Luis Vargas Torres y el Parque Calderón

Estándar

En la intersección de las calles Sucre y Benigno Malo, al pie del palacio municipal, frente al parque Calderón y diagonal a la Catedral nueva de Cuenca, está ubicada desde hace muchos años una pequeña placa sobre un pequeño monumento. Miles de personas transitan de forma cotidiana por el lugar, aunque pocas son quienes se interesan por conocer de qué se trata aquella losa tan poco llamativa, en la que se lee acerca de una muerte ahí acaecida mucho tiempo atrás. Exactamente 130 años atrás.

PlazaCentralCuenca-AHBCECue

La Plaza Central de Cuenca lucía así hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Seminario Mayor San Luis, a la derecha; la Catedral nueva en construcción; el Monasterio del Carmen de la Asunción; y, en la parte superior izquierda, el el sitio donde se fusiló a Luis Vargas Torres.

La pequeña y conventual Cuenca de los Andes de finales del siglo XIX fue, precisamente en el sitio mencionado, escenario de uno de los más ignominiosos crímenes políticos que registra la historia ecuatoriana. El 20 de marzo de 1887 se procedió a fusilar a uno de los hombres de confianza del general Eloy Alfaro e indiscutible líder militar y político del proceso que condujo a la Revolución Liberal, el coronel Luis Vargas Torres, en medio de un consejo de guerra amañado y dirigido desde Quito (“tribunal de esbirros asalariados”), con la complicidad de las autoridades conservadoras locales.

Para los moradores y también para los visitantes de Esmeraldas, en el parque central de esa tropical y rítmica urbe del litoral, llama la atención el monumento erigido a la memoria de una de las figuras más queridas, respetadas y rememoradas de la historia esmeraldeña. No es que el monumento sea un modelo de calidad estética, pero al menos aquél representa el homenaje de todo un pueblo al mayor de sus héroes. Algo así como lo que representa, en el parque Calderón de la urbe morlaca, el monumento al héroe de la Independencia, el eterno adolescente Abdón Calderón. Curiosamente, ese mismo parque pretendió ser llamado, hace más de un siglo, Plaza de Vargas Torres, a través de un decreto militar que no logró trascender al tiempo ni al indomable conservadurismo cuencano, y posiblemente tampoco a la oleada de terror y violencia de la que fue responsable el coronel esmeraldeño Manuel Antonio Franco Vera, designado Jefe Militar de la Plaza de Cuenca tras el triunfo de la Revolución en 1895.

IMG_0890

Aspecto actual del parque central Abdón Calderón de Cuenca, o Plaza de Vargas Torres.

El Ecuador de los años ochenta, en el siglo XIX, estaba dominado por una sociedad clasista en la que tanto oligarcas como gamonales eran quienes dirigían los destinos y las vidas de miles de personas. Los gobernantes de entonces, déspotas y tiranos que se alternaban en el poder, tenían como práctica común el encarcelamiento, la tortura, el asesinato o el destierro de sus opositores, a la vez que la corrupción era la manera más rápida de hacerse con fortunas repentinas.

A nivel ideológico el fanatismo religioso estaba presente en la gran mayoría de la población, bajo la égida de un oscurantismo por parte del clero que volvía imposible el surgimiento armónico de otras formas de pensamiento, de otras maneras de vivir, y que había sido afianzado aún más por el controversial tratado que suscribiera el gobierno de Gabriel García Moreno con el Vaticano, a instancias de la llamada Carta Negra. La constitución garciana de 1869, elaborada por la octava Asamblea Nacional Constituyente, representó una sumatoria de atentados contra los derechos civiles, políticos y humanos de los ecuatorianos, y establecía a la religión católica como la fe oficial y única, en exclusión de todas las demás. La misma condición de ciudadano ecuatoriano, solo era posible alcanzarla, en virtud de esa carta magna, si se era católico, casado y mayor de 25 años de edad. Tal orden de cosas, y la serie de abusos de todo tipo perpetrados por el dictador Gabriel García Moreno (aún admirado y venerado por ciertas órdenes religiosas), condujeron a su sangrienta muerte en las afueras del palacio presidencial, en 1875.

En julio de 1883, resulta derrotado por las huestes de Sarasti y Alfaro, en la batalla de Mapasingue, el dictador Ignacio de Veintimilla, quien aupado por la bonanza cacaotera había convertido al palacio de gobierno en el eje de una vida cortesana signada por la frivolidad, la mojigatería y la corrupción. Como casi un siglo después hará otro dictadorzuelo, mucho más vulgar aún, Veintimilla huye del país no sin antes atracar bancos guayaquileños.

A continuación, el dueño de Tenguel, hacienda cacaotera considerada la más grande del mundo, José María Plácido Caamaño, amañará el Congreso Nacional para impedir el paso de Eloy Alfaro, a través de la Asamblea Constituyente de 1883.

EloyAlfaro-VargasTorres-Liberales

Eloy Alfaro Delgado y sus hombres de confianza, entre ellos Luis Vargas Torres (sentado, segundo desde la derecha)

A esa asamblea fue electo el joven oficial de origen esmeraldeño Luis  Vargas Torres, adepto del liberalismo montonero que había puesto al servicio de la causa no solo su fortuna personal labrada como comerciante en Guayaquil, sino su vida misma. “Triunfante en el campo de batalla es elegido, por sus altos dotes intelectuales y morales, diputado a la Asamblea Constituyente, observando con profunda indignación y rebeldía la venta de conciencias, la traición a los principios del liberalismo radical avisorando el advenimiento de un gobierno corrupto al cual, igualmente, había que derrocar. La lucha armada de las montoneras debía continuar hasta la victoria final del alfarismo; así lo comprendió la conciencia libertaria de Luis Vargas Torres.” (Leonardo Espinoza, Homenaje Luis Vargas Torres, Universidad de Cuenca, 1987)

Tras el fallido intento revolucionario del 15 de noviembre de 1884, Vargas Torres debe exiliarse en la capital peruana, donde durante varios meses la realidad política y social ecuatoriana será el eje de sus estudios y preocupaciones, y uno de esos escritos, sobre la denominada revolución de esa fecha, se cree fue lo que originaría el complot de su asesinato. Aquel día, la población manabita de Montecristi había desconocido al Gobierno Constitucional de Caamaño, y proclamó como encargado del Mando Supremo al General Eloy Alfaro. Esmeraldas se suma dos días después, nombrando como Jefe Civil y Militar al Coronel Manuel Antonio Franco. De igual forma lo hace la población fluminense de Palenque, y en la Sierra alcanzan a pronunciarse a favor de la revuelta las provincias de Tungurahua y Carchi.

Dos años más tarde, a finales de 1886, desde Perú parte comandando pelotones que toman primero Celica y luego la ciudad de Loja, en una acción idealista a la vez que suicida, pues son derrotados por la superioridad numérica del coronel cuencano Antonio Vega, que había sido desplazado hasta el sur para liquidar a las tropas de Vargas Torres. La lucha contaba también con las incitaciones, advertencias, amenazas y anatemas procedentes de los púlpitos, en donde los curas mantenían a una población católica enajenada y aterrorizada por la eventual dominación de los liberales “enemigos de la fe”. “La derrota de los seguidores de Vargas Torres fue total; los que no fueron masacrados se los engrilló y esposó, para someterlos al insulto soez, a la burla sarcástica, a la tortura. Entre ellos estaba el combatiente ejemplar.” (ibídem, vii)

catedralnuevacuenca

Sector donde se fusiló a Vargas Torres, hacia los años 50 del siglo pasado. En la parte inferior izquierda, diagonal a la Catedral, se observa algo del mínimo monumento.

Trasladado a Cuenca junto con sus compañeros, el encierro en la capital morlaca representó momentos de angustia y zozobra, de dolor, como parte de un drama en el que se mezclan felonías, ignorancias, odios, vindictas, egoísmos, y la nobleza de un luchador íntegro, convencido de su causa, que asqueado de la podredumbre se resiste a formar parte de lo escatológico.

Ese crimen innecesario, aquella felonía siniestra simboliza también la peculiaridad de la realidad ecuatoriana: las luchas políticas entre conservadores y liberales, entre religiosos in extremis y laicos que pugnaban por una evolución imparable; entre serranos y costeños.

Aquella plaza, el lugar donde en 1557 se fundó la ciudad, recibió alguna vez, vía decreto, el nombre de Luis Vargas Torres, algo que no debe haber satisfecho a los cuencanos, que el mismísimo parque central lleve el nombre de un esmeraldeño, para colmo liberal y, según las malas lenguas de la historiografía, masón. Aún es posible observar, en alguna casa de la calle Luis Cordero, un letrero colocado seguramente por algún nostálgico, que reza “Plaza de Vargas Torres”.

El decreto por medio del cual se le daba este nombre al actual “Parque Calderón”, fue firmado el 02 de septiembre de 1895, ya en época de la Revolución Liberal, por José Luis Alfaro, Coronel de la República y Director de la Guerra, y por Manuel Serrano, General Jefe de Operaciones de la División vencedora en el Portete. El decreto en mención disponía también la exhumación de los restos del héroe liberal, y su depósito en un lugar adecuado “hasta que se pueda trasladar tan venerandos restos á la ciudad de Esmeraldas.”

El artículo segundo estipulaba: “Desde hoy, la Plaza de Armas de esta Ciudad, llevará el nombre de “PLAZA DE VARGAS TORRES”, en memoria de que en ella fue sacrificado este heróico MÁRTIR del liberalismo”. Se disponía también la construcción y erección de un monumento, cuya formación de los modelos necesarios se encargó al artista español Tomás Povedano y de Arcos.

En 1987, en la conmemoración del centésimo aniversario del crimen, a instancias de la Universidad de Cuenca, intelectuales y hombres de izquierda, además de algunos nostálgicos liberales ya en decadencia, rindieron múltiples homenajes a su memoria, y se editó por parte del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Cuenca IDIS, un libro de homenaje que fue compilado por el catedrático y dirigente comunista Leonardo Espinoza. Eso fue treinta años atrás.

IMG_1323

Ciento treinta años después del asesinato que conmovió a todo un país, salvo unos cuantos docentes universitarios, intelectuales y uno que otro masón, la memoria y la figura de Vargas Torres (Héroe Nacional del Ecuador desde el año 2012) aún tienen que recibir un homenaje y una reivindicación de los cuencanos, que vaya más allá de los simples discursos, mesadas de barba y rasgados de vestidura. Una pequeñísima calle lleva su nombre en la capital azuaya, y del monumento que alguna vez, hace más de 120 años, se intentó erigir, apenas persiste esta insignificante placa sobre una losa invisible para los cuencanos, en las calles Sucre y Benigno Malo, frente al Parque Calderón o Plaza de Vargas Torres, que un grupo de ciudadanos erigió el 20 de marzo de 1936, es decir medio siglo luego de la inmolación.

IMG_1321

EL TESTIMONIO DE APARICIO ORTEGA

He aquí el testimonio dejado por Aparicio Ortega, testigo del asesinato:

“Extinguido, pues, el último rayo de esperanza, otro Jefe, o el mismo, previno al pueblo que iba a ser fusilado el Señor Coronel tantas veces mencionado y que sería pasado por las armas el que levantare la voz o impidiese de cualquier modo la ejecución de la sentencia. Luego se dio orden de sacar al prisionero. En ese momento acababan de quitarle los grillos. Al centro de numerosa escolta, al son lúgubre de ronca corneta y tambor destemplado, seguido de un fraile y clérigo, con paso firme y acompasado, levantada y serena la frente, color de buena salud, calado un “manabita” de anchas alas, todo él respirando vida, así salió a la muerte ese muchacho ya inmortal que se llama Coronel Luis Vargas Torres… En su marcha, alzó los ojos, buscó y, con sonrisa leve que era desprecio a todo ese aparato de fuerza, sacándose el sombrero, dio un adiós silencioso, preñado en lágrimas, a sus compañeros. Lección elocuente de mutismo. Lección asombrosa de valor y dignidad. Recomendación que está hirviendo en el corazón de todo un Partido. ¡Ah! ¡Qué fecundo que iba ser ese adiós!

-¿Dónde debo colocarme?- preguntó el sentenciado.

-Allí- Y señaló el Oficial con la espada un claro entre dos columnas, al frente de la puerta del cuartel.

Contramarcha el joven revolucionario, como rehusando la tregua que se le otorgaba a caso para que se confesase. Y vino a colocarse en el punto señalado, cerca al que me hallaba yo. El fraile dominicano le siguió y fue menester que el Oficial le intimara que se retire, advirtiéndole que era necedad insistir en lo imposible. Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo, tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrados los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban con sendos rifles, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa, desafió largo rato las balas, como en los días en que, al frente de su división, se preparaba al ataque, contra los soldados veteranos y esforzados de Veintimilla…

Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban. La ansiedad del observador subía de punto: Ya me parecía verlo caer desmayado, o, por lo menos, temblar, palidecer… Pero, nada. Esperó impasible hasta que salió la descarga. Al fin, salió y rompió aquel pecho de héroe que no tembló un momento en la larga agonía que le habían preparado los ardientes defensores del patíbulo, que no tendrá de qué quejarse el día de la Justicia…

Terminada la ejecución volvieron las tropas a sus cuarteles, el pueblo a sus moradas, unos pocos a contemplar el cadáver  y éste… al cementerio. Un Comisario de Policía hizo tomar de cuatro indios el cadáver y así, caliente, lo cogieron de los pies y de los brazos, lo llevaron al Cementerio: Un reguero de sangre iba dejando, tras de sí ese cuerpo, donde poco ha resplandecía la inteligencia y ardía el corazón de un valiente” (Jorge Pérez Concha, Vargas Torres, 1980)

Anuncios

Jorge Dávila Vázquez: Francia, el teatro y la cuarentona María Joaquina

Estándar

En el año 2016 el Gobierno del Ecuador le confirió el Premio Nacional Eugenio Espejo al escritor cuencano Jorge Dávila Vázquez, decisión a través de la cual se reconoció, por parte del Estado ecuatoriano, el aporte enorme y significativo que ha sido para las letras nacionales la prolífica a la vez que extensa producción literaria de este creador.

La bibliografía de Dávila, en efecto, es de por sí copiosa y abarca diferentes géneros, desde la poesía y el relato, pasando por el teatro, el periodismo y el cuento infantil, hasta la narrativa, la crítica y el ensayo. A medio siglo de sus primeras actuaciones y pinitos en la dramaturgia, Jorge Dávila es todo un referente no solo en relato, narrativa y poesía, sino también en el teatro, desde el que ha aportado tanto en la faceta de actor y asistente de dirección, como en la de dramaturgo, con obras tan célebres como Con gusto a muerte o Espejo Roto.

jorgedavila

Con 22 años, en 1968 había ganado el Premio Nacional de Teatro por su obra El Caudillo Anochece, y a los 23 tuvo la fortuna de ganar una beca del gobierno francés, la última que se confirió a un cuencano, para estudiar asistencia de dirección teatral en tres ciudades, merced a las gestiones de Juan Cueva, personaje de enorme influencia en la vida cultural del país, desde siempre vinculado a Francia, además de miembro del iconoclasta grupo cultural Syrma.

En Marsella estuvo con Antoine Bourseiller; y, en Lyon, con el que está considerado el más grande director de teatro de Francia, Roger Planchon; por último, en Estrasburgo, en la Escuela Nacional de Teatro: “Para mí fue una experiencia extraordinaria. Fui y entré en contacto directamente con el mundo de la cultura francesa en vivo, que era el mundo del teatro, con gente muy importante,  porque era parte del programa de Descentralización del Teatro en Francia, y trabajaba en el Teatro Nacional, con una beca del gobierno”, rememora el escritor casi medio siglo después.

j-davila-vazquez

Al tener que trabajar en asistencia de Dirección, necesariamente debía releer obras que él ya conocía, pero que al abordarlas desde una lectura crítica para la escena permitieron que su cultura más o menos amplia se intensificara. La generación de Dávila creció bajo el influjo tanto de la cultura francesa como de la norteamericana, cuyo auge apabullante es inevitable. Al mismo tiempo puede afirmarse que la suya fue, de hecho, la última generación que se entregó de lleno al estudio de la literatura francesa. Sus lecturas de mayor predilección van desde autores como Chauteaubriand y Marcel Proust, hasta los escritores que en sus años de juventud influían en el panorama cultural y político mundial, como Jean Paul Sartre, François Mauriac y Albert Camus.

Con Planchon estuvo en el remontaje del Tartufo, que era su obra maestra, y en la puesta de una obra del director galo que se llamaba Azules, Blancos, Rojos, sobre la Revolución Francesa. Jorge iba haciendo anotaciones, pasaba a los ensayos, discutían un poco. Recuerda que era muy abierto, simpático, agradable, y todo era un ceñirse maravilloso al texto de Molière. “Tenían muchísimo dinero estos proyectos nacionales, por lo que la pieza de Molière, el Tartufo, era una obra maestra de la representación: perfectamente actuada, con Planchon como protagonista, en ciertas representaciones; el oficial, sin embargo, era Michel Auclair, que llegó a ser pareja de Audrey Hepburn; y un derroche de artistas invitados, gente muy conocida. Era algo que emocionaba al público.”

En Marsella se dedicaba a buscar obras y libros de teatro, asistir a todo lo que podía, volverse habitué de la ópera, donde trabajaba una persona que después fue director del Ballet de Cuba, Pedro Consuegra, quien le facilitaba las entradas al lugar.

Con Boussieu, en cambio, la experiencia de aprendizaje no resultó igual. En una ocasión, recuerda, en que se remontaba una pieza de Genet, “me dio dos libros y me dijo toma, recorta esto. Yo me imaginé, muy ingenuamente, que quería que vaya viendo qué partes de la obra podían suprimirse en la representación. Me dijo: En el un tomo está señalado todo lo que tienes que recortar. Y me dio una tijera. Efectivamente… (ríe a carcajadas) tenía que ir recortando (sigue riendo) y armando, con los dos tomos, la pieza tal como él la iba a representar. Dicen que era muy brillante… realmente yo nunca le percibí el brillo.”

atec

Más de un lustro antes de viajar a Francia, Jorge había estado vinculado ya al mundo del teatro. En 1964 hace Los Justos, y al año siguiente empezaba a trabajar en ATEC, la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca, a la que poco a poco se van integrando una serie de personajes interesantes del mundo cultural cuencano, como Rubén Villavicencio, Edmundo Maldonado, Paco Estrella, Catalina Sojos. “Éramos simplemente la prolongación de un grupo de colegio dirigido por el doctor Guillermo Ramírez. Estuardo Cisneros se convierte en director de comedia, y hacemos con él una comedia norteamericana realmente fabulosa, llamada El Marido de Helena, que le cambiamos de nombre y terminó llamándose Así fue Troya.”

El estreno de su primera obra, Donde comienza el Mañana, audazmente tuvo lugar la noche que se representa en Cuenca A puerta cerrada de Sartre: “Yo fui el complemento del programa, con una obrita que había anticipado era muy malhablada, que se llamaba Donde comienza el Mañana, porque se le ocurre al director de esa época que colabore con una representación. Era una pieza para dos personajes, en la que actuaron Rubén Villavicencio y Gustavo López”. Los textos eran tan inusuales para una pieza teatral en la Cuenca de aquellos años, que el mismo Edmundo Maldonado se rehusó a que la obra fuera escenificada. La gente que asistió a la representación resultó muy escandalizada, porque la pieza era bastante fuerte. No faltaron quienes se acercaron al autor para reclamarle e inquirirle qué era lo que le sucedía para presentar semejante afrenta a Cuenca. Tiempo después la obra participó en el festival nacional de teatro, en Guayaquil, pero en esta oportunidad Gustavo López no había podido viajar, por lo que su papel tuvo que representarlo el mismo Jorge. El resultado fue que Rubén Villavicencio ganó el premio de teatro en esa oportunidad. De esta obra ha dicho el escritor Raúl Vallejo que debe ser una de la más representadas en el teatro ecuatoriano, aunque para Felipe Aguilar la obra que tiene ese privilegio debe ser Con gusto a Muerte, también de Dávila.

Syrma era el nombre de una agrupación iconoclasta que tenía al poeta Rubén Astudillo a la cabeza, y cuyo epicentro era el café Raymipamba, hoy convertido en un icono cultural y patrimonial de la capital azuaya. En torno a este grupo y a su revista homónima, dirigida por el autor de Canción para Lobos y Oración para ser dicha aullando, convergía gente como Patricio Muñoz, Enrique Malo, Lastenia Torres, Vicky Carrasco, Jorge Arce, Olga Jaramillo, Catalina Sojos, Juan Valdano, Rómulo Vázquez, Lupe Chimbo, Guillermo Ramírez, Paco Estrella, Enrique Balarezo. Es tras su desintegración que algunos de sus miembros desembocarán en el grupo de teatro formado por Guillermo Ramírez Aguilar, profesor del colegio nocturno “Antonio Ávila”.

jorge-dav-vaz

Jorge regresa de Francia a Cuenca en julio de 1971, y para entonces ya tenía un hijo, y lo único que consigue es un pequeño trabajo como profesor de historia del teatro en el Conservatorio, que se lo da su director, el sacerdote José Castellví Queralt, pero la paga era tan poco representativa que resultaba imposible vivir con esos ingresos, por lo que decide volver al entonces Banco del Azuay, en calidad de hacelotodo, a veces como pagador, otras como anotador,

A mediados de los setentas actúa en una obra de teatro del absurdo, llamada El Convidado, que será prácticamente su última actuación, antes de dedicarse a culminar los estudios universitarios. Se publica entonces, con mucha posterioridad, su poemario La Nueva Canción de Eurídice y Orfeo (1975), que había sido escrito antes de 1970. A partir del año 1974 toda su fuerza creativa se centrará en el relato, primero con Los Tiempos del Olvido, que pese a haber sido escrito tres años antes comienza a circular en 1977; y, a continuación, con la novela María Joaquina en la Vida y en la Muerte, de cuya publicación y premiación se conmemora el cuadragésimo aniversario.

mar-joaq-jorge-davila                     cuentosbrevesyfantasticos-jdavila

elartedelabrevedad               minimalia

Esta novela corta, que ambienta los días y noches de derroche y esplendor del poder en el Ecuador de las últimas décadas del siglo XIX, reeditada en diferentes colecciones dentro y fuera del país, continúa siendo uno de sus títulos de mayor éxito, incluido en el top ten de los libros más vendidos del Ecuador en las últimas décadas, a decir del siempre incisivo a la par que certero catedrático, crítico y escritor cuencano Felipe Aguilar Aguilar. Su febril escritura tuvo como fondo musical las piezas que por aquellos años eran de la predilección de gente como Marieta Vintimilla, la sobrina del dictador Ignacio de Vintimilla, en quien se inspira la obra de corte histórico. Alrededor de un mes fue el tiempo que le tomó a su autor redactar y concluir el primer borrador, lapso que aprovechó a raíz de su largo internamiento en una casa de salud.

La novela fue rápidamente aceptada por la crítica y el público lector, y la mejor prueba de su éxito fue haber ganado el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit. La notificación de este hecho inolvidable tiene para Jorge ribetes agridulces, que también son indelebles. Estando a mitad de sus estudios universitarios, hace cuarenta años, recuerda Jorge que por coincidencia se hallaba asistiendo a una clase del doctor Efraín Jara Idrovo, que alguien interrumpió para pedir que saliera del aula el estudiante Dávila Vázquez Jorge. Tras recibir la noticia, asustado, atónito, feliz a la par que ingenuo, retornó al salón para comunicarla al maestro y a los condiscípulos: “Me acuerdo tanto que me llaman afuera y me dicen, con cierta duda, incredulidad y asombro, parece que has ganado el Premio Aurelio Espinosa... Entré y pedí permiso al Efraín, y le dije: ¿puedo decir algo?… Me parece que he ganado el Aurelio Espinosa por mi novela María Joaquina … “¡Ah… ya, ya!” -fue lo que dijo el gran maestro y poeta cuencano-, “y siguió la clase como si tal cosa…”