Enrique León Delgado: Memorias de un médico cuencano

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Las personas de mayor edad evocan aún relatos acerca del modo en que, ya bien entrado el siglo XX, solía la población cuencana acudir hasta los “hondos” del río Matadero, como El Vado y El Otorongo, para bañarse en días de sol, por lo general cada domingo o cada día de asueto por feriado. En el caso de las personas más acaudaladas y de mejor posición social, constituía todo un acontecimiento el baño que, cada trimestre, recibía el abuelo, en el patio de la casa y ante la mirada de todos los miembros de la familia. Una opción intermedia eran los que llamaríamos baños públicos de entonces, destinados de manera exclusiva a eliminar la mugre de sus usuarios. Eran pequeñas casetas atravesadas por molinos de agua, por cuyo uso se pagaba unos cinco centavos de sucre. Junto al puente del Centenario estaban ubicados los baños del cura Piedra Baca, y muy cerca del puente de El Vado los baños de la familia Tinoco.

Más prolijos y asiduos en el aseo, según relataba el historiador Octavio Sarmiento, eran los militares encargados de custodiar la plaza de Cuenca, quienes cada dos semanas acudían al río para el consabido baño de soldados y oficiales, anunciado por las notas marciales de su propia banda de música, que le daba a la asepsia castrense cierto aire de solemnidad pública.

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Enrique León Delgado en sus años de juventud

Hacia 1916 se cuenta ya con alumbrado eléctrico, y en 1918 se ofrecía el servicio de energía eléctrica a nivel particular. Es así como llegamos a los años veinte, que comienzan con la celebración especial del primer Centenario de la Independencia de Cuenca, y la llegada del primer avión a suelo cuencano, piloteado por el héroe italiano de la Primera Guerra Mundial, Elia Liut.

Una Cuenca optimista, que encaraba su presente y su futuro con renovados bríos, rememoraba así su ya centenaria declaración de Independencia, con una serie de actos especiales, entre ellos la construcción de un nuevo puente, llamado del Centenario, que reemplazaba al antiguo “Juana de Oro”.

Ciertas peculiaridades de la vida morlaca, heredadas de la larga época colonial, persistían en la urbe como reflejo de su complicada estructura social, compuesta por la alta aristocracia y sus apellidos, que era una suerte de casta de nobles, por debajo de quienes estaban mestizos e indígenas a los que se llamaba, con absolutos desdén y discriminación, longos, chazos, runas, mitayos, cholos o indios.

Algunos hitos a lo largo de esa década, dan cuenta de la transformación que se está operando. En 1927 se da inicio a los trabajos para que la ciudad cuente con agua potable, y un año antes se había creado la Dirección de Salud de la Zona Austral, que representó un avance significativo en esta materia.

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Recuerdo de la entrega de la sala “Víctor M. Delgado” (tío de Enrique León D.) al hospital San Vicente de Paúl.

Hacia 1924 se habían dado evidencias ya de la construcción de otro tipo de obras, diferentes a las carreteras, puentes e iluminación eléctrica, que eran los trabajos favoritos de las autoridades de turno. Así comenzará la distribución de agua mediante tuberías, que reemplazará de forma paulatina a los pozos y las acequias, y dejará en el pasado el pesado acarreo del líquido vital. Citada por Galo Crespo en su estudio De la Bacinilla a la Alcantarilla, en la revista Tres de Noviembre No. 31, fechada en 1922, encontramos la siguiente referencia de Antonio Borrero Vega, acerca de las condiciones ventajosas de la ciudad para dar inicio a estas obras:

Cuenca cuenta con el privilegio de poseer abundantes manantiales para satisfacción de una u otra necesidad. Y respecto del agua potable, está constituido el canal abierto desde el río Sayausí hasta la colina de Cullca. Además, las calles tienen canalización desde remota fecha, desde occidente a oriente y sería de costo relativamente exiguo completar la canalización en el resto de la ciudad. Dado el gran precio de la cañería de conducción del agua y de la imposibilidad de su transporte por falta de ferrocarril que nos comunique con la costa; por ahora debemos prescindir de la tubería de hierro, limitándonos a conservar el acueducto abierto…

Es en ese contexto, mientras en otras partes del mundo se viven los alocados años veinte, en el que ve la luz el autor de este libro, Enrique León Delgado, un martes 11 de septiembre de 1923, pocos meses antes de que se diera inicio a la construcción de las obras de infraestructura en la ciudad, que cambiarían para siempre las condiciones en que se desenvolvía la vida cotidiana de los habitantes cuencanos. Al año siguiente, se funda el que será desde entonces el primer diario de Cuenca, hasta nuestros días, El Mercurio, y, al finalizar la década, la urbe contará ya con los respectivos planos de canalización y pavimentación, así como de la Red de Distribución de Agua Potable, aprobados en Quito por la Dirección General de Obras Públicas.

Memorias de un médico cuencano

La suya será una niñez relativamente feliz, rememora el autor “El Camino de un Médico; una cautivante aventura”, hasta que la sombra inesperada de la muerte llega al hogar de la familia León Delgado, y arrebata la vida de su padre. Será la madre quien, fuerte y abnegada, logre enrumbarlo por el camino de la rectitud y el esfuerzo para conseguir sus metas, para alejarlo así de esos años de desconcierto y frustración que siguieron al deceso de su progenitor.

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Los “Doctores Gringos”: Eduardo Vázquez, Enrique León, Nicanor Corral.

Cuenca es el escenario principal en el que transcurre la apasionante existencia de Enrique León, quien al describir el inicio de sus estudios de Medicina, hacia 1941, va pintando también en la mente del lector la fisonomía de la pequeña ciudad de esos años, que con paso pausado se irá transformando y evolucionando hacia la urbe que es hoy en día, tanto en el campo médico como en otros ámbitos del desarrollo. Llama la atención el deficiente grado de salubridad, que era la causa principal de contagios e infecciones parasitarias, tifoidea, desnutrición, tuberculosis, infecciones periodontales, etc. La Facultad de Medicina, en medio de esa situación, se daba modos de formar médicos que irán contribuyendo a cambiar tal orden de cosas, y a mejorar de manera significativa la calidad de vida de los ciudadanos.

Inicia así nuestro autor el primer año de sus estudios, relatando detalles de la vida estudiantil, entre ellos las prácticas en el anfiteatro que revelaban, con toda su descarnada realidad, lo que llegó a denominar la fragilidad del ser humano… que al final se convierte tan sólo en un despojo; impresionante y dura prueba para quienes habíamos escogido ser médicos para el resto de la vida.

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Médicos de la promoción 1949: Enrique Peña, Efrén Cobos, Renato Correa, Leonidas Celi, Julio Vega. Sentados: Enrique León, Arturo Farfán, Homero Castanier, Vicente Valencia.

De esos años evoca a profesores como Miguel Alberto Toral, Julio Enrique Toral, Víctor Barrera, Leopoldo Dávila, José Carrasco, Julio Malo, Francisco Sojos, entre otros médicos que influirían en su carrera y en sus estudios, bajo cuya orientación logró convertirse en el estudiante más distinguido, lejos ya de la mediocridad en que había caído hacia la época del colegio, como consecuencia del inesperado y doloroso deceso paterno.

Ante el lector aparecen, de forma inevitable, las imágenes que el Dr. León ha logrado pintar acerca de este tiempo de su vida, que fue a la vez una época de la ciudad de Cuenca. Así, al hacerse cargo de la Sala de Tuberculosos de esa institución, nos da una idea del grado de miseria y aislamiento en que vivían los pacientes aquejados por tal enfermedad. Tan sólo una monja, recuerda, lo acompañaba en la tarea de darles medicamentos a los enfermos, quienes, en realidad, de lo que más necesitaban era de consuelo. No me explico cómo tantos médicos apóstoles y sabios nunca pasaron por este lugar, donde estaban precisamente los seres que por su miseria y enfermedad más los necesitaban, señala, incisivo e irónico, sin ocultar la indignación que sintiera entonces, y, también, muchos años después, al evocar lejanas pero vívidas imágenes del pasado, con el propósito de escribir este libro.

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Leoncio Cordero, Rubén Cazorla, Enrique León, Juan Manuel Moscoso

Vendrá luego el viaje hasta la capital peruana, toda una peripecia para un grupo de jóvenes de provincia, llenos de vida, sueños y entusiasmo, pues por entonces un desplazamiento hasta Lima requería de varios días de traslado a través de montañas, ríos, mar y aire.

Una vez culminados los siete meses de internado, asiste a diferentes cursos en otras ciudades, uno de los cuales le inclinará definitivamente por la radiología: la conferencia dictada por el médico argentino José Antonio Pérez, para la cual se ayudaba de placas radiográficas que llamaron su atención. Poco después se le confiere la medalla “Benigno
Malo”, por ser el mejor graduado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca, en el año 1948.

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Enrique Sánchez y Enrique León, compartiendo su pasión en común por el bandoneón

Llegarán internados y residencias en Estados Unidos y Chile, tiempo del cual destaca su traslado al Truesdale Hospital de Fall River, en Massachussets, en cuyo departamento de Radiología pasó varios meses de rotación, lo que definió el camino de su vida profesional como radiólogo. En 1951 obtendrá una beca para especializarse en Tisiología y Radiología, en Santiago, y tiempo después, cumplidos ya los 30 años, viajará a Estados Unidos para completar los estudios de Radiología.

portadaLo que sigue va formando en el lector la idea de cuánto aconteció en Cuenca a lo largo del siglo XX, no solo en lo concerniente al desarrollo médico sino también al avance social y urbano de la capital azuaya.

En el epílogo de su vida, y también de esta obra, Enrique León sintetiza bajo una breve frase la enseñanza principal que el ejercicio de su profesión le dejaría, y que los galenos no suelen aprender en las aulas
universitarias: la calidad humana que debe acompañar a un médico, en su trato cotidiano con la vida y la muerte entre las cuales se debaten los pacientes. Y no hay ningún instrumento, por preciso que sea, que pueda reemplazar la calidad humana que lo maneja, concluye mientras revela, como resultado de su dilatada experiencia, que es eso precisamente lo que necesitan las personas: una atención pletórica de calidez y humanidad.

Cuenca de los Andes, marzo de 2016

Mabel Petroff: la múltiple y única mujer

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Para quienes de diversos modos y desde variadas posiciones hemos estado en contacto con el quehacer cultural cuencano de los últimos años, protagonizado en mayor medida por el impulso creador y vital de las nuevas generaciones, el nombre de Mabel Petroff es sobre todo sinónimo de teatro. Ella ha sabido canalizar la energía de su talento hacia proyectos de calidad que hablan de cuanto es posible hacer en esta ciudad cuando se tiene ganas y se cuenta con el karma propicio y preciso para hacerlo.

A sus 27 años, pletórica de energía, talento y una belleza exquisita que resulta difícil no percibir, ha recorrido ya con sus obras algunos países y otras ciudades del Ecuador. Pero es a la vez como una incansable hormiguita que trabaja y que mientras lo hace va planificando nuevos y más audaces proyectos. A continuación nuestro diálogo:

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RAO: ¿Cómo comenzó esa pasión tuya por el teatro?

MP: Yo comencé haciendo teatro tarde, porque la mayoría comienza desde que son niños en realidad, y yo tenía pánico, mucho miedo al escenario. Hasta que más o menos cuando tenía unos 19 años conocí a Diego Carrasco. Él me invitó a trabajar sin que yo tuviera ninguna experiencia. Daba talleres en un centro cultural que tenía mi papi [Iván Petroff], el Demetrio Aguilera Malta. Fue como que por ahí comencé a descubrir lo que era el teatro de verdad, porque siempre nos ponen ese prejuicio de que el teatro tiene que hacer reír, o reírte vos mismo, llorar y cosas así dramáticas. Entonces como tenía ese prejuicio yo decía nunca voy a poder hacer teatro. Y cuando conocí un poco más, cuando vi que el teatro más bien era una forma de conocerse a uno mismo para poder dar al espectador un mensaje, fue cuando en verdad me apasionó.

Fue muy decisivo también cuando vi una obra de teatro de Pilar Tordera, una española, muy buena actriz, que estuvo mucho tiempo en Cuenca. Ay Carmela se llamaba la obra, y cuando la vi dije lo que yo quiero hacer es teatro.

¿A qué pensabas dedicarte antes de eso?

Escogí seguir en la universidad Artes Visuales, que es pintura, escultura, porque ya tenía una necesidad de acercarme al arte; me llamaba la atención trabajar creativamente, utilizar mi creatividad para algo, canalizar lo creativa que podía ser.

¿Y lo hacías ya, pintabas, creabas?

Sí, pintaba, me gustaba la pintura. Era como que estaba en una búsqueda, aprendía a tocar la batería, buscaba entre la música y el arte plástico cosas que después me sirvieron para el teatro, porque de todas maneras en el teatro mientras más cosas aprendas más te van a servir.

¿Estudiaste teatro, entonces?

Lo estudié pero en talleres, no con una escuela de teatro, no académicamente; más bien comienzo a leer cosas que, por ejemplo, el Diego Carrasco me da, de Stanislavsky, de Barba. Comienzo a leer y es cuando me apasiona más descubrir que hay gente tan radical, tan soñadora.

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¿Cuándo te presentas en tu primera obra?, ¿cuándo intervienes en un primer papel del público?

La primera obra que yo hice fue con Diego Carrasco, que se llamaba Yo vine para preguntar, del escritor cubano Ricardo Muñoz Carabaca. Participé en esta obra reemplazando a Monserrat Astudillo, quien salió del grupo y yo entré. Claro que conmigo se hizo un montaje totalmente diferente.

¿Eso significa una ruptura en tu vida, un punto de quiebre? A partir de entonces te replanteas muchas cosas, ¿qué, por ejemplo?

Sí, totalmente. Me replanteo y cambio muchísimas cosas, como por ejemplo mi relación con mi familia misma, el que mis padres acepten que yo haga teatro, porque sea como sea se tiene un prejuicio grande a pesar de que mis padres están muy involucrados con el arte, y mi padre hacía teatro también. Y fue como un shock por los típicos prejuicios de cómo va a vivir, cómo se va a mantener, va a tener que trabajar en otra cosa más para poder hacer lo que quiere. Y no hay tal, porque cuando uno trabaja en verdad en lo que quiere termina siendo recompensado de una u otra forma, y el dinero llega.

¿Cuándo comenzaste a vivir de esto?

Solamente del teatro comencé a vivir desde hace unos tres años. Desde un poco antes de ingresar al Teatro Colectivo Mano3, yo ya vivía del teatro. Vivo con mi madre pero compartimos gastos. Entonces no es que esté viviendo de ella.

¿Alguna obra en especial que haya significado mucho en tu carrera?

Una de las cosas que sí han marcado mi carrera es un monólogo que tengo todavía, que se llama La doble y única mujer, que gracias a Dios me ha llevado hasta de viaje. Con eso me fui a Argentina, me pude presentar en Brasil, en festivales, encuentros; no solamente por el hecho de viajar, que ya es hermoso, pero también por saber si el trabajo funciona en otros lugares que no sean aquí. Lo había presentado en Quito, en Riobamba, pero siempre es como el miedito que da sobre qué pasaría en otro país, porque no son las mismas formas de pensar, otros públicos y otro teatro, y además yo sola. Era el miedo que tenía también, solita contra el mundo. Ese fue un trabajo que en verdad creo que me marcó.

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¿Cómo evalúas la experiencia de tu paso por Mano3?, desde el punto de vista teatral, quiero decir…

[ríe] … claro, aunque todo está ahí mismo. Muy bien, yo creo que con el Mano3 se lograron cosas muy buenas en la ciudad. Una de esas, aparte del trabajo creativo con el que logramos salir, creo que fue la bienal que hicimos. Tiene que tener continuidad, seguirse haciendo porque, si no, no sirve de nada, como muchos otros esfuerzos que se han tenido en la ciudad, como festivales, pero que si son aislados ya no sirven de nada. Si se mantiene como bienal internacional de artes escénicas, organizada por Mano3 o por otro grupo, por la misma Municipalidad, pero que se mantenga con la idea de que es un espacio para Cuenca y para los artistas también.

A veces el problema de estos festivales es que se quiere un espacio para la institución o para que salga el nombre del grupo. Y no es eso. Es también un apoyo a la gente que está haciendo teatro. Muchas veces incluso hay instituciones que organizan festivales y no pagan siquiera a los actores. Entonces ahí sí hablamos de cómo viven los actores, de cómo se transforma eso en una profesión de verdad.

Eso tú lo viste quizá como el trabajo más grande que realizó Mano3, pero también hicieron otras cosas, como el trabajo en el Museo de la Medicina…

Sí, hicimos muchas funciones. De todas maneras se tuvo como un trabajo estable, cosa que es muy difícil en esta ciudad por el público que hay, y por los pocos grupos de trabajo de teatro que hay. Mantener un trabajo de presentaciones y de crear obras, porque en el repertorio de Mano3 había obras infantiles y para público adulto. Se tenía un repertorio de obras que podían ir rotando. Incluso hicimos en noviembre de hace dos años una temporada de un mes entero de presentaciones, de miércoles a sábado, y había gente.

¿Por qué saliste?

Salí por este proyecto de la casa de arte, primero; por cuestiones sentimentales, segundo; pero sobre todo por el proyecto de la casa de arte. Quería como un espacio. Primero estaba el Mano3 dentro de la casa de arte, pero se salió y me quedé yo con la Monserrat Astudillo y el Gabriel Granja.

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¿Cómo fue todo aquello, el proceso de conseguir la casa, de adecuarla?

Lo que queríamos era tener un espacio nuestro y que no fuera tan problemático ir y pedir, que se nos dé enseguida además. Ahí fue cuando me decidí a hacer la casa para tener el espacio para ensayar, porque el actor necesita una disciplina diaria de trabajo. Necesitábamos un espacio para ensayar todos los días, y la casa de arte era una opción. Un día, luego de que la Monse se vino acá a Cuenca tras haber estudiado en Quito junto al Malayerba, nos reunimos y conversamos sobre todos nuestros proyectos y sueños. El típico sueño de un teatrero es tener una casa de arte en la que pueda hacer su trabajo. Ahí fue cuando dijimos hagamos realidad lo que estamos pensando. Y, bueno, con el Gabriel que es actor también, y pareja de la Monserrat, decidimos ponernos a buscar una casa para alquilar, un esfuerzo privado, préstamos, es decir era ya una inversión que teníamos que hacer y un riesgo. Sigue siéndolo porque estamos endeudados, todavía necesitamos conseguir todo lo que hemos invertido, pero más que nada el proceso fue como muy rápido, y muy del corazón. Queremos tener este espacio del café teatro, que es más o menos lo que va a solventar el trabajo de toda la casa. Los espacios para talleres para niños, jóvenes, adultos, y el que queremos adecuar, que es el de la salita de teatro, más o menos para 50 personas.

Según he percibido les ha ido bien, pero también hay que considerar que Cuenca suele ser novelera…

Sí, esperamos que no sea solo por eso que la gente está viniendo, pero yo creo que también Cuenca necesita un espacio así. No ha habido en Cuenca un espacio como éste, no solo de arte sino de teatro más que nada, de artes escénicas. Si bien la Casa de la Cultura ha intentado tener un espacio, La Pájara Pinta también, pero una casa de arte, privada además, que traiga grupos de Quito e internacionales también, es algo que no se ha dado. Hay que hacerle entender a la gente que este espacio solamente va a poder seguir si es que la gente viene. El teatro va a existir si es que la gente merece tener teatro, danza, pintura igual. Si es que hay público para eso, va a existir; si no lo hay, la mayoría de actores se va a ir a Quito, Argentina, España, no sé.

¿Será cierto que la gente viene al café para ver a las locas «de atar» que lo atienden disfrazadas?

[ríe] esa no me la sabía, esa no me la sabía… Teníamos un montón de nombres: Morgana, el nombre de una bruja, pero el Gabriel no quiso porque de pronto la energía de la casa, y De Atar porque de pronto el proyecto es en verdad enorme y no teníamos idea del sacrificio que iba a ser. Todavía no teníamos idea de la dimensión del proyecto. Entonces dijimos, pongámosle De Atar, por locos de atar en verdad. Además que a los artistas la mayoría de la gente les llama así.

¿Has pensado incursionar en otras facetas de la actuación, quizá en lo fílmico?, aunque entiendo que tienes ya alguna experiencia en ello.

Sí, bueno, la Monse más que yo, pero ahora más bien he estado incursionando en el clown, que es algo que yo no manejo. Y ahora que vino el Cacho Gallegos decidí también meterme en esos campos que no había explorado. Con Guido Navarro estamos haciendo un taller de bufón, cosas que en verdad son medio difíciles de tener en Cuenca, y hay que aprovechar cuando está aquí gente que puede darnos un poquito de lo que sabe, y quienes hacemos teatro no podemos perderlo.

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A nivel de público, ¿cuál te ha sido más o menos grato: el cuencano, el de las otras ciudades, países? A veces hay públicos más difíciles que otros.

Sí, hay públicos más difíciles que otros, hay funciones más difíciles que otras, no mejores ni peores pero diferentes en realidad. La mayoría de veces que he tenido como más miedo de actuar, ha sido cuando son funciones para directores o actores de teatro. Son como las funciones más difíciles, porque no van a juzgar solamente lo emocional de la obra o lo que uno quiere decir, sino también técnicamente. Pero a mí se me pasó ya ese miedo cuando la primera presentación que tuve en Argentina, para actores y directores de Buenos Aires. Ya en ese momento me dije no puedo tener ese miedo, porque si no qué estoy haciendo, para qué estoy actuando, o qué de verdad es para mí la actuación: si es mentirle a esta gente para que me juzgue. No, no es eso. Quiero tratarles igual que trato al resto de gente a quien le doy lo que hago. Entonces ese rato se me quitó el miedo, y creo que me sentí muy bien en esa función.

Como actriz es obvio que sí, pero como Mabel ¿te identificas con la doble y única mujer, con sus facetas, con su doble faceta?

Más que identificarme, hay momentos que siento que estoy llegando a un puntito cerca de ella como Mabel. Los momentos de miedo, los momentos de dolor que he tenido en mi vida, he sentido que estoy cerca en verdad de ella…

¿Reflexionas sobre eso?

Sí, sí reflexiono sobre eso, pero lo que pasa es que la preparación de ese personaje es una preparación ritual, y entonces hay muchos canales que sí me hacen encontrar conmigo misma, con Mabel y con mis múltiples formas de ver la vida, no solamente hacia un lado sino hacia varios lados como ve la doble mujer, que tiene dos frentes. Es como un canal también, para verme a mí misma y para ver a la gente.

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¿Cómo es la Mabel cotidiana, la del hogar, qué hace?

Creo que es juguetona. Además que tengo un hermano adolescente y me gusta mucho jugar con él. Sí creo que soy muy juguetona con mi madre, con mi hermano, con mi padre, con mi otro hermanito chiquito que tuve recién. Tengo una hermana que está viviendo en Buenos Aires, a quien visité ahora que estuve allá. Creo que soy muy sensible, a veces demasiado…Me da iras eso [sonríe]. Y una cosa importante es que estoy muy contenta con lo que soy y con lo que hago. Si bien tengo momentos de rabia, de dolor, de frustración porque no sale todo como quisiera; de sentir que estoy cansada porque hago muchos esfuerzos, y que estoy estresada a veces, pero siento que estoy feliz con lo que hago, que no cambiaría la vida que tengo con nadie. Todavía tengo muchas metas, quiero hacer muchas cosas pero no la cambiaría con la de otro. La haría mejor.

¿Lecturas?

Estoy leyendo un libro de Fernando Pessoa que se llama El Libro del Desasosiego.

¿De qué manera crees que haber crecido en el hogar del escritor Iván Petroff, tu padre, y de Ana Lucía Montesinos, tu madre, influyó en ti?

Influyó muchísimo. De hecho mis padres han influido muchísimo en mí, porque siempre he visto en ellos la necesidad de crear. Desde que yo era muy chiquita mi padre siempre me fotografiaba, y ya como que sentía que era importante para él, y eso creo que es muy importante para un niño, sentirse bien con lo que uno es. Igual a mi mami siempre la veía leyendo. Ella es una lectora impresionante, fabulosa, obsesiva a veces. Cuando mi padre me dedicaba un poema para mí era maravilloso, a pesar de ser niña. O cuando me enseñaba a recitar para el colegio, para leer, que me encantaba, y ganar concursos de lectura. Pienso que siempre influyen los padres en los niños. A veces no tienen nada que ver con el arte, pero la forma en que tratan a un niño sí influye en lo que quiere ser.

10 COSAS QUE (creo) NO SABEN DE MÍ:

  • Cuando tenía cuatro años no entendía cómo era que Papá Noel se llevaba al cielo los juguetes que mis padres compraban para navidad, no entendía tanta burocracia y un día le dejé en el patio una moneda para que se la lleve y se la regale a un niño que me gustaba, y esperé y esperé y esperé y al día siguiente me compre caramelos y dudé mucho de ese señor gordito.
  • Desde los 5 años que entré en el conservatorio me paraba de puntitas de pie para danzar todo el tiempo, TODO el tiempo, en el baño, en mi cuarto en la calle incluso mientras dormía movía mis pies como si danzara en puntitas, me soñaba con tutu, es el secreto de mis pies hiperflexibles.
  • No sabía cómo defenderme y un niño me golpeaba todos los días en recreo, hasta que mi hermana tres años menor a mí le dio una paliza y volví a disfrutar la vida gracias a sus puños.
  • Cuando tenía 16 años quería ser enfermera.
  • Estudié físico matemático porque me decían que las matemáticas no eran lo mío (Testadura a morir).
  • A los 17 quería ser monja misionera.
  • Cuando hice mi primera obra de teatro me dijo un gran amigo actor que yo debía ser bailarina y no actriz pues mi trabajo vocal era deficiente, entonces tomé todos los cursos y talleres de voz y dicción que pude y odiaba que me pregunten si soy bailarina; ese odio me acompañó hasta hace muy poco tiempo que me di cuenta que amo danzar tanto como actuar.
  • Cuando tenía 18 años quería ser guerrillera.
  • Me gusta Chayanne y canto todas sus canciones en karaokes de mala muerte.
  • A los 19 años quería ser como Van Gogh y cortarme una oreja; por suerte mis maestros de arte canalizaron mi ímpetu.

                                            

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¿Planes más personales, familiares?

¿Qué, a qué te refieres, matrimonio…? Ahorita estoy con un artista plástico que se llama Manolo Salgado. Sí me siento muy bien con él. Tenemos planes de viajar juntos, de hacer cosas juntos, porque nos sentimos muy involucrados, no solo sentimentalmente sino intelectualmente, con las cosas que pensamos creativamente. Queremos trabajar como grupo, aunque no como un grupo de teatro ni de artistas plásticos, pero sí en conjunto, hacer muchas cosas. Estamos muy sintonizados. [Mabel se casó años más tarde con el actor mexicano Bruno Castillo, con quien reside y trabaja de forma conjunta en ese país, alternando con estancias breves en Cuenca, para dictar talleres, hacer presentaciones de sus obras, y visitar a familiares y amigos]

¿Qué otro tipo de planes tienes aparte de esa locura de la casa de arte?

La casa de arte es un proyecto de producción, y sí me encanta que vengan grupos, recibir talleres, pero no es ese mi objetivo como artista. Más allá de traer otros grupos yo quiero producir mi propio trabajo. Ahora que ya la casa está un poco más estable quiero retomar mi trabajo del monólogo, porque quiero ir a algunos festivales con esa obra que no creo que se haya agotado. Quiero que viaje más, que se vea en más lugares, y además seguir trabajando en el proceso porque a lo mejor hay cosas que irán mejorando. Siempre uno está aprendiendo y no tiene porqué cerrarse con el trabajo.

Cuenca, Ecuador, 2004-2014