Álex García: el ecuatoriano que se fue por el mundo

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La caricatura fue mi primer amor, dice convencido el pintor guayaquileño Álex García al evocar los tiempos en que empezaba a incursionar en el mundo del arte, hace más de cincuenta años. Fue precisamente de la mano de ese primer amor que empezó a recorrer primero las calles de su pequeño país, y luego del mundo. Ahí está para corroborarlo, por ejemplo, la anécdota de aquella ocasión en que fue encerrado en una cárcel cuencana, en 1963, por haberse atrevido a exhibir una caricatura de Fidel Castro y Nikita Kruschev, en plena dictadura militar y cuando hablar de Cuba y la Unión Soviética era el camino más seguro a ganarse un anatema, por lo menos, cuando no algo mucho peor: «Al salir de la prisión, luego de ocho días, en vez de salir de la ciudad como habíamos sido conminados, montamos una exposición en el Centro Ecuatoriano Norteamericano Abraham Lincoln, a la que no acudieron más personas que el presidente y la secretaria de esa institución».

Europa

Ese primer amor, que lo prendería ya desde los trece años, no se conformaría con caminar por el Ecuador o andar por los países vecinos, y más bien intentaría hacerlo cruzar el Atlántico con rumbo a Europa. En pleno vuelo no bastó más que una chispa para encender el fuego de su talento, con decenas de pasajeros como combustible: tras agradecer las atenciones de una azafata con una caricatura, minutos después el piloto de la nave, la tripulación y casi todos los pasajeros caían hechizados ante su talento, y lo harían llegar a Madrid con una buena cantidad de dólares en los bolsillos.

 El traslado

Mientras se dispone a plasmar su visión de mi persona en una caricatura (aquella que identifica a este blog), me relata que, como les ha sucedido a muchos ecuatorianos, Álex García nació en Guayaquil y creció en Quito, y más de la mitad de su vida la viviría intensamente en la capital venezolana. A Caracas llegó luego de haber pasado dos años en Colombia, tras un fallido intento de trasladarse a Nueva York. En la capital venezolana estudiaría en la Escuela de Bellas Artes, y una vez ya conocido en el ámbito artístico de esa nación, ganaría reconocimientos como el Premio Nacional de Paisaje «Fernando Valero», en 1983; el Salón de Aragua, en 1985; y el Premio Tejerías, en el año 1986.

Las primeras exposiciones datan de 1963, cuando su amigo Alfonso Palacios Borja (hoy Dimitri Borja) lo invita a exponer en Quito, en la galería Siglo XX, luego en Ambato, Cuenca, Guayaquil y Loja.

Esa incursión en el mundo de la pintura, su otro amor, al que continúa ligado aún (sus cuadros se expusieron durante años en el hotel El Dorado) no significaría el abandono del primero: «Quien no tenga una caricatura mía en Caracas, o no sale de noche o solo se pasa en misa», dice sonriendo.

Pese a todo el tiempo transcurrido en Caracas, y ligado a esa ciudad, con hijos y esposa venezolanos, nunca ha querido nacionalizarse como tal. Ya en su época de madurez incursionó en Derecho y se graduó de abogado en la prestigiosa Universidad Santa María. Sus hijos son todos adultos y profesionales exitosos. Será por la nostalgia de los años o por ese secreto llamado de la tierra, que a comienzos del nuevo siglo anunciaba que había decidido radicarse en su país y en la ciudad que lo vio crecer. Pocos años después, caricaturas suyas aparecían y desaparecían en las manos de cientos de mexicanos que caminaban por el Zócalo.

Con tantos años en Venezuela, recordaba haver visto también cómo el gentilicio ecuatoriano fue pasando de un prestigio bien ganado a una reputación por la cual en los años en que retornó a Cuenca, hacia la época de la peor crisis del país, se nos veía como ciudadanos de tercera: «En Caracas hay un barrio llamado Guayaquilito, en el que viven en su mayoría ecuatorianos que se dedican a la delincuencia. Es un sector donde hasta a la propia policía le cuesta ingresar», rememoraba argumentando que esa sería una de las causas por las que los ecuatorianos han sido mal vistos en Venezuela, «porque esta gente ha sentado un mal precedentes para el resto de compatriotas a quienes sí les interesa trabajar honradamente».

Personajes

Algunos de los personajes dibujados por García, han sido el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, el ex presidente Carlos Julio Arosemena Monroy, el torero Antonio Ordóñez, el actor Pierce Brosnan, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, el pintor también colombiano Fernando Botero, la legendaria y despampanante bailarina Yolanda Montez, mejor conocida como Tongolele, el cantante Marco Antonio Muñiz, el popular actor mexicano Chabelo, o el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, a quien admira este pintor criollo con una mezcla de acentos, entre quiteño y caraqueño, que se precia de haber conocido también a figuras tan populares como el Faraón de la Salsa Óscar de León.

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Rodrigo Aguilar Orejuela, a los 31 años, en una caricatura de Álex García.

A mediados de 2001 expone en Cuenca y otras ciudades obra creada en el país, compuesta de paisajes urbanos y rurales, retratos y bodegones “que por lo general suelen venderse bien”. En una etapa anterior, en Venezuela, hizo también pintura abstracta, pero ha preferido mostrar en Ecuador la primera, porque, sobre todo en los nuevos círculos y generaciones, ha sido un desconocido, como consecuencia de su largo extrañamiento.

En la conmemoración de su medio siglo de vida artística, su natal Guayaquil lo acogió con honores y le permitió exponer en el Museo Municipal, hacia finales de 2014, con una exposición en torno a Don Quijote de la Mancha, titulada Don Quijote a la Carta, que al mismo tiempo se presentaba reproducida en mazos de naipe o cartas. Lo último que se ha sabido del inquieto e incansable Álex, el ecuatoriano que se fue por el mundo, hoy ya todo un setentón, es que se lo vio bajando a toda velocidad, subido en un trineo, a comienzos de 2016, en el centro de esquí de Valdescaray de La Rioja, en España.

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(fotografía: Ángel Aguirre – El Universo)

 

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Diego Sojo: un trovador consecuente con su canto

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Sin haber tenido mayores referentes de su actividad musical, imaginaba siempre que era uno de tantos trovadores centroamericanos recorriendo el mundo con can­ciones que nunca saldrían del anonimato. Hace algún tiempo me visitó para anunciar un concierto y la aparición de su nuevo material, a la vez que me daba una dirección (www.cosmovisiones.com/diegosojo) para que supiera algo más de su trabajo y hasta escuchara una de sus canciones, Brochas Gordas, que pude bajar en mp3.

Tiempo después me envió una cinta con todo el material incluido en “Brochas Gordas”, más algunos te­mas que supongo son parte del nuevo disco. A los pocos días me llama para preguntarme sobre el cassette y para anun­ciar la presentación de su nue­vo grupo. A la interrogación respondí con un inseguro “me parece interesante” para salir al paso y cambiar de tema. En realidad no había escuchado el trabajo. Lo hice la noche en que su grupo era presentado en un bar de Cuenca, pero no allí, sino frente a mi propio minicomponente y en la soledad de mi sala.

La música de Diego Sojo es en realidad el mejor ejemplo de lo que nos falta hace rato, de la calidad y la originalidad, de la frescura y el ingenio, del talen­to y la seguridad plasmados en un trabajo frente al que apela­tivos como fantástico son aún insuficientes. El espectro mu­sical de Diego es tan amplio co­mo su talento: desde el folclore latinoamericano, pasando por una suerte de rock’n’roll de los sesentas con bate­ría desenfadada, con letras en torno a lo urba­no pero matizadas con trazos de rebeldía contra la incomuni­cación de la era de la comunicación (¿de qué me sirven los besos que mandas por internet?).

Costarricense radicado en Cuenca, Diego es la perfecta conjugación de un músico y de un poeta, es decir todo un trovador de nuestros tiempos que va entregando su canto, su mensaje, su abrazo de hermano y su palabra esperanzadora de amigo por cada uno de los caminos por los que transita. Y esos caminos comenzó a recorrerlos, a trazarlos más bien, desde su natal San José hacia mediados de los años noventa, componiendo e interpretando canciones de calidad que no permiten resquicio alguno ni para la mediocridad ni para la pereza mental. Aquí la primera parte de un diálogo que no veía su fin…

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Diego Sojo es todo un personaje de la movida cultural cuencana. Sin él no se explicaría mucho de lo que ha acontecido en los últimos años en Cuenca, a nivel de lo que más o menos se conoce como canción alternativa, como los conciertos de Alejandro Filio, Frank Delgado, Vicente Feliú o María Pretiz. O, para mencionar otro ejemplo contundente, el impulso al movimiento de la “Trova de los cuatro ríos”.

Lo conocí hace algunos años ya cuando el suscrito fungía de capo del periodismo cultural de la región, por aquello de que la elevada dosis de tradición del público morlaco le hace preferir, a la hora de informarse o desinformarse, según la perspectiva, a cierto medio, aunque consideraciones más importantes como la calidad no sean precisamente tomadas en cuenta.

Más allá del personaje Diego Sojo, el artista, en torno al cual hasta parece irse construyendo una leyenda, está sobre todo el DS ser humano, el amigo, el pensador, el existencialista. En suma, el Diego que está detrás de canciones con profundos contenidos y reflexiones vitales, en las que se habla de la naturaleza, de la tierra, de la vida y la muerte, del tiempo, del amor, del no morir en vida. El flaco melenudo que un día decidió dejar su natal San José para percatarse, él mismo, de que el mundo es más grande y de que las fronteras deben ser comunicadas, contactadas, estrechadas y, por último, desechadas. Con sus cuatro maravillosas producciones, aunque no es el tipo de música que colma los escenarios, el suyo es un trabajo en realidad angelical, el de alguien que tiene una misión en la tierra y así lo está comprendiendo y asumiendo.

En realidad la amistad no siempre es un buen material conductor para una entrevista. En medio de bromas y de aparentes tensiones derivadas de no saber cómo empezar el diálogo, opto por iniciarlo con interrogantes en torno a ciertas pasiones comunes. Conversador inagotable, lo que viene a continuación es apenas un extracto de una conversación que parecía no tener fin.

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– ¿Qué piensas de la legalización de la marihuana?

– En realidad el problema seguramente nació de la prohibición que originó el mercado textil. Porque ha sido una materia prima muy buena para telas, sogas, papel; tiene mucha fibra y es un producto de alto rendimiento. En un momento dado, con la industria incipiente del nylon y el algodón, se rompió. Creo que entre menos cosas tengamos prohibidas y podamos manejarnos con un derecho penal limitado, pues mejor.

– ¿Cantarías a favor de la legalización?

– Depende de las circunstancias, porque hay que estudiarlas bastante bien.

– ¿Pero cantarías o no?

– Sí cantaría, claro, pero no en cualquier movimiento o improvisación ni en cualquier escenario, porque tiene que ser en un sitio afín a lo que uno piensa. Yo creo que inclusive en el movimiento de legalización van a colar un montón de cosas que a mí no me interesan tampoco. Uno no puede entregarse a nada porque sí.

– ¿Siempre que estás haciendo una canción te das cuenta de que estás siendo utilizado, de que eres un instrumento, o es solo en ciertas canciones?

– Hay canciones en que más y hay canciones en que menos. Hay algunas que son un telegrama totalmente, hasta instantáneo puede ser.

– ¿Como cuáles, por ejemplo?

– Como “En la mitad del mundo”, por ejemplo, que en realidad son vivencias, pero es como usar las propias vivencias de uno para construir otro tipo de historias. Es simplemente el marco teórico de la historia de fondo, que siempre es lo importante. Lo que es circunstancial es como lo que se usa para llamar tal vez la atención, pero lo importante siempre es el mensaje de fondo. El mensaje de fondo uno no lo inventa ni nada, sino que está ahí, existe, porque el amor existe. Lo que ha pasado con la música, y por lo que empecé a escribir seguramente era por el tipo de terapia que te provoca escribir lo tuyo, sacar cosas que no sacas de otra manera.

– ¿Eras tímido?

– Claro, lo soy. Por ejemplo, he asumido un personaje que es extrovertido por esencia: el artista. En lo demás soy tímido. En el escenario ya no porque es como un oficio que se aprende.

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– ¿A qué edad comenzaste a escribir canciones?

– A los catorce, que fue cuando agarré la guitarra, y antes ya había compuesto cosas así porque era integrante de los Scouts, y siempre teníamos que estar como con porras. Entonces siempre cantábamos.

– ¿Pero tenías conciencia ya de lo que es ser un trovador?

– Para nada. El trovador para mí es un ideal. Es muy difícil para mí decirte tal es un trovador, tal es por ciertas circunstancias, pero en verdad el trovador, esa palabra, es como un ideal de sujeto, que es un tipo de profeta y bastante disciplinado. Eso de caminar y cantar es lo que hacían los trovadores de la Edad Media. La música es un medio para cumplir cierto propósito, y es un propósito universal.

– Cuando entras a estudiar Derecho, ¿tenías ya las ganas de dedicarte a esto o no?

– Lo que pasa es que cuando entré en la U yo ya tocaba en grupos. En el último año de colegio ya tenía mi propio grupo, tocando canciones mías. Era un grupo que se llamaba Ruta 65, que era como se llamaba la ruta del bus que nos llevaba de Zapote al centro. El estilo era influencia Charly, Sui Generis, Miguel Mateos, Enanitos Verdes, Soda Stereo. Teníamos repertorio propio y algunos covers. Vacilamos un poco con ese grupo pero todavía era malito… (Ríe…)

– ¿Cuándo surge el cantautor?

– De forma paralela empecé a tocar solo, que fue cuando asumí un poco más el rollo de cantautor, porque antes no era Diego Sojo sino el cantante de tal grupo. Yo creo que el personaje ese del cantautor itinerante empieza cuando empieza el itinerante en el 95, y que deja de ser abogado a medio tiempo.

– Mientras estabas en la universidad también seguías cantando…

– Claro, en los festivales de la canción. Era la época de las estructuraciones filosóficas, porque es cuando vos tenés los conceptos: esto es en lo que creo y esto no. Entonces vos conoces sistemas filosóficos como es el Derecho, o como es la Historia, un montón de cosas. Conocés los sistemas y ahí aplicas tu propia reestructuración del asunto. Entonces opinas si las instituciones que existen ahora van o no con vos, con la reestructuración que tienes. A mí me decepcionaron casi todas las instituciones.

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– ¿Pero tú creías en lo que estabas estudiando y en lo que comenzaste a trabajar?

– No, yo no creo en el Derecho.

– Pero yo te hablo en pretérito imperfecto, si creías o no en aquel tiempo…

– Hay una parte que se llama el Derecho Natural, en eso se puede creer; eso está en las nubes, ¿entendés? El Derecho Positivo, que es el que nosotros usamos, el que se describe, que está en las leyes, en eso no se puede creer. Es como un laberinto, como una trampa que se aplica siempre a favor del que tiene más poder. Y de eso se trata ser abogado, de eso se trata el sistema jurídico, la seguridad jurídica: mantener el status quo. Entonces uno no puede creer en eso, porque es como encerrarnos. Y yo creo que el Derecho ha funcionado mucho también para limitar el desarrollo humano.

– ¿En cuántos casos interviniste como abogado?

– Eso es muy relativo. Porque si digo cuantos casos estaba viendo, que estaban en trámite, eran un montón, pero era como seguir expedientes nada más. Ese no es el trabajo de mucha acción. Yo no ejercí tanto como para meterme yo mismo a darme cuenta de que todo eso es una mierda. O sea ya uno sabe a lo que va. Yo creo que todos los que están trabajando ahora saben lo que yo, y están de acuerdo.

– Porque están confortables…

– Porque están confortables, obviamente, o supuestamente. Depende de cuál es tu confort. Porque por ejemplo para mí era muy incómodo estar trabajando en eso, a nivel de lo que yo pensaba que debía ser la vida, de lo que me decían las canciones que hiciera. ¿Cómo podía yo estar cantando El mayor pecado y estar ahí?

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El mayor pecado es una canción fundamental en tu vida…

– “Señales de alerta” y “El mayor pecado” son como un manifiesto, como un credo chiquito. Una de que no hay que morir en vida, y segundo de que la cosa es urgente, que no te puedes quedar ahí, que de verdad no se puede quedar uno quieto para nada, no podés. Si no te mueves para arriba te mueves para abajo, pero no te vas a quedar quieto. Si no estás poniendo fuerza para no solo sostenerte sino para seguir, te vas enterrando.

– ¿En qué momento llegó esa gotita famosa que derramó el vaso y te dijo hasta aquí?

– Bueno, yo creo que no llega ninguna gotita. O sea que a veces caen aguaceros, que a veces escampa un rato, sí. Pero creo que siempre es un proceso. De hecho desde que empecé con el último grupo yo lo tenía todo muy claro, mi meta era, pasara lo que pasara con el Derecho, que aquello de ser abogado era como un pasatiempo, era como quitarse también un peso de encima, porque había estudiado cinco años y pico.

– ¿Y también hubo presión familiar?

– Bueno, no fue necesaria. Yo ya estaba auto presionado. Lo primero que tuve claro, como dice una canción de Sabina, era que tenía que irme. En Costa Rica también es así. Los ticos no se dan cuenta porque se creen lo más grande del mundo allá adentro, pero es así. Y la gente se hace un mundo en San José. Claro que pasan un montón de cosas pero ese no es el mundo, y una ciudad se convierte siempre, para un artista, en una especie de círculo vicioso. Ya después de unos meses estaba listo para irme, e hice varios conciertos de despedida. Pero hubo un último, total. Y ya, al día siguiente estaba en Managua.

– ¿Por qué Nicaragua? Según sé los ticos no quieren a los nicas.

– Lo que pasa es que los ticos se creen superiores. Así de fácil. Porque los nicas son los que siempre llegan de refugiados, a trabajar. Ahora son un millón en Costa Rica. Y ambos son países que siempre han tenido una historia en común, y por eso Nicaragua ha influenciado en Costa Rica y viceversa. Yo lo que quería era llegar a Guatemala pasando por toda Centroamérica.

– ¿Comienzas a grabar en Nicaragua?

– Grabé un recital con Alejandro Mejía (el hijo de Luis Enrique Mejía Godoy), en vivo, y con eso armé un cassette que se llamaba “Diego Sojo: concierto en Managua”, que lo estuve moviendo así durante la gira, artesanalmente. Lo copiaba de cassette a cassete y así lo vendía. Además con él llegué hasta Cuenca, y era lo que mostraba a la gente. el tiempo.

– ¿Y de Guatemala pasas a dónde? cuenca99

– De Guatemala voy a Costa Rica y luego a Ecuador. Pero antes había pasado unos tres meses por Honduras, que fue donde conocí a Marisol [la escritora cuencana Marisol Patiño, compañera de Diego, madre de sus dos hijos, y hermana del conocido pintor ecuatoriano Agustín Patiño].

– ¿Cómo fue la onda de conocer a Marisol, y por ella al Ecuador?

– Yo diría que más bien ella me conoció a mí, y yo la conocí a ella después. La cosa es que me hago amigo de un amigo de Marisol en esa misma noche, ya después del concierto. Al final el man me dice que me podía quedar en su casa si no tenía donde quedarme. Me quedé como una semana, hasta que volvió su mamá. El 14 de febrero viene y me invita a una fiesta en casa de unas amigas, una argentina y una ecuatoriana. Y nos vamos. Llegamos a la casa de la Marisol, y ahí hubo un enganche. Y luego Honduras fue como una luna de miel, más bien. De ahí había que seguir hasta Guatemala. Marisol estaba ya esperando al Rimai. De Guatemala la idea era volver a Costa Rica y a Ecuador, y eso hicimos. En el 96 se da el aterrizaje en Quito, cuando estaban en la segunda ronda de Nebot y Bucaram, y el presidente era don Sixto Durán. Y Ecuador era para mí un país muy loco en lo político, porque imaginate el primer año que me tocó vivir aquí: elecciones, y el triunfo de Abdalá Bucaram y todo el show que hizo, la teletón. Pero en general Ecuador me encantó, aunque más que todo el hechizo fue Cuenca, que me alucinó.

– ¿Cuánto tiempo te quedaste, qué hacías?

– Como un año y medio. Cantaba en un montón de lados, en varios festivales. El primer concierto que dí en Cuenca fue en un bar que ya no existe, que se llamaba el Pecas Bar. Me presentaba mucho en cuestiones sociales, invitado por Justicia y Paz, en San Cristóbal, San Roque, en la Feria Libre, y en los bares que había entonces, como el Cafecito. Era también el primer año de la Bandada de la Madre. Ahí conocí al Choquilla [Fabián Durán]. Toqué también en el Café Vasco. También hice recitales de despedida, cuando me iba de acá. Y conocí a mucha gente, como a los integrantes de La Doble, al Tuga [Juan Carlos Astudillo], al Juancho Vinueza. Después estuvimos como cinco meses en Quito, donde hice unos dos recitales, en el Café Libro y en la Casa de al lado. Y de ahí a Costa Rica, otros cinco meses, y después a Honduras, después del huracán Mitch.

– ¿Es entonces cuando viene la grabación de Brochas gordas, tu primer disco?

– Sí, eso fue muy bonito porque los músicos que participan en “Brochas” eran gente con la que ya había estado trabajando meses. Y fue muy rico porque en realidad eran muy buenos músicos. Estuvimos trabajando en los ensayos como dos o tres sesiones, y de ahí yo lo que iba haciendo era citas con cada músico. Primero me acuerdo que trabajamos con lo más acústico, Hay en mí, y a la siguiente semana ya empecé a hacer las canciones que tenían batería, y lo que hacíamos era que el baterista tocaba en vivo y yo iba cantando con él. Después llegaba el bajista. Además tuve la suerte de contar con ese estudio, que es increíble, con tecnología de punta.

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– El sonido es en realidad muy bueno…

– Y pudo ser mejor porque yo al final los presioné bastante, pues tenía que viajar a Ecuador, y un día se trabó la máquina, lo que ocasionó que se perdieran como tres días. Y todo fue como muy a la carrera, pero yo creo que gracias a ese arranque de adrenalina fue que se hizo el disco como se hizo. Porque además juntar a toda esa gente, que en la historia de ellos como músicos, en el movimiento de Honduras, no habían hecho un disco juntos esos manes. Hay gente de tres grupos de rock que eran los más representativos de ese momento, grupos con historia.

– ¿Qué pasó con Brochas gordas en Costa Rica?

– Encontró un nido, que es radio U, donde más ha sonado. Es creo donde exclusivamente ha sonado. Y esa radio es muy importante a nivel de lo que es la música alternativa; igual que en todos los países la mayoría de las radios tienen programación de paquete, entonces con esa radio hemos trabajado mucho. Han sonado algunas piezas de ese disco como “Sube marea”, “Brochas gordas”, “Yo sigo como voy”. Lo que pasa es que uno no puede como monitorear exactamente para darte una visión de lo que ha pasado.

– Supongo que en Costa Rica, con el disco, tu imagen se consolidó más.

– En Costa Rica hay discos muy buenos y hay cantidad de gente trabajando ahí. Y salen discos a cada rato. Yo creo que eso no es tan llamativo como el hecho de abrir fronteras y conectar otro tipo de cosas. Porque eso es lo que demuestra cierta consistencia con tu mensaje, y eso nos vuelve al punto de principio: que todo esto, en realidad, es accesorio. Si yo todavía no me siento realizado es porque me siento, en realidad, mediocre. Porque uno tiene un mensaje muy profundo, y uno debería tener una consecuencia mucho más profunda. Pero es un proceso. Entonces yo me imagino que debe llegar un momento más radical. Y es que, alguna vez te decía, no es solo el hecho de pararse con una guitarrita y darle. A veces eso no es suficiente. A veces hay que hacer otro tipo de cosas. Y yo creo que hay que hacerlas porque estamos en un tiempo urgente. Y ahora no me lo imagino. Yo siempre estoy rezando para tener bien claro el asunto. Ahora no lo tengo claro. Tal vez solo tengo claro este año, lo inmediato, pero yo sé que llegará un momento más decisivo; de lo que se trata es de transmitir mensajes. Porque los mensajes están allí. Y son los mensajes de siempre, pero son las versiones de estos años, ¿me entendés? O sea, ya está escrito, está bien, pero es que la Biblia no te habla de internet; es que en el Baghavita no te dicen nada de los congestionamientos viales.

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– Pero como que no has aprovechado tus discos para una promoción más sostenida.

– Depende de qué es lo que quieras. Yo no tengo el objetivo de saturar de música de Diego Sojo a Cuenca. Yo sé cómo se consigue un número uno, pero no le veo el sentido al asunto. Yo sé que son medios para conseguir cosas pero no estoy en eso, y entonces prefiero dedicarme a otras cosas, como viajar. Eso para mí es como una prioridad, como ir construyendo tu propia leyenda, y lo demás viene por añadidura. Eso de tener un número uno es como muy artificial. Yo pienso mucho también cómo yo he consumido música a través de mi vida. Que me han llegado cassettes, la bola de discos de grupos que tal vez nunca vaya a verlos en mi vida; grupos que ya se extinguieron pero que han dejado su huella en la vida de uno. Y de eso se trata con los discos. Ya la música está ahí. Yo creo estar tranquilo con eso, y si esa música tiene que hacer algo ya está disponible. Uno no puede obsesionarse. Yo no vivo de eso.

– Sin embargo, sé que estás preparando una especie de antología…

– Lo que pasa es que eso es por motivos prácticos, hablando de ser amigable con las radios, estaba pensando en compilar en un disco lo que es radiofónicamente viable.

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– ¿Eso no es un eufemismo?

– ¿Para decir qué?

– Para decir comercial…

– Es que podría serlo, pero yo más que todo no pienso en venderlo sino en difundirlo. En primer lugar lo pensé para las radios porque me hacía falta. Porque yo llego a una radio y tengo que sacar los cuatro discos, y entonces es muy incómodo. Entonces a mí me gustaría dejarles la música que sé que van a programar. Y obviamente puede que me ayude a venderlo, pero también vender una compilación y no los cuatro discos te deja como una sensación de pérdida. No es el asunto comercial. Pero bueno, así funciona, tampoco hay que darle tantas vueltas al asunto. Yo ya me he complicado bastante con ser consecuente con lo que canto.

Revista Qué Nota, Cuenca, Ecuador, 2004

Hugo Oquendo: un Paganini en la Guitarra

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¿Qué es para usted el periodista Diego Oquendo?, cuenta Hugo que le había preguntado el mismísimo coronel golpista, Lucio Gutiérrez, en el año 2004, durante su visita al Palacio de Carondelet. Es mi hermano, le respondió éste, y fue entonces cuando comenzó el conato de trifulca político-cultural entre ambos personajes.

Desde 1968 el guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo está radicado en la ciudad de Roma. Cada cierto tiempo, en medio de sus múltiples y lejanas giras, se concede también algún lapso para regresar al Ecuador, sobre todo a su amada Quito. Hace unos meses, antes de la vorágine política que volvió a convulsionar al país tras la casi interminable crisis que nos asoló, visitó la región para dar conciertos en Azogues, Cuenca y Loja, donde se le rindieron sendos homenajes. Producto de un diálogo, más cercano a monólogo debido a su incontenible y cálido aguacero de recuerdos, en este espacio trato de recoger sus palabras, sus frases, sus anécdotas, las remembranzas de una de las cumbres del talento musical ecuatoriano.

En su condición de símbolo viviente de la guitarra clásica y embajador cultural del Ecuador ante el mundo, en verdad una de las glorias vivientes del arte generado desde los rincones de esta gran patria pequeña, el gobierno de Gustavo Noboa tuvo el acierto de conferirle una pensión vitalicia. De esas que por lo general con afanes politiqueros cada mandatario viene concediendo, a veces con buen criterio y otras con tan mala fortuna, que a decir de algún personaje todavía bastante centrado, apenas poco más de una décima parte de aquellos las merece.

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A mediados del año 2004, el coronel que todavía tenía, para su fortuna o infortuna, según el caso, quien le escribiera, le dijo tajantemente, como intentando llevar adelante una negociación –para decirlo con un tono bonito y no herir susceptibilidades de nadie: Ese señor periodista ha sido muy duro con sus críticas al Gobierno Nacional, que prácticamente se ha ensañado en ver solamente las cosas negativas, cuando en realidad la obra gubernamental se está proyectando a largo plazo, sin afanes electoreros. En consecuencia, señor don guitarrista –suponemos que habrá dicho el todavía Presidente–, si su hermano no cambia de actitud frente al Ejecutivo, pues de eso nada limonada, nones, que no estamos para dar dinero ni reconocimientos ni pensiones, y menos vitalicias, a ningún enemigo gratuito del Gobierno.

Claro que don Hugo, quien tampoco estaba con su gigantesca trayectoria internacional para ser pisoteado por nadie, se encolerizó y empezó a cantar, o a tocar podría decirse, verdades a diestra y siniestra.

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El maestro Hugo Oquendo junto al gran Pepe Serrano (centro), y el autor de esta entrevista.

La vida de Hugo Oquendo transita así, signada por anécdotas que para el común de los ecuatorianos parecerían inverosímiles, increíbles, improbables, de no ser por la leyenda que rodea al guitarrista, el más célebre de los ejecutores de un instrumento que Andrés Segovia contribuyó a que se lo tome en serio. Fue precisamente Segovia quien, en una de sus presentaciones en la capital ecuatoriana, y en el legendario Teatro Sucre, haría la premonición de que algún día el pequeño guitarrista quiteño, quien anhelaba ser escuchado por el maestro, sería muy grande. Muchos años después, ya un conocido intérprete de la guitarra clásica, y en España, el propio Segovia reconocerá a su admirador, esta vez convertido en toda una figura, y hasta le dará algunas clases particulares.

A causa de la inestabilidad emocional y material que la peculiar relación matrimonial de sus padres representó, Hugo se vio obligado a salir del Ecuador cuando aún no cumplía la mayoría de edad, aunque por entonces se lo reconocía como una joven promesa de la música y del toreo… Con ese afán, el de llegar a convertirse en una gloria de la lidia, es que en diciembre de 1951 aborda un avión de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, que trasladaba a la delegación nacional a los primeros juegos bolivarianos de la historia. Pero no se trataba de un pasajero común sino de un polizonte.

Descubierto en pleno vuelo, cuando se había encerrado en el retrete, de inmediato despertó simpatía en el capitán y el copiloto de la nave, quienes le dieron 40 dólares para sus primeros gastos como inmigrante ilegal en Caracas. Ese dinero retornaría a Quito, en manos de un militar vecino de la familia, a quien le pidió entregárselo a su madre: «Sargento, hágame un favor: ya que conoce a mi mamá voy a confiar en usted. Déle estos cuarenta dólares, y dígale que todavía no aterrizo y ya le estoy mandando dólares… »

Al llegar a Caracas se bajó todo el mundo del avión, y él se quedó adentro sin saber de qué modo pisar el suelo del aeropuerto de Maiquetía. Estando en esas cavilaciones escucha las notas del himno nacional del Ecuador, interpretado por una banda de músicos venezolanos vestidos de azul marino, tal como él mismo iba ataviado. Fue esa la circunstancia que aprovechó para, una vez culminada la interpretación, sumarse a los músicos cargando su guitarra, gracias a lo cual salió del aeropuerto primero que la delegación, y haciéndoles el saludo militar. Era el 17 de diciembre de 1951. La fecha no podía ser más simbólica.

A continuación vivirá una serie de peripecias en la capital venezolana, que por entonces comenzaba a despertar hacia su afán de convertirse en una ciudad del primer mundo, merced a la explotación y exportación de petróleo.

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La flamante avenida Bolívar, en Caracas, hacia los años 50

Dueño no solo de un talento que cultivó desde los cinco años, sino también de un arrojo y una sed de aventura en verdad temerarios, Hugo pasará de ser prácticamente un indigente en las calles venezolanas, que dormía en los edicios en construcción y causaba tanta lástima a las enfermeras de la Cruz Roja que no se atrevían a comprarle la sangre, debido a lo flaco que estaba, a ser un niño mimado del hombre más poderoso, idolatrado y a la vez temido y odiado de Venezuela en esos años: el dictador Marcos Pérez Jiménez.

Con la misma astucia con la que resolvió y logra colarse en el avión que lo sacaría del país, y luego le permitiría entrar a Caracas, ocho días después y al borde de la desesperación, entrará a la casa del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela también como músico de una orquesta. Era la noche de navidad. Después de convencer a un ministro de que lo único que pretendía era tocar para el Presidente, éste lo presenta como un miembro de la delegación ecuatoriana, que tenía una sorpresa para el mandatario. Su ejecución de La Malagueña le arrancaría lágrimas al dictador, y en un arrebato de agradecimiento y emoción decide que las puertas de la casa estarían siempre abiertas para el joven músico, quien desde ese momento se convertirá en maestro de su hija y de su sobrina. Ex alumno de la Academia Militar «Eloy Alfaro» de Quito, Pérez Jiménez se enternece tanto al escuchar esa evocación sorpresiva de alguna chava ecuatoriana con el acento andino del Quito en el que se formó, vivió y amó en su juventud, que en un arranque de generosidad decide apadrinar a Hugo y pedirle que adopte la nacionalidad venezolana: «Le dije Señor Presidente, qué honor y qué orgullo ser venezolano, de la patria de Bolívar y de Sucre, a quienes tanto veneramos los ecuatorianos. Gracias, Señor Presidente, por ese altísimo honor que usted quiere brindarme, pero con toda humildad y respeto, yo nunca dejaré de ser ecuatoriano», rememora Hugo con evidente emoción. Pese a ello, el dictador lo enviará a estudiar guitarra clásica a España, y con el tiempo Hugo se convertirá, además de afamado guitarrista internacional, en pariente político de Pérez Jiménez, tras contraer nupcias con su sobrina Eulice.

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Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), ex Presidente de Venezuela y tío político de Hugo Oquendo

Pocos días después de tocar para el presidente, en calidad de aguinaldo navideño, el gobierno le entrega la cantidad de 10.000 bolívares. Más de la mitad de ese dinero se la envía a su madre, en Quito, quien se negaba a recibirlo porque pensaba que su hijo se había convertido en delincuente para obtenerlo. Tuvo que llamarla el mismo embajador del Ecuador para decirle que Hugo se lo había ganado, y era un regalo del Presidente de Venezuela.

Una de las anécdotas de ese primer dinero ganado en el exterior por el joven guitarrista, fue cumplir con la promesa que le había hecho a su hermano Diego, por entonces un niño que ansiaba tener una bicicleta, unos pantalones blue jean y unos zapatos mocasines, que no podía usar si no era pagando a uno de sus amigos para que se los alquile por unas horas.

En medio de esa peculiaridad que determinó que su vida se bamboleara entre el éxito y la tragedia, entre la audacia y la aventura, a raíz del derrocamiento del dictador venezolano sus enemigos raptan a la hija que Hugo y Eulice tuvieron. Este hecho trágico significará la destrucción del matrimonio, aunque la niña fue hallada dos años y ocho meses después, en un orfanato de Maracaibo, gracias a la fotografía que una periodista francesa había publicado en El Espectador de Bogotá. Intrigada por las lágrimas que derramaba en el escenario nuestro artista, cada vez que tocaba una pieza en recuerdo de su pequeña hija, relataba: “Entre los escenarios del mundo, a través de un preludio, Hugo Oquendo busca a su adorada hija, Flor Matilde”. Será el propio Embajador del Ecuador en Colombia, padre de quien después se convertirá en presidente interino del país, Fabián Alarcón, quien notifique a Hugo del hallazgo de su hija. Ese reencuentro será, sin embargo, la antesala de una nueva pérdida de Flor Matilde, quien en manos de su madre desaparecerá sin dejar rastro, hasta que veinte años después, cuando ella lo creía muerto en un accidente de aviación, él retorna a Caracas para dar un recital. Será otra vez la prensa la que permita reunirse a la joven con su padre, cuando ésta advierte una nota en la que se hablaba del regreso a Venezuela del guitarrista ecuatoriano Hugo Oquendo, cuya carrera comenzó precisamente en ese país.

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Una vida tan intensa y llena de episodios novelescos, no podía dejarse perder en los vericuetos y en las oquedades misteriosas de la memoria. Por eso está ahora recogiendo los recuerdos de su existencia, todos esos acontecimientos, matizados de humor y tristeza, de alegría y tragedia al mismo tiempo, en un libro que espera publicar en breve. En él narrará también cómo llegó a tocar la guitarra para el Papa, en la mismísima Capilla Sixtina, por pedido de su madre; cómo haría llorar al jefe de la Iglesia Católica con la ejecución de una pieza expresamente compuesta para él, y enjugarse las lágrimas en un pañuelo que luego le llevaría a su progenitora. Pero aquellos son otros capítulos de su larga y loca historia, y el espacio ya se nos agotó. Mejor será esperar a que se publiquen las memorias de Hugo Oquendo, el Paganini de la Guitarra.