Fabián “Choquilla” Durán

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Los apodos suelen ser tomados con recelo, rechazo y molestia, sobre todo porque representan una puerta de entrada al incómodo y detestable reino de la burla pública, en especial cuando somos nosotros el objeto de ella. En Cuenca de los Andes, a diferencia de otras ciudades del Ecuador y el mundo, el apodo ha sido reivindicado como un elemento cultural más, que ha llegado a identificar a través del tiempo a generaciones enteras de una misma familia. Si por alguna circunstancia llega usted a pisar las calles cuencanas, o a encontrarse en algún punto del planeta con una persona oriunda de la capital azuaya, poco será lo que pueda obtener como respuesta si pregunta quién es Fabián Durán: Durán… Durán… a ver, a ver, sí… de los Durán de Baños ha de ser… ¿suquito él…? Mas, si en medio de la indagación se acuerda usted de que al susodicho le llaman Choquilla, entonces sí que tendrá no solo las referencias sino que prácticamente recibirá la más cálida de las bienvenidas.

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Fabián Durán… el Choquilla, el Choki, el Maestro Choko… es un personaje que forma parte del patrimonio cultural cuencano, de ese patrimonio intangible revelado en el talento artístico de su gente, y que en él se expresa a través de múltiples vertientes, tantas como las inquietudes humanas y necesidades vitales de expresión tiene este cuencano nacido en 1967 con piel color de chocolate. Por esa circunstancia, y por el aspecto estrafalario que ha gustado siempre lucir, una inocultable pinta de allacense, en Cuba lo creyeron un guajiro, en Brasil pasó por bahiano, en Francia lo confundieron con un árabe de origen marroquí, y en algún control policial norteño de su propio Ecuador fue tomado por extranjero ante la cédula de identidad olvidada o extraviada. Cuenta la leyenda convertida en cuento que habiéndose negado a cantar el himno nacional, y a punto de dar con su sistema óseo en la cárcel, solamente pudo salvarse tras cantar algún tema lastimero, inocultablemente ecuatoriano aunque fuese bolero cubano o vals peruano, del inmortal JJ, del sempiterno Julio Jaramillo.

Hacia comienzos de los años ochenta del siglo XX, los nenes ecuatorianos de entonces teníamos como una de las más deliciosas debilidades una crema de chocolate, llamada Choquilla […para chiquillos y chiquillas], que llegaba dentro de vasos de vidrio reutilizables, motivo por el cual era adquirido por las familias, era parte de la canasta familiar ecuatoriana, para regocijo de los peques, y con finalidades utilitarias ulteriores.

Fabián, que había recibido al nacer ya el apodo de piti (pequeño), estudiaba por entonces en el colegio Rafael Borja, institución católica cuencana tradicionalmente ligada a las clases altas y conservadoras. A manera de juego, algún otro estudiante le colocó un poco de chocolate choquilla sobre el brazo, y el asombro de los presentes fue enorme debido a que el chocolate y el tono de la piel de Fabián eran iguales, del mismo color, por lo que empezaron a decir que él estaba hecho de choquilla. Muchos años más tarde, en Brasil, comenzaron a llamarle Choco, y, en los barrios cuencanos donde ha vivido, Choqui… Hoy el producto ya ni siquiera está en el mercado, y lo más parecido se llama nutella, lo que en algún momento llegó a originar el rumor de que Choqui estaba traicionando a la choquilla… con la nutella…

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RAO: ¿Cuál fue la actividad a la que primero te dedicaste: el teatro o la música?

FCD: Pienso que teatro, en términos de voluntad de comunicación. Estudiaba Sociología, y también asistía a talleres de teatro, pero los horarios no coincidían. Quería estudiar agronomía, quería ser minero, al tiempo que leía de todo, con gran voracidad, especialmente literatura, y ya había visto unas tres obras de teatro. Vi a Pepe Morán hacer la obra El Ambulanteatro, en que interpretaba tres personajes de diferente condición.

Luego vi a Christoph Baumann y Tamara Navas, quienes me impresionaron. Fueron para mí lo máximo de lo máximo, y la comprobación de que no existen límites. Y, en medio, más lecturas, literatura, sociología, política, economía. También estudié literatura, con profesores como María Augusta Vintimilla y Sara Vanegas.

La primera vez que hubo un concurso de performances convocado por la Bienal, ganó la obra Los sentados, un happening mal planteado porque no sabía lo que era un happening, y yo lo tomé desde lo social. Necesitaba comunicar algo, yo escogí ese lenguaje. Hicimos una obra cuya trama giraba en torno al hallazgo de petróleo en el parque Calderón.

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¿Cómo empiezas a vincularte con el mundo del teatro?

Empecé a estudiar teatro en un taller con Felipe Serrano, que es la manera de empezar teatro y estudiarlo en América Latina. Fue mi primer taller de teatro. Su grupo se llamaba Giraluna. Acababa él de venir de México. Había ya un taller anterior, del que salían los mejores actores: Juana Estrella, Pablo Aguirre, Pablo Valverde. En el segundo taller estuvimos dos personas. Hicimos con Cecilia Sempértegui La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana, con dos presentaciones. Esa obra la dirigió Felipe, en la sala Alfonso Carrasco de la Casa de la Cultura.

¿Y cuándo se da el montaje de tu primera obra?

Otra de las presencias que me influyeron de manera decisiva fue la de Guido Navarro. Fue a partir de un taller dictado por él, que decidí montar mi propia obra de payasos, y con ella recorrí el país. Puedo decir que Guido transformó mi vida. Y había conocido también a Pablo y a Pancho Aguirre. Aquel fue el momento en el que descubrí el payaso, el bufón, y el cómo hacerlo solo. Eso fue antes de dedicarme al teatro antropológico con los alumnos de Diego Carrasco.

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¿En qué momento de tu vida sientes que has descubierto la música?

Fueron importantes mis amigos del grupo Raíces, del Perú. Con ellos aprendí a cantar, a rapear, a tocar el cajón peruano, la conga, el bongó. Junto a ellos tuve la oportunidad de ver a Chocolate, el máximo percutero peruano, que tocaba el cajón, el bongó y la campana.

¿Y tú decidiste entonces integrar la percusión al teatro?

Cuando vi el cajón peruano me dije: voy a construir uno. Y lo hice, con la ayuda de un amigo cuyo papá era carpintero. Hicimos un cajón ecuatoriano. Para escenificar mi obra El Hombre a Colores, usaba una vara, un palo normal, y el cajón ecuatoriano, con el que recorrí el país. En Quito, en La Carolina, vi muchas veces a Michelena. Ahí presentábamos la obra con los peruanos. De pronto iba caminando en Quito con mi cajón, cuando veo a Lucho Sandoval, de Milenio y Kimba Fá, y él me preguntó, curioso, por el instrumento. Yo le dije que era un cajón ecuatoriano… Fue con ellos con quienes vi la integración de la música y el teatro. El instrumento es mucho más que un objeto. Los percusionistas decimos que el instrumento son las manos. En las obras que hacíamos con Felipe también incorporábamos percusión, pantomima, lenguaje de payasos, mimo, una especie de explosión de caja negra.

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En su departamento hay que quitarse los zapatos para entrar. Seguir el hilo de la conversación requiere de un gran esfuerzo de transcripción ante el torrente verbal y temático que, como laberínticas historias de Las Mil y Una Noches, emerge de Choko. La entrevista transcurre con las canciones sentidas y reflexivas del tico Diego Sojo como fondo musical, y en el aire las volutas informes del humo de inciensos con los que intentamos disimular cierta relajante combustión previa. Sobre el piso, esteras de paja toquilla hacen las veces de confortable alfombra, y por todos lados se siente uno observado, cuando no llamado, por cuadros suyos, fotografías de sus personajes, congas, instrumentos raros, guitarra, plantas, discos, estantes con libros en francés y español, biribiros, charangos, tótems.

Hubo una época intensa en la que nuestro personaje hacía teatro y música, participando en obras como la recordada Puff a la Yoni, adaptada por Juan Andrade del escatológico cuento El hombre que era una fábrica, texto del brasileño Augusto Boal que en Cuenca conocimos gracias a la traducción que hiciera Alfonso Carrasco Vintimilla, y luego publicó la Casa de la Cultura en la colección Libros para el Pueblo. Fabián tocaba por entonces un cununo y otros tambores. Su banda, en la que tenían una participación destacada Gregorio Delabre y Neide Gómez, se llamaba Disyuntiva, porque iban a tocar en el Museo Municipal de Arte Moderno y carecían de un nombre, así que estaban en la disyuntiva de elegir uno…

Viajero incansable, cuando niño vivió durante tres años en Panamá, donde vio de cerca el mundo afro, y uno de sus lejanos recuerdos lo evoca perdido durante la celebración masiva de alguno de los carnavales del istmo. Mas, de manera consciente, afirma, el primer país adonde viaja es Francia, en el año 1992. En el aeropuerto compra un diccionario que iba leyendo en el avión. La idea era fundar una banda de música en Europa, proyecto que surgió a raíz del estudio de la percusión que comienza junto con Calín Carpio. Ante el enorme proyecto que esa iniciativa supuso, Choko decide comprar una bicicleta y comienza a viajar por el sur de Francia. Durante un lapso aproximado de dos años y medio se dedicará a presentar números de payasos en la calle, animaciones en cumpleaños, y participación en festivales, a la par que experimentará lo que es vivir en el campo.

De regreso se encuentra con músicos como Renato Zamora y Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y forman La Teremenda Banda, con los músicos de Sobrepeso. La música que comienza a sonar se convierte en rock de fusión, propósito para el cual contaban también con la participación de Robin Young.

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¿Cómo se da tu acercamiento al saxofón, instrumento que, como otros de viento o percusión, han formado parte de la leyenda del músico Choquilla?

Fue en una comunidad campesina donde empecé a tocar el saxofón. Era la época de la guerra en los territorios de la ex Yugoslavia, y andaba por las calles, plazas y mercados franceses presentando mi propuesta. Muchas personas de origen árabe, creyéndome marroquí, se dirigían a mí hablándome en el idioma de Mahoma.

Mas, la música le llega también a través de la sangre: Fabián es sobrino nieto de quien fuera uno de los más importantes compositores ecuatorianos, el músico azuayo Corsino Durán (1911-1975). Estudiará trompeta en el conservatorio “José María Rodríguez”, en Cuenca, y luego tomará clases de saxo con el maestro Arturo Sacks. Al regresar de Francia, con Juan Andrade prepara la obra La Chunga. Para entonces se transforma el proyecto, y encontramos a Choco haciendo rock y salsa, y componiendo algunos de sus primeros temas. No resulta la obra, ante lo cual cambia la idea: Choko había visto funciones de teatro y música en la calle, y cosas como lo que hace el Circo del Sol, que hoy se aplican ya en el Ecuador, con auspicio oficial y objetivos sociales.

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CHOQUILLA POR EL CHOKO MISMO

  • Pide una batería en navidad, le dan una trompeta. Inicia estudios de sociología, termina de payaso en las calles del sur de Francia. A su retorno, adoptado por la percusión, crea la Tere Menda: banda de rock fusión, con Caliche Guzmán, Lupas González, Washo Heredia, y Renato Zamora.
  • Se refugia en Quito, donde hace la música de la obra de teatro “Pedro de Algarete” (dirección Guido Navarro)
  • En Cuenca funda La Bandada de la Madre, con Juan Andrade, Mauricio Torres, Reynel Alvarado, Freddy Sinche, Carlos Gallegos, Willy de Black, Chapico Cáceres, etc.
  • Estudia percusión en el Instituto Superior de La Habana, acolado por la Unesco.
  • Hace la música para las siguientes obras de teatro: Asudiansam, vine para preguntar, dirigida por Diego Carrasco; “Brujas empijamadas”, con Gordo Calle y Clowndestinos); Jukumari, con German Bravo, y la dirección de Jaime Garrido, de Hijos del Sur.
  • Película “Traficombo”, dirigida por Pedro Andrade.
  • Es parte de La Trova de los Cuatro Ríos, con Diego Sojo, Pablo Íñiguez y Juan Granda. Abre los conciertos de Alejandro Filio (México) y Frank Delgado (Cuba).
  • Discos: Suena Choko 1998-2003 y Batiendo el Viento 2005.
  • Libros: El Bicho Raro y Los Animalos (cuentos para niños)
  • En el año 2009 interpreta sus temas y otros con el grupo Ponte 11, integrado por Daniel Mosquera, Boris Bennet y Josué Peña. Poco a poco irá incorporando a su espectáculo elementos culturales como la marimba y las leyendas afroecuatorianas.

¿En qué momento aparece La Bandada de la Madre?

El 6 de enero de 1997, en la tradicional celebración cuencana por el Día de Santos Inocentes, salimos a la calle presentando una comparsa Felipe Serrano, Juan Andrade, Daniel Berrezueta y yo. Impresionada, mucha gente ve al grupo de disfrazados haciendo cosas locas, llamando la atención, divirtiendo a un público que no había visto algo así por estos lares hasta entonces. Un mes más tarde, el 5 de febrero, el grupo participa de forma activa durante la jornada de protesta que terminó con la caída de Abdalá Bucaram. Las presentaciones tuvieron lugar en el Parque de la Madre durante dos días. A partir de entonces La Bandada de la Madre comienza a ganar presencia y a consolidarse, mientras se iba sumando gente como Freddy Sinche, Miguel (Migas), Karina Prezioso, Willy de Black, entre otros.

¿Es verdad que participaron en el Festival OTI de la Canción?

En abril, María Rosa Crespo, presidente de la Casa de la Cultura del Azuay, nos ofrece auspicio para el vestuario, y con ese pretexto la CCE comienza a proporcionarnos apoyo y aval institucionales. Se da inicio así a una de las épocas más interesantes en la historia de la agrupación, hasta el punto de que La Bandada de la Madre es invitada a participar en el Festival OTI de la Canción. Participábamos en Navidad en el Pase del Niño Viajero, con música navideña con toques contemporáneos, y luego se suma gente como Johnny Camión Íñiguez y el ambateño Carlos Freire. Cuando ya habíamos preparado todo para la participación en el festival, nos dijeron que el cupo estaba lleno..., pero que estábamos invitados a tocar aquella canción del Sanjuanito Rap, mientras el jurado deliberaba.

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Al parecer el trabajo de La Bandada influyó mucho en los colegios y sus bandas de guerra…

Fueron unos dos años de trabajo de La Bandada que se fue deshojando en batucadas. El colegio Porvenir nos contrató para entrenar a un grupo de estudiantes, y con ello surgió un espacio de investigación y formación compartido con Willy De Black, Chapico Cáceres, Freddy Abad y Freddy Cabrera. En el Porvenir se funda La Bandada de la Paz. Desde luego, musicalmente mejora muchísimo la propuesta, de tal manera que cada grupo tiene hoy su expresión definida. Así, el Técnico Salesiano tiene una sonoridad con alto grado de pureza, mientras en el Borja es como una alternativa de deporte casa. Pero algunos colegios contaban con tambores empaquetados y nadie los usaba.

¿Cuál es tu interpretación de la fuerza y la diversión que están presentes en el elemento batucada…?

Se trata de una actividad juvenil-infantil, que básicamente es un juego. Es una batería que tocamos todos. Quien está dentro lo vive, y quien está fuera lo puede interpretar a su manera. La percusión es fuerza y ternura. Hay muchas batucadas feísimas y nada didácticas. En La Bandada de la Madre el instrumento era un rito. Por ejemplo, hay toda una historia en torno al bombo del grupo, que alguna vez fue robado y su recuperación representó una auténtica aventura con sustos y carreras incluidos, además de una travesía entre los ríos Tomebamba y Yanuncay.

Hubo sectores y grupos en Cuenca que no vieron con buenos ojos la irrupción sonora de las batucadas, que eran vistas como elementos culturales extraños…

Las batucadas contienen danza y ritmo, y cuentan una historia, un tema colectivo. Son una especie de rito inicial. Muchos piensan que es Brasil la inspiración, pero hasta los brasileños saben que todo viene de las tribus amazónicas: el sincretismo de lo indígena con lo africano y lo europeo. Desde nuestra visión, las bandas de guerra son un ejercicio monotemático que podría ser más diverso. Queríamos fusionar el personaje militar con el mestizo andante del Pase del Niño, y con lo contemporáneo y global, que puede ser cualquier lugar y cultura.

¿Y las composiciones de Choko, que La Bandada grabaría tiempo después?

La Bandada seguía ensayando en el Parque de la Madre. Nos convertimos no solo en un grupo sino en un movimiento, que estaba vinculado a otras cosas. A continuación llega Diego Sojo, como voluntario de reportero, para hacer un reportaje sobre La Bandada para una revista llamada Justicia y Paz. Diego nos entrevista, y nosotros felices, y luego hicimos con él un recital de vientos y canciones. A raíz de que Juan se hace cargo de la parte escénica, yo asumo lo concerniente a la parte musical, y empiezo a componer bastantes temas en el grupo. Además me piden que me haga cargo de una obra de teatro, cuya dirección compartimos con Diego Carrasco. Con La Bandada de la Madre inventamos algunas canciones, como Desayunando San Juan, Sopa Fría, Pedro no tiene amigos, que sale de la obra que intentamos montar con Guido Navarro, y no se hizo pero quedó la música.

La leyenda cuenta que estuviste también en Cuba aprendiendo percusión…

Lo de Cuba originalmente estaba previsto que se hiciera en tierras africanas, concretamente en Senegal, país al que me disponía a viajar para tomar una beca de la Unesco, que había ganado, con el propósito de estudiar percusión. Por alguna razón que no llegué a conocer, la sede se cambió a Cuba, donde permanecí por un lapso de cinco meses, estudiando percusión en el Instituto Superior de La Habana. Durante ese tiempo, La Bandada quedó a cargo de los árboles del parque, algunos de los cuales fueron talados tiempo después para construir un parqueadero subterráneo.

Testimoniar la vida de este juglar del siglo XXI no es tarea fácil. Más de treinta años de incansable actividad, de permanente creación y producción que no se han restringido a un mismo tipo de expresión artística. En Choquilla podemos hallar al bufón, al payaso, pero también al músico que domina diferentes instrumentos, al actor y director de teatro, al compositor de temas contagiosos, pegajosos, que al mismo tiempo mueven a la reflexión, al artista plástica que elabora máscaras con expresiones disímiles.

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Juan Andrade, Willy De Black, Rodrigo Aguilar, Fabián “Choquilla” Durán

Un día de aquella época de transición entre los dos siglos, nos agolpamos en el teatro Casa de la Cultura para escuchar el recital, por primera vez en Cuenca y el Ecuador, del cantautor mexicano Alejandro Filio. Quien hizo las veces de telonero fue, para sorpresa de algunos, el mismísimo Choquilla y su espectáculo. Indiferente era imposible quedarse. Entre la fuerza de sus letras y ritmos, y el tambalearse de su voz en medio de la afinación y el destemple, ahora teníamos también a un cantautor que además impulsaba la nueva canción en la ciudad, y, sobre todo, contaba historias a través de sus temas, es decir, tenía historias que contar de eso que llaman contenido social… y lo hacía con ritmo y melodía. Para tal despropósito comercial le acompañaron el cantautor costarricense Diego Sojo, y los morlacos Juan Granda y Pablo Íñiguez, como parte de lo que por un tiempo sería La Trova de los Cuatro Ríos.

Poco tiempo atrás, La Bandada tuvo además la oportunidad de presentarse en México, una vez terminado el compromiso con La Pastorela, que musicalizaron: “El entonces Embajador del Ecuador, Gustavo Vega-Delgado, invitó a la agrupación para presentar la obra en una de las tantas cárceles que los Estados Unidos ha construido en México para detener a los inmigrantes ecuatorianos, y así evitarse el gasto y la molestia de llevarlos a territorio yanqui, en una gira memorable llena de anécdotas de todo tipo. ¡Esto fue memorable! Pedro Andrade, que estaba allí como reportero, quiso testimoniarlo, pero su cámara se estropeó…”

Hacia 2009, Héctor Napolitano lo llamó para tocar acompañándole durante una de sus presentaciones en Cuenca, recital que, como no podría esperarse de otra manera, se llevaría a cabo en un lugar nada convencional: un prostíbulo.

Y así ha ido pasando el tiempo también para el sempiterno Choqui. Hoy la maraña de sus rizos enormes pinta ya numerosas canas, a la vez que las fronteras de sus inquietudes artísticas han ido abriéndose hasta incorporar elementos orales y musicales e instrumentos como la marimba y sus ritmos, y las historias y leyendas que, como parte de la cultura afroesmeraldeña, integran también el legado cultural ecuatoriano y latinoamericano. En las pausas breves entre conciertos y giras, viajes y estudios, Fabián ha publicado libros como “Los Animalos”, dirigido a público infantil y cuya edición está prácticamente agotada; ha incursionado en el mundo de la creación plástica, con pinturas y máscaras que llegaron a exponerse en salas de museos como el Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares CIDAP; y, también, de la mano de personas como la voluntaria francesa Magally, conocerá la grandeza del amor y quizá también la gama ancha de sus veleidades.

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Otro día de aquellos, algunos de los más cercanos a Choquilla recibimos por correo electrónico la petición de revisar el archivo adjunto, que contenía su tesis sobre música popular en la que, además, él mismo y su experiencia mágica, artística y profesional eran el eje temático. Y, pocos meses después, supimos con agradable sorpresa que Choquilla, el maestro Choko, el Choqui, acababa de convertirse, en torno a la quinta década de su vida, en el Licenciado Chokotrón.

Cuenca de los Andes

Felipe Aguilar: la Educación es un Acto de Amor

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A los 20 años de edad todos los que sufrimos la pasión por la lectura, por la literatura, de alguna forma nos creemos sobre todo poetas, y así caminamos por nuestros microcosmos con un pesado paquete de poemas a cuestas, que son en realidad decepciones amorosas de adolescente, amenazando a quien se nos cruce con obligarlo a que los lea. Algo así le ocurrió hace 16 años a Felipe Aguilar Aguilar, profesor de literatura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca. Obligado a leer esos versos, un día se sentó ante una hoja en blanco y escribió, a mano y con lápiz, la respuesta que el alumno esperaba: “Disculpe, la letra no es mala –decía al final del manuscrito-, es pésima”.

Más de tres lustros después, el antiguo alumno que todavía conserva aquella hoja de papel que de alguna manera modificó su vida, se reencuentra con el maestro, esta vez para dialogar, en una suerte de entrevista que revela muchas facetas de lo que ha sido la capital azuaya durante los últimos cuarenta años. Fanático, a su modo, del fútbol, de su ciudad Cuenca, de la buena literatura; él mismo un periodista a cuya pluma podría calificársela como de alto vuelo, y con un terror que no oculta por el lugar común, he aquí el fruto del diálogo con uno de los personajes e intelectuales más interesantes de la Cuenca contemporánea.

RA: Comencemos hablando de la actividad que ha sido el eje de su vida profesional y de su misma existencia: la docencia.

FA: Yo me eduqué en el antiguo colegio normal Manuel J. Calle, donde desde primer año ya se nos hablaba de ser profesores. Mi vocación surge a partir de la admiración que siempre tuve por mi padre, Víctor Gerardo Aguilar, y por el hecho de que me matriculé en un colegio que formaba profesores de escuela. Él fue rector del colegio Manuel J. Calle durante más de veinte años. Fundamentalmente se dedicó al periodismo y al magisterio. En general, yo diría que mi familia ha sido de profesores y periodistas.

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Es decir que usted fue más bien el único que se decidió directamente por la docencia, aunque con posterioridad hemos constatado cierta actividad periodística…

Los Aguilar Arévalo fueron esencialmente periodistas: Roberto Aguilar Arévalo, Maximiliano, mi padre Víctor Gerardo, y el último, que falleció hace poco, Francisco Eugenio Aguilar. En el caso suyo fue el periodismo casi con exclusividad, que incluso han heredado sus hijos: Juan Pablo Aguilar, que ahora veo que escribe en El Tiempo, y Roberto, muy conocido en el periodismo ecuatoriano. Yo estuve siempre con la idea latente del periodismo, al cual nunca me pude dedicar porque el magisterio me absorbió. Siento que ya me queda poco de esa pasión que tuve por la docencia; con los años se ha atenuado, ha disminuido.

Alguna vez le escuché decir que se convirtió en decepción…

Hay etapas bien frustrantes en el magisterio. Sí, las hay. Uno pierde un poco el ímpetu, y en algunas ocasiones en el proceso de evaluar cree que los culpables son los jóvenes, a quienes siempre les tildamos de falta de responsabilidad, de falta de dedicación, de ausencia de capacidad receptiva, etc. Pero en realidad quizá los grandes culpables somos los docentes, que seguimos inmersos en esa idea del Magister Dixit, de que nosotros somos los poseedores del conocimiento; les pretendemos solo transmitir, y nunca creemos ni nos planteamos la posibilidad de que lo fundamental es que el alumno aprenda a aprender.

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¿Y no es eso un reflejo más bien del sistema educativo?

Sí. En la educación nacional se han hecho muchas marchas, contramarchas, reformas, contrarreformas, seminarios; se ha gastado mucho dinero en discusiones a veces bizantinas y estériles, y nunca ha habido una política educativa. Cada ministro ha venido y ha modificado pequeños detalles, cambiando algo para que todo siga igual. Confío en el Plan Decenal de Educación que ha planteado Raúl Vallejo, ya como política de Estado, de tal manera que haya continuidad, y de tal manera que las nuevas autoridades no vengan y barran lo que ha quedado hecho anteriormente.

¿Tras culminar los estudios en el Normal Manuel J. Calle, en dónde comienza a ejercer la docencia?

En una escuelita cercana a Cuenca, la Hipólito Mora, en la parroquia Checa. Pese a la cercanía, eso me imposibilitaba seguir estudios superiores; por lo tanto comencé a estudiar solamente cuando vine a una escuela municipal de esa época. Las escuelas municipales eran la Julio Matovelle y la Federico Proaño, que tenían un esquema y una metodología muy adelantados para esa época. Tuve que asimilar todos esos procesos para no cometer muchos errores, y creo que me defendí. Pero en el balance final sí debo aceptar que fui un pésimo profesor de escuela. Éste necesita no solamente de paciencia, de eso que llaman mística, de eso que llaman vocación, sino también de una habilidad especial. Educar en escuela es, considero yo, un arte, que no se aprende con muchos visos de pedagogía o con eventos académicos de gran nivel, sino en la práctica. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, y el profesor de escuela se hace en la docencia, en el contacto con los niños.

¿Y por qué se diferencia del profesor de enseñanza media?

Yo he trabajado en los tres niveles, pero la receptividad y la capacidad de preguntar, inquirir de parte del niño es muy superior a la del adolescente o del joven. Y muchas veces lo que hacemos es una pedagogía de las falsas respuestas, de las respuestas convencionales, de las respuestas políticamente correctas, y no dejamos que el niño vuele, imagine, cree.

¿Cuándo llega la época en la que comienza a dar clase en los colegios?

Curiosamente yo fui primero, de forma simultánea, profesor de escuela y de universidad. Terminé mis estudios en la Universidad en 1970; perdimos un año porque en esa época a Velasco Ibarra se le ocurrió clausurar la Universidad. Al mismo tiempo, el doctor Efraín Jara, decano en esa época, me llamó para ser profesor accidental. En 1976 fui a trabajar al colegio Luis Cordero de Azogues, que por entonces era un colegio Normal. Tiempo después, Claudio Malo, como Ministro de Educación, creó los institutos normales superiores, que yo creo que fue una medida negativa. Los antiguos normales formaban auténticos profesores, jovencitos, a los 18 años. Ya salían con una formación, pensaría que bastante sólida, sobre todo por el hecho de que teníamos prácticas pedagógicas. En quinto y sexto curso nos incorporábamos ya a la docencia. No sé cómo funcionan ahora los institutos normales superiores. Cuando el Ministro creó los institutos, los colegios de este tipo pasaron a ser instituciones regulares, que ya no formaban maestros. Entonces hubo que crear una serie de especialidades sobre la marcha. Fue una medida quizá muy rápida, sin mayor reflexión.

Trabajé tres años en Azogues, y luego vine acá, al colegio Herlinda Toral, desde 1978 hasta 1982 como profesor, y desde 1996 como rector.

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¿Qué le dejó esa experiencia como rector?

Lo negativo, diría, es la falta de contacto con el alumno. El rector está un poco distante, en funciones puramente administrativas. Perdí la costumbre de dictar las clases, que sobre todo en mi caso siempre han sido diálogo permanente con los alumnos. Creo que sí he usado lo que a partir de Paulo Freire dicen que es la gran verdad pedagógica, y creo yo en ella: la pedagogía de las preguntas, más que de las respuestas. Creo, aunque sea un lugar común, una frase hecha, en eso de que la educación es comunicación, es diálogo permanente. En un plano de absoluta horizontalidad, nadie es superior, nadie es inferior, nadie es sabio, nadie es ignorante. La búsqueda del conocimiento a través de una interacción entre profesor y alumnos.

¿Llegó a esa posición a partir de reflexiones teóricas o desde la práctica misma?

En la práctica, y también [puede parecer pueril o insignificante lo que se dice] tengo que confesar: en mí influyó mucho una película, La sociedad de los poetas muertos. Ahí, precisamente, se plantea esto de la educación activa, de la educación de preguntas, de la búsqueda de caminos; no creer que nosotros señalamos definitivamente el camino, y que la educación es una especie de robotización, de domesticación. La ruptura del esquema de la presunta superioridad del profesor. Una educación en libertad, para que el joven sepa ejercer esa libertad.

¿Pero eso rige para los tres niveles?

He tenido muchos profesores. Quien sí se merece, para mí, el nombre de maestro, fue Alfonso Carrasco Vintimilla. Lo conocí cuando era muy jovencito él, y yo también muy joven. Él, culminados sus estudios, ya fue profesor nuestro en la Universidad. La facilidad de comunicar que tenía Alfonso, ese método un poco socrático que tenía para interrogar, para conducir nuestros razonamientos, nuestras ideas, para guiarnos en las lecturas. Yo siempre amé la lectura, pero con Alfonso me apasioné por ella. Él fue quizás el que más haya influido en mi cosmovisión, en mi manera de ver el mundo y de interpretar la existencia.

También tendría que mencionar a alguien que nunca me enseñó inglés, porque era profesor de inglés, pero que sí me enseñó a amar la vida, y gozar a la vida y sufrir a la vida, y a vivir cada noche como si fuera la última, y cada mañana como si fuera la primera: Francisco Estrella Carrión. Una figura inolvidable para los que le conocimos, que lamentablemente nunca dejó huella escrita, nunca escribió textos, a no ser su participación en La Escoba. Pero nunca llegaremos a saber qué es lo que realmente escribió el Paco. Fue una especie de Sócrates cuencano. Nunca fue profesor de aula sino de café; por qué no decir que fue un profesor de cantina, porque él era un dipsómano que bebía mucho; y bebía también con cierta frecuencia con sus alumnos. Él decía: <<No siempre con los mismos porque tengo que ser democrático…>> [ríe]. Pero era un ser singular, distinto, irrepetible. Es difícil encontrar alguien como fue Paco. Con la sabiduría, la cantidad de lecturas; un hombre que a través del humor dejaba reflexiones y pensamientos verdaderamente profundos; el auténtico guía, y eso se supone que es el maestro…

¿Y todas esas anécdotas que se dicen de él, son reales o se han ido distorsionando con el tiempo?

Se han ido distorsionando mucho. A veces incluso no hay concatenación cronológica. Lo que pasa es que a nivel de coloquio, de la conversación diaria, suena bien decir <<el Paco decía esto…>> Es una especie de defensa que hace la persona, para justificar, darle nivel o poner en un plano alto el chiste o la anécdota graciosa. Pocas de las anécdotas que se cuentan del Paco son de él. Mucho se ha agregado con el tiempo. Se ha hecho leyenda.

¿Efraín?

Efraín Jara estaría en la línea del expositor más brillante que yo haya escuchado. No creo que él haya sido un maestro de los tradicionales, sistemático, ordenado, comunicador, transmisor de conocimientos, que pretendía solamente robotizar, domesticarnos. Efraín también nos dejaba mucha apertura, mucha posibilidad de leer, evaluar, comentar y criticar lo que leíamos. Y todos los que hemos sido alumnos de él sabemos que a la vera de él, desde la sombra de él o más bien desde la luz de él, nos hemos forjado los que podríamos decir que somos de la escuela de Efraín. Nadie puede negar, sería absurdo discutir, todo el bien que ha hecho Efraín a través de su magisterio. Yo valoro muchísimo la poesía de Efraín, pero también su capacidad de incentivador de vocación, su magisterio en definitiva. No quiero decir con esto que sea un mal poeta. ¡Es un gran poeta!

¿Cómo llega Felipe a la literatura, en qué momento?

Yo diría que en la niñez; los primeros textos que caían en mis manos yo ya los leía, los devoraba. Había un hermano mayor a mí como once años. Se llamaba Jacobo Aguilar, y era el lector más insigne que he conocido, y he conocido a grandes lectores. No en el sentido de devoradores de libros, que comen mal y digieren peor, sino en el de selectivo y lector con espíritu crítico: saber juzgar, valorar y discernir, en definitiva, lo que es literatura auténtica de lo que es hojarasca, simple adorno, simple relumbrón, simple éxito.

En aquellos remotos años circulaba una revista argentina que se llamaba Leoplán. Era semanal, e incluía en cada edición una novela clásica. Así que en Leoplán yo leí a Verne, a Dumas, a Dickens, a Balzac, a los rusos. Es decir, fuera del colegio yo leía, pero tengo que admitir que en el colegio nadie me enseñó a leer. Las clases de literatura no eran más que vida de los autores. Leíamos uno que otro texto, la cuentística cuencana con Alfonso Cuesta y Cuesta, César Andrade y Cordero, y Arturo Montesinos Malo, pero muy esporádicamente. Ya en sexto curso, era la vida de José Joaquín de Olmedo. Tengo que admitir que escuela y colegio no me enseñaron a leer. Y creo que es un drama que después de un montón de años se sigue repitiendo, aunque los profesores de literatura sí queremos un poco cambiar eso, y comprender que somos profesores de comunicación y de lecturas más que nada. Mi inclinación por la literatura nace ahí, cuando me hago lector. Pero cuando ya definitivamente se despierta la pasión por leer es a través de las cátedras de Efraín y de Alfonso.

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¿De qué manera ese estudio de la literatura en la Universidad le empujó más a la crítica que hacia la creación? Me parece que pudo haber influido, aunque estoy especulando…

No niego que tuve mis escarceos, mis intentos de creación, pero siempre los mantuve escondidos, guardados en algún sitio porque nunca me convencieron. Escribí algunos textos, fundamentalmente relatos, pero después tenía una sensación de insuficiencia, de impotencia, unas ganas inmensas de hacer lo que inmediatamente hacía: romperlos, porque ni siquiera tenía la esperanza de dejarlos reposar para después decantarlos. Nunca me sentí capaz de crear. Entonces opté por convertirme en lo que decía Alfonso: una especie de parásito de la literatura, porque los críticos se nutren de lo que hacen los demás. Pero siempre he tratado de que mis alumnos sean lo que yo creo ser: un buen lector. En definitiva, difícilmente a mí me meten gato por liebre, y por lo tanto difícilmente yo a mis alumnos les voy a recomendar libros de escasa calidad. Yo no creo que haya libros prohibidos. No hay libros prohibidos sino bien escritos o mal escritos.

¿Cuándo comienza a escribir crítica?

En los trabajos de clase que hacíamos con Alfonso y Efraín, que eran actividades calificadas. Pero de eso no creo que haya quedado nada. Entre los primeros textos que se publican está uno para colegio, en el que había un poco de crítica. Estábamos María Rosa Crespo, Joaquín Moreno, Jorge Dávila y yo. Ahora veo que lo utilizan para el programa de sexto curso de los colegios. Se llama Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana. Se trataba de adaptar al lector, pero sí hay algunos apuntes de crítica literaria. Yo desarrollaba las unidades sobre Jorge Icaza, por ejemplo, y el cuento ecuatoriano desde Juan León Mera. Claro que falta ahí actualizar, porque el texto debe ser de hace más de veinte años. Sin embargo, la Librería Nacional Salesiana [LNS] lo sigue haciendo circular.

Imagino que a continuación vendrían trabajos más rigurosos, quizá sistemáticos, como por ejemplo para el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana…

He sido siempre temeroso de la calidad de los estudios que yo pueda hacer de una manera sistemática. De tal manera que, en el Encuentro, del que algunos de los actuales profesores somos iniciadores, desde el año 1978 hasta aquí, una sola vez he presentado ponencia, creo que el estudio sobre el humor en la literatura. Después un poco me escudaba en el hecho de que como era director de la Escuela de Lengua y Literatura, era también un poco coordinador del Encuentro. Nosotros, los creadores del Encuentro, normalmente debimos haber tenido mayor participación. Los que siempre han estado presentando ponencias y trabajando han sido Jorge Dávila y María Augusta Vintimilla. Y, claro, alguien que no es profesor de la Universidad de Cuenca sino de la Universidad del Azuay, muy disciplinado y constante, Oswaldo Encalada Vásquez.

Hay por ahí la creencia de que Felipe Aguilar es un poco perezoso…

Bueno, sí, pero es sobre todo un poco de pereza intelectual. A veces uno, agobiado por otro tipo de actividades, va postergando los compromisos. Me han solicitado ahora que haga un comentario sobre la poesía jocosa de Luis Cordero, hace unos quince días. Yo dije que en ocho días lo entregaría. Pero hasta ahora lo único que he hecho es leer la poesía jocosa de Luis Cordero. A veces es también el vencer el temor a la pantalla en blanco. Sí, sí, asumo que sí podría dedicar un poco más de tiempo para escribir algunos textos…

¿Cómo llega al tema del humor?

Por una casualidad y una broma de Jorge Dávila. Se revisaban los temas para uno de los Encuentros de Literatura. Por alguna circunstancia, Jorge Villavicencio y yo faltamos al Centro Docente. A la semana siguiente ingresamos al Centro y Jorge Dávila comienza a leer los temas que íbamos a trabajar, y dice: “Como Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar no estuvieron aquí, ellos que hagan sobre el humor en la literatura”. Fue un decreto… Yo hice la ponencia y Jorge el comentario.

Ahora, yo siempre he valorado el humor. El periodismo que hizo mi padre era muy humorístico y duro; era muy filoso, un hombre muy irónico. Alguna vez incluso eso le llevó a que le den una paliza poco piadosa. Tuvo muchos enemigos precisamente porque el humor lacera, cuando es de calidad. En ese sentido siempre más que creer que la vida sea un valle de lágrimas, creo que es un valle de alegrías, de risas. Es un buen escudo, una buena defensa para las miserias y las estrecheces de la vida cotidiana reírse un poco. La risa conserva la salud, nos mejora muchísimo.

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Pero ahora se considera a Felipe Aguilar como uno de los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: <<Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas>>, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

Hace unos pocos años hubo un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez Olarte. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama Después del concierto de la tarde, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de este texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al Premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clases o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol. Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto: si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, Después del concierto de la tarde, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas, parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la Generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1954), son los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado Cambio de posta hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó Azul a los 16 años, y Medardo Ángel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó dicho todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.

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¿De qué manera influyó el movimiento juvenil de los años sesenta, Mayo 68?, ¿cómo los marcó?, ¿qué tan conscientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar, del rock? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillos…

La revolución de las flores y los grafitis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. Él había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

Es decir, ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a Los Beatles ni fumaban marihuana…

Había un grupo, más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: Los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Che, la Revolución Cubana

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Con su nieto, compartiendo una tarde de fútbol en apoyo al Deportivo Cuenca, el equipo de la ciudad.

Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

SÍ. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hippismo, había la corriente que odiaba el hippismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba [tradicional café-restaurant cuencano, que aún se mantiene en el Centro Histórico, frente al Parque Calderón] era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta cañarejo Noboa [según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, Cronista Vitalicio de Guayaquil, Enrique Noboa Arízaga no era azogueño sino cañarejo], Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el Club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el Parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural de la Municipalidad, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Rubén Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín…

Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presentaba In Memoriam, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de Falopio. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

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¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportables que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también…

¿Y de dónde surgió aquello de la Atenas del Ecuador?

Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él, se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia, pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino la farra de la lora. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.

Efraín Jara Idrovo, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar Aguilar, Iván Carrasco Montesinos

 

Revista El Observador, Nos. 36-37,

Noviembre de 2006-Febrero de 2007

Cuenca-Ecuador

Fotos: Procorp, Catalina Sojos, Chino Felipe Aguilar Jr.