Juan Pablo Merchán: La Fotografía como Devoción

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Cuentan que un aprendiz de fotógrafo que vivía en Nueva York, cuyo jefe estaba a punto de fotografiar nada menos que al “Rey Pelé” para la campaña de una importante firma internacional de relojes, no encontró mejor manera de convencer a sus jefes gringos que mentirles diciendo que podía servirles de intérprete. Cuando comenzó la sesión fotográfica, decidió que lo mejor que podía hacer para sonar portugués era culminar cada una de sus palabras con el sufijo “ao”, algo que al más grande futbolista latinoamericano de todos los tiempos le llamó la atención: “Pero tú no hablas portugués”, le dijo el astro de la pelota. “No, pero no se lo digas a estos gringos, que ellos están creyendo que sí”.

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Así fue como ese joven asistente de un famoso fotógrafo norteamericano logró conocer, a través de su temeraria audacia, a una de las figuras más populares del siglo XX. Años después, en su natal Ecuador, este cuencano se convertirá en uno de los fotógrafos publicitarios más cotizados y de mayor prestigio de su país, y su solo nombre se volverá sinónimo de alta calidad: Juan Pablo Merchán.

En su amplio, cómodo y funcional estudio me recibe con afecto y amistad, sintiendo la remota certeza de que ya nos conocíamos. Hacia el año 1998, cuando su entrevistador tenía la responsabilidad de editar el libro “Cuenca de los Andes”, Juan Pablo fue uno de los cinco fotógrafos cuencanos invitados y contratados para ilustrar esa publicación que el alcalde Fernando Cordero llevaría ante la Unesco para defender la candidatura del Centro Histórico de Cuenca a Patrimonio Cultural de la Humanidad. Desde las paredes me sonríen algunas de las reinas de Cuenca de los últimos años, cuyos rostros han sido fotografiados por este mago del lente que se resiste a ser considerado un artista.

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La conversación, amena e interesante, fluye desde sus inicios en el mundo de la imagen hasta anécdotas como la precedente. En Ecuador ha fotografiado a gran cantidad de personajes destacados de diferentes ámbitos, como al poeta cuencano Rubén Astudillo, o como al político Jaime Nebot Velasco (padre del actual Alcalde de Guayaquil), a quien empezó a fotografiar en su casa a las 10 de la mañana y salió en la última borrachera a las 3 de la tarde; o al franco-ecuatoriano Bernard Fougères, a quien recuerda haber fotografiado posando con una tarántula en su mano, mientras él disparaba la cámara a diez centímetros de la araña, “muerto de miedo”.

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RAO: ¿Cómo comenzó tu atracción y luego devoción por la fotografía?

JPM: Mi atracción por la fotografía viene de cuando yo tenía unos 14 o 15 años. Siempre me había gustado. Veía libros y revistas, y lo curioso es que nunca tuve una cámara en mis manos. Vengo de una familia de fotógrafos, por Corral, y aunque siempre veía a mis tíos, a mis parientes, con cámaras de fotos, nunca tuve una en mis manos hasta el año anterior a mi viaje a Estados Unidos. Me prestaron una cámara y empecé a jugar en el campo haciendo fotos, viendo ángulos, y eso me encantó. Cuando fui a Nueva York, después de graduarme en el colegio, mi idea no era estudiar fotografía. Quería estudiar dirección de cine pero era costosísimo, y papá en esa época no me podía pagar los estudios. Solicité una beca pero desgraciadamente no se me cubría un monto satisfactorio. Yo tenía que cubrir la mayoría del dinero y era demasiado caro. Entonces me fui por la fotografía. Estudié dos años y medio en una universidad que se llama School of Visual Arts, específicamente fotografía publicitaria. Luego de que me gradué empecé a buscar trabajo como asistente de fotografía, que es por donde empiezas. En ese tiempo yo trabajaba de mensajero en bicicleta. Te estoy hablando del año 1988. Todavía no estaba de moda el fax. Yo entregaba documentos, y en cada estudio fotográfico que entraba dejaba mi currículo.

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-Pero ya habías hecho algunos trabajos fotográficos personales, digamos que a nivel de aficionado…

-Sí, tenía mi portafolio de universidad, con fotos de productos y fotos artísticas, y con eso me iba moviendo también. Dejaba mi currículo en cada lugar, hasta que me llamaron de un estudio que me ofreció un trabajo por 100 dólares a la semana. Era una época en la que no tenía para vivir. Sin embargo era mi única oportunidad de entrar en ese mundo, a través de un estudio gigantesco de mega producciones, que tenía cuentas de firmas como Volvo. Debía tener dos trabajos: de 4 a 8 y media de la mañana trabajaba manejando un camión del correo, y desde las 9 de la mañana hasta la hora que fuera, en el estudio como asistente. Muchas veces laboraba hasta las 12 de la noche o 1 de la mañana, y me quedaba a dormir en el estudio para al día siguiente salir al trabajo.

-¿Entonces comenzaste como asistente de fotógrafo?

-No precisamente. El nivel de fotografía en Nueva York es completamente diferente, y yo tuve que empezar barriendo el estudio como tercer asistente. Ni siquiera me dejaban tocar una cámara o una luz. Y poco a poco fui subiendo hasta que fui el primer asistente del fotógrafo.

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-¿Y quién era este fotógrafo?

-Él se llamaba Jerry Freedman, que era uno de los principales fotógrafos publicitarios de los ochentas. Y fue así como comencé en el mundo de la fotografía comercial. A veces me quedaba en las noches haciendo trabajos para mi portafolios, o en los fines de semana en que ellos me daban la posibilidad de usar el estudio.

-¿Cuándo decides regresar al Ecuador?

-Mis planes no era regresar al Ecuador todavía. Estuve un año en la Marina y tuve que regresarme porque justo empezó la Guerra del Golfo. Comenzaron a llegarles cartas a todos mis amigos para que se presenten como reservistas.

-Pero nunca te llegó la carta a ti…

-No, nunca me llegó. En un mes armé el viaje de regreso. Llegué un viernes y tuve mi primer trabajo el día martes siguiente, que fue un trabajo para Artesa. Mis planes tampoco consistían en regresar a Cuenca sino quedarme en Quito. Por entonces Cuenca no me ofrecía mucho como para quedarme aquí a vivir de eso. Y yo tenía ya reservados un departamento y un lugar para estudio en Quito. Regresaba eventualmente a Cuenca y siempre había algún trabajo que iba alargando mi ida a Quito, hasta que finalmente decidí quedarme.

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-¿Tu especialidad es lo publicitario, no lo artístico?

-Completamente. Yo no me considero un artista pero sí creo que necesitas un alto nivel de creatividad para la fotografía publicitaria. Mi trabajo es tomar un producto y hacer que se vea bien, para que la gente pueda ver eso y comprarlo.

-Pero muchas veces puede decirse que tienes logros que se consideran artísticos…

-Yo más bien diría que creativos. En ciertos trabajos tienes un alto nivel de creatividad. Pero muchas veces confunden que todo fotógrafo es artista, y yo estoy en contra de eso. No me considero un artista sino un creativo.

-¿Cuáles son, según tu apreciación, las fronteras entre uno y otro, entre lo artístico y lo creativo?

-Lo artístico no siempre es bonito. En cambio, creo que en la fotografía publicitaria tu meta es hacer que un producto o una campaña se vean vendibles. Entonces mi meta es hacer que tal o cual producto se vean bien, muchas veces maquillando el producto pero no al punto en que sea una mentira.

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-¿Cómo comienzas a trabajar con modelos?

-Mi fuerte ha sido la fotografía de productos, pero tú no puedes en el Ecuador especializarte en tal o cual rama; lo que sí pasa en países desarrollados. Allá tienes fotógrafos que se especializan en comida, en autos, en moda. Pero aquí en el país tienes que hacer de todo. Ambos tipos de fotografía están de algún modo ligados. En el trabajo con modelos, la experiencia me ha ido enseñando que tú tienes que estar al mando sin intimidar a la persona que esté posando para ti. Y así se han dado las cosas, y creo que hemos tenido buenos resultados porque hay trabajos que en vedad han salido bien.

-Alguna vez escuché decir que para una buena fotografía exterior se debía recurrir a tal o cual fotógrafo, pero para una de interiores a Juan Pablo Merchán. ¿Qué opinas de esa idea generalizada?

-Sí, es verdad. Estamos hablando de que yo siempre me he especializado en fotografía de estudio, y en fotografía en la que tú puedas manejar luz artificial. Cuando he tenido llamadas por trabajos en las que me dicen que necesitamos fotografiar la ciudad o paisajes del país, les digo, encantado, lo hago pero ese no es mi fuerte. Y muchas veces he aconsejado a quién recurrir. En verdad no soy una persona paciente, y para la fotografía paisajista necesitas cualquier cantidad de paciencia. Aunque sí soy un conocedor de la luz, de cuál es un buen momento para fotografiar, de los colores.

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-Háblame de tus trabajos con las Reinas de Cuenca.

-Cada año han venido y creo que cada vez están saliendo mejor. Me encanta hacer ese trabajo porque conoces a la gente. Son personas que no tienen experiencia y esto es como nuevo para ellas. Es chévere.

-¿Prefieres fotografiar rostros o cuerpos?

-Yo creo que en rostros me desenvuelvo mejor. Por medio de la iluminación y después de hacer un estudio del rostro a la persona, trato de sacer lo mejor que ella tiene. Tú con la iluminación puedes hacer maravillas. Si ves que alguien tiene una cara demasiado ancha le pones cierta sombra, usas diferentes tipos de lente. Es súper interesante.

-¿Qué haces en los casos de chicas bellas que sin embargo no entran en el famoso concepto de lo fotogénico?

-Me ha tocado fotografiar a personas así. Justamente hace poco hice un trabajo para la revista Belleza y Glamour, de Las Fragancias. Trajeron a una chica que es muy guapa, pero cero fotogenia. Hay modelos profesionales que tú ves en la vida real y son bonitas pero nada espectaculares. Se paran frente a la cámara y es increíble el resultado. Si bien el lente de la cámara trata de asemejarse al ojo humano, creo que los parámetros de visión y profundidad no son los mismos. Hay rostros que en cámara se ven espectaculares y en vivo no son así; y al revés, que en vivo se ven espectaculares y se paran frente a la cámara pero no funcionan. En esos casos a mí me ha tocado sufrir porque está involucrado mucho dinero, maquilladores, tiempo y plazos. Lo que tienes que hacer ahí es disparar y disparar sabiendo que lo que tendrás será alrededor de cinco fotos que te van a servir. Por lo contrario, hay casos de personas que se ponen al frente de la cámara y en media hora está listo el trabajo. Tú sigues disparando pero sabes que a lo mejor en la cuarta o quinta toma ya tienes la foto, porque eso se siente.

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-¿Has hecho desnudos?

-Sí, he hecho algunos desnudos, por afición, por el estudio de la luz sobre el cuerpo humano.

-¿Los has expuesto?

-No, no me interesa eso. Creo que exponer un trabajo te crea una responsabilidad con el público que yo no quiero tener. Son trabajos para mí porque, vuelvo a decirlo, no me creo un artista.

-¿Cómo se cotiza un fotógrafo de tu calidad y prestigio a nivel del país?

-En este momento hay la vieja camada de fotógrafos, con la mayoría de los cuales mantengo amistad. Tenemos bases de precios más o menos en común. Te estoy hablando de gente como Paul Magraff, Ramiro Jarrín, Xavier Cuesta, Gustavo Landívar. Ahora, con la fotografía digital hay muchos trabajos para los que se prescinde del fotógrafo profesional. Son cosas sencillas sobre fondo blanco que muchos de los diseñadores están haciendo. Con los fotógrafos de la vieja camada tenemos respeto en lo concerniente a precios. Muchas veces nos llamamos para que alguien nos cubra tal o cual trabajo. Pero hay una nueva camada de jóvenes fotógrafos que normalmente no tienen un estudio ni cuentas por pagar, y entonces regalan el trabajo. Hay algunos de ellos buenos, otros no tanto.

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-¿Pero significan competencia?

-Sí significan competencia, aunque yo creo que la competencia es buena porque siempre te ayuda a esforzarte más y tener mejores resultados. Creo que un punto a favor nuestro es tener un estudio grande donde el cliente ya ha depositado su confianza. Tengo clientes que me dicen, Juan Pablo te estamos mandando el producto, necesitamos estoy y lo otro, vía correo electrónico inclusive, y a los tres días pueden retirar el producto y está ya listo el trabajo. Es un estudio grande donde hacemos fotografías de autos, de salas y baños, etc.

-¿Perdiste clientes en el cambio de fotografía convencional a la digital?

-En el cambio de la fotografía convencional a la digital, el primer año sentí que entre los clientes hubo esa idea de que la cámara hacía la fotografía y no el fotógrafo. Ciertas cosas perdí, porque fue un balance. A mí me gusta estar siempre en la vanguardia de la tecnología. Creo que en el país fui uno de los primeros que se digitalizaron. Fue una inversión altísima en ese tiempo, porque una cosa es fotografía digital y otra es equipo digital para la impresión de un catálogo. Sí hubo cosas que perdí, por ejemplo productos sobre fondo blanco, pero por otro lado para mí fue mucho más fácil trabajar con lo digital porque iba seguro. Tú ves los resultados de inmediato y estás seguro de que tu trabajo va a estar bien hecho. Por otro lado, si bien gastas en equipo digital que en un año tienes que cambiar, te ahorras la película. Yo me alimentaba de film porque en un solo trabajo gastaba hasta veinte rollos.

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-¿Ya no usas para nada la fotografía convencional?

-El noventa por ciento de los trabajos los hago con tecnología digital, pero hay un diez por ciento todavía de clientes puristas que prefieren hacerlo con película. Yo estoy consciente de que la calidad del film sigue siendo mejor que lo digital, pero vamos a calidad resultado. Sobre el resultado de una fotografía digital creo que tú tienes mucho más control que sobre la fotografía convencional, porque pues hacer ciertos retoques, poruqe tienes lo resultados enseguida y sabes qué cambios tienes que hacer. Antes trabajábamos a base de polaroid, y cada polaroid te costaba 2 dólares, con lo cual no podías darte el lujo de gastar diez polaroids en cada trabajo porque estamos hablando de 20 dólares en una foto por la cual cobrabas 60. Lo digital ha sido para mí una gran ayuda.

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-Desde una óptica más bien personal, antes que profesional, ¿prefieres la fotografía convencional o la digital?

-Te voy a poner un ejemplo que va a definir lo que siento al respecto: en la fotografía convencional no había cosa tan excitante como irte al cuarto oscuro cuando empezaba a salir la imagen en el papel. En la fotografía digital, te dura un poquito menos esa sensación, porque tú disparas y el tiempo en que la imagen viaja a través del cable, de la cámara a la computadora, es exactamente igual. Para hace una fotografía primero hago la composición sin iluminación, y luego comienzo a iluminar. El rato que aprietas el gatillo y cuando aparece esa imagen y es justamente lo que buscabas, la tonalidad de la luz, su efecto, creo que siento lo mismo. Me considero un amante de la tecnología. No soy puristas en eso sino que estoy siempre a la vanguardia.

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-Entre tus planes a futuro, ¿has pensado en dejar Cuenca?

-A mí me encanta Cuenca. Me parece que es la ciudad ideal para vivir. Tiene las cosas buenas de una ciudad pequeña y las cosas buenas de una ciudad más grande. Mis planes son quedarme aquí. Me encanta lo que hago. Todas las mañanas me levanto feliz para venir a trabajar. Muchas veces tengo un trabajo y con dos o tres días de anticipación estoy pensando cómo lo voy a hacer. Disfruto completamente. Una de las cosas más excitantes para un fotógrafo es que tienes algo en tu cabeza, la ida de una fotografía que vas a realizar. Ves inclusive el color de la luz con la que vas a iluminar, qué tipo de efecto vas a transmitir a quien va a ver esa fotografía; planificas esa foto, vienes, la haces y te sale exactamente como la tenías en tu cabeza, y eso para mí es el premio más grande.

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-¿Desde cuándo te sucede eso?

-Yo te diría que desde hace unos dos años. Saber exactamente cómo te va a salir una fotografía, saber que te va a salir exactamente igual a lo que tienes en tu cabeza, que es como decir saber lo que quieres y que no sea un producto del casualismo, porque muchas vece te salen fotografías espectaculares pero son casuales. Pensar una fotografía y que te salga exactamente igual a lo que has pensado es increíble, y es algo que solo vas logrando con la experiencia.

Flor María Salazar de Tenorio

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Confieso que su aparente seriedad y mirada adusta me confundieron más de una vez antes de conocerla, hasta el extremo de creerla otro de esos seres amargados que andan por la vida perturbando la paz de los demás. Claro que esa impresión no fue más que un prejuicio. Cuando se dialoga con ella, por el contrario, es como cuando se llega a un valle iluminado por la luz solar. Eso es Flor María Salazar: una fuente de luz que se refleja y contagia en su interlocutor, y que irradia jovialidad, energía y entusiasmo.

Llegó a Cuenca, procedente de su natal Guayaquil, en 1940, cuando aún no cumplía los ocho años de edad. La capital azuaya, rememora, era por entonces una urbe muy pequeña, dominada no solo por las montañas que la custodiaban sino también por los prejuicios que caracterizaban a su sociedad. Así, por ejemplo, a la escuela Tres de Noviembre, donde estudió, asistían también niñas que usaban pollera, es decir de origen indígena, que no podían sentarse junto con las demás pequeñas por su condición racial y social, y debían hacerlo en la parte posterior del salón de clases. Fue precisamente el vestuario de las cholas cuencanas lo que le llamó la atención, pero también la segregación racial. En aquella época, afirma, quienes hacían algún trabajo eran mirados por encima del hombro. Recuerda que la enviaban al mercado con la canasta, y sus primas se avergonzaban de eso. En la escuela hasta afirmaban que sí, que la querían mucho, pero que no tenían parentesco alguno con ella.

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Era así su vida en Cuenca, mientras ella se sentía como en un punto intermedio entre las cholas y las niñas bien. En su familia, sin embargo, las costumbres eran distintas a las del resto de familias de la ciudad andina, a las de los parientes. Si alguien prestaba algún servicio en su casa, no había reparo a que comiese con ellos en la mesa familiar, algo que por entonces (y aun hoy en día) se veía muy mal. Evoca inclusive un episodio del que fue testigo como miembro de la Asociación de Empleados del Azuay, primera asociación laica y libérrima, que en el año 1927 había recibido a mujeres entre sus agremiados. A la hora de tomar el café, luego de que el conserje sirviera las tazas ella le invitó a sentarse a la mesa con ellos, tras lo cual un amigo de apellido Ugalde la reprendió por haber tomado el café junto con la servidumbre.

Su padre, de apellidos Salazar Fernández de Córdova, era un cuencano que había prosperado en Guayaquil dedicado a las actividades comerciales. En esa ciudad la familia tenía una fábrica de golosinas que se llamaba AS, hacia los años treinta. Al enfermarse el padre de un enfisema pulmonar, como consecuencia de su hábito de fumar, se creía por entonces que lo que padecía era tuberculosis, tras lo cual debió cerrar la fábrica y despedir a los trabajadores. En esa situación, decide volver a Cuenca, con la confianza de que recibiría ayuda de su familia ahora que pasaban a ser los parientes pobres.

Desde entonces, con un breve lapso de estudios secundarios en Riobamba, Flor María es uno de los personajes más queridos y admirados de Cuenca de los Andes. Aquí creció, estudió, se formó, se enamoró, se casó y tuvo a sus hijos. Aquí, junto con su esposo, daría fama a una de las boticas más antiguas de la ciudad, la Olmedo. Todas las vivencias que ha atesorado a lo largo de su vida, comenzó a trasladarlas al papel hace unos pocos años, o más bien al disco duro de la computadora, que utiliza sin problema alguno, en relatos que dan cuenta de la transformación operada en la capital azuaya durante gran parte del siglo XX: En Cuenca las cholas son muy valientes; en general, aquí la gente no tiene miedo, afirma con el convencimiento de quien ha visto y oído de todo en esta ciudad, para añadir que los suyos son relatos que hablan de las cosas que, por fortuna, han cambiado ya.

Viviendo en Cuenca, la familia debió dedicarse a la elaboración y venta de cigarrillos de chocolate y caramelos que se entregaban en bolsas de papel celofán. Gran parte de ese mundo está plasmado en aquellos relatos, que a veces parecen más crónicas de la metamorfosis generada en una urbe que lentamente fue dejando atrás ataduras y prejuicios religiosos de estricta vigencia social.

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Junto al poeta cuencano Efraín Jara Idrovo.

Caracterizada por un buen humor del que hace gala cuando se siente a gusto con su interlocutor, es célebre por su frontalidad ante lo que simplemente no está bien. Esta cualidad la tenía ya en la adolescencia, cuando al vivir en Riobamba y estudiar en una institución femenina denunció el acoso sexual del que una compañera suya había sido víctima por parte de un profesor. Aunque era la mejor estudiante, al año siguiente le negaron la matrícula. Antes había estado dos años en el Benigno Malo, en Cuenca.

Regresó para estudiar Medicina, y poco después se casó, tras lo cual retornó también su familia desde Riobamba. El médico Gabriel Tenorio, 26 años mayor a ella, será su esposo. Era propietario de la botica Olmedo No. 2, establecida en 1932, que estaba ubicada en la calle Presidente Córdova, entre General Torres y Padre Aguirre. En el año 2006, es decir a los 73 años, les subieron el arriendo, motivo por el cual debió buscar un nuevo local y trasladarla a su nueva dirección, en la calle Juan Jaramillo.

El matrimonio tendrá cuatro hijos: Gabriel Edmundo (médico), Juan Manuel (médico intensivista, que vive en Bogotá), María Cayetana (doctora en Bioquímica y Farmacia), y María Goretti (licenciada en Filosofía y Letras). Mis hijos no nos dieron trabajo nunca. Fue fácil cuidarlos en la botica, donde pasaban con nosotros, y había el pasaje León, que era seguro en esa época. Los nietos, por cierto, la llaman “mami”…

Desde el año 1952, cuando se casó, no ha dejado de trabajar en la botica Olmedo. Además fue profesora de la Facultad de Química de la Universidad de Cuenca por espacio de 25 años, y del colegio Benigno Malo por 17, etapa que considera la mejor de su vida. Su obligación, creyó siempre, era que los alumnos aprendieran, no que perdiesen el año. Así, de los 150 estudiantes que tenía por año lectivo, apenas llegarían a tres quienes lo perdieron. Rememora también una época en la que había alumnos con problemas de aprendizaje, que pedían ir a su casa los sábados para reforzar las lecciones. A las 9 de la mañana, el doctor Tenorio les brindaba, religiosamente, el copioso desayuno que llegó a congregar hasta una veintena de estos estudiantes en una misma mañana.

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Entre sus alumnos recuerda al propio alcalde Marcelo Cabrera Palacios, al ex concejal Rolando Arpi, Tarquino Orellana, los hermanos Ochoa Andrade, Jorge Villavicencio, la ministra Doris Solís, profesores actuales de la Universidad, del colegio Benigno Malo. También impartiría la docencia en instituciones particulares, hasta que dejó de enseñar luego de jubilarse, tras lo cual se dedicó por entero a la botica, que su esposo no podía atender ya debido a lo avanzado de su edad.

En la botica Olmedo, ahora ubicada en las calles Juan Jaramillo y Luis Cordero, junto a una casa en la que vivió el polémico historiador y religioso Federico González Suárez (sus ideas, por cierto, no son precisamente las de una mujer conservadora), es posible observar un Altar de la Patria, en el que están representados elementos de las Fuerzas Armadas, la Policía y el Cuerpo de Bomberos, además de una virgen. Pienso que el uniformado ya dio la vida por la Patria. Se trata de héroes vivos, más valiosos que los muertos, que salen de su casa cada día sabiendo que podrían no regresar. Admiro al policía, al militar, al bombero; es admirable el trabajo del bombero, que es el servidor número uno.

Aunque su anhelo era estudiar Medicina, resultaba más conveniente para el matrimonio que estudiase Farmacia, área en la que, afirma, también se puede servir y ayudar a la gente de manera gratuita: El farmacéutico cura enfermedades que no se consultan al médico, como la presencia de piojos o la sarna, y el paciente va a la botica porque no le cobran y le dan buena atención, no tiene que formar cola, le escuchan, le proporcionan el medicamente, y además lo orientan hacia qué tipo de médico debería consultar, expresa con la convicción de quien sabe su oficio a la perfección.

La actual Olmedo no tiene que ver con una botica común y corriente. El mobiliario que posee para el almacenamiento de las oficinas está diseñado por ellos mismos, con el propósito de que sirva para mantener los medicamentos en las mejores condiciones posibles, aislados de elementos como la luz, la humedad o los cambios de temperatura. Al preguntarle por qué sigue llamando botica a su local, cuando los demás hace rato usan la palabra farmacia, dice que es un término mal utilizado, pues se refiere farmacia a la profesión, además de que se ha copiado de los colombianos: Botica, que viene de bodega, es el término adecuado. El boticario es un ciudadano especializado en dispensar medicamentos, no en vender, pues pone por delante el interés del usuario. El boticario, que es una especie de especialista en contraindicaciones, busca la manera de orientarle hacia el médico. Y ahí mismo la gente puede obtener medicamentos preparados para alguna dolencia específica, solicitados por ellos mismos o por algún médico. De eso da cuenta la vitrina que en vez de una serie de artículos actuales lo que exhibe, como si fuera un museo de la farmacia, son recipientes que contienen diferentes sustancias y productos químicos.

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Concejal de Cuenca

Pero hay una faceta que ocupó prácticamente una década en la vida de Flor María Salazar: la política. Siempre estuvo atenta a lo que acontecía en la ciudad y el mundo. Solía escribir cartas al Concejo Cantonal, sobre temas como la contaminación ambiental generada por el ruido. Desde ese punto de vista, dice, estuvo siempre involucrada en la política. Su esposo también lo estaba, pese a que nunca aceptó cargo alguno.

En el año 2000, el arquitecto Fernando Cordero le propuso ser candidata. Se sintió tan abrumada con la propuesta, recuerda, que no aceptó de inmediato. El Alcalde le dio un plazo de tres días para considerar la propuesta. Ella aceptó, convencida de que, estando en el cuarto lugar de la lista, no ganaría. Los candidatos de los tres primeros puestos, sin embargo, no entrarían a falta de los votos suficientes, y ella sería un nuevo miembro del Concejo Cantonal de Cuenca. A mí y a mis hijos el servicio a la sociedad nos parece una obligación y nada más. No nos interesa figurar sino cumplir con el deber, dice orgullosa.

Una vez culminado su periodo como concejal, pensaba retirarse del espacio público pues contaba ya con 73 años de edad. Se lanzó junto con Fernando Cordero, quien aspiraba llegar a un tercer periodo como burgomaestre de Cuenca. Nuevamente entró ella como concejal, aunque el ex Alcalde perdería su tercera postulación. Lo mejor de estos años en la concejalía ha sido conocer a la gente, sobre todo a la gente campesina y humilde, a los discapacitados, las personas que se superan a sí mismas y por sí mismas. Cuando ellos hacen un reclamo lo hacen con sinceridad y sencillez, y lo que reclaman es sobre todo dignidad.

A pocas semanas de dejar el cargo de edil, luego de una década de haber asumido esa responsabilidad ciudadana, Flor María Salazar cree que ha sido muy grato ser concejal: Nunca he callado, y me han tolerado. Agradezco a los directores departamentales, a los funcionarios, a los alcaldes. A veces he perdido la paciencia, y he querido ser sarcástica, porque en ocasiones el sarcasmo es un arma muy poderosa.

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La pobreza no impidió que creciera en un hogar lleno de libros e inquietudes culturales. Todos esos años de lectura se han ido simplificando con el tiempo en selecciones propias de poemas, salmos, frases tomadas de obras literarias, por ejemplo el salmo 23, que recita de memoria en una curiosa traducción del Inglés hecha por Juan Montalvo. Lee desde muy pequeña, lee todo, y todos los días algún pasaje de la Biblia. Inclusive recuerda que a veces aguantaba castigos por leer, pues por dedicarse a la lectura no hacía sus tareas. No obstante, era un hogar en el que se decía que si se tiene que leer y comer lo demás no importa. Aunque trabajaban, evoca, eran muy buenos alumnos, y aun tenían tiempo para leer. En los libros de texto está el conocimiento, pero en la literatura está la sabiduría. El que no lee la Biblia ha perdido mucho de su tiempo, y de sabiduría no sabe ni la mitad”, expresa. Añade que de la Biblia uno de sus libros por excelencia es el Cantar de los Cantares: “La Biblia es el libro más explícito que hay, no miente. Dios nos hizo con sexo para amarnos y respetarnos, no para ser objeto de burla. El pecado de Adán y Eva no es carnal sino de soberbia y de gran desobediencia, añade con su eterna sonrisa reveladora de bondad y sabiduría, mientras se vuelve sumamente difícil culminar esta deliciosa conversación.

2009-2014