Bob Marley: el león de Jamaica

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En mayo de 1981, hace 35 años, dejó de cantar su mensaje el León de Jamaica, Robert Nesta Marley, para convertirse en el símbolo de todo un pueblo, en una leyenda viviente que ha hecho de sus canciones auténticos himnos de los oprimidos del Tercer Mundo, de la reivindicación por los derechos del hombre negro.

 

Hijo de un inglés de raza blanca y de una jamaiquina negra, Bob Marley se dio a conocer al mundo con el álbum Catch a fire, aunque por entonces se promocionaba simplemente como Los Wailers, el nombre de la agrupación con la que difundiría por el planeta la fusión afro-antillana conocida más tarde como reggae. Ese primer disco sería no solo una revelación musical para el orbe, sino también el símbolo de toda una filosofía religiosa y reivindicativa. Al mismo tiempo, su portada representará una forma provocativa de asumir el consumo de marihuana, que trascendía inclusive los postulados de la generación beat y hippy, para revestirse de un aura mística: Bob Marley, aún sin las rastas que se convertirían en sinónimo de su música y su religión, aparece con un porro de hierba de proporciones hiperbólicas.

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Se trata de un tipo de música mágica, enriquecida por los aportes ancestrales que la cultura afro de Jamaica ha ido transmitiendo de generación en generación, a lo cual se agrega el componente idiomático inglés, y la innegable presencia del rock con sus obvias dosis de fusión. Si a todo ello se le agregan elementos como la religiosidad de los temas, en honor a Jah, una especie de deidad de la marihuana o cannabis, y la existencia de toda una cultura hoy ya mundial en torno a ello, nos toparemos con uno de los movimientos culturales más sólidos de las últimas décadas.

Con el transcurso de los breves años que duró su carrera, cada disco irá marcando nuevas fronteras evolutivas del reggae como ritmo internacional, hasta crear verdaderos temas clásicos que más de un cuarto de siglo después siguen sonando en las emisoras de radio y en los walkmans o discmans de hombres y mujeres de todos los confines. Su música influirá y marcará a intérpretes del pop como Eric Clapton y el propio Sting, quien a la cabeza de The Police creará cantos con visos clásicos resultado de la fusión entre reggae, rock y jazz.

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A treinta y cinco años de su muerte, acaecida como resultado del cáncer cuando el músico pisaba la cima de su carrera y apenas contaba 36 años de edad, la leyenda del rey del reggae continúa más viva y fuerte que nunca. Sus discos se reeditan y se copian como si el mulato de Kingston aún estuviese vivo, y año tras año suma nuevas generaciones a sus millones de admiradores y seguidores de uno de los productos culturales más genuinos de la modernidad.

Monólogo de un Desgajado, R. Aguilar, CCE, 2016

Diego Sojo: un trovador consecuente con su canto

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Sin haber tenido mayores referentes de su actividad musical, imaginaba siempre que era uno de tantos trovadores centroamericanos recorriendo el mundo con can­ciones que nunca saldrían del anonimato. Hace algún tiempo me visitó para anunciar un concierto y la aparición de su nuevo material, a la vez que me daba una dirección (www.cosmovisiones.com/diegosojo) para que supiera algo más de su trabajo y hasta escuchara una de sus canciones, Brochas Gordas, que pude bajar en mp3.

Tiempo después me envió una cinta con todo el material incluido en “Brochas Gordas”, más algunos te­mas que supongo son parte del nuevo disco. A los pocos días me llama para preguntarme sobre el cassette y para anun­ciar la presentación de su nue­vo grupo. A la interrogación respondí con un inseguro “me parece interesante” para salir al paso y cambiar de tema. En realidad no había escuchado el trabajo. Lo hice la noche en que su grupo era presentado en un bar de Cuenca, pero no allí, sino frente a mi propio minicomponente y en la soledad de mi sala.

La música de Diego Sojo es en realidad el mejor ejemplo de lo que nos falta hace rato, de la calidad y la originalidad, de la frescura y el ingenio, del talen­to y la seguridad plasmados en un trabajo frente al que apela­tivos como fantástico son aún insuficientes. El espectro mu­sical de Diego es tan amplio co­mo su talento: desde el folclore latinoamericano, pasando por una suerte de rock’n’roll de los sesentas con bate­ría desenfadada, con letras en torno a lo urba­no pero matizadas con trazos de rebeldía contra la incomuni­cación de la era de la comunicación (¿de qué me sirven los besos que mandas por internet?).

Costarricense radicado en Cuenca, Diego es la perfecta conjugación de un músico y de un poeta, es decir todo un trovador de nuestros tiempos que va entregando su canto, su mensaje, su abrazo de hermano y su palabra esperanzadora de amigo por cada uno de los caminos por los que transita. Y esos caminos comenzó a recorrerlos, a trazarlos más bien, desde su natal San José hacia mediados de los años noventa, componiendo e interpretando canciones de calidad que no permiten resquicio alguno ni para la mediocridad ni para la pereza mental. Aquí la primera parte de un diálogo que no veía su fin…

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Diego Sojo es todo un personaje de la movida cultural cuencana. Sin él no se explicaría mucho de lo que ha acontecido en los últimos años en Cuenca, a nivel de lo que más o menos se conoce como canción alternativa, como los conciertos de Alejandro Filio, Frank Delgado, Vicente Feliú o María Pretiz. O, para mencionar otro ejemplo contundente, el impulso al movimiento de la “Trova de los cuatro ríos”.

Lo conocí hace algunos años ya cuando el suscrito fungía de capo del periodismo cultural de la región, por aquello de que la elevada dosis de tradición del público morlaco le hace preferir, a la hora de informarse o desinformarse, según la perspectiva, a cierto medio, aunque consideraciones más importantes como la calidad no sean precisamente tomadas en cuenta.

Más allá del personaje Diego Sojo, el artista, en torno al cual hasta parece irse construyendo una leyenda, está sobre todo el DS ser humano, el amigo, el pensador, el existencialista. En suma, el Diego que está detrás de canciones con profundos contenidos y reflexiones vitales, en las que se habla de la naturaleza, de la tierra, de la vida y la muerte, del tiempo, del amor, del no morir en vida. El flaco melenudo que un día decidió dejar su natal San José para percatarse, él mismo, de que el mundo es más grande y de que las fronteras deben ser comunicadas, contactadas, estrechadas y, por último, desechadas. Con sus cuatro maravillosas producciones, aunque no es el tipo de música que colma los escenarios, el suyo es un trabajo en realidad angelical, el de alguien que tiene una misión en la tierra y así lo está comprendiendo y asumiendo.

En realidad la amistad no siempre es un buen material conductor para una entrevista. En medio de bromas y de aparentes tensiones derivadas de no saber cómo empezar el diálogo, opto por iniciarlo con interrogantes en torno a ciertas pasiones comunes. Conversador inagotable, lo que viene a continuación es apenas un extracto de una conversación que parecía no tener fin.

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– ¿Qué piensas de la legalización de la marihuana?

– En realidad el problema seguramente nació de la prohibición que originó el mercado textil. Porque ha sido una materia prima muy buena para telas, sogas, papel; tiene mucha fibra y es un producto de alto rendimiento. En un momento dado, con la industria incipiente del nylon y el algodón, se rompió. Creo que entre menos cosas tengamos prohibidas y podamos manejarnos con un derecho penal limitado, pues mejor.

– ¿Cantarías a favor de la legalización?

– Depende de las circunstancias, porque hay que estudiarlas bastante bien.

– ¿Pero cantarías o no?

– Sí cantaría, claro, pero no en cualquier movimiento o improvisación ni en cualquier escenario, porque tiene que ser en un sitio afín a lo que uno piensa. Yo creo que inclusive en el movimiento de legalización van a colar un montón de cosas que a mí no me interesan tampoco. Uno no puede entregarse a nada porque sí.

– ¿Siempre que estás haciendo una canción te das cuenta de que estás siendo utilizado, de que eres un instrumento, o es solo en ciertas canciones?

– Hay canciones en que más y hay canciones en que menos. Hay algunas que son un telegrama totalmente, hasta instantáneo puede ser.

– ¿Como cuáles, por ejemplo?

– Como “En la mitad del mundo”, por ejemplo, que en realidad son vivencias, pero es como usar las propias vivencias de uno para construir otro tipo de historias. Es simplemente el marco teórico de la historia de fondo, que siempre es lo importante. Lo que es circunstancial es como lo que se usa para llamar tal vez la atención, pero lo importante siempre es el mensaje de fondo. El mensaje de fondo uno no lo inventa ni nada, sino que está ahí, existe, porque el amor existe. Lo que ha pasado con la música, y por lo que empecé a escribir seguramente era por el tipo de terapia que te provoca escribir lo tuyo, sacar cosas que no sacas de otra manera.

– ¿Eras tímido?

– Claro, lo soy. Por ejemplo, he asumido un personaje que es extrovertido por esencia: el artista. En lo demás soy tímido. En el escenario ya no porque es como un oficio que se aprende.

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– ¿A qué edad comenzaste a escribir canciones?

– A los catorce, que fue cuando agarré la guitarra, y antes ya había compuesto cosas así porque era integrante de los Scouts, y siempre teníamos que estar como con porras. Entonces siempre cantábamos.

– ¿Pero tenías conciencia ya de lo que es ser un trovador?

– Para nada. El trovador para mí es un ideal. Es muy difícil para mí decirte tal es un trovador, tal es por ciertas circunstancias, pero en verdad el trovador, esa palabra, es como un ideal de sujeto, que es un tipo de profeta y bastante disciplinado. Eso de caminar y cantar es lo que hacían los trovadores de la Edad Media. La música es un medio para cumplir cierto propósito, y es un propósito universal.

– Cuando entras a estudiar Derecho, ¿tenías ya las ganas de dedicarte a esto o no?

– Lo que pasa es que cuando entré en la U yo ya tocaba en grupos. En el último año de colegio ya tenía mi propio grupo, tocando canciones mías. Era un grupo que se llamaba Ruta 65, que era como se llamaba la ruta del bus que nos llevaba de Zapote al centro. El estilo era influencia Charly, Sui Generis, Miguel Mateos, Enanitos Verdes, Soda Stereo. Teníamos repertorio propio y algunos covers. Vacilamos un poco con ese grupo pero todavía era malito… (Ríe…)

– ¿Cuándo surge el cantautor?

– De forma paralela empecé a tocar solo, que fue cuando asumí un poco más el rollo de cantautor, porque antes no era Diego Sojo sino el cantante de tal grupo. Yo creo que el personaje ese del cantautor itinerante empieza cuando empieza el itinerante en el 95, y que deja de ser abogado a medio tiempo.

– Mientras estabas en la universidad también seguías cantando…

– Claro, en los festivales de la canción. Era la época de las estructuraciones filosóficas, porque es cuando vos tenés los conceptos: esto es en lo que creo y esto no. Entonces vos conoces sistemas filosóficos como es el Derecho, o como es la Historia, un montón de cosas. Conocés los sistemas y ahí aplicas tu propia reestructuración del asunto. Entonces opinas si las instituciones que existen ahora van o no con vos, con la reestructuración que tienes. A mí me decepcionaron casi todas las instituciones.

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– ¿Pero tú creías en lo que estabas estudiando y en lo que comenzaste a trabajar?

– No, yo no creo en el Derecho.

– Pero yo te hablo en pretérito imperfecto, si creías o no en aquel tiempo…

– Hay una parte que se llama el Derecho Natural, en eso se puede creer; eso está en las nubes, ¿entendés? El Derecho Positivo, que es el que nosotros usamos, el que se describe, que está en las leyes, en eso no se puede creer. Es como un laberinto, como una trampa que se aplica siempre a favor del que tiene más poder. Y de eso se trata ser abogado, de eso se trata el sistema jurídico, la seguridad jurídica: mantener el status quo. Entonces uno no puede creer en eso, porque es como encerrarnos. Y yo creo que el Derecho ha funcionado mucho también para limitar el desarrollo humano.

– ¿En cuántos casos interviniste como abogado?

– Eso es muy relativo. Porque si digo cuantos casos estaba viendo, que estaban en trámite, eran un montón, pero era como seguir expedientes nada más. Ese no es el trabajo de mucha acción. Yo no ejercí tanto como para meterme yo mismo a darme cuenta de que todo eso es una mierda. O sea ya uno sabe a lo que va. Yo creo que todos los que están trabajando ahora saben lo que yo, y están de acuerdo.

– Porque están confortables…

– Porque están confortables, obviamente, o supuestamente. Depende de cuál es tu confort. Porque por ejemplo para mí era muy incómodo estar trabajando en eso, a nivel de lo que yo pensaba que debía ser la vida, de lo que me decían las canciones que hiciera. ¿Cómo podía yo estar cantando El mayor pecado y estar ahí?

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El mayor pecado es una canción fundamental en tu vida…

– “Señales de alerta” y “El mayor pecado” son como un manifiesto, como un credo chiquito. Una de que no hay que morir en vida, y segundo de que la cosa es urgente, que no te puedes quedar ahí, que de verdad no se puede quedar uno quieto para nada, no podés. Si no te mueves para arriba te mueves para abajo, pero no te vas a quedar quieto. Si no estás poniendo fuerza para no solo sostenerte sino para seguir, te vas enterrando.

– ¿En qué momento llegó esa gotita famosa que derramó el vaso y te dijo hasta aquí?

– Bueno, yo creo que no llega ninguna gotita. O sea que a veces caen aguaceros, que a veces escampa un rato, sí. Pero creo que siempre es un proceso. De hecho desde que empecé con el último grupo yo lo tenía todo muy claro, mi meta era, pasara lo que pasara con el Derecho, que aquello de ser abogado era como un pasatiempo, era como quitarse también un peso de encima, porque había estudiado cinco años y pico.

– ¿Y también hubo presión familiar?

– Bueno, no fue necesaria. Yo ya estaba auto presionado. Lo primero que tuve claro, como dice una canción de Sabina, era que tenía que irme. En Costa Rica también es así. Los ticos no se dan cuenta porque se creen lo más grande del mundo allá adentro, pero es así. Y la gente se hace un mundo en San José. Claro que pasan un montón de cosas pero ese no es el mundo, y una ciudad se convierte siempre, para un artista, en una especie de círculo vicioso. Ya después de unos meses estaba listo para irme, e hice varios conciertos de despedida. Pero hubo un último, total. Y ya, al día siguiente estaba en Managua.

– ¿Por qué Nicaragua? Según sé los ticos no quieren a los nicas.

– Lo que pasa es que los ticos se creen superiores. Así de fácil. Porque los nicas son los que siempre llegan de refugiados, a trabajar. Ahora son un millón en Costa Rica. Y ambos son países que siempre han tenido una historia en común, y por eso Nicaragua ha influenciado en Costa Rica y viceversa. Yo lo que quería era llegar a Guatemala pasando por toda Centroamérica.

– ¿Comienzas a grabar en Nicaragua?

– Grabé un recital con Alejandro Mejía (el hijo de Luis Enrique Mejía Godoy), en vivo, y con eso armé un cassette que se llamaba “Diego Sojo: concierto en Managua”, que lo estuve moviendo así durante la gira, artesanalmente. Lo copiaba de cassette a cassete y así lo vendía. Además con él llegué hasta Cuenca, y era lo que mostraba a la gente. el tiempo.

– ¿Y de Guatemala pasas a dónde? cuenca99

– De Guatemala voy a Costa Rica y luego a Ecuador. Pero antes había pasado unos tres meses por Honduras, que fue donde conocí a Marisol [la escritora cuencana Marisol Patiño, compañera de Diego, madre de sus dos hijos, y hermana del conocido pintor ecuatoriano Agustín Patiño].

– ¿Cómo fue la onda de conocer a Marisol, y por ella al Ecuador?

– Yo diría que más bien ella me conoció a mí, y yo la conocí a ella después. La cosa es que me hago amigo de un amigo de Marisol en esa misma noche, ya después del concierto. Al final el man me dice que me podía quedar en su casa si no tenía donde quedarme. Me quedé como una semana, hasta que volvió su mamá. El 14 de febrero viene y me invita a una fiesta en casa de unas amigas, una argentina y una ecuatoriana. Y nos vamos. Llegamos a la casa de la Marisol, y ahí hubo un enganche. Y luego Honduras fue como una luna de miel, más bien. De ahí había que seguir hasta Guatemala. Marisol estaba ya esperando al Rimai. De Guatemala la idea era volver a Costa Rica y a Ecuador, y eso hicimos. En el 96 se da el aterrizaje en Quito, cuando estaban en la segunda ronda de Nebot y Bucaram, y el presidente era don Sixto Durán. Y Ecuador era para mí un país muy loco en lo político, porque imaginate el primer año que me tocó vivir aquí: elecciones, y el triunfo de Abdalá Bucaram y todo el show que hizo, la teletón. Pero en general Ecuador me encantó, aunque más que todo el hechizo fue Cuenca, que me alucinó.

– ¿Cuánto tiempo te quedaste, qué hacías?

– Como un año y medio. Cantaba en un montón de lados, en varios festivales. El primer concierto que dí en Cuenca fue en un bar que ya no existe, que se llamaba el Pecas Bar. Me presentaba mucho en cuestiones sociales, invitado por Justicia y Paz, en San Cristóbal, San Roque, en la Feria Libre, y en los bares que había entonces, como el Cafecito. Era también el primer año de la Bandada de la Madre. Ahí conocí al Choquilla [Fabián Durán]. Toqué también en el Café Vasco. También hice recitales de despedida, cuando me iba de acá. Y conocí a mucha gente, como a los integrantes de La Doble, al Tuga [Juan Carlos Astudillo], al Juancho Vinueza. Después estuvimos como cinco meses en Quito, donde hice unos dos recitales, en el Café Libro y en la Casa de al lado. Y de ahí a Costa Rica, otros cinco meses, y después a Honduras, después del huracán Mitch.

– ¿Es entonces cuando viene la grabación de Brochas gordas, tu primer disco?

– Sí, eso fue muy bonito porque los músicos que participan en “Brochas” eran gente con la que ya había estado trabajando meses. Y fue muy rico porque en realidad eran muy buenos músicos. Estuvimos trabajando en los ensayos como dos o tres sesiones, y de ahí yo lo que iba haciendo era citas con cada músico. Primero me acuerdo que trabajamos con lo más acústico, Hay en mí, y a la siguiente semana ya empecé a hacer las canciones que tenían batería, y lo que hacíamos era que el baterista tocaba en vivo y yo iba cantando con él. Después llegaba el bajista. Además tuve la suerte de contar con ese estudio, que es increíble, con tecnología de punta.

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– El sonido es en realidad muy bueno…

– Y pudo ser mejor porque yo al final los presioné bastante, pues tenía que viajar a Ecuador, y un día se trabó la máquina, lo que ocasionó que se perdieran como tres días. Y todo fue como muy a la carrera, pero yo creo que gracias a ese arranque de adrenalina fue que se hizo el disco como se hizo. Porque además juntar a toda esa gente, que en la historia de ellos como músicos, en el movimiento de Honduras, no habían hecho un disco juntos esos manes. Hay gente de tres grupos de rock que eran los más representativos de ese momento, grupos con historia.

– ¿Qué pasó con Brochas gordas en Costa Rica?

– Encontró un nido, que es radio U, donde más ha sonado. Es creo donde exclusivamente ha sonado. Y esa radio es muy importante a nivel de lo que es la música alternativa; igual que en todos los países la mayoría de las radios tienen programación de paquete, entonces con esa radio hemos trabajado mucho. Han sonado algunas piezas de ese disco como “Sube marea”, “Brochas gordas”, “Yo sigo como voy”. Lo que pasa es que uno no puede como monitorear exactamente para darte una visión de lo que ha pasado.

– Supongo que en Costa Rica, con el disco, tu imagen se consolidó más.

– En Costa Rica hay discos muy buenos y hay cantidad de gente trabajando ahí. Y salen discos a cada rato. Yo creo que eso no es tan llamativo como el hecho de abrir fronteras y conectar otro tipo de cosas. Porque eso es lo que demuestra cierta consistencia con tu mensaje, y eso nos vuelve al punto de principio: que todo esto, en realidad, es accesorio. Si yo todavía no me siento realizado es porque me siento, en realidad, mediocre. Porque uno tiene un mensaje muy profundo, y uno debería tener una consecuencia mucho más profunda. Pero es un proceso. Entonces yo me imagino que debe llegar un momento más radical. Y es que, alguna vez te decía, no es solo el hecho de pararse con una guitarrita y darle. A veces eso no es suficiente. A veces hay que hacer otro tipo de cosas. Y yo creo que hay que hacerlas porque estamos en un tiempo urgente. Y ahora no me lo imagino. Yo siempre estoy rezando para tener bien claro el asunto. Ahora no lo tengo claro. Tal vez solo tengo claro este año, lo inmediato, pero yo sé que llegará un momento más decisivo; de lo que se trata es de transmitir mensajes. Porque los mensajes están allí. Y son los mensajes de siempre, pero son las versiones de estos años, ¿me entendés? O sea, ya está escrito, está bien, pero es que la Biblia no te habla de internet; es que en el Baghavita no te dicen nada de los congestionamientos viales.

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– Pero como que no has aprovechado tus discos para una promoción más sostenida.

– Depende de qué es lo que quieras. Yo no tengo el objetivo de saturar de música de Diego Sojo a Cuenca. Yo sé cómo se consigue un número uno, pero no le veo el sentido al asunto. Yo sé que son medios para conseguir cosas pero no estoy en eso, y entonces prefiero dedicarme a otras cosas, como viajar. Eso para mí es como una prioridad, como ir construyendo tu propia leyenda, y lo demás viene por añadidura. Eso de tener un número uno es como muy artificial. Yo pienso mucho también cómo yo he consumido música a través de mi vida. Que me han llegado cassettes, la bola de discos de grupos que tal vez nunca vaya a verlos en mi vida; grupos que ya se extinguieron pero que han dejado su huella en la vida de uno. Y de eso se trata con los discos. Ya la música está ahí. Yo creo estar tranquilo con eso, y si esa música tiene que hacer algo ya está disponible. Uno no puede obsesionarse. Yo no vivo de eso.

– Sin embargo, sé que estás preparando una especie de antología…

– Lo que pasa es que eso es por motivos prácticos, hablando de ser amigable con las radios, estaba pensando en compilar en un disco lo que es radiofónicamente viable.

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– ¿Eso no es un eufemismo?

– ¿Para decir qué?

– Para decir comercial…

– Es que podría serlo, pero yo más que todo no pienso en venderlo sino en difundirlo. En primer lugar lo pensé para las radios porque me hacía falta. Porque yo llego a una radio y tengo que sacar los cuatro discos, y entonces es muy incómodo. Entonces a mí me gustaría dejarles la música que sé que van a programar. Y obviamente puede que me ayude a venderlo, pero también vender una compilación y no los cuatro discos te deja como una sensación de pérdida. No es el asunto comercial. Pero bueno, así funciona, tampoco hay que darle tantas vueltas al asunto. Yo ya me he complicado bastante con ser consecuente con lo que canto.

Revista Qué Nota, Cuenca, Ecuador, 2004