El Yo repetido de Patricio Palomeque

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Las primeras imágenes personales que recuerdo del artista distan bastante en tiempo y aspecto de las que hoy en día proyecta. Por entonces, hablo del año 1990, Patricio Palomeque (1962) daba la impresión de un eterno adolescente, aunque bordeaba ya los treinta años de edad, luciendo una melena que llevó como emblema mientras la codificación de sus genes así se lo permitió.

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Joven, al poco tiempo se uniría con su amigo personal, más joven aún, el poeta Cristóbal Zapata (1968), considerado durante un largo lapso el enfant terrible de las letras morlacas, para crear un libro gigante que chorreaba erotismo y audacia casi pornográfica bajo los dibujos del uno y los poemas del otro, y un título inequívoco: Corona de Cuerpos. Brutales, a la vez que sublimes; explícitos, al mismo tiempo que metafóricos, la creación lírica y la creación artística, poema y dibujo, versos y líneas entrecruzándose, eso fue el contenido de aquel libro de colección de tamaño inusual, imposible de encajar en una estantería normal, y una edición de apenas 30 ejemplares, por supuesto numerados, que ambos personajes sabrían o aprenderían a vender bien.

La tónica y la temática eróticas le acompañarán desde siempre, con persistencia recurrente y casi obsesiva, mas con el transcurrir de los años la constante de sus figuraciones abordará no solo escenas oníricas y lúdicas, íntimas, eróticas, en ocasiones grupales, orgiásticas, bestiales y extraídas de su propio bestiario, sino también rostros, muchas veces autorretratos (no siempre conscientes) que señalan un recorrido, un sendero, el transitar de un artista y de un hombre, expresado en las huellas de su reflejo especular que pueden ser rastreadas en la colección de sus dibujos.

Estos son, precisamente, los que dan cuenta del tránsito de Palomeque por los senderos de su creación, de su madurez y su evolución tanto en lo artístico como en lo humano, indisolubles condiciones presentes en el libro Patricio Palomeque. El Yo Repetido. Dibujos [1990-2017], de reciente publicación gracias a los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador: “Este libro reúne una selección de dibujos que he ido acumulando a lo largo de casi treinta años, lo que quiere decir que han sido realizados en las más diversas circunstancias y a la manera de un diario escrito a saltos. A su modo, cada uno cuenta un pasaje –dichoso o angustioso– de estos tiempos: amores, desamores, cuerpos y seres queridos, sueños, divertimentos, viajes, encuentros gozosos y desencuentros, que finalmente son los acontecimientos que aún hoy me hieren.”

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Avanzar a través de sus páginas da cuenta de un recorrido, y de un imaginario, el del artista, forjado desde las distintas perspectivas y facetas de su vida y su proceso evolutivo como creador. Los textos presentes en la obra son también un homenaje de tres de sus más íntimos amigos que son, a la vez, tres de los más importantes nombres de la creación literaria de por lo menos la zona austral del Ecuador, para decirlo con calma y relativa modestia: los poetas Galo Torres, Cristóbal Zapata y Roy Sigüenza.

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La imagen que ha proyectado el Palomeque persona, o más bien dicho la impresión, ha tenido en no pocas ocasiones componentes rayanos en lo arrogante, displicente y a menudo irritante, por lo que tampoco le han faltado a lo largo del camino detractores muchas veces gratuitos. Hoy, a sus 55 años de edad, con una apariencia de por lo menos diez años menos, sigue siendo el conquistador eterno que ha sido siempre, incapaz de formular negativa alguna a la damisela de su gusto que cruce su camino. En esas tres décadas de inevitable frecuentación de nuestros círculos de amistades, se le vio acompañado de actrices, bailarinas, artistas plásticas, de diferentes edades y grados de chifladura, que han ido desfilando sin lograr un sitio definido o definitivo en su vida de galán sempiterno.

Resulta curioso: la leyenda personal y pública de Palomeque habla de sus años adolescentes viviendo en la ciudad de Esmeraldas, la “rústica aldea costeña” a la que se refiere Zapata en su texto sobre el libro. Eso quiere decir que el autor de estas líneas era por entonces un pelado de ocho años, embelesado en las húmedas turbulencias de las veinte mi leguas de viaje submarino empapadas en el primer libro de su vida, y muy difícilmente habría coincidido con el adolescente que aquél era por entonces. Mas lo imagino, y es pura especulación, frecuentando a los jóvenes miembros del club TPB (The Palms Beach), grupo de adolescentes medio zanahorias de finales de los años setentas y comienzos de los ochentas, muchachos mestizos de clase media residentes todos en el barrio Las Palmas, a orillas del mar. Me pregunto si el futuro artista habrá alcanzado a ser testigo de los cambios operados en esa zona de Esmeraldas, cuando con el fin de construir las instalaciones portuarias sobre relleno se trasladó a todo un barrio desde el sector conocido como La Boca hasta lo que hoy es Las Palmas.

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A Palomeque lo conocería en Cuenca, en el año en que comienza justamente esta recopilación de sus dibujos, a través del escritor Cristóbal Zapata, quien por entonces dirigía en calidad de instructor un taller de literatura al que asistíamos, aún muy jóvenes y hermosos, entre otros personajes de más o menos igual calaña, Galo Torres, Ángel Vera, Juana Sotomayor, Julio Yunga, Sergio Cajamarca, y Rodrigo Aguilar, de los que recuerdo. Entre los ciclos agotados y renovados de mi amistad con Zapata, ha sido inevitable frecuentar con el artista y ser testigo en buena medida de las creaciones recopiladas en el libro, una forma de decir, también, que muchas de estas imágenes acompañaron nuestra cotidianidad transcurrida a través de una senda de tres décadas en Cuenca de los Andes.

Y en Cuenca y su centro histórico el artista se iría encarnando a fuerza de presencia cotidiana, farras y delirios báquicos recurrentes; a fuerza de una creación plástica abundante y de su posterior incursión en diferentes formas de hacer y ver el arte, como las instalaciones y performances, como las infinitas posibilidades de lo audiovisual y digital, como la fotografía y la impresión en metal; o a fuerza del motor de la motocicleta con la que de vez en cuando se da un brinco a la playa, a las celdas de una cárcel cuencana por exceso de velocidad, o hasta el mismo confín del mundo en la parte más austral de Chile.

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Patricio Palomeque y Cristóbal Zapata, durante la presentación de El Yo Repetido

Desde mi propia óptica vital, desde mi etéreo puesto no oficial de cronista propio-ajeno de la morlaquía, los dibujos evocan también mi peculiar tránsito por las calles, y creo que de la mayoría de gente de nuestra generación que hizo de Cuenca su espacio vital, las carreteras los pasillos, los salones, las puertas, las ventanas, los balcones, los comedores, las cocinas, las alcobas y todos los espacios públicos y privados, los hechos, sucesos, acontecimientos de la vida cotidiana durante el mismo periodo de casi treinta años: “las figuras de Palomeque son visiones interiores, elaboraciones fantásticas de la realidad, de allí la apariencia tantas veces onírica, surrealista de su empresa figurativa; sus personajes y situaciones –como las de todo artista visionario– nos resultan al mismo tiempo familiares y extraños, en ellos nos reconocemos nosotros y –a través de nuestras pulsiones, deseos y temores recónditos– adivinamos a los otros”, dirá Zapata en Un bosque de cuerpos, texto con el que el libro introduce a la parte de la compilación subtitulada El Yo Repetido.

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En la tarea involuntaria de la evocación que provoca el libro de Palomeque, me resulta curioso también hallar tres figuras impresas en esas paredes extrañas, escondidas, que la memoria tiene en cada uno, y todas con una carga erótica evidente. La primera emerge de un poema de Galo Torres, el poeta cabalgando a toda dicha sobre el lomo incitante, refulgente, lubricado y presto de la amante; la segunda, de varios poemas de Cristóbal Zapata que podrían sintetizarse en estos versos: En la delicada bisagra de tu carne / el tiempo está fuera de lugar, de Jardín de Arena; o, en estos, Chupan mis labios la pulpa encarnada / hasta embriagarme con su miel negra, / mi licor secreto, mi jarabe eficaz, presentes en La miel de la higuera. La tercera no es literaria sino visual, y, curiosamente, es una obra de Patricio Palomeque recogida en la sección Pieles del libro que comentamos, contundente, terrible, resoluta en la ilustración de un beso negro inmortalizado, previo a las violentas y prohibidas, imbuidas de tabú, delicias sodomitas entre un hombre y una mujer.

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Los dibujos de El Yo Repetido son una suerte de rompecabezas que va completando la visión retrospectiva del artista y su obra a través del tiempo, y que encajan y se suman a otras evaluaciones y compilaciones de su trabajo, como La otra parte de la diversión [Obra escogida 1991-2012]. Forman parte de su propio proceso creativo y evolutivo, y de la vasta gama de intereses y formas de expresión artística y humana que atraen la atención insaciable de este inquieto, polémico y único artista cuencano.

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Nela Martínez: transgresora del ordenamiento social

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Tuve siempre la vaga y confusa convicción, casi como parte de una leyenda familiar perdida en el olvido, de que cuando vi por primera vez la luz de este mundo el médico que asistió a mi madre fue el doctor Paredes. A casi 36 años de ese hecho particular, en función de este texto y decidido a esclarecer, de una vez por todas, la verdad, me atreví a preguntar. De inmediato comprendí, con algo de decepción, que no fue así. En efecto, mi madre dio a luz asistida por este médico de enorme prestigio en la provincia de Esmeraldas, pero quien nació entonces no fui yo sino mi hermano.

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Años más tarde, ya en el colegio, compartiría aula y camaradería adolescente con uno de los hijos de Paredes, Mauricio, poco tiempo después de que el galeno salvara la vida del autor de esta nota, pero esta vez por una travesura de muchacho. Aunque por entonces no lo comprendía así, con el transcurrir de la vida llegué a asumir que había nacido de nuevo, y que esta vez el “partero” sí fue el doctor Paredes. Pero no sería sino hasta los 17 años, cuando ingresaba a militar en la Juventud Comunista, en Esmeraldas, que me percataría de quién era en realidad el doctor Leonardo Paredes Martínez, hijo del fundador del Partido Comunista y de una de las más grandes mujeres que ha dado el Ecuador.

El 24 de noviembre de 1912, bautizada como Mariana de Jesús Martínez Espinosa, nació en Coyoctor, en un hogar profundamente católico y conservador de la provincia del Cañar, quien con el tiempo se convertiría en toda una leyenda viviente de la historia ecuatoriana y latinoamericana: Nela Martínez Espinosa. Su numerosa familia se dispersará luego por lugares como Cuenca, en donde su hermano Gerardo, conservador y católico, llegará a convertirse en Gobernador del Azuay, y una de sus sobrinas-nietas, María de los Ángeles, entrará con pie firme y derecho en las letras ecuatorianas, gracias a su agudo y peculiar talento literario.

Mediante entrevistas y diálogos, Alexandra Ayala y Ximena Costales escribieron y editaron Yo siempre he sido Nela Martínez. Una autobiografía hablada, publicado en 2006 por el Consejo Nacional de las Mujeres, casi dos años después del deceso de la gran luchadora cañarense.

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A manera de testimonio narrado por la propia dirigente, va apareciendo a los ojos del lector su vida: sus primeros años en Cañar; su traslado a estudiar la secundaria a Cuenca, al colegio de los Sagrados Corazones, de donde regresaría tres años más tarde “sin diploma alguno porque en ese entonces no se acostumbraba graduar a las mujeres”; su vida en Guayaquil, en Ambato y en Quito; su matrimonio con el escritor comunista Joaquín Gallegos Lara; su romance con el fundador del Partido Comunista del Ecuador, Ricardo Paredes; su lucha a través de los sindicatos, junto a los obreros, junto a las mujeres; su labor pionera en la defensa de los derechos de la Mujer; su lucha luego acompañada por otro líder comunista, el francés Raymon Meriguet; la Gloriosa del 28 de Mayo de 1944. Una serie de hechos y episodios de los que ella fue de una u otra forma protagonista o testigo.

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Se trata de un libro fundamental para comprender el pensamiento y el camino seguido por Nela Martínez, no solo desde la óptica de lo histórico sino inclusive de lo literario y cultural, como fue su relación con Joaquín Gallegos:

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Con el escritor y dirigente comunista Joaquín Gallegos Lara

Lo vi por primera vez detrás de un escritorio. Tenía una voz poderosa, unos hombros gigantes, un busto muy fuerte. Dominaba completamente el escenario donde se encontraba, tanto por su fuerza vocal como por la fuerza de su inteligencia. Indudablemente, era un hombre que impresionaba muchísimo y debió impresionarme a mí que andaba buscando en ese momento caminos y salidas. Él había publicado Los que se van.

Yo siempre he sido Nela Martínez, obra con la que el Consejo Nacional de las Mujeres inició la serie Biografías de Mujeres Ecuatorianas, es no solo un homenaje a una de las mujeres más influyentes de la historia ecuatoriana y latinoamericana, sino sobre todo un testimonio de la historia nacional a lo largo del siglo XX. Se trata del primer libro de una serie y de un proceso editorial biográfico destinado a recuperar la historia y la trayectoria de mujeres valiosas que, a lo largo de la vida republicana del Ecuador, enfrentadas al poder establecido, trabajaron y lucharon por la igualdad, la justicia y la paz.

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En esa intensa búsqueda de fronteras, de caminos, de nuevas experiencias, la conciencia proletaria y de clase de Nela van consolidándose, y su bregar cotidiano la lleva a departir, luchar y discutir junto con figuras claves de la cultura y la política de avanzada de entonces: Alfredo Pareja Diezcanseco, Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert, Alfredo Palacio (escritor lojano, maestro de la Escuela de bellas Artes de Guayaquil, padre del ex Presidente interino que reemplazó a Lucio Gutiérrez), Pedro Jorge Vera, Alba Calderón, Gustavo Becerra Ortiz.

Al ser una mujer que “no funcionaba con las típicas reglamentaciones de la vida social”, puesto que trabajaba con obreros y campesinos, y creía en la necesidad de transmitir un pensamiento revolucionario para que cambiara la sociedad, esta admiradora profunda de Manuela Sáenz se relaciona afectivamente con Ricardo Paredes, fundador del Partido Comunista del Ecuador. De esa relación nacerá su primer hijo, Leonardo, quien con el tiempo se convertirá en un prestigioso médico radicado en la provincia de Esmeraldas, como antes había hecho su padre:

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Ricardo Paredes, médico ecuatoriano fundador del Partido Comunista del Ecuador

Este hijo mío, Leonardo Paredes, nació de una relación de amor. Debo aclarar que aquello que me atrajo de Ricardo Paredes, su padre, fue su apostolado y también su bondad para tratar los dolores y las miserias de los más desposeídos. Él era médico, y en lugar de asentarse en una sola ciudad y prosperar, como se esperaba de un profesional, solía ausentarse a distintas provincias del país y avecindarse en el lugar menos esperado, por ejemplo Esmeraldas, para dedicarse un tiempo a su profesión, y otro, a ir estructurando el Partido Comunista en aquel sector.

En las páginas de esta obra aparece la historia nacional, con sus conquistas y fracasos; la transformación que se va operando en el país a nivel de la lucha femenina por conquistar sus derechos, y cómo ese ejemplo va irradiando hacia América Latina. La “Gloriosa” de mayo de 1944, uno de los episodios más trascendentes de la historia ecuatoriana, verá la participación de Nela de una manera peculiar, pues prácticamente será la primera vez que una mujer esté al frente del Ministerio de Gobierno. Como delegada por la Confederación de Trabajadores del Ecuador CTE, Nela había previamente participado en la fundación de la Alianza Femenina Ecuatoriana AFE, movimento que apoyaba la revolución. A continuación la decepción que causó luego el ascenso contrarrevolucionario de José María Velasco Ibarra, a quien se entregó el poder político en bandeja de plata.

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A ello se agrega su experiencia internacionalista, a través de la cual impulsó la unidad y el despertar de las mujeres del continente hacia la conquista de sus derechos, además de que ayudó a formar el Partido Comunista en lugares donde no había sido posible. Esa lucha internacional la llevaría a un periplo por diferentes países de América y Europa, y terminaría codeándose, por el respeto y el prestigio que como luchadora ganó, con personajes como Pablo Neruda, Fidel Castro, Gabriel García Márquez, Manuel Marulanda, Andrés Pastrana; es decir, personajes de la historia latinoamericana.

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Nela junto al comandante Fidel Castro

Por su trayectoria se la calificó como “Mujer del Siglo”, y se le entregó la presea “Manuela Cañizares”, por parte de la Municipalidad de Quito, y la condecoración del Congreso Nacional. El 30 de julio de 2004, luego de un largo y doloroso tratamiento brindado solidariamente por el gobierno cubano y el personal médico especializado del Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas de La Habana, falleció la luchadora ecuatoriana, la Nela.