Carlos Pérez Agusti: el cuencano que nació en Madrid

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Con su juventud a cuestas, en octubre del año 1966 llega a Cuenca de los Andes, procedente de la capital española, atraído por unos cuantos libros que había leído de la literatura ecuatoriana, y cargando ciertas ideas de lo que sería vivir en un país llamado Ecuador. Por entones funcionaba en España una organización llamada CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que proporcionaba profesionales europeos a América Latina: “Mi ilusión era conocer América Latina y estudiar su literatura, su arte, su cine. Yo estaba dispuesto a viajar al primer país que necesitara un profesor de literatura para las universidades”, dice Carlos Pérez Agustí, madrileño radicado en Cuenca por media centuria, y nacionalizado ecuatoriano desde hace una veintena de años.

CONTRATO INDEFINIDO

La propuesta laboral le había sido enviada desde la Universidad de Cuenca. En aquel tiempo el Decano de la Facultad de Filosofía era el Dr. Alejandro Serrano Aguilar, quien lo contrató por el lapso de un año. Al cabo de ese plazo, ya adaptado a la ciudad y habiendo dejado satisfechas a las autoridades universitarias cuencanas, firma por tres años más, que se convirtieron en un contrato indefinido.

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Carlos Pérez es más que alguien que llegó al país y al cabo del tiempo decidió quedarse: “Yo he considerado siempre al Ecuador y a América Latina como una prolongación de España. He encontrado muchas cosas en Cuenca y mi estadía a lo largo de 50 años ha sido muy satisfactoria”, afirma convencido.

AQUELLOS ESTUDIANTES

Quienes nos formamos en el Ecuador de los años setenta y ochenta, sobre todo en instituciones de carácter fisco-misional y religioso, recordamos el nombre de Carlos Pérez Agusti, no solo relacionado con ámbitos como el cine cuencano, del que es uno de sus pioneros, sino también con las primeras lecturas que tuvimos, a través de los libros de la editorial Don Bosco y la Librería Nacional Salesiana LNS, que era precisamente recopilados y editados por este personaje. Es decir, varias generaciones de ecuatorianos, miles y miles de personas, se educaron leyendo los textos de gente como Felipe Aguilar y Carlos Pérez.

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Entre la enseñanza literaria y las cátedras de cine, incluida la actividad del Taller de Cine de la Facultad de Filosofía, tuvo la oportunidad de haber compartido aventuras fílmicas con sus alumnos y colegas, es decir, sus antiguos estudiantes, a muchos de los cuales califica de gente extraordinaria: “Cuando yo llegué tuve de alumno a Mario Jaramillo; casi todos mis colegas de la Escuela de Lengua y Literatura: María Eugenia Moscoso, Alejandro Mendoza, Jorge Villavicencio, Felipe Aguilar, Jorge Dávila”, además del hoy legendario periodista y catedrático Edmundo Maldonado, y la poeta y actriz cuencana Catalina Sojos.

PIONERO DEL CINE CUENCANO

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Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega, junto con Edmndo Maldonado, Rubén Villavicencio, Pepe Neira y Jorge Dávila.

“Arcilla Indócil”, del escritor cuencano Arturo Montesinos, así como “La Última Erranza”, del guayaquileño Joaquín Gallegos Lara, se recuerdan como dos de los más célebres títulos que Pérez adaptó y llevó al cine, al incipiente cine cuencano del que puede decirse es pionero, y que tiempo después se intentó continuar con trabajos como “Mea Culpa”, de Patricio Montaleza, hacia finales de los años noventa, sin que luego de aquello pueda hablarse de un cine cuencano como se viene haciendo en otras urbes del país. El efímero festival de cine La Orquídea, a través de sus organizadores tuvo a bien rendirle un homenaje público, como reconocimiento a esa labor pionera en la producción fílmica de corte morlaco.

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Hoy, jubilado ya, este cuencano de origen español departe de forma habitual con sus amigos y familiares, y se le ve participando en citas literarias y presentaciones de nuevas obras, como si no hubiese transcurrido ese medio siglo de intensa y fecunda labor cultural, educativa e intelectual en su amada Cuenca, no la europea sino la de los Andes.

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“Económicamente quien quiera hacer dinero de la cultura elige el peor camino”, dice al preguntarle sobre las ganancias que pudiera haber logrado. No obstante, esas ganancias se han dado en otros órdenes, permitiéndole realizarse, como él mismo afirma, y proporcionándole gratificaciones: “Considero una obligación revertir y retribuir, a los que venimos, con lo que tengamos al alcance”. En otras palabras, el saber que ha hecho algo en Cuenca y el Ecuador ha sido una de sus mayores satisfacciones.

 

1999-2016

Felipe Aguilar: la Educación es un Acto de Amor

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A los 20 años de edad todos los que sufrimos la pasión por la lectura, por la literatura, de alguna forma nos creemos sobre todo poetas, y así caminamos por nuestros microcosmos con un pesado paquete de poemas a cuestas, que son en realidad decepciones amorosas de adolescente, amenazando a quien se nos cruce con obligarlo a que los lea. Algo así le ocurrió hace 16 años a Felipe Aguilar Aguilar, profesor de literatura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca. Obligado a leer esos versos, un día se sentó ante una hoja en blanco y escribió, a mano y con lápiz, la respuesta que el alumno esperaba: “Disculpe, la letra no es mala –decía al final del manuscrito-, es pésima”.

Más de tres lustros después, el antiguo alumno que todavía conserva aquella hoja de papel que de alguna manera modificó su vida, se reencuentra con el maestro, esta vez para dialogar, en una suerte de entrevista que revela muchas facetas de lo que ha sido la capital azuaya durante los últimos cuarenta años. Fanático, a su modo, del fútbol, de su ciudad Cuenca, de la buena literatura; él mismo un periodista a cuya pluma podría calificársela como de alto vuelo, y con un terror que no oculta por el lugar común, he aquí el fruto del diálogo con uno de los personajes e intelectuales más interesantes de la Cuenca contemporánea.

RA: Comencemos hablando de la actividad que ha sido el eje de su vida profesional y de su misma existencia: la docencia.

FA: Yo me eduqué en el antiguo colegio normal Manuel J. Calle, donde desde primer año ya se nos hablaba de ser profesores. Mi vocación surge a partir de la admiración que siempre tuve por mi padre, Víctor Gerardo Aguilar, y por el hecho de que me matriculé en un colegio que formaba profesores de escuela. Él fue rector del colegio Manuel J. Calle durante más de veinte años. Fundamentalmente se dedicó al periodismo y al magisterio. En general, yo diría que mi familia ha sido de profesores y periodistas.

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Es decir que usted fue más bien el único que se decidió directamente por la docencia, aunque con posterioridad hemos constatado cierta actividad periodística…

Los Aguilar Arévalo fueron esencialmente periodistas: Roberto Aguilar Arévalo, Maximiliano, mi padre Víctor Gerardo, y el último, que falleció hace poco, Francisco Eugenio Aguilar. En el caso suyo fue el periodismo casi con exclusividad, que incluso han heredado sus hijos: Juan Pablo Aguilar, que ahora veo que escribe en El Tiempo, y Roberto, muy conocido en el periodismo ecuatoriano. Yo estuve siempre con la idea latente del periodismo, al cual nunca me pude dedicar porque el magisterio me absorbió. Siento que ya me queda poco de esa pasión que tuve por la docencia; con los años se ha atenuado, ha disminuido.

Alguna vez le escuché decir que se convirtió en decepción…

Hay etapas bien frustrantes en el magisterio. Sí, las hay. Uno pierde un poco el ímpetu, y en algunas ocasiones en el proceso de evaluar cree que los culpables son los jóvenes, a quienes siempre les tildamos de falta de responsabilidad, de falta de dedicación, de ausencia de capacidad receptiva, etc. Pero en realidad quizá los grandes culpables somos los docentes, que seguimos inmersos en esa idea del Magister Dixit, de que nosotros somos los poseedores del conocimiento; les pretendemos solo transmitir, y nunca creemos ni nos planteamos la posibilidad de que lo fundamental es que el alumno aprenda a aprender.

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¿Y no es eso un reflejo más bien del sistema educativo?

Sí. En la educación nacional se han hecho muchas marchas, contramarchas, reformas, contrarreformas, seminarios; se ha gastado mucho dinero en discusiones a veces bizantinas y estériles, y nunca ha habido una política educativa. Cada ministro ha venido y ha modificado pequeños detalles, cambiando algo para que todo siga igual. Confío en el Plan Decenal de Educación que ha planteado Raúl Vallejo, ya como política de Estado, de tal manera que haya continuidad, y de tal manera que las nuevas autoridades no vengan y barran lo que ha quedado hecho anteriormente.

¿Tras culminar los estudios en el Normal Manuel J. Calle, en dónde comienza a ejercer la docencia?

En una escuelita cercana a Cuenca, la Hipólito Mora, en la parroquia Checa. Pese a la cercanía, eso me imposibilitaba seguir estudios superiores; por lo tanto comencé a estudiar solamente cuando vine a una escuela municipal de esa época. Las escuelas municipales eran la Julio Matovelle y la Federico Proaño, que tenían un esquema y una metodología muy adelantados para esa época. Tuve que asimilar todos esos procesos para no cometer muchos errores, y creo que me defendí. Pero en el balance final sí debo aceptar que fui un pésimo profesor de escuela. Éste necesita no solamente de paciencia, de eso que llaman mística, de eso que llaman vocación, sino también de una habilidad especial. Educar en escuela es, considero yo, un arte, que no se aprende con muchos visos de pedagogía o con eventos académicos de gran nivel, sino en la práctica. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, y el profesor de escuela se hace en la docencia, en el contacto con los niños.

¿Y por qué se diferencia del profesor de enseñanza media?

Yo he trabajado en los tres niveles, pero la receptividad y la capacidad de preguntar, inquirir de parte del niño es muy superior a la del adolescente o del joven. Y muchas veces lo que hacemos es una pedagogía de las falsas respuestas, de las respuestas convencionales, de las respuestas políticamente correctas, y no dejamos que el niño vuele, imagine, cree.

¿Cuándo llega la época en la que comienza a dar clase en los colegios?

Curiosamente yo fui primero, de forma simultánea, profesor de escuela y de universidad. Terminé mis estudios en la Universidad en 1970; perdimos un año porque en esa época a Velasco Ibarra se le ocurrió clausurar la Universidad. Al mismo tiempo, el doctor Efraín Jara, decano en esa época, me llamó para ser profesor accidental. En 1976 fui a trabajar al colegio Luis Cordero de Azogues, que por entonces era un colegio Normal. Tiempo después, Claudio Malo, como Ministro de Educación, creó los institutos normales superiores, que yo creo que fue una medida negativa. Los antiguos normales formaban auténticos profesores, jovencitos, a los 18 años. Ya salían con una formación, pensaría que bastante sólida, sobre todo por el hecho de que teníamos prácticas pedagógicas. En quinto y sexto curso nos incorporábamos ya a la docencia. No sé cómo funcionan ahora los institutos normales superiores. Cuando el Ministro creó los institutos, los colegios de este tipo pasaron a ser instituciones regulares, que ya no formaban maestros. Entonces hubo que crear una serie de especialidades sobre la marcha. Fue una medida quizá muy rápida, sin mayor reflexión.

Trabajé tres años en Azogues, y luego vine acá, al colegio Herlinda Toral, desde 1978 hasta 1982 como profesor, y desde 1996 como rector.

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¿Qué le dejó esa experiencia como rector?

Lo negativo, diría, es la falta de contacto con el alumno. El rector está un poco distante, en funciones puramente administrativas. Perdí la costumbre de dictar las clases, que sobre todo en mi caso siempre han sido diálogo permanente con los alumnos. Creo que sí he usado lo que a partir de Paulo Freire dicen que es la gran verdad pedagógica, y creo yo en ella: la pedagogía de las preguntas, más que de las respuestas. Creo, aunque sea un lugar común, una frase hecha, en eso de que la educación es comunicación, es diálogo permanente. En un plano de absoluta horizontalidad, nadie es superior, nadie es inferior, nadie es sabio, nadie es ignorante. La búsqueda del conocimiento a través de una interacción entre profesor y alumnos.

¿Llegó a esa posición a partir de reflexiones teóricas o desde la práctica misma?

En la práctica, y también [puede parecer pueril o insignificante lo que se dice] tengo que confesar: en mí influyó mucho una película, La sociedad de los poetas muertos. Ahí, precisamente, se plantea esto de la educación activa, de la educación de preguntas, de la búsqueda de caminos; no creer que nosotros señalamos definitivamente el camino, y que la educación es una especie de robotización, de domesticación. La ruptura del esquema de la presunta superioridad del profesor. Una educación en libertad, para que el joven sepa ejercer esa libertad.

¿Pero eso rige para los tres niveles?

He tenido muchos profesores. Quien sí se merece, para mí, el nombre de maestro, fue Alfonso Carrasco Vintimilla. Lo conocí cuando era muy jovencito él, y yo también muy joven. Él, culminados sus estudios, ya fue profesor nuestro en la Universidad. La facilidad de comunicar que tenía Alfonso, ese método un poco socrático que tenía para interrogar, para conducir nuestros razonamientos, nuestras ideas, para guiarnos en las lecturas. Yo siempre amé la lectura, pero con Alfonso me apasioné por ella. Él fue quizás el que más haya influido en mi cosmovisión, en mi manera de ver el mundo y de interpretar la existencia.

También tendría que mencionar a alguien que nunca me enseñó inglés, porque era profesor de inglés, pero que sí me enseñó a amar la vida, y gozar a la vida y sufrir a la vida, y a vivir cada noche como si fuera la última, y cada mañana como si fuera la primera: Francisco Estrella Carrión. Una figura inolvidable para los que le conocimos, que lamentablemente nunca dejó huella escrita, nunca escribió textos, a no ser su participación en La Escoba. Pero nunca llegaremos a saber qué es lo que realmente escribió el Paco. Fue una especie de Sócrates cuencano. Nunca fue profesor de aula sino de café; por qué no decir que fue un profesor de cantina, porque él era un dipsómano que bebía mucho; y bebía también con cierta frecuencia con sus alumnos. Él decía: <<No siempre con los mismos porque tengo que ser democrático…>> [ríe]. Pero era un ser singular, distinto, irrepetible. Es difícil encontrar alguien como fue Paco. Con la sabiduría, la cantidad de lecturas; un hombre que a través del humor dejaba reflexiones y pensamientos verdaderamente profundos; el auténtico guía, y eso se supone que es el maestro…

¿Y todas esas anécdotas que se dicen de él, son reales o se han ido distorsionando con el tiempo?

Se han ido distorsionando mucho. A veces incluso no hay concatenación cronológica. Lo que pasa es que a nivel de coloquio, de la conversación diaria, suena bien decir <<el Paco decía esto…>> Es una especie de defensa que hace la persona, para justificar, darle nivel o poner en un plano alto el chiste o la anécdota graciosa. Pocas de las anécdotas que se cuentan del Paco son de él. Mucho se ha agregado con el tiempo. Se ha hecho leyenda.

¿Efraín?

Efraín Jara estaría en la línea del expositor más brillante que yo haya escuchado. No creo que él haya sido un maestro de los tradicionales, sistemático, ordenado, comunicador, transmisor de conocimientos, que pretendía solamente robotizar, domesticarnos. Efraín también nos dejaba mucha apertura, mucha posibilidad de leer, evaluar, comentar y criticar lo que leíamos. Y todos los que hemos sido alumnos de él sabemos que a la vera de él, desde la sombra de él o más bien desde la luz de él, nos hemos forjado los que podríamos decir que somos de la escuela de Efraín. Nadie puede negar, sería absurdo discutir, todo el bien que ha hecho Efraín a través de su magisterio. Yo valoro muchísimo la poesía de Efraín, pero también su capacidad de incentivador de vocación, su magisterio en definitiva. No quiero decir con esto que sea un mal poeta. ¡Es un gran poeta!

¿Cómo llega Felipe a la literatura, en qué momento?

Yo diría que en la niñez; los primeros textos que caían en mis manos yo ya los leía, los devoraba. Había un hermano mayor a mí como once años. Se llamaba Jacobo Aguilar, y era el lector más insigne que he conocido, y he conocido a grandes lectores. No en el sentido de devoradores de libros, que comen mal y digieren peor, sino en el de selectivo y lector con espíritu crítico: saber juzgar, valorar y discernir, en definitiva, lo que es literatura auténtica de lo que es hojarasca, simple adorno, simple relumbrón, simple éxito.

En aquellos remotos años circulaba una revista argentina que se llamaba Leoplán. Era semanal, e incluía en cada edición una novela clásica. Así que en Leoplán yo leí a Verne, a Dumas, a Dickens, a Balzac, a los rusos. Es decir, fuera del colegio yo leía, pero tengo que admitir que en el colegio nadie me enseñó a leer. Las clases de literatura no eran más que vida de los autores. Leíamos uno que otro texto, la cuentística cuencana con Alfonso Cuesta y Cuesta, César Andrade y Cordero, y Arturo Montesinos Malo, pero muy esporádicamente. Ya en sexto curso, era la vida de José Joaquín de Olmedo. Tengo que admitir que escuela y colegio no me enseñaron a leer. Y creo que es un drama que después de un montón de años se sigue repitiendo, aunque los profesores de literatura sí queremos un poco cambiar eso, y comprender que somos profesores de comunicación y de lecturas más que nada. Mi inclinación por la literatura nace ahí, cuando me hago lector. Pero cuando ya definitivamente se despierta la pasión por leer es a través de las cátedras de Efraín y de Alfonso.

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¿De qué manera ese estudio de la literatura en la Universidad le empujó más a la crítica que hacia la creación? Me parece que pudo haber influido, aunque estoy especulando…

No niego que tuve mis escarceos, mis intentos de creación, pero siempre los mantuve escondidos, guardados en algún sitio porque nunca me convencieron. Escribí algunos textos, fundamentalmente relatos, pero después tenía una sensación de insuficiencia, de impotencia, unas ganas inmensas de hacer lo que inmediatamente hacía: romperlos, porque ni siquiera tenía la esperanza de dejarlos reposar para después decantarlos. Nunca me sentí capaz de crear. Entonces opté por convertirme en lo que decía Alfonso: una especie de parásito de la literatura, porque los críticos se nutren de lo que hacen los demás. Pero siempre he tratado de que mis alumnos sean lo que yo creo ser: un buen lector. En definitiva, difícilmente a mí me meten gato por liebre, y por lo tanto difícilmente yo a mis alumnos les voy a recomendar libros de escasa calidad. Yo no creo que haya libros prohibidos. No hay libros prohibidos sino bien escritos o mal escritos.

¿Cuándo comienza a escribir crítica?

En los trabajos de clase que hacíamos con Alfonso y Efraín, que eran actividades calificadas. Pero de eso no creo que haya quedado nada. Entre los primeros textos que se publican está uno para colegio, en el que había un poco de crítica. Estábamos María Rosa Crespo, Joaquín Moreno, Jorge Dávila y yo. Ahora veo que lo utilizan para el programa de sexto curso de los colegios. Se llama Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana. Se trataba de adaptar al lector, pero sí hay algunos apuntes de crítica literaria. Yo desarrollaba las unidades sobre Jorge Icaza, por ejemplo, y el cuento ecuatoriano desde Juan León Mera. Claro que falta ahí actualizar, porque el texto debe ser de hace más de veinte años. Sin embargo, la Librería Nacional Salesiana [LNS] lo sigue haciendo circular.

Imagino que a continuación vendrían trabajos más rigurosos, quizá sistemáticos, como por ejemplo para el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana…

He sido siempre temeroso de la calidad de los estudios que yo pueda hacer de una manera sistemática. De tal manera que, en el Encuentro, del que algunos de los actuales profesores somos iniciadores, desde el año 1978 hasta aquí, una sola vez he presentado ponencia, creo que el estudio sobre el humor en la literatura. Después un poco me escudaba en el hecho de que como era director de la Escuela de Lengua y Literatura, era también un poco coordinador del Encuentro. Nosotros, los creadores del Encuentro, normalmente debimos haber tenido mayor participación. Los que siempre han estado presentando ponencias y trabajando han sido Jorge Dávila y María Augusta Vintimilla. Y, claro, alguien que no es profesor de la Universidad de Cuenca sino de la Universidad del Azuay, muy disciplinado y constante, Oswaldo Encalada Vásquez.

Hay por ahí la creencia de que Felipe Aguilar es un poco perezoso…

Bueno, sí, pero es sobre todo un poco de pereza intelectual. A veces uno, agobiado por otro tipo de actividades, va postergando los compromisos. Me han solicitado ahora que haga un comentario sobre la poesía jocosa de Luis Cordero, hace unos quince días. Yo dije que en ocho días lo entregaría. Pero hasta ahora lo único que he hecho es leer la poesía jocosa de Luis Cordero. A veces es también el vencer el temor a la pantalla en blanco. Sí, sí, asumo que sí podría dedicar un poco más de tiempo para escribir algunos textos…

¿Cómo llega al tema del humor?

Por una casualidad y una broma de Jorge Dávila. Se revisaban los temas para uno de los Encuentros de Literatura. Por alguna circunstancia, Jorge Villavicencio y yo faltamos al Centro Docente. A la semana siguiente ingresamos al Centro y Jorge Dávila comienza a leer los temas que íbamos a trabajar, y dice: “Como Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar no estuvieron aquí, ellos que hagan sobre el humor en la literatura”. Fue un decreto… Yo hice la ponencia y Jorge el comentario.

Ahora, yo siempre he valorado el humor. El periodismo que hizo mi padre era muy humorístico y duro; era muy filoso, un hombre muy irónico. Alguna vez incluso eso le llevó a que le den una paliza poco piadosa. Tuvo muchos enemigos precisamente porque el humor lacera, cuando es de calidad. En ese sentido siempre más que creer que la vida sea un valle de lágrimas, creo que es un valle de alegrías, de risas. Es un buen escudo, una buena defensa para las miserias y las estrecheces de la vida cotidiana reírse un poco. La risa conserva la salud, nos mejora muchísimo.

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Pero ahora se considera a Felipe Aguilar como uno de los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: <<Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas>>, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

Hace unos pocos años hubo un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez Olarte. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama Después del concierto de la tarde, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de este texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al Premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clases o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol. Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto: si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, Después del concierto de la tarde, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas, parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la Generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1954), son los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado Cambio de posta hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó Azul a los 16 años, y Medardo Ángel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó dicho todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.

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¿De qué manera influyó el movimiento juvenil de los años sesenta, Mayo 68?, ¿cómo los marcó?, ¿qué tan conscientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar, del rock? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillos…

La revolución de las flores y los grafitis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. Él había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

Es decir, ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a Los Beatles ni fumaban marihuana…

Había un grupo, más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: Los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Che, la Revolución Cubana

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Con su nieto, compartiendo una tarde de fútbol en apoyo al Deportivo Cuenca, el equipo de la ciudad.

Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

SÍ. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hippismo, había la corriente que odiaba el hippismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba [tradicional café-restaurant cuencano, que aún se mantiene en el Centro Histórico, frente al Parque Calderón] era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta cañarejo Noboa [según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, Cronista Vitalicio de Guayaquil, Enrique Noboa Arízaga no era azogueño sino cañarejo], Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el Club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el Parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural de la Municipalidad, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Rubén Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín…

Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presentaba In Memoriam, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de Falopio. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

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¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportables que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también…

¿Y de dónde surgió aquello de la Atenas del Ecuador?

Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él, se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia, pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino la farra de la lora. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.

Efraín Jara Idrovo, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar Aguilar, Iván Carrasco Montesinos

 

Revista El Observador, Nos. 36-37,

Noviembre de 2006-Febrero de 2007

Cuenca-Ecuador

Fotos: Procorp, Catalina Sojos, Chino Felipe Aguilar Jr.