Gustavo Landívar entre los Maestros de la Fotografía cuencana

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Hacia el año 1985, con la venia y el respaldo de quien entonces regía los destinos de la lglesia Católica cuencana desde su arzobispado, Luis Alberto Luna Tobar, el fotógrafo Gustavo Landívar ingresaba a uno de los recintos reservados más antiguos de la capital azuaya, a la par que uno de los más desconocidos para el común de los vecinos morlacos.

Las religiosas del Monasterio de las Conceptas habían decidido por entonces abrir y donar una parte del claustro, flanqueado por blancas y altas paredes blancas de una manzana entera en el Centro Histórico de Cuenca, entre las calles Antonio Borrero y Juan Jaramillo, Hermano Miguel y Presidente Córdova. La sección correspondiente a la enfermería se destinaría a la instalación de un museo en el que los visitantes podrían ser testigos de una parte trascendental de la historia de la urbe, indefectiblemente ligada a la mayoritaria e incuestionable inclinación religiosa de sus moradores.

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Con lo que el joven fotógrafo no contaba era con la reacción que las monjas tendrían ante la presencia de un visitante del exterior, extraño al recinto, y mucho menos con cámara en mano intentando fotografiarlas. Su misión consistía en registrar la vida cotidiana de las religiosas dentro del claustro, derrotero que por poco no logra porque ante su presencia se cubrían los rostros con velos, o simplemente optaban por esconderse de él.

Landívar ha estado ligado durante medio siglo al registro fotográfico de la vida cuencana en sus más diversas facetas, pero sobre todo en el rico espectro cultural que la caracteriza. Esa inclinación por la imagen no fue espontánea ni antojadiza, sino que, por lo contrario, tiene antecedentes que datan de los mismos comienzos del siglo XX: su abuelo paterno, Agustín Landívar Vintimilla (1891-1929) formó parte de lo que podría llamarse la primera generación de fotógrafos de la ciudad, y a su padre, Manuel Agustín Landívar (1920-1980), se le deben muchos de los registros fotográficos (y también sonoros) de la cultura popular azuaya.

En ese contexto familiar, Gustavo creció rodeado de las imágenes captadas por ambos personajes, así como de las cientos, miles de fotografías coleccionadas por la suya y por otras familias cuencanas, con lo cual resulta fácil imaginar que su mayor pasión sería precisamente la captura luminosa elevada a la categoría de arte y al nivel de documentación histórica y cultural.

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En lo cultural es donde más se explayó su actividad, lo cual implica que la gran mayoría de las imágenes que habremos visto en Cuenca durante las últimas cinco décadas es de su autoría. Proyectos editoriales de trascendencia para la ciudad, como los dos tomos de fotografía antigua titulados Cuenca Tradicional, que el Banco Central publicó hacia mediados de los ochenta y comienzos de los años noventa, o el libro Ecuador, Hombre y Cultura, que recopila entrevistas del escritor Jorge Dávila a una veintena de personajes de la cultura local, tienen el sello Landívar, genuino e insaciable coleccionista de las fotos capturadas desde el siglo XIX, es decir la vida cotidiana y sus expresiones más disímiles: lo religioso, lo cultural, lo elitista, lo popular, el paisaje natural y el arquitectónico, las transformaciones urbanas, las diferencias sociales y raciales, la vestimenta, las costumbres, la gastronomía, etc.

Desde su domicilio y estudio emergieron, hacia finales de 2018, no solo una gran parte de esas colecciones, sino también cámaras de todos los tipos, tamaños, formas y épocas, adquiridas minuciosamente con la misma pasión con que desde hace medio siglo se ha dedicado a la fotografía y al estudio e investigación del movimiento fotográfico cuencano.

La Casa-Museo Remigio Crespo Toral, en realidad el museo de la ciudad, proyectó organizar bajo la égida de su director, René Cardoso Segarra, el Salón de los Maestros de la Fotografía Cuencana del siglo XX, para lo cual se decidió invitar a Landívar.

Esta iniciativa coincidió con la conmemoración del quincuagésimo aniversario de Gustavo como fotógrafo, y también con su jubilación como economista, su otra profesión. Gracias a la subsecuente disponibilidad de tiempo se dedicó a preparar la exposición con suficiente antelación, catalogando y clasificando un archivo gigantesco de fotografía analógica.

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En el proceso, los representantes del museo Pumapungo decidieron sumarse al proyecto, puesto que en la época en que éste pertenecía al Banco Central Landívar hizo mucha fotografía de sus actividades, exposiciones, acervos y proyectos, entre los años 1980 y 2005. Con el mismo criterio se unieron el Museo Municipal de Arte Moderno, la Casa de la Cultura a través del Salón del Pueblo y el museo Manuel Agustín Landívar, y el Museo de las Conceptas.

El resultado fue la muestra temporal titulada Gustavo Landívar: las colecciones, correspondiente a la serie Maestros de la Fotografía, que la Casa-Museo Remigio Crespo Toral (Calle Larga y Borrero) exhibe hasta finales de marzo de 2019. “Esta exposición temporal es parte de la serie Maestros de la Fotografía que tiene como propósito indagar los aportes de fotógrafos cuencanos que en diversas épocas registraron escenas y acontecimientos de la ciudad, desde composiciones muy intimistas llenas de nostalgia y romanticismo hasta capturas del esplendoroso paisaje de las campiñas azuayas; fotógrafos que con sus registros visuales se constituyeron en verdaderos cronistas de la historia cuencana”, expresa René Cardoso.

Las próximas exposiciones de esta serie incluirán obras de José Salvador Sánchez (1891-1963), José Antonio Alvarado (1886-1988), Manuel Jesús Serrano (1882-1957), Emmanuel Honorato Vázquez (1893-1924), Rafael Sojos Jaramillo (1888-1987), Víctor Coello Noritz (1890-1967), Agustín Landívar (1891-1929), Gabriel Carrasco (1890-1975).

Personajes y entidades

En el lapso de un cuarto de siglo, en una de las épocas de mayor dinamismo y transformación cultural operada en Cuenca, Gustavo trabajó con algunas de las principales entidades dedicadas a la promoción y la actividad cultural. Una de ellas fue también la Bienal de Pintura de Cuenca (hoy convertida en Bienal de Arte), en torno a la cual se gestó un gigantesco movimiento cultural que transformó a la ciudad, y cuya incidencia es aún palpable en la capital azuaya próxima a entrar ya a la tercera década de este siglo.

Quienes se contaron y se cuentan entre los principales protagonistas del arte y la cultura, la política, la religión, la educación, el periodismo, aparecen retratados y registrados en las imágenes captadas por Landívar, muchos por entonces muy jóvenes incluido el mismo fotógrafo que hoy conmemora media centuria de permanente trabajo detrás de las lentes de sus cámaras.

GL18Lo que el público ha podido apreciar de esta muestra incluye registros gráficos de comienzos del siglo XX, con alrededor de unos veinte nombres de fotógrafos que el museo incluye en el proyecto. La muestra da cuenta de una enorme cantidad de escenas de la vida en Cuenca, de sus personajes influyentes y clave en diferentes épocas, áreas del quehacer humano y aspectos, muchos de ellos ausentes ya pero que tuvimos la fortuna de conocer y tratar: Alberto Luna, Edgar Rodas, Antonio Lloret, Dora Canelos, Carlos Cueva Tamariz, Patricio Muñoz, Jacinto Cordero, Roberto Senese, José Luis Espinoza, Efraín Jara Idrovo, Juan Cueva Jaramillo, Eugenio Moreno, Oswaldo Moreno, Ricardo Muñoz, Ricardo León, René Cardoso, Jorge Dávila, Edmundo “el Loco” Maldonado, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Claudio Malo, Osmara de León, Lauro Ordóñez, Rubén Villavicencio, Juan Cordero, Jaime Idrovo, Gerardo Martínez, y un extenso e inagotable etcétera.

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Las colecciones de Landívar cuentan con material de archivo abundantemente respaldado de unos ocho fotógrafos, entre los cuales también hay cultores de la fotografía cuyos trabajos tuvo él la fortuna de hallar en los archivos empolvados de diferentes instituciones públicas y privadas, o de familias cuencanas, como resultado de sus investigaciones. Tal es el caso de José Salvador Sánchez (1891-1963), fondo cuyo hallazgo data del año 1977.

Tres años más tarde comenzó a trabajar con el fondo gráfico de su abuelo, Agustín Landívar, y una veintena de años después, gracias a su iniciativa, los descendientes de Emmanuel Honorato Vázquez dan a conocer de forma pública su archivo de imágenes, así como los trabajos de Manuel Jesús Serrano, Víctor Coello Noritz y José Antonio Alvarado, que formaron parte de la muestra Precursores de la Fotografía Cuencana, organizada por el Banco Central.

GL19Merced a un arduo y permanente trabajo investigativo pudo hallar también los archivos de Rafael Sojos Jaramillo y Gabriel Carrasco: “En los casos de Vázquez, Landívar, Carrasco, Sojos y Coello, ellos fueron compañeros de aula en la universidad, además de coetáneos de Serrano y Sánchez. Alvarado calza en este grupo porque era un importador cuya actividad le permitía viajar de manera constante al extranjero. Entre los productos que importaba constaban también cámaras fotográficas, circunstancia que le convirtió en proveedor de los cultores del arte gráfico, además de él mismo haber sido autor de fotografías en verdad exquisitas, dadas más a la temática familiar pero al mismo tiempo extraordinarias.”

Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista

Estas investigaciones y hallazgos le han permitido teorizar sobre la actividad fotográfica de la ciudad en aquellos tiempos, y plantear que el movimiento constituyó lo que él denomina la Escuela Cuencana de la Fotografía Modernista. Por su sentido estético, señala, del Romanticismo que entonces vivía Cuenca este movimiento salta al Modernismo, a una nueva forma de plantear y tratar la imagen y el uso de la luz, que no se da en otra parte del país. “En torno a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca se creará un grupo de intelectuales jovénes que harán fotografía, al centro del cual estaba Emmanuel Honorato Vázquez: Gabriel Carrasco, Agustín Landívar Vintimilla, Rafael Sojos, Víctor Coello Noritz. Había también fotógrafos como Federico Malo Andrade, Bolívar Malo. El que no era fotógrafo no estaba en nada por aquel tiempo”, afirma Gustavo.

Al mismo tiempo se aventura a dar otra interpretación a la firma que Emmanuel H. Vázquez solía plasmar en sus obras, Tarfe, que de acuerdo con Landívar podría leerse también como Earte (Emmanuel Arte).

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Museo de la Fotografía Cuencana

Otro de sus planteamientos se da en torno a la necesidad de crear para la ciudad el Museo de la Fotografía Cuencana, que partiría precisamente de sus colecciones no solo de imágenes sino también de cámaras fotográficas. Además de los archivos mencionados, la mayoría de ellos respaldados en negativos, el proyecto incluiría el rescate de los trabajos de fotógrafos posteriores, cuyas obras se conocen en positivo, tales los casos de Alejandro Ortiz Cobos o de Serpa. Es decir, cultores de la imagen cuyas obras deben ser rescatadas porque constituyen el acervo de la ciudad, su historia, su memoria gráfica.

El traspaso de lo analógico a lo digital ha representado fenómenos en los que no se suele reparar en esta era dominada por lo digital. “Hasta finales del siglo XX -recuerda-, mucho de lo que aconteció en la ciudad, tanto en la esfera privada como en la pública, se registró en cámaras de video de betamax y vhs, de lo cual muy poco o casi nada ha quedado o ha sido posible traspasar al formato digital.”

Esto significa en realidad la pérdida de una buena parte de la memoria social cuencana, a lo cual se suma la condición volátil, etérea y en permanente riesgo de los registros digitales, que a menudo se han perdido en discos duros borrados como consecuencia de virus o fallas de estos aparatos.

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Curiosamente, están seguras las imágenes fotográficas de los primeros treinta años del siglo XX cuencano, pero en la práctica están perdidas las correspondientes a finales de esa centuria y comienzos de la actual, como consecuencia de este fenómeno relacionado con los avances tecnológicos y la aparición de nuevos soportes. “Cuenca tiene un archivo fotográfico excepcional. Hay los archivos, hay los elementos suficientes que pueden dar forma y vida a este proyecto, y hablo solo de lo analógico. De lo digital ni siquiera me he atrevido a auscultarlo, pero podría también hacerse en su momento un buen trabajo de rescate”, señala con vehemencia este fotógrafo, también él un Maestro de la Fotografía Cuencana.

¡Ya vuelta vuelven las monjas!

La segunda parte de un extenso periodo de homenaje a Gustavo Landívar, su obra y su contribución al mantenimiento de la memoria gráfica cuencana, se exhibe ya en el Museo de las Conceptas, y las subsiguientes irán dándose en los espacios señalados, en las que se podrá apreciar otras facetas del fotógrafo.

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Como señalaba al comienzo de este texto, hace más de treinta años el artista cuencano tenía como misión registrar la vida cotidiana de las monjas en el claustro. Cuando finalmente pudieron ellas relajarse y permitirle captarlas en su rutina diaria en los jardines, la panadería, la cocina, la lavandería, la enfermería o los pasillos, el resultado fue un registro de alrededor de 600 imágenes en las que por primera vez se revelaba al público cómo vivían las conceptas dentro de uno de los dos claustros más antiguos de la ciudad (el otro es el Monasterio del Carmen), casi tan antiguos como su historia de urbe hispanoamericana.

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En su condición de miembro del Patronato del Museo, Gustavo ha impulsado una suerte de regreso de las monjas a esa parte del claustro que es ahora el museo, a partir de una expresión coloquial muy morlaca: “¡Ya vuelta vuelven las monjas! ¡Aquisito nomás estaban!”, que define a la perfección de qué va la muestra: ampliaciones a tamaño natural de una buena parte de esa serie, aparecen ante los ojos del visitante al recorrer la exhibición, en ocasiones como si lo hicieran de manera subrepticia, plasmadas precisamente en los sitios donde fueran tomadas esas imágenes hace más de treinta años.

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En medio de todo ese trajinar ocasionado por las diferentes muestras que el año 2019 presentará al público amante de la imagen fotográfica, nuestro fotógrafo planifica también la edición y publicación de un libro que plasme aquel medio siglo de actividad, sus vivencias y evocaciones, sus descubrimientos y conclusiones, su pasión indomable por todo aquello que tiene que ver con la historia de Cuenca reflejada en miles de imágenes atesoradas como lo que son: registro y testimonio fehaciente de la transformación de la más bella ciudad del Ecuador durante las últimas tres centurias.

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Juan Pablo Merchán: La Fotografía como Devoción

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Cuentan que un aprendiz de fotógrafo que vivía en Nueva York, cuyo jefe estaba a punto de fotografiar nada menos que al “Rey Pelé” para la campaña de una importante firma internacional de relojes, no encontró mejor manera de convencer a sus jefes gringos que mentirles diciendo que podía servirles de intérprete. Cuando comenzó la sesión fotográfica, decidió que lo mejor que podía hacer para sonar portugués era culminar cada una de sus palabras con el sufijo “ao”, algo que al más grande futbolista latinoamericano de todos los tiempos le llamó la atención: “Pero tú no hablas portugués”, le dijo el astro de la pelota. “No, pero no se lo digas a estos gringos, que ellos están creyendo que sí”.

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Así fue como ese joven asistente de un famoso fotógrafo norteamericano logró conocer, a través de su temeraria audacia, a una de las figuras más populares del siglo XX. Años después, en su natal Ecuador, este cuencano se convertirá en uno de los fotógrafos publicitarios más cotizados y de mayor prestigio de su país, y su solo nombre se volverá sinónimo de alta calidad: Juan Pablo Merchán.

En su amplio, cómodo y funcional estudio me recibe con afecto y amistad, sintiendo la remota certeza de que ya nos conocíamos. Hacia el año 1998, cuando su entrevistador tenía la responsabilidad de editar el libro “Cuenca de los Andes”, Juan Pablo fue uno de los cinco fotógrafos cuencanos invitados y contratados para ilustrar esa publicación que el alcalde Fernando Cordero llevaría ante la Unesco para defender la candidatura del Centro Histórico de Cuenca a Patrimonio Cultural de la Humanidad. Desde las paredes me sonríen algunas de las reinas de Cuenca de los últimos años, cuyos rostros han sido fotografiados por este mago del lente que se resiste a ser considerado un artista.

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La conversación, amena e interesante, fluye desde sus inicios en el mundo de la imagen hasta anécdotas como la precedente. En Ecuador ha fotografiado a gran cantidad de personajes destacados de diferentes ámbitos, como al poeta cuencano Rubén Astudillo, o como al político Jaime Nebot Velasco (padre del actual Alcalde de Guayaquil), a quien empezó a fotografiar en su casa a las 10 de la mañana y salió en la última borrachera a las 3 de la tarde; o al franco-ecuatoriano Bernard Fougères, a quien recuerda haber fotografiado posando con una tarántula en su mano, mientras él disparaba la cámara a diez centímetros de la araña, “muerto de miedo”.

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RAO: ¿Cómo comenzó tu atracción y luego devoción por la fotografía?

JPM: Mi atracción por la fotografía viene de cuando yo tenía unos 14 o 15 años. Siempre me había gustado. Veía libros y revistas, y lo curioso es que nunca tuve una cámara en mis manos. Vengo de una familia de fotógrafos, por Corral, y aunque siempre veía a mis tíos, a mis parientes, con cámaras de fotos, nunca tuve una en mis manos hasta el año anterior a mi viaje a Estados Unidos. Me prestaron una cámara y empecé a jugar en el campo haciendo fotos, viendo ángulos, y eso me encantó. Cuando fui a Nueva York, después de graduarme en el colegio, mi idea no era estudiar fotografía. Quería estudiar dirección de cine pero era costosísimo, y papá en esa época no me podía pagar los estudios. Solicité una beca pero desgraciadamente no se me cubría un monto satisfactorio. Yo tenía que cubrir la mayoría del dinero y era demasiado caro. Entonces me fui por la fotografía. Estudié dos años y medio en una universidad que se llama School of Visual Arts, específicamente fotografía publicitaria. Luego de que me gradué empecé a buscar trabajo como asistente de fotografía, que es por donde empiezas. En ese tiempo yo trabajaba de mensajero en bicicleta. Te estoy hablando del año 1988. Todavía no estaba de moda el fax. Yo entregaba documentos, y en cada estudio fotográfico que entraba dejaba mi currículo.

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-Pero ya habías hecho algunos trabajos fotográficos personales, digamos que a nivel de aficionado…

-Sí, tenía mi portafolio de universidad, con fotos de productos y fotos artísticas, y con eso me iba moviendo también. Dejaba mi currículo en cada lugar, hasta que me llamaron de un estudio que me ofreció un trabajo por 100 dólares a la semana. Era una época en la que no tenía para vivir. Sin embargo era mi única oportunidad de entrar en ese mundo, a través de un estudio gigantesco de mega producciones, que tenía cuentas de firmas como Volvo. Debía tener dos trabajos: de 4 a 8 y media de la mañana trabajaba manejando un camión del correo, y desde las 9 de la mañana hasta la hora que fuera, en el estudio como asistente. Muchas veces laboraba hasta las 12 de la noche o 1 de la mañana, y me quedaba a dormir en el estudio para al día siguiente salir al trabajo.

-¿Entonces comenzaste como asistente de fotógrafo?

-No precisamente. El nivel de fotografía en Nueva York es completamente diferente, y yo tuve que empezar barriendo el estudio como tercer asistente. Ni siquiera me dejaban tocar una cámara o una luz. Y poco a poco fui subiendo hasta que fui el primer asistente del fotógrafo.

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-¿Y quién era este fotógrafo?

-Él se llamaba Jerry Freedman, que era uno de los principales fotógrafos publicitarios de los ochentas. Y fue así como comencé en el mundo de la fotografía comercial. A veces me quedaba en las noches haciendo trabajos para mi portafolios, o en los fines de semana en que ellos me daban la posibilidad de usar el estudio.

-¿Cuándo decides regresar al Ecuador?

-Mis planes no era regresar al Ecuador todavía. Estuve un año en la Marina y tuve que regresarme porque justo empezó la Guerra del Golfo. Comenzaron a llegarles cartas a todos mis amigos para que se presenten como reservistas.

-Pero nunca te llegó la carta a ti…

-No, nunca me llegó. En un mes armé el viaje de regreso. Llegué un viernes y tuve mi primer trabajo el día martes siguiente, que fue un trabajo para Artesa. Mis planes tampoco consistían en regresar a Cuenca sino quedarme en Quito. Por entonces Cuenca no me ofrecía mucho como para quedarme aquí a vivir de eso. Y yo tenía ya reservados un departamento y un lugar para estudio en Quito. Regresaba eventualmente a Cuenca y siempre había algún trabajo que iba alargando mi ida a Quito, hasta que finalmente decidí quedarme.

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-¿Tu especialidad es lo publicitario, no lo artístico?

-Completamente. Yo no me considero un artista pero sí creo que necesitas un alto nivel de creatividad para la fotografía publicitaria. Mi trabajo es tomar un producto y hacer que se vea bien, para que la gente pueda ver eso y comprarlo.

-Pero muchas veces puede decirse que tienes logros que se consideran artísticos…

-Yo más bien diría que creativos. En ciertos trabajos tienes un alto nivel de creatividad. Pero muchas veces confunden que todo fotógrafo es artista, y yo estoy en contra de eso. No me considero un artista sino un creativo.

-¿Cuáles son, según tu apreciación, las fronteras entre uno y otro, entre lo artístico y lo creativo?

-Lo artístico no siempre es bonito. En cambio, creo que en la fotografía publicitaria tu meta es hacer que un producto o una campaña se vean vendibles. Entonces mi meta es hacer que tal o cual producto se vean bien, muchas veces maquillando el producto pero no al punto en que sea una mentira.

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-¿Cómo comienzas a trabajar con modelos?

-Mi fuerte ha sido la fotografía de productos, pero tú no puedes en el Ecuador especializarte en tal o cual rama; lo que sí pasa en países desarrollados. Allá tienes fotógrafos que se especializan en comida, en autos, en moda. Pero aquí en el país tienes que hacer de todo. Ambos tipos de fotografía están de algún modo ligados. En el trabajo con modelos, la experiencia me ha ido enseñando que tú tienes que estar al mando sin intimidar a la persona que esté posando para ti. Y así se han dado las cosas, y creo que hemos tenido buenos resultados porque hay trabajos que en vedad han salido bien.

-Alguna vez escuché decir que para una buena fotografía exterior se debía recurrir a tal o cual fotógrafo, pero para una de interiores a Juan Pablo Merchán. ¿Qué opinas de esa idea generalizada?

-Sí, es verdad. Estamos hablando de que yo siempre me he especializado en fotografía de estudio, y en fotografía en la que tú puedas manejar luz artificial. Cuando he tenido llamadas por trabajos en las que me dicen que necesitamos fotografiar la ciudad o paisajes del país, les digo, encantado, lo hago pero ese no es mi fuerte. Y muchas veces he aconsejado a quién recurrir. En verdad no soy una persona paciente, y para la fotografía paisajista necesitas cualquier cantidad de paciencia. Aunque sí soy un conocedor de la luz, de cuál es un buen momento para fotografiar, de los colores.

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-Háblame de tus trabajos con las Reinas de Cuenca.

-Cada año han venido y creo que cada vez están saliendo mejor. Me encanta hacer ese trabajo porque conoces a la gente. Son personas que no tienen experiencia y esto es como nuevo para ellas. Es chévere.

-¿Prefieres fotografiar rostros o cuerpos?

-Yo creo que en rostros me desenvuelvo mejor. Por medio de la iluminación y después de hacer un estudio del rostro a la persona, trato de sacer lo mejor que ella tiene. Tú con la iluminación puedes hacer maravillas. Si ves que alguien tiene una cara demasiado ancha le pones cierta sombra, usas diferentes tipos de lente. Es súper interesante.

-¿Qué haces en los casos de chicas bellas que sin embargo no entran en el famoso concepto de lo fotogénico?

-Me ha tocado fotografiar a personas así. Justamente hace poco hice un trabajo para la revista Belleza y Glamour, de Las Fragancias. Trajeron a una chica que es muy guapa, pero cero fotogenia. Hay modelos profesionales que tú ves en la vida real y son bonitas pero nada espectaculares. Se paran frente a la cámara y es increíble el resultado. Si bien el lente de la cámara trata de asemejarse al ojo humano, creo que los parámetros de visión y profundidad no son los mismos. Hay rostros que en cámara se ven espectaculares y en vivo no son así; y al revés, que en vivo se ven espectaculares y se paran frente a la cámara pero no funcionan. En esos casos a mí me ha tocado sufrir porque está involucrado mucho dinero, maquilladores, tiempo y plazos. Lo que tienes que hacer ahí es disparar y disparar sabiendo que lo que tendrás será alrededor de cinco fotos que te van a servir. Por lo contrario, hay casos de personas que se ponen al frente de la cámara y en media hora está listo el trabajo. Tú sigues disparando pero sabes que a lo mejor en la cuarta o quinta toma ya tienes la foto, porque eso se siente.

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-¿Has hecho desnudos?

-Sí, he hecho algunos desnudos, por afición, por el estudio de la luz sobre el cuerpo humano.

-¿Los has expuesto?

-No, no me interesa eso. Creo que exponer un trabajo te crea una responsabilidad con el público que yo no quiero tener. Son trabajos para mí porque, vuelvo a decirlo, no me creo un artista.

-¿Cómo se cotiza un fotógrafo de tu calidad y prestigio a nivel del país?

-En este momento hay la vieja camada de fotógrafos, con la mayoría de los cuales mantengo amistad. Tenemos bases de precios más o menos en común. Te estoy hablando de gente como Paul Magraff, Ramiro Jarrín, Xavier Cuesta, Gustavo Landívar. Ahora, con la fotografía digital hay muchos trabajos para los que se prescinde del fotógrafo profesional. Son cosas sencillas sobre fondo blanco que muchos de los diseñadores están haciendo. Con los fotógrafos de la vieja camada tenemos respeto en lo concerniente a precios. Muchas veces nos llamamos para que alguien nos cubra tal o cual trabajo. Pero hay una nueva camada de jóvenes fotógrafos que normalmente no tienen un estudio ni cuentas por pagar, y entonces regalan el trabajo. Hay algunos de ellos buenos, otros no tanto.

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-¿Pero significan competencia?

-Sí significan competencia, aunque yo creo que la competencia es buena porque siempre te ayuda a esforzarte más y tener mejores resultados. Creo que un punto a favor nuestro es tener un estudio grande donde el cliente ya ha depositado su confianza. Tengo clientes que me dicen, Juan Pablo te estamos mandando el producto, necesitamos estoy y lo otro, vía correo electrónico inclusive, y a los tres días pueden retirar el producto y está ya listo el trabajo. Es un estudio grande donde hacemos fotografías de autos, de salas y baños, etc.

-¿Perdiste clientes en el cambio de fotografía convencional a la digital?

-En el cambio de la fotografía convencional a la digital, el primer año sentí que entre los clientes hubo esa idea de que la cámara hacía la fotografía y no el fotógrafo. Ciertas cosas perdí, porque fue un balance. A mí me gusta estar siempre en la vanguardia de la tecnología. Creo que en el país fui uno de los primeros que se digitalizaron. Fue una inversión altísima en ese tiempo, porque una cosa es fotografía digital y otra es equipo digital para la impresión de un catálogo. Sí hubo cosas que perdí, por ejemplo productos sobre fondo blanco, pero por otro lado para mí fue mucho más fácil trabajar con lo digital porque iba seguro. Tú ves los resultados de inmediato y estás seguro de que tu trabajo va a estar bien hecho. Por otro lado, si bien gastas en equipo digital que en un año tienes que cambiar, te ahorras la película. Yo me alimentaba de film porque en un solo trabajo gastaba hasta veinte rollos.

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-¿Ya no usas para nada la fotografía convencional?

-El noventa por ciento de los trabajos los hago con tecnología digital, pero hay un diez por ciento todavía de clientes puristas que prefieren hacerlo con película. Yo estoy consciente de que la calidad del film sigue siendo mejor que lo digital, pero vamos a calidad resultado. Sobre el resultado de una fotografía digital creo que tú tienes mucho más control que sobre la fotografía convencional, porque pues hacer ciertos retoques, poruqe tienes lo resultados enseguida y sabes qué cambios tienes que hacer. Antes trabajábamos a base de polaroid, y cada polaroid te costaba 2 dólares, con lo cual no podías darte el lujo de gastar diez polaroids en cada trabajo porque estamos hablando de 20 dólares en una foto por la cual cobrabas 60. Lo digital ha sido para mí una gran ayuda.

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-Desde una óptica más bien personal, antes que profesional, ¿prefieres la fotografía convencional o la digital?

-Te voy a poner un ejemplo que va a definir lo que siento al respecto: en la fotografía convencional no había cosa tan excitante como irte al cuarto oscuro cuando empezaba a salir la imagen en el papel. En la fotografía digital, te dura un poquito menos esa sensación, porque tú disparas y el tiempo en que la imagen viaja a través del cable, de la cámara a la computadora, es exactamente igual. Para hace una fotografía primero hago la composición sin iluminación, y luego comienzo a iluminar. El rato que aprietas el gatillo y cuando aparece esa imagen y es justamente lo que buscabas, la tonalidad de la luz, su efecto, creo que siento lo mismo. Me considero un amante de la tecnología. No soy puristas en eso sino que estoy siempre a la vanguardia.

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-Entre tus planes a futuro, ¿has pensado en dejar Cuenca?

-A mí me encanta Cuenca. Me parece que es la ciudad ideal para vivir. Tiene las cosas buenas de una ciudad pequeña y las cosas buenas de una ciudad más grande. Mis planes son quedarme aquí. Me encanta lo que hago. Todas las mañanas me levanto feliz para venir a trabajar. Muchas veces tengo un trabajo y con dos o tres días de anticipación estoy pensando cómo lo voy a hacer. Disfruto completamente. Una de las cosas más excitantes para un fotógrafo es que tienes algo en tu cabeza, la ida de una fotografía que vas a realizar. Ves inclusive el color de la luz con la que vas a iluminar, qué tipo de efecto vas a transmitir a quien va a ver esa fotografía; planificas esa foto, vienes, la haces y te sale exactamente como la tenías en tu cabeza, y eso para mí es el premio más grande.

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-¿Desde cuándo te sucede eso?

-Yo te diría que desde hace unos dos años. Saber exactamente cómo te va a salir una fotografía, saber que te va a salir exactamente igual a lo que tienes en tu cabeza, que es como decir saber lo que quieres y que no sea un producto del casualismo, porque muchas vece te salen fotografías espectaculares pero son casuales. Pensar una fotografía y que te salga exactamente igual a lo que has pensado es increíble, y es algo que solo vas logrando con la experiencia.