Álex García: el ecuatoriano que se fue por el mundo

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La caricatura fue mi primer amor, dice convencido el pintor guayaquileño Álex García al evocar los tiempos en que empezaba a incursionar en el mundo del arte, hace más de cincuenta años. Fue precisamente de la mano de ese primer amor que empezó a recorrer primero las calles de su pequeño país, y luego del mundo. Ahí está para corroborarlo, por ejemplo, la anécdota de aquella ocasión en que fue encerrado en una cárcel cuencana, en 1963, por haberse atrevido a exhibir una caricatura de Fidel Castro y Nikita Kruschev, en plena dictadura militar y cuando hablar de Cuba y la Unión Soviética era el camino más seguro a ganarse un anatema, por lo menos, cuando no algo mucho peor: «Al salir de la prisión, luego de ocho días, en vez de salir de la ciudad como habíamos sido conminados, montamos una exposición en el Centro Ecuatoriano Norteamericano Abraham Lincoln, a la que no acudieron más personas que el presidente y la secretaria de esa institución».

Europa

Ese primer amor, que lo prendería ya desde los trece años, no se conformaría con caminar por el Ecuador o andar por los países vecinos, y más bien intentaría hacerlo cruzar el Atlántico con rumbo a Europa. En pleno vuelo no bastó más que una chispa para encender el fuego de su talento, con decenas de pasajeros como combustible: tras agradecer las atenciones de una azafata con una caricatura, minutos después el piloto de la nave, la tripulación y casi todos los pasajeros caían hechizados ante su talento, y lo harían llegar a Madrid con una buena cantidad de dólares en los bolsillos.

 El traslado

Mientras se dispone a plasmar su visión de mi persona en una caricatura (aquella que identifica a este blog), me relata que, como les ha sucedido a muchos ecuatorianos, Álex García nació en Guayaquil y creció en Quito, y más de la mitad de su vida la viviría intensamente en la capital venezolana. A Caracas llegó luego de haber pasado dos años en Colombia, tras un fallido intento de trasladarse a Nueva York. En la capital venezolana estudiaría en la Escuela de Bellas Artes, y una vez ya conocido en el ámbito artístico de esa nación, ganaría reconocimientos como el Premio Nacional de Paisaje «Fernando Valero», en 1983; el Salón de Aragua, en 1985; y el Premio Tejerías, en el año 1986.

Las primeras exposiciones datan de 1963, cuando su amigo Alfonso Palacios Borja (hoy Dimitri Borja) lo invita a exponer en Quito, en la galería Siglo XX, luego en Ambato, Cuenca, Guayaquil y Loja.

Esa incursión en el mundo de la pintura, su otro amor, al que continúa ligado aún (sus cuadros se expusieron durante años en el hotel El Dorado) no significaría el abandono del primero: «Quien no tenga una caricatura mía en Caracas, o no sale de noche o solo se pasa en misa», dice sonriendo.

Pese a todo el tiempo transcurrido en Caracas, y ligado a esa ciudad, con hijos y esposa venezolanos, nunca ha querido nacionalizarse como tal. Ya en su época de madurez incursionó en Derecho y se graduó de abogado en la prestigiosa Universidad Santa María. Sus hijos son todos adultos y profesionales exitosos. Será por la nostalgia de los años o por ese secreto llamado de la tierra, que a comienzos del nuevo siglo anunciaba que había decidido radicarse en su país y en la ciudad que lo vio crecer. Pocos años después, caricaturas suyas aparecían y desaparecían en las manos de cientos de mexicanos que caminaban por el Zócalo.

Con tantos años en Venezuela, recordaba haver visto también cómo el gentilicio ecuatoriano fue pasando de un prestigio bien ganado a una reputación por la cual en los años en que retornó a Cuenca, hacia la época de la peor crisis del país, se nos veía como ciudadanos de tercera: «En Caracas hay un barrio llamado Guayaquilito, en el que viven en su mayoría ecuatorianos que se dedican a la delincuencia. Es un sector donde hasta a la propia policía le cuesta ingresar», rememoraba argumentando que esa sería una de las causas por las que los ecuatorianos han sido mal vistos en Venezuela, «porque esta gente ha sentado un mal precedentes para el resto de compatriotas a quienes sí les interesa trabajar honradamente».

Personajes

Algunos de los personajes dibujados por García, han sido el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el ex presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, el torero Antonio Ordóñez, el actor Pierce Brosnan, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, el pintor también colombiano Fernando Botero, la legendaria y despampanante bailarina Yolanda Montez, mejor conocida como Tongolele, el cantante Marco Antonio Muñiz, el popular actor mexicano Chabelo, o el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, a quien admira este pintor criollo con una mezcla de acentos, entre quiteño y caraqueño, que se precia de haber conocido también a figuras tan populares como el Faraón de la Salsa Óscar de León.

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Rodrigo Aguilar Orejuela, a los 31 años, en una caricatura de Álex García.

A mediados de 2001 expone en Cuenca y otras ciudades obra creada en el país, compuesta de paisajes urbanos y rurales, retratos y bodegones “que por lo general suelen venderse bien”. En una etapa anterior, en Venezuela, hizo también pintura abstracta, pero ha preferido mostrar en Ecuador la primera, porque, sobre todo en los nuevos círculos y generaciones, ha sido un desconocido, como consecuencia de su largo extrañamiento.

En la conmemoración de su medio siglo de vida artística, su natal Guayaquil lo acogió con honores y le permitió exponer en el Museo Municipal, hacia finales de 2014, con una exposición en torno a Don Quijote de la Mancha, titulada Don Quijote a la Carta, que al mismo tiempo se presentaba reproducida en mazos de naipe o cartas. Lo último que se ha sabido del inquieto e incansable Álex, el ecuatoriano que se fue por el mundo, hoy ya todo un setentón, es que se lo vio bajando a toda velocidad, subido en un trineo, a comienzos de 2016, en el centro de esquí de Valdescaray de La Rioja, en España.

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(fotografía: Ángel Aguirre – El Universo)

 

Alejandro Filio: la Canción Vida, la Vida una Canción

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La primera vez que escuché la música de Alejandro Filio (Ciudad de México, 1960) fue una suerte de revelación ante la aparición de un nuevo gurú de la Nueva Canción Latinoamericana. Mi entrañable hermano tico, el también cantautor Diego Sojo, llegó un día con una copia del formidable Un secreto a voces, uno de los más hermosos trabajos que a nivel de canción latinoamericana se hayan grabado jamás, y que se abría precisamente con el tema Vienes con el Sol, interpretado a dúo con Silvio Rodríguez, para continuar otros temas suyos acompañado o cantados por Víctor Manuel, Luis Eduardo Aute, Pedro Guerra, Tania Libertad, Alberto Cortez, Alejandro Lerner, Vicente Feliú, León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Gerardo Alfonso, Carlos Varela, Amaury Pérez y Raúl Torres. Habían pasado exactamente 16 años desde que, en la adolescencia y con esa misma cantidad de años a cuestas, alguien puso en mis manos un vetusto y estropeado casete de Silvio, con temas como Mariposas, Te doy una canción, La Maza, Fábula de los Tres Hermanos, Playa Girón, Pequeña serenata diurna, En el claro de la Luna, Testamento, El Mayor, Ya no te espero, y las alucinantes Ojalá (en su primera versión, aquella en que Silvio canta “ojalá por lo menos que TE lleve la muerte…”), La Gaviota y De la ausencia y de ti; y, desde entonces, mi percepción de la música, la poesía, el mundo y la realidad se trastocó para siempre.

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A comienzos de diciembre del año 2002, el cantautor mexicano llegó a Cuenca para ofrecer el que entonces fue su primer y único recital en el Ecuador. Las expectativas creadas en torno a su presentación fueron rebasadas por un público que colmó el teatro Casa de la Cultura, para corear junto con él temas que difícilmente se escucharían en las emisoras de radio, por su evidente condición de música no comercial. Si bien no era muy conocido en el país por no seguir el juego de las grandes transnacionales de la industria musical, ha logrado a lo largo de su carrera un gran prestigio en muchos países iberoamericanos, gracias a los contenidos y la poesía de sus letras, el timbre de su voz y la intensidad de sus melodías.

Las vivencias personales, las de sus amigos, las de todo mundo, han llenado sus canciones desde hace tres décadas, y ha sido por ellas que, en tanto cantautor, su labor lo llevó a convertirse en intérprete del sentimiento popular contemporáneo. Por ello, sus canciones son un reflejo de la vida cotidiana y de una realidad que concierne a todos: “Trato de hacer de la vida una canción y de la canción vida”, expresa convencido este pequeño gigante del nuevo canto latinoamericano.

Filio cree que todos los problemas que nos aquejan como latinoamericanos, comprometen a trovadores como él a militar en una forma de expresión artística. De ese modo le es posible interpretar y manifestar el sentir popular de muchísima gente. Es una manera de aportar algo a la sociedad. La militancia política, en cambio, no le interesa para nada, pues la concibe como una forma de crear títeres y de manipular a los países que no tienen el mismo poder que las grandes potencias.

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RAO: ¿Cuáles son las temáticas que abordas en tus canciones?

AF: Son vivencias personales que luego se hacen de los demás también, no porque sean mías sino porque todos vivimos las mismas cosas, en diferentes momentos y de diferentes maneras: enamorarnos, desenamorarnos, defraudarnos, volver a creer, responsabilizarnos, formar parte del cambio que vivimos hoy en día. Las cosas que nos interesan a todos, que vivimos todos los días, que soñamos, sufrimos, experimentamos, aprendemos, y las que nos faltan todavía por ver constituyen la temática de mis canciones.

¿Cuánto hay de ficción en tu trabajo?

Muy poco. En realidad no es ficción cuando hablo de mí, de asuntos que conciernen a otros también, y de asuntos que suceden a lo mejor lejos de mí. Sin embargo no dejan de suceder: hablar de la selva de La Cantona en Chiapas, hablar de los indígenas que reclaman su derecho, que aparecen de pronto un primero de enero de 1994 como un fantasma que siempre ha estado ahí, acechando y esperando el momento de decir que la justicia se tiene que hacer con ellos que son parte de un país importante como es la República Mexicana. Yo sí creo que trato de hacer vida a la canción y de la canción vida.

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¿En qué medida asumes el compromiso con lo social a la hora de presentarlo en tus textos?

En el grado que me permite mi capacidad de enterarme de las cosas, comprenderlas y hacer asuntos ajenos más míos. Creo que es un derecho de todos los mexicanos y de todos los latinoamericanos expresar la aprobación o desaprobación de las formas con que nos gobiernan, que a la larga nos va a llevar a seguir siendo esclavos de un sistema, de una forma o de un imperio. Como lo denominan en Cuba, el famoso imperialismo yanqui, que parece ser que pasa de moda pero es un animal que solo duerme un momento y vuelve para devorar. Ser artista y hablar de estas cuestiones es una forma de aportar a la sociedad.

¿Es ese el tipo de militancia que te interesa?, ¿no la militancia política?

Claro. En la política no creo desde hace tiempo. Hoy en día lo que predomina es la política económica de las potencias mundiales. A nivel nuestro, política es una forma de hacer títeres, de crear títeres y de manipular así a los países que no tienen el mismo poder que las grandes potencias. Militar en algún partido político para mí es absurdo, al menos en este momento. Frente a pugnar por una izquierda que ya es medio-izquierda manipulada, y pugnar por una derecha que no es más que interés económico, creo que lo importante es rescatar nuestros valores y rescatarnos a nosotros mismos, algo que va mucho más allá de la política y es mucho más imprescindible.

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Alejandro se considera una persona optimista y alegre, pero al mismo tiempo alguien que opta mucho por la introspección, que encuentra muchas necesidades y cuestiones que analizar y superar, suplir, y todo eso va a las canciones: alegría, tristeza, nostalgia, inquietud, compromiso. Es así como explica esa aparente ambigüedad entre sus temas y su forma de ser.

Aunque tienes una fama de parrandero, alegre y fiestero, tus temas a nivel de melodía tienen cierta dosis melancólica. ¿Cómo explicas esa aparente dualidad, esa probable contradicción?

Esto es una forma de ser un ser humano. Estas ambivalencias y antagonismos, los buenos y malos ratos que manifiesta el artista por medio del ser humano, creo que es importante compaginarlos. Siempre he sido una persona optimista, alegre como tú mencionas, pero también alguien que hace mucha introspección, que analiza mucho, que encuentra muchas necesidades y cuestiones por analizar, superar, suplir, y todo esto va a las canciones.

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¿De quién fue la idea de llevar adelante el proyecto Un Secreto a Voces, y por qué esos cantantes y no otros?

Fue idea de Maru Bayardo, que es mi representante, esposa, mánager, musa y todo lo demás. Ella tuvo la inquietud de hacerlo y yo a su lado aporté lo que tenía que aportar: mostrar mi trabajo a quienes se propuso estas canciones para interpretarlas. Fueron ellos precisamente porque han sido de alguna manera la influencia que he tenido en el canto, en la música, y sobre todo porque son una familia que pugna siempre por una canción mejor, a pesar de las diferencias ideológicas o políticas que puedan tener.

¿Se quedó alguien fuera de esa empresa?

Sí, se quedaron muchos fuera: Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Fito Páez, Pedro Aznar, Silvina Garré. En fin, hay muchísimos artistas más que se quedaron fuera…

¿Qué pasaría si sellos como Sony, Warner o Emi te tentaran con un contrato millonario?

Hay una canción mía, que se llama Dicen, que dice en sus últimas estrofas: “Dicen que ya me cansaré/ que tiene un precio este querer,/ dicen, dicen y algunos hasta me maldicen…” Yo creo que no tiene precio esto. Creo que sus fórmulas y formas nunca han ido de acuerdo conmigo, y son lo suficientemente astutos –no dije inteligentes- para no acercarse a mí cuando saben lo que pienso de ellos, lo que sé de ellos, y lo que no apruebo de ellos.

Sus objetivos son completamente opuestos a los míos: son económicos, de ventas, de grandes ventas, de “hits” tras “hits”, y para ello tienen que usar fórmulas antiéticas y antiestéticas… Sería muy tonto de mi parte soltar este poder que he adquirido, esta gran capacidad de decidir qué es lo que quiero y qué no, solamente por un puñado de dólares. Creo que hay gente para eso, que sí se presta a eso y sí vive de esa manera.

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Aparte de toda la gente de la Nueva Trova Cubana y de la Nueva Canción Latinoamericana, ¿qué otras influencias reconoces en tu trabajo?

Desde luego, Bob Dylan, Los Beatles, Claudio Baglioni; un poco también la forma de la salsa de Rubén Blades, su fórmula socio-política-musical, que creo es una gran congruencia en un hombre al que se le dan tantos carismas al mismo tiempo. Las influencias son muchas: Chico Buarque, Caetano Veloso, gente que admiro, que he escuchado, en la que reconozco compromisos también, a pesar de la barrera que pueden ser los idiomas.

¿Cómo es el proceso de creación de una canción?

Es algo que lo tengo muy claro. Quizá por eso tengo una infraestructura y una independencia en cuanto a mi producción. Tengo muy claro que vivo, analizo, resumo y después escribo. La teoría de darse a la sensibilidad para vivir no es intensamente posible. Si es que se puede definir como un proceso, una receta o croquis, sería vivir, introspectar, analizar, recapitular y escribir. Esta es la forma como lo hago yo. Acompaño siempre los momentos de introspección, de recapitulación con una guitarra, y es así como la guitarra sugiere cambios armónicos para hablar de sensaciones, de cosas, de sentimientos. Casi siempre está conectada esa guitarra con el sentimiento. Casi siempre habla primero la guitarra y contesta después el alma del ser humano.

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¿No tienes miedo de repetirte?

Creo que no puedo repetirme siempre y cuando siga cantando y evolucionando. Hay muchos temas que tratar y de los cuales hablar, siempre que haya muchas cosas que vivir y experimentar, que superar y crecer, evolucionar.

Tus canciones contienen una elevada calidad poética que evidencia también buenas y muchas lecturas. ¿Qué lee Filio, aparte de Jaime Sabines?

Siempre me ha gustado leer en voz alta a los clásicos, sus rítmicas, métricas, sus versos de arte mayor, los endecasílabos y alejandrinos, sonetos, como formas de recordar los lineamientos de la poesía y de la canción. He leído a Miguel Hernández, Antonio Machado, Mario Benedetti, Ernesto Sábato, Octavio Paz, autores que despiertan los instintos creativos y alucinantes del ser humano.

¿Has pensado en publicar tus escritos?

Tengo ya un buen tanto de poemas y pienso en algún momento de mi vida tener un libro de poemas, y también un libro de cuentos y anécdotas.

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¿Por qué esa alusión bastante dura al “rey Arjona” en tu canción El Reino de los Ciegos?

Pienso que usar un estereotipo como es Arjona es un poco riesgoso cuando el reino de los ciegos, a quien está escrita la canción en realidad, yo no sabía que estaba tan ciego después de ver las reacciones de la gente defendiendo a su rey Arjona. Fue cuando me di cuenta de la magnitud del problema. Es un problema que nos aqueja dentro de la música latinoamericana. Sé de dónde viene, cuál es la confabulación que ha habido entre estos artistas y las compañías discográficas, como una fórmula perfecta para hacer mucho dinero, pero para echar abajo el gusto musical y las directrices de los jóvenes que pretenden ser cantautores algún día.

Veo cómo Arjona pasa por encima de todas las técnicas de escritura, cómo viola la rítmica, la métrica, cómo se come la temática, cómo fusila los grandes temas de grandes autores como Silvio Rodríguez o Joaquín Sabina. Y es increíble ver cómo el reino de los ciegos no se percata de eso, y además no tiene información ni memoria, y entonces canaliza su respeto, admiración y reconocimiento en su mal gusto hacia un rey como Arjona.

2002-2014

El Pedregal Azteca: 25 años de presencia mexicana en Cuenca

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Vino por primera vez a Cuenca hace 35 años, a conocer la tierra de María Balarezo, por entonces su novia, a quien había conocido cuando ambos estudiaban en la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, él Sociología y ella Estudios Latinoamericanos. Cuando María culminó su maestría, decidió acompañarla de regreso a la pequeña ciudad andina de la que tanto le había hablado. Era 1979, año que inauguraba una nueva etapa en la vida política del Ecuador, con el muy joven Jaime Roldós a la cabeza, mientras en México seguía reinando la casta política del Partido Revolucionario Institucional PRI.

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Juan Manuel halló una urbe aún muy pequeña, demasiado diferente a la ciudad, la gran ciudad, la megalópolis llamada Ciudad de México, pero al mismo tiempo harto interesante por su peculiaridad: la cercanía latente que podían sentir, tanto el huésped como el visitante, al tiempo y la naturaleza, evidente en sus edificaciones y en sus ríos. Era todo un deleite caminar por sus calles, pero sobre todo a la orilla de sus ríos. Treinta y cinco años después, el mexicano Juan Manuel Ramos, el estudiante de Sociología que conoció a la cuencana María Balarezo hacia los años setentas del convulso siglo XX, continúa prendado de ella, de ellas, de su compañera y de Cuenca, donde ha sido desde 1989 una especie de cónsul de la cultura mexicana. “Treinta años después sigue presente la naturaleza, pero se ha perdido la tranquilidad dentro del centro urbano”, afirmaba con cierta mezcla de nostalgia y resignación hace poco en una entrevista con este interlocutor. 540019_502833273079616_1186435786_nTambién le llamó la atención la vida cultural de Cuenca, que aún no era cosmopolita ni turística, y ya contaba con dos universidades. “María formó parte de una generación de cuencanos que tuvo muchos becarios en el exterior, quienes luego influirían en diferentes ámbitos de la ciudad y la sociedad”, dice. A esta circunstancia añade la llegada de intelectuales, exiliados, gente progresista y de avanzada que le fue abriendo más campo a Cuenca. Luego de formalizar su relación ante la familia de María, la pareja decide regresar a México, donde vivirán por los próximos diez años y procrearán dos hijos. A ese proceso familiar Juan lo ve como un mestizaje doble, un enriquecimiento de todo lo prehispánico, es decir, una conjunción cultural muy rica: lo andino y lo mesoamericano, lo cañari e inca con lo maya y azteca, lo hispano, ambos mestizajes mestizándose.

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En México, donde vivirían sucesos como el terremoto de 1985, María es profesora de la UNAM, y Juan Manuel se dedica a la actividad turística vinculada a la aviación [antes había estudiado en la Escuela Mexicana de Turismo, que abarcaba aspectos como gastronomía, vinicultura, hotelería y aviación], mientras al mismo tiempo luchaba por el desarrollo de la izquierda en su país: “Había en México una suerte de sindicalismo corporativo, que de lo que más se preocupaba era de las reivindicaciones económicas, no tanto de las de tipo social. Toda la izquierda estaba proscrita, los partidos comunistas, los trostkistas.” La entrada del neoliberalismo a México comenzó con la venta de las empresas del Estado. Fue entonces cuando arrancaría su actividad como dirigente de los sindicatos de aviación, en torno al cometido de defender lo que les pertenecía a los mexicanos. Tras un año de huelga finalmente se privatizó la empresa Aeroméxico. Como paso previo, el Gobierno la había declarado en quiebra e iniciado una lucha dura contra los sindicalistas, que implicó persecución y amenazas. Llegó un momento en el que le fue imposible continuar viviendo en México, y junto con María toman la decisión de trasladarse a Santa Ana de los Ríos de Cuenca, en los Andes.

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El proceso de adaptación a este nuevo escenario fue lento. A veces se sentía encerrado, pero al mismo tiempo sabía que era esto lo que quería. La idea del restaurante, compartida con María y sus hijos como un proyecto de familia, fue también una necesidad existencial: vivir de forma independiente, no depender de ni trabajar para nadie. El 20 de febrero de 1989 se inauguró El Pedregal Azteca, desde entonces una parte dinámica de la Casa Azul, edificación restaurada para la ciudad, en las calles Gran Colombia y Padre Aguirre, frente a Santo Domingo. Pocos se percatarían de que este hecho iba a significar un punto de quiebre en la vida cultural cuencana.

Iglesia de Santo Domingo

Iglesia de Santo Domingo

En la gastronomía, dice nuestro amigo, hay elementos de resistencia cultural que aún permanecen, pese a la conquista y la colonización, pese a la globalización creciente y dominante. En Cuenca, elementos como la papa, el maíz y el cuy vienen desde hace más de 500 años. Hace poco tiempo se planteó a la UNESCO que declare a la comida mexicana Patrimonio Cultural de la Humanidad, pero existen dudas sobre su aceptación.

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Convivir con las nanas de su casa, recuerda Juan Manuel, le dio una visión muy popular de México. Con ellas creció viendo y viviendo la fiesta de los muertos, andar en burro, la comida, las tradiciones, el nacionalismo mexicano, el rescate del indigenismo. “Cuando convives en otra cultura te vas volviendo más juicioso en torno a quién eres culturalmente: te percatas de que cada pueblo tiene sus costumbres. Eso me ha permitido valorar desde otra óptica mi cultura, defenderla, mantenerla, preservarla”, expresa. Y habrá que añadir difundirla, que es lo que ha venido haciendo el Pedregal desde hace veinte años. Representar la gigantesca gastronomía mexicana, tan variada como enorme y diverso su territorio, sería en verdad físicamente imposible. Juan Manuel Ramos comenzó con una carta de cuatro comidas, que luego fue creciendo e incorporando poco a poco lo más representativo de esa nación: guacamole (puré de aguacate), quesadillas, ensalada prehispánica de nopal, tortilla, pollo tlalpeño, mole poblano, chile relleno, burritos, chile con carne, huevos rancheros, enchiladas, chilaquiles, carne a la tampiqueña, pescado a la veracruzana, trucha a la toluqueña. En licores, diferentes clases de tequila puro, en margaritas y cocteles, mezcal y hasta la deliciosa michelada (cerveza mexicana con limón, hielo, sal y chile), que este entrevistador no pierde la oportunidad de paladear cada vez que es posible. Para ocasiones especiales, suele tener lista una buena cantidad de chapulines (saltamontes traídos desde México), que me ofrece con suma naturalidad y, tras masticar y engullir uno y viajar a través del tiempo a su tierra natal, me pide que haga lo mismo.

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10501665_877633255599614_5528824442158709222_n De la mano de lo gastronómico se ha ido difundiendo la cultura mexicana, a través de una serie de actividades paralelas, y se ha ido haciendo presencia lentamente: ahora hay más de 12 agrupaciones o mariachis mexicanos, se vende tortilla en los supermercados y comisariatos, los restaurantes tienen tequila (algunos hasta mezcal con gusano de maguey incluido), hay guacamole, y no resulta extraño encontrar venta de tacos en diferentes puntos de la ciudad. Al comienzo, la gente que llegaba al restaurante pedía música mexicana. Fue por eso que Juan Manuel se decidió a traer mariachis contratados desde Guayaquil, lo que al mismo tiempo dio la idea de conformar un grupo mariachi en Cuenca. Con ese propósito se traslada al Conservatorio de Música y se entrevista con don José Castelví, a quien le pide hacer una convocatoria para formar la agrupación. Hasta los sombreros que proporcionó el propietario del Pedregal habían sido traídos desde el país azteca. El grupo se llamó Mariachi México Internacional, y haría época en los años noventa.

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El Pedregal Azteca ha sido una especie de referente de la cultura mexicana en Cuenca: celebración del Día de Muertos, del Grito de Independencia, auspicio de actividades culturales como las dos visitas del grupo mexicano Café Tacuba, o la presencia del director de cine Alejandro Gamboa; la colaboración con las tres primeras ediciones del Festival Internacional de Cine de Cuenca, la presencia de embajadores, actores, directores, artistas, políticos, la visita del cantautor mexicano Alejandro Filio o del escultor Leonardo Niermann [una réplica de cuyas esculturas reposa fulgurando en la conjunción de las avenidas Paseo de los Cañaris y Pumapungo]; la cercanía a la Casa de la Cultura, entidad con la que se han organizado las Jornadas Mexicanas, y hasta reuniones de cónsules. Todo esto, sin pensarlo ni pretenderlo, ha contribuido de forma paulatina a que Cuenca sea una ciudad cada vez más cosmopolita.

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La personalidad suya no le ha permitido abstraerse de la realidad circundante, y por ello ha estado siempre vinculado a las actividades gremiales, aunque en más de una ocasión su manera de ser y decir lo que considera no puede callarse le granjeó resentimientos. Así, fue uno de los fundadores de la Cámara de Turismo [institución que tiempo después incluiría en sus estatutos una cláusula que impide a los “extranjeros” postularse a la presidencia], y fundador de la Asociación de Restaurantes y Bares de Cuenca, y al momento preside el Comité del Barrio Santo Domingo. De paso hasta hizo presencia televisiva, a través de Etv Telerama, donde tuvo un espacio de cocina en el que presentaba platos mexicanos, ecuatorianos e internacionales.

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Juan Manuel y la historiadora Alexandra Kennedy, haciendo historia.

Juan Manuel y la historiadora Alexandra Kennedy, haciendo historia.

“El Pedregal Azteca es un proyecto que no hubiera sido posible sin el vínculo existente con María, que ayudó de manera decisiva a que el local se ubique en un estatus aceptado en la sociedad cuencana”, insiste Juan Manuel mientras, al culminar esta entrevista, me dispongo a saborear unos chapulines traídos desde México y destinados a servir de deferencia culinaria para con los visitantes especiales. Deliciosos. Extraña y prehispánicamente deliciosos.

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Cinco años más tarde, El Pedregal Azteca está a punto de culminar un ciclo y empezar otro. Un cuarto de siglo después de haber permanecido en la Casa Azul, se muda de domicilio, a otro espacio del Centro Histórico de Cuenca, esta vez de propiedad de María y Juan Manuel, ubicado en las calles Estévez de Toral y Bolívar. Mientras avanzan los preparativos para adaptar la nueva casa, la situación en la tradicional calle Gran Colombia se ha ido volviendo tensa a causa de la oposición de muchos comerciantes frentistas a las obras del Tranvía de los Cuatro Ríos. Para él, la obra será sumamente positiva para la ciudad, pero prefiere no inmiscuirse en el conflicto. El nuevo espacio significará, sin duda, una época diferente en la historia de El Pedregal, y una forma distinta de relacionarse con Cuenca y sus miles de seguidores a través de la difusión de la cultura gastronómica mexicana, a través del abrazo cálido, el hermanamiento y el cariño que siempre es posible hallar en este símbolo de la cultura ecuatoriano-mexicana, de la cultura latinoamericana.

Junio de 2009-Octubre de 2014

 

Edgar Vivar: cuando Ñoño se despidió de Latinoamérica

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“Alguna vez dijo un filósofo nada de la actividad humana me es ajeno, y sobre eso es lo que va a versar la plática. Yo no soy conferencista, va a ser una plática nomás, y voy a hablar de lo único que sé, que es mi vida, en la que he tratado de dominar tres aspectos del quehacer humano: medicina, humor y humanismo”. Así se refería el actor mexicano Edgar Vivar a la charla que se preparaba a compartir con los alumnos de la Universidad del Azuay, a su paso por Cuenca, durante las festividades de independencia de la ciudad.

Conocido por haber interpretado durante 25 años a varios de los más populares personajes de la televisión mexicana, y por extensión latinoamericana, Edgar Vivar llegó a Cuenca para presentar una vez más al querido Ñoño, al cual despidió precisamente en esta ciudad. Dueño de una fuerte personalidad, Vivar es mucho más que el actor cómico que acompañara al inmortal Chespirito en la televisión. Su amplia cultura humanística lo convierte en una figura muy interesante a la hora de charlar con él en una entrevista exclusiva para Qué Nota. Por ello, él mismo todo un personaje, no dejó de sentir cierta indignación al haber sido interpelado, antes que entrevistado, por la periodista de algún importante medio local que, a decir de este admirador de Buñuel y Spielberg, de Los Beatles y de Ravel, “tenía un coeficiente intelectual inferior a la suela de un zapato.”

La vida y la carrera de Edgar Vivar, huelga decirlo, están signadas por lo que fue su trabajo junto a Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, cuyos programas son un clásico latinoamericano inclusive en países no hispanos como Brasil.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Los personajes de la Vecindad del Chavo: Quico, Doña Florinda, La Bruja del 71, Don Ramón, el Profesor Jirafales, el señor Barriga, la Chilindrina, y el Chavo.

Rodrigo Aguilar: ¿Cómo explicas la vigencia de ese fenómeno sociológico, que es todo un clásico televisivo?

Edgar Vivar: Yo creo que es muy universal en su contenido. En todas partes siempre habrá un niño que no es muy brillante intelectualmente porque está mal alimentado, o habrá una mujer que esté echando a perder a su hijo porque lo sobreprotege, y habrá un señor que no pague el arriendo, sobre todo en nuestra América Latina. Pero no solamente en América, porque si tú bien mencionabas que en Brasil ha sido traducido al portugués, el programa está en cerca de 43 países. Ha sido traducido al tagalo, al marroquí, al italiano, y en todos lados ha tenido éxito, porque yo creo que apela a situaciones y a personajes muy universales.

R.A.O. A ello podría agregarse que sus personajes infantiles son totalmente verosímiles. La gente cree que son niños y eso es algo que no cualquier actor logra. Esa conjunción de talentos fue también muy especial, histórica inclusive.

E.V. Concuerdo contigo. Fue una serie de circunstancias muy afortunadas. Tener un magnífico libreto, que es la verdadera estrella del programa. Siempre lo señalo porque esa es la verdad. Había un balance entre todos los personajes, y es lo que admiro yo en Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, que pudiendo haber escrito lo mejor para él, lo repartió generosamente entre todos sus personajes. Una prueba fue Kiko (Carlos Villagrán), quien duró ocho años en el programa, nada más, y se separó por decisión propia cuando más se lucía su personaje. Eso fue porque Chespirito lo escribía, porque el programa lo demandaba. Y cuando él salió del programa nunca tuvo el mismo éxito. Repitió el mismo personaje, estuvo en Venezuela, Chile y Argentina, y jamás igualó el éxito y la penetración que tuvo con todo el equipo del Chavo.

Pero ya hacia el final de los 25 años que duró el programa, era visible cierta decadencia…

Eso es lógico después de 25 años, aunque también depende de lo que tengas tú por decadencia. Hay que renovarse. Yo hablo de lo general a lo particular. En mi caso, estoy despidiendo el personaje de Ñoño porque ya no me siento a gusto haciéndolo. Adoro mi personaje, lo quiero mucho pero también soy realista: ya tengo más de 50 años y no puedo estar haciendo un personaje de un niño de nueve años, por respeto al público, por respeto a mí mismo y, sobre todo, por respeto al personaje. Y estar haciéndome competencia a mí mismo, a los ojos de algunas personas podría llamarse decadencia.

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Entre tus personajes, Ñoño, el señor Barriga, el Botijas, ¿cuál es el que preferías o aquél con el que más te identificabas?

¿Tú tienes hijos?

Sí.

¿A cuál quieres más…? El señor Barriga me dio la oportunidad de proyectarme, de ser conocido. Ñoño es un personaje al que amo entrañablemente porque es tocar mi niño interior y ponerme como los niños. Y Botija es un personaje muy libre, que me permite jugar también con una serie de situaciones.

Aunque el Botijas luce más cándido que el anterior, el Peterete, que era interpretado por Ramón Valdez…

Sí, bueno, es todo un caso. Los caquitos son un tema de análisis, no quiero decir profundo pero sí muy concienzudo. En ese entorno nunca fueron realmente ladrones. Eran ladrones frustrados, que hacían el bien sin proponérselo.

¿Te costó más el personaje de Ñoño, porque había que hacerlo verosímil, en tanto niño, ante los ojos del público?

Nunca me he detenido a pensar en eso. Yo soy un actor de vivencias, un actor vivencial. Creo en lo que estoy haciendo, y realmente en el momento que me desprenda y vea yo si estoy haciendo el ridículo o no, dejaría de tener veracidad.

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Pero el programa también debió haber tenido críticas en México.

Como todo. Yo te puedo decir que nadie es profeta en su tierra. El fenómeno del Chavo comenzó en México y se fue extendiendo como las ondas de agua cuando dejas caer una piedra en un lago. Empezó a expandirse en toda América, y a pesar de las críticas y todo hoy se sigue transmitiendo en México, lo mismo que en Guatemala, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Panamá… y hemos recorrido toda América, puede decirse que desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

¿Qué hacías tú, como actor, antes del Chavo del 8?

Hacía comerciales para la televisión. Para mí hacer comerciales era, valga la redundancia, comercializar algo que hacía yo por gusto. Yo empecé haciendo teatro en la universidad. Fui parte de la compañía de teatro universitario, cosa que hacía por placer. Empecé haciendo teatro cuando estaba en la preparatoria, porque tenía que llevar una actividad estética a fuerza, y nunca lo hice. Entonces, en el último año, el director me insistió en hacerlo porque, si no, no iba a poder graduarme. Y en el único grupo donde había lugar todavía, pues ya estaban copados fotografía, canto y modelado, era en teatro. Bueno, sí me gustaba el teatro, pero como espectador jamás pensé que iba a subir. Yo no quería darme la oportunidad. Estaba muy acomplejado por muchas cosas. Para subir al escenario me insistieron tanto, tanto, tanto, que ya nunca me bajé. Es decir, seguí haciendo teatro en la preparatoria y después en la universidad. Estudiaba la carrera de medicina y estudiaba la carrera de licenciado en arte dramático, de la que no me desligué.

¿Y cómo se origina tu paso a la televisión?

Un día, un cazatalentos me vio para hacer un casting para un comercial. Me insistió, pero el hecho realmente se dio porque andaba yo con una muchacha que sí quería ser actriz. Ella fue la que me llevó al casting, y no se quedó en el comercial sino que me dieron el papel a mí. Estamos hablando de 1970. Me escogieron para ese y luego no fue uno sino muchísimos los que hice, y para mí era como un aliciente económico muy importante, porque en esa época estaba haciendo el internado y me pagaban 900 pesos por un mes de trabajo, mientras que por un día de trabajo haciendo comerciales me empezaron pagando 2000 pesos. Entonces no había que pensarlo mucho.

Chavo del 8

¿Cuándo y cómo aparece Roberto Gómez Bolaños?

A raíz de todos estos comerciales, un conocido mutuo nos contactó. Fui a verlo, me dijo que me había visto en los comerciales, que le parecía yo buen actor, y me preguntó si me gustaría trabajar en la televisión. Además me preguntó si sabía usar el apuntador electrónico. Y yo, ¿qué es eso? Ah, bueno, perfecto– dijo-, vente que aquí no usamos apuntador electrónico. Tú eres gente de teatro.

¿Y en qué edad estaban ambos por entonces?

Él es 21 años más grande [mayor] que yo, y yo tenía 20 años en aquella época.

¿Cuál fue el primer personaje, el del señor Barriga?

El primer personaje fue un re-make en un pequeño sketch del doctor Chapatín, donde tenía que decir únicamente un par de frases, pero tenía que llevar cierto ritmo. El ritmo de comedia es muy difícil, hay que sentirlo. Por eso no usamos el apuntador electrónico.

¿Cómo fue la relación entre todos los actores?

Como la de una familia. Y eso quiere decir que también había diferencias, pero la mayor parte del tiempo nos llevábamos bien. No hubo ninguna diferencia que la razón o el diálogo no pudieran salvar, no pudieran limar.

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Siempre se me ha antojado que las cachetadas de doña Florinda fueron las que mataron a don Ramón…

(ríe a carcajadas)… No lo dudo, esa es la impresión. Mucha gente escribía diciéndole a don Ramón que se vengara, y eso demuestra que siempre la víctima tiene más fuerza. Eso lo podemos ver en las telenovelas: la protagonista siempre es desvalida, débil y tonta; y la mala es fuerte, más inteligente. El programa, inconscientemente, no tiene personajes polarizados: ni somos totalmente buenos ni totalmente malos. Todo mundo tiene un viso de oscuridad y un viso de luz. Uno se vuelve victimario y víctima, como en la vida. Y eso se daba inconscientemente. Esto que te estoy diciendo es una conclusión que he sacado a través de los años. Por ejemplo, si tú te metes en internet, y ves la gran cantidad de material escrito sobre el Chavo. En Brasil es impresionante la cantidad de páginas que existen en idioma portugués.

Creo que se ha llegado al nivel de estudios sociológicos…

Desde luego, a eso iba: estudios sociológicos y psicológicos. Ahora que estuve en São Paulo, el 11 de septiembre precisamente, se acercó a mí un grupo de muchachos que están haciendo su tesis profesional sobre eso, sobre el Chavo como fenómeno, para tratar de explicar qué es lo que tiene que ha llamado la atención en más de 300 millones de personas.

¿Te consideras un ser privilegiado al haber tenido la oportunidad de compartir con ese grupo de personas?

No me gusta contestar a una pregunta con otra pregunta, pero ¿tú que crees? […] Muy privilegiado. Es un regalo de la vida que lo estoy disfrutando aún hoy en día.

¿Por qué tomaste la decisión de trabajar en un circo?

Porque es un reto para mí.

¿Sabes que no todo el mundo lo ha visto bien?

Me basta y me sobra con que yo lo vea bien. No puedes darle gusto a toda la gente. Considero que la gente que no lo vea bien no irá al circo. Y te puedo decir que la gente que lo ve bien abarrota el circo. Porque hay muchas personas que no tienen oportunidad de ir a un teatro. Hay mucha gente que piensa que la televisión es algo mágico. Me refiero a los niños, a quienes en un momento dado se les cumple un sueño. ¡Los sueños se hacen realidad! Y para mí como actor es un reto tener a la gente tan cerca, estar trabajando en un lugar que no es un teatro y hacerles creer que están creyendo que yo soy un niño.

¿Te dejó mucho dinero el trabajo junto al elenco de Chespirito?

Mira, gané mucho más dinero del que pensaba yo ganar en esto, pero infinidad de veces mucho menos de lo que la gente piensa. Realmente la gente no paga (y tú me podrás dar la razón, o tus lectores) por ir a ver a un actor. Paga por ir a ver y escuchar a un cantante, y me estoy refiriendo a las grandes cantidades de dinero. Paga por un grupo de rock que se presenta en grandes estadios. A esos sí se les pagan sumas millonarias. Yo vivo bien, holgadamente. Me pienso retirar en dos años. Pero el dinero viene por sí solo, cuando realmente no lo buscas. Esa es mi filosofía. Te repito, gané mucho más de lo que pensé que iba a ganar en esto, pero miles de veces menos de lo que la gente piensa.

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¿Encuentras muchas diferencias entre la niñez de los setentas y la actual?

El mundo es distinto, y también creo que se ha abusado de la manipulación, por la misma televisión. Haciendo una pequeña abstracción de esto, la televisión parece ser el invento que más marcó a la humanidad. No estoy en contra de ella sino del uso que se le ha dado. A través de ella a los niños de este siglo se les da mucha información, y como que se les obliga a madurar muy pronto. Se promueve en ellos actitudes de gente adulta. Se descuida mucho el aspecto lúdico del ser humano.

Sé que estás trabajando en una producción.

Quiero lanzarme a otros planes de la actuación, del medio artístico. Si bien ya había dirigido teatro y algunos cortos, estoy ahora incursionando en la co-producción de una serie para la televisión. Están muy interesadas HBO y Olé, y la vamos a vender a Telemundo. Es una miniserie de 24 capítulos, cada uno de los cuales tiene un final insólito e imprevisto. La serie se llama Postdata, y se está haciendo en Buenos Aires.

¿Vuelves a actuar en esta producción?

Sí, me di el lujo de actuar en un capítulo.

Imagino que a estas alturas te deben resultar muy diferentes a los de hace treinta años, los recursos, técnicas y efectos televisivos.

Cómo no. Yo veo los programas de televisión que hacíamos nosotros y eran totalmente rudimentarios, y se veía bien. Se utilizaba el chroma key por primera vez en México, para incrustar imágenes, algo que ahora se hace con la mayor facilidad del mundo. Cuando hicimos Blanca Nieves y los Siete Churichurinfunflais, que aquí lo acabo de volver a ver, estuvimos 15 días trabajando, aunque la duración de ese programa fue de una hora. Teníamos problemas de iluminación por los que a veces debíamos pasar hasta tres horas de pie para que se terminara de iluminar una escena que duraba solo dos o tres minutos. Ahora es un poquito más fácil.

¿Cuáles son, para ti, los más grandes actores cómicos mexicanos?

Cantinflas era muy buen actor cómico, y tenía a un humorista de cabecera, que era Carlos León. Él era quien le escribía todos sus diálogos. Cantinflas era un cómico verbal. Tintán era muy espontáneo. Me quedo con las primeras épocas de ambos. Hay otro actor que no es muy conocido en el Ecuador; se llamaba Joaquín Pardavé. Era un excelente actor, que tocaba el humor y tocaba el melodrama. Era compositor y fue director de cine y teatro. Y Roberto Gómez Bolaños, que es una persona a quien yo admiro mucho. Ha incursionado en varios géneros literarios. Lo que más se ha conocido de él ha sido la comedia, pero ha escrito teatro y acaba de escribir un libro de sonetos.

¿Se mantienen ustedes en contacto?

Sí, constantemente.

Más allá de tus pasiones como médico y actor, ¿qué otras cosas te apasionan?

La lectura, por ejemplo. Soy muy ecléctico pero me apasionan las biografías. Me gusta mucho leer acerca de personajes famosos y no tan famosos.

¿A quién admiras?

A mucha gente. Te podría mencionar a Henry Ford, Albert Einstein (a quien me hubiese gustado conocer).

¿Y has llegado a conocer alguno de los personajes que admiras?

Sí, conocí a León Felipe, un poeta español refugiado en México, que escribió Este viejo y destrozado violín. Un tipo con una poesía muy hermosa, que para mí fue muy emotivo conocer, porque él ya estaba muy grande [mayor]. Y, bueno, la sensación que te puede dar la ilusión de una persona que conoces a través de su trabajo literario. Me remito a lo que te dije hace un momento: los sueños se cumplen. Otra persona a la que admiraba, y con quien tuve la oportunidad de conversar, fue Libertad Lamarque. La admiraba no tanto por lo que cantaba sino por su valor en el aspecto político, su abandono de la Argentina, todo eso. Me interesaba mucho conocerla.

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León Felipe, poeta español exiliado en México, a quien Edgar Vivar admira y llegó a conocer.

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

La gran actriz argentina Libertad Lamarque

Una faceta algo desconocida de tu vida fue la periodística. Cuéntame al respecto…

Pues sí, una de las partes que más disfruté de mi vida fue el periodismo, en el que también incursioné. Durante algunos años estuve trabajando en la gaceta universitaria, en un suplemento cultural que se llamaba La Cobra, y yo hacía entrevistas. Así pude entrevistar a Dolores del Río, a otra señora que se llamaba Tamara Garina, a mucha gente.

¿Qué tipo de música escuchas?

Me gustan mucho los impresionistas:  Claude Debussy, Ravel. Y también en la pintura me gustan los impresionistas. El impresionismo lo revolucionó todo: influyó en la pintura, la música, la literatura. Era una manera diferente de ver la realidad, y no por eso deja de ser válida.

¿Y la música popular?

No soy muy afecto a la música popular. Me gusta la música new age. Y, en mi juventud, básicamente Los Beatles.

¿A nivel de cine?

Mucha gente. Uno de los directores que más admiro ha sido Luis Buñuel.

¿Llegaste a conocerlo?

No. Conozco a su hijo. No, no tuve la oportunidad. Pero tengo muchos compañeros actores que trabajaron con él: Silvia Pinal, Joaquín Andere, a quienes siempre pregunto cómo era Luis Buñuel. Admiro también mucho a Hitchcock. Me gusta el cine de Steven Spielberg. Me gusta todo el cine de Hollywood de los años cincuenta, desde el cine negro hasta las comedias musicales. El cine francés de la nueva ola; el cine argentino actual; el cine que se está haciendo en México creo que va por muy buen camino.

¿Crees que México tuvo su época de oro del cine?

Sí, fue una oportunidad dorada, porque durante los años cuarenta, cuando estaba la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos dejaron de hacer películas en grandes cantidades para hacer material de guerra. Entonces México supo explotar esa oportunidad. Un hombre, Emilio “Indio” Fernández, junto al fotógrafo Gabriel Figueroa, empezó a hacer tomas costumbristas, muy mexicanas, con magueyes y cielos con nubes. Era un cine muy pictórico y poético, que empezó a interesar fuera de México, hasta entonces un país desconocido. Fue una oportunidad dorada, y se le puede llamar de oro porque sí entró mucho oro a México, y les dio proyección a muchos actores. Realmente creó estrellas de cine que, curiosamente, siguen todavía vigentes gracias a la televisión. Ese ha sido el vehículo para hacer permanentes esas imágenes.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

Chespirito y Edgar Vivar, interpretando al Chavo y a Ñoño en la vecindad.

¿Tus sentimientos al despedir a Ñoño, precisamente en Cuenca?

No dejo de derramar una lágrima, pero no de tristeza sino de nostalgia. Es como decirle hasta siempre, y es la manera como lo despido durante el espectáculo: ¡Hasta siempre Ñoño!

Revista Qué Nota, No. 13. Pgs. 19-22.

Cuenca, Ecuador, noviembre de 2003