José Serrano González: una vida entre libros

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Libros, cuadros, libros, reproducciones de caballos, discos, libros, quijotes y más libros son los elementos que parecen dominar la vista en los diferentes rincones del hogar de José Serrano González, abogado, Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia de Cuenca, y uno de los intelectuales cuencanos de mayor prestigio y lucidez de las últimas décadas.

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En su casa, ubicada en el sector de Chaguarchimbana, a pocos metros de la antigua vía férrea, están presentes los seres que ha amado a lo largo de su vida, los recuerdos, las vivencias, los canes, la señora que le ha servido a lo largo de 66 años, un Botero original, un bodegón del siglo XVII, obras de Carrasco, Ochoa, Chalco, Beltrán, Kingman, Napoleón Paredes, Julio y Ricardo Montesinos, 200 piezas representaciones de caballos (otra de sus pasiones). Brahms es uno de sus compositores favoritos, aunque su fonoteca incluye un sinnúmero de discos de jazz y boleros, que suele escuchar de vez en cuando mientras degusta un cubalibre, su bebida favorita.

Hijo del abogado José Luis Serrano González, en su niñez era algo enfermizo, delgado, quizá sobreprotegido y mimado por el abuelo paterno, también abogado. Hacia los 8 años, al ver que era indispensable la escuela, le tomaron una prueba de diagnóstico en la casa. El propio Director de Estudios, un inspector provincial y un profesor, fueron quienes hicieron el diagnóstico, y decidieron enviarlo al cuarto grado, pero debido a su edad ingresó al tercero. «Mi pasión por los libros es de toda la vida. Mi madre era una gran lectora, al igual que mi abuelo, José Luis Antonio Serrano. Él me regalaba los cuentos de Calleja, ilustrados, antes de que yo supiera leer, a los cuatro años. Siempre tuve buena memoria, y fingía leer delante de mi abuelo. Más tarde entré directamente al tercer grado», rememora.

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«Yo nací en Cuenca, de padres y abuelos cuencanos. Mi abuelo, que tenía un hijo único, mi padre, fue nombrado juez en Azogues, y mi papá también ejerció en esa ciudad, a donde me fui a los cinco años de edad. Ahí estuve hasta primer año de colegio, que lo cursé en el “Juan Bautista Vázquez”. Y ahí también me inicié como profesor». En Cuenca estudiará con los Hermanos Cristianos, y el segundo año lo hará en el colegio «Benigno Malo«».

La primera lectura que lo cautivó fue El tigre de Malasia, de Emilio Salgari, autor que, confiesa, le resultó siempre más ameno que Julio Verne, con excepción de obras como Un capitán de 15 años o Miguel Strogoff. En la adolescencia, su ídolo será Herman Hesse, de quien primero leyó Damian, antes que Lobo Estepario y Juego de Valores. La montaña mágica, de Tomas Mann, será otra de sus lecturas favoritas. En Azogues intercambiaba libros con un médico muy ilustrado, el Dr. César Molina, todo un referente de conocimiento y cultura por entonces, al extremo de que se decía de quienes ostentaban sabiduría, «¿qué va a saber más que el doctor Molina?».

«Para mí el más grande escritor de todos los tiempos es Shakespeare, quien pintó todas las pasiones humanas: en Otelo, los celos y la envidia; en Romeo y Julieta, el amor juvenil y romántico; en el Rey Lear, el amor filial y la fidelidad; en Hamlet, la duda existencial. Todas las personas humanas están pintadas por Shakespeare».

Del Quijote piensa que es una obra maestra, compendio de sabiduría popular que ha releído unas 10 veces en su vida, y en cada ocasión halla más sabiduría. Uno de los más bellos prólogos que ha tenido el Quijote, afirma, es el de Mario Vargas Llosa en la edición especial por los cuatrocientos años de la publicación.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar.

Hugo Oquendo, José Serrano, Rodrigo Aguilar

José Serrano desciende de una familia de abogados: bisabuelo, abuelo y padre lo fueron, además de haber sido todos homónimos, como lo es también su hijo. «Se creía que debía estudiar ingeniería, pero era malo para el dibujo. En sexto año de colegio dije que sería abogado. El Derecho permite una lectura más filosófica de la vida, y por eso también mi vocación de profesor. Doy Filosofía del Derecho e Historia del Derecho». Comienza a estudiar Derecho en Cuenca, con Reinaldo y Rafael Chico Peñaherrera, y Carlos Cueva Tamariz, pero evoca como una verdadera eminencia, como un hombre sabio, a Agustín Cueva Tamariz, médico y profesor de medicina legal. En Quito fue alumno de Andrés F. Córdova, quien fue Presidente de la República.

En Azogues, ya como abogado, ejerció la profesión durante cerca de treinta años. Muy joven, a los 27, fue nombrado presidente del Tribunal de Menores. Siempre fue muy aficionado a las letras y la cultura, y sus amigos estaban relacionados con la actividad de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Cañar, de la que años después será presidente: César Molina, Edgar Palomeque, Ezequiel Clavijo, Carlos Aguilar Vásquez (de quien afirma era sabio y tímido). «Le tengo mucha gratitud a Azogues», dice.

Salía de Cuenca a las 7 de la mañana, y regresaba hacia las 7 de la noche, pues tenía una actividad laboral muy intensa. A comienzos de los noventas, cuando se da el problema geológico de La Josefina, las condiciones del traslado cambiaron de manera radical. Al tener que viajar a través de Déleg y Solano, llegaba a la capital del Cañar hacia la 1 de la tarde, cuando ya la mayor parte de la actividad había cesado. Al poco tiempo se le nombra presidente del Tercer Tribunal Penal del Azuay, y cuatro años después es nombrado Ministro Juez.

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Cuando era vicepresidente de la Casa de la Cultura del Cañar, presentó ese terrible y formidable libro-mapa de la vida dibujado en su boceto con la tinta del amor filial destrozado, titulado Sollozos por Pedro Jara, de Efraín Jara Idrovo, con quien ha cultivado una gran amistad que ha logrado permanecer incólume a través de los años. De él afirma que es uno de los poetas más extraordinarios del país, al igual que Jacinto Cordero, aunque creadores de formas distintas de poesía. En Alguien dispone de su muerte, libro de Efraín, el autor menciona a José Serrano, Joaquín Zamora, Eugenio Moreno y Luis Vega como sus mejores amigos.

Un lector de sus quilates, que lee incluso cuando el resto de mortales duerme, también se ha visto atraído por la creación, lo que sin embargo no significa que haya publicado, pues siempre ha sido reacio a hacerlo, sobre todo en Cuenca, donde afirma que publicar aún hoy en día significa prácticamente permanecer inédito a nivel del país.

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Ha escrito prosa, ensayo, una novela titulada Roca dura, que tampoco ha publicado, y al momento prepara una selección de alrededor de 60 artículos periodísticos, publicados a lo largo de su 20 años como articulista. Roca dura, me atrevo a afirmar sin preguntárselo, de alguna forma tiene que ver con su segundo nombre, Ricardo, que proviene del inglés rock hard.

Hace poco se le detectó un linfoma, enfermedad que le ha hecho amar aún más la vida, y no aferrarse mucho a las cosas terrenales, materiales. Al mismo tiempo le ha hecho revalorar el concepto de la amistad, pues sus amigos han sido muy generosos con él, asegura mientras añade que esta situación le ha hecho ver que la gente es más generosa de lo que uno piensa. Esas demostraciones de amistad pueden condensarse en las palabras de la poeta cuencana Catalina Sojos: «No se envanezca, pero la gente de Cuenca le quiere mucho a Ud».

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José Serrano fue una de las más extraordinarias personalidades que he conocido. Siempre me sentí y me sentiré honrado con su amistad.              R. Aguilar O.

Prologuista de una extensa lista de publicaciones, en las que quizá ha pecado de generoso con sus  apreciaciones y críticas, asegura que la presentación de un libro es un acto de amistad, el pedido de un amigo, y lo contrario, es decir criticar la obra y ensañarse con ella durante su lanzamiento, significa ser mezquino.En Cuenca ha constatado la ignorancia de la gente en general, pero al mismo tiempo ha conseguido incentivar la lectura. El mito de la Atenas, afirma, surge a partir de la abundante literatura mariana existente, y por ser Cuenca una ciudad recoleta habría más dedicación a la lectura que en otras ciudades. «Remigio Crespo Toral, ensayista y poeta que tiene una de las mejores biografías sobre Bolívar (“Cuando terminaron las batallas por la independencia terminó el tiempo de la espada, y surgió el tiempo del puñal del asesino”), fue quien popularizó el calificativo de Atenas del Ecuador». Pero otros personajes la han definido quizá con mayor acierto, expresa, como el poeta Gonzalo Zaldumbide, quien dijo que es una «ciudad cargada de alma», o el anterior Cronista Vitalicio de la urbe, Antonio Lloret Bastidas, quien aseveró que «el quinto río de Cuenca es el Pase del Niño».

Casado con la abogada Rocío Salgado, tuvo cuatro hijos varones: José, quien fue Ministro de Trabajo en el gobierno de Alfredo Palacio, y al momento se desempeña como Viceministro de Minas y Petróleos del gobierno de Rafael Correa; Jorge Luis, sociólogo y cineasta, actual director del Consejo Nacional de Cine; Juan Antonio, comunicador social, que ha preferido trabajar independientemente, como “free lance”, y ha hecho fotografías para medios como el Times de Londres, El Gato Pardo, Vanguardia; y, el menor, Francisco Javier, ingeniero agropecuario. Todos ellos (dice con orgullo este padre que posee una biblioteca de 15.000 volúmenes de literatura selecta, sin contar con las obras jurídicas), son buenos lectores.

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La vida es hermosa, asegura con plena convicción este gran hombre que es José Serrano González. Ha vivido su vida a plenitud, con deleite; ha saboreado sus dichas y desdichas, sus dolores y placeres, con altivez y dignidad. «Estoy de acuerdo con Dante, al final de la Divina Comedia, cuando expresa que es “el amor que mueve el cielo y las estrellas”. El amor puede ser engañoso, pero no importa, es una bella ilusión, un sueño en el sentido de Calderón de la Barca. El amor es lo más esencial de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones».

Agenda Cultural de Cuenca – Ecuador

 Abril de 2009

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