Medio siglo en el arte de Jorge Chalco

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Conocí a Jorge Chalco hace más de veinte años, en una época en que el artista ya había paseado su pintura por galerías y museos de América y Europa. La primera impresión que tuve de él fue la de estar ante un hombre sencillo, seguro de sí mismo, que sabía dominarse y sentía enorme gratitud por lo que la vida le había dado como resultado de su esfuerzo de años, y de haber tenido un día la extraña clarividencia del camino que debía recorrer, el de la creación artística.

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Cuando se dio esa primera conversación, tenía lista una muestra que exhibiría en la capital de Estados Unidos, trabajada en torno al tema que dominó el pensamiento y las preocupaciones, los sueños y las pesadillas, los diálogos y los mutismos asfixiantes de miles de ecuatorianos en las últimas décadas: la migración. En ella, afirmaba el pintor, plasmó lo que había visto y sentido porque también se vio obligado a emigrar, como consecuencia del pésimo manejo gubernamental de las autoridades de entonces, es decir los corruptos de siempre, cuyos motivos y triquiñuelas servirían como eje temático a continuación para otra de sus series, llamada Los Corruptos o Mi Arte contra la Bestia.

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Chalco ha estado siempre encaminado hacia temas de contenido social, condimentados y matizados con ingredientes de nostalgia, ensoñación y ternura. Lo que más le interesa mostrar de su trabajo es la parte artística en sí, a la espera de que el espectador trate de pensar y analizar lo que él intenta transmitir en el lienzo.

Jorge creció como un niño campesino en Gapal, localidad cuencana que entonces era parte de la zona rural. Era habitual en su camino hacia o desde la escuela, encontrarse con los jóvenes de mandiles blancos, estudiantes de Bellas Artes, portando pinceles, espátulas, lienzos, óleos, acrílicos y témperas: “Me quedaba viendo los colores, cómo pintaban, todo eso me atraía”, recuerda. Pero ese niño estaba aún lejos de comprender que cuanto acontecía era una transmisión mágica, un contagio, un influjo inadvertido, el contacto con un designio que con el tiempo fue comprendiendo, vislumbrando, acatando.

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No había espacio para un muchacho inquieto, travieso, que se pasaba dibujando, y cuando no lo hacía se perdía en las calles de la ciudad. Lo más probable era que con semejantes prácticas e inclinaciones terminara por echarse a perder, a convertirse en un malhechor o quién sabe qué cosa peor. Y por eso a sus progenitores les resultaba difícil comprender que no le gustara hacer otra cosa.

A lo largo de más de media centuria, la constancia y el esfuerzo fueron forjando el oficio maravilloso del arte, lo que a la vez le significó la oportunidad de disfrutar de otra de sus pasiones, la de viajar y conocer otros lugares, desde Cuenca y diferentes ciudades del país, hasta Norteamérica, Europa, el Lejano Oriente y África, exponiendo en las mejores salas y galerías.

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Aunque su paso por la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Cuenca fue decisivo en su formación artística, no son precisamente gratos los recuerdos que guarda de sus maestros. Cuando ganó un premio en un certamen convocado por la Casa de la Cultura, en vez de apoyar y felicitar al estudiante destacado y talentoso, estos querían que lo devolviera, con el argumento de que no lo merecía. En esa misma época gana también un primer premio en Quito, en la galería Gorívar, y otro premio importante de la Aviación Civil, para visitar los más importantes museos de España, Francia, Holanda, Italia y Alemania. Seis meses después, a su retorno, gana el Gran Premio del Salón Nacional “Mariano Aguilera”, y una medalla de Oro como el Pintor Más Importante del Ecuador.

Cada una de las series creadas y pintadas por Jorge ha surgido de su propia experiencia vital, de sus vivencias, de sus reflexiones, preocupaciones e inquietudes sociales, humanas. En la escuela primaria aprovechaba siempre las horas del recreo para ir con sus amigos a la ciudad, recorrerla, conocerla. Su curiosidad se explayaba en la contemplación de los castillos en los festejos populares, los compadres, los charlatanes y adivinos que concitaban la atención de transeúntes y compradores en la plaza de San Francisco, los globos de los festejos del Septenario, la quema de castillos pirotécnicos, las fiestas parroquiales.

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En las vacaciones, en cambio, recorrían las montañas y poblaciones aledañas, ansiosos por conocer y sentir, por vivir, o se ponían a elaborar también castillos y globos empleando como material el abundante ceraturo o caolín que obtenían en las faldas de los cerros. Sin percatarse, todo eso fue penetrando en sus inclinaciones, llenando su mundo, construyendo su propio imaginario, que años después afloraría ahíto de color y formas en sus cientos de cuadros.

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Durante los años 2018 y 2019, hasta poco antes del inicio de la pandemia, diferentes entidades de las principales ciudades del Ecuador participaron de una serie de homenajes de reconocimiento a su trayectoria, a su medio siglo de incansable actividad artística, en virtud de la cual está considerado hoy uno de los principales exponentes del quehacer pictórico cuencano y ecuatoriano.

El libro Chalco entre dos siglos, próximo a ser publicado, se suma a una lista de publicaciones que han venido acompañando la carrera del artista en diferentes épocas, testimonios de su trayectoria y evolución: Chalco 1968-2006: Itinerario de un Pintor Incansable, con un estudio del escritor Jorge Dávila (2006); Chalco, con un estudio de Hernán Rodríguez (2011); el tercero, Jorge Chalco en Perspectiva, de Rodrigo Villacís, publicado en 2018; y Más allá del dibujo de Jorge Chalco, del crítico español José Carlos Arias.

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Cabe hablar, en suma, de un vínculo con el arte que data de por lo menos 60 años, cuando era apenas un guagua campesino que se extasiaba contemplando a los estudiantes de arte que pintaban en sus cuadros las riberas del Tomebamba o del Yanuncay, dos de los mágicos y legendarios cuatro ríos cuencanos entre los cuales fue creciendo, soñando, creando, hasta haber hecho de su nombre uno de los mayores referentes del arte plástico ecuatoriano de la última media centuria.

(Fotografía de portada: Galo Carrión)