Arturo Cuesta Heredia: entre versos y leyes

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Hasta hace unos pocos años solía vérselo caminar por las calles céntricas de Cuenca llevando bajo el brazo sus libros y periódicos, o los manuscritos de sus poemas. Transeúntes, amigos o conocidos, lo encontraban a veces a la salida de alguna librería, biblioteca o museo, con su eterna boina como símbolo de una época que ya no existe.

Arturo Cuesta Heredia (Azogues, 1922- Cuenca, 2006) está considerado como una de las figuras más importantes de la poesía vanguardista producida en Cuenca. Junto con creadores como Hugo Salazar Tamariz, Jacinto Cordero Espinosa, Eugenio Moreno Heredia y Efraín Jara Idrovo, formó parte de la versión cuencana del grupo Elan. Pese a que los nombres de sus compañeros son hoy en día más conocidos en el ámbito de la literatura ecuatoriana, Cuesta fue el más vanguardista de los poetas de esta agrupación.

Su labor no se circunscribió al quehacer poético de manera exclusiva, en un país en el que casi nadie puede subsistir de esa labor. Por ello, como era el patrón habitual de la Cuenca de la primera mitad del siglo anterior, se daba más tiempo para crear poesía en medio de sus actividades como abogado y juez.

En su domicilio de la ciudadela Tomebamba, en una tarde ventosa de julio de 2006, y pocas semanas antes de su partida física de este mundo, me recibe junto con su esposa y su hija, para iniciar un diálogo que le permitiera remontarse al pasado y rememorar distintas facetas de su larga existencia.

RAO: ¿Cuándo comenzó su labor poética, sus primeras creaciones?

Mi labor poética comenzó en el colegio “Juan Bautista Vázquez” de Azogues, a mediados del primer año. Aunque toda mi familia es cuencana, yo nací en Azogues.

¿Y las primeras publicaciones?

Mis primeras publicaciones aparecen cuando empiezan a salir los cuadernos de poesía del grupo Elan, con el “Cuchuchito” Jara, Eugenio Moreno, Jacinto Cordero…

A usted se lo consideró siempre un poeta vanguardista…

Y lo sigo siendo…

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¿Qué influencias lo llevaron a ese tipo de vanguardia, de búsqueda e innovación poética que caracterizaron su obra?

Yo era uno de los más apasionados lectores de García Lorca y de los poetas de su generación. Después llegaron los extranjeros, simpatizantes apasionados del grupo de García Lorca, como Manuel Portales Ojeda.

Hablemos de sus libros, de sus poemas y relatos. ¿Cuál de ellos es el de más grata memoria para usted?

Bueno, de mis relatos el primero y el que se ha considerado siempre como un estandarte ha sido El callejón de los eucaliptos, que es un cuento lírico sobre mi infancia en Biblián. También el Poema al Hermano Miguel, que ha sido traducido a diferentes idiomas, entre ellos al polaco. Y la Elegía al presidente Kennedy.

La conversación se vuelve difícil por las traiciones inevitables de la memoria, y por el enfisema que aqueja a sus pulmones, pese a lo cual se da mañas para convencer a la esposa de que le permita fumar un cigarrillo; sin embargo, no pierde el humor que caracterizó su personalidad. Así, por ejemplo, recuerda que alguna vez se lo llamó “el mago de la metáfora”: “Así me llamaban, y total que no puedo doblar ni un pañuelo…”, dice mientras ríe.

Pese a que trató temas como el Hermano Miguel o Mariana de Jesús, Azucena de Quito, la suya no es una poesía religiosa…

No lo ha sido, y yo tampoco he sido muy simpatizante con lo religioso. Sin embargo mi posición religiosa, personal, ha sido cristiana católica, y jamás me salí de esa línea que me dejaron mis padres, mis abuelos, mi tío Víctor José Cuesta, con la Sociedad Obrera La Salle.

Nacido en el seno de una familia culta y religiosa, evoca a personajes como su tío Juan María Cuesta, un sacerdote destacado que tenía dotes de predicador. Víctor José Cuesta, quien también era un gran orador. Su padre, Ricardo Cuesta Vintimilla, quien fue juez en Azogues. Sus primos escritores Ramón Burbano Cuesta y Alfonso Cuesta y Cuesta, este último el gran narrador de la generación de los treinta, autor de Llegada de todos los trenes del mundo.

¿Cómo se vincula con el mundo judicial?

Yo me vinculé a la jurisprudencia desde el colegio. Estudié en la Universidad de Cuenca, y después trabajé en la Corte. Pero antes, en Bahía de Caráquez, fui oficial mayor de juzgado, Además también trabajé, en el mundo judicial, con mis compañeros del movimiento Elan.

En 1947 obtendrá el título de Licenciado en Derecho, y dos años más tarde el de Doctor en Jurisprudencia. Por muchos años se desempeña como juez en distintas localidades del país. Acerca de la justicia ecuatoriana hacia el años 2006, cuando sosteníamos esta charla, afirmaba: “Generalmente el pueblo ecuatoriano ha llegado a tener una idea de lo que es la justicia, y aunque ha aumentado la corrupción también ha aumentado la idea que el pueblo tiene de lo que es y debe ser el ejercicio de la justicia. En Manabí hice una buena labor, junto con Nicolás Castillo Uscocovich, un gran abogado, de quien conservo buenos recuerdos.” Al mismo tiempo dice estar de acuerdo con que se cambie a los jueces que han actuado mal en su desempeño.

Su esposa, Bertha Vicuña, afirma que pocas personas han ayudado a don Arturo en su vida. Luego de haberse destacado como poeta y como juez probo y honrado, los últimos años de su existencia transcurren en medio de una pobreza digna, que sin embargo da cuenta de lo poco que la sociedad cuencana sabe agradecer a quienes contribuyeron con ella, pese a que una calle lleva su nombre, igual que sucedió en su natal Azogues, donde también alguna arteria lleva el nombre de Arturo Cuesta. “Catorce o dieciséis años Ministro y no hizo dos reales; mejor les daba de comer a los indiecitos que laboraban por jornal”, recuerda ella.

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Entre esa difícil situación, de vez en cuando se acercaban personajes con la supuesta intención de ayudarlo, y le pedían originales de sus poemas para publicar en alguna recopilación. Doña Bertha recordaba que poco tiempo atrás un conocido sacerdote de la ciudad, que fungía también de prolífico escritor [o publicador, para decirlo con más exactitud] los visitó con esas intenciones, y se llevó algunos poemas que nunca devolvió.

En el año 2002, el Ministerio de Educación y Cultura le confirió la Presea al Mérito Cultural, aunque lo ideal hubiese sido que se le gestione una pensión vitalicia que le ayudara a vivir en esa época de su existencia con la dignidad que un hombre de su talle merecía, y a pocos días de que llegara a su 84 años de edad.

Revista El Observador No. 34, Agosto de 2006

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