El Ensayo como vínculo entre Periodismo y Literatura

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No suele considerarse a las notas informativas que aparecen en los diarios para las antologías periodísticas. No, al menos, aquellas con las cuales se informa de un hecho al lector. Por lo general, la práctica común ha sido, a la hora de editar una antología de este tipo, seleccionar los artículos de opinión que tal o cual autor publicó en las páginas de un diario, revista o periódico.

Desde luego, no todo artículo de opinión puede considerarse un ensayo o microensayo, ni todo ensayo puede ser catalogado como pieza literaria. Los criterios con los que se juzga aquello los proporcionan los académicos y críticos, pero es casi siempre el gran público el que determina si un escrito se salva del olvido.

Tampoco se recurre a argumentaciones como la calidad para ese proceso, pues a menudo son otros elementos los que intervienen. Así, en el caso que a continuación expongo, han sido la nostalgia, la emotividad, la vergüenza general que encuentra alivio y pronta disculpa cuando el sentimiento es de muchos, la curiosidad y la aceptación de un momento de ingenuidad colectiva, las consideraciones dominantes.

Un texto que jamás tuvo pretensiones literarias, pero que está lleno de jocosidad, ironía y mofa, ha transitado un buen trecho ya por los caminos que conducen a considerarlo un clásico del periodismo de opinión de factura morlaca. Dudo mucho que nuestro querido, admirado y recordado Edmundo Maldonado El Loco, hubiese coincidido en clasificar a La Noche de los Giles como el mejor de sus artículos de Pedro Páramo o Mauricio Babilonia, dos de sus más memorables seudónimos, pero el texto es todo un referente no solo de un capítulo de la historia local del que muchos preferirían no acordarse,  sino también del periodismo cuencano.

En la actualidad, parece haber un divorcio mayúsculo entre el mundo del periodismo y el de la literatura, por lo menos entre sus cultores. Los escritores suelen ver con desdén a los periodistas y sus escritos, y sabido es que los periodistas, o comunicadores como hoy prefieren llamarse, imbuidos de una profunda vanidad ven también por encima del hombro a los escritores, salvo que estos se llamen García Márquez, Vargas Llosa, Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Jorge Dávila o Eliécer Cárdenas.

Tiempo hubo en que escritor y periodista eran el mismo individuo, porque el periódico era, como hemos dicho, la mejor y más rápida manera de llegar al lector. La dicotomía actual se fue cocinando en las escuelas de comunicación, cuando la sociedad exigió periodistas a tiempo completo, que se ocupen de informar, y que en lo posible se eximieran de emitir opinión, criterio o comentario alguno, según era la corriente imperante. Para eso existían y continúan existiendo las páginas de opinión, en las que comparten columnas, codo a codo, periodistas, escritores y opinadores de las más diversas profesiones y procedencias.

Sobra decir que la calidad de la página editorial tiene, en consecuencia, desniveles abisales, como fácilmente puede constatarlo cualquier lector común de periódicos, al revisar los espacios de opinión de la prensa local.

Esa disparidad es un fenómeno que delata más bien cierto provincianismo en el manejo que de sus medios hacen los propietarios. Ellos deciden qué y quién publica en sus páginas, pues bien sabido es, entre los articulistas de opinión cuencanos, que aún se censura los artículos que por algún motivo no concuerdan con los principios del medio, es decir la ideología y los intereses de sus dueños. En otras palabras, no importa si tal persona escribe con la mínima decencia y dominio del idioma que debe tener para que sus textos merezcan publicarse, y ser presentados ante los lectores. Lo que importa es que diga las cosas medianamente bien, y, a menudo, que de esa manera se conserva la amistad entre articulista y propietario.

En 1828, poco antes de comenzar la era republicana, el periodismo arranca tardíamente en Cuenca, pero con fuerza y como una epidemia, con la llegada de la primera imprenta y la publicación de El Eco del Asuay por parte de Fray Vicente Solano. Como si hubiera que descontar el tiempo perdido por la tardía llegada de la imprenta, asumen una actitud periodística de inusitadas proporciones en relación con el tamaño de la urbe. Toda organización, liceo, academia y cofradía establece entre sus actividades prioritarias la construcción de un mausoleo y la publicación de un periódico, rememoraba Claudio Malo hace tres décadas en su ya célebre Antología de La Escoba.

Gran parte del siglo XIX cuencano, a nivel periodístico, estuvo signado por la presencia de Solano y su obra. El cura morlaco, dueño de una aguda inteligencia y una erudición envidiable, que no dudaba en utilizar como armas en sus frecuentes polémicas, disparaba dardos poderosos y auténticos proyectiles en que se convertían los epítetos e insultos que publicaba.

Tiempo después, en la época de transición entre los dos siglos, será Manuel J. Calle la nueva figura del periodismo azuayo, que se caracterizó en aquella época por haber sido combativo y polémico, como lo exigían las circunstancias políticas y sociales por las que el Ecuador atravesaba. No menos duro que el religioso a la hora de insultar también a sus enemigos. Así, tan preponderante e influyente parece haber sido la presencia de este escritor y su “periodismo de epítetos”, como lo calificara el historiador y catedrático cuencano Gabriel Cevallos García, que incluso reparó en la responsabilidad de sus escritos como leña que alimentó la hoguera bárbara en que perecieron los Alfaro: “Su pluma no estuvo al servicio de nadie, pero como periodista, quizá sin pensarlo o quererlo, estuvo aliado contra Alfaro con sus propios enemigos: el clero y el partido conservador”, dirá Cevallos. Para Elías Muñoz Vicuña, fue Calle quien creó el periodismo moderno en el Ecuador, y le dio sus características democráticas y combativas.

Antes de que la información desnuda comenzase a ganar espacio en las páginas de las distintas publicaciones, eran los artículos de opinión los que determinaban la calidad del periodista. Según ha señalado el maestro y vate Efraín Jara, antes que tierra de poetas Cuenca lo ha sido de periodistas. Junto con la proliferación de periódicos, diarios, libelos y panfletos de diversa índole, creados por cualquier motivo, se reprodujeron también los cultores de la profesión: hombres de letras, es decir escritores; artistas, abogados, obreros, maestros, estudiantes y diletantes de una gran cantidad de ocupaciones, escribientes que firmaban sus columnas fijas o eventuales con algún seudónimo.

Con las transformaciones urbanas y la llegada de avances tecnológicos como la radio y la televisión, Cuenca acrecienta su necesidad de información, y lentamente, casi sin ser advertida, verá disminuir la presencia de escritores en los periódicos. Ante las nuevas demandas de información, el acelerado crecimiento de la urbe y la exigente competencia de los medios nacionales, el periodista cuencano empieza a profesionalizarse y a formarse académicamente.

Las figuras vocacionales, aquellas que le dieran renombre nacional al periodismo local, pasan a formar parte del pasado, de una época superada. El nuevo periodista no es ya sinónimo de articulista, sino que va siendo identificado como el reportero de grabadora en mano, muchas veces anónimo para los lectores, o como el presentador de noticias por televisión.

Si establecemos una comparación con las épocas en que nombres como Fray Vicente Solano, Manuel J. Calle, Federico Proaño, José Peralta, Terán Zenteno, Saúl Tiberio Mora, Miguel Merchán Ochoa, Rubén Astudillo, César Andrade y Cordero, el mismo Edmundo Maldonado y tantos otros revistieran de gloria al periodismo de opinión cuencano, puede aseverarse que las últimas décadas han sido, salvo contadas excepciones, de crisis en ese género.

Desde una visión muy personal, este antiguo admirador de las crónicas y artículos del español Mariano José de Larra, del mexicano Marco Almazán y del guayaquileño Xavier Benedetti, si tuviese que salvar nombres para una antología del periodismo de opinión cuencano en este nuevo milenio, con una enorme dosis de subjetividad y arbitrariedad seleccionaría los microensayos de José Serrano González. Desde luego, esa es solo mi opinión.

En esencia, creo que la posteridad guardará páginas gloriosas del periodismo local, pero gran parte de aquel material serán los artículos y ensayos de algunas de las plumas mencionadas. El periodismo informativo no se salvará del paso del tiempo y su destrucción, salvo en casos memorables de crónicas y reportajes de periodistas formados bajo corrientes como el Nuevo Periodismo Iberoamericano, caracterizado por otra forma de abordar la información y narrarla. En este sentido ha sido un buen aporte el trabajo presentado por diferentes periodistas de Diario El Tiempo, sobre todo en la última década, pero sería necesario que esos trabajos se rescaten en alguna antología.

El artículo como ensayo

Escribir fue siempre un acto de desafío y rebeldía, de inconformidad con lo estatuido, con lo establecido; escribir, más allá de aquella etapa en la que todo adolescente suele hacerlo, movido por el anhelo de convertirse en poeta, escritor o periodista, con la reiteración dada por el ejercicio y la práctica deviene una suerte de puerta de ingreso hacia otra dimensión, hacia otra realidad, hacia universos poblados por demonios de todo tipo, reales o inventados, pero siempre alterados por la percepción y el tratamiento personal de quien ejerce la escritura.

Escribir, ya desde los años en que los adolescentes facturan versos de una manera tan prolífica que todo parece traducido al lenguaje peculiar del poema, o por lo menos de la versificación, hoy como entonces sigue siendo una catarsis por la que optan muy pocos al final. Es una suerte de competencia atlética en la que, con cada nueva generación, se inician miles, y a cuya meta suele llegar una ínfima cantidad de aquellos o aquellas.

Una minoría de seres extraños, hombres y mujeres, por lo general idealistas, soñadores, atraídos por expresiones humanas que resultan de profundo aburrimiento para el común de los jóvenes de siempre, se va definiendo y resaltando entre los demás, aunque en ocasiones también parezca irse aislando.

En momentos como los actuales, signados por la paradoja surgida de una sobreabundancia de información y una galopante ignorancia colectiva, sobre todo en los jóvenes, ese ejercicio solitario es reivindicación de inconformidad. El libro, la revista, el diario, como extensiones del pensamiento, según dijera ese gran argentino universal que fue y continuará siendo por los siglos Jorge Luis Borges [cima y paradigma del escritor que nuestra generación X aprendió a leer y reverenciar en la adolescencia, agridulcemente a raíz de su deceso], deben mantener esa condición de vehículos de la palabra y las ideas humanas, deben servir de medios de difusión de aquellas ideas entre todas las culturas, pues solo así podremos avanzar en este viaje cósmico sin perder el rumbo, sin extraviarnos ni quedar sepultados bajo la avalancha incontenible de la información y las imágenes.

Bibliófagos, devoradores insaciables de libros de poesía, relatos y novelas, aquellos seres suelen avanzar por la vida como abstraídos de ella, como si fuera lo más simple saltar los portones que flanquean el paso entre el mundo de la realidad, más sorprendente que la ficción, según reza el lugar común, y los mundos otros inventados, soñados, mejorados o alterados por esa condición de dioses creadores que confiere el uso de la palabra.

De ahí a la elección de cuál será el modus vivendi que defina el rumbo de su vida, y también la calidad de ésta, suele haber un paso pequeño pero decisivo y contundente. Alguno se convertirá en poeta, otro en narrador, o en ambas cosas; y no faltará quien opte por el periodismo, aunque navegar entre las aguas de cada uno de estos océanos puede llegar a ser habitual. Raro es el periodista que no lleva un escritor dentro de sí, y también lo es viceversa, aunque no todo texto publicado en un periódico puede llegar a ser asumido como literatura.

Lo importante es la búsqueda constante del dominio sobre la palabra como medio de expresión, potestad que no es alcanzada por todos ni por muchos, sino por una reducida minoría, pese a que en urbes donde el inconsciente colectivo asume que ver la luz en su suelo implica haber nacido poeta, periodista o escritor, todo mundo pretende y cree que semejantes oficios no solamente los domina sino que, por extensión, resultan demasiado fáciles.

Una de las consecuencias es que aquellas ocupaciones no suelen asumirse como tales en la sociedad, sino, por el contrario, como tareas gratuitas de gente desocupada. A partir de esa óptica, tampoco son ocupaciones o profesiones altamente remuneradas como sí lo son las de médico, abogado o mecánico, para hablar de las más comunes, sin referirnos a otras de innegables réditos de opulencia y poder, como las de banqueros o dueños de medios de información, que por fortuna para la sociedad ecuatoriana hoy están siendo cuestionadas, revisadas y reguladas desde la perspectiva ciudadana.

Antes de contar con ese nuevo medio de información y comunicación que es internet,  entre el libro, la revista y el periódico, solía ser este último uno de los espacios predilectos para la difusión del pensamiento. El ensayo, al saltar de las páginas de los libros a las de los periódicos, encontró un medio más rápido y masivo de llegar a los lectores, aunque en sus orígenes aquella pretensión sólo podría implicar que se llegase a quienes tenían la posibilidad de leer, es decir contarse entre los letrados, que eran también una minoría.

El espacio reducido será, sin embargo, una de sus limitaciones, y por lo tanto definirá también el contenido, el estilo y la extensión de lo que a partir de entonces podría considerarse el ensayo periodístico.

Si pudiera definirse al ensayo con un sinónimo, aquel sería la palabra libertad; si pudiera dársele un solo calificativo, aquel sería el de libre. Eso es, sobre todo, el ensayo: un discurrir del pensamiento en libertad, que el autor adapta a su muy particular modo de expresión, a su muy peculiar cosmovisión, a su interpretación del mundo y cuanto en él acontece.

Mas resulta que de él se han dado tantas definiciones y concepciones, que sería una tarea vana la de darse a unificarlas en una sola. En esencia, ensayo es libertad. Esa condición, no obstante, sobra decir que debe estar respaldada por la rigurosidad con la que se maneje el lenguaje, lo que a su vez definirá las fronteras entre periodismo y literatura, su vigencia o su rápido difuminarse en los anaqueles polvorientos del olvido.

José Serrano González: “EL AMOR ES LO MÁS ESENCIAL DE LA VIDA”

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Conocí a José Serrano González hacia mediados de los años noventa, cuando él era ya un intelectual reconocido, catedrático de larga data, escritor riguroso, de alta calidad, aunque de pocas publicaciones, y destacado juez de lo Penal en la provincia del Azuay.

Por entonces ambos manteníamos columnas de opinión en sendos diarios de la capital morlaca, lo cual nos haría coincidir en innumerables presentaciones de libros o de exposiciones artísticas, conferencias y todo tipo de acontecimientos culturales. Nació y se fue cultivando así una amistad cada vez más afianzada por largas horas de conversación sobre los más variados temas, pero especialmente sobre libros, su más grande pasión entre las cosas producidas por los seres humanos.

Su columna de opinión en diario El Tiempo la mantuvo hasta el último de los días, literalmente, pues su último artículo, titulado “El Muro”, se publicó el viernes 05 de julio de 2013, al día siguiente de su deceso. En ese breve ensayo, consciente de la proximidad de la hora final, el doctor Serrano revela su descubrimiento de la dimensión e importancia de la palabra para la vida y para la muerte de los seres humanos: “La palabra es un don supremo que el azar evolutivo nos ha otorgado. Gracias a ella nos libramos de la estricta animalidad y podemos razonar y formular ideas. Hablar es la primera necesidad del ser humano; por eso, quien no sabe hacerlo llora o grita”, expresa con lucidez una de las más preclaras inteligencias que ha tenido el Ecuador de las últimas décadas, en un artículo que es a la vez despedida de la vida, reafirmación de una filosofía personal, y legado para las nuevas generaciones.

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Nacido en Cuenca en el año 1942, fue hijo del abogado José Luis Serrano González, y desde los cinco años de edad vivió en Azogues, debido a que su padre obtuvo el cargo de juez en esa ciudad. En Azogues estudió hasta el primer año de colegio, que lo cursó en el “Juan Bautista Vázquez”, para luego trasladarse nuevamente a Cuenca, donde el siguiente periodo lo cursará en el “Benigno Malo”. Desde entonces estuvo permanentemente ligado a Azogues y el Cañar, donde conservó grandes amistades a través de los años, tanto en el ámbito cultural como en el jurídico.

En Azogues ejerció la profesión de abogado durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura, que años después presidirá: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien Pepe Serrano afirmaba que era sabio y tímido).

Por aquellos años salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los años noventa, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a Azogues hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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La familia de José Serrano González, en el homenaje póstumo que le rindió la Casa de la Cultura, Núcleo del Cañar, del cual fue presidente.

Pese a haber tenido un sobrio y prolífico talento como escritor, publicó muy poco, la mayoría textos de opinión en páginas de diarios y revistas. Fue siempre reacio a publicar, sobre todo en Cuenca, donde afirmaba que publicar incluso en los días actuales significa permanecer inédito a nivel del país. Escribió obras de prosa, ensayo, y una novela titulada “Roca dura”, que tampoco publicó.

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Fue prologuista de una extensa lista de publicaciones, sobre las que reconocía que quizá pueda haber pecado de generoso. Pensaba que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y actual Ministro del Interior; Jorge Luis, quien ha tenido un desempeño destacado al frente del Consejo Nacional de Cine y luego como Viceministro de Cultura; Juan Antonio, comunicador social y fotógrafo independiente, asesinado en el año 2012 en un confuso incidente; y Francisco Javier, ingeniero agropecuario.

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“A través de la palabra llegamos y nos vamos de este mundo. Cuando nos acercamos al final de la existencia nos damos cuenta de la aplastante realidad e importancia de las palabras para nuestra triste especie: son la vida después de la muerte, porque lo que hayamos dicho o escrito quedará como testimonio de nuestro paso por el mundo: las palabras detrás del muro reflejan nuestro ser, nos condicionan y representan desde el más allá”, fueron las últimas frases del último de sus artículos periodísticos. Una selección de aquellos textos, algunos de los cuales, en referencia a los amargos momentos que atravesó tras la muerte de su hijo, son desgarradores, se publicó poco tiempo antes de su partida bajo el título “La Vida y las Palabras”. Un año después, a través del sello editorial de la familia Serrano Salgado, se publicó de forma póstuma una nueva antología de sus escritos o micro-ensayos, como solía llamarles en ocasiones, esta vez titulada “La Montaña y la Llanura”. Ambas publicaciones reflejan no solo lo mejor del periodismo de opinión de factura cuencana en las últimas décadas, sino toda una filosofía de vida que deberíamos leer y releer para hacernos con una guía formada por las palabras y el pensamiento del formidable ser que fue Pepe Serrano.

Hombre que vivió la vida a plenitud y con deleite, saboreó sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. El último de los dolores, el asesinato de su hijo, fue demasiado para un padre que amó tanto a su familia, y lo fue sumiendo en la depresión y minando sus fuerzas para luchar por la vida frente a la enfermedad. Hace unos años se le detectó un linfoma, enfermedad que le hizo amar todavía más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales y materiales.

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Azogues, Cuenca, el Ecuador, perdieron uno de los intelectuales de mayor valía. Quienes le conocimos y tuvimos el privilegio de contarnos entre sus amigos, sentimos ese vacío frente al sinsentido de la muerte.En lo personal, le agradezco por esa cátedra de vida que fue siempre su palabra, su conversación, sus artículos, sus bromas, su permanente sentido del humor, sus ironías y provocaciones, así como su intolerancia a la falsedad y el engaño.

Pepe Serrano estaba plenamente de acuerdo con las palabras de Dante Alighieri, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. Esa es también una de sus lecciones, la de que el amor es lo que mueve el mundo, según me confesó al entrevistarlo hace unos años: “El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones”.