Carlos Pérez Agusti: el cuencano que nació en Madrid

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Con su juventud a cuestas, en octubre del año 1966 llega a Cuenca de los Andes, procedente de la capital española, atraído por unos cuantos libros que había leído de la literatura ecuatoriana, y cargando ciertas ideas de lo que sería vivir en un país llamado Ecuador. Por entones funcionaba en España una organización llamada CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas), que proporcionaba profesionales europeos a América Latina: “Mi ilusión era conocer América Latina y estudiar su literatura, su arte, su cine. Yo estaba dispuesto a viajar al primer país que necesitara un profesor de literatura para las universidades”, dice Carlos Pérez Agustí, madrileño radicado en Cuenca por media centuria, y nacionalizado ecuatoriano desde hace una veintena de años.

CONTRATO INDEFINIDO

La propuesta laboral le había sido enviada desde la Universidad de Cuenca. En aquel tiempo el Decano de la Facultad de Filosofía era el Dr. Alejandro Serrano Aguilar, quien lo contrató por el lapso de un año. Al cabo de ese plazo, ya adaptado a la ciudad y habiendo dejado satisfechas a las autoridades universitarias cuencanas, firma por tres años más, que se convirtieron en un contrato indefinido.

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Carlos Pérez es más que alguien que llegó al país y al cabo del tiempo decidió quedarse: “Yo he considerado siempre al Ecuador y a América Latina como una prolongación de España. He encontrado muchas cosas en Cuenca y mi estadía a lo largo de 50 años ha sido muy satisfactoria”, afirma convencido.

AQUELLOS ESTUDIANTES

Quienes nos formamos en el Ecuador de los años setenta y ochenta, sobre todo en instituciones de carácter fisco-misional y religioso, recordamos el nombre de Carlos Pérez Agusti, no solo relacionado con ámbitos como el cine cuencano, del que es uno de sus pioneros, sino también con las primeras lecturas que tuvimos, a través de los libros de la editorial Don Bosco y la Librería Nacional Salesiana LNS, que era precisamente recopilados y editados por este personaje. Es decir, varias generaciones de ecuatorianos, miles y miles de personas, se educaron leyendo los textos de gente como Felipe Aguilar y Carlos Pérez.

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Entre la enseñanza literaria y las cátedras de cine, incluida la actividad del Taller de Cine de la Facultad de Filosofía, tuvo la oportunidad de haber compartido aventuras fílmicas con sus alumnos y colegas, es decir, sus antiguos estudiantes, a muchos de los cuales califica de gente extraordinaria: “Cuando yo llegué tuve de alumno a Mario Jaramillo; casi todos mis colegas de la Escuela de Lengua y Literatura: María Eugenia Moscoso, Alejandro Mendoza, Jorge Villavicencio, Felipe Aguilar, Jorge Dávila”, además del hoy legendario periodista y catedrático Edmundo Maldonado, y la poeta y actriz cuencana Catalina Sojos.

PIONERO DEL CINE CUENCANO

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Afiche promocional de la película La Última Erranza, protagonizada por Catalina Sojos y Felipe Vega, junto con Edmndo Maldonado, Rubén Villavicencio, Pepe Neira y Jorge Dávila.

“Arcilla Indócil”, del escritor cuencano Arturo Montesinos, así como “La Última Erranza”, del guayaquileño Joaquín Gallegos Lara, se recuerdan como dos de los más célebres títulos que Pérez adaptó y llevó al cine, al incipiente cine cuencano del que puede decirse es pionero, y que tiempo después se intentó continuar con trabajos como “Mea Culpa”, de Patricio Montaleza, hacia finales de los años noventa, sin que luego de aquello pueda hablarse de un cine cuencano como se viene haciendo en otras urbes del país. El efímero festival de cine La Orquídea, a través de sus organizadores tuvo a bien rendirle un homenaje público, como reconocimiento a esa labor pionera en la producción fílmica de corte morlaco.

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Hoy, jubilado ya, este cuencano de origen español departe de forma habitual con sus amigos y familiares, y se le ve participando en citas literarias y presentaciones de nuevas obras, como si no hubiese transcurrido ese medio siglo de intensa y fecunda labor cultural, educativa e intelectual en su amada Cuenca, no la europea sino la de los Andes.

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“Económicamente quien quiera hacer dinero de la cultura elige el peor camino”, dice al preguntarle sobre las ganancias que pudiera haber logrado. No obstante, esas ganancias se han dado en otros órdenes, permitiéndole realizarse, como él mismo afirma, y proporcionándole gratificaciones: “Considero una obligación revertir y retribuir, a los que venimos, con lo que tengamos al alcance”. En otras palabras, el saber que ha hecho algo en Cuenca y el Ecuador ha sido una de sus mayores satisfacciones.

 

1999-2016

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