“Monólogo de un Desgajado”, de Rodrigo Aguilar Orejuela

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Por CARLOS VÁSCONEZ GOMEZCOELLO

Imaginémoslo con pausa. Un hombre se adhiere a una pluma. Antes ha visto los días oscuros de su existencia pasar frente a él, en un féretro que él mismo construyó de un árbol que él mismo taló. Luego de él mismo haber oficiado la ceremonia, ha sentido la ignominia en carne propia, ha toreado las calamidades y ha sobrevivido a sí mismo. Este hombre, llamémoslo Rodrigo Aguilar Orejuela, vacía y rellena su tintero a intervalos. Deja que las aguas se amansen, para luego remolinearlas mejor. No se quiere sentir atado al escritorio, y por eso finge escribir y finge, a ratos, los mejores, que no le apetece seguir con la encomienda del destino de garrapatear galimatías. Pero de súbito y nuevamente (porque le sucede de nuevo y porque le parece asimismo algo nuevo) un arrebato mueve su muñeca. La pluma traza lo que las capas de la vida tratan de esconder algunas cuadras o millas más allá. La pluma traduce lo que los fantasmas le dictan al oído, lo que la invisibilidad ha preferido mantener en su poder. El escriba, y de manera especial el periodista, desenmascara eso que llamamos “realidad”, porque tiene su peso de reinado sobre nosotros, por lo que es real.

Siempre será necesario contar con un centinela y un Mercurio, alguien que ve y cuenta y que, distante de esa bestia alada ingeniada por Virgilio, Fama, llena de oídos y de bocas que promulga las malas nuevas, e igualmente alejado del mensajero que por llevar las malas nuevas será ajusticiado, más bien se comprometa a no solo decirlo, sino también a brindar soluciones. (Sí, brindar, con la copa llena.) Rodrigo Aguilar es de esos periodistas de opinión que no solo encuentran el problema, o que la aguja ha caído en el pajar, y que por eso recomiendan no hurgar en sus interiores, sino que además da una solución. No es, precisamente, de los que a cada solución le hallan dos problemas. Y que si su recurso para dar con la aguja es quemar el pajar, pues lo aconseja sin pelos en la lengua.

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Una aspiración: mimetizarse, renunciar a los discutibles y narcisistas beneficios de hipervisibilidad a favor de las bastante más útiles ventajas del anonimato. Parece ser esta la regla número uno, la clave para comprender la naturaleza de lo que está a nuestro derredor, de ese circuito en el cual nos movemos un poco alienados, un poco bendecidos por nuestros propios pasos. Lo mejor que tienen los pasos es que en ocasiones nos llevan a donde nunca pensamos ir, y acaso ese es el territorio más aledaño al Paraíso. Esta regla es el método de trabajo de todo gran periodista para penetrar en los nudos de la más compleja actualidad, sea política, cultura, social, mental. Esto es lo que ha hecho Rodrigo Aguilar Orejuela en estas tres décadas en Cuenca de los Andes, volverse parte de ella, y parte fundamental, para desde ahí, desde esa mirada propioajena (para emplear un neologismo un tanto joyceano), recrear lo que sucede en la aldea devenida pueblo devenido aspirante a cosmópolis. Porque si algo es Aguilar es cuencano, aunque sea también esmeraldeño de la provincia de Esmeraldas, del cantón homónimo Esmeraldas y de su parroquia llamada, curiosamente, Esmeraldas. Un cuencano más que quizá conoce a profundidad y de manera más puntillosa los entresijos de la cuencanidad, de ese ser un tanto amorfo que vuelve a una ciudad en perpetua construcción siempre un paraje que se anhela habitar. Y Rodrigo Aguilar lo ve, lo ve a la manera de Ryszard Kapuscinski, ocultándose entre el gentío, preguntando con exactitud lo que debe preguntarse y lanzando comentarios y observaciones sinceras, y entendiendo más, por ejemplo que hasta el aspecto cuenta, la conducta, las maneras, para ser uno más y no desorientarse de su cometido. Sabe, por lo tanto, admitir y administrar su propio miedo, estar solo; es curioso y suficientemente optimista para pensar que los seres humanos son el centro de la historia, de toda historia; ha comprendido que el concepto de totalidad existe en la teoría, pero nunca en la vida. El que sabe que lo que se calla en una noticia es más que lo que se dice en ella, y que cree en la objetividad de la información, a sabiendas que el único informe posible siempre resulta ser personal y provisional.

Un libro probo no puede deberle nada a nadie. Un libro no debe pedir perdón. El amor nos exime de pedir perdón. Sacar un libro de la nada o del bolso debe ser como desenvainar una hoja que ha sido bien envainada, que no lastime la mano de su propietario. Ese efecto logra Monólogo de un desgajado de Rodrigo Aguilar, que hoy germina de la nada, profuso, cuantioso, contra el sol, elevándose para obtener su ardor, su luminiscencia.

Rodrigo ha tratado con ímpetu de prolongar su voz. En este libro su voz es la del ave cantor de la mañana primaveral del amor. Ese canto que todos oímos al día siguiente de sabernos blanco acertado de Cupido y que no podemos, a veces porque no queremos, olvidarlo.

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Vivimos en una nación que urge de réplicas. De entendimiento cabal de nuestras supercherías y vanidades. Habitamos un tiempo y un país donde se sugiere, desde sus más altas esferas, a veces en tono sentencioso y dictatorial, no olvidar. No olvidemos, a su vez, que la locura, que a veces es la cultura, surge de lo que no olvidamos. La locura es la repetición incansable de la misma cosa. Las dos fuentes de la locura son, como todo párroco barrial sabe, la memoria truculenta y la inequidad y la pobreza. Para perseverar, pero sin enloquecer, en esta, nuestra comunidad, esta hermosa cara del orbe, con ahínco y fortaleza, es indispensable recordar pero a la memoria condimentarla con alegría, gracia, prolijidad de miniaturista. ¿Qué pasa si unimos los dos gérmenes de la locura: el olvido y la pobreza? Entonces hallaremos la solución, pues la pobreza es locura cuando se manifiesta en cualquiera de sus formas, y una de ellas, la asaz más terca y virulenta, es la pobreza intelectual. Si no somos pobres intelectualmente, y recordamos con presteza y con generosidad, se hace el mañana. Esa es la forma de hacerse de un mañana.

En una extensa, nada cansina y bella epístola que me escribió nuestro autor, me revela mucho de su parecer sobre Cuenca. A la manera de Chesterton, confío más en este libro que en esas revelaciones. Aquí hay más Rodrigo Aguilar Orejuela que en una confesión. He aquí su testimonio vital, la razón de su razón.

La hermosa tarea que tenemos es contar con un laberinto y su hilo. Eso ha hecho Aguilar para hermosear su vida (además de con sus hijos y su mujer y sus amigos): hacerse de un laberinto concéntrico, como es el caso de Cuenca, y de un hilo, que es su literatura.

Cabe aquí recalcar el carácter sencillo de nuestro autor. Me ha reiterado que no se considera escritor. ¿Qué es el escriba si no el recapitulador de una época? Y lo que acuesta en la página son ideas que pronto deberían evolucionar en actos. Y lo hace no sin buenas dosis de elegancia y sutileza. Su forma de literaturizar los eventos, lo lleva a ser un cuidador de ese jardín que es un papel y que ha sembrado con entusiasmo, con dedicación y con amor. Tres palabras tan viejas como la noticia y que como la noticia a veces pierden fuerza, pero que por escritores como Rodrigo la retoman de manera integral y secuencialmente, con periodicidad, con ganas de volver a estar vigentes.

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He aquí una armonía entre géneros, una simetría que lamentablemente parecería difuminarse de manera paulatina en nuestros periodistas y en nuestros diarios. Hay luz y hay fuego en cada una de sus reflexiones. Rodrigo incendia Cuenca como se incendian las fiestas populares, con guirnaldas y luces aéreas. Asimismo, reinan una voz y su canto, esa manerita tan nuestra que puebla la voz de los jóvenes de decir “chendo” y de los adultos de tratar, a como dé lugar, de no decirlo. Y para colmo, la respuesta es la sensación que se nos queda en las manos, su delicada y refinada manufactura, su contundencia, como cuando se ha tenido en las manos algo de seda pura que deja la sensación de no haber tenido nada; su trabajo espartano ante la veracidad, y con el empleo adecuado de la forma de decirlo. En un todo, lo único que impera de verdad es la comunicación. En cada uno de estos micro-ensayos, en todo este monólogo desgajado, hay comunicación, hay una micrópolis o un mundo interior que clama por extraerse a sí mismo, que apuesta por el mejor observador, o sea por Rodrigo, para que lo traduzca.

En este libro aparecen por igual los nombres de Paul Auster o de Jorge Dávila, de Jorge Enrique Adoum o de Oswaldo Encalada. Aborda el arte con la misma presteza que a un cotilleo barriobajero. Evoca a mulatas que le fueron imprescindibles y al vallenato que las acompaña. Habla de la mujer como el ser más excelso que existe y predomina al mundo con la misma autoridad con la cual se refiere a Silvio Rodríguez y a la trova cubana. En un mundo en el cual parecería que todos tienen la razón, su razón, o bregan por imponerla, él es un comunista consumado que ha comprendido que se debe renegar y descreer del discurso de derecha y que se debe dudar, por lo menos, del de izquierda.

Capaz más que ninguno de tratar el lenguaje de la noche y sus tugurios con luminiscencia, cosa que edificamos en un sentido estrictamente babélico, Rodrigo Aguilar no se priva de considerar también el carácter instrumental de las celebraciones, de todos nuestros ratos, desde los más mundanos hasta los que tienen dirección celeste, de las puertas y ventanas que son siempre una promesa, pues son hechas para algo guardar, algo, seguramente, que una persona atesora, o acaso para que alguien desde adentro nos mire resguardado por las sombras. Nos provee de imágenes muy nuestras, a veces salpimentadas con nostalgia y bruma, nos mueven y nos conmueven. Aguilar sabe de ello. Sabe de dónde brota el aliento de los peces que es el aliento de sus retratos. Porque eso son, retratos de una sociedad.

El periodismo, y más aún el ensayo de corte periodístico, necesita desde hacía décadas nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque es un género que varía con los tiempos de una forma espectacular. Varía con los tiempos a la medida en que varían los tiempos. Pensemos en las revoluciones electrónicas que a todo afectan. El periodismo no se ve exento de estos cambios, a veces repentinos y esperados a la vez. Hay una sensación global, general, de que los periodistas, en vista de esta avalancha que son las reformulaciones tecnológicas, están siempre esperando que estas se den. Son vigilantes cuya atención está concentrada en estos cambios, y no en la gente que los produce y acepta y posteriormente usa. Las nuevas tecnologías facilitan enormemente el trabajo de cualquiera, y más aún de los periodistas, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de la profesión periodística, sus cualidades, su carácter artesanal, permanecen inalterables. El trabajo, el estudio in situ, la investigación, la gota de sudor trazando su ruta hacia el suelo, no se pierden ni se alteran. Rodrigo Aguilar es de cepa un periodista. Ryszard Kapuscinski descubrió la transpiración como último recurso para la vida en África, donde tanto de la vida surgió. En El truco, Kapuscinski narra que, a su paso por el oasis sahariano de Ouadane, el motor del auto murió y lo dejó sin recursos bajo el sol criminal. Recordó entonces que un escarabajo que los Tuareg llaman Ngubi escala las dunas cuando a su alrededor el sol es un tormento. Al cabo de un tiempo, en su abdomen se formará una minúscula gota de sudor y el escarabajo detendrá su carrera y se inclinará sobre sí mismo. El Ngubi salvará su vida bebiéndose los desechos de su propio ser. Beber de sí mismo, hacer del sudor su única salvación. Tener que sudar para además de sobrevivir darle sentido al mismo sudor. Así es como Rodrigo Aguilar Orejuela se ha introducido con fidelidad y con astucia en el pensamiento cuencano de las últimas dos décadas y un lustro, con sudor. Porque se vuelve parte nuestra, y con nuestra confianza en su poder saber qué es lo que queremos decir y, también, callar.

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Monólogo de un desgajado, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, Núcleo del Azuay, evidencia esa capacidad de nuestro autor de formar parte de un todo y darnos la sensación de que es lo que debemos leer, oír, y tratar acerca de los temas fundamentales acerca de los cuales debemos departir, debatir, convenir, brindar.

Aguilar sabe varias cosas. Sabe, entre otras tantas cosas, que no hay que ser pretenciosos y publicar todo lo que se escribe ni decir todo lo que se piensa (por eso este libro es un compacto de sus micro-ensayos). Sabe que la palabra es sagrada y por eso hay que cultivarla con cariño y tratarla con respeto. Los mimos nunca están demás para que la reciprocidad emerja grácil cual gaviota que aletea sabiendo que no va a despegar. Sabe que la derrota es el tema predilecto tanto del artista cuanto del deportista triunfal. Sabe que un libro está compuesto por quien lo lee más que por lo que entraña o que su autor, y que el Quijote recorre los campos manchegos por igual ahora que hacía cuatro siglos. Sabe que la amistad se llama café, y ron, y charla, y beso, y atención.

En esta obra se conjuntan varios temas de interés general, reitero. Aguilar la ha dividido en dos partes. La primera, “Entre mito y realidad”, recoge textos en los que su reflexión toma la batuta. Nos habla sobre temas de corte filosófico como la muerte, la ética, de las multitudes que sucumben al temor de la guerra o los vítores del balompié, de fechas cumbres enmohecidas por el tiempo, del mismo periodismo como una cruz y consuelo a la vez (el periodismo debe ser eso, despotricaba Sartre, un hombre que intocable ve a los otros cargando su cruz hacia el cadalso y entendiendo o fingiendo entender que el sufrimiento ajeno es el que nos redimirá).

La segunda parte, un tanto más testimonial, titulada “Vericuetos culturales”, nos otorga un recuento de los acontecimientos literarios, artísticos, sociales de mayor trascendencia sucedidos en los últimos treinta años (cabe anotar que la prosa de Aguilar deja una sensación de totalidad; es como si a estos textos no les faltara referirse a nada o nadie de Cuenca. Evidentemente no es así, pero esa es la gloria de un libro, que aunque siempre falte, aunque siempre sea un trabajo en progreso, nos deje la sensación recorriéndonos el espinazo, de que se ha conseguido abarcarlo todo, de que no falta una coma o sobra un adjetivo). Las mujeres y los hombres que nombra han dejado su huella, buena o mala, y no olvida el aspecto polemista con el cual debe contar un artículo de opinión. Verbigracia, la polémica del año 99 en torno a la película Mea Culpa en la que intervinieron su director (a quien Rodrigo tilda de Hacedor) y sus detractores. Me parece incluso de enorme valentía que vuelva a estos derroteros, que hurgue por entre los bolsillos desusados de esas prendas de antaño que posiblemente hicieron un daño inequívoco a las posteriores y por ello inexistentes producciones de celuloide locales. Pero Aguilar no se rasga las vestiduras ni teme afrontar este asunto con el mismo arrojo de entonces. Y periodista, escritor sin valor no entenderá ni sentirá, como Hamlet al final del primer acto de su tragedia, la impaciencia y el fastidio de haber llegado a un mundo mal hecho y verse en la necesidad de enmendarlo. Eso quiere decir que entenderá, de ser valeroso, que la cultura debe ser gratis, caso contrario solo será un auténtico bribón, para usar el término que empleaba Mark Twain al referirse a los periodistas que labraban su camino en base a halagos y lambisconerías.

Sobre este rubro, Aguilar es categórico. Su ética laboral ha mostrado a las claras y con los años ser incorruptible. Es cierto que para ganarse la vida uno debe reinventarse. Reinventarse como el sol de cada mañana para adquirir mayor fulgor y también para hacernos ver algo distinto, eternamente renovable, o acaso para enceguecernos. La reinvención es cosa de astutos, de estrategas, de soñadores. Y la reinvención implica siempre un alcance del prójimo. Como Shakespeare, quien se reinventó al género humano al calzar sus botas, se metamorfoseó en los otros, en la mirada del pueblo que relame la idea cruenta de la sangre del hijo pródigo, y desde ese estrado la entiende y la compone.

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Escribir es locura, es su locura, pero esa locura es su razón. Es su condenación eterna, pero una condenación eterna que es el único camino hacia su salvación. Sí, es cierto, utilizo ahora el cliché del exorcismo que el símbolo de la letra ejecuta. Pero este exorcismo, esta salvación es el único camino que a veces nos queda. Entre las dos certidumbres de perderse –perdido si escribe, perdido si no escribe–, trata de abrirse paso entre la muchedumbre también gracias a la escritura, pero una escritura que invoca a los demás a reunirse, como un corro espectral, con la esperanza de conjurarlos.

No escribe Rodrigo Aguilar Orejuela para ser un hombre singular y estático. Lo hace al contrario, para ser plural y cambiante. Lo hace siguiendo los preceptos de Gaston Bachelard quien aclara (en su libro bellamente titulado El aire y los sueños): “por medio de la imaginación abandonamos el curso ordinario de las cosas. Percibir e imaginar son antitéticos como presencia y ausencia”. Es decir, escribe periodismo como se regala una rosa, con la esperanza en la mano de recibir a cambio un beso, algo hermoso. Porque imagina Aguilar, imagina un mundo cuencano –¡que no es poco!– rico en ausentismos, en imaginaciones que prologuen nuestras existencias, y la imaginación es la cultura. Se sale así del barullo de las cosas percibidas pero llevándose una parte de ellas: su representación, ¿es su esencia? ¿Será que el escriba siempre lo que se roba es lo mejor, la naturaleza de lo robado? Y con ese botín se lanza a una nueva vida que trasciende lo meramente zoológico e inaugura lo propiamente humano, lo biográfico, sin abandonar el reino de la verdad ya que sabe, como lo supieron pocos, que lo verdadero es bueno y lo bueno verdadero.

Por todo esto es que Hegel insistió en que el pensamiento es lo que exige mayor valor, ya que nos hace asumir y encarnar –a nosotros, los que nos sabemos mortales– la constante tarea destructora de la muerte. La ética implacable del pensamiento es la del coraje que no teme morir ni se estremece morbosamente ante la muerte: la ética de Spinoza, la de quien en el amor intelectual de lo eterno se sabe y se experimenta parte de la eternidad. “Con el tiempo”, nos dice nuestro escritor, “como todo en la vida, habrá que pagar el precio, y a veces este resulta, en verdad, demasiado oneroso. Pero, pese a ello, cada cual debe recorrer su propio sendero, tomar sus propias decisiones, y en medio de todo ello aprender sus propias lecciones”. O esta otra: “la vida misma me ha enseñado que, a pesar de su crudeza y dureza, e inclusive de su crueldad, siempre resulta lo más idóneo y saludable avanzar por el camino de la verdad, y también por el camino del amor…”

El periodista es, como su nombre lo indica, quien trabaja con periodicidad. Quien hace de un período su territorio, es decir que es aquel que convierte al tiempo en espacio, adoptando la máxima de la ciencia posmoderna. Rodrigo Aguilar esboza así un monólogo como si esbozara una sonrisa. Una sonrisa de quien observa desde el centro y mueve a lo que acontece alrededor. Porque quien sonríe, conmueve.

Lejos del libelo, Aguilar hace una ofrenda a la ciudad al habitarla con totalidad. O totalismo, para usar una terminología obscena que tanto se pregona hoy en día en los medios. La habita en tinta y sangre, en papel y piel. La mejor forma, incuestionable aseveración, de habitar algo. Cuestiona un mecanismo que es un círculo vicioso, muy morlaco, que propende a la reiteración absurda y cuyo escape es el chisme, que es la radio del Diablo, bien lo sabemos, pero que para el cuencano por antonomasia es el paroxismo de lo sucedido, donde se replica, donde se guarece uno, como en el cuerpo amado, en el que nos metemos cuando no tenemos a dónde ir, dónde desaparecer. Es entonces cuando desaparecemos aquí mismo, en nosotros. En el otro que es nosotros. Como se desaparece en un libro como este, escenario y audiencia a la vez, en donde podemos confluir y vernos con esa sonrisa socarrona que evalúa y edifica. Esa sonrisa que es la risa en su mejorada expresión.

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Un análisis exhaustivo de este libro develaría que Rodrigo se ha dejado el alma en él. Lo ha ideado durante lustros. Lo ha pergeñado para que sus hijos no lo pierdan de vista. A él, que ha escapado de todo ostracismo y dependencia malsana.

Hablar de un libro es hablar de su autor. El libro es diáfano. El libro es concreto. El libro se matiza. Apela a la metempsicosis. O sea, transmigra a otras almas o nos transmigra a nosotros otras almas. Nos retrotrae a la idea primigenia de cuerpo disoluto que se rearma merced a nuestra lectura. Lo que quiere decir que cambia colores por olores indistintamente, con algo de desparpajo. ¿Que qué quiero decir? Que en la ausencia de nuestros nombres, podemos hallarlo impregnado por cualquiera de sus páginas. Y he ahí otra de las virtudes de este compendio de ensoñaciones, buenas o malas (eso no importa), reunido por Rodrigo, que se consuma el anhelo de libro para salteadores, como lo aspiraba Macedonio Fernández, pues uno puede abrirlo en cualquiera de sus páginas y encontrará el condumio indistintamente. Por supuesto que hay textos deslotados, notables por su estructura escritural, sobre todo –me atrevo– los comprendidos entre los años 1997 y 2000, cuya lucidez experimenta un sobresalto que es un poco generacional (no olvidemos que Aguilar pertenece a una selecta generación de habitúes morlacos, como Zapata, Torres, Ochoa, Cardoso, que elevaron nuestras artes y cultura a niveles óptimos) y que también es un poco juguetón, encarador, en los cuales parece calzarse los guantes de boxeo y no temer subir al cuadrilátero a dejar su transpiración. En esos textos hay mucho colorido, hay una Cuenca también subalterna pero que muestra a la otra Cuenca, la que predomina, llena de tapujos y de susurros. El final de su texto sobre el estreno de la película Mea Culpa es notable, sarcástico, complejo.

Monólogo de un desgajado no solo nos ofrece una suculenta gama de ensayos sobre lo que vemos a diario, no solamente nos refresca la mirada como un envase de lágrimas artificiales o una muchacha de faldita de organdí con Lolita bajo el brazo. También, y esto es lo mejor, la virtud de Aguilar, nos refleja en sus páginas, a las que nos atrevemos a preguntar quién es el más bonito, y nos hace vernos con humor ante su respuesta de que “cualquiera menos tú”. Logra lo que debe lograr un artista, nos convierte en artistas de nosotros mismos, vuelve nuestros ojos hacia nuestro interior. No sé de mayor elogio.

 Cuenca, martes 26 de julio de 2016

Felipe Aguilar: la Educación es un Acto de Amor

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A los 20 años de edad todos los que sufrimos la pasión por la lectura, por la literatura, de alguna forma nos creemos sobre todo poetas, y así caminamos por nuestros microcosmos con un pesado paquete de poemas a cuestas, que son en realidad decepciones amorosas de adolescente, amenazando a quien se nos cruce con obligarlo a que los lea. Algo así le ocurrió hace 16 años a Felipe Aguilar Aguilar, profesor de literatura de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Cuenca. Obligado a leer esos versos, un día se sentó ante una hoja en blanco y escribió, a mano y con lápiz, la respuesta que el alumno esperaba: “Disculpe, la letra no es mala –decía al final del manuscrito-, es pésima”.

Más de tres lustros después, el antiguo alumno que todavía conserva aquella hoja de papel que de alguna manera modificó su vida, se reencuentra con el maestro, esta vez para dialogar, en una suerte de entrevista que revela muchas facetas de lo que ha sido la capital azuaya durante los últimos cuarenta años. Fanático, a su modo, del fútbol, de su ciudad Cuenca, de la buena literatura; él mismo un periodista a cuya pluma podría calificársela como de alto vuelo, y con un terror que no oculta por el lugar común, he aquí el fruto del diálogo con uno de los personajes e intelectuales más interesantes de la Cuenca contemporánea.

RA: Comencemos hablando de la actividad que ha sido el eje de su vida profesional y de su misma existencia: la docencia.

FA: Yo me eduqué en el antiguo colegio normal Manuel J. Calle, donde desde primer año ya se nos hablaba de ser profesores. Mi vocación surge a partir de la admiración que siempre tuve por mi padre, Víctor Gerardo Aguilar, y por el hecho de que me matriculé en un colegio que formaba profesores de escuela. Él fue rector del colegio Manuel J. Calle durante más de veinte años. Fundamentalmente se dedicó al periodismo y al magisterio. En general, yo diría que mi familia ha sido de profesores y periodistas.

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Es decir que usted fue más bien el único que se decidió directamente por la docencia, aunque con posterioridad hemos constatado cierta actividad periodística…

Los Aguilar Arévalo fueron esencialmente periodistas: Roberto Aguilar Arévalo, Maximiliano, mi padre Víctor Gerardo, y el último, que falleció hace poco, Francisco Eugenio Aguilar. En el caso suyo fue el periodismo casi con exclusividad, que incluso han heredado sus hijos: Juan Pablo Aguilar, que ahora veo que escribe en El Tiempo, y Roberto, muy conocido en el periodismo ecuatoriano. Yo estuve siempre con la idea latente del periodismo, al cual nunca me pude dedicar porque el magisterio me absorbió. Siento que ya me queda poco de esa pasión que tuve por la docencia; con los años se ha atenuado, ha disminuido.

Alguna vez le escuché decir que se convirtió en decepción…

Hay etapas bien frustrantes en el magisterio. Sí, las hay. Uno pierde un poco el ímpetu, y en algunas ocasiones en el proceso de evaluar cree que los culpables son los jóvenes, a quienes siempre les tildamos de falta de responsabilidad, de falta de dedicación, de ausencia de capacidad receptiva, etc. Pero en realidad quizá los grandes culpables somos los docentes, que seguimos inmersos en esa idea del Magister Dixit, de que nosotros somos los poseedores del conocimiento; les pretendemos solo transmitir, y nunca creemos ni nos planteamos la posibilidad de que lo fundamental es que el alumno aprenda a aprender.

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¿Y no es eso un reflejo más bien del sistema educativo?

Sí. En la educación nacional se han hecho muchas marchas, contramarchas, reformas, contrarreformas, seminarios; se ha gastado mucho dinero en discusiones a veces bizantinas y estériles, y nunca ha habido una política educativa. Cada ministro ha venido y ha modificado pequeños detalles, cambiando algo para que todo siga igual. Confío en el Plan Decenal de Educación que ha planteado Raúl Vallejo, ya como política de Estado, de tal manera que haya continuidad, y de tal manera que las nuevas autoridades no vengan y barran lo que ha quedado hecho anteriormente.

¿Tras culminar los estudios en el Normal Manuel J. Calle, en dónde comienza a ejercer la docencia?

En una escuelita cercana a Cuenca, la Hipólito Mora, en la parroquia Checa. Pese a la cercanía, eso me imposibilitaba seguir estudios superiores; por lo tanto comencé a estudiar solamente cuando vine a una escuela municipal de esa época. Las escuelas municipales eran la Julio Matovelle y la Federico Proaño, que tenían un esquema y una metodología muy adelantados para esa época. Tuve que asimilar todos esos procesos para no cometer muchos errores, y creo que me defendí. Pero en el balance final sí debo aceptar que fui un pésimo profesor de escuela. Éste necesita no solamente de paciencia, de eso que llaman mística, de eso que llaman vocación, sino también de una habilidad especial. Educar en escuela es, considero yo, un arte, que no se aprende con muchos visos de pedagogía o con eventos académicos de gran nivel, sino en la práctica. Para aprender a nadar hay que lanzarse al agua, y el profesor de escuela se hace en la docencia, en el contacto con los niños.

¿Y por qué se diferencia del profesor de enseñanza media?

Yo he trabajado en los tres niveles, pero la receptividad y la capacidad de preguntar, inquirir de parte del niño es muy superior a la del adolescente o del joven. Y muchas veces lo que hacemos es una pedagogía de las falsas respuestas, de las respuestas convencionales, de las respuestas políticamente correctas, y no dejamos que el niño vuele, imagine, cree.

¿Cuándo llega la época en la que comienza a dar clase en los colegios?

Curiosamente yo fui primero, de forma simultánea, profesor de escuela y de universidad. Terminé mis estudios en la Universidad en 1970; perdimos un año porque en esa época a Velasco Ibarra se le ocurrió clausurar la Universidad. Al mismo tiempo, el doctor Efraín Jara, decano en esa época, me llamó para ser profesor accidental. En 1976 fui a trabajar al colegio Luis Cordero de Azogues, que por entonces era un colegio Normal. Tiempo después, Claudio Malo, como Ministro de Educación, creó los institutos normales superiores, que yo creo que fue una medida negativa. Los antiguos normales formaban auténticos profesores, jovencitos, a los 18 años. Ya salían con una formación, pensaría que bastante sólida, sobre todo por el hecho de que teníamos prácticas pedagógicas. En quinto y sexto curso nos incorporábamos ya a la docencia. No sé cómo funcionan ahora los institutos normales superiores. Cuando el Ministro creó los institutos, los colegios de este tipo pasaron a ser instituciones regulares, que ya no formaban maestros. Entonces hubo que crear una serie de especialidades sobre la marcha. Fue una medida quizá muy rápida, sin mayor reflexión.

Trabajé tres años en Azogues, y luego vine acá, al colegio Herlinda Toral, desde 1978 hasta 1982 como profesor, y desde 1996 como rector.

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¿Qué le dejó esa experiencia como rector?

Lo negativo, diría, es la falta de contacto con el alumno. El rector está un poco distante, en funciones puramente administrativas. Perdí la costumbre de dictar las clases, que sobre todo en mi caso siempre han sido diálogo permanente con los alumnos. Creo que sí he usado lo que a partir de Paulo Freire dicen que es la gran verdad pedagógica, y creo yo en ella: la pedagogía de las preguntas, más que de las respuestas. Creo, aunque sea un lugar común, una frase hecha, en eso de que la educación es comunicación, es diálogo permanente. En un plano de absoluta horizontalidad, nadie es superior, nadie es inferior, nadie es sabio, nadie es ignorante. La búsqueda del conocimiento a través de una interacción entre profesor y alumnos.

¿Llegó a esa posición a partir de reflexiones teóricas o desde la práctica misma?

En la práctica, y también [puede parecer pueril o insignificante lo que se dice] tengo que confesar: en mí influyó mucho una película, La sociedad de los poetas muertos. Ahí, precisamente, se plantea esto de la educación activa, de la educación de preguntas, de la búsqueda de caminos; no creer que nosotros señalamos definitivamente el camino, y que la educación es una especie de robotización, de domesticación. La ruptura del esquema de la presunta superioridad del profesor. Una educación en libertad, para que el joven sepa ejercer esa libertad.

¿Pero eso rige para los tres niveles?

He tenido muchos profesores. Quien sí se merece, para mí, el nombre de maestro, fue Alfonso Carrasco Vintimilla. Lo conocí cuando era muy jovencito él, y yo también muy joven. Él, culminados sus estudios, ya fue profesor nuestro en la Universidad. La facilidad de comunicar que tenía Alfonso, ese método un poco socrático que tenía para interrogar, para conducir nuestros razonamientos, nuestras ideas, para guiarnos en las lecturas. Yo siempre amé la lectura, pero con Alfonso me apasioné por ella. Él fue quizás el que más haya influido en mi cosmovisión, en mi manera de ver el mundo y de interpretar la existencia.

También tendría que mencionar a alguien que nunca me enseñó inglés, porque era profesor de inglés, pero que sí me enseñó a amar la vida, y gozar a la vida y sufrir a la vida, y a vivir cada noche como si fuera la última, y cada mañana como si fuera la primera: Francisco Estrella Carrión. Una figura inolvidable para los que le conocimos, que lamentablemente nunca dejó huella escrita, nunca escribió textos, a no ser su participación en La Escoba. Pero nunca llegaremos a saber qué es lo que realmente escribió el Paco. Fue una especie de Sócrates cuencano. Nunca fue profesor de aula sino de café; por qué no decir que fue un profesor de cantina, porque él era un dipsómano que bebía mucho; y bebía también con cierta frecuencia con sus alumnos. Él decía: <<No siempre con los mismos porque tengo que ser democrático…>> [ríe]. Pero era un ser singular, distinto, irrepetible. Es difícil encontrar alguien como fue Paco. Con la sabiduría, la cantidad de lecturas; un hombre que a través del humor dejaba reflexiones y pensamientos verdaderamente profundos; el auténtico guía, y eso se supone que es el maestro…

¿Y todas esas anécdotas que se dicen de él, son reales o se han ido distorsionando con el tiempo?

Se han ido distorsionando mucho. A veces incluso no hay concatenación cronológica. Lo que pasa es que a nivel de coloquio, de la conversación diaria, suena bien decir <<el Paco decía esto…>> Es una especie de defensa que hace la persona, para justificar, darle nivel o poner en un plano alto el chiste o la anécdota graciosa. Pocas de las anécdotas que se cuentan del Paco son de él. Mucho se ha agregado con el tiempo. Se ha hecho leyenda.

¿Efraín?

Efraín Jara estaría en la línea del expositor más brillante que yo haya escuchado. No creo que él haya sido un maestro de los tradicionales, sistemático, ordenado, comunicador, transmisor de conocimientos, que pretendía solamente robotizar, domesticarnos. Efraín también nos dejaba mucha apertura, mucha posibilidad de leer, evaluar, comentar y criticar lo que leíamos. Y todos los que hemos sido alumnos de él sabemos que a la vera de él, desde la sombra de él o más bien desde la luz de él, nos hemos forjado los que podríamos decir que somos de la escuela de Efraín. Nadie puede negar, sería absurdo discutir, todo el bien que ha hecho Efraín a través de su magisterio. Yo valoro muchísimo la poesía de Efraín, pero también su capacidad de incentivador de vocación, su magisterio en definitiva. No quiero decir con esto que sea un mal poeta. ¡Es un gran poeta!

¿Cómo llega Felipe a la literatura, en qué momento?

Yo diría que en la niñez; los primeros textos que caían en mis manos yo ya los leía, los devoraba. Había un hermano mayor a mí como once años. Se llamaba Jacobo Aguilar, y era el lector más insigne que he conocido, y he conocido a grandes lectores. No en el sentido de devoradores de libros, que comen mal y digieren peor, sino en el de selectivo y lector con espíritu crítico: saber juzgar, valorar y discernir, en definitiva, lo que es literatura auténtica de lo que es hojarasca, simple adorno, simple relumbrón, simple éxito.

En aquellos remotos años circulaba una revista argentina que se llamaba Leoplán. Era semanal, e incluía en cada edición una novela clásica. Así que en Leoplán yo leí a Verne, a Dumas, a Dickens, a Balzac, a los rusos. Es decir, fuera del colegio yo leía, pero tengo que admitir que en el colegio nadie me enseñó a leer. Las clases de literatura no eran más que vida de los autores. Leíamos uno que otro texto, la cuentística cuencana con Alfonso Cuesta y Cuesta, César Andrade y Cordero, y Arturo Montesinos Malo, pero muy esporádicamente. Ya en sexto curso, era la vida de José Joaquín de Olmedo. Tengo que admitir que escuela y colegio no me enseñaron a leer. Y creo que es un drama que después de un montón de años se sigue repitiendo, aunque los profesores de literatura sí queremos un poco cambiar eso, y comprender que somos profesores de comunicación y de lecturas más que nada. Mi inclinación por la literatura nace ahí, cuando me hago lector. Pero cuando ya definitivamente se despierta la pasión por leer es a través de las cátedras de Efraín y de Alfonso.

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¿De qué manera ese estudio de la literatura en la Universidad le empujó más a la crítica que hacia la creación? Me parece que pudo haber influido, aunque estoy especulando…

No niego que tuve mis escarceos, mis intentos de creación, pero siempre los mantuve escondidos, guardados en algún sitio porque nunca me convencieron. Escribí algunos textos, fundamentalmente relatos, pero después tenía una sensación de insuficiencia, de impotencia, unas ganas inmensas de hacer lo que inmediatamente hacía: romperlos, porque ni siquiera tenía la esperanza de dejarlos reposar para después decantarlos. Nunca me sentí capaz de crear. Entonces opté por convertirme en lo que decía Alfonso: una especie de parásito de la literatura, porque los críticos se nutren de lo que hacen los demás. Pero siempre he tratado de que mis alumnos sean lo que yo creo ser: un buen lector. En definitiva, difícilmente a mí me meten gato por liebre, y por lo tanto difícilmente yo a mis alumnos les voy a recomendar libros de escasa calidad. Yo no creo que haya libros prohibidos. No hay libros prohibidos sino bien escritos o mal escritos.

¿Cuándo comienza a escribir crítica?

En los trabajos de clase que hacíamos con Alfonso y Efraín, que eran actividades calificadas. Pero de eso no creo que haya quedado nada. Entre los primeros textos que se publican está uno para colegio, en el que había un poco de crítica. Estábamos María Rosa Crespo, Joaquín Moreno, Jorge Dávila y yo. Ahora veo que lo utilizan para el programa de sexto curso de los colegios. Se llama Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana. Se trataba de adaptar al lector, pero sí hay algunos apuntes de crítica literaria. Yo desarrollaba las unidades sobre Jorge Icaza, por ejemplo, y el cuento ecuatoriano desde Juan León Mera. Claro que falta ahí actualizar, porque el texto debe ser de hace más de veinte años. Sin embargo, la Librería Nacional Salesiana [LNS] lo sigue haciendo circular.

Imagino que a continuación vendrían trabajos más rigurosos, quizá sistemáticos, como por ejemplo para el Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana…

He sido siempre temeroso de la calidad de los estudios que yo pueda hacer de una manera sistemática. De tal manera que, en el Encuentro, del que algunos de los actuales profesores somos iniciadores, desde el año 1978 hasta aquí, una sola vez he presentado ponencia, creo que el estudio sobre el humor en la literatura. Después un poco me escudaba en el hecho de que como era director de la Escuela de Lengua y Literatura, era también un poco coordinador del Encuentro. Nosotros, los creadores del Encuentro, normalmente debimos haber tenido mayor participación. Los que siempre han estado presentando ponencias y trabajando han sido Jorge Dávila y María Augusta Vintimilla. Y, claro, alguien que no es profesor de la Universidad de Cuenca sino de la Universidad del Azuay, muy disciplinado y constante, Oswaldo Encalada Vásquez.

Hay por ahí la creencia de que Felipe Aguilar es un poco perezoso…

Bueno, sí, pero es sobre todo un poco de pereza intelectual. A veces uno, agobiado por otro tipo de actividades, va postergando los compromisos. Me han solicitado ahora que haga un comentario sobre la poesía jocosa de Luis Cordero, hace unos quince días. Yo dije que en ocho días lo entregaría. Pero hasta ahora lo único que he hecho es leer la poesía jocosa de Luis Cordero. A veces es también el vencer el temor a la pantalla en blanco. Sí, sí, asumo que sí podría dedicar un poco más de tiempo para escribir algunos textos…

¿Cómo llega al tema del humor?

Por una casualidad y una broma de Jorge Dávila. Se revisaban los temas para uno de los Encuentros de Literatura. Por alguna circunstancia, Jorge Villavicencio y yo faltamos al Centro Docente. A la semana siguiente ingresamos al Centro y Jorge Dávila comienza a leer los temas que íbamos a trabajar, y dice: “Como Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar no estuvieron aquí, ellos que hagan sobre el humor en la literatura”. Fue un decreto… Yo hice la ponencia y Jorge el comentario.

Ahora, yo siempre he valorado el humor. El periodismo que hizo mi padre era muy humorístico y duro; era muy filoso, un hombre muy irónico. Alguna vez incluso eso le llevó a que le den una paliza poco piadosa. Tuvo muchos enemigos precisamente porque el humor lacera, cuando es de calidad. En ese sentido siempre más que creer que la vida sea un valle de lágrimas, creo que es un valle de alegrías, de risas. Es un buen escudo, una buena defensa para las miserias y las estrecheces de la vida cotidiana reírse un poco. La risa conserva la salud, nos mejora muchísimo.

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Pero ahora se considera a Felipe Aguilar como uno de los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: <<Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas>>, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

Hace unos pocos años hubo un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez Olarte. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama Después del concierto de la tarde, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de este texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al Premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clases o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol. Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto: si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, Después del concierto de la tarde, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas, parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la Generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1954), son los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado Cambio de posta hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó Azul a los 16 años, y Medardo Ángel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó dicho todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.

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¿De qué manera influyó el movimiento juvenil de los años sesenta, Mayo 68?, ¿cómo los marcó?, ¿qué tan conscientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar, del rock? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillos…

La revolución de las flores y los grafitis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. Él había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

Es decir, ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a Los Beatles ni fumaban marihuana…

Había un grupo, más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: Los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Che, la Revolución Cubana

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Con su nieto, compartiendo una tarde de fútbol en apoyo al Deportivo Cuenca, el equipo de la ciudad.

Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

SÍ. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hippismo, había la corriente que odiaba el hippismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba [tradicional café-restaurant cuencano, que aún se mantiene en el Centro Histórico, frente al Parque Calderón] era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta cañarejo Noboa [según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, Cronista Vitalicio de Guayaquil, Enrique Noboa Arízaga no era azogueño sino cañarejo], Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el Club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el Parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural de la Municipalidad, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Rubén Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín…

Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presentaba In Memoriam, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de Falopio. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

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¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportables que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también…

¿Y de dónde surgió aquello de la Atenas del Ecuador?

Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él, se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia, pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino la farra de la lora. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.

Efraín Jara Idrovo, Jorge Dávila Vázquez, Felipe Aguilar Aguilar, Iván Carrasco Montesinos

 

Revista El Observador, Nos. 36-37,

Noviembre de 2006-Febrero de 2007

Cuenca-Ecuador

Fotos: Procorp, Catalina Sojos, Chino Felipe Aguilar Jr.