Fabián “Choquilla” Durán

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Los apodos suelen ser tomados con recelo, rechazo y molestia, sobre todo porque representan una puerta de entrada al incómodo y detestable reino de la burla pública, en especial cuando somos nosotros el objeto de ella. En Cuenca de los Andes, a diferencia de otras ciudades del Ecuador y el mundo, el apodo ha sido reivindicado como un elemento cultural más, que ha llegado a identificar a través del tiempo a generaciones enteras de una misma familia. Si por alguna circunstancia llega usted a pisar las calles cuencanas, o a encontrarse en algún punto del planeta con una persona oriunda de la capital azuaya, poco será lo que pueda obtener como respuesta si pregunta quién es Fabián Durán: Durán… Durán… a ver, a ver, sí… de los Durán de Baños ha de ser… ¿suquito él…? Mas, si en medio de la indagación se acuerda usted de que al susodicho le llaman Choquilla, entonces sí que tendrá no solo las referencias sino que prácticamente recibirá la más cálida de las bienvenidas.

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Fabián Durán… el Choquilla, el Choki, el Maestro Choko… es un personaje que forma parte del patrimonio cultural cuencano, de ese patrimonio intangible revelado en el talento artístico de su gente, y que en él se expresa a través de múltiples vertientes, tantas como las inquietudes humanas y necesidades vitales de expresión tiene este cuencano nacido en 1967 con piel color de chocolate. Por esa circunstancia, y por el aspecto estrafalario que ha gustado siempre lucir, una inocultable pinta de allacense, en Cuba lo creyeron un guajiro, en Brasil pasó por bahiano, en Francia lo confundieron con un árabe de origen marroquí, y en algún control policial norteño de su propio Ecuador fue tomado por extranjero ante la cédula de identidad olvidada o extraviada. Cuenta la leyenda convertida en cuento que habiéndose negado a cantar el himno nacional, y a punto de dar con su sistema óseo en la cárcel, solamente pudo salvarse tras cantar algún tema lastimero, inocultablemente ecuatoriano aunque fuese bolero cubano o vals peruano, del inmortal JJ, del sempiterno Julio Jaramillo.

Hacia comienzos de los años ochenta del siglo XX, los nenes ecuatorianos de entonces teníamos como una de las más deliciosas debilidades una crema de chocolate, llamada Choquilla […para chiquillos y chiquillas], que llegaba dentro de vasos de vidrio reutilizables, motivo por el cual era adquirido por las familias, era parte de la canasta familiar ecuatoriana, para regocijo de los peques, y con finalidades utilitarias ulteriores.

Fabián, que había recibido al nacer ya el apodo de piti (pequeño), estudiaba por entonces en el colegio Rafael Borja, institución católica cuencana tradicionalmente ligada a las clases altas y conservadoras. A manera de juego, algún otro estudiante le colocó un poco de chocolate choquilla sobre el brazo, y el asombro de los presentes fue enorme debido a que el chocolate y el tono de la piel de Fabián eran iguales, del mismo color, por lo que empezaron a decir que él estaba hecho de choquilla. Muchos años más tarde, en Brasil, comenzaron a llamarle Choco, y, en los barrios cuencanos donde ha vivido, Choqui… Hoy el producto ya ni siquiera está en el mercado, y lo más parecido se llama nutella, lo que en algún momento llegó a originar el rumor de que Choqui estaba traicionando a la choquilla… con la nutella…

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RAO: ¿Cuál fue la actividad a la que primero te dedicaste: el teatro o la música?

FCD: Pienso que teatro, en términos de voluntad de comunicación. Estudiaba Sociología, y también asistía a talleres de teatro, pero los horarios no coincidían. Quería estudiar agronomía, quería ser minero, al tiempo que leía de todo, con gran voracidad, especialmente literatura, y ya había visto unas tres obras de teatro. Vi a Pepe Morán hacer la obra El Ambulanteatro, en que interpretaba tres personajes de diferente condición.

Luego vi a Christoph Baumann y Tamara Navas, quienes me impresionaron. Fueron para mí lo máximo de lo máximo, y la comprobación de que no existen límites. Y, en medio, más lecturas, literatura, sociología, política, economía. También estudié literatura, con profesores como María Augusta Vintimilla y Sara Vanegas.

La primera vez que hubo un concurso de performances convocado por la Bienal, ganó la obra Los sentados, un happening mal planteado porque no sabía lo que era un happening, y yo lo tomé desde lo social. Necesitaba comunicar algo, yo escogí ese lenguaje. Hicimos una obra cuya trama giraba en torno al hallazgo de petróleo en el parque Calderón.

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¿Cómo empiezas a vincularte con el mundo del teatro?

Empecé a estudiar teatro en un taller con Felipe Serrano, que es la manera de empezar teatro y estudiarlo en América Latina. Fue mi primer taller de teatro. Su grupo se llamaba Giraluna. Acababa él de venir de México. Había ya un taller anterior, del que salían los mejores actores: Juana Estrella, Pablo Aguirre, Pablo Valverde. En el segundo taller estuvimos dos personas. Hicimos con Cecilia Sempértegui La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana, con dos presentaciones. Esa obra la dirigió Felipe, en la sala Alfonso Carrasco de la Casa de la Cultura.

¿Y cuándo se da el montaje de tu primera obra?

Otra de las presencias que me influyeron de manera decisiva fue la de Guido Navarro. Fue a partir de un taller dictado por él, que decidí montar mi propia obra de payasos, y con ella recorrí el país. Puedo decir que Guido transformó mi vida. Y había conocido también a Pablo y a Pancho Aguirre. Aquel fue el momento en el que descubrí el payaso, el bufón, y el cómo hacerlo solo. Eso fue antes de dedicarme al teatro antropológico con los alumnos de Diego Carrasco.

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¿En qué momento de tu vida sientes que has descubierto la música?

Fueron importantes mis amigos del grupo Raíces, del Perú. Con ellos aprendí a cantar, a rapear, a tocar el cajón peruano, la conga, el bongó. Junto a ellos tuve la oportunidad de ver a Chocolate, el máximo percutero peruano, que tocaba el cajón, el bongó y la campana.

¿Y tú decidiste entonces integrar la percusión al teatro?

Cuando vi el cajón peruano me dije: voy a construir uno. Y lo hice, con la ayuda de un amigo cuyo papá era carpintero. Hicimos un cajón ecuatoriano. Para escenificar mi obra El Hombre a Colores, usaba una vara, un palo normal, y el cajón ecuatoriano, con el que recorrí el país. En Quito, en La Carolina, vi muchas veces a Michelena. Ahí presentábamos la obra con los peruanos. De pronto iba caminando en Quito con mi cajón, cuando veo a Lucho Sandoval, de Milenio y Kimba Fá, y él me preguntó, curioso, por el instrumento. Yo le dije que era un cajón ecuatoriano… Fue con ellos con quienes vi la integración de la música y el teatro. El instrumento es mucho más que un objeto. Los percusionistas decimos que el instrumento son las manos. En las obras que hacíamos con Felipe también incorporábamos percusión, pantomima, lenguaje de payasos, mimo, una especie de explosión de caja negra.

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En su departamento hay que quitarse los zapatos para entrar. Seguir el hilo de la conversación requiere de un gran esfuerzo de transcripción ante el torrente verbal y temático que, como laberínticas historias de Las Mil y Una Noches, emerge de Choko. La entrevista transcurre con las canciones sentidas y reflexivas del tico Diego Sojo como fondo musical, y en el aire las volutas informes del humo de inciensos con los que intentamos disimular cierta relajante combustión previa. Sobre el piso, esteras de paja toquilla hacen las veces de confortable alfombra, y por todos lados se siente uno observado, cuando no llamado, por cuadros suyos, fotografías de sus personajes, congas, instrumentos raros, guitarra, plantas, discos, estantes con libros en francés y español, biribiros, charangos, tótems.

Hubo una época intensa en la que nuestro personaje hacía teatro y música, participando en obras como la recordada Puff a la Yoni, adaptada por Juan Andrade del escatológico cuento El hombre que era una fábrica, texto del brasileño Augusto Boal que en Cuenca conocimos gracias a la traducción que hiciera Alfonso Carrasco Vintimilla, y luego publicó la Casa de la Cultura en la colección Libros para el Pueblo. Fabián tocaba por entonces un cununo y otros tambores. Su banda, en la que tenían una participación destacada Gregorio Delabre y Neide Gómez, se llamaba Disyuntiva, porque iban a tocar en el Museo Municipal de Arte Moderno y carecían de un nombre, así que estaban en la disyuntiva de elegir uno…

Viajero incansable, cuando niño vivió durante tres años en Panamá, donde vio de cerca el mundo afro, y uno de sus lejanos recuerdos lo evoca perdido durante la celebración masiva de alguno de los carnavales del istmo. Mas, de manera consciente, afirma, el primer país adonde viaja es Francia, en el año 1992. En el aeropuerto compra un diccionario que iba leyendo en el avión. La idea era fundar una banda de música en Europa, proyecto que surgió a raíz del estudio de la percusión que comienza junto con Calín Carpio. Ante el enorme proyecto que esa iniciativa supuso, Choko decide comprar una bicicleta y comienza a viajar por el sur de Francia. Durante un lapso aproximado de dos años y medio se dedicará a presentar números de payasos en la calle, animaciones en cumpleaños, y participación en festivales, a la par que experimentará lo que es vivir en el campo.

De regreso se encuentra con músicos como Renato Zamora y Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y forman La Teremenda Banda, con los músicos de Sobrepeso. La música que comienza a sonar se convierte en rock de fusión, propósito para el cual contaban también con la participación de Robin Young.

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¿Cómo se da tu acercamiento al saxofón, instrumento que, como otros de viento o percusión, han formado parte de la leyenda del músico Choquilla?

Fue en una comunidad campesina donde empecé a tocar el saxofón. Era la época de la guerra en los territorios de la ex Yugoslavia, y andaba por las calles, plazas y mercados franceses presentando mi propuesta. Muchas personas de origen árabe, creyéndome marroquí, se dirigían a mí hablándome en el idioma de Mahoma.

Mas, la música le llega también a través de la sangre: Fabián es sobrino nieto de quien fuera uno de los más importantes compositores ecuatorianos, el músico azuayo Corsino Durán (1911-1975). Estudiará trompeta en el conservatorio “José María Rodríguez”, en Cuenca, y luego tomará clases de saxo con el maestro Arturo Sacks. Al regresar de Francia, con Juan Andrade prepara la obra La Chunga. Para entonces se transforma el proyecto, y encontramos a Choco haciendo rock y salsa, y componiendo algunos de sus primeros temas. No resulta la obra, ante lo cual cambia la idea: Choko había visto funciones de teatro y música en la calle, y cosas como lo que hace el Circo del Sol, que hoy se aplican ya en el Ecuador, con auspicio oficial y objetivos sociales.

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CHOQUILLA POR EL CHOKO MISMO

  • Pide una batería en navidad, le dan una trompeta. Inicia estudios de sociología, termina de payaso en las calles del sur de Francia. A su retorno, adoptado por la percusión, crea la Tere Menda: banda de rock fusión, con Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y Renato Zamora.
  • Se refugia en Quito, donde hace la música de la obra de teatro “Pedro de Algarete” (dirección Guido Navarro)
  • En Cuenca funda La Bandada de la Madre, con Juan Andrade, Mauricio Torres, Reynel Alvarado, Freddy Sinche, Carlos Gallegos, Willy de Black, Chapico Cáceres, etc.
  • Estudia percusión en el Instituto Superior de La Habana, acolado por la Unesco.
  • Hace la música para las siguientes obras de teatro: Asudiansam, vine para preguntar, dirigida por Diego Carrasco; “Brujas empijamadas”, con Gordo Calle y Clowndestinos); Jukumari, con German Bravo, y la dirección de Jaime Garrido, de Hijos del Sur.
  • Película “Traficombo”, dirigida por Pedro Andrade.
  • Es parte de La Trova de los Cuatro Ríos, con Diego Sojo, Pablo Íñiguez y Juan Granda. Abre los conciertos de Alejandro Filio (México) y Frank Delgado (Cuba).
  • Discos: Suena Choko 1998-2003 y Batiendo el Viento 2005.
  • Libros: El Bicho Raro y Los Animalos (cuentos para niños)
  • En el año 2009 interpreta sus temas y otros con el grupo Ponte 11, integrado por Daniel Mosquera, Boris Bennet y Josué Peña. Poco a poco irá incorporando a su espectáculo elementos culturales como la marimba y las leyendas afroecuatorianas.

¿En qué momento aparece La Bandada de la Madre?

El 6 de enero de 1997, en la tradicional celebración cuencana por el Día de Santos Inocentes, salimos a la calle presentando una comparsa Felipe Serrano, Juan Andrade, Daniel Berrezueta y yo. Impresionada, mucha gente ve al grupo de disfrazados haciendo cosas locas, llamando la atención, divirtiendo a un público que no había visto algo así por estos lares hasta entonces. Un mes más tarde, el 5 de febrero, el grupo participa de forma activa durante la jornada de protesta que terminó con la caída de Abdalá Bucaram. Las presentaciones tuvieron lugar en el Parque de la Madre durante dos días. A partir de entonces La Bandada de la Madre comienza a ganar presencia y a consolidarse, mientras se iba sumando gente como Freddy Sinche, Miguel (Migas), Karina Prezioso, Willy de Black, entre otros.

¿Es verdad que participaron en el Festival OTI de la Canción?

En abril, María Rosa Crespo, presidente de la Casa de la Cultura del Azuay, nos ofrece auspicio para el vestuario, y con ese pretexto la CCE comienza a proporcionarnos apoyo y aval institucionales. Se da inicio así a una de las épocas más interesantes en la historia de la agrupación, hasta el punto de que La Bandada de la Madre es invitada a participar en el Festival OTI de la Canción. Participábamos en Navidad en el Pase del Niño Viajero, con música navideña con toques contemporáneos, y luego se suma gente como Johnny Camión Íñiguez y el ambateño Carlos Freire. Cuando ya habíamos preparado todo para la participación en el festival, nos dijeron que el cupo estaba lleno..., pero que estábamos invitados a tocar aquella canción del Sanjuanito Rap, mientras el jurado deliberaba.

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Al parecer el trabajo de La Bandada influyó mucho en los colegios y sus bandas de guerra…

Fueron unos dos años de trabajo de La Bandada que se fue deshojando en batucadas. El colegio Porvenir nos contrató para entrenar a un grupo de estudiantes, y con ello surgió un espacio de investigación y formación compartido con Willy De Black, Chapico Cáceres, Freddy Abad y Freddy Cabrera. En el Porvenir se funda La Bandada de la Paz. Desde luego, musicalmente mejora muchísimo la propuesta, de tal manera que cada grupo tiene hoy su expresión definida. Así, el Técnico Salesiano tiene una sonoridad con alto grado de pureza, mientras en el Borja es como una alternativa de deporte casa. Pero algunos colegios contaban con tambores empaquetados y nadie los usaba.

¿Cuál es tu interpretación de la fuerza y la diversión que están presentes en el elemento batucada…?

Se trata de una actividad juvenil-infantil, que básicamente es un juego. Es una batería que tocamos todos. Quien está dentro lo vive, y quien está fuera lo puede interpretar a su manera. La percusión es fuerza y ternura. Hay muchas batucadas feísimas y nada didácticas. En La Bandada de la Madre el instrumento era un rito. Por ejemplo, hay toda una historia en torno al bombo del grupo, que alguna vez fue robado y su recuperación representó una auténtica aventura con sustos y carreras incluidos, además de una travesía entre los ríos Tomebamba y Yanuncay.

Hubo sectores y grupos en Cuenca que no vieron con buenos ojos la irrupción sonora de las batucadas, que eran vistas como elementos culturales extraños…

Las batucadas contienen danza y ritmo, y cuentan una historia, un tema colectivo. Son una especie de rito inicial. Muchos piensan que es Brasil la inspiración, pero hasta los brasileños saben que todo viene de las tribus amazónicas: el sincretismo de lo indígena con lo africano y lo europeo. Desde nuestra visión, las bandas de guerra son un ejercicio monotemático que podría ser más diverso. Queríamos fusionar el personaje militar con el mestizo andante del Pase del Niño, y con lo contemporáneo y global, que puede ser cualquier lugar y cultura.

¿Y las composiciones de Choko, que La Bandada grabaría tiempo después?

La Bandada seguía ensayando en el Parque de la Madre. Nos convertimos no solo en un grupo sino en un movimiento, que estaba vinculado a otras cosas. A continuación llega Diego Sojo, como voluntario de reportero, para hacer un reportaje sobre La Bandada para una revista llamada Justicia y Paz. Diego nos entrevista, y nosotros felices, y luego hicimos con él un recital de vientos y canciones. A raíz de que Juan se hace cargo de la parte escénica, yo asumo lo concerniente a la parte musical, y empiezo a componer bastantes temas en el grupo. Además me piden que me haga cargo de una obra de teatro, cuya dirección compartimos con Diego Carrasco. Con La Bandada de la Madre inventamos algunas canciones, como Desayunando San Juan, Sopa Fría, Pedro no tiene amigos, que sale de la obra que intentamos montar con Guido Navarro, y no se hizo pero quedó la música.

La leyenda cuenta que estuviste también en Cuba aprendiendo percusión…

Lo de Cuba originalmente estaba previsto que se hiciera en tierras africanas, concretamente en Senegal, país al que me disponía a viajar para tomar una beca de la Unesco, que había ganado, con el propósito de estudiar percusión. Por alguna razón que no llegué a conocer, la sede se cambió a Cuba, donde permanecí por un lapso de cinco meses, estudiando percusión en el Instituto Superior de La Habana. Durante ese tiempo, La Bandada quedó a cargo de los árboles del parque, algunos de los cuales fueron talados tiempo después para construir un parqueadero subterráneo.

Testimoniar la vida de este juglar del siglo XXI no es tarea fácil. Más de treinta años de incansable actividad, de permanente creación y producción que no se han restringido a un mismo tipo de expresión artística. En Choquilla podemos hallar al bufón, al payaso, pero también al músico que domina diferentes instrumentos, al actor y director de teatro, al compositor de temas contagiosos, pegajosos, que al mismo tiempo mueven a la reflexión, al artista plástica que elabora máscaras con expresiones disímiles.

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Juan Andrade, Willy De Black, Rodrigo Aguilar, Fabián “Choquilla” Durán

Un día de aquella época de transición entre los dos siglos, nos agolpamos en el teatro Casa de la Cultura para escuchar el recital, por primera vez en Cuenca y el Ecuador, del cantautor mexicano Alejandro Filio. Quien hizo las veces de telonero fue, para sorpresa de algunos, el mismísimo Choquilla y su espectáculo. Indiferente era imposible quedarse. Entre la fuerza de sus letras y ritmos, y el tambalearse de su voz en medio de la afinación y el destemple, ahora teníamos también a un cantautor que además impulsaba la nueva canción en la ciudad, y, sobre todo, contaba historias a través de sus temas, es decir, tenía historias que contar de eso que llaman contenido social… y lo hacía con ritmo y melodía. Para tal despropósito comercial le acompañaron el cantautor costarricense Diego Sojo, y los morlacos Juan Granda y Pablo Íñiguez, como parte de lo que por un tiempo sería La Trova de los Cuatro Ríos.

Poco tiempo atrás, La Bandada tuvo además la oportunidad de presentarse en México, una vez terminado el compromiso con La Pastorela, que musicalizaron: “El entonces Embajador del Ecuador, Gustavo Vega-Delgado, invitó a la agrupación para presentar la obra en una de las tantas cárceles que los Estados Unidos ha construido en México para detener a los inmigrantes ecuatorianos, y así evitarse el gasto y la molestia de llevarlos a territorio yanqui, en una gira memorable llena de anécdotas de todo tipo. ¡Esto fue memorable! Pedro Andrade, que estaba allí como reportero, quiso testimoniarlo, pero su cámara se estropeó…”

Hacia 2009, Héctor Napolitano lo llamó para tocar acompañándole durante una de sus presentaciones en Cuenca, recital que, como no podría esperarse de otra manera, se llevaría a cabo en un lugar nada convencional: un prostíbulo.

Y así ha ido pasando el tiempo también para el sempiterno Choqui. Hoy la maraña de sus rizos enormes pinta ya numerosas canas, a la vez que las fronteras de sus inquietudes artísticas han ido abriéndose hasta incorporar elementos orales y musicales e instrumentos como la marimba y sus ritmos, y las historias y leyendas que, como parte de la cultura afroesmeraldeña, integran también el legado cultural ecuatoriano y latinoamericano. En las pausas breves entre conciertos y giras, viajes y estudios, Fabián ha publicado libros como “Los Animalos”, dirigido a público infantil y cuya edición está prácticamente agotada; ha incursionado en el mundo de la creación plástica, con pinturas y máscaras que llegaron a exponerse en salas de museos como el Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares CIDAP; y, también, de la mano de personas como la voluntaria francesa Magally, conocerá la grandeza del amor y quizá también la gama ancha de sus veleidades.

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Otro día de aquellos, algunos de los más cercanos a Choquilla recibimos por correo electrónico la petición de revisar el archivo adjunto, que contenía su tesis sobre música popular en la que, además, él mismo y su experiencia mágica, artística y profesional eran el eje temático. Y, pocos meses después, supimos con agradable sorpresa que Choquilla, el maestro Choko, el Choqui, acababa de convertirse, en torno a la quinta década de su vida, en el Licenciado Chokotrón.

Cuenca de los Andes

Mabel Petroff: la múltiple y única mujer

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Para quienes de diversos modos y desde variadas posiciones hemos estado en contacto con el quehacer cultural cuencano de los últimos años, protagonizado en mayor medida por el impulso creador y vital de las nuevas generaciones, el nombre de Mabel Petroff es sobre todo sinónimo de teatro. Ella ha sabido canalizar la energía de su talento hacia proyectos de calidad que hablan de cuanto es posible hacer en esta ciudad cuando se tiene ganas y se cuenta con el karma propicio y preciso para hacerlo.

A sus 27 años, pletórica de energía, talento y una belleza exquisita que resulta difícil no percibir, ha recorrido ya con sus obras algunos países y otras ciudades del Ecuador. Pero es a la vez como una incansable hormiguita que trabaja y que mientras lo hace va planificando nuevos y más audaces proyectos. A continuación nuestro diálogo:

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RAO: ¿Cómo comenzó esa pasión tuya por el teatro?

MP: Yo comencé haciendo teatro tarde, porque la mayoría comienza desde que son niños en realidad, y yo tenía pánico, mucho miedo al escenario. Hasta que más o menos cuando tenía unos 19 años conocí a Diego Carrasco. Él me invitó a trabajar sin que yo tuviera ninguna experiencia. Daba talleres en un centro cultural que tenía mi papi [Iván Petroff], el Demetrio Aguilera Malta. Fue como que por ahí comencé a descubrir lo que era el teatro de verdad, porque siempre nos ponen ese prejuicio de que el teatro tiene que hacer reír, o reírte vos mismo, llorar y cosas así dramáticas. Entonces como tenía ese prejuicio yo decía nunca voy a poder hacer teatro. Y cuando conocí un poco más, cuando vi que el teatro más bien era una forma de conocerse a uno mismo para poder dar al espectador un mensaje, fue cuando en verdad me apasionó.

Fue muy decisivo también cuando vi una obra de teatro de Pilar Tordera, una española, muy buena actriz, que estuvo mucho tiempo en Cuenca. Ay Carmela se llamaba la obra, y cuando la vi dije lo que yo quiero hacer es teatro.

¿A qué pensabas dedicarte antes de eso?

Escogí seguir en la universidad Artes Visuales, que es pintura, escultura, porque ya tenía una necesidad de acercarme al arte; me llamaba la atención trabajar creativamente, utilizar mi creatividad para algo, canalizar lo creativa que podía ser.

¿Y lo hacías ya, pintabas, creabas?

Sí, pintaba, me gustaba la pintura. Era como que estaba en una búsqueda, aprendía a tocar la batería, buscaba entre la música y el arte plástico cosas que después me sirvieron para el teatro, porque de todas maneras en el teatro mientras más cosas aprendas más te van a servir.

¿Estudiaste teatro, entonces?

Lo estudié pero en talleres, no con una escuela de teatro, no académicamente; más bien comienzo a leer cosas que, por ejemplo, el Diego Carrasco me da, de Stanislavsky, de Barba. Comienzo a leer y es cuando me apasiona más descubrir que hay gente tan radical, tan soñadora.

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¿Cuándo te presentas en tu primera obra?, ¿cuándo intervienes en un primer papel del público?

La primera obra que yo hice fue con Diego Carrasco, que se llamaba Yo vine para preguntar, del escritor cubano Ricardo Muñoz Carabaca. Participé en esta obra reemplazando a Monserrat Astudillo, quien salió del grupo y yo entré. Claro que conmigo se hizo un montaje totalmente diferente.

¿Eso significa una ruptura en tu vida, un punto de quiebre? A partir de entonces te replanteas muchas cosas, ¿qué, por ejemplo?

Sí, totalmente. Me replanteo y cambio muchísimas cosas, como por ejemplo mi relación con mi familia misma, el que mis padres acepten que yo haga teatro, porque sea como sea se tiene un prejuicio grande a pesar de que mis padres están muy involucrados con el arte, y mi padre hacía teatro también. Y fue como un shock por los típicos prejuicios de cómo va a vivir, cómo se va a mantener, va a tener que trabajar en otra cosa más para poder hacer lo que quiere. Y no hay tal, porque cuando uno trabaja en verdad en lo que quiere termina siendo recompensado de una u otra forma, y el dinero llega.

¿Cuándo comenzaste a vivir de esto?

Solamente del teatro comencé a vivir desde hace unos tres años. Desde un poco antes de ingresar al Teatro Colectivo Mano3, yo ya vivía del teatro. Vivo con mi madre pero compartimos gastos. Entonces no es que esté viviendo de ella.

¿Alguna obra en especial que haya significado mucho en tu carrera?

Una de las cosas que sí han marcado mi carrera es un monólogo que tengo todavía, que se llama La doble y única mujer, que gracias a Dios me ha llevado hasta de viaje. Con eso me fui a Argentina, me pude presentar en Brasil, en festivales, encuentros; no solamente por el hecho de viajar, que ya es hermoso, pero también por saber si el trabajo funciona en otros lugares que no sean aquí. Lo había presentado en Quito, en Riobamba, pero siempre es como el miedito que da sobre qué pasaría en otro país, porque no son las mismas formas de pensar, otros públicos y otro teatro, y además yo sola. Era el miedo que tenía también, solita contra el mundo. Ese fue un trabajo que en verdad creo que me marcó.

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¿Cómo evalúas la experiencia de tu paso por Mano3?, desde el punto de vista teatral, quiero decir…

[ríe] … claro, aunque todo está ahí mismo. Muy bien, yo creo que con el Mano3 se lograron cosas muy buenas en la ciudad. Una de esas, aparte del trabajo creativo con el que logramos salir, creo que fue la bienal que hicimos. Tiene que tener continuidad, seguirse haciendo porque, si no, no sirve de nada, como muchos otros esfuerzos que se han tenido en la ciudad, como festivales, pero que si son aislados ya no sirven de nada. Si se mantiene como bienal internacional de artes escénicas, organizada por Mano3 o por otro grupo, por la misma Municipalidad, pero que se mantenga con la idea de que es un espacio para Cuenca y para los artistas también.

A veces el problema de estos festivales es que se quiere un espacio para la institución o para que salga el nombre del grupo. Y no es eso. Es también un apoyo a la gente que está haciendo teatro. Muchas veces incluso hay instituciones que organizan festivales y no pagan siquiera a los actores. Entonces ahí sí hablamos de cómo viven los actores, de cómo se transforma eso en una profesión de verdad.

Eso tú lo viste quizá como el trabajo más grande que realizó Mano3, pero también hicieron otras cosas, como el trabajo en el Museo de la Medicina…

Sí, hicimos muchas funciones. De todas maneras se tuvo como un trabajo estable, cosa que es muy difícil en esta ciudad por el público que hay, y por los pocos grupos de trabajo de teatro que hay. Mantener un trabajo de presentaciones y de crear obras, porque en el repertorio de Mano3 había obras infantiles y para público adulto. Se tenía un repertorio de obras que podían ir rotando. Incluso hicimos en noviembre de hace dos años una temporada de un mes entero de presentaciones, de miércoles a sábado, y había gente.

¿Por qué saliste?

Salí por este proyecto de la casa de arte, primero; por cuestiones sentimentales, segundo; pero sobre todo por el proyecto de la casa de arte. Quería como un espacio. Primero estaba el Mano3 dentro de la casa de arte, pero se salió y me quedé yo con la Monserrat Astudillo y el Gabriel Granja.

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¿Cómo fue todo aquello, el proceso de conseguir la casa, de adecuarla?

Lo que queríamos era tener un espacio nuestro y que no fuera tan problemático ir y pedir, que se nos dé enseguida además. Ahí fue cuando me decidí a hacer la casa para tener el espacio para ensayar, porque el actor necesita una disciplina diaria de trabajo. Necesitábamos un espacio para ensayar todos los días, y la casa de arte era una opción. Un día, luego de que la Monse se vino acá a Cuenca tras haber estudiado en Quito junto al Malayerba, nos reunimos y conversamos sobre todos nuestros proyectos y sueños. El típico sueño de un teatrero es tener una casa de arte en la que pueda hacer su trabajo. Ahí fue cuando dijimos hagamos realidad lo que estamos pensando. Y, bueno, con el Gabriel que es actor también, y pareja de la Monserrat, decidimos ponernos a buscar una casa para alquilar, un esfuerzo privado, préstamos, es decir era ya una inversión que teníamos que hacer y un riesgo. Sigue siéndolo porque estamos endeudados, todavía necesitamos conseguir todo lo que hemos invertido, pero más que nada el proceso fue como muy rápido, y muy del corazón. Queremos tener este espacio del café teatro, que es más o menos lo que va a solventar el trabajo de toda la casa. Los espacios para talleres para niños, jóvenes, adultos, y el que queremos adecuar, que es el de la salita de teatro, más o menos para 50 personas.

Según he percibido les ha ido bien, pero también hay que considerar que Cuenca suele ser novelera…

Sí, esperamos que no sea solo por eso que la gente está viniendo, pero yo creo que también Cuenca necesita un espacio así. No ha habido en Cuenca un espacio como éste, no solo de arte sino de teatro más que nada, de artes escénicas. Si bien la Casa de la Cultura ha intentado tener un espacio, La Pájara Pinta también, pero una casa de arte, privada además, que traiga grupos de Quito e internacionales también, es algo que no se ha dado. Hay que hacerle entender a la gente que este espacio solamente va a poder seguir si es que la gente viene. El teatro va a existir si es que la gente merece tener teatro, danza, pintura igual. Si es que hay público para eso, va a existir; si no lo hay, la mayoría de actores se va a ir a Quito, Argentina, España, no sé.

¿Será cierto que la gente viene al café para ver a las locas «de atar» que lo atienden disfrazadas?

[ríe] esa no me la sabía, esa no me la sabía… Teníamos un montón de nombres: Morgana, el nombre de una bruja, pero el Gabriel no quiso porque de pronto la energía de la casa, y De Atar porque de pronto el proyecto es en verdad enorme y no teníamos idea del sacrificio que iba a ser. Todavía no teníamos idea de la dimensión del proyecto. Entonces dijimos, pongámosle De Atar, por locos de atar en verdad. Además que a los artistas la mayoría de la gente les llama así.

¿Has pensado incursionar en otras facetas de la actuación, quizá en lo fílmico?, aunque entiendo que tienes ya alguna experiencia en ello.

Sí, bueno, la Monse más que yo, pero ahora más bien he estado incursionando en el clown, que es algo que yo no manejo. Y ahora que vino el Cacho Gallegos decidí también meterme en esos campos que no había explorado. Con Guido Navarro estamos haciendo un taller de bufón, cosas que en verdad son medio difíciles de tener en Cuenca, y hay que aprovechar cuando está aquí gente que puede darnos un poquito de lo que sabe, y quienes hacemos teatro no podemos perderlo.

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A nivel de público, ¿cuál te ha sido más o menos grato: el cuencano, el de las otras ciudades, países? A veces hay públicos más difíciles que otros.

Sí, hay públicos más difíciles que otros, hay funciones más difíciles que otras, no mejores ni peores pero diferentes en realidad. La mayoría de veces que he tenido como más miedo de actuar, ha sido cuando son funciones para directores o actores de teatro. Son como las funciones más difíciles, porque no van a juzgar solamente lo emocional de la obra o lo que uno quiere decir, sino también técnicamente. Pero a mí se me pasó ya ese miedo cuando la primera presentación que tuve en Argentina, para actores y directores de Buenos Aires. Ya en ese momento me dije no puedo tener ese miedo, porque si no qué estoy haciendo, para qué estoy actuando, o qué de verdad es para mí la actuación: si es mentirle a esta gente para que me juzgue. No, no es eso. Quiero tratarles igual que trato al resto de gente a quien le doy lo que hago. Entonces ese rato se me quitó el miedo, y creo que me sentí muy bien en esa función.

Como actriz es obvio que sí, pero como Mabel ¿te identificas con la doble y única mujer, con sus facetas, con su doble faceta?

Más que identificarme, hay momentos que siento que estoy llegando a un puntito cerca de ella como Mabel. Los momentos de miedo, los momentos de dolor que he tenido en mi vida, he sentido que estoy cerca en verdad de ella…

¿Reflexionas sobre eso?

Sí, sí reflexiono sobre eso, pero lo que pasa es que la preparación de ese personaje es una preparación ritual, y entonces hay muchos canales que sí me hacen encontrar conmigo misma, con Mabel y con mis múltiples formas de ver la vida, no solamente hacia un lado sino hacia varios lados como ve la doble mujer, que tiene dos frentes. Es como un canal también, para verme a mí misma y para ver a la gente.

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¿Cómo es la Mabel cotidiana, la del hogar, qué hace?

Creo que es juguetona. Además que tengo un hermano adolescente y me gusta mucho jugar con él. Sí creo que soy muy juguetona con mi madre, con mi hermano, con mi padre, con mi otro hermanito chiquito que tuve recién. Tengo una hermana que está viviendo en Buenos Aires, a quien visité ahora que estuve allá. Creo que soy muy sensible, a veces demasiado…Me da iras eso [sonríe]. Y una cosa importante es que estoy muy contenta con lo que soy y con lo que hago. Si bien tengo momentos de rabia, de dolor, de frustración porque no sale todo como quisiera; de sentir que estoy cansada porque hago muchos esfuerzos, y que estoy estresada a veces, pero siento que estoy feliz con lo que hago, que no cambiaría la vida que tengo con nadie. Todavía tengo muchas metas, quiero hacer muchas cosas pero no la cambiaría con la de otro. La haría mejor.

¿Lecturas?

Estoy leyendo un libro de Fernando Pessoa que se llama El Libro del Desasosiego.

¿De qué manera crees que haber crecido en el hogar del escritor Iván Petroff, tu padre, y de Ana Lucía Montesinos, tu madre, influyó en ti?

Influyó muchísimo. De hecho mis padres han influido muchísimo en mí, porque siempre he visto en ellos la necesidad de crear. Desde que yo era muy chiquita mi padre siempre me fotografiaba, y ya como que sentía que era importante para él, y eso creo que es muy importante para un niño, sentirse bien con lo que uno es. Igual a mi mami siempre la veía leyendo. Ella es una lectora impresionante, fabulosa, obsesiva a veces. Cuando mi padre me dedicaba un poema para mí era maravilloso, a pesar de ser niña. O cuando me enseñaba a recitar para el colegio, para leer, que me encantaba, y ganar concursos de lectura. Pienso que siempre influyen los padres en los niños. A veces no tienen nada que ver con el arte, pero la forma en que tratan a un niño sí influye en lo que quiere ser.

10 COSAS QUE (creo) NO SABEN DE MÍ:

  • Cuando tenía cuatro años no entendía cómo era que Papá Noel se llevaba al cielo los juguetes que mis padres compraban para navidad, no entendía tanta burocracia y un día le dejé en el patio una moneda para que se la lleve y se la regale a un niño que me gustaba, y esperé y esperé y esperé y al día siguiente me compre caramelos y dudé mucho de ese señor gordito.
  • Desde los 5 años que entré en el conservatorio me paraba de puntitas de pie para danzar todo el tiempo, TODO el tiempo, en el baño, en mi cuarto en la calle incluso mientras dormía movía mis pies como si danzara en puntitas, me soñaba con tutu, es el secreto de mis pies hiperflexibles.
  • No sabía cómo defenderme y un niño me golpeaba todos los días en recreo, hasta que mi hermana tres años menor a mí le dio una paliza y volví a disfrutar la vida gracias a sus puños.
  • Cuando tenía 16 años quería ser enfermera.
  • Estudié físico matemático porque me decían que las matemáticas no eran lo mío (Testadura a morir).
  • A los 17 quería ser monja misionera.
  • Cuando hice mi primera obra de teatro me dijo un gran amigo actor que yo debía ser bailarina y no actriz pues mi trabajo vocal era deficiente, entonces tomé todos los cursos y talleres de voz y dicción que pude y odiaba que me pregunten si soy bailarina; ese odio me acompañó hasta hace muy poco tiempo que me di cuenta que amo danzar tanto como actuar.
  • Cuando tenía 18 años quería ser guerrillera.
  • Me gusta Chayanne y canto todas sus canciones en karaokes de mala muerte.
  • A los 19 años quería ser como Van Gogh y cortarme una oreja; por suerte mis maestros de arte canalizaron mi ímpetu.

                                            

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¿Planes más personales, familiares?

¿Qué, a qué te refieres, matrimonio…? Ahorita estoy con un artista plástico que se llama Manolo Salgado. Sí me siento muy bien con él. Tenemos planes de viajar juntos, de hacer cosas juntos, porque nos sentimos muy involucrados, no solo sentimentalmente sino intelectualmente, con las cosas que pensamos creativamente. Queremos trabajar como grupo, aunque no como un grupo de teatro ni de artistas plásticos, pero sí en conjunto, hacer muchas cosas. Estamos muy sintonizados. [Mabel se casó años más tarde con el actor mexicano Bruno Castillo, con quien reside y trabaja de forma conjunta en ese país, alternando con estancias breves en Cuenca, para dictar talleres, hacer presentaciones de sus obras, y visitar a familiares y amigos]

¿Qué otro tipo de planes tienes aparte de esa locura de la casa de arte?

La casa de arte es un proyecto de producción, y sí me encanta que vengan grupos, recibir talleres, pero no es ese mi objetivo como artista. Más allá de traer otros grupos yo quiero producir mi propio trabajo. Ahora que ya la casa está un poco más estable quiero retomar mi trabajo del monólogo, porque quiero ir a algunos festivales con esa obra que no creo que se haya agotado. Quiero que viaje más, que se vea en más lugares, y además seguir trabajando en el proceso porque a lo mejor hay cosas que irán mejorando. Siempre uno está aprendiendo y no tiene porqué cerrarse con el trabajo.

Cuenca, Ecuador, 2004-2014