Aquí es Guapdondélig: otras visiones de Cuenca de los Andes

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Era el sueño de todo adolescente católico de cualquier provincia ecuatoriana, en el año 1985, llegar hasta la hermosa y mítica Cuenca para ver al Papa Juan Pablo II durante su visita a la capital azuaya. Cuenca era la ciudad que todos queríamos conocer entonces, después de Quito y Guayaquil, si no habías nacido en ninguna de esas tres urbes. Muchos lo lograron, vaya a saber gracias a qué circunstancias, y pudieron ser testigos y hasta protagonistas, de alguna manera, de aquel hito histórico para la comunidad en gran parte católica que es la población ecuatoriana, y, concretamente, la cuencana y azuaya.

Cuenca, como tercera ciudad de esta nación llamada Ecuador, ha sido siempre célebre entre el resto de los ecuatorianos. Por aquellos años convulsos de la década perdida, dos habían sido para la mayoría de nosotros las referencias más conocidas sobre la ciudad: la creencia oficial, transmitida en las aulas escolares, de que en Tomebamba nació el emperador Huayna-Cápac; y la visita a sus calles, parques e iglesia catedral, por parte del antiguo obrero polaco Karol Wojtyla, admirado personaje de mi era pre marxista-leninista y pre silviorodrigueciana, a los 15 años de edad.

El primero de los personajes, padre del último emperador inca, asesinado por las fuerzas españolas, fue perdiendo interés con el paso del tiempo, al crecer en admiración e importancia la cultura cañari. El segundo, desdibujándose hasta no ser más que el símbolo de una historia de horror y perversión que ha estado oculta a lo largo de una práctica religiosa que,  más que en la fe como tal, se ha basado en realidades paralelas como la superstición, la ignorancia, el poder, la opulencia y el capital, la doble moral, por no hablar de acciones vomitivas como la pedofilia, y todos los crímenes, abusos, felonías e ignominias que en su nombre se han cometido durante más de dos milenios ya.

Pero fue imposible, pese a todas las gestiones efectuadas para ello, viajar a Cuenca, y hubo que contentarse con lo que transmitían los canales de televisión, y los periódicos que todavía eran medios admirados, creíbles y respetados, en especial uno, con el que creció nuestra generación, por su posición ecologista y por su forma diferente de hacer periodismo: el capitalino y hoy extinto Hoy.

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Poco tiempo después, un día de aquel año de acontecimientos extraños y fundamentales, como la caída del Muro de Berlín o la sangrienta invasión a Panamá por parte de miles de marines gringos, me vi dentro de un bus con rumbo a Guayaquil, en cuya terminal terrestre, aquella bautizada con el nombre de otro héroe de la infancia y la adolescencia (aquel que siendo el mandatario más joven en la historia del país, se atrevería por primera vez a pronunciar palabras quichuas en un discurso de asunción presidencial), tomaría luego otro con rumbo a Santa Ana de los Ríos de Cuenca.

Por aquella época no había otra manera de llegar a Cuenca, desde la costa norte del Ecuador, que pasando por La Troncal. Esta ciudad, que de aspecto andino no tiene nada, es sin embargo jurisdicción de una de las tres provincias azuayas, la que hoy se conoce como del Cañar, y así como las poblaciones de Azogues y Cañar tienen cierta rivalidad por la reivindicación del derecho a ser la capital de esa provincia, de igual manera los troncaleños creen también tener derecho a serlo, por lo pujante de su economía y de su población, en buena medida de origen azuayo-cañarense pero con un acento ya fuertemente costeño.

Es solo al comenzar a subir la cordillera, cuando empieza a notarse lo andino y a sentir que se adentra uno por los confines del antiguo Azuay. De Cochancay en adelante, cualquier visitante atento y despierto tendrá la sensación de hallarse en una misma región, tanto en lo cultural como en lo concerniente a su naturaleza, aunque se halle en tierras de tres provincias hoy políticamente divididas, pese a haber conformado, desde épocas inmemoriales, un solo pueblo: Azuay, Cañar y Morona Santiago, las provincias azuayas, el antiguo Azuay.

Aunque en estos tiempos de excelentes vías nacionales parece increíble que no siempre fue así, de vieja data fue también el habitual mal estado de la carretera, agravado por las numerosas fallas geológicas por las que pasa el trazado, pero sobre todo por la indolencia y la falta de gestión de las autoridades locales y regionales. En el recorrido no solo va cambiando el paisaje, que se hace menos agreste, más irregular y montañoso, y, en algunos tramos, totalmente luminoso, mientras en otros angustiosamente neblinoso, como si se avanzase por en medio de las nubes. Cambia también el tipo de personas que se observa a lo largo del camino, sus rostros y tonos de piel, sus vestimentas llamativas de tonos rojizos, así como las formas y aspectos de sus viviendas, que de pronto ya no tienen hojas de zinc como techos, sino auténticas tejas rojizas, además de las paredes de adobe o bahareque, que en adelante serán la tónica de la mayoría de las casas de esta región, poco antes de que el influjo migratorio de miles de personas contribuya a cambiar de manera drástica el paisaje arquitectónico de toda una importante zona del país.

El bus solía detenerse a recoger en la vía a quien así lo pidiera, para trasladarse a Suscal, Zhud, El Tambo o Cañar, a Ingapirca, Biblián o Azogues, o a cualquiera de los numerosos puntos intermedios. Era una fascinación mayúscula la que atrapaba al viajero costeño, por primera vez a punto de experimentar por dentro la fascinación por una auténtica cultura andina, que habitaba y reinventaba cada día la vida con toda la fuerza de su proverbial peculiaridad humano-espacial.

Muchos de estos habitantes, llamados cañaris, subían y bajaban durante el trayecto, que luego repetiría en varias ocasiones, en las idas y venidas flanqueando las puertas (alguna vez existentes entre todas las provincias del Ecuador) de dos mundos prácticamente opuestos y, a la vez, complementarios. Tan radicalmente diferentes en el tipo de territorio sobre los que se asientan sus moradores y el clima correspondiente, como en la forma de hablar y vivir, de ver el entorno mismo y el horizonte formado por la visión del tiempo conjugándose sobre las infinitas formas del espacio.

Parte fundamental de la cultura, lo gastronómico aparecía de forma brusca en diferentes orillas del camino, en la enormidad de los cerdos muertos que se exhibían en diferentes puntos, dentro y fuera de los centros urbanos. Una práctica habitual de los viajeros es detenerse ante estos locales, y bajar a devorar, a veces en grandes grupos, partes del animal cuya lenta desaparición comienza a gestarse conforme aumenta el número de hambrientos viajeros, a quienes su visión despierta profundas sensaciones de antiquísima necesidad de supervivencia.

La otra práctica culinaria de masiva aceptación social, la de criar conejillos de indias para sacrificarlos y comerlos, es vista por las sociedades de la región litoral con gran interés, con muestras frecuentes y repetitivas, sobre todo de quienes viajan de visita a las provincias referidas y a la mayoría del territorio interandino ecuatoriano, de asombro, curiosidad, atrevimiento, y no pocas veces también de repulsión, porque algunos costeños creen que no se trata de cuyes sino de ratas. Extranjeros, en cambio, mejor conocidos en el entorno latinoamericano como gringos, muestran reacciones de reprobación, resignación y tristeza, porque en su cultura el cuy es un animal adoptado como mascota de las familias; es decir, jamás pensarían en ingerir la carne de un amigo, y mucho menos de un miembro de la familia.

En suma, una simple cuestión de postura frente a nuestra innegable condición de zoófagos con preferencias diferentes: mientras en las sociedades andinas son ingeridos cada día cadáveres de reses, cerdos, pollos, cuyes o conejillos de indias, conejos, borregos y truchas, y en algunos casos hasta compañeros equinos y caninos, en las de los territorios “bajos” y “calientes” en las yungas, también se ingiere la carne de las reses y los cochinos, de las cabras y los pollos, de los patos y los pavos, de los pescados y mariscos, además de ciertas otras especies como las guantas y tatabras, las serpientes y las iguanas.

En la parte final del recorrido sinuoso, y a veces tortuoso, mientras los jóvenes alemanes destruyen por ambos lados el muro de Berlín, a miles de kilómetros de distancia, en una plaza adoquinada y polvorienta, donde están estacionados muchos buses viejos y destartalados, se sube una joven mestiza, de mejillas sonrosadas y voz melodiosa y graciosa, a ofrecer “¡úuuvas, péeeras, máaaanzaanas…!”. Azogues marcaba lo último del viaje, antes de llegar a la capital del territorio, a la antigua y siempre joven Cuenca de los Andes, atravesando la vieja, sinuosa y maltratada carretera Panamericana.

 

***

En 1989 la terminal terrestre servía a la ciudad, y por entonces también eran ya, sus alrededores, lugares peligrosos donde no resultaba difícil ser asaltado. Alguna vez, mucho tiempo después, murió apuñalado un adolescente del colegio “Manuel J. Calle”, por resistirse a que le roben el teléfono, y en años sucesivos han ido aumentando en frecuencia las muertes violentas, incluidas prácticas hasta hace poco aún consideradas como propias de otras realidades, como la del sicariato.

En aquella época en que nadie tenía idea de lo que era un teléfono celular, y cualquiera que pudiese hablar ya de internet podría haber sido considerado como un excéntrico soñador, el viajero llega a Cuenca y simplemente no sabe a dónde dirigirse. Guiado por algún instinto de orientación urbana llega hasta el sector conocido como la Chola Cuencana, llamado así porque en ese lugar de intercambio de vías compartían una extraña vecindad dos estatuas: la de una chola cuencana con rasgos medio europeos, y la de un conquistador español en rígida postura. Parece que de vez en cuando alguno que otro beodo creyó ser testigo de que por las noches el Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, mirando hacia la avenida España, dejaba la rigidez que lo caracterizaba por el día, y raudo se colocaba junto a la Chola que le daba la espalda, para continuar hasta el infinito el ardoroso mestizaje iniciado en el siglo XVI.

Algunas cuadras más allá, por la avenida Huayna Cápac, el visitante toma la calle Presidente Córdova, atraído por una suerte de pasaje colgante que se observa desde lejos, donde tiempo después sabría que funcionaba la biblioteca de la Casa de la Cultura del Azuay, sin imaginar que media vida más tarde será el escenario en que presente uno de sus libros, precisamente la recopilación testimonial de más de un cuarto de siglo de romance interminable, más de una vez renovado, con la mágica, bella e intensa Cuenca de los Andes.

Una de las calles que llaman su atención, la Vargas Machuca, milagrosamente le conduce a la residencia universitaria, regida por monjas, donde a la sazón está alojada la musa de sus poemas, la Dulcinea del Toboso de sus sueños de adolescente. Y, poco después, a buscar alojamiento en un hotel.

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La prensa local de aquellos años estaba representada por El Mercurio, matutino de larga tradición y preferencia entre los cuencanos; El Tiempo, vespertino tabloide también tradicional ya para entonces; y Austral, un matutino de reciente circulación que no tuvo mayor vida como periódico. A nivel de televisión, un canal católico, más aburrido que conferencia después de una farra nocturna; y, en cuestión de radio, algunas emisoras interesantes, entre ellas Tomebamba como la más popular y escuchada, y radio Bolívar, esta última por el tipo de música que ofrecía: andina, protesta, nueva canción latinoamericana. Pocos años más tarde aparecería Telerama, inicialmente anunciado como canal cultural, y poco a poco convertido en medio comercial; y, tiempo después, Unsión Televisión, cuyos contenidos varían entre lo cultural y lo religioso.

Lo primero: buscar un alojamiento más o menos permanente, barato y seguro. Para ello nada mejor que los anuncios clasificados de El Mercurio, que le llevarían a una casa de la calle Juan Jaramillo, en donde al parecer, según reza una placa que aún sigue colocada en su parte frontal, vivió el polémico sacerdote e historiador ecuatoriano Federico González Suárez.

Aparecer por entonces en Cuenca, con otro tono de piel y hablando con acento de “mono”, es decir costeño, era como llegar de ilegal a otro país. No importaba que fueras ecuatoriano, sino que no hablabas igual y, para colmo, con acento que delataba ya cualquiera de tus crímenes. “Así que de la ciudad de Esmeraldas… mmm… ¿pero no es negrito, no? Jiji jiji… Bueno, bueno… el cuarto está disponible, sí, pero usted sabe, se trata de una casa de familia… las buenas costumbres, la seguridad… Yo se lo arriendo pero necesito una carta de referencia…”

A buscar entonces una carta de referencia en la españolísima Santa Ana de los Ríos de Cuenca. Con tantos amigos, conocidos y familiares que debe creer la dichosa señora que el recién llegado, o sea yo, tenía en la ciudad, tendría para llenar una carpeta de referencias y recomendaciones. Había oído o leído que el presidente de la Casa de la Cultura en el Azuay era Eliécer Cárdenas, el autor de “Polvo y Ceniza”, militante además del Partido Comunista, es decir, camarada. Así que esa sería la solución.

Rumbo al centro de la cultura azuaya para solicitar, sin más ni más, una carta de referencia. El Presidente de la institución no estaba, pero una joven muy delgada, haciendo uso y gala de ese acento cantado cuya melodía aprendería con el paso del tiempo a distinguir en sus tonos y flexiones, con suma amabilidad extendió un salvoconducto, es decir un certificado en papel membretado de la institución, pidiendo a quien lo leyera que no se desconfiare de estos jóvenes esmeraldeños, miembros de una familia honorable de aquella costeña y lejana provincia hermana, pues también forma parte de la República. Se refería a los “jóvenes” porque a la sazón también un hermano del autor de estas líneas intentaba secundarle en esto de buscar residencia en tierras altas y frías. Pero más pudieron los fríos y otros factores sensoriales, que terminaron actuando como repelentes y lo afincaron en la cálida, populosa y voluminosa Guayaquil.

Con el salvoconducto en la mano, que por entonces era más importante que lo que llegó a ser, años después, la visa estadounidense pegada en el pasaporte, sentía como si me estuviera dirigiendo a la oficina de extranjería de esa ciudad tan extraña que era Cuenca. Al golpear las puertas de la casa de Monseñor don Federico, la señora dueña de casa esta vez ni siquiera salió, sino que envió a una niña de trenzas y follón a decir, en un español mucho más sesgado, que yastárrshendado el cuarto.

Al pasar el tiempo aprendería a sortear esas muestras de cariño xenofóbico. Es más, con el paso de los años fue llegando tanta gente procedente de otras latitudes, que los cuencanos se volvieron menos quisquillosos y desconfiados a la hora de arrendar. Por el contrario, fue aumentando en forma considerable la oferta de cuartos, departamentos y casas de arriendo, hasta ser la expresión de un nuevo proceso de repoblamiento de la ciudad, además de fuente de ingresos de numerosas familias cuencanas, y con precios cada vez más altos. Las preferencias, desde luego, se mantienen a favor de los extranjeros, siempre que no sean ni colombianos ni peruanos, a quienes se toma no como tales sino como incómodos vecinos.

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Iglesia de Santo Domingo

En cierta época, se sabe, las familias cuencanas tradicionales habitaban el Centro Histórico, y los alrededores de la ciudad eran los espacios de esparcimiento, el campo, donde estaban las fincas y haciendas. La expansión urbana fue haciendo que otras zonas fueran ocupadas como residencia, con lo que aparecieron nuevos barrios y ciudadelas, cada vez más alejados del Centro. Las viejas casas comenzaron a servir como tiendas, almacenes y bodegas, y como viviendas de familias menos pudientes, muchas en verdad pobres y procedentes de las zonas rurales o de otras provincias, y, desde que comenzó la dolarización decretada por Jamil Mahuad al comenzar el nuevo milenio, también de países vecinos.

Conseguí una fría habitación en una vetusta casa de la calle Benigno Malo, que me llamó la atención por las columnas romanas que flanqueaban su puerta, y que la diferenciaban del resto de casas de la zona. Pese a ello más de una vez, en mi despiste, tuve que regresar desde la esquina para buscar el ingreso, pues por entonces la mayoría de las residencias del Centro Histórico me parecían iguales, como forjadas bajo un concepto unificador, sin diferencias. Pero era solo una impresión inicial, breve, derivada con seguridad de haber vivido en otras realidades espacio-temporales, y, por ende, también culturales y arquitectónicas.

El trayecto entre la universidad y la residencia tenía un desvío, hacia la casa de una familia cuencana más bien de escasos recursos, cuyo trato era muy amable y cariñoso, y que intentaba ayudarse dándole de comer a estudiantes universitarios venidos de otras provincias. Entre esos dos lugares mediaba obligadamente un colegio de ninfas que parecían haber salido de algún paraje paradisiaco, reunidas todas como en convite de himeneos. Calculando más o menos la hora de salida, terminaba de comer y emprendía la ruta de retorno al dormitorio, caminando lentamente y cautivado e idiotizado por tanta morlaca hermosa, cada una más divina que la otra, y más pretensiosa que la otra. Pero eso no importaba. La dicha era abrirse paso entre ellas, mirar de cerca sus bellos rostros, oír ese canto esdrújulo de su castellano mestizo de cañari, quichua e inglés, que era una música auténtica para los oídos. Recuerdo particularmente a una niña de cabello rojo y muchas pecas, de una belleza peculiar, diferente, que descollaba entre el resto de ninfas. Hoy debe ser alguna señora de la clase alta local, bien casada con alguien del mismo círculo, cumplidora de los preceptos religiosos, familiares y sociales entre los que creció y vivió, o residente privilegiada de algún país europeo.

En ese mismo colegio, lo sabía porque fue todo un acontecimiento nacional, unos pocos años atrás otra de esas lindas niñas de clase alta cuencana amaneció un día diciendo que la Virgen se le había aparecido, y la había elegido como medio  para expresar su mensaje a la humanidad…

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Al comienzo cuesta un poco adaptarse a la forma de hablar de los compañeros de aula, pero sobre todo a la de algunos profesores. Los tonos del canto cuencano tienen matices diferentes según la clase social a la que se pertenece, el lugar en el que se ha estudiado, y hasta el sector donde se ha vivido, sea éste urbano o rural. A la vez, a algunos les cuesta también entender al “mono”, por lo que es necesario ceder un poco en el ritmo de articulación de las palabras, para dejarse entender, o recurrir de vez en cuando, para ganar simpatía, a alguna compañera lojana que hiciese de traductora, convencida ella de que su dicción y vocabulario eran mejores que los de sus equivocados interlocutores.

Es necesario aprender algunos términos y expresiones que forman parte del vocabulario cotidiano de la población, y que son a veces arcaísmos, pero sobre todo quichuismos y remotos ecos de la primera lengua que se habló sobre este territorio, la lengua cañari: “mucha”, por beso, que aprendí cuando se me dijo que el premio de una buena acción sería eso, y nadie quiso decirme qué era hasta que recibí, vaya sorpresa, el beso que me estampó una hermosa compañera universitaria; “amarcar”, por cargar; “guagcharito”, por huérfano; “china” y “maría”, por empleada doméstica; “taroso”, por demasiado joven e inexperto; “chispo” y “chispín”, por borracho y beodo; “suco” y “suquita”, por rubio y rubia (con cariño); “cuzni”, más bien con desprecio, a todo aquel cuya piel es morena, sin ser de origen afro; “ñuto” y “piti”, por pequeño; y hasta neologismos como “chendo”, que tiene cerca de tres décadas usándose por parte de las generaciones más jóvenes, como forma de decir que alguna afirmación es falsa. Al parecer es un apócope que proviene de la expresión “diciendo nomás”; “diciendo” fue convirtiéndose en “dichiendo”, “dichendo”, “de chendo”, hasta llegar a “cheeeendo”, con la “e” alargada por un par de segundos, que inclusive los extranjeros no hispanos aprenden en sus conversaciones de español cuando llegan a Cuenca. He oído decir la palabra a franceses, ingleses, alemanes, suizos, gringos y hasta coreanos, y a una buena cantidad de hispanos, como colombianos, argentinos, chilenos, cubanos, costarricenses, peruanos y mexicanos.

Así como a lo largo de estas décadas se fue disgregando la sociedad azuaya, hasta volverse la primera región del Ecuador exportadora de capital humano, ya no únicamente a la región litoral del país, sino cada vez en mayor número, por miles, hacia los Estados Unidos, del mismo modo durante todo ese lapso fueron arribando a la ciudad miles de extranjeros, de las más diversas nacionalidades.

Muchos vinieron por unos días, por unas semanas o meses, por algunos años inclusive, y otra gran cantidad de ellos también decidió establecerse aquí, inclusive antes de que la ciudad adquiriese, a través de su centro histórico, la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 1999.

Después de aquel acontecimiento, y también después de las dos participaciones consecutivas de la selección nacional de fútbol del Ecuador en sendos campeonatos mundiales, el número de visitantes ha crecido, así como el de extranjeros que deciden radicarse en Cuenca.

Hacia comienzos de los años noventa, sin embargo, no es mayor el número de turistas extranjeros. La ciudad conserva aún mucho del ambiente que la caracterizó durante los años ochentas. Es más provinciana, es inclusive bucólica a poquísimos minutos del centro histórico, pues no resulta raro encontrarse con alguna chola cuencana tirando de una soga a la que va atada una tremenda vaca, además de que proliferan aún las cholas lavando ropa a orillas del río Tomebamba.

El sistema de transporte urbano es caótico, con diferentes tipos de automotores, desde pequeñas busetas hasta enormes buses, la mayoría viejísimos, en los que durante las horas pico se aglomeran como sardinas en lata decenas de pasajeros, desesperados por no quedarse sin transporte para ir a las diferentes parroquias cuencanas, que desde hace mucho son los pueblos dormitorios que rodean la ciudad.

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Por entonces eran acontecimientos de resonancia el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, organizado por la Facultad  de Filosofía de la Universidad de Cuenca, y la Bienal Internacional de Pintura, organizada por la Municipalidad y un comité elegido para el efecto. Ambas fiestas culturales de periodicidad bienal, tenían en verdad una resonancia local y nacional de gran magnitud. Recuerdo que aquel año estuvo caminando entre el público el entonces Presidente de la República, Rodrigo Borja Cevallos, en plena casa del Museo Municipal de Arte Moderno.

La Bienal catapultó a muchos de los entonces jóvenes pintores cuencanos y azuayos, que de otra manera hubiesen tenido que recorrer un camino aún más arduo del que les tocó transitar bajo su égida. Pese a las críticas de siempre, sobre todo procedentes de centros urbanos donde se continúa pensando que deben ser las ciudades sede del certamen, fue a lo largo del tiempo un importante punto de apoyo para los artistas cuencanos y ecuatorianos, y permitió que una buena parte de público tuviese acceso a las corrientes artísticas contemporáneas que se sucedían en el continente.

Entendiese o no el gran público cuencano el arte que se exhibía ante sus ojos, creo que ayudó a crear espectadores más exigentes con el tipo de arte que se les mostraba. Y aunque aún en este año 2016 posterior al del fin del mundo es posible ver, incluso en galerías pertenecientes a la ciudad, exposiciones de cuadros con paisajes, bodegones y retratos, creo que hubo también un público que se formó con la Bienal y fue madurando con ella, y que es cada vez más numeroso.

Hoy, desde luego, la Bienal ya no es ni de pintura ni es americana, y, aunque sigue siendo cuencana, el tipo de arte que ha optado por premiar y mostrar es bastante diferente a las obras bidimensionales que llegaban procedentes de numerosas naciones. Hoy el arte ha dejado de estar en los lienzos y ha pasado a verse y producirse en computadoras, proyecciones, instalaciones, happenings, arte conceptual en general que tampoco es que sea nuevo, pero que le ha permitido de alguna forma permanecer en el medio internacional como certamen artístico, y ganarse la adhesión de las nuevas generaciones

El Encuentro sobre Literatura ha sido también importante, pero su público se fue circunscribiendo a creadores, es decir escritores y poetas, y críticos y estudiantes de literatura, profesores y amantes de la escritura. En algún momento llegó a convertirse en una cita demasiado académica, con ponencias que no estaban al alcance del gran público lector, o del mediano lector ecuatoriano. Con el tiempo fue dejando unas memorias valiosas, que forman parte de la evolución de los estudios sobre literatura ecuatoriana y latinoamericana durante las últimas décadas, además de la oportunidad de que los lectores conocieran a iconos auténticos de la literatura regional como Roberto Fernández Retamar, Tomás Borge, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Enrique Adoum, Efraín Jara Idrovo.

Se dice que Gabriel García Márquez, viejo sueño de los hoy también viejos organizadores del Encuentro, pudo venir alguna vez, y hasta hubo un rector de la Universidad de Cuenca que le hizo, de manera personal, la invitación a participar en el Encuentro Nacional sobre Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla”, con sede en la españolísima ciudad Santa Ana de los Ríos de Cuenca del Ecuador. Invitación a la que, según se afirma, el deificado autor de “Cien Años de Soledad”, en gracioso y pretencioso acento colombiano le respondió con la frase lapidaria de que él no asistía a encuentros de pueblitos…

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El orgullo de los ciudadanos cuencanos, sus actitudes etnocentristas (eufemismo por racistas), cierto aire de superioridad, cierta sensación de que se procede de antepasados españoles, esa serie de prejuicios que forman parte importante de su cultura, no son fácilmente asimilados por quienes llegan desde otras partes del país y del mundo. Es como un rezago de la era colonial. Alguna vez escuché a un chileno decir que “esto más parece un pueblo que una ciudad”.

Bueno, sí, hay aspectos de la Cuenca provinciana que la hacen parecer un pueblo, como esas casas de la avenida Loja, con aspecto rural, que parecen haberse quedado atrapadas en otro tiempo, completamente invariables ante el paso de la modernidad, y a la vez que contrastan también complementan el paisaje urbano. Una de las actitudes que llaman la atención de los visitantes, es que en los espacios públicos se mira con evidente interés y total descaro a las demás personas, a los recién llegados, a los que lucen diferente, a todo aquel que parezca tener algo fuera de lo común.

Una amiga procedente de Corea del Sur, no lograba comprender cómo es que la gente de una ciudad pequeña como Cuenca, enclavada entre las montañas de un país pequeñito del tercer mundo con nombre de línea imaginaria, podía ser tan arrogantemente orgullosa y antipática.

Al parecer hay también en torno a este elemento muchos prejuicios. No son pocos los que creen que se es poeta por haber nacido en Cuenca. Lo cual es una suerte de secuela del pretencioso mito de la Atenas del Ecuador, tan atacado por unos como defendido y reivindicado por otros. Se cree que el poeta Efraín Jara Idrovo, intelectual y catedrático cuencano de enorme prestigio a nivel nacional, dijo alguna vez que no era “Atenas” sino “apenas” del Ecuador, frase con la que irritó las conciencias de buena cantidad de atenienses.

Con todo, durante la misma época en que el Papa visitaba Cuenca, los cuencanos protagonizaban uno de esos episodios de la historia local que preferirían no registrar jamás, conocido para la posteridad como “La Noche de los Giles”, gracias a la pluma de un personaje salido de Macondo para escribir en uno de los periódicos locales su acostumbrada columna cotidiana: Mauricio Babilonia. La noche en referencia, miles de personas habían terminado por creer que la catástrofe se avecinaba cuando se diera el terremoto anunciado ese día de boca en boca.

En un país de tan reducido territorio como el Ecuador, y con una diversidad cultural y regional tan marcada, no es extraño que los mitos, prejuicios y estigmas tengan una presencia fuerte en el imaginario popular. De los costeños se dice que son vagos y ladrones, mientras que de los serranos que son hipócritas y traicioneros, y quienes representan esta última creencia por antonomasia son los cuencanos. Entre la propia gente nacida en la ciudad se dice, sin embargo, que un cuencano no puede ver con felicidad el éxito de otro; o que en cuando alguien intente subir peldaños en la vida, llegará un momento en que no pueda subir más, y al ver hacia arriba qué se lo impide, verá a un cuencano sosteniéndole por los hombros.

Lo cierto es que, en ocasiones, la ciudad asume el espíritu de cuerpo, y no tolera críticas de ningún tipo, como ocurrió cuando una periodista enviada por “El Mercurio” de Chile, se atrevió a proferir aseveraciones poco agradables luego de su estadía en la ciudad. Paola Raffo visitó Cuenca con el fin de hacerse una idea periodística, que luego contaría a sus compatriotas, sobre la flamante ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Cuando al fin apareció la publicación, el reportaje llegó a manos del alcalde Cordero y sus asesores, en su versión electrónica. El burgomaestre salió en defensa de la agraviada urbe dirigiendo una carta al director del medio chileno, y participando la indignación que sentía a través de los medios cuencanos. Tras el episodio hubo algunas réplicas interesantes, unas mesuradas y otras, realmente desmedidas. Alguno, iracundo, hasta llegó a apostar en público que la periodista lo había “hecho posiblemente enajenada por el alcohol o alguna otra sustancia estimulante”.

El balance general del texto, pese a los bemoles que causaron la indignación y la polémica, era positivo. Cuenca, que por lo demás no necesita detractores ni defensores, salía airosa y quizá hasta habiendo ganado el curioso deseo de muchos paisanos de Camila Vallejo por conocerla. La ciudad no es ni tan poco como una rápida lectura de ciertas frases ambiguas del reportaje podría haber hecho creer, ni tan Atenas del Ecuador como muchos maestros morlacos continúan enseñando en las escuelas a miles de pequeños futuros atenienses. Es simplemente Cuenca de los Andes, un sitio especial y único con la grandeza del trabajo de su gente, y también con los escollos superables que cualquier urbe en desarrollo afronta.

 En las alturas de Cuenca, Ecuador, como se tituló al texto de la discordia, no era más que el resultado obvio de que la urbe morlaca, o por lo menos su centro histórico, dejó de pertenecerles exclusivamente a los cuencanos el 1 de diciembre de 1999. Desde entonces, aunque suene ya a pomposo pero desgastado lugar común, es Patrimonio de la Humanidad. Ello implica no solo el afán de conocerla que atrae a muchísimos extranjeros y nacionales que la visitan cada día, sino también su derecho justificado a reclamar, en boca de sus representantes, ante cualquier acción, postura o circunstancia que afecte ese patrimonio. En ese empeño pueden y deben aparecer quienes, lejos de continuar la tradicional retahíla de adulones superficiales de dentro y fuera de casa, reparen en defectos que quizá sean imperceptibles entre sus habitantes, v.g. ese inexplicable y horroroso hábito callejero de hacer tiro al blanco con las poderosas glándulas salivares, señalado por la casi non grata Paola Raffo.

Despertar un día con la noticia de que se ha sido objeto de reconocimiento por parte de la memoria colectiva mundial, del patrimonio cultural de la humanidad, sí es como para embriagar a cualquiera, individuo o colectividad. Lo importante, luego de superar la resaca, es despertarse con buen talante y aprender a vivir con esa responsabilidad. Asumirla no es solo creer bajo sospecha que la arquitectura cuencana es colonial, y que por eso y por su condición de ingenuo clon literario de la Atenas verdadera se la incluyó en la lista de la Unesco. Dos falacias que no acaban de desmentirse. En eso falta mucho, demasiado por hacer.

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Un cuarto de siglo después, Cuenca de los Andes ha crecido de manera vertiginosa, al punto de que la ciudad empezó a invadir las zonas rurales, aquellas dedicadas a la agricultura, como la parroquia San Joaquín, y también las lomas y cerros con imparable agresividad. Un cuarto de siglo después Cuenca está llena de seres procedentes no solo de las diferentes provincias ecuatorianas, sino de todos los puntos del planeta, atraídos por ese prestigio de ciudad para vivir, y por esa condición de urbe que custodia un centro cultural que es patrimonio cultural de la humanidad, y que por ese motivo se ve invadido de tal manera, porque todos, en especial los extranjeros con suficientes recursos como para permitírselo, un pedazo de ese patrimonio para vivir entre él, con él o sobre él.

De manera lenta los extranjeros comienzan a mimetizarse entre la población local, y a influir en ella no solo en el incremento inflacionario de alimentos y vivienda, sino también a nivel cultural, con la presencia de sus costumbres y culturas, de sus hábitos y formas de vida.

A lo largo de un cuarto de siglo se fue transformando en otra la ciudad aún franciscana del año 1989, la que veía transitar los carros azules de la policía por sus calles, la de Patricia Tálbot y el diario Austral, de Rosalía Arteaga, el Moncho Luis Alberto Luna Tobar, la del paso a desnivel por la avenida Huayna Cápac que solo usaban delincuentes y transeúntes necesitados de baños higiénicos; la del alcalde Piedra y radio Tomebamba; la del Corcho Cordero y el cambio rotundo en la fisonomía del Centro Histórico; la de Jefferson Pérez y tantos excelentes deportistas; la del Parque de la Madre antes de que también fuese cambiado, incluido su antiguo y vetusto planetario; la del edificio de la Cámara de Industrias que enorgulleció a algunos y fastidió a otros, sobre todo aquellos que desde el Centro Histórico veían la parte moderna de la ciudad, y de pronto solo tenían ante sí una construcción de ladrillo, cemento y vidrio; la de los jóvenes gays del Manzanito que fueron arrestados y ultrajados en una cárcel cuencana bajo instigación policial; la de aquellos jóvenes que bajaban en canoa por el Tomebamba sin esperar que de un rato a otro éste se convirtiera en Julián Matadero, y los arrastrase a la muerte, igual que hizo años más tarde con Emmanuel el locutor, y con cientos, quizá miles de personas a lo largo de su historia milenaria; la Cuenca del zhumir pecho amarillo, que corre tanto como los cuatro ríos morlacos; la de media docena de universidades, cada una mejor o peor que la otra, cada una más prestigiosa o más escolar que la otra, pero cada una formadora de nuevos profesionales, unos mejores o más mediocres que otros, que de todo da la mata; la Cuenca que un día escuchó un estruendo procedente del Cajas, que la mayoría recuerda aún pero que nadie supo nunca cuál fue su origen, y solo quedó la especulación en torno a meteoritos y objetos voladores no identificados; la Cuenca que el 1 de diciembre de 1999 celebró con júbilo y orgullo la inclusión de su centro histórico en la lista del patrimonio mundial, sin saber muy de qué iba aquello ni en qué exactamente se estaba metiendo; la Cuenca que cada año en vísperas de noviembre elige a su reina de belleza de entre las más lindas niñas blanco-mestizas de la localidad, de apellidos sonoramente hispanos y europeos, que no dejen duda alguna de la alcurnia o, por lo menos, de una ascendencia sin mayores mezclas indígenas o, peor aún, afro. La Cuenca que no se atreve a organizar un certamen en que todas las mujeres cuencanas estén representadas, pues para eso tiene cada una de sus castas un concurso especial: las cholas, las señoritas de los barrios, las quinceañeras, cada una en su nivel y sitio, por no decir en su casta.

La Cuenca que hoy pugna entre varios grupos por enfrentar su futuro mediante una manzana de la discordia llamada tranvía, en cuyo proceso de construcción se han cometido tantas falencias y metidas de mano, además de acusaciones de culpabilidad entre bandos, que hay decenas de familias perjudicas por la dilación y la torpeza.

La Cuenca que alguna vez se supo Tomebamba, pero que antes de eso tuvo un pasado orgullosamente cañari que la llamó Guapdondélig, y así lo proclamó alguna vez uno de sus hijos grafiteros, en pleno centro histórico, asumiendo un mestizaje innegable que grita por los poros y por los cuatro costados de la urbe: ¡Aquí es Guapdondélig!

El Ensayo como vínculo entre Periodismo y Literatura

Estándar

No suele considerarse a las notas informativas que aparecen en los diarios para las antologías periodísticas. No, al menos, aquellas con las cuales se informa de un hecho al lector. Por lo general, la práctica común ha sido, a la hora de editar una antología de este tipo, seleccionar los artículos de opinión que tal o cual autor publicó en las páginas de un diario, revista o periódico.

Desde luego, no todo artículo de opinión puede considerarse un ensayo o microensayo, ni todo ensayo puede ser catalogado como pieza literaria. Los criterios con los que se juzga aquello los proporcionan los académicos y críticos, pero es casi siempre el gran público el que determina si un escrito se salva del olvido.

Tampoco se recurre a argumentaciones como la calidad para ese proceso, pues a menudo son otros elementos los que intervienen. Así, en el caso que a continuación expongo, han sido la nostalgia, la emotividad, la vergüenza general que encuentra alivio y pronta disculpa cuando el sentimiento es de muchos, la curiosidad y la aceptación de un momento de ingenuidad colectiva, las consideraciones dominantes.

Un texto que jamás tuvo pretensiones literarias, pero que está lleno de jocosidad, ironía y mofa, ha transitado un buen trecho ya por los caminos que conducen a considerarlo un clásico del periodismo de opinión de factura morlaca. Dudo mucho que nuestro querido, admirado y recordado Edmundo Maldonado El Loco, hubiese coincidido en clasificar a La Noche de los Giles como el mejor de sus artículos de Pedro Páramo o Mauricio Babilonia, dos de sus más memorables seudónimos, pero el texto es todo un referente no solo de un capítulo de la historia local del que muchos preferirían no acordarse,  sino también del periodismo cuencano.

En la actualidad, parece haber un divorcio mayúsculo entre el mundo del periodismo y el de la literatura, por lo menos entre sus cultores. Los escritores suelen ver con desdén a los periodistas y sus escritos, y sabido es que los periodistas, o comunicadores como hoy prefieren llamarse, imbuidos de una profunda vanidad ven también por encima del hombro a los escritores, salvo que estos se llamen García Márquez, Vargas Llosa, Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Jorge Dávila o Eliécer Cárdenas.

Tiempo hubo en que escritor y periodista eran el mismo individuo, porque el periódico era, como hemos dicho, la mejor y más rápida manera de llegar al lector. La dicotomía actual se fue cocinando en las escuelas de comunicación, cuando la sociedad exigió periodistas a tiempo completo, que se ocupen de informar, y que en lo posible se eximieran de emitir opinión, criterio o comentario alguno, según era la corriente imperante. Para eso existían y continúan existiendo las páginas de opinión, en las que comparten columnas, codo a codo, periodistas, escritores y opinadores de las más diversas profesiones y procedencias.

Sobra decir que la calidad de la página editorial tiene, en consecuencia, desniveles abisales, como fácilmente puede constatarlo cualquier lector común de periódicos, al revisar los espacios de opinión de la prensa local.

Esa disparidad es un fenómeno que delata más bien cierto provincianismo en el manejo que de sus medios hacen los propietarios. Ellos deciden qué y quién publica en sus páginas, pues bien sabido es, entre los articulistas de opinión cuencanos, que aún se censura los artículos que por algún motivo no concuerdan con los principios del medio, es decir la ideología y los intereses de sus dueños. En otras palabras, no importa si tal persona escribe con la mínima decencia y dominio del idioma que debe tener para que sus textos merezcan publicarse, y ser presentados ante los lectores. Lo que importa es que diga las cosas medianamente bien, y, a menudo, que de esa manera se conserva la amistad entre articulista y propietario.

En 1828, poco antes de comenzar la era republicana, el periodismo arranca tardíamente en Cuenca, pero con fuerza y como una epidemia, con la llegada de la primera imprenta y la publicación de El Eco del Asuay por parte de Fray Vicente Solano. Como si hubiera que descontar el tiempo perdido por la tardía llegada de la imprenta, asumen una actitud periodística de inusitadas proporciones en relación con el tamaño de la urbe. Toda organización, liceo, academia y cofradía establece entre sus actividades prioritarias la construcción de un mausoleo y la publicación de un periódico, rememoraba Claudio Malo hace tres décadas en su ya célebre Antología de La Escoba.

Gran parte del siglo XIX cuencano, a nivel periodístico, estuvo signado por la presencia de Solano y su obra. El cura morlaco, dueño de una aguda inteligencia y una erudición envidiable, que no dudaba en utilizar como armas en sus frecuentes polémicas, disparaba dardos poderosos y auténticos proyectiles en que se convertían los epítetos e insultos que publicaba.

Tiempo después, en la época de transición entre los dos siglos, será Manuel J. Calle la nueva figura del periodismo azuayo, que se caracterizó en aquella época por haber sido combativo y polémico, como lo exigían las circunstancias políticas y sociales por las que el Ecuador atravesaba. No menos duro que el religioso a la hora de insultar también a sus enemigos. Así, tan preponderante e influyente parece haber sido la presencia de este escritor y su “periodismo de epítetos”, como lo calificara el historiador y catedrático cuencano Gabriel Cevallos García, que incluso reparó en la responsabilidad de sus escritos como leña que alimentó la hoguera bárbara en que perecieron los Alfaro: “Su pluma no estuvo al servicio de nadie, pero como periodista, quizá sin pensarlo o quererlo, estuvo aliado contra Alfaro con sus propios enemigos: el clero y el partido conservador”, dirá Cevallos. Para Elías Muñoz Vicuña, fue Calle quien creó el periodismo moderno en el Ecuador, y le dio sus características democráticas y combativas.

Antes de que la información desnuda comenzase a ganar espacio en las páginas de las distintas publicaciones, eran los artículos de opinión los que determinaban la calidad del periodista. Según ha señalado el maestro y vate Efraín Jara, antes que tierra de poetas Cuenca lo ha sido de periodistas. Junto con la proliferación de periódicos, diarios, libelos y panfletos de diversa índole, creados por cualquier motivo, se reprodujeron también los cultores de la profesión: hombres de letras, es decir escritores; artistas, abogados, obreros, maestros, estudiantes y diletantes de una gran cantidad de ocupaciones, escribientes que firmaban sus columnas fijas o eventuales con algún seudónimo.

Con las transformaciones urbanas y la llegada de avances tecnológicos como la radio y la televisión, Cuenca acrecienta su necesidad de información, y lentamente, casi sin ser advertida, verá disminuir la presencia de escritores en los periódicos. Ante las nuevas demandas de información, el acelerado crecimiento de la urbe y la exigente competencia de los medios nacionales, el periodista cuencano empieza a profesionalizarse y a formarse académicamente.

Las figuras vocacionales, aquellas que le dieran renombre nacional al periodismo local, pasan a formar parte del pasado, de una época superada. El nuevo periodista no es ya sinónimo de articulista, sino que va siendo identificado como el reportero de grabadora en mano, muchas veces anónimo para los lectores, o como el presentador de noticias por televisión.

Si establecemos una comparación con las épocas en que nombres como Fray Vicente Solano, Manuel J. Calle, Federico Proaño, José Peralta, Terán Zenteno, Saúl Tiberio Mora, Miguel Merchán Ochoa, Rubén Astudillo, César Andrade y Cordero, el mismo Edmundo Maldonado y tantos otros revistieran de gloria al periodismo de opinión cuencano, puede aseverarse que las últimas décadas han sido, salvo contadas excepciones, de crisis en ese género.

Desde una visión muy personal, este antiguo admirador de las crónicas y artículos del español Mariano José de Larra, del mexicano Marco Almazán y del guayaquileño Xavier Benedetti, si tuviese que salvar nombres para una antología del periodismo de opinión cuencano en este nuevo milenio, con una enorme dosis de subjetividad y arbitrariedad seleccionaría los microensayos de José Serrano González. Desde luego, esa es solo mi opinión.

En esencia, creo que la posteridad guardará páginas gloriosas del periodismo local, pero gran parte de aquel material serán los artículos y ensayos de algunas de las plumas mencionadas. El periodismo informativo no se salvará del paso del tiempo y su destrucción, salvo en casos memorables de crónicas y reportajes de periodistas formados bajo corrientes como el Nuevo Periodismo Iberoamericano, caracterizado por otra forma de abordar la información y narrarla. En este sentido ha sido un buen aporte el trabajo presentado por diferentes periodistas de Diario El Tiempo, sobre todo en la última década, pero sería necesario que esos trabajos se rescaten en alguna antología.

El artículo como ensayo

Escribir fue siempre un acto de desafío y rebeldía, de inconformidad con lo estatuido, con lo establecido; escribir, más allá de aquella etapa en la que todo adolescente suele hacerlo, movido por el anhelo de convertirse en poeta, escritor o periodista, con la reiteración dada por el ejercicio y la práctica deviene una suerte de puerta de ingreso hacia otra dimensión, hacia otra realidad, hacia universos poblados por demonios de todo tipo, reales o inventados, pero siempre alterados por la percepción y el tratamiento personal de quien ejerce la escritura.

Escribir, ya desde los años en que los adolescentes facturan versos de una manera tan prolífica que todo parece traducido al lenguaje peculiar del poema, o por lo menos de la versificación, hoy como entonces sigue siendo una catarsis por la que optan muy pocos al final. Es una suerte de competencia atlética en la que, con cada nueva generación, se inician miles, y a cuya meta suele llegar una ínfima cantidad de aquellos o aquellas.

Una minoría de seres extraños, hombres y mujeres, por lo general idealistas, soñadores, atraídos por expresiones humanas que resultan de profundo aburrimiento para el común de los jóvenes de siempre, se va definiendo y resaltando entre los demás, aunque en ocasiones también parezca irse aislando.

En momentos como los actuales, signados por la paradoja surgida de una sobreabundancia de información y una galopante ignorancia colectiva, sobre todo en los jóvenes, ese ejercicio solitario es reivindicación de inconformidad. El libro, la revista, el diario, como extensiones del pensamiento, según dijera ese gran argentino universal que fue y continuará siendo por los siglos Jorge Luis Borges [cima y paradigma del escritor que nuestra generación X aprendió a leer y reverenciar en la adolescencia, agridulcemente a raíz de su deceso], deben mantener esa condición de vehículos de la palabra y las ideas humanas, deben servir de medios de difusión de aquellas ideas entre todas las culturas, pues solo así podremos avanzar en este viaje cósmico sin perder el rumbo, sin extraviarnos ni quedar sepultados bajo la avalancha incontenible de la información y las imágenes.

Bibliófagos, devoradores insaciables de libros de poesía, relatos y novelas, aquellos seres suelen avanzar por la vida como abstraídos de ella, como si fuera lo más simple saltar los portones que flanquean el paso entre el mundo de la realidad, más sorprendente que la ficción, según reza el lugar común, y los mundos otros inventados, soñados, mejorados o alterados por esa condición de dioses creadores que confiere el uso de la palabra.

De ahí a la elección de cuál será el modus vivendi que defina el rumbo de su vida, y también la calidad de ésta, suele haber un paso pequeño pero decisivo y contundente. Alguno se convertirá en poeta, otro en narrador, o en ambas cosas; y no faltará quien opte por el periodismo, aunque navegar entre las aguas de cada uno de estos océanos puede llegar a ser habitual. Raro es el periodista que no lleva un escritor dentro de sí, y también lo es viceversa, aunque no todo texto publicado en un periódico puede llegar a ser asumido como literatura.

Lo importante es la búsqueda constante del dominio sobre la palabra como medio de expresión, potestad que no es alcanzada por todos ni por muchos, sino por una reducida minoría, pese a que en urbes donde el inconsciente colectivo asume que ver la luz en su suelo implica haber nacido poeta, periodista o escritor, todo mundo pretende y cree que semejantes oficios no solamente los domina sino que, por extensión, resultan demasiado fáciles.

Una de las consecuencias es que aquellas ocupaciones no suelen asumirse como tales en la sociedad, sino, por el contrario, como tareas gratuitas de gente desocupada. A partir de esa óptica, tampoco son ocupaciones o profesiones altamente remuneradas como sí lo son las de médico, abogado o mecánico, para hablar de las más comunes, sin referirnos a otras de innegables réditos de opulencia y poder, como las de banqueros o dueños de medios de información, que por fortuna para la sociedad ecuatoriana hoy están siendo cuestionadas, revisadas y reguladas desde la perspectiva ciudadana.

Antes de contar con ese nuevo medio de información y comunicación que es internet,  entre el libro, la revista y el periódico, solía ser este último uno de los espacios predilectos para la difusión del pensamiento. El ensayo, al saltar de las páginas de los libros a las de los periódicos, encontró un medio más rápido y masivo de llegar a los lectores, aunque en sus orígenes aquella pretensión sólo podría implicar que se llegase a quienes tenían la posibilidad de leer, es decir contarse entre los letrados, que eran también una minoría.

El espacio reducido será, sin embargo, una de sus limitaciones, y por lo tanto definirá también el contenido, el estilo y la extensión de lo que a partir de entonces podría considerarse el ensayo periodístico.

Si pudiera definirse al ensayo con un sinónimo, aquel sería la palabra libertad; si pudiera dársele un solo calificativo, aquel sería el de libre. Eso es, sobre todo, el ensayo: un discurrir del pensamiento en libertad, que el autor adapta a su muy particular modo de expresión, a su muy peculiar cosmovisión, a su interpretación del mundo y cuanto en él acontece.

Mas resulta que de él se han dado tantas definiciones y concepciones, que sería una tarea vana la de darse a unificarlas en una sola. En esencia, ensayo es libertad. Esa condición, no obstante, sobra decir que debe estar respaldada por la rigurosidad con la que se maneje el lenguaje, lo que a su vez definirá las fronteras entre periodismo y literatura, su vigencia o su rápido difuminarse en los anaqueles polvorientos del olvido.