidos ya en antologías del exterior. Pero no soy una persona que se satisface a plenitud con lo que va realizando, porque esa satisfacción supondría una suerte de engolosinamiento con lo que se hace, y una pérdida de la obligación de trabajar incesantemente en nuevas empresas artísticas.»

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Ni un antes ni un después

Con la certeza de que aún no ha escrito una obra a la que pueda considerar el referente máximo de todos sus poemas y libros de poemas, para él la poesía es inmensa y le hace sentir «apabullado, verdaderamente minúsculo, pequeño al lado de los horizontes que se presentan dentro de las perspectivas de la creación literaria

Preciado no cree haber andado mucho; al contrario, considera poco lo que ha hecho y se ve obligado a esforzarse de manera constante: «No hay un antes ni un después, sino un siempre en mi creación.»

En Jututo, se da la presencia de varios poemas dedicados o escritos a partir de la evocación de personas conocidas por él en Esmeraldas y en diversos sitios del mundo, bajo el título de Algunos de los míos. Son la mayor parte amigos muy cercanos, otros no tanto, pero a todos ellos les une un vínculo humano, poético o político, en el más hondo y genuino sentido de cada término. En definitiva, gente negra a la que el poeta admira y a la que confiesa querer, lo cual me mueve a indagar por su concepto de amistad: «Para mí, es un sentimiento de extraordinario y profundo valor, porque ancla el afecto de dos o más seres. Creo en todo lo que reúne al hombre, en todo lo que le permite abrazarse, en todo lo que orienta la proa visionaria hacia el encuentro del hombre con los demás seres; estando en ese cauce, la amistad es para mí altísimamente valiosa.»

También se confiesa posesivo, pero con la inmediata aclaración de que no es en el sentido egoísta de la posesión, según sus propias palabras:«Soy posesivo en el sentido de mantener aprehendido, al alcance de mi tacto, de mis afectos, de mi querencia volcánica, del vórtice de mi cariño, de mi ser que brota por mis poros, todas las cosas entrañables, las cosas y los seres que amo… La persistencia de mi yo no se anula, no se diluye definitivamente, sino que se fortalece y realiza en un mundo de incesantes interacciones. Y ese es el asiento del carácter social de mi creación. Eso es lo que se patentiza en una convergencia entre los demás y yo, como creador, a través del instrumento maravilloso de la palabra.»

RAO: ¿No ha sentido el peligro de una exagerada consideración de lo social, de lo político, en detrimento de lo estético?

AP: El universo de mi poesía no se agota en esa primordial preocupación, ni el universo de ninguna poesía… Escribo orientándome hacia los fines que, a mi entender, dan un sentido mejor, más fructuoso desde el punto de vista de la satisfacción moral y espiritual que busco en el hacer poético. Además de la gravitante imposición que supone la lengua compartida, lo digo sin eufemismos, también intencionalmente pretendo escribir para los demás, pues mi propósito siempre es decir algo, que a la vez que se encuadre dentro de los movimientos estéticos sea recibido por ese gran otro a quien me dirijo, ese otro múltiple que es destinatario de la creación. Necesito y busco ser aprehendido, captado.

Resulta obvio que para Preciado la escritura poética es una necesidad de expresión, dentro de la cual están permanentemente presentes las preocupaciones sociales. Se concibe a sí mismo como alguien cuyo deber es no perder de vista en la creación, como ingredientes básicos de su propio sentido de lo popular, lo que denomina «la ineludible obligación de permanecer atento a los problemas del pueblo». De otro lado, la abundante utilización de metáforas en su poesía podría interpretarse como un intento catártico, de auto-purificación, a pesar de sus reiteradas intenciones de ir al encuentro con los demás.

Los medios materiales

También me intrigaba un poco, en esta época en la que no nos imaginamos escribiendo en otra cosa que no sea un teclado de computador, la forma en la que Preciado da a luz sus poemas: «Escribo a mano, y escribo acostado; no por pereza, como me decía en broma un amigo… [ríe, a propósito de ser ese otro de los estereotipos en torno a los negros]. Escribo acostado, porque así me acostumbré desde que era muchacho. Siempre leo y escribo acostado; por supuesto, cuando estoy en mi casa

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¿Su poética es vivencial, o es una literatura de la literatura?

Es vivencial. Toda creación empieza por la práctica, por el contacto vivo del ser humano, de su percepción sensorial con el mundo que lo rodea, con los demás seres; la realidad objetiva en sus dos grandes vertientes: la naturaleza y la sociedad. En ese sentido, las obras de arte también parten, aunque no se lo quiera reconocer, de esa realidad objetiva.

La abuela Francisca

Además de lo social y natural, otra de las presencias determinantes en su vida y, por ende, en su poesía, es la de las mujeres: «Desde la venerable abuela Francisca, que me inició en el conocimiento de mis esencias étnicas, que me llenó la cabeza de mitos, de fantasmas, de dioses; que aproximó a mi olfato el aroma de las hierbas curativas. Desde esa abuela Pancha, pasando por mi madre, por mi Felisa, que vive a sus ochenta y tantos años; esa mujer que, como digo por ahí, se repartía entre cinco hijos, sola, y que realizaba el milagro de hacer alcanzar un número menor para un número mayor. Dalia, mi única hermana; mis amigas, hasta llegar a las mujeres con las que he compartido parte de mi vida, por las que tengo un profundo respeto, y que han dejado su marchamo indeleble en mi espíritu.»

La poesía no tiene color

La conversación es con frecuencia interrumpida por llamadas telefónicas, por el ingreso sin previo aviso de personas que no sabían nada del asunto, y hasta por salidas del mismo Preciado. Algunos de esos momentos son aprovechados por mí para voltearme a observar, con detenimiento y fascinación, tres fotografías en blanco y negro: una hermosa negra ataviada con pañolón, casi niña, casi adolescente; un sonriente negro que sostiene entre la perfección envidiable de sus dientes una humeante cachimba [pipa]; y, finalmente, los bellos ojos grandes, sorprendidos, diríase que tristes, de un pequeño negrito.

Fuera de Esmeraldas, me atrevo a decir que aun dentro de ella, se le considera exclusivamente un poeta de la negritud, quizá su máximo exponente. Este encasillamiento parece molestarle, pues, de alguna manera, podría considerarse también un rezago de la discriminación de la que ha sido objeto el pueblo afro: «La mayor parte de mi poesía no está centrada en la negritud. Alguna vez Hernán Rodríguez decía, en un comentario, que yo había tomado poco de la inmensa cantera de la negritud, siendo un poeta negro… Mi poesía está centrada en una preocupación general por el hombre, por el ser humano amplio, genérico, universal, partiendo de la convicción de que primero soy hombre, después soy un hombre negro. Toco la realidad de la negritud como tal, pero ligada también, eslabonada, articulada, vertebrada a la realidad del hombre en general. Estoy obligado a decirle esto porque mucha gente considera que como soy un poeta negro mi poesía es negra. La poesía no tiene color; las realidades del hombre negro las puede tocar un poeta que no sea negro, que no tenga en la piel la carga que yo tengo, que no sea de mi etnia. Si se afirma que mi poesía está exclusivamente centrada en la negritud, no hay conocimiento profundo de ella.»

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¿Cree que hay racismo en Esmeraldas, la provincia con el mayor porcentaje de población negra en el Ecuador?

No creo que la mayoría de la gente en Esmeraldas sea racista. Hay manifestaciones de racismo antinegro, pero son producto de antecedentes históricos a los que me he referido siempre, como la teorización de una supuesta inferioridad del hombre negro. En esta provincia, tradicionalmente, el negro ha estado ligado a los estratos inferiores de la sociedad, al sector más pobre de ella, realizando trabajos domésticos, de carga, etc. El mestizo [el mulato], que tiene mucho de negro pero quiere blanquearse, que quiere no ser negro, arremete contra quien, ilusoriamente, considera la última rueda del coche. Mas, por lo general, Esmeraldas es un batidero de gentes de diferentes etnias, que no mantienen ese tipo de diferencias, de prejuicios.

Usted habla de esa «supuesta inferioridad», pero quizá la actitud del esmeraldeño negro de la actualidad no es tan altiva o contestataria como la del negro estadounidense, por ejemplo…

Las diferencias que se puedan advertir son de carácter publicitario. El hombre esmeraldeño tiene conciencia de que es un ser humano –sobre todo el hombre joven-, que afirma su valor y busca también la consolidación de su identidad cultural como etnia, sin perder de vista el hecho de que, fundamentalmente, es un ser humano. Esa afirmación se ha venido dando a partir del acceso que la juventud ha tenido, en las últimas décadas, a la educación. La escolaridad más alta del negro esmeraldeño va ejerciendo un influjo liberador en este sentido, haciéndole ver más amplio el horizonte, ampliando su cosmovisión.

Casi al final, me resisto a despedirme [o a ser despedido] sin tratar de hurgar un poco en las facetas más personales del Preciado humano, del Antonio Preciado que no tiene reparos a la hora de reconocer cuánto le gusta la comida esmeraldeña y sus platos típicos: los encocaos [mariscos sazonados en leche de coco], las balas [bolones de plátano verde aplanados], el masato [una especie de batido de plátano maduro con leche], o el irresistible tapao [pescado cocido y condimentado con hierbas aromáticas como la local y exquisita chillangua, y acompañado de plátano verde cocinado; del Antonio Preciado que reitera ser un esmeraldeño jututo [auténtico], que gusta de la marimba tanto como de la música formal, ligera, popular de los países latinoamericanos, la música ecuatoriana, el blues, el jazz, etcétera.

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La cultura esmeraldeña

Preciado habla con bastante rapidez. Imagino cuán difícil hubiese resultado esta entrevista sin la ayuda de una grabadora. Luego de hora y media es evidente el cansancio, pero no tanto como la prisa por despedir a su interlocutor para continuar con su intensa agenda de trabajo.

Hacia los años setentas, el poeta fue uno de los más apasionados impulsores y protagonistas de la cultura esmeraldeña. Hoy se dedica solo a las actividades culturales del Banco Central, por coincidencia y fortuna a su cargo: «En esa época contaba con un grupo de trabajadores de la cultura, de dinamizadores, muy entusiasta. Fui entonces Presidente de la Casa de la Cultura por dos periodos. La recuerdo como una época extraordinaria. Después, cuando dirigí el Centro Municipal de Cultura, se vivió también una época de intensa actividad.»

Debido, entre otras causas, a la falta de asignaciones presupuestarias suficientes, las dos instituciones perderían protagonismo. Es entonces cuando, a mediados de la década anterior, la entidad bancaria asume la tarea de rescatar, preservar y difundir la cultura de esta provincia: «El Banco Central ha venido trabajando intensamente aquí. Si se suprime su actividad (museo, archivo histórico, difusión de programas, etc.), Esmeraldas quedará huérfana de estímulos de trabajo cultural en su comunidad.»

Revista “Cultura”, Banco Central del Ecuador

Quito, Septiembre de 1998